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CAPITULO IX
"DIOS NOS TRATA CON SUMO RESPETO"
-Libro de la Sabiduría, XII, 18.
«San Francisco reverenciaba a todos los hombres,
esto es, no sólo los amaba, sino que los respetaba. Lo que le
dotó de aquella extraordinaria influencia fue lo siguiente: que
desde el Papa basta el mendigo, desde el sultán de Siria en su
pabellón hasta los andrajosos ladrones que pululaban por los
bosques, nunca hubo un hombre que contemplase aquellos ojos pardos y
ardientes sin quedar convencido de que Francisco Bernardone se hallaba
realmente interesado por él, por su vida individual e íntima
desde la cuna a la sepultura; de que él mismo estaba siendo valorado
y tratado con toda consideración.»
O. K. Chesterton.
Se dice a los legionarios: "El manantial de la
influencia es el amor." Repíteseles aquella intrigante expresión
de San Agustín: "Ama y haz lo que quieras."
¿Fraseología piadosa? ¿Exageración?
No, realidad lo mismo que el cristianismo es realidad, pues esas expresiones
reflejan autentico cristianismo. Pero hay necesidad de aclararías
un poco. No penséis que ese amor influyente sea la descarga meramente
emocional que constituye ci tema de tantas novelas y conversiones. La
fe cristiana consta de hechos positivos y verdades fijas, no de una
serie de opiniones que cambian con los sentimientos de cada cual. El
amor que se funda en esa fe debe tener la misma sustancia. No debe ser
una criatura de nuestros pensamientos, una especie de barómetro
que indique el clima mental. Debe ser un amor activo, que convierta
en energía las cosas que la fe nos ha enseñado.
Uno de los objetos de ese amor debe ser nuestro prójimo. Debemos
amarlo por amor de Dios; porque Dios lo ha ordenado.
Debemos amarlo por amor a nosotros mismos; pues si faltamos en esto,
inferimos un grave daño a nuestra propia alma.
También debemos amar a nuestro pr6jimo por él mismo. Pues
nuestra fe nos dice que es un ser admirable; dotado de más dignidad
que el universo material entero; un tipo de ser verdaderamente perfecto,
hecho a imagen y semejanza de Dios; en verdad Dios está en él,
de modo que cuanto por él hacemos por Dios lo hacemos.
EL AMOR JUNTO A LA ACCION
Todo cristiano admitirá ese deber de amar. Eso
constituirá un primer paso, un paso fundamental. Pero reconocerlo
tan sólo en nuestro interior o de palabra no es suficiente. Quedarse
ahí y no seguir adelante no nos merecerá más que
la condenación, y el tener que oír aquellas terribles
palabras:... metal que suena... campana que retiñe... no sirve
de nada... apartaos de mí...
Por lo tanto debemos todos pasar de la fe a la caridad, de la teoría
a la práctica, de los dichos a los hechos. De ahí que
nosotros hemos «ocupado nuestros puestos en las filas de la Legión
y nos hemos atrevido a prometer un servicio leal". Tenemos ante
nosotros diversas tareas que nos esperan y que nos disponemos a llevar
a cabo a la perfección y por motivos de amor.
Pero hasta en el plano del apostolado es posible que nuestro amor sea
defectuoso y nuestros motivos imperfectos. Esto es más que posible
en los miembros no apostólicos de la Iglesia. Es casi inevitable
en el resto de la humanidad. Puede ser que estemos haciendo algo que
parezca un estupendo servicio a nuestro prójimo, y que no sea
más que pura farsa. Quizás no sea más que una proyección
de nosotros mismos. Puede darse el caso de que nos hallemos ocupados
en obras de caridad y no obstante estarnos sirviendo a nosotros mismos.
Semejante piedad egocentrista es algo monstruoso.
