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CAPITULO II EL MIEDO "Treparía gustoso, pero temo caer" A la hora del té de esta tarde hallé sobre la mesa unas copias de cierta breve información. El segundo párrafo de dicha información decía: "Se ha afirmado que todo legionario es capaz de pronunciar un buen discurso o de escribir un artículo excelente. En realidad pocos legionarios hacen esto. Si todos ellos pudieran ser inducidos a ejercitarse en este sentido, las ventajas serían manifiestas." Creo que este breve párrafo contiene algo de suma importancia desde el punto de vista de la Legión. Me alegré cuando lo leí, porque constituía un admirable punto de partida para las observaciones que intento llevar a cabo.
¿Por qué los legionarios que, como sabemos, poseen la capacidad de distinguirse de un modo o de otro, hacen tan pocos esfuerzos por usar de ella o por desarrollarla? ¿Por qué, por ejemplo, en la discusión que tuvimos acerca de tan interesante asunto como es el del espíritu en el deporte, solamente uno entre cincuenta pudo ser inducido a salir en público a decir algo? Sin embargo, todos tienen ideas acerca de este asunto, y son absolutamente capaces de expresarlas. ¿Quién, pues, se lo impide? A mí me parece que la respuesta es el miedo; y en esta respuesta voy a basar mi plática. Llamadlo como queráis, pero la razón básica es el miedo, el vulgar miedo. En la vida de todos sin excepción eso que llamamos miedo está jugando un papel desalentador, y tiende a jugar también un papel destructor. En muchos casos esa tendencia natural queda compensada por circunstancias que ejercen presión en dirección opuesta. Tomad como ejemplo los ejércitos del mundo. Considerad asimismo nuestra Legión. En los ejércitos el miedo es vencido mediante la disciplina. En la Legión es contrarrestado hasta cierto punto por la suma total de fuerzas, naturales y sobrenaturales, que llamamos sistema de la Legión. Mas donde estas cosas no actúan con el fin de neutralizar la acción del miedo, éste ejerce su perniciosa influencia sobre la vida y carácter de las personas. Deja a éstas como semillas que pueden hacerse cien veces mayores, pero que, a causa de la falta de calor o humedad, no germinan. Si eso es verdad, el miedo constituye una tragedia. Ello quiere decir que la humanidad está llevando a cabo tan sólo una parte, quizás una pequeña parte, de sus posibilidades. Si así es, ¡qué pérdida! Por el contrario, ello significa que la vida que pudiera emanciparse de las férreas garras del miedo, llevaría a cabo muy grandes cosas en sí misma y en el mundo. Esta es una seductora posibilidad. Merece toda la atención que podamos dedicarle. EL VALOR La Legión, como habréis observado en el Manual, reconoce la importancia del valor, y en la parte acerca de los deberes de sus miembros pone ante nuestra consideración de forma muy prominente y clara la necesidad de esa virtud. Insiste en que así como el soldado corriente tiene que poseer valor por ser este una cosa esencial de su profesión, del mismo modo el legionario debe ser valiente; insiste asimismo en que el legionario sin valor no sirve para la Legión. Con la vista puesta sobre la labor llevada generalmente a cabo por los legionarios, el Manual acentúa la importancia del valor moral. Desarrolla la cuestión del respeto humano, y compara éste en el legionario con la auténtica cobardía en el caso del soldado ordinario. Esta es una comparación justa, pues si al respeto humano se le permitiese obrar libremente, la influencia de la Legión quedaría en su mayor parte reducida a nada. Por lo mismo el sistema de la Legión hace frente al desastroso efecto del respeto humano. En esto, creo, ha logrado éxitos rotundos. LA VIDA FLORECE CON EL VALOR Pero me parece que existe el peligro de que, a causa de insistir en los males del respeto humano y en la necesidad de combatirlos, pudiéramos sacar la conclusión de que sólo es preciso el valor bajo esa