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CAPITULO I LA FE "Con la fe salvarás los precipicios que tu Dios ha colocado delante de ti" Supongo que, al leer los periódicos durante este año trascendental que acaba de transcurrir (1939), todos se han sorprendido del papel, al parecer insignificante, que la Iglesia Católica está jugando en relación con los graves y demoledores acontecimientos que están sacudiendo al mundo entero. El Santo Padre ha estado haciendo angustiosos llamamientos en interés de la paz, pero verdaderamente puede decirse de él que es "una voz que dama en el desierto", ya que nadie parece estarle escuchando. La Iglesia ha sido poco a poco dejada a un lado. La consideración de este hecho es sumamente desconcertante, pero para vosotros, legionarios, debería ser mucho más que eso; debería ser algo que os electrizase, porque sabéis que algo tiene que ir mal cuando semejante estado de cosas puede tener lugar. Y si algo va mal, hay que hacer algo para remediarlo. ¿Puedo haceros algunas reflexiones acerca de este asunto? La Legión, como sabéis, ha tenido éxito. Se está propagando con rapidez. Se ve honrada con la confianza que en ella depositan las altas jerarquías de la Iglesia. Su porvenir parece brillante, y de vez en cuando nos hemos preguntado si no será realmente la Legión una esperanza para el mundo, destinada a contribuir a la instauración de un nuevo orden de cosas. Esta seria una agradable perspectiva. Pero al mismo tiempo no debemos quedar satisfechos porque se haya hecho algo y se hayan creado ciertos ideales, que no son nada despreciables. No vayamos a ser tan insensatos que pensemos que hemos hecho cuanto había que hacer. ¿Y son nuestros ideales tan excelentes? Poned atención a lo que sigue. El tan conocido escritor francés, Padre Plus, ha definido al cristiano como aquél a cuyo cuidado le ha sido confiado su prójimo. Esto significa que todo cristiano tiene el mismo deber que el que habéis asumido vosotros. Pío XI dice, en un párrafo por vosotros conocido del Manual, (Esto es, el Manual Oficial de la Legión de María) que la Acción Católica es un deber elemental del cristiano, impuesto a toda persona mediante los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación. Y en otra cita del Manual, San Juan Crisóstomo nos amonesta a este efecto: "Cristianos, acordaos de que a la hora del Juicio tenéis que dar cuenta, no sólo de vuestra propia alma, sino de las almas de todos los hombres." Las citas precedentes expresan una verdad, y esta verdad es que la Legión no representa otra cosa que la vida católica ordinaria. La vida de la Legión no es una vida única, ni es una vida heroica; es catolicismo ordinario tal como Dios lo quiso y la Iglesia lo considera. Nada más. Y, si al fijarse el público en la Legión, la proclama heroica, ello sólo significa que los ideales del común de las gentes han caído realmente muy bajo, y que el verdadero ideal de vida, tal como lo han expuesto esas grandes autoridades que he estado citando, no es comprendido. Así pues, la realidad es que, siendo la Legión no mas que catolicismo ordinario, todos los católicos, y no solamente lo más escogido de los mismos, están obligados a figurar en las filas de la Legión, o a cumplir con su deber de otra manera similar.
Esta verdad ayudará
a los legionarios a formarse una idea exacta acerca de su propia situación.
