CAPITULO IV POR FIN BALDOYLE


Como nuestra inquietud no había detenido las manillas del reloj, tampoco pudo impedir que corrieran. Eran las once, cuando nuestras asociadas iban llegando a Myra House. Algunas tenían que pasar cerca de Blank Street. Y así pasaron por allí para ver qué cariz presentaban las cosas. Ya dije que ni nosotros mismos estábamos seguros de las promesas que las chicas nos hicieron el día anterior. Aún más, con dificultad nos aventuramos a prometérnoslas felices, con tal de que hubiera alguna siquiera que rompiera la marcha. Por eso, con una mortal aprensión dimos vuelta a la esquina, desde la que se ofrecía una vista lateral de la calle Blank Street, pues esta calle presentaba la extraña forma de ángulo recto.

Estaba llena de gente, y esto impedía a lino juzgar cuál sería su posición. Por entre la multitud hubimos de seguir nuestro camino hasta cierta distancia antes de ver lo que deseábamos y esto hasta muy cerca del número 25.

¡Cuál no sería nuestro gozo! Allí estaban las chicas dispuestas para la marcha; unas, en las escaleras de la casa, y otras, entre la multitud de curiosos. Todas ellas bien vestidas; y las maletas, que contenían todas sus riquezas en este mundo, desparramadas acá v allá, cerca de ellas; provisiones para un viaje que había de llevar a sus dueñas muy lejos, por cierto. Aquellas maletas simbolizaban no un desplazamiento cualquiera, sino, en nuestro caso, ¡un movimiento, un gran movimiento! No podía uno pensar cuántas se habían dispuesto a seguirnos. Pero era cosa evidente que venían muchas; de la atenta observación de lo que veíamos, dedujimos que no menos de la mitad de las treinta y una se habían decidido a favor nuestro.

Fuimos de una a otra diciéndoles alguna palabrilla de aliento y enhorabuena; luego, algunas advertencias: "Será mejor irnos ya; ya se acerca la hora; no vayáis en grupo, que llamaréis la atención. Id de dos en dos o de tres en tres. Dios os bendiga". Y a la verdad que por todas partes se oía esta invocación. La conducta de la multitud fue algo admirable. Ni una palabra se dijo que pudiera molestar. La actitud de la gente fue de simpatía, de moderación, mejor, de oración.

Los primeros en marcharnos fuimos nosotros. No queríamos dar la impresión de que las llevábamos nosotros. Detrás de nosotros dejábamos todas las caras vueltas hacia la calle Francis. Un par de chicas al momento cogieron sus maletas y nos siguieron; las otras hicieron lo mismo, pero probablemente sería más exacto decir que el equipaje se lo llevaban algunos de entre la numerosa y buena gente que les siguió. Les fue imposible cumplir nuestras advertencias de que fueran a Myra House sin llamar la atención. La multitud que había en Blank Street, como una gran serpiente, comenzó a moverse y ondular hacia Myra House; y fue creciendo conforme se movía hasta venir a juntarse en la calle Francis con aquellos que pensaban que este sitio les ofrecería más garantía y que allí esperaban con ansiedad.

Cuando nosotros, que abríamos aquel tan extraño cortejo llegamos y entramos en Myra House, encontramos allí a las restantes de nuestras camaradas. Pudimos alegrar sus corazones con la buena nueva de que una gran mayoría de las chicas había sido fiel a su palabra y de que estaban en camino. Fuimos al vestíbulo y allí esperamos para dar la bienvenida a las que pronto habían de llegar. También estaba con nosotros un hombre muy simpático lleno de asombro, uno cuyo nombre recuerda hechos importantes de la historia. Era el doctor Frank O'reilly, Director de la Catholic Truth Society, que se distinguió más tarde por su actuación como organizador del Congreso Eucarístico de Dublín de 1932. Las posesiones de esa Sociedad y cuanto tenía en la calle O'Connell hacía poco habían perecido en el cataclismo de tiroteos e incendios que destruyeron gran parte del centro de la ciudad. Por eso las Conferencias de San Vicente de Paúl le habían ofrecido hospitalidad en la parte posterior de Myra House, incluido el cuarto en que la "Legión" vio la luz.

Mientras esperamos, las filas de gente se dividen pronto; un gran vehículo se abre camino y se dirige a la acera del número 100, esto es, de Myra House. Y allí queda, con sus motores en marcha, como si estuviese él impaciente, como uno de nosotros, por recibir la carga y seguir adelante.

