CAPÍTULO IX
LA DESPEDIDA
Sal de tu tierra, abandona a los tuyos y ven a habitar la tierra que te mostrare.
GENESIS, XIII, 1.
Antes de abandonar Irlanda para la gran aventura africana, Edel desea unirse por última vez a la peregrinación legionaria -la segunda- que va a Lourdes. ¿No era conveniente confiar su misión a Nuestra Señora de Lourdes y comenzar su gira de adioses despidiéndose de ella? Vuelve, pues, a la gruta de Massabielle, tratando esta vez de portarse como un peregrino sano. Todos saben que partirá en seguida, como Delegada, a África, y como tal es presentada a S. Exc. Mons. Gerlier, Obispo de Lourdes.
Edel dedica buena parte de su tiempo a ocuparse de los enfermos y a estimular su devoción. Rodea muy particularmente de sus atentos cuidados a un legionario auxiliar, Tim Barry, vecino de Monkostown, antiguo jardinero de los Carmelitas, en Blackrock, adonde iba ella frecuentemente a Misa. Tim Barry se moría de tuberculosis. Edel lo mima lo mejor que sabe y puede. Pero también se multiplica para tomar parte en todas las ceremonias. Algunos legionarios van a pasar la noche en la gruta, en oración, y se une a ellos. Su amiga Mona Mc Carthy la encuentra a la mañana siguiente de vuelta de la vigilia nocturna. "Estaba alegre como un pájaro", escribió. Ni rastro de cansancio que denuncie su imprudencia. Con todo no llegó a engañarnos hasta el final sobre sus fuerzas físicas. Una mañana, el Obispo de Lourdes recibe a los peregrinos. Edel acompaña al grupo a la audiencia, se expone demasiado tiempo al sol... y se desmaya. Se la deposita bajo un árbol. Preguntada, acaba por confesar que no había desayunado todavía. El malestar se le pasa muy pronto: en cuanto se pone en pie se ríe de la ocurrencia de un sacerdote que cree que necesitarían camilleros, y disuelve al grupo que había acudido a ayudarle.
No conocemos el diálogo que tuvo lugar al pie de la gruta, entre Edel y Nuestra Señora. Sólo se sabe que le confió la obra que iba a emprender y que volvió radiante de su primera visita de despedida.
Ya no piensa más que en preparar la partida. El cambio de opinión que se había operado en la reunión del Concilio le deja mayor libertad de espíritu; la victoria era de la fe confiada.
Falta traducir de manera concreta la resolución tomada. ¿Cuál era el mejor camino y por dónde empezar? Faltos de experiencia y de indicaciones precisas, todo eran preguntas embarazosas.
La Providencia misma iba a resolver esos interrogantes. Lo hizo de una forma inesperada.
Llegó una carta de África que iba a facilitar las cosas y dar la orientación decisiva. Esta histórica carta, fechada el 14 de septiembre de 1936, estaba dirigida a M. Duff por Mons. Heffernan, Vicario apostólico de Zanzíbar. Hela aquí:
St. Austin's Catholic Mission
P.O. Box 423
Nairobi, Kenya
14, septiembre 1936.
Querido Frank:
No importa que Ud. se acuerde o no de mí -yo sí me acuerdo perfectamente de Ud.- y el Padre Kearney acaba de anunciarme una noticia que me ha conmovido.
Desde hace cuatro años pienso en la Legión, en mis oraciones y en mis sueños; y he aquí que muy pronto será una realidad en esta estéril tierra de Kenya. ¡Deo gratias!
He leído su carta al P. Kearney y sugiero lo siguiente:
¿Tiene Ud. intención de enviar a la señorita Quinn al interior por Alejandría? Con todo respeto, le aconsejo que se ponga en contacto con mis misioneros que vienen a África en octubre, a fin de que venga con ellos y con las religiosas de Loreto (Rathfarnham) que también saldrán por esa fecha. Desembarcarán en Mombasa y se internarán tierra adentro hacia el Nilo y el Uganda. En este puerto se encontrarán con algunos sacerdotes que conocen la Legión; Padres del Espíritu Santo, Padres de Mill Hill, Padres Blancos y Hermanas de Loreto. Le pido como favor, que me deje trazar su itinerario, y que le haga viajar con nuestra gente por el Mar Rojo. Embarcarán a fines de octubre. Si el pasaje de la señorita Quinn ha sido tomado para fecha más próxima, podría establecer contacto en Alejandría o en El Cairo y unirse a nuestro grupo en Portsaid. Podrá Ud. tener cuantos informes desee por el P. Miguel Finnegan en Blackrock, o en Kimmage, o por Monseñor Neville.
