CAPITULO III TODA ALMA

"Toda alma que desee vivir tiene que volcarse en otra"

IGLESIA O CAPELLANIA

Creo que la necesidad más urgente de hoy día es inculcar en todo católico la idea de que sobre él pesa el positivo deber de salir en busca de conversiones para la Iglesia.

¿Qué es la Iglesia? La Iglesia es la sociedad en que Jesucristo vive, y que tiene como fin de su existencia llevar todos los hombres a Él. Si en algún lugar la Iglesia no procediese de este modo, sería infiel a su misión. Si en algún sitio la Iglesia no hiciera más que atender a cuantos se hallan ya incorporados a sus filas, no estaría allí más que con una parte de su ser. Se habría reducido a una capellanía; y Cristo jamás tuvo intención de que su Iglesia fuera una mera capellanía.

Pero la Iglesia se compone de miembros; sólo puede actuar mediante ellos; y se mantiene en pie o se cae con ellos. De lo que se deduce que de cada uno de sus miembros la Iglesia exige responsabilidad y cooperación para su obra. Pero no podemos afirmar que éstas se den en ese fundamental departamento de la acción de la Iglesia de procurar conversiones. La mayoría no se da cuenta de que tiene el deber indispensable de llevar la fe a todos aquéllos -sin excepción- que no la poseen. Hallándose ausente la conciencia de ese imperioso deber, y siendo muchas y grandes las dificultades -interiores y exteriores, naturales y sobrenaturales- ¿qué puede resultar sino una inercia mortal?

Sería una cosa terrible el que, debido a los éxitos que hemos alcanzado, llegásemos a creer que realmente hemos avanzado mucho; pues eso no es verdad. Cuanto se ha hecho es hermoso únicamente a causa de la esperanza que proporciona, no a causa de sus resultados reales. Es verdad que el hecho de que 110 acatólicos asistiesen a nuestro último retiro (Los retiros para acatólicos, inaugurados por la Legión de María en Dublín, sentó un precedente que a partir de entonces fue imitado en muchas partes del mundo) es una cosa sorprendente, si se considera el estado de cosas que existía hace siete años, o el que había cuando reinaba una inacción absoluta. Pero desde el punto de vista del gran número de acatólicos que nos circundan, ese éxito no deja de ser insignificante Consiguientemente, por ahora no es todavía tiempo de mostrarnos satisfechos, sino de consolidar lo conseguido, de tomar provisiones, de planear un nuevo avance que acabe por absorber a cuantos se hallan fuera del redil de la Iglesia:

CAUSAS DE LA INERCIA

Esa inercia de que hablo no significa necesariamente indiferencia. En realidad puede hallarse coexistiendo con el deseo sincero y auténtico de ganar almas para la Iglesia, así como en el corazón de un paralítico puede hallarse un ardiente deseo de trabajar, cosa que su impedimento físico no le permite. En muchos casos esa inercia proviene de una causa natural. Si observáis a las personas, os daréis cuenta de la extraordinaria divergencia que puede existir entre las fuerzas de la inteligencia y las de la acción, de modo que en el campo del pensamiento puede tener lugar la acción más horrorosa sin que jamás pase a ser una acción física. Esa zanja de separación existente entre ambos campos se halla en todos nosotros. Es estrecha en el que podríamos llamar hombre de acción. En la generalidad de los hombres es bastante ancha. Mas en cierto número de personas constituye un abismo enorme, casi infranqueable.
La inercia puede provenir de otras causas, tal es, por ejemplo, el caso de las personas que necesitan que se les muestre el camino, que precisan la ayuda de los demás. Puede ser que uno se dé cuenta de la necesidad de llevar a cabo una acción; puede ser que sea capaz de realizarla; y no obstante puede suceder que no conozca el modo de ejecutarla.

REMEDIO CONTRA LA INERCIA

El remedio para esa inercia consiste en recurrir a una organización. En otras palabras, montáis un sistema que tienda un puente sobre esa zanja y que haga pasar a la gente por él. La Legión en sí constituye un ejemplo eficaz de una organización semejante. Antes de que ingresásemos en la Legión ninguno (exceptuando quizás algún superhombre o supermujer de entre nosotros) hacíamos nada. Habríamos continuado en aquella situación vergonzosa. Pero el destino hizo que fuésemos a parar a una organización que propugnaba cierto idealismo y que nos sometió a una suave presión. Luego, en la medida en que nos sometíamos nosotros mismos a aquella presión, nos hallamos realizando una labor. Los resultados que se han obtenido son alentadores, porque parecen probar que es posible organizar a toda una comunidad del mismo modo y obtener parecidos resultados. Consiguientemente, el horizonte de esperanza que se extiende ante nosotros es ilimitado.