No deben pensar que al ser legionarios han alcanzado un nivel sumamente
elevado, ni que han escalado las cimas dc la espiritualidad. La realidad
es que no han hecho más que cumplir con los elementos del deber
de todo católico tal como lo entiende la Iglesia; realmente se
hallan tan sólo al nivel del suelo, y su ascensión aún
tiene que comenzar. Tienen que vigorizarse antes de proceder a esa ascensión,
para llegar al heroísmo. Lo digo de nuevo: no estamos al presente
más que al nivel del suelo. La ascensión esta ante nosotros. ¿PARA QUE QUEREMOS LOS MILAGROS? Cuando hablo de este modo acerca de los milagros, podéis sentiros inclinados a decir: "Bien, ¿para qué queremos los milagros?" Mi respuesta es ésta: La Iglesia Católica es la continuación de la vida de Nuestro Señor en todos sus aspectos, y uno de los rasgos más sobresalientes de la vida de Nuestro Señor fue sus milagros. Obró milagros como algo que formaba parte de su misión; habló de ellos como de servidores de la fe. Representaban su principal medio de despertar a las gentes, de atraer sus miradas hacia Él, y de sacarlos de su indiferencia y apego al mundo y de hacer que le escuchasen, que le siguiesen, que creyesen en Él. Hay tanta necesidad hoy de tan deslumbradora doctrina como la que había cuando Nuestro Señor vivía. En realidad hay más necesidad, porque hoy vivimos en un mundo hastiado -un mundo que no atiende a las meras palabras- que no puede ser sacado de su indiferencia por ninguna fuerza que sea menos que dinámica, eficaz, un mundo en el que ha surgido tal estado de cosas que una organización como la Legión (donde no es despreciada y vista con malos ojos) es considerada como una organización verdaderamente heroica. He insistido ya en que semejante concepto acerca de la Legión no es exacto. LOS MILAGROS, DESAFIO SUPREMO A LA INCREDULIDAD Insisto en esta cuestión de los milagros, porque estos son de desear; son necesarios. Son el desafío supremo a la incredulidad. Constituyen la garantía de nuestra fe, tal como se nos muestra en la historia, tal como se nos muestra en el Nuevo Testamento. La preparación para la fundación de la Iglesia fue milagrosa; el establecimiento de la Iglesia fue milagroso; la propagación de la Iglesia fue milagrosa. Todo ello fue milagroso. Y, considerando el hecho de que la Iglesia no hace más que continuar la vida de Nuestro Señor, lo milagroso debería ser parte integral de la misión de la Iglesia, prácticamente, parte integral de su labor cotidiana. No entiendo necesariamente por milagros (tampoco lo excluyo) la remoción de las montañas, ni la resurrección de los muertos, ni el calmar la tempestad. Digo que no excluyo estas cosas porque son posibles precisamente ahora más deseables que nunca; el brazo de Dios no se ha encogido. Sino que entiendo por milagros, especialmente, el calmar la tempestad de problemas y pasiones, la resurrección de los muertos moralmente, la remoción de las montañas de la incredulidad. Todas estas son cosas que sabemos son hoy tan posibles como lo fueron siempre en la historia de la Iglesia. ¡Y sin embargo no se realizan! ¿Por qué? Porque nuestro catolicismo no ha tomado todavía cuerpo en nosotros; es solamente una sombra de lo que se supone que es. Incluso nosotros, que representamos una especie de estrato superior dentro de la grey, poseemos ideales intolerablemente bajos; estamos dispuestos a regocijarnos y a sentirnos contentos cuando obtenemos resultados no más que modestos, en vez de tener en todo tiempo arrestos para lo imposible. NADA ES IMPOSIBLE CON LA AYUDA DE DIOS Esa palabra "imposible" es solamente un término propio de hombres. Para Dios nada será imposible. Y respecto a nosotros, las cosas pasarán de lo imposible a lo posible en la misma medida en que atraigamos la gracia de Dios en nuestro favor. Si podemos contar plenamente con esa gracia, entonces todas las cosas, sean las que fueren, se hallarán a nuestro alcance. No hay problema que no podamos resolver, persona que no podamos convertir, comunidad que no podamos ganar para la fe. No hay nada que no podamos llevar a cabo con tal que solicitemos la Omnipotencia de Dios para que nos ayude. Diréis que parece doy a entender que tal como