CAPITULO V CONSEJOS DE GUERRA
Los Ejercicios, de los cuales me atreví a decir que harían época, habían comenzado. Eran los primeros Ejercicios de mujeres a que yo asistía. Durante las pláticas, yo me sentaba en la parte trasera de la capilla. La suerte nos favorecía, porque, vivía en aquellos días como huésped en Holiday Home, una cieguecita de Merrion, fundación de las Religiosas de la Merced, que tenía voz de ángel. Cada conferencia era precedida y seguida de un himno, cantado por ella y acompañado de armónium; y aún resuenan en los oídos de quienes las oyeron las notas argentinas de aquellos cantos.
Observo también las filas de las chicas, conforme estaban sentadas mirando la morena figura del que les hablaba. Allí no se daban señales de la inquietud que debía bullir en el interior de sí mismas. Prestaban mucha atención, mejor dicho, estaban absortas. Las dificultades se presentaron en otras ocasiones durante los Ejercicios; pero ni una durante las conferencias. Mas guárdeme yo de cometer un error. Cuando hablo de problemas y dificultades, no quiero con ello significar que se manifestaran al exterior o que se aproximara a mal comportamiento. Las dificultades eran por completo interiores. Se veía a las claras que las disposiciones de las chicas eran excelentes. No cabía pedir mejor buena voluntad. Impresionó hasta a las monjas, que estaban acostumbradas a ver tandas de ejercitantes semanales en la Casa de Ejercicios. Debo decir de paso, que sólo unas pocas monjas sabían la clase de gente que hospedaban. Se hacía pasar aquella tanda como si fueran miembros de la asociación del Sagrado Corazón de la ciudad.
Acabada la primera conferencia, con el complemento de canto por la voz argentina, se sirvió la comida a las chicas; entretanto, habían llegado los PP. Creedon y Toher y aprovechamos la oportunidad para celebrar un consejo de guerra. Hasta entonces todo salía a pedir de boca y aun mejor de lo que esperábamos, No había la menor duda de que el ambiente estaba cargado de espiritualidad y daba la sensación de que todo seguiría con el mismo éxito. Y ¿quien sabe? Aquella impresión de estar sentados sobre un volcán no nos dejó ni un instante. Y ¿qué sería del mañana, o mejor, de la mañana del lunes, cuando los Ejercicios terminaran y todas volvieran al mundo, que entonces parecía tan lejano? ¿A dónde íbamos a llevarlas el lunes por la mañana? Hasta entonces no habíamos tenido tiempo de pensar en eso. No nos habíamos atrevido a pensar en otra cosa que no fuera meterlas en Ejercicios. Siendo esto ya una realidad, la preocupación tan importante de tener que buscarles albergue para el lunes, se nos vino encima con toda su fuerza. Era algo tremendo. Pues todos nosotros sabíamos muy bien que encontrar un hospedaje cualquiera en Dublín costaba un ojo de la cara... y eso si se encontraba. Desde luego que encontrar casa holgada para veinticinco personas, ni pensarlo. Y aún podíamos estar más ciertos de no encontrarla en dos días... siendo uno sábado, media fiesta; y otro, domingo. Y lo peor de todo era que no teníamos dinero. ¡Si estábamos entrampados en una respetable cantidad que debíamos por el mobiliario de nuestra casa de Ejercicios! Por algún tiempo no hallamos solución al caso. Pero había que buscar una salida. No podíamos en manera ninguna hacernos a la idea de permitir que, aquellas que tanto nos habían costado pescar y conservar, volvieran a Blank Street con todo lo que de atmósfera viciada y de peligro este paso llevaba consigo. Bien, pero ¿qué alternativa nos quedaba? Nuestra desesperación se reflejaba en las proposiciones que aventurábamos: unas, imposibles; otras, fantásticas.
Cuando ya habíamos llegado al punto de ni siquiera poder discurrir, hubo uno que dijo:
"Puesto que se trata de un problema de hospedaje, ¿por qué no ir al Ministerio del Gobierno y pedirle que nos ayude a solucionar esto?"