forma particular. Podríamos pensar que fuera de lo que, en atención a la claridad, debo llamar parte religiosa o devota de nuestra vida, la Legión no debe estar interesada ya en más demostraciones de valor y que en realidad ese valor no es mas que una virtud profana, es decir, del mundo. Llamo la atención acerca de que semejante punto de vista por parte de los legionarios constituiría un concepto completamente erróneo, y de hecho representaría un desastre para ellos. Pues para la Legión no debería haber -así como no la hay para Dios- ninguna parte de la vida cristiana que pueda llamarse no religiosa o no cristiana. La Legión insiste perentoriamente en que estamos siempre de servicio, y no hace mucho presenciamos cierta discusión cuyo objeto era inculcarnos con toda diligencia ese principio. El asunto de aquella discusión eran los juegos. Estábamos hablando acerca de algo que muchos podían pensar estaba fuera de la vida ordinaria de la Legión. Pero la Legión sostiene lo contrario. Insiste en que los pasatiempos o entretenimientos son parte integral de su campo de acción, y toda otra cosa como los juegos; e insiste asimismo en que un legionario que es sólo legionario durante unas pocas horas a la semana de acción legionaria constituye un verdadero fracaso desde el punto de vista de la Legión. Esas pocas horas constituyen realmente el tiempo dedicado a vuestro entrenamiento, y durante él se os inculcan principios que luego han de ponerse en práctica en todo tiempo y lugar. Las restantes horas son realmente las más importantes en el sentido de que son las más numerosas. No sois católicos únicamente a la hora de rezar. No sois legionarios únicamente a la hora de la acción legionaria. Sois siempre católicos y del mismo modo sois siempre legionarios; al menos éste es el concepto de la Legión acerca de las cosas. Sois legionarios durante las que podrían llamarse horas profanas, esto es, durante toda vuestra vida. Si, por tanto, excluís el valor que proporciona virilidad a la parte mundana o profana de vuestra vida, no sois legionarios durante ese tiempo. Pues el valor es cualidad propia del soldado, del cristiano. Es la más excelente en el sentido de que es el sostén de todas las demás. Así como la raíz del rosal es la que produce la rosa, y la raíz de la azucena, la azucena, del mismo modo la vida del legionario debe florecer dentro del valor. Quizás objetéis: "¿Y la piedad? ¿Y la bondad?" Por supuesto que debemos poseer esas cualidades, pero tienen que contener la fibra del valor. De lo contrario serán virtudes ficticias. Se marchitarán ante la adversidad. No soportarán la prueba. INFLUENCIA PARALIZADORA DEL MIEDO Sin embargo nuestras vidas sólo parecen desenvolverse bien en circunstancias favorables. Generalmente vivimos bajo la amenaza del miedo, de miedo a cualquier cosa, pero sobre todo al fracaso. Esta es la razón por la que no nos atrevemos a hablar en público. Tememos el fracaso. Tenemos miedo de que se rían de nosotros, de hacer el ridículo. Además tememos las críticas. Tememos la pobreza. Muchas personas pasan su vida en un nivel inferior al que les corresponde, porque temen afrontar los riesgos que lleva consigo el ascenso. Ese nivel inferior no ofrece posibilidades de ninguna clase, pero por supuesto, es seguro. El miedo reviste otras muchas formas. Miedo a la muerte; algunos están obsesionados por un miedo a la muerte tan necio que realmente se les podría aplicar el título de la película: "Muero todas las madrugadas." Miedo a la enfermedad -hay personas que no quieren entrar en determinados lugares ni hacer determinadas cosas por temor a un contagio. Miedo a la deshonra -en muchos el miedo a la deshonra ejerce una influencia sumamente poderosa. Pero en todos los casos, miedo, miedo y miedo, oculto bajo toda clase de disfraces, mas en el fondo miedo vulgar siempre. En algunos casos las cosas tímidas son tan remotas y tan improbables que lo que realmente influye