Es posible que nos derramemos hacia otros con toda amabilidad, ternura
e indulgencia, y no obstante mantener una actitud meramente subjetiva
con respecto a esas personas, por lo cual entiendo que el centro del
círculo somos nosotros mismos y que toda la actividad gira en
torno nuestro y está dirigida a nuestro propio beneficio. Manifestamos
esas cualidades porque creemos que son propias de nosotros y porque
deben dimanar de nosotros, no porque deban dinamar para otros. Todo
esto no es mas que un acto de vanidad, un buscarse a sí mismo,
y no amor cristiano.
Por lo mismo llevamos a cabo cuanto puede hacer de nosotros unos ídolos.
Virtualmente estamos diciendo:
"Soy amable, por tanto debo manifestar amabilidad. Soy generoso,
por lo mismo debo manifestar generosidad. Soy sufrido; soy bondadoso;
soy serio; soy indulgente; soy justo; soy compasivo, y por consiguiente
debo hacer que todas esas buenas cualidades resplandezcan ante la mirada
de cuantos me rodean."
Francamente eso no es amor, sino únicamente vil metal bajo capa
de oro.
RESPETO - CONTRASEÑA DE AMOR
Entonces, ¿cómo debemos juzgar si se trata
de oro verdadero? Responderé con una sola palabra: respeto. El
respeto es el primer fruto de la caridad. Por lo mismo su presencia
es la marca de la autenticidad de eso que se llama amor. Define al amor
que por otra parte no es susceptible de definición.
El respeto sólo puede provenir de la convicción de que
nuestro prójimo es en sí un ser digno de nuestro respeto
y de que por lo tanto debe recibir de nosotros manifestaciones del mismo.
El respeto no depende de que pensemos precisamente de esta forma; pues
al cabo de diez minutos podemos pensar quizás de modo diferente.
Tampoco depende de que la persona en cuestión posea determinadas
cualidades o méritos. Puede ocurrir que mañana esas cualidades
no nos atraigan, y que esos méritos se hallen ausentes.
Nos engañamos a nosotros mismos de innumerables maneras. Monseñor
Benson en alguna parte nos previene contra ese sentimiento de benevolencia
que toma Posesión de nosotros cuando estamos sentados junto a
un buen fuego en una noche de invierno, después de una suculenta
cena y de un poco de vino. Del mismo modo, la esperanza de recibir muestras
de gratitud constituye un incentivo poderoso pero nada espiritual para
hacer bien a los demás.
Tampoco el temor equivale al respeto. Puede ser que éste se halle
entonces mas cerca del miedo que de otra cosa.
El respeto cristiano no consiste en ninguna de estas emociones, sino
en darse cuenta de la suprema dignidad de nuestro prójimo como
alma en la que Dios habita. Si realmente llegamos a convencernos de
esto, nuestra automática respuesta será esa delicadeza
de conducta a la que llamo respeto.
El respeto es el verdadero meollo de nuestro amor, el germen viviente
de nuestro servicio a los demás. Así lo considera Dios
mismo, y por esa razón insiste en él. Hasta las personas
más mundanas lo estiman de este modo. Es el "vínculo
saludable" en todas las relaciones humanas. Es el ingrediente que
da sabor a todo trato que pretenda ser agradable.
Con relación a esto último, el respeto es (como dice cierto
escritor hablando de lo mismo) "semejante al fuego entre los elementos,
al oro entre los metales, al clavel entre las flores, o al diamante
entre las piedras preciosas."
¿Acaso retrocederéis ante esto por considerarlo
exagerado? ¿Es el respeto más precioso que la libertad
y la justicia? ¿Y que diremos de virtudes inferiores pero todavía
importantes como la generosidad, la bondad, la cortesía? Sí,
son importantes todas ellas. Pero no satisfacen al corazón humano
más que en cuanto llevan consigo ese elemento vital del respeto
entre los diferentes individuos. La misma libertad, esa joya por la
que los hombres incluso dan la vida tan a gusto, la libertad sin el
disfrute del respeto es una palabra impropia; pues se halla exenta de
la dignidad que es la esencia de la verdadera libertad. Semejante libertad
se encuentra más bien próxima a la esclavitud; y del mismo
modo todas esas otras formas de trato agradable, pero carentes de respeto,
pueden darse dentro de la esclavitud y ser otorgadas a esclavos.