¿Y por qué no? Al menos esto era una sugerencia que nos hacia dar un paso adelante. Desde luego, era casi seguro que nada harían en nuestro favor; especialmente teniendo en cuenta el factor tiempo. Pero, ¿quién podía asegurarlo? De todos modos había que hacer algo, y no hallamos otra escapatoria. Se convino que al día siguiente el P. Creedon, el P. Devane y yo, procuraríamos tener una entrevista con Mr. Cosgrave, que era entonces el Ministro, y le haríamos ver nuestros apuros.
Así terminó nuestro Consejo de Guerra. Y menos mal que llegamos a una decisión, pues ya no disponíamos de más tiempo para hablar. Había terminado la comida de las chicas, y seguía un rato de recreo. Estos tiempos libres eran los más difíciles de los Ejercicios. Eran los puntos débiles por donde podía sobrevenir alguna catástrofe. Era preciso no dejar a las chicas mucho tiempo consigo mismas en estos ratos, sin tener nada que hacer, excepto pensar o hablar una con otra. Y así acabaríamos la rutina habitual en Ejercicios cerrados. No insistimos en la observancia del silencio en los tiempos libres. Los "legionarios" aprovechaban estos ratos para ir de una a otra de las chicas y trabar conversación. Además, todos los días durante algún tiempo, el P. Felipe organizaba juegos en los que casi todas tomaban parte. En verdad que el P. Felipe era el enviado del cielo. No faltaba su presencia en ninguno de los mil aspectos que tuvieron estos Ejercicios heterodoxos.
Acabo de referirme a los juegos. La confianza inspirada a las chicas fue tan grande que, a pesar de que la Madre Ángela les dejaba de par en par la puerta que daba al hipódromo, ninguna se escapó y eso que no tenían más que andar un corto trecho para coger el tren que las llevara a Dublín.
De tal forma pasaban las horas; y los actos, uno tras otro, se ejecutaban con perfección. Exactos resultaban los Ejercicios y... agotadores, pero llenos de consuelo. No sabíamos cómo acabarían, pero su desenvolvimiento era algo admirable. No me cabe en la cabeza haya habido Ejercicios más excitantes ni tan ordenados y completos.
"Por oscuro que sea el día y el camino largo, siempre llega la alegría del canto de la tarde", y aun aquella cadena de tantos anillos, como fue el 14 de julio de 1922, vino a su fin... Dichoso fin. Después de una última conferencia, las chicas se retiraron a descansar; y la paz más completa vino a coronar aquel día de supremas ansiedades. Algunos de entre nosotros quedamos en Baldoyle hasta hora muy avanzada, para ver que todo quedaba en calma.
Al día siguiente, 15 de julio, a la una de la tarde, los tres que habíamos sido designados para esta misión, llegamos al edificio del Gobierno en Upper Merrion Street y pedimos una entrevista con el Ministro. El primero a quien vimos fue al Secretario del Departamento, el Sr. E. P. Mac Carron. Le explicamos el objeto de nuestra visita, y nos presentó al Ministro. Terminados los saludos, al punto comenzamos nuestra historia. Le Contamos lo ocurrido con más detalles de los consignados en estas páginas. Si alguno olvidaba acentuar suficientemente algún punto, otro le suplía. Era evidente que nuestros oyentes encontraron atrayente la narración hecha a retazos.
Al principio estábamos todos sentados alrededor de una mesa. Pero, como se iba desarrollando nuestra historia, el señor Cosgrave abandonó la silla y se puso a medir el cuarto con sus pasos, escuchando con creciente interés. Y, de pasada, aquel cuarto con su decoración, frescor y de buen gusto, sus muebles elegantes y oscuros, eran marco apropiado para el acto trascendental del drama nuestro allí representado.
Acabado nuestro relato, hicimos nuestra petición con aire de súplica. El Ministro cesó en su intranquilo paseo, se acercó a nosotros y nos miro. Fue un silencio breve. Silencio que el señor Cosgrave rompió así:
"Jamás en mi vida he oído cosa más extraña, ni más conmovedora que la historia que acabáis de contarme. De momento no veo solución para vuestra dificultad; pero esto está claro, que no puedo dejaros así. Hay que buscar una salida"
Luego puso papel ante nosotros y nos pidió que le hiciéramos un resumen de los sucesos admirables que le habíamos contado. El Gobierno celebraría junta aquella noche y él presentaría a los Ministros nuestra demanda. Y ya se vería qué podía hacerse.