es el miedo al miedo, como lo descubre Séneca. De ahí que quedemos imposibilitados para cualquier trabajo. La mayoría de estos temores son puramente imaginarios. Pero reales o imaginarios, dificultan todo desarrollo. El miedo destruye en germen innumerables y excelentes empresas. Ejerce una influencia paralizadora sobre nuestra vida. A veces fuerzas favorables entran en acción para neutralizar esa influencia. En la Legión, por ejemplo, estáis experimentando esas fuerzas. Estas os permiten vencer las diferentes clases de miedo y repugnancia que obstruyen la senda del deber del legionario. El sistema de vuestra organización os hace superiores al miedo. Si eso es así, qué tragedia representaría el que restringierais la esfera de vuestro deber de legionarios, de modo que durante un par de horas a la semana os comportaseis como héroes o heroínas, y después os contentaseis con ser gente vulgar gobernada por el miedo. No, precisamente porque el legionario esta siempre de servicio, su intrepidez debe desbordar las márgenes de la acción puramente legionaria e inundar la vida entera. CAMPAÑA CONTRA EL MIEDO No es suficiente hacer resoluciones y desear lo mejor. Debemos llevar a cabo una deliberada campaña contra la influencia del miedo. Bajo su forma de respeto humano lo comprendemos, y luchamos contra él. Todos los libros espirituales sugieren remedios con este fin. Mencionaré solamente unos pocos. Uno consiste en llevar puesta alguna insignia religiosa. Este es un medio excelente para contrarrestar el respeto humano, que -definido con brevedad- es el miedo a manifestar públicamente nuestra religión. Otro medio es bendecir la mesa en lugares públicos. Si tomáis algún bocado en algún establecimiento público, o en sitio parecido, donde semejante acto atraería la atención, no tengáis miedo de bendecir lo que vayáis a comer. Una de las mejores personas que conozco me ha dicho que la ejecución de este pequeño acto le costaba en un principio un esfuerzo terrible. Luego está el rezo del Ángelus; o el acto de levantar el sombrero cuando paséis por delante de una iglesia, sobre todo yendo en compañía de otras personas que fijaran su vista en vosotros por haber hecho esa pequeña manifestación de respeto. Observad que a veces tenéis miedo incluso de que se fijen en vosotros. En la vida de San Felipe Neri hallaréis algunos ejemplos sorprendentes de su decisión de desarraigar esta clase de miedo de sus discípulos. Muchos de los jóvenes nobles de Roma eran hijos espirituales suyos y acostumbraba a imponerles las obligaciones mas extrañas. Por ejemplo, a un joven descendiente de una familia noble le hizo atarse detrás una cola de zorra y con semejante adorno recorrer las calles de Roma. Podéis imaginaros qué terrible experiencia sería esto para la víctima. Para aquel tipo orgulloso de hombre la muerte misma casi hubiera sido preferible. Por lo tanto aquella victoria sobre sí mismo fue una gran victoria no careciendo en modo alguno de auténtico heroísmo. MENDIGANDO UN PENIQUE He aquí otro ejemplo
interesante de esta clase de heroísmo. No deja de ser un tanto
cómico, pero muestra el modo como las almas fuertes hacen frente
a un gran mal cuando comprenden que es un mal. Un íntimo amigo
mío, una de las personas más virtuosas y de más
carácter que he conocido jamás, estuvo durante algún
tiempo bajo la dirección de un santo eminente. Aquel director
de almas poseía ideas inflexibles acerca del modo de inculcar
en sus dirigidos el espíritu del valor y la hombría. Esta
fue la orden que mi amigo recibió en cierta ocasión: "Saldrás
por las calles de tu ciudad e irás mendigando un penique."
Sí, éstas fueron las increíbles palabras que escuchó,
y mi amigo, que era una persona muy conocida en aquella ciudad, casi
se desmayó. Tratad de poneros en su lugar. Valor, puedo aseguraros
que tenía. Tenía el valor de diez corpulentos leones,
pero ante tan horrible perspectiva casi flaqueó su gran corazón.
