CAPITULO IX LA FAMILIA VA AUMENTANDO


El capítulo anterior nos ha dejado empezando los segundos Ejercicios en Baldoyle. He hablado del susto que nos llevamos en los mismos comienzos, cuando tres de las chicas cambiaron de parecer y se volvieron a la ciudad, creando por un momento un ambiente de intranquilidad, que nos hizo temer si también las otras seguirían de la manera que hacen los carneros. Sin embargo no llegó la cosa a tanto. Las restantes quedaron no sólo aquella noche, sino todo el tiempo de los Ejercicios. Se deslizaron éstos con toda suavidad. No quiero con ello decir que no hubiera sus zonas peligrosas, que las tuvimos, y muchas. Y en cierto modo no tuvieron aquella calidad amenazadora que caracterizó los primeros. Tal vez fuera que ya nosotros no éramos tan asustadizos, por habernos hecho más valientes la costumbre.

El P. Felipe se superó a sí mismo. Como predicador, se ajustó perfectamente a la mentalidad y modo de ser de las chicas e hizo de ellas lo que quiso. En los intervalos, entre plática y plática, fue alma y vida de aquel grupo, moviéndose constantemente entre ellas y hablándoles una por una.

El P. Creedon estuvo en su elemento como maestro de ceremonias, como general solucionador de todas las dudas, como apoyo firme en los momentos turbulentos.

También el P. Toher ayudó de valiosa manera y asistió a un buen número de "legionarios". Desde luego, los Ejercicios no llevaban aquel formulismo ortodoxo, tal como estas cosas nuestras se desarrollan. Así, por ejemplo, el silencio no se guardaba en la plenitud que pide la ley. Mejor dicho, no existía tal ley por la razón de que la charla puede ser un completo descanso para nervios rebeldes y discordes y sólo Dios sabe qué clase de nervios eran aquellos con que nosotros tratábamos. De igual modo, teníamos todas las tardes nuestras sesioncillas de juegos. Y por las noches había también una breve reunión social, en que todos nos juntábamos y se cantaba también, ¿Por qué no? Y que nadie nos venga moviendo la cabeza, escandalizado de estos ejemplos de relajación del código de los Ejercicios. Para nosotros estas cosas obraban maravillas. No cabe la menor duda de que los Ejercicios fueron un éxito excepcional en todos los órdenes: espiritual, mental y físico. Además que esto hacía de los "legionarios" y de sus clientes una gran familia (cosa que era muy importante en aquellas circunstancias). Nos ayudaría esto mucho en tiempos difíciles, por donde tendrían que pasar después cuando los Ejercicios hubieran acabado.

Estos Ejercicios, como los que llevan el número 1, devolvieron al redil una oveja descarriada. Se descubrió que una de las chicas había renegado formalmente de la fe. Al principio no quería arrodillarse ni tomar agua bendita. Pero muy pronto comenzó a amansarse. Manifestó su pena y fue formalmente reconciliada con la Iglesia durante los Ejercicios. En esta ocasión fue correcta nuestra presentación al Vicario General en busca de las facultades necesarias. Mons. Fitzpatrick no se vio en la precisión de concederlas estando un laico por medio.

Y aquel tiempo de recolección extraordinaria llega a su cumbre en la Misa y Comunión de la última mañana. No nos arrebata a las alturas de felicidad a que llegamos al final de los de julio. ¡Nunca suelen repetirse los primeros gozos de nuestro corazón! Pero, ¿Y por qué comparamos? ¡Si esto es también gozo real y verdadero gozo!

Terminado aquel dichoso desayuno, las chicas vuelven a la ciudad. Con la diferencia de que ahora no hay por qué dudar de su destino. "Sancta Maria" las aguarda con el abrigo del hogar, modesto sí, pero bien acondicionado. Tan pronto como entraron en él se repitieron en los menores detalles los días que precedieron a los Ejercicios. No se nos ocurrió ni siquiera señalar aquella tarde con nada que supiera a ceremonia.