Quedamos sentados por un momento frente aquellas hojas de papel. En los límites de unas cuantas cuartillas habíamos de encerrar el alud de acontecimientos de una semana. Y la pluma comenzó a moverse... La pluma que se nos dio era, cosa rara, de ave. Nuestros críticos y sabihondos dirán que fue para hacer el ganso; pero yo prefiero pensar que simbolizaba las alas de nuestros ángeles custodios que estaban ansiosos.
Tengo delante de mí la carta que escribimos y la copio aquí para que la leáis. Para vosotros será tal vez un mero documento histórico y como un trozo dc película en vuestras manos y donde veríais unos cuadritos impresos. Pero para nosotros es como proyección de esa película, cuando puesta en su máquina rememora sucesos que tiempo ya pasaron. Yo quisiera que vuestros ojos así la leyeran:
"Se ha presentado en esta parroquia una situación extraordinaria y creemos es nuestro deber ponerle a usted al corriente.
"Tenemos en esta localidad y alrededores cierto número de casas de huéspedes dedicadas únicamente a acoger mujeres dc mala reputación. El resultado de una especial intervención del clero en una de estas casas produjo gran impresión en las chicas -en número de treinta y una, y casi todas muy jóvenes-, hasta el punto de que, en realidad, todas manifestaron deseo de abandonar su mala vida.
"Desde luego, consideramos que es totalmente inútil apartar a estas chicas de su actual ocupación si no la sustituimos por otra. Y así, en parte para ganar tiempo, mientras les procurábamos algo, propusimos a las chicas la oportunidad de unos Ejercicios de tres días. Accedieron tan pronto como se les aseguró que no se intentaba retenerlas de una manera permanente.
"Encontramos una Comunidad Religiosa que quiso hacerse cargo del trabajo; y en estos momentos se hallan las chicas en el segundo día de Ejercicios.
"La necesidad inmediata que nos mueve a acudir a usted es esta:
"El próximo lunes las chicas han de dejar el Convento donde hacen los Ejercicios, y creemos que habría de ser fatal en extremo que tuvieran que volver a sus antiguas madrigueras, aunque no fuera más que por una sola noche. Pero tal como están las cosas en Dublín, no hay para ellas lugar decente a donde ir. Por eso, si en los próximos días no encontramos a esto solución, es inevitable que vuelvan a sus anteriores hospederías.
"Disponemos de la más incondicional ayuda de señoritas, que están dispuestas a hacer cualquier sacrificio de tiempo y trabajo por esta obra. Actualmente tenemos tres de ellas que las cuidan y duermen con ellas en el Convento. Éstas y otras están dispuestas a encargarse de cualquier cosa que se les encomiende: cocina, arreglo de la casa, atenderlas de cualquier modo que sea. La necesidad principal es hallar un refugio provisional de capacidad y, a ser posible, en distrito tranquilo. Haremos todo esfuerzo para procurar a las chicas algo permanente y adecuado.
"Para muchos de sus casos ya se han presentado arreglos; y creemos que si podemos vencer la próxima semana, día más, día menos, todo irá bien.
"Su conducta en los Ejercicios nos asegura que sus actuales disposiciones son excelentes. Pero si nos vemos forzados a permitirles que vuelvan a su anterior ambiente, estamos igualmente seguros de que la necesidad las obligará a volver a su anterior vida. En vista de lo que ya se ha logrado, esta posibilidad nos llena de pena.
"En circunstancias como éstas, verdaderamente únicas. acudimos a usted plenamente confiados"
Escrita la carta y firmada por el P. Creedon, nos despedimos. Habríamos de volver a la mañana siguiente para saber el resultado. Teníamos gran confianza en que todo saldría bien; y contentos nos volvimos a Baldoyle, donde comprobamos que los Ejercicios seguían conforme a nuestro plan.