Mas este "casi" es lo que le salvó; se sometió
a aquella orden. Luego, durante un día o dos casi sudó
sangre mientras se aclimataba mentalmente a la dura prueba de salir
a la calle a mendigar. Sentase tentado a colocarse un falso bigote,
o a disfrazarse de otro modo. Pero pensó que ello no seria llevar
a cabo el juego con el espíritu espartano con que había
sido ordenado. Por lo mismo, se puso su abrigo, subióse el cuello
del mismo, y calóse el sombrero hasta donde comprendió
que debía hacerlo de acuerdo con el espíritu de aquel
juego. A continuación marchó a la iglesia de Nuestra Señora
del Buen Consejo en High Street, la iglesia de los Agustinos. Colocóse
de pie en el pórtico, y a todo el que entraba o salía
le dirigía la fórmula convencional del mendigo: "Un
penique para este pobre hombre." Como declaró después,
experimentó las torturas de los condenados a causa del miedo
(cosa muy probable) a ser reconocido. Considerad cómo cualquiera
que lo hubiera reconocido se habría apresurado a decir a otros:
"Lo vi con mis mismísimos ojos. Se ha debido volver loco
de remate." Ello hubiera hecho su posición en la ciudad
muy difícil, esto como mínimo. Al tormento que le causaba
este pensamiento se añadía el que alguien le denostó,
diciéndole que debería avergonzarse de que siendo un hombre
tan fornido estuviese mendigando. Por casualidad una mujer le dio medio
penique. Pero con ello no cumplía el compromiso contraído.
En este punto trato de calmar sus nervios buscando nuevos campos de
frescos pastos. Dirigióse a la iglesia de James's Street y se
colocó asimismo de pie en el pórtico. Después de
citar allí sufriendo durante algún tiempo, un pobre hombre
que caminaba encorvado se le acercó y le dijo: SANTIDAD SIGNIFICA DESAFIO AL MIEDO Ahora bien, esa misma clase de actitud que comprendemos es necesaria para con el respeto humano -esto es, esa actitud universalmente agresiva, la decisión de hacerle frente y de combatirlo por la causa de Dios y por la religión- tiene también que ser adoptada por todos en la parte "profana" de su vida en relación con la clase correspondiente de miedo que se presente en cada caso. Esto se hace necesario en vuestro caso, legionarios, porque el valor ha llegado a ser vuestra profesión, y porque no sois personas de baja condición. El mero hecho de que vosotros hayáis ingresado en las filas de la Legión os coloca fuera de la categoría ordinaria. Sois gente de clase elevada. No lo digo precisamente por halagaros. Simplemente expongo un hecho. Vosotros -al menos así lo supongo- aspiráis a la santidad. La santidad se define como virtud heroica, y el heroísmo significa desafío al miedo, sobreponerse al miedo. Por lo tanto, si la santidad es una santidad auténtica, ésta ha de manifestarse en forma de valor. Si no es así, entonces lo que parecía santidad no es santidad, es una cosa ficticia. Si alguien que tú conozcas logra con sus oraciones incluso echar abajo el firmamento, pero no se halla dispuesto a mostrar valor cuando y donde sea preciso, su santidad es ilusoria. VALOR Y BRAVUCONERIA Pero en este punto debemos
hacer unas pocas distinciones. El heroísmo consiste en dejar
a un lado el miedo cuando cierra el paso a algo que debe necesariamente
hacerse. ¿Tenemos que quebrantar el miedo siempre que se presenta
dentro de nosotros? ¿Estamos obligados por nuestra profesión
de católicos a hacer esto? Por supuesto que no. Pues el miedo
es un instinto humano elemental. Es como un poste indicador, un aviso,
y es algo muy importante el que poseamos ese instinto. Si no lo tuviéramos,
pereceríamos antes de lo que podemos suponer. El mal está
solamente en doblegarse ante el miedo cuando no debemos hacerlo. Suponed
que alguien os desafía a cruzar a nado un canal de corriente
peligrosamente rápida, cosa que está más o menos
fuera de vuestras fuerzas. ¿Estaréis obligados a obrar
en contra de lo que os dicta vuestro natural temor? No hay necesidad
de decir que no lo estáis. O puede ser que alguien os rete a
lanzaros desde un trampolín de veinte pies de altura. No os habéis
entrenado para semejante zambullida, y por lo mismo la señal
de peligro del miedo hace enseguida acto de presencia. ¿Estáis
obligados a hacer caso omiso de esa señal? ¿Qué
os dice vuestro catolicismo que hagáis? Os dice que no tenéis
por qué hacer nada de eso. Asimismo, suponiendo que alguien desea
que hagáis el rizo subidos a un avión, y que vosotros
sentís miedo de ejecutarlo ¿debéis mandar al miedo
a tomar el viento en el sentido estricto de la expresión? Por
supuesto que no. He aquí otro ejemplo tópico. Durante
un bombardeo aéreo, ¿estaréis obligados a rondar
por las calles tan sólo con el fin de mostrar vuestro valor?