están las cosas no podemos contar con esa Omnipotencia, y preguntaréis: "¿Por qué no?" Mi respuesta es que no pedimos como es debido, nuestra fe es escasa, pobre y débil. Tratemos de llevar a cabo un pequeño examen acerca de ese problema. LA VERDADERA FE LLEVA CONSIGO LA OMNIPOTENCIA ¿Qué hay de defectuoso en la calidad de nuestra fe y conducta para que no obtengamos los resultados que tenían lugar en los primeros tiempos de la Iglesia? Cuando leemos en el Evangelio que hay que tener fe en Dios, esa fe que mueve las montañas, ¿qué se quiere decir exactamente? ¿Significa ello simplemente una piadosa creencia en Dios y en su poder de hacer todas las cosas? En cuanto a esto afirmo que no se quiere decir nada de eso, porque esa clase de fe la posee cada una de las personas que están sentadas aquí delante de mí en este salón; de hecho la posee incluso el más indolente e irreflexivo católico de fuera. Pero ninguno de nosotros obra semejante clase de milagros, ni nadie de fuera los realiza tampoco. La fe que se quiere dar a entender tiene que ser de una calidad completamente diferente de la que es de nuestra común posesi6n, y que no pasa más allá de lo que ya he descrito como creencia piadosa. La fe que se requiere, la fe auténtica, no significa un sentimiento vacío, sino una acci6n. Con toda certeza significa una acción que ve a Dios, y a las almas, y que apenas ve ninguna otra cosa; que persigue luego esos fines con absoluta decisión, con completo olvido de uno mismo, del propio interés y de la propia seguridad; que dispone a seguir tras ellos, aun cuando esto implique la propia destrucción. Diréis que esta es una apreciación muy severa; quizás preguntéis, ¿significa ello literalmente que uno tiene que estar dispuesto a entregar la propia vida o a ser destruido o arruinado de un modo u otro, en busca de los intereses de Dios? Mi respuesta es que sí. Es verdad que un grado de fe mucho menor nos salvará. Pero no moverá las montañas de lo difícil e imposible ni atraerá espontáneamente la Omnipotencia de Dios. APARICION DE LO MILAGROSO Esta es pues la clase de fe que se requiere para afrontar los gigantescos y arduos problemas del día; y por difícil que parezca a la naturaleza, no es en modo alguno un grado imposible o desconocido de fe, ya que he visto a muchos individuos en vuestras propias filas afrontando situaciones con ese espíritu. He conocido numerosos casos de legionarios que en el curso de su labor llegaron a un punto en que tenían que decidir si detenerse o continuar. Continuar significaba al parecer su propia ruina. Detenerse significaba abandonar una excelente empresa a favor de las almas que les habían encomendado. Me siento feliz de poder alardear (¿es inadecuado en estas circunstancias?) de que, según recuerdo, en todos los casos, aquellos legionarios continuaron, no digo que con intrepidez, pero digo que continuaron. ¿Y cuál fue la consecuencia? Bien, es asombroso decirlo, en cada uno de aquellos casos consiguieron su objetivo plenamente. ¡Sin duda, para aquellos legionarios ello supuso poner sus pies sobre las aguas y caminar! Reflexionando acerca de aquellos sucesos, y admitiendo más de lo debido la coincidencia, uno no podría menos de estar convencido de que una ley regular estaba actuando, mediante la que lo milagroso hizo su aparición en un punto en que el esfuerzo humano y la buena voluntad habían hecho todo lo posible, no podían hacer más, y sólo podían echarse suplicantes en brazos del Omnipotente. No queremos creer que lo milagroso pueda hacer su aparición ante nosotros como se ha referido. Tenemos la idea, por lo que hemos leído u oído, de que lo milagroso es algo completamente extraordinario, algo que acontece de un modo inexplicable, no sujeto a ley alguna, que tiene lugar en sitios especialmente señalados como Lourdes, o que es una manifestación de la singular predilección de Dios por determinadas almas, pero ciertamente algo que no pueden llevar a cabo la mayoría de los hombres como nosotros. Eso es un verdadero error. Por propia experiencia, tal como me ha sucedido, puedo decir que lo milagroso en sus diferentes grados se presenta ante cualquiera que lo necesite y esté dispuesto a pagar el precio.