Las chicas van llegando; una a una traspasan el umbral. El primer objeto con que habrían de tropezar sus ojos seria una gran imagen del Sagrado Corazón, que estaba en el vestíbulo para dar la bienvenida, y ante la cual siempre fue costumbre que cada miembro de la casa se arrodillara al entrar y salir para orar unos momentos. En otros tiempos solía yo gloriarme de haber sido quien escogió la estatua. "Su mirada antes fue hermosa", como reza el Vía Crucis de San Alfonso María de Ligorio; pero desde que la retocaron, quedó algo desfigurada. Sin embargo, es la misma de antes, con ese rostro tan singularmente atractivo, que acoge a las pródigas que van entrando: "Venid a Mi".
Son las once y media, hora fijada para la salida, pero aún siguen llegando las chicas, que se abren paso por entre la multitud, cada vez mayor y más apiñada. Terminan de llegar; mas aún esperamos y nos vemos recompensados con la llegada de una o dos rezagadas, que se suman a las demás. Luego era ya cosa fija que la última había llegado. Y tuvimos que salir. La gente nos espera al otro lado. Sin embargo, no estamos seguros de si no quedaría sin soldar algún importante eslabón de esta cadena. Recordad que aún no habíamos conseguido el sacerdote que había de dar los Ejercicios!

-"Arriba, señoritas, que estamos un poco retrasados... "
-"Hay que moverse... "
-"Las santas monjitas echarán la culpa de esto a alguien... "
-"En la tercera fila hay sitio para dos más... "
-"Ya estamos todos menos la señorita Plunkett... "
-"Señorita Plunkett, nos está usted retrasando. Ya hablará a Mateo Murray cuando vuelva... "
-"Suba usted junto a María Nelson... "

Y cuando todos estuvieron en el coche, contamos por cabezas. Veintitrés chicas junto con la señorita Plunkett, la señorita Scratton y la señorita Davis. Algo grande; de treinta y una había veintitrés; nuestra red se había llenado de peces gordos. ¡Quién lo hubiera pensado! ¡Qué admirable redada!

Luego a mí se me hizo un sitio en el pescante, junto al chofer. Ya listos para tomar la carretera, quisimos antes mirar a nuestro alrededor y darnos cuenta de la escena. No habíamos tenido tiempo para permitirnos ese lujo. ¡Santo Dios! ¡Qué multitud! ¿La pobre y vieja calle Francis habría visto cosa semejante en su antigua y variada historia? ¡Estoy seguro de que nunca vio tal! Se hizo la señal al conductor y el Carro de la Aventura comienza a moverse despacio. El P. Creedon, desde la acera, traza en el aire una bendición de despedida; por fin, en marcha.

Conforme avanza nuestro carruaje, el camino se ensancha lo justo para que pasemos sin aplastar a nadie. Por todos lados nos dicen adiós, se oyen exclamaciones de buena voluntad, palabras de bendición. Por fin tocamos los raíles del tranvía, lo cual quiere decir que estamos fuera de la calle Francis. Cruzamos la calle Ancha y nos precipitamos por la cuesta de la calle de San Agustín y la calle del Puente hasta la ribera. Luego, a la derecha, hacia las plazas. Nos dirigimos a la iglesia de los franciscanos, que el pueblo persiste en llamar de Adán y Eva, nombre que no le corresponde. Hemos de parar allí para saber la respuesta que dos horas antes (¡cielo, si parece un siglo!) nos prometió el P. Felipe; la decisión de sus Superiores de si era o no era él quien había de dar los Ejercicios.

Mientras avanzamos, la historia camina con nosotros. Seguimos un poco más, y paramos al otro lado de la calle, junto al convento. Salto de mi asiento y atravieso la calle hasta la puerta. En mi cabeza sólo hay una idea fija: ¿Habremos logrado al P. Felipe?

Si se me hubiera ocurrido mirar hacia Liffey -como lo hicieron cuantos había dejado tras de mí- hubiera presenciado algo lamentable. Los magníficos muros de las Four Courts, el Palacio de Justicia de Irlanda, eran derrumbados con cuerdas por grandes cuadrillas de hombres. Acababa de terminar la guerra civil y estos peligros eran parte de su triste herencia. Y en el corto tiempo de mi ausencia estuvo en peligro nuestra grande aventura, como resultado de aquella conmovedora escena, que podía actuar sobre nervios más que excitados y revivir aquel antiguo prejuicio antes mencionado, de que lo que traíamos entre manos no era sino una añagaza del Gobierno contra ellas. ¿Qué eran si no aquellos soldados, de paso majestuoso y con rifles, que miraban -muchos de ellos- hacia el coche de colores vivos? ¿No parecía como si fueran a disparar contra él? Y mi marcha confirma esos temores. ¿No fue ése el verdadero motivo por que me marché tan aprisa dejándolas abandonadas a su suerte? Ahora pensar así parece muy ridículo. Además, ¿Qué ocurriría a las tres "legionarias" dejadas en cl vehículo? ¿Habrían de ser inmoladas? Con todo, por poco razonable que fuera, el pánico cundió y fue una amenaza seria. Un momento más y las consecuencias podían haber sido fatales; pero entonces volví y se tranquilizaron las aterradas. Si hubieran abandonado el vehículo, ¿Quién hubiera podido volverlas otra vez a él? Esto nos hizo caer en la cuenta de que a las veintitrés no las teníamos sujetas sino con un hilillo. El incidente fue un triste presagio de mayores pruebas que nos esperaban en los días de Ejercicios.