No lo estáis. Esa manifestación estaría fuera de
lugar. Sería pura bravuconería, una temeridad. Sería
un noble acto ignorar ese reto y cualesquiera otros parecidos a él.
Pero desde el momento en que el deber y las normas de conducta entran
en juego, las cosas se hacen completamente diferentes. Lo que antes
era una bravuconería ahora es una prueba de valor. La temeridad
se ha convertido en un acto razonable. Una acción peligrosa puede
ser un deber, y entonces el miedo no debe impedirte hacer lo que el
deber te dice tienes que hacer, por muy terrible que sea su aspecto,
y aunque la señal de peligro del miedo ondee en el mastelero.
Quizás repliquéis, diciendo: VIRILIDAD Y DELICADEZA Cuando queremos excusarnos de nuestra debilidad en presencia del miedo, tomamos esas insinuaciones respecto a exponer y entregar nuestra vida como una especie de palabrería piadosa o como consejos de perfección que no tienen aplicación alguna para nosotros. Ello no es así. Es absolutamente esencial que estemos dispuestos a mantenernos firmes y afrontar cuanto pueda acontecer siempre que haya un deber que cumplir. Y el deber no es sólo una cosa personal. Existe también el deber con respecto a la religión en general. Es de extrema importancia que la religión sea una cosa viril -algo realmente viril- aunque la mayoría no piense así acerca de la religión. La religión debe ser lo más viril que existe, y los que practican la religión deben ser viriles, esencialmente viriles. No quiero decir que por viril entiendan lo que expresa ese termino moderno con que en América se designa hoy al que posee la cualidad de la hombría. Entiendo que la virilidad incluye en su debida proporción cualidades tales como la dulzura de carácter y la delicadeza. Estas deben por supuesto encontrarse en la primera, pero tienen que hallarse bien asentadas y fortificadas por la firmeza de carácter. No puedo menos de pensar que se insiste demasiado respecto a la religión en la importancia de dulzura de carácter, y que existe la creencia de que aun los más fuertes tienen que rendirse ante ella. No debe ser así. Acordaos de aquellos personajes de que el Hermano Nagle (Jack Nagle, destacado legionario de Dublín, que durante muchos años ha sido ya Presidente ya Oficial del Concilium, consejo supremo de gobierno de la Legión de María) hizo mención hace algún tiempo. Escogió a aquellos dos santos, San Jerónimo y San Pablo, porque ambos fueron hombres de temple, enérgicos en su carácter, y enérgicos en su modo de hablar. Fueron hombres verdaderamente viriles, sin embargo -puesto que eran grandes santos- podemos estar seguros de que la dulzura fue una cualidad importante de su modo de ser. Pero también tuvieron que poseer virilidad. Si hacemos caso omiso de ésta, ganaremos para Ia religión la reputación de que es una cosa muelle que solo los blandos de carácter practican. Estamos creando la impresión de que los legionarios de Satanás son los únicos realmente viriles en el mundo; siendo así que en realidad debería ser al revés. Imaginad cuán destructor seria para los intereses de la religión semejante falso concepto de la gente. Su primer efecto sería que el elemento joven (que da al valor una importancia especial) consideraría la religión como algo afeminado, y sólo con recelo la practicaría, si es que la practicaba. CUMPLID EL DEBER POR DIFICIL QUE PAREZCA Si en vuestra vida ordinaria
no os determináis a hacer nada que valga la pena, el miedo surgirá
automáticamente ante vosotros. Si el miedo no se presenta, o
es porque sois unos verdaderos monstruos o porque estáis arrastrando
una existencia miserable; muy probablemente esquiváis todo lo
que en la vida tiene valor, si bien se presenta con aspecto terrible.
