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CAPITULO IV CRISTO VIVE EN MI «Pero yo estoy muerto
a la Ley por la Ley, a fin de vivir para Dios. Estoy clavado a la Cruz
juntamente con Cristo.» El Manual insiste en que
el legionario debe estar siempre de servicio. Aquellos de nosotros que
han estado recorriendo el país a modo de turistas legionarios,
que han asistido a diversos actos y han hablado durante ellos, han ampliado
esta afirmación general mediante la declaración de que
el tiempo consagrado a las reuniones de la Legión y al trabajo
constituye únicamente el tiempo de vuestro aprendizaje; de que
su fin es educaros para las horas posescolares; de que ese tiempo no
tiene otra razón de ser más que la de que resulte útil
para todo el curso de vuestra vida. Es ésa una concepción
sumamente importante para vosotros. Porque indica que si solamente sois
legionarios durante el tiempo de acción legionaria, constituís
un fracaso para la Legión, aun suponiendo que trabajéis
heroicamente y que llevéis a cabo una valiosa labor durante esas
tres o cuatro horas semanales. CRISTO VIVE MEDIANTE NOSOTROS La vida de la Iglesia es la continuación de la vida de Cristo. En cierto modo lo mismo puede decirse de la vida de cada miembro de la Iglesia, de cada uno de nosotros. Nosotros, pobres y débiles criaturas, sólo podemos reproducir esa vida por partes, fragmentariamente, diría yo. Pero la idea principal es siempre la misma: que nuestra misión es continuar en el mundo la vida de Cristo, haciéndole vivir en nuestros mismos días y circunstancias. ¿Cómo fue la vida de Cristo que la Iglesia pretende continuar en el mundo? Fue una vida humilde, sumamente dura, sin éxito aparente, llena de contradicciones hasta ser incluso objeto de persecución, llevada hasta el extremo. Pero no debemos pensar ni un solo momento que esa vida no tuviera otro aspecto diferente. Lo tenía. Considerada en su totalidad, la vida de Cristo fue de una gran fortaleza, y su humildad y sufrimientos sólo sirvieron para realzar ese hecho con mayor viveza. Fue una vida llena de colorido y de carácter; tan ofuscante que deslumbraba a cuantos se hallaban en su derredor; tan sorprendente que muchos de aquéllos a quienes Cristo dirigió tan sólo unas palabras, dejaron todo y le siguieron; tan avasalladora que, incluso indirectamente, es decir, mediante simples relatos escritos y a una gran distancia de tiempo el simple recuerdo de Cristo ha sido suficiente para hacer que muchas almas le siguieran y sufrieran graves cosas como Él las sufrió y únicamente porque Él las sufrió. EL PODER DE CRISTO Esa es la nota que deseo acentuar esta tarde: la nota del poder en la vida de Cristo. La característica esencial de su vida fue el poder. Dominaba a los elementos, resucitaba a los muertos, y en cualquier otro aspecto se mostraba superior a lo imposible. Incluso sus suaves palabras causaban estremecimiento al ser pronunciadas con aquel tono que indicaba poder; la misma Sagrada Escritura cita el comentario de quienes se hallaban junto a Él: "Habla como aquél que tiene autoridad." Usando una palabra que parece impropia al aplicarla a Él, Cristo era devoto, estaba continuamente sumido en oración. Pero al mismo tiempo era dinámico en el más completo sentido de esa palabra tan impropiamente usada a veces; Cristo irradiaba fuerza. Todo en Él poseía carácter. No podéis leer ni una sola palabra acerca de Él sin daros cuenta del abismo que mediaba entre Él y cualquier otra persona, lo cual, por supuesto, no podemos menos que considerar como muy natural. Su influencia se hacía sentir de cualquier modo, mediante su magnetismo personal y por la maravilla de sus milagros. Atrajo hacia sí las miradas de todos; obligó a todos a escucharle y a que una gran parte le siguiera. Sencillamente, los hombres no podían permanecer indiferentes. Tenían que tomar una posición u otra a favor o en contra de El. Podemos estar seguros -más que de cualquier otra cosa- de que en toda la historia de la humanidad ningún otro hombre ni mujer causaron personalmente una impresión semejante sobre cuantos les rodeaban. Usando una frase moderna, nadie dio en el blanco mejor que Cristo. Ningún otro pudo ni podrá jamás hacerlo. Pasad revista en vuestra memoria a las grandes figuras de la historia, y os daréis cuenta de que todas ellas tienen pies de barro. Hay un proverbio que dice que nadie es héroe para su ayuda de cámara; pero Cristo sí que fue héroe para sus servidores. No tenía ni mucho menos pies de barro. EL PODER DE CRISTO EN SU IGLESIA Si es verdad lo que sostengo, que