La ruta que propongo es la que siguen los misioneros que vienen a estas regiones. Una vez que haya recorrido Kenya, Uganda y Tanganika, la señorita Quinn podrá bajar al Sur, atravesando Nyassa y Rodesia, para encontrarse en el África del Sur con la señorita Dennison.
Que Dios dirija y bendiga su gran obra. Recomiendo el Vicariato de Zanzíbar a sus oraciones.
Créame sinceramente suyo en Cristo.
J. W. HEFFERNAN, C.S.Sp.
Vicario Apostólico de Zanzíbar
Una vez en posesión de este mensaje providencial, la decisión está tomada: Edel acompañará al grupo de misioneros vía Mar Rojo en dirección a Mombasa. Ya no va hacia lo desconocido, pues el Vicario Apostólico de Zanzíbar la acogerá con todo el cariño que la carta deja adivinar. Ya ni irá tampoco sola: como compañeros de ruta tendrá siete Padres del Espíritu Santo, siete Padres de Mill Hill, ocho Hermanas de Loreto y dos Hermanas Franciscanas Misioneras de San José. El Señor allanaba los caminos. Esto precipita los acontecimientos, pues la partida está fijada para el 29 de octubre. A última hora un contratiempo: no había pasaje en el "Llangibly Castle"; todas las plazas están ocupadas. Felizmente, algunos días más tarde, al desistir de viaje uno de los viajeros, puede tomar un departamento de primera clase, el único vacante.
El momento de salida se aproxima.
Días antes de abandonar Irlanda llega a Dublín un visitante de categoría, un visitante que había de desempeñar un importantísimo papel en el apostolado de Edel, S. Exc. Mons. Riberi, Arzobispo de Dara.
Por aquel entonces era Delegado Apostólico en África, sucediendo en este cargo al Cardenal Hinsley, promovido para arzobispo de Westminster. Vuelve a Irlanda donde es recibido como un viejo amigo, pues había sido durante cuatro años auditor de la Nunciatura de Dublín.
Nadie conocía mejor que él la Legión de María: la había seguido de cerca desde sus orígenes y había sido conquistado por su dinamismo natural y sobrenatural. Hombre enérgico y de acción, ha comprendido inmediatamente el poder apostólico del organismo que hizo la primera prueba ante sus ojos. Su apoyo será uno de los más preciosos para la expansión de la Legión por el mundo.
Cuando más tarde S. Exc. Mons. Riberi, sea Internuncio en China o exilado en Hong-Kong, su fidelidad no decaerá. Pedirá a todos los obispos que instauren lo antes posible en sus diócesis la Legión de María, con el fin de crear una isla de vitalidad religiosa en el seno de la marca devastadora. A su llamada surgen un millar de "praesidia", verdadero "maquis" espiritual de la Iglesia por aquellas tierras. "La Legión -declara- nos da la esencia de la Acción Católica. Es una de las cosas más preciosas que la Iglesia posee en estos días: uno de los mayores dones de la Santísima Virgen al mundo. Estoy convencidísimo de esto: me atrevo a afirmar que es el milagro del mundo moderno". Esta convicción no databa del día anterior. En la época en que Edel se prepara para partir, M. Riberi tenía a su cargo el territorio de África ecuatorial; cree que la Legión sería una gracia de elección para los misioneros, y por eso el proyecto de Edel le interesa vivamente. Durante su corta estancia de vacaciones en la Nunciatura, en la que es huésped de S. Exc. Mons. Pascual Robinson, Mons. Riberi convoca a la señorita Quinn, M. Duff y M. Nagle, y promete inmediatamente todo su apoyo.
Se compromete a escribir una carta de introducción para recomendar a la Delegada y su misión; en otra él mismo se dirigirá directamente a la Vicaría Apostólica. Luego se verá cuán espléndidamente cumplió esta promesa. Su única pena es que la señorita Quinn no empiece por el Oeste Africano; él mismo deberá ir allí en los próximos meses y le hubiera gustado apoyarla sobre el terreno. Pero comprende que los planes están ya muy avanzados para que pueda modificarse el itinerario y no insiste.
Los últimos días de Edel se pasan en despedidas. Las hace con toda sencillez: siente horror a atraer la atención sobre sí. Conversa con todos, con esa suavidad y ese buen humor comunicativo que resuelve o, mejor dicho, suprime los problemas y hace esfumar los aspectos penosos.