Considero que no habrá muchos monstruos aquí en mi presencia.
Por lo mismo si no tropezáis constantemente en vuestro camino
con el miedo, es porque no tratáis de llevar una vida a nivel
elevado. Si os ponéis a escalar una montaña, la atmósfera
se enrarece conforme vais ascendiendo. Vuestra respiración se
hace dificultosa, y vuestro corazón comienza a latir aceleradamente.
Una sensación dolorosa se apodera de vosotros. Del mismo modo
cuando comenzamos a ascender por la vida espiritual (por la cual entiendo
la vida tal como debe vivirse en su totalidad desde el punto de vista
católico), vamos entrando en la enrarecida atmósfera del
miedo. EL VALOR Y LA OPINION PUBLICA En todo cuanto he dicho no me he referido únicamente al miedo físico, sino que he hablado en sentido amplio. Me refiero a todas las clases de miedo. Hay un tipo de miedo que tiene un gran poder de intimidación, miedo que puedo llamar respeto humano en el campo de lo profano, esto es, el miedo a la opinión pública o a las críticas populares. Es particularmente difícil hacer frente a este miedo en este mundo de hoy en el que tiene tanto poder la masa. Ello requiere una energía de carácter extraordinaria, especialmente en aquellos que ocupan puestos de autoridad o cargos en la administración pública. Generalmente, estas personas obran conforme al espíritu de masa (que no es un buen espíritu) en vez de intentar educarlo y encauzarlo. Además, los mejores de entre nosotros mismos se hallan dominados por el instinto de conjunto de nuestra peculiar clase social o profesión, o por algún código de leyes del que sucede que llegamos a ser esclavos. Algunas cosas contenidas en estos códigos son muy por lo común sumamente erróneas, cosas que sólo tienen en cuenta el beneficio de esa clase especial, y que van dirigidas contra el bien común. No obstante nos sometemos a ellas basándonos en que lo mismo hacen todos los demás, y por lo tanto creemos que es excusable seguir su ejemplo. No vemos en ese rendirnos ante el miedo una traición al honor, cosa que en realidad es. Cada uno de nosotros conocerá varios ejemplos. Toda profesión tiene sobre sí esas manchas negras, y muchos católicos estimables ceden ante estas cosas. Tenemos de nuevo el caso del deporte. Jugáis al fútbol como hombres, no como cristianos; y en vuestro negocio sois unos negociantes, no unos cristianos. De este modo el deporte como los negocios quedan rebajados al nivel de la forma de pensar y de la conducta del hombre natural, por lo que con el tiempo ejercen una influencia corruptora. Os excusáis siempre con el argumento de que todos los demás obran igual, argumento que no deberíais alegar porque no es válido y porque es el miedo el que os lo hace esgrimir. Los males son evitados por las personas únicamente haciéndoles frente con valentía. Siempre hay alguien que les hace frente, y puede ser que ese alguien se convierta en una víctima. Puede ser que sus mismos compañeros le boicoteen, y no hay nada más doloroso que convertirse en un paria dentro de la propia clase social. Volved vuestra mirada hacia los tiempos pasados de la historia y os daréis cuenta de lo que eso ha llevado muchas veces consigo (el que la vida de uno se convierta en un infierno) en muchos casos la muerte. Es necesario, pues, ser una persona muy noble para oponerse a la masa. Pero si vosotros no le hacéis frente, no disfracéis vuestra cobardía con frases bellas o de cualquier otro modo. El móvil real de vuestra conducta es el miedo: miedo al deshonor, miedo al deber, miedo a la religión. SUFRIENDO PERSECUCION POR CAUSA DE VUESTROS PRINCIPIOS Quizás digáis: "En verdad que si voy a llevar semejante vida, yendo siempre por lo