Sin embargo, no hay que hacerse la ilusión de que todo fuera como la seda. Tenían buena intención y cumplían exactamente los detalles de los Ejercicios. Pero allí había también una corriente subterránea de nerviosismo, que de vez en cuando afluía a la superficie y despertaba nuestros temores y nos tenía siempre en brasas. Cada momento nos traía un problema, y parecía como si todo el resultado de los Ejercicios dependiera de la solución de aquel problema. Aun la atmósfera de depresión o de mal humor de alguna de las chicas podía ser cosa seria, por contagiarse rápidamente. Podía ocurrir que alguna tuviese una escapada violenta. Temíamos siempre que, así como las chicas acudieron a nosotros como una sola, así también, en cualquier momento y como una sola, podían írsenos de repente. A cada momento, dificultades internas de una u otra clase, atacaban a algunas de las chicas. Ocurría que llamaban con los nudillos a la puerta de aquel recibidor, que designamos como nuestro pequeño Cuartel General; o nos enviaban algún aviso al jardín o a dondequiera que estábamos para decirnos que Molly o Janette de tal y tal estaba intranquila por algo. Nuestro grande apoyo en tan frecuentes dificultades era el Padre Creedon. Tan sorprendentemente feliz se mostró en tratar los pocos casos que al principio se dieron, que todos nosotros, de común acuerdo y eso que estábamos acostumbrados a manejar esta clase de gente, resolvimos encargarle a él el deber particular de discutir con las chicas y disipar sus dudas conforme se levantaban. Advertimos claramente que tuvo una gracia especial para estos casos; y esta comprobación nuestra quedó confirmada con lo que aconteció después. De las muchas crisis que se presentaron en estos tres días, no hubo ni una sola que él no resolviera con acierto. Así, vino a ser él, como ya lo era, un apoyo seguro entre nosotros.
Y así concluyó el segundo día de los Ejercicios. Aún caminábamos sobre inseguras olas; pero nuestro Amado Señor hacía que fueran solidificándose bajo nuestros pies a cada paso que dábamos. Ni una de las chicas nos abandonó; y había muchas y gratas señales.
A la mañana siguiente, que era el domingo 16 de julio, nos juntamos el P. Creedon y yo a las once treinta y fuimos con grande ansiedad al edificio del Gobierno. Allí nos dieron una carta, cuyo sobre estaba escrito por el señor Cosgrave. Lo abrimos con una sensación de verdadero temor; porque nos dábamos cuenta de que encerraba la sentencia para nuestro grupo de ejercitantes. La carta nos bacía saber que la finca, hoy conocida por Sancta Maria, estaba a nuestra disposición, libre de rentas y contribución durante un período de tres meses, a partir de la fecha. Llenos de gozo fuimos a Baldoyle. Allí encontramos reunidos a la mayoría de los nuestros. El anuncio que ya teníamos un lugar a donde ir el lunes por la mañana fue recibido de pronto con verdadero placer. Pero poco a poco otra cuestión absorbió nuestra atención. ¿Cómo asentarían nuestras ariscas palomas en la amenidad de una calle que venía a ser como la calle de los hoteles y de los hombres profesionales? Esto no era Blank Street; pero, a pesar de las inmejorables impresiones, podrían acontecer muchas cosas poco conformes con el barrio. Podríamos llamar la atención de los vecinos, en nada favorable; vendrían quejas, y nuestro gran experimento podría tener un fin prematuro. Así argüían algunos de los nuestros; y hay que admitir que todos sentíamos la fuerza de su razonamiento. Bueno, pero ¿Qué podíamos hacer? Parecía que no nos quedaba otra salida sino aquella que se nos ofrecía. Además, todos nosotros nos habíamos sentido, paso a paso, como guiados por una casi visible Providencia; y todos pensábamos que había que mantenerse en este último trance. En esta forma se argumentó en pro y en contra durante el día en las comidas y en cuantas ocasiones tuvimos de hablar con libertad. Entretanto, los Ejercicios seguían su ritmo de modo admirable aun incluyendo las no pocas alarmas de poca monta a que antes nos referimos.