EXCUSAS PARA LA INERCIA

Aun dentro de semejante organización podemos adquirir una visión errónea acerca de nuestro deber. Es posible que aparezcan en nosotros pocos indicios de él a lo largo del día, que haya cierta falta de conocimiento acerca de dónde se halla el deber. Teniendo en cuenta que habéis estado dentro de un molde apostólico y de una atmósfera estimulante durante un tiempo considerable, y que -a pesar de eso- vaciláis, ¿qué diremos de aquellos que no han gozado de vuestras ventajas? Temo que tengamos que considerar como un hecho lamentable el que la generalidad de los católicos no organizados no se den cuenta de que tienen algún deber en este particular aspecto. En realidad, algunos se pasan violentamente a la parte opuesta e incluso consideran que es incorrecto hacer algo. De la inacción hacen virtud. Revisten aquélla de frases dulzonas: "¡No debemos molestar a los demás!" "¡Si están de buena fe, dejémoslos en paz!" "¡Debemos respetar las creencias de los demás!" y otras frases por el estilo. Esta fraseología nos es familiar a todos. En la práctica sus efectos son desastrosos. ¿Qué quieren decir sino que no debemos intentar convertir a nadie que no sea de aquellos que se convierten a sí mismos? que es lo que llamamos "toro irlandés" (Esto es, una frase ridícula y contraria a la opinión común. Nota del traductor). Y lo mismo que este animal en el proverbial almacén de loza, esa virtuosa inacción causa la desolación en la Iglesia.
Amortigua su misión. Pervierte sus fines. Encauza hacia fines meramente internos el océano infinito de la gracia que está destinada a regar el desierto universal de la incredulidad. Entonces -¡qué tragedia!- esa corriente interna tiende a secarse. La verdadera experiencia prueba que ni siquiera podemos retener a nuestros propios miembros. Se nos escapan de entre nuestros dedos. ¿Y qué otra cosa podía ocurrir? La indiferencia que en la práctica hemos manifestado hacia esas almas de fuera ha ocasionado nuestro propio desastre.

LA ORACION NO SUPLE A LA ACCION

Hay otra frase que usan muchos con el fin de mitigar esa piadosa angustia que posiblemente experimentan al oír esas repetidas alusiones referentes al deber de entrar en contacto con todos los hombres. Dicen: "Rezamos por los que se hallan fuera de la Iglesia." ¡Rezamos por ellos! Naturalmente, hacemos bien, si realmente rezamos por ellos. A veces ésta no es más que una frase convencional. Pero aun en el caso en que signifique algo, me pregunto quién dijo a esas personas que sólo con rezar era suficiente. Estamos en el mundo, y se nos exige acción. Y mientras no actuemos al mismo tiempo que rezamos, no obtendremos éxito. Además, ¿qué quieren decir esas personas cuando afirman que rezan? ¿Acaso dedican a la oración dos o tres horas de la noche del mismo modo que vosotros tenéis que dedicar dos o tres horas a vuestra ardua labor de legionarios? No. Esas personas por rezar entienden simplemente musitar un Padrenuestro y un Avemaría ¡quizás sólo un Avemaría!

IDONEIDAD PARA LA ACCION

Luego existe esa otra plausible aunque derrotista idea que os sugiere que no sois idóneos para entrar en contacto con otros, y por consiguiente que estáis exentos de intentarlo. ¿Pero quién es idóneo? Los sacerdotes, por supuesto, lo son. Mas éstos constituyen la categoría de personas más alejada de los acatólicos. ¿Pero es que la ciencia, la habilidad para argumentar, etc., son esenciales? Debéis distinguir entre la instrucción de los conversos y la búsqueda de los mismos. La primera requiere ciencia; la segunda solamente celo. Leed lo que vuestro Manual dice acerca de este asunto. Recordad también lo que ocurrió en los primeros tiempos de la Iglesia. Si es que éstos os parecen demasiado lejanos, reflexionad acerca de lo que tuvo lugar el pasado ano en Nairobi, donde nuestros legionarios nativos lograron atraerse 1000 catecúmenos.

Por tanto, tened cuidado con esas afirmaciones que, al igual que el opio, favorecen la inercia en vez de combatirla, y que neutralizan el programa de acción salido de los labios divinos. No digo que esas prudentes frases sean siempre erróneas. A veces pueden perfeccionar vuestra acción. Pero sospechad de ellas cuando traten de paralizaría. Recordad también que incluso un bello plan de acción puede causar la inactividad. Pues puede ocurrir que no pueda llevarse a cabo inmediatamente a la práctica el ideal. Entonces nos excusamos piadosamente de hacer cualquier cosa, en vez de trabajar con ardor como los mejores después del primero, lo que nos llevaría finalmente a actuar como los mejores de todos. Como se ha dicho, el ideal es a menudo el enemigo del bien.