más elevado y teniendo que combatir continuamente contra el miedo, mañana, tarde y noche, ¡vaya vida terrible que me espera!" Habéis dicho la verdad, y recordad también que el miedo no es sólo una cosa presente. El miedo proyecta su sombra muy por delante, durante años enteros. Es una cosa horrible tener que luchar contra él. Lo sé muy bien, pues yo mismo he vivido en medio de una atmósfera de miedo durante años enteros. Os corroerá mental y hasta físicamente si os decidís a luchar contra él. Lo cual lleva consigo una condición de vida muy dura, en realidad, como vosotros decís, una existencia intolerable. ¿Pero acaso fuisteis puestos en este mundo para gozar de una dulce existencia? Por el contrario, fuisteis puestos para caminar por los senderos escabrosos que conducen hacia las cosas mas sublimes -para sufrir persecución por causa de vuestros principios, incluso para dar vuestra vida por ellos- y debéis estar dispuestos a hacerlo. MARIA, MODELO DE VALOR En todas estas cosas tenemos un modelo, y ¿qué mejor modelo para un legionario que la Santísima Virgen? Pero veamos cómo ninguna persona fue tan poco comprendida como María. Somos muy propensos a tener de Ella el concepto de que era una mujer de carácter dulce y amable, que poseía increíble dulzura, belleza, delicadeza, amor y otras cualidades por el estilo. Pero procurad no equivocaros, porque Nuestra Señora era muchísimo más que eso. El Manual dice de Ella que de entre todas las mujeres así como de entre todos los hombres, fue Ella la más fuerte. Ella fue la Mujer Fuerte. La María del Evangelio, la Reina de la Legión, no fue ninguna tímida doncella; y si cuanto habéis leído acerca de Ella os ha producido esta impresión, estáis completamente equivocados. El carácter de Nuestra Señora estaba todo él lleno de fortaleza. Ella fue la Torre de David. Fue la Torre de Marfil. Fue el ejército puesto en orden de batalla. No tengamos de ella una idea equivocada. Ahora bien, ¿Cuál
fue la característica de toda su vida? Yo diría con todo
respeto que María vivió continuamente bajo la sombra de
un miedo siempre presente e intolerablemente angustioso, un miedo que
le penetraba hasta la medula de sus huesos, y que convertía cada
segundo de su vida en una indecible tortura. Aquel espantoso fantasma
del miedo estuvo ciertamente sobre Ella desde que escuchó la
profecía de Simeón. Debéis tener presente que Ella
estaba más versada que nadie en las profecías del Antiguo
Testamento. Además, con su privilegiada inteligencia veía
estas cosas de un modo del que ninguna otra persona pudo verlas. Por
lo tanto se dio perfecta cuenta de los horrores que esperaban a su Hijo,
y, por supuesto, de que todo cuanto Él iba a sufrir tenía
Ella que sufrirlo. Su compasión comprendía a su Hijo y
a Ella misma sufriendo juntos, casi en una misma carne como dos personas
clavadas en una sola cruz. Ello le proporcionaba una agonía que
sobrepasaba todo conocimiento. Todos los sufrimientos del mundo juntos
no eran nada en comparación con el que Ella experimentaba. El
pensamiento de todo cuanto el futuro le tenía reservado estaba
siempre presente ante Ella. Proporcionalmente a aquella claridad de
visión y a su fortaleza y valor únicos, debió sentir
el peso del miedo en grado espantoso. ¿Mitigó éste
alguna vez su torturante opresión en el Inmaculado Corazón
de María? No. Sin embargo, desde el principio hasta el fin se
mantuvo Ella firme e imperturbable. Jamás vacilaron sus pasos
ni su mirada ni su alma. No obstante en Ella no hubo mezcla de aspereza
ni el afán de resistir por el mero hecho de resistir, todo lo
cual hubiera sido contrario a la caridad.
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