Pero volvamos por un momento al convento. Pues bien; llamé y enseguida me recibieron, y con la misma rapidez tuvimos cumplidas nuestras esperanzas -el Padre Felipe. ¡Qué Padre!- ¡Todo listo!, fue la respuesta lacónica. Estoy seguro de que debí pronunciar alguna palabra de agradecimiento al cielo por tan gran favor como nos concedió; sin embargo, no osaría afirmarlo. Sí manifesté nuestra gratitud al P. Felipe. Le acerqué a la puerta y le señalé el vehículo donde estaban sus futuras ejercitantes; sin saber yo nada del gran pánico que reinaba entre ellas. Él las miró atentamente. Su observación inmediata era típica de aquel hombre:

"Con cuanto gusto me iría con ustedes en ese hermoso auto bus; pero creo que no debemos llamar mucho la atención del público. Así que, inmediatamente les seguiré en tren"

Y salí a reunirme con el grupo y darles un gran gozo. Quedó él en los escalones, despidiéndonos hasta pronto! El conductor, una vez más, arrancó el coche.

Detrás de nosotros dejamos la escena de la desolación y a toda marcha nos dirigimos hacia las Plazas, atravesando el puente de O'Connell, pasamos la Aduana, otra muestra de la destrucción de la guerra, y salimos por la carretera de la costa hacia Baldoyle. ¡Oh! Creo que todos gozamos con aquel viaje. Por cierto que era el primero del cual disfrutaba hacia tiempo. ¡No parecía que fuera tan grato trabajar por el Señor! Ahora por unos momentos la ansiedad se despojaba de su frío manto. Nos recostamos en el asiento y respiramos a todo pulmón el fresco y fragante aire. Y dicho sea de paso, advierto haberme descuidado en daros el parte meteorológico; permitidme, pues, que interrumpa la narración para decir que, de la sucesión de los hermosos días que tuvimos durante estos extraños acontecimientos, ese día, 14 de julio de 1922, fue el mejor de todos... Al menos, así lo decían nuestros corazones, en los que, aunque efímera, reinaba una gran felicidad. Nos produjo placer cuanto había encima y alrededor nuestro: el mar y la tierra, las personas y las cosas. Estoy seguro de que escandalizamos a más de una, conforme pasábamos volando, hablando y cantando a más no poder.

Aquel cortísimo viaje llegaba a su fin. El signo "Baldoyle Road" nos indicaba, como a través de los años lo viene haciendo con los que acuden a las carreras de caballos, el punto por donde debíamos desviarnos en ángulo recto de la carretera de la costa para subir a Baldoyle y su famoso hipódromo. Media milla más y nos hallamos al fin de nuestro viaje. Nuestro vehículo se encaminó hacia la entrada del Convento de las Hermanas de la Caridad.

Algunos descendimos y entramos en el Convento, quedando el resto en el coche. La Madre Ángela vino pronto hacia nosotros, que estábamos en el recibidor. Manifestó la doble impresión a que había estado sujeta. Tenía la cara pálida y alargada. Sus primeras palabras fueron para indicar lo difícil que veía ella la empresa, en la cual, sin embargo, con tanta fortaleza había colaborado. ¿Seremos todos asesinados en la cama?...

Sin duda, que reflexionando sobre sus posibilidades, había ido más lejos que nosotros; pero nadie sabia qué obstáculos nos habríamos de encontrar. Recuérdese, sin embargo, que la medida de la Madre Ángela era el grado de peligro que pensaba ella estaba arrostrando.

-Madre, mírelas usted; y creo que no tomará la cosa tan por lo trágico.

Abrió la puerta y miró; y comprobó sinceramente que el aspecto de las veintitrés era muy diferente de lo que ella se había imaginado.

-¡Oh! -fue su único comentario. Luego una pausa.