La junta del 19 de septiembre, la primera después de los Ejercicios, manifiesta que el proceso normal de acondicionamiento y acomodo seguía en firme. Quiero, sin embargo, traer aquí algunas notas tomadas de aquella tan repleta acta, con el fin de ilustrar la realidad viva de esa pálida mención de acondicionamiento y acomodo:

a) Se leyó una carta muy satisfactoria de Filly Mac Daid. Era aquella que fue devuelta a la Santa Madre Iglesia en los primeros Ejercicios. Se casó el día 3 de septiembre. Su marido fue recibido en la Iglesia el día anterior. Él hizo su Primera Comunión momentos antes de la ceremonia del matrimonio.

b) Se tomó nota del matrimonio de María Elena Harner.

c) Otros dos casos hallados por nuestros operarios. Demasiado tarde para los Ejercicios; pero fueron puestas en seguro en Asilos de la Magdalena. Una de ellas, de treinta y seis anos, es una delincuente que tiene una ficha de haber sido convicta ciento seis veces. La otra, créase o no, era un caso peor.

d) Recordar las tres que se nos fueron en la primera tarde de los Ejercicios. Ellie Wilson, que era una de ellas, protestante jovenzuela de dieciocho años se fue a la Hospedería el domingo 17 de septiembre, diciendo que quería cambiar de vida y hacerse católica. Se dispuso darle un cursillo de instrucción, a lo que entonces no asintió. Siendo esto, no un cambio de parecer en ella, sino una dilación. El acta del 19 de diciembre siguiente contiene la noticia de que fue recibida en la Iglesia el viernes día 15, y que recibió la Confirmación e hizo la Primera Comunión el día 17. El miércoles siguiente, día 20, se casó con Sidney Dyer, también recibido en la Iglesia. El día de la boda lo pasamos en... el Convento de Baldoyle.

En verdad, ¿Acaso no es esto una lluvia de gracias que recuerdan las palabras del Evangelista, como Un colmarse la medida y apretarse y moverse y sobreabundarse? Por este tiempo tuvimos una experiencia única en su clase. Las señoritas Plunkett y Scratton estaban enfermas con un violento ataque de gripe que las postró en cama. No podíamos reemplazarlas. Otra cosa hubiera sido hoy cuando la "Legión" ha crecido; mas hay que recordar que aquellos eran días de balbuceo y de cuna. En aquel periodo de enfermedad "Sancta Maria" fue, literal y absolutamente, gobernada por algunas de las chicas más antiguas. Desde luego, las instrucciones se las daban nuestras enfermas. Pero ellas tenían las llaves, hacían las compras y llevaban todo el tejemaneje de la casa. En aquella temporada teníamos el alma en vilo. Y, sin embargo, aquello fue la perfección misma. Era cosa admirable dejar la casa por la noche y oír cómo detrás de nosotros cerraban la puerta las chicas encargadas de las llaves. Nos parecía imposible que no ocurriera algo desagradable. Y allí no hubo ni la mis pequeña y leve cosa de esta clase. No puede uno decir si aquello era porque las chicas encargadas se sentían en su puesto, en vista de la gran responsabilidad a ellas confiada, o si era una especial iluminación de la gracia; pero el hecho es así. Entre nosotros vino a considerarse como algo épico la historia de cómo las chicas dirigieron la casa en la semana que duró la enfermedad de aquellas hermanas nuestras.
La heroína principal de aquella epopeya fue Marta Connell. Cocinera de oficio, se encargó de esta ocupación desde el primer día que ocupamos "Sancta Maria", y desde entonces ha sido la jefe de cocina y de las cocineras. Siempre fue digna de confianza. Nunca salió de allí, por temor a la tentación y recaída. Por esto, en aquel apuro, ella era la llamada a hacerse cargo de las cosas; y justificó plenamente la confianza puesta en ella. Después de varios años de vida irreprochable entre nosotros salió Marta; pero fue para volver a su familia, de la cual vivía alejada gran parte de su vida por sus andanzas disolutas. Probó ser el apoyo principal de su familia, y jamás volvió a reincidir.

El mencionar aquí a la señorita Scratton, me ofrece la oportunidad de una digresión para consignar que acaba de morir (1939). Fue por once años religiosa en el Convento del Buen Pastor, en High Park, Drumcondra. Nunca decayó en este tiempo su ardiente interés por la "Sancta Maria". Su mayor placer era ver a sus operarios y tratar con ellos en cuanto concernía a la Hospedería. La señorita Plunkett murió en 1925. Al encontrarse en el cielo, ¡Qué dicha la de estas dos amigas inseparables que fueron colaboradoras en buscar almas toda su vida y las primeras "legionarias" internas! Cuando murió la señorita Scratton se dijo con humor reverente que, al entrar en el cielo, con toda seguridad seria su primera petición: "Quiero ver a Josefina Plunkett". Y a esto hubo quien añadió: "No, porque Josefina ya la estaría esperando a la puerta". ¡Descansen en paz estas dos nobles "legionarias"! ¡Protejan ellas para siempre la obra, cuyos pilares gemelos fueron en otro tiempo!