Temo realmente que la fe ordinaria que es corriente incluso en comunidades católicas estimables, y aun en agrupaciones muy selectas como la de los legionarios, sea más natural que sobrenatural. Parecerá que estoy afirmando aquí cosas contradictorias: siendo la fe sobrenatural, ¿cómo puede ser natural? Lo que quiero decir es que puede ser que usemos un poder sobrenatural de un modo natural, que es como si lo usásemos en absoluto. A modo de comparación, considera el caso de un ave que tiene alas poderosas y que, sin embargo, se contenta con caminar sobre el suelo como la gallina ordinaria, o, peor aún, con anadear como el pato. Nuestra fe, lo mismo que esa ave, puede volar y alcanzar las regiones más elevadas, pero no vuela. Se mantiene en un "nivel bajo" y se arrastra por el suelo como la gallina o el pato. Semejante fe significa que no se intenta nada que no pueda justificarse desde un punto de vista tanto natural como sobrenatural. Pues, cuando llegamos a un obstáculo, en vez de tratar de salvarlo volando sobre el mediante los milagrosos poderes de la gracia, permitimos que nos obligue a detenernos por completo. Consideramos las dificultades naturales como irremediables. No es que precisamente descartemos la fe, pero la uncimos y la subordinamos a consideraciones naturales. El resultado de este concepto acerca de la fe ha sido desastroso. ¿Resaltan vigorosamente las comunidades católicas de entre las demás por su modo de vivir y por sus ideales? A veces no es tan fácil decirlo. ¿Con cuánta frecuencia nos excusamos diciendo: "Oh, sí, puede ser que nuestra vida no sea manifiestamente diferente de la de los demás, pero tenemos fe"? Esa es una defensa muy pobre. No obstante, muchas veces es lo mejor que puede hacerse. Mirad, por ejemplo, al continente europeo, fuente de catolicidad en edades pretéritas, proveedora de misioneros, semillero de santos. Hoy, Europa, en frase del Evangelio, "ya no camina con Cristo", no quiere ya caminar con Él, y parece no ser posible su conversión. ¡Y nosotros, inactivos a causa de la debilidad de nuestra fe, seguimos considerándola sin remedio! CONVERSION MEDIANTE ATAQUE DIRECTO Tan predominante es esa actitud meramente natural de los católicos respecto a su fe y los recursos de su religión, que hay un peligro sumamente considerable -que en gran parte ha llegado a ser realidad- de que podamos considerar a la Iglesia como limitada en sus actividades, en sus posibilidades, y en sus realizaciones, del mismo modo que cualquier institución de este mundo es limitada. En la práctica creemos que lo que una institución ordinaria puede llevar a cabo, puede hacerlo la Iglesia Católica, y que lo que una institución terrena no puede hacer, tampoco puede realizarlo la Iglesia Católica. ¿Es esto una exageración? Bien, leed los periódicos y observad. O escuchad nuestras propias conversaciones y juzgad si no hemos errado pensando de este modo. Sin duda que habéis reparado en los consoladores artículos que han aparecido recientemente en la prensa católica probando que en el año 1987 poco más o menos la Iglesia Católica tendrá más fieles en cierto país que cualquier otra religión. ¿Por qué? Pues porque el porcentaje de nacimientos de católicos es mas elevado qué el de cualquier otra religión de ese país. ¡Veis que es por este medio como vamos a tener más católicos hacia el mencionado Año! Os pregunto si eso no es querer equiparar la Iglesia Católica a una institución puramente humana. No digo que Dios no emplee ese medio de aumentar el número De miembros de su Iglesia. Pero, ¿tiene que limitarse a eso? ¿Estuvo alguna vez en los designios de Dios el que la propagación de su Iglesia dependiese solamente del porcentaje de matrimonios y nacimientos? Sabéis bien que una simple sugerencia respecto a que así sea, parecería ridícula. Vemos con alegría que el control de la natalidad prevalece más en las comunidades no católicas que en las nuestras, y que por lo tanto los católicos llegarán a ser alguna vez mayoría. Pero, ¿qué diremos de las almas que se perderían durante ese largo compás de espera hasta que el número de católicos aumentase? ¿Es que no hay que contar para nada con la conversión de los hombres mediante el ataque directo? ¿Qué diremos de aquellos días en que un rincón de nuestro pequeño país envió a sus misioneros a Europa? ¿Para qué? Para convertir a los hombres, para convertir masas de hombres. ¿Es que aquellos días pasaron para no volver? Si, en las presentes circunstancias en que se halla la fe parece que no volverán. Recodad cómo se llevó a cabo en otro tiempo la conversión