CAPITULO
II
EL SEGUNDO PRAESIDIUM
Ya hemos visto que la "Legión" comenzó el 7 de septiembre de 1921, y que empezó con un acto de los más sencillos esto es, con las visitas a mujeres pobres en el Hospital Unión de Dublín, cuidado por religiosas. Recordaréis que desde el principio estos trabajos se consideraban como una posibilidad eventual. No había, sin embargo planes determinados para la segunda labor que habría de emprenderse. Aún más, tales planes estaban casi fuera de propósito. El Unión, con sus miles de pacientes, daría muchísimo más trabajo del que podría abarcar el número de miembros que entonces teníamos.
De pronto, sin embargo, ocurre algo que nos mete de cabeza en un nuevo trabajo. Y esta vez fuimos al extremo opuesto, desde la más sencilla a la más difícil de toda las ocupaciones, la de trabajar por la chica de la calle. Se había discutido largo y tendido entre algunos de nosotros aun antes del nacimiento mismo de la "Legión", la idea de hacer algo por esta desgraciada clase, pero, por lo que toca a los modos y medios de hacerlo... eso ya era otro cantar.
Lo que hoy es cosa demasiado conocida para cualquier "legionario", ya que una de las hospederías de la "Legión" está consagrada a ello, era entonces un problema. Aquello estaba entonces como envuelto en una atmósfera de misterio. Nadie conocía en realidad cuánto abarcaba el problema. Nadie tenía ni la más remota idea de extensión. Y, no obstante, había varias casas de huéspedes para esta clase de gente en la Parroquia de la calle Francis, donde a la sazón teníamos nuestro campo de operaciones.
Recuerdo con toda viveza mi primera experiencia en una de estas casas (Núm. 25...). Ello fue años antes de los acontecimientos que voy relatando. Visitaba yo la calle y una tarde entré en el Núm. 25, por la sencilla razón de que buscaba el 24. Por un momento no me di cuenta de dónde estaba. Lo vi después y quedé tan atemorizado que al punto salí de allí sin decir palabra. Mi retirada era típica de la actitud que entonces se presentaba el problema.
Constantemente se nos recordaba la existencia del problema y el peligro que ofrecía. Dejando a un lado su efecto general en la ciudad, debió ser grande el daño que produjo el mísero arrabal donde estas chicas residían. Porque, en tanto que unas trabajaban por un poco de dinero y, lo que es peor, otras estaban desocupadas, a pesar de ello, todas ellas lucían trajes elegantes.
Pero no es necesario resaltar este aspecto de las cosas. Esforzarse por remediarlo de algún modo era de imperiosa necesidad. Pues fuera de los Asilos de la Magdalena, el problema quedaba sin solución en Dublín. Estos asilos atendían perfectamente a su obra, pero era de vital necesidad un mecanismo adicional que buscara a las chicas en sus guaridas, que las espiara y siguiera con asiduidad. Y es el caso que juzgábamos a las chicas ser mucho más intratables... mucho más difíciles a toda buena influencia de lo que en realidad eran. De ahí que, por el momento, nos abstuviéramos del método de las visitas.
Una idea que entonces se discutió seriamente fue interesante porque nos demostró cuán diferentes son las cosas en la actualidad. Se sugirió que abriéramos una casa de huéspedes barata y que se podría con ello atraer a esta clase de gente. En tal proyecto, el requisito más importante habría de ser un par de señoritas que quisieran vivir allí y actuar como dirigentes, desde luego, como voluntarias, y que infundieran a la obra un profundo espíritu religioso. La obra estaría basada en la idea de establecer relaciones amistosas con las chicas, en forma tal, que, a medida que pasaba el tiempo, muchas de ellas vinieran a probar que eran dóciles a la influencia de las señoritas. La depresión que sigue al exceso de bebida o a un maltrato parecía ofrecería oportunidades provechosas de influir sobre ellas. Cae de su peso que tal trabajo vendría a ser intolerable, tratándose con gentes que actualmente vivieran en pecado. Nada que no fuera espíritu de heroísmo y hambre verdadera de almas, podría hacer que las señoritas se consagraran a tal ocupación. Estos fueron los primeros balbuceos de la naciente organización; así, ya en los comienzos pensaba en un servicio "legionario" total, sin dudar en modo alguno de que se realizaría muy pronto. Ahora y siempre desconoceríamos la dirección que hubiéramos tomado de no haber intervenido la Providencia de la manera que voy a contar.