Hablé en el capítulo anterior de Daisy Warner. Y hablé también de "cosas notables" de nuestra historia. Pues bien; Daisy nos ha proporcionado una de estas cosas notables... ¡La primera marimorena! Recordaréis que de propósito acostumbraba emborracharse todos los días como preparación próxima para su vida callejera. El no poder pasarse un solo día sin emborracharse fue la primera excusa que nos dio para no acudir a los Ejercicios propuestos. Grande sorpresa fue para nosotros el que, al fin, viniera. Y una segunda y gozosa sorpresa fue también el que declarara ser católica y no protestante, como antes nos había dicho. Hizo los Ejercicios admirablemente. Ya no manifestó señal alguna de inclinación a la bebida ni durante los Ejercicios ni algún tiempo después de volver a "Sancta Maria". Y la cosa resultaba una maravilla, porque no podíamos esperar que durase mucho. Pues Daisy no era de esa clase de personas en quienes después de curados, ya nunca se da volver atrás. Sospechamos que en su temperamento era ordinario, caer ahora para levantarse luego con la gracia de Dios. Pasaron seis semanas antes de que viniera la crisis; y cuando llegó, fue sin dar señales de su llegada. Declarando que se marchaba para siempre, una tarde se fue con viento fresco. Pero a las siete de la tarde volvió con buena cantidad de alcohol en el cuerpo, y fue admitida. Paseó y habló sin inmutarse; la prolongada costumbre le había dado facilidad para ello. Nada ocurrió durante un rato. Cuando una de las chicas le dijo alguna broma o reproche, al punto estalló la tempestad. Como una verdadera pantera se lanzó sobre la agresora y la abrumó a bofetadas y puñetazos. Luego se volvió vengativa contra un par de chicas que trataron de apartarla de su presa, y en un momento las aporreó como a la primera. En la casa, además de las señoritas Plunkett y Scratton, había otras "legionarias" de servicio. Por verdadera suerte se libraron de las peores consecuencias del zipizape.

Daisy volvió a calmarse al acabar su pronta y victoriosa pelea; pero era evidente que aquello no era mas que un apaciguamiento pasajero. La primera palabra o mirada que la irritara bastaría para enloquecería de nuevo. Todas se daban cuenta de esto y la temían; pero les costaba trabajo pedir ayuda a la Policía... Por lo menos resistirían hasta no poder más. La Hospedería era entonces muy reciente, sus métodos no tenían la seriedad de hoy, ni mucho menos, para sacar a relucir al público nuestros trapos sucios. Hay que recordar que una de las principales dudas que tuvimos para ir a aquella mansión era precisamente el que pudieran ocurrir cosas como ésta que podrían llamar la atención con descrédito de la casa. Pero algo había que hacer, porque donde Daisy daba, despachurraba. Y no había que permitirle hiciera picadillo a nuestra gente. Así, pues, se buscó un término medio entre llamar a la Policía y esperar pacientemente una matanza. Las señoritas enviaron un S.O.S. a Myra House, pidiendo la ayuda de un hombre. Un hermano vino con toda rapidez en su bicicleta. Las anteriores marcas de velocidad entre las dos casas quedaron muy atrás. Cuando el hermano llegó, aún imperaba la calma amenazadora. La figura central estaba de pie y dueña de la situación en la ancha sala. No hablaba a nadie. Su porte era el de lino que espera la ocasión de lanzarse. No cabía duda de que el huracán había de desencadenarse; lo que sí quedaba incierto era dónde soplaría. Y no se hizo esperar. No recuerdo bien cuál fuera la causa precisa; pero alguien la provocó, y Daisy golpeó de nuevo. Con toda rapidez el hermano entró en acción y corrió en socorro de la víctima. Y al instante Daisy le hizo frente. Siguió una muy cruda y fiera pelea, que acabó con que Daisy fuera vencida y se viera en el suelo firmemente sujeta. Y esto fue un verdadero fenómeno, atendida su indudable y prodigiosa fuerza. Por unos momentos golpeó, abofeteó y mordió rabiosa. Luego su furia pasó con portentosa rapidez y le sucedió una sincera pena por sus acciones. Ya no se repitió el caso en aquella tarde ni por muchos días. Fue nuestra primera experiencia de real violencia en la Hospedería, y fue como para destrozar los nervios. Temblaba uno con solo pensar que pudiera repetirse. Pero, caso de que se repitiera, ya se ve que había que obrar con firmeza. Una plácida consideración hecha en una mecedora nunca salvará almas que estén en tensión.