EL ESFUERZO ES LO PRINCIPAL

La acción es lo más importante. Es posible que no admitáis esta afirmación y que digáis que la Gracia es lo más importante; y, por supuesto, lo es, en cuanto que nada en absoluto puede llevarse a cabo sin la Gracia. Este es un hecho acerca del cual nosotros, legionarios, debemos tener ideas bien claras. Estamos completamente convencidos de que todo depende del Señor. Pero en cierto sentido no es así; porque esa gracia se dará únicamente cuando se le busque como conviene; entonces será cuando su acción será automática, cuando podremos considerar este don como concedido. Lo que es dudoso es nuestra cooperación, no la de Dios. Por lo mismo, recordemos lo que he dicho anteriormente, sobre lo cual una vez más os llamo la atención: el esfuerzo es lo más importante. Al principio debe bastar un esfuerzo ordinario; después de éste, debe seguir un esfuerzo supremo, a continuación de éste -y sólo a continuación de éste- sucederá un esfuerzo ilustrado, artístico, brillante, genial. De nadie puede esperarse nada que no posea. Un hombre que no sea un genio no puede presumir de cualidades que son propias de un genio. Sin embargo, su mal dirigido, desmañado y estúpido esfuerzo será comparable al del genio, si eso es todo lo que puede dar, y si no es inferior al genio en cuanto a la fe y al amor que pone en su esfuerzo.

LA GRACIA SIGUE AL ESFUERZO

Cuando nuestro esfuerzo haya llegado al máximo, entonces hará su aparición la gracia, superabundante, victoriosa, sobrenatural, lo mismo que en cualquiera de los acontecimientos milagrosos del pasado. Tenemos un ejemplo reciente de esto en el caso de un refugio antiaéreo de Liverpool donde unos legionarios se hallaban rezando el Rosario. Una bomba cayó en las proximidades de aquel refugio que se hallaba repleto de público; sin embargo, en circunstancias que eran manifiestamente milagrosas, todas aquellas personas resultaron ilesas. Los legionarios habían terminado de rezar el cuarto misterio del Rosario cuando cayó la bomba. Entonces, una vez hubieron salido de su estupor y se dieron cuenta de que todavía se hallaban sobre la tierra, su primer pensamiento fue rezar el quinto misterio en acción de gracias. La consecuencia fue que veinte personas dieron sus nombres solicitando instrucción religiosa. Supongo que muchos creen que las conversiones en masa son imposibles hoy día. No es así. Clamad al Señor como es debido y Él responderá con grandes cosas.

EL EVANGELIO ES PARA TODOS

Otro principio es que el número de vuestros contactos debería ser vuestra principal consideración, y no el insistir en las cualidades de una persona o en lo que promete.

Esto parece muy extraño, lo sé, pero es lógico. Creo que el fijarse en las cualidades de las personas y en lo que prometen es un espejismo peligroso que os descarriará. ¿Cómo vamos a saber quienes son los que prometen? A veces las cosas ocurren en realidad de muy diferente manera de como prometen; a veces de un modo completamente opuesto. Lo elegible y lo prometedor nunca fructifican, en tanto que lo no prometedor a menudo produce fruto abundante. Un gran numero de relevantes casos atestiguan la verdad de estas afirmaciones. Únicamente el Señor puede juzgar los corazones. Ninguno de nosotros debería aventurarse a hacer esto. Nuestro deber es ir en busca de todos, y ofrecer a todos ilimitada y heroica ayuda.
Traigo a la memoria los siguientes ejemplos que ha registrado la historia acerca de personas que no prometían y que entraron a formar parte de la Iglesia de Cristo:
El Buen Ladrón.
W. H. Mallock.
Oscar Wilde.
Por otra parte, hay también ejemplos notables tales como el de Gladstone, o el más reciente de Lord Halifax, que se acercaron mucho a la Iglesia y que estuvieron a punto de entrar en ella, pero que sin embargo murieron fuera de la misma.
Además los hombres del Morning Star, (El Morning Star (Estrella de la mañana) es un albergue de la Legión de María en Dublin para hombres de vida arrastrada) o las mujeres del Sancta Maria, parecían representar un material nada prometedor. No obstante -sin haber hecho números, pero con cierto grado de certeza- me atrevo a afirmar que proporcionan un porcentaje mayor de conversiones para la Iglesia que los demás sectores de la población. Otro caso sorprendente: Hace algún tiempo, un inteligente y joven hindú mahometano declaró en una reunión del Overseas Club (Club de Ultramar, otra obra de la Legión en Dublín) que el remedio para acabar con las divisiones y antagonismos de la India era imitar a Rusia y propagar el ateísmo por todo el país. Pensé para mis adentros que de todos cuantos allí se hallaban éste era el que menos probabilidades tenía de convertirse. Mas ahora considerad esto: ¡El fue el primero de todo aquel grupo que ingresó en la Iglesia! ¡No juzguemos, pues, a lo humano!