La Providencia tuvo sus propios planes y para ejecutarlos se sirvió de estas obreras voluntarias que estaban a mano. Ante todo, había de hacerse una preparación fundamental... cual era la de echar los fundamentos de la obra. Y esto ocurrió del siguiente formidable modo.
En el mes de mayo o junio de 1922, esto es, apenas ocho meses después de comenzar la "Legión", recibí una carta de Sor Concepción de las Hermanas de la Caridad de Baldoyle, dándome informes de dos señoritas que había en Holiday Home; eran la señorita Plunkett y la señorita Scratton. Ardían en deseos de trabajar en la "Legión". Yo quise verlas y escribí citándolas para el sábado siguiente en el Hospital de San Vicente; y allí nos encontramos. Recordé entonces quiénes eran aquellas señoritas. Una vez me encontré con ellas en la despedida a Lady Molony, la madre Patricia, Madre General de las Hermanas de San Columbano, cuando marchaba a las Misiones de China. Las animé a que hablaran y me dispuse a escucharlas.
Eran apasionadas de las Misiones Extranjeras. Se habían ofrecido, pero fueron rechazadas en razón de su edad. No pudiendo ir en persona, deseaban con ardor ayudarlas de cualquier modo que les fuera posible. También habían soñado despiertas. Una de ellas abriría en el centro de la ciudad un salón de té... que habría de ser llevado en beneficio de las Misiones. Esperaban que se les habrían de juntar otras que pensaran como ellas. Harían por sí mismas todo el trabajo que se ofreciera; desde la cocina y servicio de mesa hasta el fregado de los suelos. La parte de casa no requerida para el salón, seria dedicada a obras sociales, clases, y a cuanto pudiera servir para las Misiones. Para deciros la verdad mi primera impresión fue de asombro y de risa. Sonaba aquello a pura fantasía. Pero hay que tener presente que aquello ocurría en los días previos a las grandes aventuras de la "Legión". En tiempos futuros, para causarnos alguna sorpresa, tendría que hablarnos la luna.
Las señoritas mismas atrajeron mi atención. La señorita Plunkett era extraordinariamente alta; tanto que su compañera, también alta, parecía de mediana talla. La señorita Plunkett era de modales vivos, y cuando se entusiasmaba hablaba mucho. Por el contrario, la señorita Seratton era fría. Apenas hablaba; pero, en su sobriedad al hablar, estaba enteramente de acuerdo con lo que decía la señorita Plunkett. Yo, de hecho, la comparé con un bloque de hielo. Y ahora, dicho esto, debo suspender mi relato y explicar lo que en realidad había en ella. Era puro y sencillo amaneramiento que desapareció con su servicio en la "Legión", poniendo de manifiesto toda la gentileza y amabilidad de su natural.
Conforme las iba oyendo, aumentaba mi admiración y estima. Todo aquello era cosa muy real. Tenía ante mí a dos personas que me hablaban de cosas raras, y ellas daban el verdadero significado a cada una de sus palabras... Eran dos almas ardientes. Muchas veces respiré profundamente. El salón de té nos dejó perfectamente fríos, pero, ah!, Qué rico tesoro serían para la "Legión" estas dos almas heroicas! Y entonces comencé yo también a tomar parte en la conversación. Hablé acerca de la "Legión"; y es claro que al punto las hallé dispuestas a unirse. Les indiqué que una nueva rama estaba a punto de formarse y que a ella podían unirse.
Entonces, precisamente, y no como táctica práctica -sino más bien para desechar la idea del salón de té- expuse ante ellas la otra idea de la casa de huéspedes que antes mencioné. Convinieron en que era una hermosa idea. Si queríamos emprenderla, podíamos contar con ellas, pues lo que ellas buscaban era un trabajo que las ocupara todo el tiempo.