de Inglaterra. ¿Podría ser ganada para la fe una vez mas como fue ganada en aquellos días ya pasados? De nuevo digo que no, dadas las condiciones presentes. Numéricamente no avanzamos en ese país lo más mínimo. Pues las 10,000 conversiones anuales que se dan poco mas o menos, quedan contrarrestadas por las defecciones. En todos los análisis llevados a cabo por los periódicos acerca de esta situación no he visto ni una palabra respecto al milagroso poder que la Iglesia posee para convertir. ¿Y qué decir del problema más difícil de convertir a Francia y el más grave todavía de la conversión de Rusia? BUSCANDO CONVERSIONES EN MASA Debido a la persistencia de esta actitud de un orden completamente natural, no hacemos más que trabajar en un campo meramente natural también. La idea de conseguir ayuda milagrosa de Dios brilla por su ausencia. Si nos impacientamos ante la idea de una enojosa expansión mediante un superior porcentaje de nacimientos y no aspiramos a conversiones directas, nuestros proyectos siguen asimismo direcciones puramente humanas. Cuántas veces hemos oído decir cosas como las que siguen: "El futuro depende de que nos hagamos o no con los niños. No podemos perder tiempo con los adultos, porque no tienen remedio." Y el intento de convertir a un país se reduce a esto, es decir, a tratar de educar a los niños, y dejamos a los adultos prácticamente abandonados. Tenemos una pobre idea acerca de las conversiones en masa tal como tenían lugar antiguamente, y no tenemos idea alguna respecto a como forzar -mediante una fe que no vacile- a la Omnipotencia de Dios para que descienda sobre continentes enteros y los conduzca a su Iglesia. Nuestro modo de pensar sigue pautas meramente naturales. Incluso lo más escogido del publico se inclina asimismo a dejar que lo natural prevalezca por encima de lo sobrenatural. Por ejemplo, una persona que pensaba de esta manera, en aquellos años de la fundación de Sancta Maria (Una de las Casas de la Legión en Dublín, dedicada a trabajar por las mujeres de mala Vida.) -creo que el primer año- propuso ampliar la labor. Ello consistió en abrir una casita y escoger un grupo de cinco o seis de nuestras muchachas que más prometían, las cuales serían sometidas a un proceso más intenso de reeducación. Aprobamos la idea en general, pero preguntamos: "¿En qué se va usted a fijar para escoger a las que 'prometen'?" Se llevó a cabo la selección. Esta constaba de jóvenes simpáticas y atractivas. Nuestro comentario fue: "No creemos que usted deba hacer así la selección." En efecto, resulta interesante saber que las que así fueron elegidas apostataron; lo cual muestra cuán incapaz es el mejor de nosotros para juzgar acerca de estas cosas, y el gran peligro que existe de que apliquemos nuestras propias opiniones a algo que pertenece a Dios. Aquella persona cayó en el engaño humano de suponer que lo que parecía naturalmente elegible y prometedor lo era también en el orden sobrenatural. Esto puede estar muy lejos de ser una realidad. He aquí ahora otro ejemplo y tened en cuenta que, al citar estos casos, no voy escogiendo un suceso extraordinario de aquí y otro de allí sobre los que basar un argumento forzado. Sabéis que estos ejemplos reflejan en absoluto nuestra propia experiencia y la de todos los demás. Ilustran desgraciadamente, nuestro modo ordinario de pensar. A un católico bueno e influyente, que se hallaba en disposición de suministrar un empleo, le hablaron acerca de una joven y se le rogó diese a ésta la oportunidad de encontrar trabajo. Esta joven había observado mala conducta algún tiempo antes, y este hecho fue mencionado. La respuesta a la solicitud fue que el único remedio para toda persona de esta clase era tenerla permanentemente recluida en alguna institución. Considerad esa rotunda afirmación junto con sus consecuencias, y os sorprenderéis al daros cuenta de que reduce a la Iglesia, que es guiada por Dios, al nivel de un sistema penitenciario común. Sugiere que la Iglesia, como el sistema penitenciario, es incapaz de asegurar una conversión de otro modo que no sea el de recluir a la persona cuya conversión se pretende. Siento que el corazón de todo legionario repudiará instintivamente esa sugerencia como absolutamente intolerable. Además, señalo la labor del Albergue de Sancta Maria como una demostración práctica de la falsedad de semejante doctrina derrotista. En ese albergue hemos visto cómo personas de la categoría en cuestión han sido inducidas -no de una en una ni de dos en dos, sino en masa- a emprender una nueva vida y a perseverar en ella.
