CAPITULO III EJERCICIOS SIN PRECEDENTES
Según habíamos convenido, todos nos juntamos aquella tarde en Myra House; y esta vez en el cuarto interior donde la "Legión" había nacido. Allí escuchamos sin respirar la narración de los acontecimientos del día con su clima espléndido. Acabado el relato, siguió un buen intervalo en el cual quedamos sentados y mirándonos unos a otros sin decir palabra. Esta pausa, a pesar de ser tan corta, llevaba en sí una gran transición. Nos permitió saborear el gozo por solo uno o dos segundos. Absorbió luego nuestra atención el futuro con su incertidumbre. Ya teníamos casa para nuestros Ejercicios; pero ¿querrían las chicas tomar este agradable remedio que les preparábamos? La fría razón nos decía que difícilmente querrían. Sin embargo, se notaba en la atmósfera algo sobrenatural que nos daba esperanza.
Era obvio que el paso inmediato sería entrevistarse con las chicas y exponerles la idea de los ejercicios; y a cinco de nosotros se requirió para ir a la calle Blank Street a las once de la mañana siguiente. Era cuanto podíamos hacer, para arreglarlo definitivamente, pero allí permanecimos sentados largo tiempo, hablando sobre las diferentes alternativas que el asunto podía tomar en caso de que nuestra misión fallara al día siguiente.
Amaneció el jueves trece de julio, mostrando lo mejor de la naturaleza. Juntáronse los cinco emisarios de la "Legión", y dirigieron sus pasos hacia el número 25. En loS días precedentes, la vecindad se había excitado bastante. Como estaba muy lejos de pensar con calma, nuestra llegada picó la curiosidad de todos y atrajo una gran muchedumbre: ¿quiénes éramos nosotros? ¿Qué buscábamos? Entramos en la casa, y después de los saludos preliminares a los propietarios y dirigentes, nos pusimos manos a la obra, como se nos había indicado. Comenzamos por el primer dormitorio y en él entramos.
Reunidas todas sus ocupantes, les propusimos con todo detalle la idea de los Ejercicios. Aquello parecía algo fantástico, aun a nosotros, teniendo en cuenta la atmósfera matinal y los sórdidos alrededores. De buenas a primeras, pareció algo fantástico a las seis primeras chicas a quienes invitábamos. No querían oír tal cosa. Y así hablamos y hablamos. En primer lugar, hubimos de explicarles qué eran unos Ejercicios cerrados. Les asegurábamos que todo era tal como se lo explicábamos; no se verían forzadas a permanecer contra su voluntad, o a hacer cosa alguna que no quisieran hacer; los Ejercicios eran en realidad tal y como se los habíamos descrito; unos días que dedicarían a Dios y a pensar en el porvenir. Poco a poco, se iban rindiendo y al cabo de media hora lo logramos. Las seis dieron un consentimiento firme, al parecer. Respiramos aliviados. No había aún terminado nuestro trabajo; pero, al menos, habíamos colocado otra piedra miliaria.
Seguimos al cuarto inmediato; y allí nos dirigimos a sus ocupantes, que eran cuatro. Se produjo la misma desagradable discusión; surgieron las mismas dudas y temores, y les volvimos a dar las mismas explicaciones, seguridades e invitaciones. Y luego, por fin, ¡el éxito! Dejamos la habitación para ir al tercer cuarto. Pero aquí nos acechaba el desastre. Encontramos que las seis primeras habían fallado. No es que fueran maliciosas o insinceras. Sino que, en el mismo momento que dejamos su cuarto, los agentes del mal se metieron por medio para deshacer nuestra labor contradiciendo todas y cada una de las palabras que les habíamos dicho.
El argumento más efectivo contra nosotros era el rumor, que como un incendio se propagó por el lugar, de que todo aquello no era más que una intriga del gobierno para sacadas de allí y encarcelarías de por vida.
Y volvimos otra vez al cuarto número 1, y tomamos de nuevo el trabajo de persuadirías. Gracias a Dios fue más breve. Logramos aquietar los temores; pero luego tuvimos que volver al cuarto número 2, dónde entretanto habían brotado las sospechas como la cizaña.
Y así, en aquella gran casa vinimos a hacer un verdadero Vía Crucis, siendo cada cuarto una agonizante estación. Duró cinco horas largas; pero al fin logramos el consentimiento de casi todas ellas. Les anunciamos que a las once treinta del día siguiente, tendríamos dispuesto en Myra House un gran vehículo para llevarlas a Baldoyle. Luego, exhaustos casi por completo, salimos de la casa, nos abrimos paso entre la simpática multitud que oraba afuera, y nos separamos, dejando también convenido que las señoritas Plunkett y Scratton y la señora Davis harían los Ejercicios con las chicas y las cuidarían de manera especial.
Desde el número 25, el P. Creedon y yo nos fuimos derechos al gran bazar de Gorevan en la calle Camdan, y comenzamos a hacer compras. Habíamos acordado con las monjas que ellas nos cederían la casa; pero que nosotros la amueblaríamos. Así, con verdadero afán, compramos camas, etc.; y ni por un momento nos permitimos pensar de dónde había de venir el dinero, por temor de que tal pensamiento, como el Manual dice hoy, pudiera estorbar la acción. "El arreglo de la casa por el hombre es un oprobio", se oye generalmente de labios femeninos; pero, si no me engaña mi memoria, creo que no nos olvidamos de nada importante en la compra de aquella tarde. Una vez concluida nos cuidamos de que todo fuera llevado a Baldoyle a la mañana siguiente.
