CAPITULO VI "SANCTA MARIA" ABRE SUS PUERTAS


El último capítulo relató nuestra aventura hasta el final de los admirables Ejercicios. Siguió el desayuno después de la Misa y Sagrada Comunión. Entonces, mientras las chicas daban buena cuenta de lo que probablemente fue para ellas el más sabroso y feliz desayuno de su vida, algunos de nosotros hubimos de salir disparados para la ciudad. La futura casa de la Obra hasta entonces no era para nosotros más que una calle y un número. Teníamos que enterarnos con exactitud dónde estaba situada, tomar posesión de ella y hacer algunos arreglos para la numerosa familia que en el término de una hora había de salir de aquel Convento de tan gratos recuerdos.

Y permítaseme anotar la fecha y el parte meteorológico. Es el lunes 17 de julio. Día hermoso, que parecía aventajar a los anteriores. Volvemos por la carretera que bordea el mar por donde nuestro grupo se había ido. Y de esto sólo hacia tres días. ¡Y parecía como oler a vieja historia aquella carrera del vehículo!

Al llegar a la ciudad me fui derecho a mi oficina Y hallé que mi familia había estado allí preocupada preguntando por mí. Por un lamentable descuido me olvidé de avisarles que pasaría la noche fuera de casa. Poco después llegaron también, cada uno por su lado, pero con un impulso de duda común, los PP. Creedon, Toher y Devane y el señor Tom Fallon. Era el último una figura notable en el Dublín de entonces. Era un empleado del Servicio Civil y miembro intachable de las Conferencias de San Vicente de Paúl, que estaba dispuesto a romper muy pronto los mil lazos que le ataban al mundo y hacerse sacerdote en Méjico, donde ha trabajado desde entonces con mucho fruto. Aunque Tom Fallon no se halló presente en ninguno de los acontecimientos, estaba muy en contacto con todo en razón de su especial intimidad conmigo.

El recelo que a todos nos juntó era el ya viejo de si el local sería a propósito, teniendo en cuenta la vecindad del distrito en que se hallaba.

Aquella duda se había discutido con dificultad el día anterior en Baldoyle, y de momento quedó descartada. Pero durante la noche se apoderó de nuevo de nosotros y allí nos veríais sumidos en una tromba de indecisión. Dos de los nuestros estaban firmemente convencidos de que tomar aquella casa sería un error fatal. Y la discusión no llevaba trazas de terminar en rápido acuerdo. Así, pues, y a toda prisa, llamamos a una de nuestras "legionarias" y la enviamos a Baldoyle con instrucciones de que retuvieran a las chicas hasta después de la comida, en lugar de lo convenido antes, que fuera más pronto. Hecho esto, respiramos un poco. Ya teníamos unas horas para trabajar en firme. Podríamos revisar el asunto con calma y lógica. ¡Ay, si hubiéramos sabido que en aquel preciso momento salían las chicas del convento de Baldoyle, y que nuestra mensajera había llegado con la lengua fuera, para encontrarse con que se le habían ido! ... En nuestra ciega ignorancia discutimos todos los puntos de la cuestión. Ninguno de nosotros estaba ciego para no ver el posible daño que nos causaría el emplazamiento. No sería preciso se diese un caso real de mala conducta para crearnos dificultades. Una mayor libertad de movimientos y conducta que en Blank Street nada significarían y sí mucho en otra parte, un pequeño hervor de sentimientos, una payasada, todo esto podía causarnos mucho daño, si los que vivían en los alrededores sólo tenían miras humanas y sólo creían que podían remediarse los males dentro de los estrechos límites de su propia conveniencia.
Veíamos todo esto con la claridad del sol. Asustados cogimos el teléfono y llamamos a sir José Glynn. Era un muy buen amigo de la "Legión" y nuestro personal. Dirigía una hospedería para criados sin trabajo. Estaba en un barrio algo peor. Le preguntamos si nos podía dejar por un mes, poco más o menos, aquella hospedería. Durante ese tiempo pagaríamos la manutención de sus actuales acogidos en cualquiera otra hospedería o fonda. De buenas a primeras pensó sir José que aquello era una broma. Pero cuando se dio cuenta de que íbamos en serio le faltó tiempo para decirnos que no. Aquello cayó como una bomba. Y el dilema se nos presentó en toda su terrible crudeza la propiedad que nos habían ofrecido o la anterior casa de las chicas, número 25 de Blank Street. Aun el más indeciso de los nuestros veía que había que descartar el número 25. ¡Así que... aceptamos la finca que nos habían dado! Llegados a este punto, todos los temores se desvanecieron hasta el punto de que casi nos avergonzamos de haberlos tenido. Y no teníamos por qué avergonzarnos. Ellos indican que la necesidad nos había dejado ciegos, pero que además de esto no debíamos cerrar los ojos.