la misión de la Iglesia reproduce la vida de Cristo en todas sus fases, entonces es claro que la nota dinámica tiene que invadir y dominar la vida de la Iglesia. Cuanto Cristo tuvo reunido en su propia persona se halla desfigurado, naturalmente, por el hecho de que se encuentra repartido por un gran cuerpo y mezclado con lo vil. Pero desfiguradas u oscurecidas por la debilidad humana, las cualidades de Cristo deben resplandecer en sus seguidores si es que Él vive realmente en ellos. Por tanto seria muy mala señal que la Iglesia estuviera viviendo en algún sitio prácticamente inadvertida o sin ser molestada y con tan poco relieve que ni siquiera atrajese la malquerencia o la persecución. Es claro que algo lamentablemente erróneo habría allí. Pero quizás repliquéis: «¿No fue la vida de Cristo humilde y oscura?" Mi respuesta es que debemos considerar la vida de la Iglesia -lo mismo que la de Cristo-en su aspecto total, incluso en cada lugar en particular, y en cualquier comunidad de los fieles. Sencillamente, esa nota dinámica debe estar presente de una forma u otra. LA IGLESIA VIVE MEDIANTE NOSOTROS Sería una cosa trágica el que en cualquier lugar la conducta de los miembros de la Iglesia le privasen de tal manera de relieve que al fijarse en Ella los hombres no pudieran reconocer ninguna de las características de Cristo; nada de viril, nada de atractivo, nada de alentador, nada de cautivador, nada de grandeza; que no vieran en Ella más que a una esclava de su medio ambiente, a alguien que ha llegado a un común acuerdo con el mundo. Eso sería fatal para nosotros como cuerpo y para cada uno de nosotros en particular; pues creceríamos enfermizos junto con la Iglesia. Somos los órganos de la Iglesia, las células de la Iglesia; Ella vive mediante nosotros. Pues más a menos bien contribuimos a su vida. Esto constituye una abrumadora responsabilidad. Cuán terriblemente desastroso sería el que nuestros actos, que deben dar vida a la Iglesia, hicieran que los hombres no viesen en Ella nada de poder ni de belleza, de modo que llegaran a creer que había descendido a un nivel inferior al del mismo mundo. ¡Qué horrible desgracia para nosotros! Pues en aquel día y lugar la Iglesia habría dejado de ser algo que atrae a los hombres, y hasta sus mismos miembros, aquellos que nacieron en su seno y se alimentaron con sus sacramentos, se desprenderían de Ella de la misma manera que se desprenden las agujas de un electroimán descargado. ¿METIDA EN LAS TRINCHERAS? Recientemente tuvo lugar una discusión acerca de cierta clase numerosa de personas que son educadas, inteligentes, idealistas y católicas, pero de quienes no Podía decirse que sintieran interés y, mucho menos, entusiasmo por la Iglesia. Su actitud fue calificada, con razón, de cínica; y ese cinismo fue analizado y declarado como un compromiso entre la fe y el desprecio. Aquellas personas tenían fe y la natural inclinación para practicarla. No obstante, en sus corazones habían dado entrada a la idea de que la Iglesia es algo difícil de aceptar y al mismo tiempo algo más bien flojo; se halla como metida entre trincheras; no da solución a ninguno de los grandes problemas. Sabemos que eso es contrario a la verdad, y nos viene a la memoria la clásica observación de Chesterton acerca de que al cristianismo se le encuentra difícil y ni siquiera se prueba a practicarlo. Sin embargo, esa posición es de lamentar e incluso puede resultar peligrosa, si semejante idea tiende a ganar terreno, sobre todo en el tiempo presente en que la ACCION es idealizada e idolatrada, y en que se intentan y se llevan a cabo grandes cosas por motivos puramente humanos. Esa clase de alternativa entre aceptar la fe o rechazarla no puede durar mucho, todo lo más una generación, diría yo. Inevitablemente, el próximo paso será el de dejar de practicar la fe. ACCION Y SANTIDAD ¿Pero no es esa miserable actitud demasiado común en el mundo de hoy? Observad y os daréis cuenta de la irreverencia de que es objeto de la manera más terrible la Iglesia tanto por parte de los que están dentro como de los que están fuera de su seno. En su encíclica, «Mit brennender Sorge,"(«Con ardiente solicitud». Nota del traductor). aquel fuerte y valeroso hombre, Pío XI, hace referencia a esa actitud y prescribe el remedio, que no puede ser otro, afirma, que «la más estrecha unión entre el apostolado y la santificación personal de aquellos a quienes se ha confiado la conservación y la propagación del reino de Dios. Sólo de este modo puede demostrarse a la actual generación, y