A medida que se aproxima la hora, los suyos sienten más vivamente el dolor de esta separación. Para Edel es éste el lado eminentemente cruel. Todo su corazón está con ellos, quiere a su familia con todas las fibras de su ser. Procura ocultar ese sufrimiento, por miedo a aumentar el de ellos. Por ambos lados se procura hacer frente a la separación con entereza. En estas últimas horas es Edel más que nunca, toda de todos. De lo último que se preocupaba es de sí misma. Una de sus hermanas nos contaba, riendo, que Edel hizo sus maletas apenas una hora antes de la marcha, como si realmente fuera a una partida de pique-nique.
No ignora, con todo, que la aventura es peligrosa y que sus fuerzas le pueden faltar, incluso en el camino. Pero se abandona en manos de Dios y no se inquieta en absoluto.
En una carta de condolencia, escrita a una amiga durante estas semanas cruciales, encontramos estas palabras que traicionan su serenidad:
"Winnie, ¿no te hace pensar esto, cada vez más, que nada cuenta verdaderamente en este mundo? Aún las peores penas, dolores o disgustos no duran más que un instante. Mientras estamos haciendo la voluntad de Dios, poco nos importa lo que nos pida".
Edel tiene un agudo sentido de la eternidad: todo lo mide con ese patrón. El sufrimiento no le causa miedo; sabe que el amor vive de sacrificio y que Dios le concederá un valor de redención.
Una de sus amigas escribe a este respecto:
La abnegación de Edel era algo que no se podía ocultar. "Sufrir por amor de Nuestro Señor, me escribía, es mi mayor alegría". Esta alegría era visible para todas sus amigas. Su buen humor era tan desbordante que parecía verdaderamente un rayo de sol para quien estaba con ella. Guardaba para sí misma las espinas de la vida, no dejando para los demás más que la flor y el perfume.
El amor era el gran resorte de su vida, amor de Dios y amor de prójimo por Dios. Sus cartas respiraban este amor a la vez que su conformidad con la voluntad divina. Su vida, por lo menos desde que la conocí, no era más que un continuo acto de amor.
Ese cuidado de no dejar traslucir sus emociones íntimas no debe engañarnos. Edel no tiene nada de dura ni de voluntariosa. Su sensibilidad, fina y viva, vibra con una extraña delicadeza, pero se contiene.
"Personalmente -escribe alguien que la conocía muy bien- no he visto jamás llorar a Edel. Sólo en dos ocasiones noté apagarse un poco su alegría. Su habitual fortaleza espiritual no era debida a una insensibilidad natural, sino más bien a una mentalidad muy sobrenatural y a la asistencia de la gracia".
En sus afectos, como en todo, era muy sobrenatural; poniendo siempre en primer lugar el bien espiritual de sus amigas sin buscar jamás su satisfacción personal. La simpatía de su trato desbordaba afabilidad y gentileza, pero sin ningún sentimentalismo; sin caricias, ni términos tiernos en la conversación.
Sometió su íntima amistad conmigo a la aprobación del P. Boylan: si no hubiera obtenido ésta la hubiera roto. Vino a despedirme a Dun Laoghaire junto con mis hermanos y un grupo de amigos. No demostró ninguna pena en el momento de la separación; pero días antes me había dado un libro en el que había colocado una pequeña imagen con la fecha fijada para mi partida y las palabras:
Fiat voluntas tua. En una de las primeras cartas que me dirigió después de mi entrada, me hablaba de lo contenta que estaba por lo que yo le decía de nuestra vida, y añadía: "Creo que en la vida religiosa, gracias a la obediencia y a la mortificación, el alma debe, seguramente, transformarse rápidamente en otro Cristo. Por eso no puedo nunca llorar ni ponerme triste cuando una de mis amigas entra en un convento". Estas palabras revelan a la vez el carácter sobrenatural de sus amistades y el ideal que siempre trataba de alcanzar: la transformación en Cristo.
Edel no iba al convento... pero abandonaba todo por su Señor: esta vocación tampoco permitía las lágrimas. No en vano había leído y releído la vida de su santa predilecta: Teresa de Lisieux. Esta amistad era una escuela de virilidad. ¡Qué contraste en el exterior de estas dos vidas, pero cuánta similitud en su interior!
Teresa, la contemplativa, a quien el amor de Dios encierra en un monasterio, pero que llega con todo a ser patrona de las misiones.
Edel, también contemplativa, a quien el amor de Dios conduce al corazón del Continente negro.