Sin embargo, a pesar de nuestro contacto con tantas experiencias en nuestras actividades de la Legión que nos revelaron cómo la gracia obra milagros, no tenemos razón para sentirnos superiores. Pues también nosotros encadenamos generalmente con razonamientos humanos los ilimitados recursos de la fe. En tanto que hay tierra firme nos hallamos dispuestos a caminar por el escabroso sendero que conduce hacia las almas. Pero en el instante en que la tierra acaba y comienza el agua ¿hay alguien de entre nosotros, legionarios, que ponga sus pies sobre esas aguas y camine sobre ellas, aunque sepa que un alma es el precio de cuanto realiza? Más bien lo que hará será que se colocara a sí mismo y a esa alma en la balanza, y casi siempre será su propio platillo y no el de esa alma el que descenderá, así como sus propios intereses los que prevalecerán. ¿Es pues extraño que no seamos capaces de recurrir a la Omnipotencia de Dios en nuestros diferentes trabajos? No creáis que quiero dar a entender que no estamos pidiendo continuamente y obteniendo gracias de Dios. Es claro que lo hacemos, pero no contamos con su Omnipotencia, por la cual entiendo su capacidad de hacer lo que es imposible para la naturaleza (incluyendo lo manifiestamente milagroso). No obstante, dentro de lo grandioso de nuestras ambiciones y esfuerzos deberíamos aspirar nada menos que a lo imposible. Diría que todos nuestros Albergues están demostrando con toda sencillez la verdad de la declaración que hice anteriormente cuando afirmé que lo milagroso en mayor o menor grado está siempre dispuesto a hacer su aparición. La fundación, la continuación, los resultados generales, y las circunstancias concomitantes de estos tres Albergues son incuestionablemente milagros. No milagros espectaculares, por supuesto, y por tanto, milagros posiblemente velados o que pasan desapercibidos para las personas ordinarias que contemplan su labor. Pero los legionarios que se aventuraron a llevar a cabo esta obra, si bien lo hicieron con nerviosismo, han experimentado que el agua se solidificaba bajo sus pies. Situaciones imposibles fueron resueltas, intrincados rompecabezas hallaron asimismo solución, personas completamente desahuciadas se convirtieron y perseveraron en su conversión. Se abrieron puertas, muchas de ellas insospechadamente, que habían estado cerradas, brindando nuevos manantiales de socorro o más amplias oportunidades. Cuando, en contacto con estos Albergues, uno contempla su funcionamiento, no una vez ni dos, sino todos los días, como parte de la rutina ordinaria dc su vida, no puede dejar de ver allí el milagro. Estando yo mismo completamente convencido de la presencia de este, pregunto qué no sería posible si el espíritu de los legionarios que trabajan en los Albergues se pudiera propagar a toda la comunidad; si su espíritu decidido y lleno de fe pudiera aplicarse a los problemas del mundo. Imagino que el resultado sería los mismos velados milagros: masas de gente que capitulan y que se convierten; grandes e intrincados problemas que quedan rápidamente resueltos. SACANDO AL MUNDO DE SU APATíA Pero no interpretéis mal cuanto os he dicho. No penséis que afirmo que los legionarios llevan en nuestros Albergues vida de fe heroica. Como antes dije, os repito con franqueza que ninguno de nosotros la lleva. Los mejores de entre nosotros tratan de trabajar con un pie en cada mundo, con lo cual quiero decir que intentan hermanar lo sobrenatural con lo natural. Me he referido especialmente a los que trabajan en los Albergues, porque veo en ellos una gran dedicación a las almas, una dedicación resuelta, así como la disposición a sufrir cosas terribles en seguimiento de esas almas difíciles cuyo cuidado les esta encomendado. Aunque haya cosas