Así acabó nuestra entrevista. Después había que dar los pasos para establecer la segunda rama, que se convirtió en el Praesidium de Nuestra Señora del Sagrado Corazón (que ahora ha cambiado el nombre por el de Sancta María), siendo dos de sus oficiales la señorita Plunkett y la señorita Scratton. El trabajo que se comenzó a hacer fue el mismo de la unidad Madre, esto es, las visitas al Unión. Porque este Praesidium estuvo destinado poco después a desempeñar un papel tan importante con relación a la primera hospedería de la "Legión", hay cierta tendencia a olvidarse de que, aun en el supuesto de que jamás se hubiera ocupado de la hospedería, su creación fue ya un acontecimiento de primer orden en la "Legión". Pues fue el segundo Praesidium de la "Legión de María".
Creo que el nuevo Praesidium no había celebrado más que dos juntas, cuando ocurrieron los hechos extraordinarios que habían de cambiar el curso de su carrera y también influenciar en el de la "Legión" entera ir y, por añadidura, llevar a cabo muy grandes cambios en las condiciones sociales de la ciudad y de otras muchas ciudades.
En el mes de julio, un pasionista muy conocido, el P. Ignacio, daba una semana de Ejercicios a las mujeres de la Parroquia de la calle Francis. Al principio de la semana, el P. Creedon le llevó al Núm. 25, que, el P. Creedon ya había visitado por segunda vez, no hacía mucho. Era ésta la casa antes mencionada, como el lugar de donde me retiré una vez precipitadamente. Cuando la visitaron los dos sacerdotes, vivían en ella treinta y una lucidas jóvenes. Los sacerdotes reunieron a las chicas en el cuarto más grande de la casa (la cocina), y una a una, hablaron con todas. Las conversaciones fueron corteses y no se trató sino únicamente de cuestiones religiosas.
El resultado fue algo sensacional. Muchas de las chicas comenzaron a llorar; todas expresaron su pesar por su actual modo de vivir. Querían ser buenas; pero, ¿qué podían hacer? Nadie les daría empleo; y así, ¿cómo podrían vivir? Se les sugirió fueran al Asilo de la Magdalena, pero esto ya no les hizo gracia.
La situación era descorazonadora. Había aquí un grupo de chicas encenagadas en el pecado; pero que manifestaban deseo de enmienda. Y la única solución aparente para esto era precisamente la que no querían aceptar. ¿Qué habría que hacer? Algo deba hacerse. Había que buscar una solución. El problema inmediato era proveer a la manutención de las chicas; y entonces, el P. Creedon hizo algo heroico. Se entrevistó con la propietaria y dueña de la casa y se comprometió a pagarle cuatro libras por día, en lugar de lo que las chicas hubieran de pagar. Se hizo el trato de que las chicas no habrían de volver a su vida anterior, ante la necesidad de casa y comida.
Pero esto no podía durar siempre. Cuatro libras diarias resultaban veintiocho por semana; y además, entre otras razones, estaba claro que esto sólo era salir del paso. Debía buscarse una solución permanente. Razonando así, el P. Creedon convocó una junta de todos aquellos que antes habían discutido la teoría de este problema, que se había convertido en realidad. La junta se tuvo en Myra House, en el cuarto de enfrente, a las 9:30 de la noche del 11 de julio de 1922.
Comenzó al terminar la junta del Praesidium de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, que tuvo lugar en el cuarto inmediato. La señorita Plunkett y la señorita Scratton fueron unas de las que pasaron de aquella junta a esta obra eventual. Les acompañaba la señorita Davis; allí estaban presentes además el P. Toher, el P. Devane y, desde luego, cl P. Creedon, y creo que el P. Robinson. Sentáronse todos alrededor de la inmensa mesa de roble muy adornada, que es orgullo de las Conferencias de San Vicente de Paúl, y discutieron con ansiedad punzante el problema de las treinta y un chicas. Ni pensar en permitir que fueran de nuevo arrastradas a cosas tan lamentables. Pero, ¿qué habría que hacer? Por ningún lado se veía solución.