¡Ahora, por fin, podíamos sentarnos! Y era también, más que de sobra, hora de musitar algunas palabras de oración (cosa imposible durante los febriles acontecimientos del día). Pero, no. No habíamos de vernos libres del torbellino, ni aun en lo poco que del día quedaba. Aún no nos habíamos puesto en contacto con lo que podríamos llamar mundo cuando ya empezaron a hacérsenos cargos de apresuramiento, estupidez y locura; unos se oponen a los detalles del plan otros lo atacan de raíz de pies a cabeza... Las metáforas se embarullan unas con otras; pero algo de esto se necesitaba para indicar el carácter enfático de las críticas con que tropezamos. Nadie podía echar en saco roto la tormenta que se nos vino encima; que en gran parte procedía de los prudentes, llenos de bondad y de buena voluntad con nosotros personalmente. Así pues, se convocó una junta de emergencia, y aquella tarde, a las ocho de la noche, en las habitaciones del P. Toher, en la calle Francis, tuvimos otra reunión de la familia con el fin de considerar estas críticas. Esta vez las señoras quedaron excluidas. No se podía esperar que simpatizaran con los plintos de vista que habían de ser discutidos; y tal vez se escandalizaran de los forcejeos sobre los innumerables peligros a que se ha de exponer uno para salvar un alma.
Pues hablando con claridad, esa era la cuestión que estaba en juego. Era evidente que nos hallábamos frente a una situación seria. Cada paso que dábamos lo ponía más en claro. Éramos como gente que va por un arenal; cada paso adelante hacía la vuelta más difícil. Oh, si todo el negocio acabara en desastre, como parecía cosa cierta, qué habladurías y qué ridículo nos esperaba! ¡Supongamos que nuestras "palomas silvestres" llevaran consigo bebidas y acabaran por escaparse! ¡Suponed otras cosas que pensamos nosotros! Cada uno de los que intervinieron en esto seria señalado con la nota que manifestara la imborrable y pecaminosa locura del fracaso. Cualquier cosa que tocaran sus manos pecadoras sería condenada de antemano. La "Legión" misma, tan rica en promesas, la niña de nuestros ojos, habría de perecer ignominiosamente, y, por otra parte, era cosa fácil retroceder en aquel punto. Aún podíamos calmarnos con la reflexión de que era positivamente un error poner en la balanza, así como así, todo el futuro de la "Legión".
Hoy, después de haber pasado tantos años, más que misterios hay en el rosario, no es fácil reproducir aquella nuestra posición y atmósfera. Las mismas almas que entonces hubieran dudado con toda cerrazón, hoy mirarían al pasado desde el proverbial butacón y censurarían galantemente nuestras terribles horas de discusiones y salir con un "Oh, vosotros, los de poca le". Aun nosotros mismos encontramos hoy difícil de comprender cómo dudamos, ni siquiera por un momento, a la vista del hecho abrumador de que treinta chicas -encenegadas en el pecado, empecatadas toda su vida y que arrastraban a innumerables a cometerlo y a habituarse a él- nos habían dicho: "Queremos ser buenas". Pero dudamos... aunque sólo fuera por poco tiempo. Y cuando al fin terminaron nuestras dudas, fue con aire de verdaderos mártires, que no con espíritu de fe confiada, como tomamos la decisión unánime de lanzarnos a ciegas en ese mañana irrevocable.
Terminamos la discusión sin disponer de un sacerdote que diera los Ejercicios; pero hubo quien pensó en un joven franciscano como en el hombre ideal para negocio tan difícil. Era éste el P. Felipe, que poco antes había sido designado para la iglesia de Adán y Eva, en el muelle de los Mercaderes. Parecía prometedor lo que de él se había dicho. A uno de nuestro grupo se le encomendó que, como primera providencia, se viera con él a la mañana siguiente. Eso sí que era apurar las cosas; pues estaba decidido que comenzarían los Ejercicios a primera hora de la tarde del mismo día.
El día siguiente era viernes, 14 de julio. Y también era un hermoso día. A las nueve, nuestro representante se vio con el P. Felipe. Oh, era San Antonio en persona! Se le detallaron los extraños acontecimientos que habían ocurrido, y se le anticipó la sorprendente proposición de que el P. Felipe, a quien ninguno de nosotros había conocido ni en pintura, debía hacerse cargo de aquellos Ejercicios sin precedentes. El no se sorprendió y sólo pronunció unas palabras a guisa de comentario. Acabada la narración hizo esta pregunta: "Padre, ¿querrá usted ayudarnos?". La respuesta fue firme:
"¡Cómo no, con sumo gusto -dijo-. Me habéis ganado el corazón. Pero debo comunicarlo a mis superiores. Vuelva dentro de dos horas y le diré el resultado". Bueno, con aquello iban a ser las once y media; precisamente a la hora en que las chicas saldrían de Myra House en su vehículo. ¿Y qué ocurriría si la sentencia era negativa? Pero por otra parte, ¿qué se podía hacer sino esperar?
¡Oh, Mana! Susténtanos en esta insoportable espera y haz que esos señores importantes accedan a nuestros ruegos.