-Dígales que entren. -Y saltaron ágilmente de los estribos del vehículo. Hasta cierto punto, creo que no debo aplicar a las tres "legionarias" esta necesaria exhibición de acrobacia; pero había que hacerlo y ellas se las arreglaron. Pasaron todas por la puerta, presentándose limpias, acicaladas y jóvenes. No daban señales de bebidas alcohólicas, ni por asomo se parecían a unas desesperadas. Parecía que habría que descartar el asesinato en todas sus formas. ¿ Quedaría la Madre Ángela desilusionada porque se le iba, al parecer, de entre las manos, la corona del martirio? ¿Quién sabe? Su rostro permaneció impasible, mientras observaba cómo entraban las veintitrés; se veía que otras mil cosillas atraían su atención. Por ejemplo, la colocación y acomodo tenía que hacerse de nuevo. Había que cambiar las cosas por entero. A cada uno de nosotros había que enseñarle su ocupación.
Pronto nos hallamos trabajando intensamente, porque sin parecerse en nada a una normal Casa de Retiro, había que acondicionar totalmente nuestra casa de Ejercicios. La escuela de dos pisos estaba destinada a dormitorios y salón. Había que cambiar gran cantidad de pupitres y bancos. En esto nos hallábamos, cuando se nos anunció la llegada del carretón de Gorevan, que traía las camas. Había que descargarlas. Había que unir los hierros y armarlas. Como esto era oficio de hombres, lo hicimos el criado de Gorevan y yo. Luego, se nos despachó a otras ocupaciones, porque el arreglo de las camas y ropas se juzgó que "excedía nuestras fuerzas"; y así las señoritas se encargaron de esta tarea. Entre tanto, todos los recibidores de las monjas quedaron señalados y dispuestos para otros varios menesteres. Dos de ellos, para comedores; y el tercero vino a ser el Cuartel General de las "legionarias" que habían venido en el coche y de otras que cada día habrían de venir a ayudarnos en los Ejercicios. Este cuarto estaba destinado a ser un punto importante, el centro nervioso de los Ejercicios, su cámara legislativa y el núcleo o célula de la futura "Sancta Maria" y de todas las Sanctas Marias.
Y éstas son ya una viva y pequeña bandada!
La Casa de Ejercicios de emergencia nació en un sorprendente y cortísimo espacio de tiempo; y ya nació también ordenada y completa. Hubo, sin embargo, en el plan una falta seria. He de decir que casi desfallecen nuestros corazones, cuando reparamos en el "campo" donde por tres largos días nuestras palomas torcazas habrían de vagar en sus tiempos libres. Este "campo" no sería sino el patio de la escuela. Pequeño, consuelo de grava, sin un árbol ni hierba, donde todas habrían de verse con todas. Allí no había cosa que sugiriera la intimidad de pensamientos que es tan necesaria en tiempo de Ejercicios. Este temor nuestro asaltó al mismo tiempo a la Madre Ángela:
-Este patio pronto deshace los nervios de cualquiera -observó-. Será mejor que ocupen el jardín de las monjas.
Y así fue. Se abrió su puerta y ¡qué magnífico campo para Ejercicios demostró ser el jardín de las monjas! El recuerdo de las horas empleadas en pasear en aquel cercado, lleno de árboles y flores, aún perdura hoy día.

Se daban los últimos toques a la Casa de Ejercicios, cuando entró la imagen de San Antonio. Su viaje de tren más un poco de andar antes y después, le habían llevado mucho más tiempo que nuestro vuelo de un extremo a otro; pero aún estaba a tiempo para la hora fijada para el comienzo de Ejercicios. Su sola mirada era una tónica alegría. Fue de chica en chica y pronto se hizo amigo de todas. También, desde luego, tenía que darse a conocer a la Madre Ángela y a las monjas y a nuestras "legionarias". Ninguna de ellas, excepto yo, jamás había visto al joven franciscano. Pero, cada minuto nos revelaba que nuestra bendita Madre nos había dado la persona apropiada para la formidable empresa que nos esperaba. Lo ocurrido en días sucesivos lo confirmó plenamente.

Iban ya a comenzar los Ejercicios. Como preludio, el P. Felipe las agrupó a su alrededor en el antedicho patio de la escuela, y les dijo qué era lo que de ellas se esperaba en los Ejercicios. Acabado esto, tocó un punto importante:
-Tengo entendido que dos de vosotras no sois católicas. Creo que preferirán pasear durante las pláticas.

Hubo un corto silencio. Luego, una de las dos mencionadas, alta, muy despierta, guapa, habló desde las filas, detrás del Padre:
-Yo quiero hacer los Ejercicios lo mismo, lo mismo que mis compañeras.
Inmediatamente, la otra chica, morena, también agradable y alta, se expresó en el mismo sentido.

¡Cuán bueno filé esto! No vino el temido colapso. Al contrario, vimos que habíamos ganado terreno. Tranquilamente entraron todas en el Convento y comenzaron los Ejercicios que harían época.