Y he aquí otro ejemplo: Unos cuantos de nosotros estábamos discutiendo la otra noche con un hombre distinguido. Había venido a nosotros recomendado por una persona de gran discernimiento como un alma sumamente buena que se hallaba próxima a convertirse. Nuestro grupo de legionarios observó que había muy poco de espiritual en él. ¿Quién tenía razón? Esto muestra únicamente cuán imposible es formarse juicio exacto acerca de las cualidades de una persona; nada digamos acerca de su alma. Por lo mismo no debemos caer en el defecto de clasificar a las personas de esa manera.

LA IGLESIA DEBE LLEGAR A TODAS LAS ALMAS

Cuanto más numerosos sean los contactos, más numerosas serán las conversiones. Hay en eso un círculo matemático que, no obstante, expresa la verdad. Pero existe un principio más elevado que ése que requiere la multiplicación de nuestros contactos. Es el que ya he mencionado: que mediante vosotros la Iglesia tiene que llegar a todas las almas. Por lo mismo, esto requiere que se lleve a cabo una misión, no que se vaya tras algo que parece prometedor. Incluso cuando esos contactos parecen inútiles, sin valor y estériles, e incluso cuando, debido a algo así como una visión profética, sepáis con seguridad que son inútiles, todavía entonces debéis llevarlos a cabo. ¿Por qué? Porque así lo ha dicho Dios. En cierta ocasión quedé muy impresionado por un relato que leí acerca de un misionero francés en China. Este había sido un distinguido seglar en Francia. Dejó todo, se hizo sacerdote, y marchó a las misiones de China. Aparentemente trabajaba en un mal sitio. No consiguió mucho éxito durante todo el tiempo que estuvo allí. Alguien le preguntó si obtenía buenos resultados. Él respondió: «No." Y el inquiridor, echando un vistazo a la brillante carrera de otro tiempo de misionero, trató de convencerle de que estaba malgastando su talento y de que debía buscar un campo de actividad más prometedor. Su contestación fue: «No estoy aquí ni por los éxitos pasados ni por los que pueda obtener en el futuro. Estoy aquí obedeciendo al mandato de que el Evangelio debe ser predicado a toda criatura. Esta noble observación contiene una lección para todos. Incidentalmente expresa en qué consiste la misión de la Iglesia. Estudiadla atentamente y notad que cuando Nuestro Señor dio originariamente ese encargo, éste no llevaba consigo ningún proceso de selección, ni contactos prometedores, ni el alejarse de quienes profesan ya creencias propias. Su encargo fue universal. Había que llegar a todos.

ECHANDO LAS REDES

Si todavía tenéis algún recelo para con aquellos con quienes tenéis que establecer contacto, o respecto al modo de llevarlo a cabo, y si halláis que sois partidarios de la selección y de la circunspección, entonces acordaos de aquel otro mandato: «Sal inmediatamente a las calles y callejuelas de la ciudad, a los caminos y cercados, e impele a cuantos encuentres a entrar." En estas palabras no hay mucho del elemento de discriminación. Podríamos darles con toda propiedad el nombre de «operación de barrido". Además, en ellas se observan también las notas de captura y coacción. ¿Dónde está la delicadeza? En esas palabras no se observa ninguna. Lo que se os describe es alguien que, lleno de ardiente celo por el reino de Dios, se dirige a todos los lugares sin exceptuar uno y va tras toda clase de personas, muchas de ellas bien extrañas por cierto, a quienes con amable insistencia induce a entrar en dicho reino.

Asimismo la imagen de la Legión que se describe en el Evangelio es la de una nave. Se trata de una barca de pescar, y la pesca es verificada desde ella mediante redes, no con cana y cordel; y no va dirigida al regio salmón o trucha únicamente. El gesto de arrojar las redes es indiscriminador y es el que la Iglesia debe ejecutar siempre, y el que nosotros, como miembros de la Iglesia, debemos imitar. La red es arrojada sin tenerse en cuenta previamente lo que se va a pescar con ella, grande, pequeño, bueno o malo. Debemos echarla incluso donde haya poca o ninguna probabilidad de que alguien caiga en ella. Pues recordaréis lo que se nos recomienda en aquel otro pasaje del Evangelio, arrojar la red con fe donde siempre que se echó anteriormente se hizo en vano. Ya conocéis el resultado. La red quedó tan llena de enormes peces que estuvo a punto de romperse.