especialmente a los adversarios de la Iglesia, que la sal de la tierra no ha perdido su sabor, que la levadura del cristiano no se ha enranciado, sino que puede y quiere proporcionar a los hombres de hoy que yacen en la duda y en el error, en la indiferencia y en la perplejidad, que están cansados de creer y que se hallan separados de Dios, la renovación y el rejuvenecimiento espirituales de que, lo reconozcan o no, están mas necesitados que nunca. Un cristianismo en el que unos miembros velan sobre los otros y viceversa, que prescinde de toda pompa exterior y de todo lo que sabe a mundo, que toma en serio los mandamientos de la ley de Dios y un amor activo para con el prójimo, puede y debe ser el modelo y guía de un mundo enfermo nada menos que del corazón que busca apoyo y orientación, con el fin de que no llegue a estallar sobre el una terrible desgracia y un cataclismo mucho mayor de lo que pueda uno imaginarse." CARTA CONSTITUCIONAL PARA LOS LEGIONARIOS Cada una de esas palabras
debería producir en vuestras mentes el eco de la responsabilidad,
ya que no expresan más que cuanto la Legión de Maria os
ha estado diciendo continuamente. Vuestro sagrado deber, noten esas
palabras de Pío XI (pues vosotros, legionarios, formáis
parte del grupo de aquellos que continúan y propagan el reino
de Dios), consiste en que debéis demostrar a este mundo cínico
y falto de fe que la sal no ha perdido su sabor y que la levadura no
se ha enranciado. Estas palabras del Papa constituyen vuestra carta
constitucional. LA FALSA DEVOCION Asimismo, las criticas contra la religión a menudo tienen su raíz en la desilusión o en la incomprensión. Existen formas de devoción manifiestamente falsas y aun repelentes, que indisponen a las personas contra la religión. He aquí una, por ejemplo, ese concepto de la religión que se conoce con el expresivo término "beatería". Quienes critican ésta no atacan -como muchos de vosotros posiblemente imagináis- a la religión en general. En realidad atacan algo que difama a la religión. ¿En qué consiste exactamente esta "beatería"? Es una forma de la piedad que se halla divorciada del amor y servicio para con nuestro prójimo, e incluso de todo cuanto acompaña al deber y al honor personales. Mirad en vuestro derredor y veréis al tipo a quien puede aplicarse con toda propiedad ese ignominioso título. Va de iglesia en iglesia, orando al parecer devotamente en cada una de ellas, pero no es igualmente asiduo en los demás aspectos de su vida. Esa casta de desequilibrados no es rara. En algunos sitios (especialmente en las zonas rurales), por falta de otra cosa mejor, esto se considera generalmente como una representación del auténtico y ejemplar modelo de un elevado grado de religiosidad. La consecuencia natural es que la mente popular queda indispuesta contra la verdadera idea de devoción tanto es así que cuando llama santa a una persona viene a significar algo no agradable. De este modo la religión queda malparada; sus ideales quedan degradados y falsificados, con el inevitable resultado dle que lo principios mundanos cobran un poder indiscutible. Esto es desastroso. Más no debe serlo. Esos bajos y falsos ideales deben ser sustituidos por un cristianismo que -como Pío XI afirma- "toma en serio los mandamientos de la ley de Dios y practica el amor de Dios y un amor activo para con el prójimo." HACED QUE LA IGLESIA SEA OBJETO DE IDEALES Esto sólo puede llevarse a cabo haciendo desaparecer el estado actual de cosas. Como cristianos, debéis estar por encima de lo meramente respetable, digno, ordinario. Debéis reflejar en vuestra vida los verdaderos ideales de la religión. Esa manifestaci6n de la fe en todo su esplendor y poder debe abarcar todos los sectores de la existencia humana desde el Papa al César. Durante todos los días de vuestra vida debéis desafiar al mundo en todos sus intereses; y todas las facultades y energías que poseéis tienen que ser movilizadas para esta contienda. Debéis sobrepujar al mundo, aventajarle, ser más constantes y abnegados que él en todo: en la ciencia, en el arte, en los negocios, en los deportes, en la realización de cualquier empresa. Si no hacéis esto, no transmitiréis el espíritu del catolicismo. Debéis predominar, sobresalir, subyugar mediante vuestras bellas cualidades. Si así lo hacéis lograreis que la Iglesia resplandezca en el mundo como Cristo resplandeció entre los hombres. Haréis que los ideales del inundo parezcan despreciables, viles, rastreros, miserables; de modo que la Iglesia se atraerá el idealismo, y los hombres se volverán