Teresa, la enferma extenuada que "por un misionero" va arrastrándose desde la enfermería al jardín.
Edel, la gran enferma que afronta la vida misionera y se agota en esfuerzos sobrehumanos.
Teresa, que dijo un día hablando de la Santísima Virgen: "Si hubiera sido predicador, qué bien hubiera yo hablado de Ella".
Edel, que irá de puesto en puesto, como mensajera de Nuestra Señora.
Se ha dicho que las almas y las casualidades se contestan.
No es casualidad el culto que Edel rinde a la Santa de Lisieux: es que ambas están hechas del mismo metal.
El sábado, 24 de octubre, hacia las ocho de la noche, Edel abandona Irlanda. Su familia queda allí, en el muelle, rodeada de los numerosos amigos que han venido a despedirla. El barco leva anclas: momentos de punzante emoción. ¿Volverá? ¿Resistirá su salud las fatigas de una travesía tan larga? Todos se hacen con angustia estas preguntas... todos menos ella.
Sonríe valientemente, mientras el barco se separa de la tierra natal y se hunde en la noche.
La última visión de ella, para los suyos...
Un pequeño grupo de legionarias la escolta en esta primera parte de su gran viaje, acompañándola hasta Londres. La travesía nocturna Dublín-Liverpool se presenta difícil: vientos y lluvias hacen temer un mar borrascoso. Sin embargo, el navío llega a Liverpool a la hora prevista. Una gran molestia: las aduanas; hay que abrir las maletas. Edel lleva consigo un stock de Manuales de la Legión y folletos. Con miras a un viaje tan largo los ha empaquetado con cuidado, y he aquí en la primera etapa todo este trabajo se reduce a la nada. A pesar de las seguridades dadas sobre el carácter inofensivo de los paquetes, los aduaneros mantienen la consigna y no se rinden sino ante la evidencia.
Después van a Misa en la pro-catedral; y de allí, inmediatamente a la estación.
En Londres el grupo se divide.
Edel había recibido una invitación del monasterio de cartujos de Parkminster, y allí se dirige para saludar por última vez a algunos monjes que habían tenido relaciones especiales con la Legión y, sobre todo, el Padre Esteban María Boylan, que fue en Dublín director espiritual de varios "praesidia" y de la misma Edel. Pasa un día acompañada de M. Duff. La comunidad está no solamente interesada, sino también impresionada por esta partida y por la valiente tranquilidad de esta enferma-misionera. Se le promete, mientras dure su campaña en África, dos Misas por semana que se celebrarán en la Cartuja, y sabemos que el compromiso fue fielmente cumplido. Para Edel, esto es un tesoro sin igual: ella mejor que nadie comprende el precio del Sacrificio del Altar. Y es también un lazo espiritual que la une con la gran familia de San Bruno.
Estas líneas, que vienen de la Cartuja de St. Hugh, nos dan una idea de la imagen que de ella guardan allí:
Edel Quinn era una de las almas más notables de nuestra época... ¿Qué es lo que animaba su vida espiritual?
-Una generosidad absolutamente ilimitada puesta al servicio de Dios.
-Un amor ardiente por el Salvador crucificado que le hacía abrazar con alegría sonriente todos los sufrimientos que Él juzgaba a bien servirle y le daba hambre de más.
-Una dedicación absoluta a la Legión de María.
Contacto precioso, porque Edel tendrá que visitar y, por ella, a la Santísima Trinidad...
Edel Quinn es una prueba concreta del poder santificante de la Legión. Esto equivale a decir que "el Espíritu Santo está en la Legión, y se sirve de ella como instrumento, dándole así la aprobación divina".
De vuelta a Londres, emplea los días que le quedan en efectuar algunas visitas importantes. Se presenta en el cuartel General de los Padres Blancos de África. Los hijos del Cardenal Lavigerie conocen la Legión: en Heston, varios grupos funcionan bajo su dirección. Sus recomendaciones escritas, remitidas a Edel, serán calurosas y valiosas.
El Superior de Heston acaba de escribir, días antes, estas significativas líneas, que luego confirma de viva voz en el curso de la entrevista.
"Creo que la Legión de María es una espléndida respuesta a la llamada del Santo Padre en favor de la Acción Católica. En nuestra parroquia los Padres Blancos consideran la Legión como el mejor núcleo de obreros apostólicos".
Contacto precioso, porque Edel tendrá que visitar numerosos puestos confiados a los Padres Blancos; será un día acogida en ellos admirablemente por S. Exc. Mons. Julien.