Sin embargo, una sugestión estaba al caer. No mucho antes el P. Devane había inaugurado la gran Casa de Ejercicios en el Castillo de Rathfarnham. Además, era hombre que acreditaba su mercancía. Miraba él los Ejercicios como remedio de todo mal. Y así propuso que esto se aplicara a nuestro caso. Como los náufragos se agarran aunque sea a una pajuela, así este asustado grupo acogió la idea. Desde luego, no era ella solución permanente, como no lo era aquello de las cuatro libras esterlinas diarias. Pero, algo es algo; había que ganar tiempo, y actuar; y, tal vez, el resultado lo proporcionarían los Ejercicios. Tal vez algunas o muchas de las chicas aceptarían la proposición de retirarse a algún Convento del Buen Pastor, cosa que antes habían rechazado.
Por consiguiente, por unanimidad, se acordó que lo apropiado en este caso apurado serían unos Ejercicios. Pero, en primer lugar, ¿aceptarían las chicas? Y luego ¿dónde se darían tales Ejercicios? Se pensó sería mejor determinar primero el número dos; y luego tratar del numero uno. El P. Devane y la señorita Plunkett fueron encargados para el día siguiente, miércoles, de recorrer la ciudad y ver si daban con un refugio disponible. Todos habrían de juntarse otra vez el miércoles por la noche para oír el informe de los dos enviados.
El grupo se reunió según se había convenido. Los enviados (bien molidos) dieron cuenta de sus aventuras. Mal comenzaron éstas; y fueron de mal en peor durante el día. La mayoría de los lugares no reunían condiciones para unos Ejercicios como los propuestos; y en cada caso la propuesta fue recibida con incredulidad mezclada de horror. ¡Qué idea aquélla, la de que un grupo de treinta chicas metidas de pies a cabeza en el arroyo hicieran unos Ejercicios!
Llegaba a su término un día desesperante. De pronto, la señorita Plunkett tuvo una inspiración que bien podía habérsele ocurrido antes. Pensó en Baldoyle donde conocía íntimamente a ¿os monjas de talento excepcional. Era una de ellas aquella Sor Concepción Vavasour que encaminó hacia la "Legión" a la señorita Plunkett y a la señorita Scratton, la otra, la Rectora del Convento, la madre Ángela Walsh.
Y a Baldoyle se encaminaron ambos, cansadísimos. Vieron allí a la Madre Ángela y le contaron toda la historia. Casi sin respiración escuchó la Madre Ángela. Jamás en su vida había oído cosa semejante. "Oh, cómo quisiera yo poder ayudarles!, pero... " Compartía en toda la extensión de la palabra los temores de los demás; y ella pudo aún añadir unos más por su propia cuenta.
"Lo temo como algo propio; pero no puedo permitir que se marchen así". Todo el mundo debe admitir lo razonables que son sus dudas. Había tres o cuatro razones especiales -y tan de peso- por las cuales ella no podía acceder. Algún tiempo antes había inaugurado su casa de retiro de fin de semana, y desde luego, sería una cosa terrible que se corriera la voz de que en el convento hacían los Ejercicios chicas del arroyo. Inmediatamente supondría la gente que usaban éstas la casa de retiro. Lo cual no podría menos de producir resultados desastrosos. En segundo lugar, las hermanas tenían allí su casa de descanso. Y la misma consideración podía aplicarse a ésta que a la casa de retiro.
"Yo debo de estar loca; pero no puedo decirles que no. Acaso lo diga con toda probabilidad la Madre General. Pero si ella no lo dice, he aquí lo que les propongo:
Tenemos nuestra escuela nacional. Pueden convertirla en dormitorios. El jardín de las monjas será su campo de recreo; los recibidores de las monjas, los refectorios. Pueden hacerse la comida en la cocina de las monjas. El oratorio de las monjas será la capilla. Para nada necesitamos tocar ni la casa de descanso ni la casa de retiro. ¿No podríamos buenamente llegar a un arreglo?"
Así habló una de las más heroicas mujeres que haya habido. Hoy a nadie es posible medir la real grandeza de su acto; pues muchos de los gravísimos temores y falsas ideas que impedían poner en práctica tan especial obra, ya han desaparecido. Pero esto sucedía en julio de 1922; y la Madre Ángela Walsh (aunque como decía ella se le partía el corazón) dio el consentimiento y nos proporcionó la alegría que nos trajeron nuestros enviados.