hacia la Iglesia de todo corazón, de la misma manera que fueron arrastrados hacia Cristo en los días de su vida en la tierra. EL TIEMPO DEDICADO A LA LEGION ES DE APRENDIZAJE Esa es la vida que aparece en perspectiva cuando uno habla acerca del tiempo dedicado a la Legión, tiempo que no es más que de aprendizaje. Durante el tiempo consagrado a la Legión debéis aprender a vivir como es debido a fin de que podáis vivir de la misma forma durante el resto del tiempo. Creo que los legionarios (aunque sean recién venidos) están lejos de cumplir mal con su deber de legionarios. Impresiona observar qué es lo que están dispuestos a hacer para perseverar en sus diferentes tareas. Han aceptado plenamente el ideal de la Legión de servir a Cristo en aquellos por quienes trabajan, aun cuando esas personas observen mala conducta y estén afeadas por repelentes cualidades. Además, se han compenetrado con esa otra idea de trabajar en unión con Nuestra Señora, de modo que es más bien Ella y no ellos quien sirve a su Hijo. Esto lo llevan a cabo los legionarios con abnegación, a menudo de una manera sobrehumana, una prueba de lo cual es lo que ocurrió cierto día, cuando, atacados por los residentes de un albergue de la Legión que se hallaban trastornados por la bebida, quedaron maltrechos como heridos en un campo de batalla. Pero no hemos oído decir que abandonasen por eso su labor, o que algunos de los legionarios hayan en consecuencia derrochado menos ternura en favor de los delincuentes. Con ese espíritu de abnegada fortaleza cumplen los legionarios con las horas dedicadas a la Legión. Mas, ¿se acuerdan en la práctica de que esas horas no son mas que de entrenamiento, y de que el espíritu de esas mismas horas debe inundar y llenar las demás horas de su vida, de modo que Cristo pueda servirse de ellos con el fin de vivir en ellos? CRISTO OBRA EN NOSOTROS Y no es cuestión solamente de armaros lo mejor que podáis en servicio de la Iglesia. Se trata de mucho más que eso. Ello es lo siguiente. Cuando habéis puesto todo lo mejor que tenéis a su disposición, Nuestro Señor toma posesión de cuanto le dais. Vive en ello, se manifiesta en ello, y usará de ello para sus fines a lo divino, es decir, sin medida. No solamente se sirve de esa contribución vuestra, que por muy buena que sea es pequeña. He dicho que vive en ella. No sois vosotros los que trabajáis, sino que es Cristo quien trabaja en vosotros. Empleando una frase del Padre Faber, Cristo se mezcla con vosotros. Aumenta vuestros débiles esfuerzos hasta adquirir estas dimensiones enormes; y las personas sencillas y bien intencionadas se dan cuenta de que se hallan en su poder y de que se sirven de ellas para sus propios fines vitales; de modo que el destino de los pueblos, de los continentes y de las generaciones pasa a depender de la actividad de semejantes personas. Vuestra misma asociación constituye un interesante ejemplo. Considerad el grupo de personas sencillas que compuso el núcleo de la Legión. Se juntaron con todo desinterés y procedieron a dar a Dios lo mejor que había en ellas. Ved lo que ocurrió. El mundo vibró bajo la descendencia espiritual de aquel pequeño grupo. ¡Y quién sabe que' papel tendrá que desempeñar todavía la Legión! Es sólo cuestión de entrega absoluta, de ofrecimiento desinteresado. Supuesto todo esto, Dios continuara con su mirada fija en su sierva. EDIFICANDO CON MARIA Mas, ¿no me he estado olvidando de algo? Durante toda esta alocución acerca de nuestro destino en Cristo, sólo una vez he mencionado el nombre de Aquélla que, como Santo Tomás afirma, es más cristiana que todos los cristianos juntos. Pero por supuesto que María se ha traslucido a través de cuanto he dicho. Por designio de Dios, Ella es de una importancia vital para ese destino del cristiano. Ella es inseparable de todo cuanto pertenece a la religión. Ninguna gracia se obtiene ni se concede más que mediante Ella. En toda nuestra actividad y en todos nuestros planes debemos tener presente que quien edifica sin Ella edifica en vano. María no constituye los cimientos del edificio, pero es una parte esencial de él. No compone Ella toda la santidad, pero es un ingrediente imprescindible de la misma. La devoción a María no nos exime en absoluto de la virtud o del esfuerzo, ni de cualquier otra cosa con la que debamos contribuir. Pero sin Ella, todos vuestros pensamientos, esfuerzos y planes y cualquier otra cosa serán estériles. No será Cristo, sino el espíritu del mundo el que vivirá en vosotros.
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