Visita también al Cardenal Hinsley, arzobispo de Westminster. En el curso de la audiencia, el Cardenal testimonia a Edel el más paternal interés: le da consejos sobre los caminos más practicables, sobre los métodos que debe emplear y una carta de apoyo y aliento. La empresa la emociona tanto más cuanto que ha sido en otros tiempos Delegado Apostólico en África y revive recuerdos personales. Como su predecesor, el Cardenal Bourne, estima a la Legión. "Ella será -había dicho en cierta ocasión- una de las fuentes de fuerza más poderosa para la reconstrucción de la sociedad".
El pequeño grupo que quedó en Londres acompaña también a Edel a la visita al Colegio Misionero de San José, de los Padres Mill Hill. Quiere saludar al Jefe de esta congregación que tiene a su cargo inmensos territorios africanos. El Superior general, el Padre O'Callaghan, fue mas que servicial: le aseguró el apoyo de cada uno de sus misioneros, Padres o Hermanas. "La Legión -declaró- forma parte integrante del equipo misionero".
El miércoles, víspera de la partida, llegan todavía algunas legionarias de Dublín para unirse al grupo y vivir con Edel los últimos momentos de su estancia en Londres.
Esa misma tarde, una sesión de adiós, íntima y emocionante, reunió legionarias de Irlanda y de Inglaterra en el nuevo Hogar de la Legión, en Hawerstock Hill. El abate Creedon, director espiritual del Concilio, tomó la palabra para definir el sentido "católico" de la misión de Edel. Después, M. Nagle, presidente del Concilio, que asumirá sobre si la parte más pesada de la correspondencia con Edel, da salida a la emoción de cada uno. Se va a cumplir una obra de Dios: se ve la similitud con los hechos de los Apóstoles entre los que el Espíritu Santo buscó sus instrumentos y los envió lejos. Es el mismo Evangelio que continúa. Cuando le toca el turno a Edel dice algunas sencillas palabras: pide a la gran familia legionaria que ruegue por su misión: "Sin Dios no podemos nada"... A esta llamada, la señora de la Mare, Presidenta del Senado de Inglaterra, responde en nombre de todos. Pero comienza por manifestar su sorpresa al volver a ver a la señora Quinn... viva.
"Hace algunos años -dice- estuve visitando Irlanda. Un día unas legionarias me dicen: "Venga con nosotras al sanatorio de Newcastle, vamos a visitar a una legionaria muy enferma". Las acompaño y me encontré allí, en efecto, una enferma muy grave. Había olvidado su nombre, pero guardaba un recuerdo inolvidable del contraste entre el estado físico de aquella legionaria muy próxima a la muerte y el resplandor de su alegría. ¡Imagínense, concluye, con qué estupefacción tengo ahora delante a la pobre inválida de Newcastle, transformada en la intrépida enviada a África!".
El "Llangibly Castle" -un gran paquebote de 12,000 toneladas, de la Unión Castle Line- debía levar anclas el jueves. A última hora, una contraorden fija la partida para el viernes por la mañana.
Este retraso imprevisto permite hacer todavía ciertas compras necesarias pero, desgraciadamente, algunas de las legionarias han tenido que dar a Edel un adiós precipitado sin poder acompañarla basta el final. Se separan en Euston; sólo un pequeño grupo de amigas pasan la noche con ella.
El viernes, 30 de octubre, es un día magnífico: tiempo claro, sol radiante. Un tren especial conduce a los pasajeros, desde St. Pancras hasta el navío. Hacia las once v media el grupo llega a Tilbury. Todas suben al barco, ayudan a Edel a instalar el ligero equipaje en el camarote y se dedican a una amigable inspección para convencerse de su comodidad. Luego salen al puente para examinar el navío y buscar a los misioneros que hacen también el viaje. Se sacan fotografías para perpetuar los últimos momentos. Todos se esfuerzan por tener un aire despreocupado y hablan para no decir nada.
Una gran sirena anuncia a los que se quedan que ha llegado el momento de dejar el barco.
Todos permanecen en él hasta el último instante.
Edel dijo a una amiga que estuvo con ella en estos últimos momentos:
"Ruega por mí y habla todo lo que puedas para que no me rompa la emoción". El momento es impresionante, todos procuran dominar y esconder sus sentimientos. Edel, cerca de la pasarela, estrecha a sus amigas entre sus brazos, sin decir nada. Todos cuantos la han acompañado tienen los ojos llenos de lágrimas, mientras la saludan ya desde lejos.
El barco se aleja lentamente.