Durante todo el día las confesiones fueron en aumento. ¡A buen seguro que jamás hubo confesores tan ocupados con un grupo tan extraordinario! El acontecimiento más feliz del día fue la reconciliación con la Santa Madre Iglesia de una chica muy guapa, de veinte años de edad, que a última hora de la tarde confesó haber renegado formalmente de la Iglesia. ¡Qué lío se armó! La misma chica y todos nosotros quedamos terriblemente angustiados, temiendo que al día siguiente no pudiese recibir con las demás la Sagrada Comunión. Para ello, previamente había de ser recibida de nuevo en el seno de la Iglesia aquella misma noche. Y se planteó la cuestión de que se necesitaban las licencias. Y no había teléfono, pues éste había sido destruido por la guerra civil. Se dijo allí -¡qué poco caritativos!- que yo era en casa el que no tenía ocupación precisa, y así convinieron en mandarme a Dublín a verme con el Vicario General, Mons. Fitzpatrick, y pedirle las licencias. Fui a toda prisa corriendo la media milla que distaba el tranvía y en la misma forma los trechos intermedios. Este exceso de apresuramiento que podía parecer innecesario, demostró que era providencial. Porque cuando llegué a Harrington Street, allí estaba Monseñor esperando al tranvía. ¡Unos segundos más y se me escapa!
Le hablé y expuse mi viaje y todas las circunstancias de los Ejercicios. No me conocía; pero fue muy condescendiente, si bien quedó perplejo, y me dijo:
"Esto sí que es algo extraordinario; verme detenido en la calle por un seglar que me pide licencias. ¿Quién es el sacerdote ese? Debe de ser muy joven e inexperto. ¿No le ha dado nada por escrito? Bien, bien, dígale que Jamás vuelva a hacer eso. Nunca en mi vida he dado licencias a un seglar, y creo que no será tarde para corregir el error. Vuelva usted a ese joven sacerdote y dígale de mi parte que siga adelante. Y felicite también a cuantos se ocupan en esa gran obra que tienen entre manos."
Provisto de manera tan singular, con las licencias, me volví a Baldoyle con el mismo ritmo de velocidad que llevaba a la ida. La chica fue conducida a la capilla, y allí tuvimos una ceremonia impresionante en extremo. Y así terminó el tercer día de los Ejercicios, llenando los corazones de todos nosotros de una paz que sobrepuja toda ponderación. Uno tras otro, nuestros ayudantes apenados, parecía como si no quisieran separarse de nosotros para volver a la ciudad y a casa; me quedé solo. A primeras horas de la tarde se acordó que yo había de pasar aquí la noche. En el cuarto donde dormía el P. Felipe se puso otra cama. Yo la ocuparía. Sin embargo, cuando llegó la hora de retirarse a disfrutar de un bien merecido descanso, ¿quién podía pensar en las camas? La excitación de los días anteriores, con ese aumento gradual hasta crear una atmósfera de alegría, bastaba y sobraba para quitar hasta la idea de sueño. El P. Felipe y yo paseamos por el jardín hora tras hora discutiendo la situación y el futuro que aguardaba a la obra. Por fin, ya muy avanzada la noche, decidimos terminar nuestra conversación. Entramos en la capilla por la puerta de arriba, hicimos nuestro rezo terminando con el Vía Crucis. Y nos fuimos a dormir.
Luego, la mañana con su rápido amanecer. Y a la capilla, donde aquellas almas regeneradas ya esperaban. Siguió la Misa, que dijo el P. Felipe. Durante la misma ocupé mi sitio acostumbrado al fondo. Puedo decir con toda sinceridad que aquélla fue la Misa más admirable a que yo asistí jamás. Vino luego el momento de la Sagrada Comunión, momento del gozo más intenso que puede imaginarse. Me encontré en el comulgatorio con que estaba yo entre dos de las chicas. Todas, en pocos minutos, habían recibido la Sagrada Comunión, si exceptuamos las dos protestantes. Era éste el primer acto de los Ejercicios que se perdían ellas; y esto, por fuerza mayor. Siguió el desayuno, y poco después salí para la ciudad a hacer los arreglos necesarios y tomar posesión de nuestra nueva casa.