Sin embargo, no hay que pensar que tales sensaciones eran para nosotros el pan de cada día. ¡Nada de eso! Eran casos raros y que aún se fueron haciendo más raros a medida que el sistema de la Hospedería avanzaba en edad e influencia e imponía su ligero yugo, siempre creciendo en robustez entre nuestras fogosas clientes, gobernándolas de veras. Después de tantos y tan venturosos años, considerase como el veredicto de la persona más competente para juzgar, el de nuestra vecina: "Las chicas han sido extraordinariamente buenas."
El incidente presentó una nueva faceta y, por cierto, muy placentera. Es un hotel de la casa vecina a nuestra Hospedería. Sabemos que la propietaria tuvo esperanzas de adquirir nuestra casa cuando el Departamento del gobierno la desalojara. Y, en cambio, vinimos a caer en ella como el proverbial bólido. Supongo que en el mejor de los casos, podría ella contar con mejores vecinos que nosotros. Y que apenas podría encontrarlos peores, en el peor de los casos. Ahora bien, vino a ocurrirle a la pobre lo peor de lo peor. Pues para ver lo que había ocurrido en nuestra casa era preciso encontrarse allí; que, para irlo, bastaba y sobraba con hallarse en el hotel. La falta de un conocimiento definido de lo que ocurría debió de hacer pensar que la cosa era mucho peor de lo que en realidad era. No cabe duda de que debió de sonarle como si estuviera cometiendo una serie de crímenes, y así, tan pronto como acabó la zaragata, nuestro primer pensamiento fue a la dueña del hotel, siempre tan bondadosa y bien dispuesta para con nosotros. El P. Creedon y yo fuimos a verla al día siguiente y manifestarle nuestra gran pena por lo ocurrido y por los inconvenientes que a ella pudieran originársele. Por providencia de Dios, la señora Dumme no era de la clase de gente, despreocupada de la inmundicia social, hasta que una salpicadura no venga a mancharía. Considérese también con qué facilidad los mejores suelen poner pared de cal y canto entre sus negocios y su caridad cristiana. Pero no fue así en nuestro caso, pues nos dijo así la señora:

"No se apuren ustedes por mí. Mi modo de pensar es muy diferente. Mi penar fue por sus admirables "legionarias" y por lo que debieron de sufrir anoche. Por lo que a mí toca, me siento muy honrada con tener cerca de mí tal obra. Por fuerza ha de atraer la bendición de Dios sobre mi casa. A veces es inevitable sufrir ciertas molestias. Debemos esperarlas y mostrarnos cristianos cuando se nos presentan. Así miro yo la cosa, y creo que todos mis huéspedes piensan lo mismo."

Queda de manifiesto su castiza respuesta y que llegaba la señora al más alto honor. Desde entonces ya van desprendidos de la cadena del tiempo diecisiete anos bien corridos; ¡Y nunca ha bajado de nivel tal honor... ni un punto siquiera! ¡A tal señor, tal honor!

Mientras iban ocurriendo estas cosas, otra piedra blanca marcaba la vida de la "Legión". Nacía el tercer Praesidium. Un acontecimiento como éste no debe pasarse en silencio; y así lo anoto, aunque no estaba relacionado precisamente con las cosas que voy contando.