más elevadas que ese espíritu de los Albergues, no obstante éste resulta ser eficaz. Creo que si fuera corriente entre nosotros, estaríamos en disposición de hacer que volvieran de nuevo a la tierra aquellos días de la Iglesia en que se obraban milagros y conversiones en masa. Deberíamos orar para que se verificasen prodigios, maravillas y milagros, y procurar atraerlos con nuestros merecimientos. Pues sólo los milagros pueden sacar al mundo de su apatía espiritual, llamar su atención, hacer que se postre de rodillas y que escuche h doctrina de Cristo. TRIUNFO SENSACIONAL DE CONVERSION EN MASA Concluiré mi argumento con una alusión a los sucesos que se describen en el número de Septiembre de 1940 de MARIA LEGIONIS, es decir, el ataque a Bentley Place. (Seudónimo de un distrito de Dublín donde abundaba la prostitución. Duff dirigió el apostolado en favor de la conversión de dicho sector, obteniéndose un éxito rotundo. Nota del editor). Según el modo humano de ver las cosas, el primer intento tuvo un resultado completamente negativo, saliendo a relucir una vez más la corrupción reinante en aquel lugar; aquella gente era a todas luces imposible. Carecía del mínimo grado de sensatez; en verdad no había ningún fundamento natural para una conversión. Pero recordaréis el sorprendente éxito: la conversión de aquellas personas se llevó a cabo y ninguna de ellas volvió a mirar atrás. Aquel grupo constituía un sensacional ejemplo de conversión en masa. ¿Cómo se consiguió tan milagroso resultado? Esta fue la causa: cuando los legionarios emprendieron aquel ataque, moralmente se olvidaron de su propia vida. Se convencieron de que caminaban hacia la destrucción. Citando la frase de la revista, llegaron a un poste indicador que decía, "Ahí está vuestro deber y vuestra destrucción. No obstante, cuando lo hubieron leído, continuaron en la dirección que señalaba. El resultado fue que su primera redada constó de nueve grandes peces, y no se rompió la red, porque aquel estirón milagroso dado a la misma representaba el primer movimiento en un drama de dos años, que condujo a la limpieza total de aquel lugar, no por procedimientos humanos sino mediante la gracia; no avanzando sino convirtiendo; y no sólo convirtiendo a aquellas muchachas, sino asimismo a los organizadores del establecimiento; todos cayeron en la red. Si eso no es un milagro lo mismo que cualquier otro de los que aparecen en las páginas de la historia de la Iglesia a través de los siglos pasados, es que he leído mal esa historia. APLICACION DE LOS DIVINOS PRECEPTOS A partir de aquellos primeros días de la Legión, han tenido lugar sucesos parecidos, muchos casos sorprendentes que deben admitirse como milagros. Estoy satisfecho de comprobar que tales milagros están al alcance de cualquiera que resueltamente vaya tras ellos. Pero esa palabra "resueltamente" es lo difícil. Si tienes necesidad de milagros, debes obrar con una decisión tal que no te guíes más que por la fe. Recuerda esto: nuestra religión, si se quiere lograr algún resultado, ha de ser sobrenatural. Esto quiere decir que en cierto modo debe romper con lo puramente natural. En consecuencia pondrá escasa atención a los dictados de la prudencia del mundo. Una fe heroica lleva consigo la aplicación de los preceptos divinos, y sólo de los preceptos divinos, a vuestro trabajo y a vuestra vida de cada día, lleva consigo la aplicación firme e incondicional de Dios. Repito que debéis romper con lo natural, porque si intentáis colocar un pie en lo natural y otro en lo sobrenatural, creeréis en la práctica que es lo natural lo que os sostiene y no lo sobrenatural. Y en este caso, pediréis, pero no se os dará; llamaréis y no se os abrirá.
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