CRISTO EN NUESTRO PROJIMO
Sabéis muy bien -pues todos habéis pasado
por esa dolorosa experiencia- cómo algunas personas pueden mostrarse
corteses con vosotros, trataros amablemente y observar todas las apariencias
externas de la caridad cristiana y no obstante hacer evidente que no
os tienen verdadero respeto. ¿Cómo reaccionáis
instintivamente en semejantes casos? Os revolvéis como perros
contra dichas personas. Esas atenciones no hacen más que encolerizaros,
lo mismo que si fueran insultos. ¿Manifestáis gratitud?
¿Os sentís atraídos por dichas personas? ¡De
ningún modo! Pues se muestran con vosotros tan amables como lo
serian con los animales. Es su código, y a el se atienen meticulosamente
en su trato con vosotros. Con el mismo espíritu engrasarían
y limpiarían sus coches. Para ellos sois un poco más que
esos animales y que esa maquinaria de que son propietarios. No sois
más que instrumentos a su servicio mediante los cuales se aman
y sirven a sí mismos. No sois más que el escenario sobre
el que se hallan representando su importante papel. Sois la pantalla
sobre la que proyectan sus imaginarias perfecciones, con el fin de que
aparezcan sólidas y reales. Sois el espejo en que se contemplan
y ven cuanto desean ver respecto a sí mismas. No es vuestro color,
entusiasmo, belleza, vida, lo que ven en vosotros, sino su color, su
entusiasmo, su belleza, su vida.
Si os encontráis con personas que adopten esa actitud de falta
de interés por vosotros, nada de cuanto hagan por vosotros os
dejará satisfechos. Sus actos de servicio no os parecerán
más que un patrocinio ultrajante. Un cínico ha dicho:
"Tendría uno que poseer una naturaleza divina para recibir
un favor y no obstante amar al que nos lo ha hecho." ¿Es
posible? Si; en esas palabras se oculta una gran verdad. Pues la mayor
parte de los favores implican superioridad, a causa de la cual los hombres
se sienten ofendidos, por muy grande que sea el favor recibido.
Por lo mismo, si no he hablado hasta el presente con la suficiente vehemencia,
permitidme que sea ahora más enérgico y que diga: Podéis
ser adustos, injustos para con los hombres; podéis robarles,
contrariarlos, maltratarlos de diversas maneras. PERO no cometáis
contra vuestros semejantes ese pecado capital, esa actitud de desprecio
hacia su persona. Porque esa actitud excitará en su interior
un tipo especial de rencor que envenenara permanentemente su modo de
pensar respecto a vosotros.
¿Acaso he estado describiendo a un monstruo? No, no he hecho
más que ahondar un poco dentro de la naturaleza humana y sacar
a luz al viejo Adán que se esconde en ella apestando a orgullo
y presunción. El nos absorberá si seguimos su juego. Por
lo tanto debemos hacer lo contrario. Lo contrario a ser orgulloso es
ser respetuoso para con todos los hombres.
Pero tened en cuenta dos consideraciones importantísimas: a)
lo difícil del respeto consiste en que hay que manifestarlo en
ocasiones a personas que –humanamente hablando- no lo merecen; b) el
Manual de la Legión, al dictar una ley en este sentido, no nos
propone el tipo de respeto que el igual manifiesta al igual, sino el
respeto del inferior para con el superior, del siervo para con su señor.
¿Acaso esta descripción se está yendo por los extremos?
No. Pues el fundamento último del respeto es reconocer a Cristo
en nuestro prójimo.
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