Este nuevo Praesidium se llamó "Inmaculada Concepción". Era dividirse el Praesidium-madre Nuestra Señora de la Merced. Comenzó poco más o menos con la mitad del trabajo señalado a este Praesidium, y se dedicó a desempeñarlo. La señora Kirwan se encargó de su presidencia, a la vez que de la del Nuestra Señora de la Merced, y la ejerció por mucho tiempo, hasta que le sucedió la señorita Agueda Cox. Vino luego el cuarto Praesidium. Fue desdoblarse de nuevo el de Nuestra Señora de la Merced. Con las incursiones que los miembros de éste hacían por las fonduchas en tiempo y sazón de Ejercicios, quedó más que probada la necesidad imperiosa de una visita regular e intensa a tales lugares, muchos de los cuales no eran más que madrigueras. Se convino que el Nuestra Señora de la Merced se ocupara de esto. Se preguntó a dos "legionarias" que habían mostrado gran capacidad, si querrían tomar sobre sí esta empresa. Desde luego, la respuesta fue afirmativa. Con la excusa de recordar la obligación de la Misa los domingos, hicieron su excursión de prueba. Basados en el principio de mirar a la vez por la perfección del trabajo y la seguridad del operario, se pidió la ayuda de los dos miembros de las Conferencias de San Vicente de Paúl que, poco antes, habían inaugurado las visitas a las fonduchas, que para sólo hombres había en la ciudad, y se les rogó que iniciaran a las "legionarias". Estos señores fueron Pedro Corbally y Tomás K. Greene (muerto en 1939, poco después de la señorita Scratton), los dos muy buenos amigos. De ambos ha de decirse con verdad que su vida tuvo por objeto procurar la gloria de Dios y el bien de las almas. Fue privilegio suyo ayudar en los comienzos de una obra que habría de ser parte vital de la actividad "legionaria". Más tarde, los dos vinieron a ser "legionarios" activos.

Estos hermanos se ocupaban entonces de visitar algunas fondas que había en los contornos de Myra House. Cerca de ellas había otras de la misma propietaria para mujeres, del tipo de las que la "Legión" tenía a la mira. Y allí los hermanos guiaban a las "legionarias". Se entrevistaron con la propietaria y la invitaron a que cooperara, prometiéndole las "legionarias" respetar todas las reglas y disposiciones de la casa. Esta propietaria se portó muy bien con ellas y les dijo que serian bien recibidas en las casas de su propiedad. E inmediatamente se hizo la primera visita. Cuando se proyectaba, parecía ser obra muy aventurada para las "legionarias" que la comenzaban. Mas la realidad probó no ser cosa tan temible. Los tipos que encontraron eran en verdad difíciles de tratar; muchos, apropiados para "Sancta Maria"; pero todos recibieron a las visitantes bastante bien. El tiempo empleado allí aquel domingo no era para fastidiar a nadie, y a las claras se veía que allí había campo ilimitado para el celo. En la junta del Praesidium del miércoles siguiente, todos los miembros estaban ansiosos de escuchar la historia de lo sucedido. Aquel interés aún fue más estimulado con los informes dados. Y brotaron dos cosas: primero, que la necesidad de la obra era patente en vista de tanta miseria; segundo, que otras muchas "legionarias" ambicionaba ocuparse de lo mismo. Los ojos de la señora Kirwan revisaron su rebañito en busca de más. Señaló otras dos "legionarias". A cada una de las dos que habían hecho la primera visita les dio por compañera a una novicia. La visita sería también en domingo. Esta raíz tan sencilla tuvo un crecimiento vigoroso. Crecía el número de miembros, y en casi todas las juntas podía añadirse alguno más a la obra. Pronto se hizo evidente que ésta exigía un Praesidium especial, que se ocupase de ella sola. Y así vino el separarse los miembros que trabajaban en las fonduchas, formándose el Praesidium Nuestra Señora del Refugio. Fue su primera presidenta la señorita Coleta Gill. Su sucesora fue Edelvina Quinn.

Las siguientes frases tomadas del "Manual" manifiestan la relación íntima que esta obra tiene con el ideal de la "Legión":

"Mientras la "Legión" no pueda decir con verdad en cada uno de sus centros que sus miembros conocen personalmente, y que de un modo u otro están en contacto con todas y cada una de las personas de las clases degradadas, ha de mirar su obra como si aún estuviera en panales. El primer obstáculo serán temores falsos. Pero sean falsos o fundados, alguien tiene que hacer esta obra."

Tales fundamentos originaron cuatro Praesidia. Llegar a este número nos llevó un año. Hoy, en un solo día nacen otros tantos. Y ahora volvamos a "Sancta Maria"; pero será mejor hacer capítulo aparte.