Tom Fallon fue luego al Departamento del Gobierno Local en busca de las llaves de "Sancta Maria". A los cinco minutos estaba de vuelta, con las llaves en una mano y en la otra un cheque de veinticinco libras que le dio E. P. Mc. Carron para ayudarnos en la obra. Nos separamos después de acordar juntarnos al atardecer en nuestra nueva residencia. Los PP. Creedon y Toher se fueron en seguida a Baldoyle en la creencia de hallar aún allí a la gente.

Tomando yo las llaves me fui de muy buen humor en busca de la casa. Ya me olía que allí habría mucho trabajo por adelantado y no pocas dificultades; y que en tales circunstancias no era conveniente estarse solo. Conocía al hombre que necesitaba. Así que, al pasar, me personé en el número 40 de Lower Kevin Street. Residía allí el señor José Gabbett, amigo y compañero mío en muchos y difíciles asuntos. Era el señor Gabbett un zapatero que se había especializado en trabajos ortopédicos y de alta calidad. Cuando entré, estaba trabajando con todo afán. En veinte frases le puse al tanto de los acontecimientos. Trabajaba mientras yo le hablaba; siempre lo hizo así. De igual modo, cuando él hablaba, lo hacia trabajando; y al tiempo de hablar acostumbraba a pegar fuerte. Siempre hablaba muy despacio; como pensando las palabras. Pero esta vez no me dijo ni palabra. Ni un comentario siquiera cuando acabé. Sino que al punto dejó el trabajo a un lado, se levantó del asiento, se quitó el mandil, se puso la chaqueta y el sombrero y se vino conmigo. Mientras caminaba junto a aquel hombre erguido y fuerte le describí con más detalles los sucesos. Él lo escuchó todo como la cosa más natural. Mas en cualquiera clase de aventura ocasional él hubiera tomado parte y en especial tratándose de una aventura como la presente. El señor Gabbett era un alma fervorosa, aunque sus negros y penetrantes ojos, pelo negro como azabache y el enorme mostacho que le caía le dieran un aire de fiereza. Era una especie de hombre apropiado para cualquiera eventualidad; siempre se le auguró segura y buena "caza".

Pronto nos encontramos en las escaleras de piedra de "nuestra casa". Metí la llave en la cerradura y quedó la puerta de par en par. Entramos en el vestíbulo, desierto y vacío. Allí no había más que telarañas y suciedad detrás de los muebles que los mozos de cuerda tienen la manía de dejar al descubierto cuando los mueven. Y, a modo de paréntesis, es, por no decir otra cosa, una magnífica coincidencia el que la casa hubiese estado desocupada unos días antes, y para ser exactos, el jueves anterior. La propiedad había sido oficina del Dail Departement del Gobierno local, fundido con la central del mismo Departamento. A la mismísima hora en que nosotros estábamos en el número 25 de Blank Street catequizando a las chicas, los mozos de cuerda andaban ocupados en vaciar la casa y en trasladar su contenido al edificio del Gobierno en Upper Merrion Street. Así, dos sucesos al parecer tan independientemente ajenos el uno del otro se relacionaban providencialmente. Y he aquí otro hecho portentoso: ¡La carta recibida por nosotros el día anterior, y que ponía la casa a nuestra disposición, llevaba en el encabezamiento la misma dirección de la oficina trasladada!

Pero no deben entorpecer nuestra narración ni siquiera coincidencias que evocan lo sobrenatural. Tan pronto como el señor Gabbett y yo entramos en el vestíbulo oímos afuera un taconeo. Miré alrededor con cierta aprensión, pues aún no se habían calmado los nervios después de aquellos días de intenso ajetreo, y vimos que se colaban de rondón en el zaguán aquellas mismas personas -chicas y "legionarias"- a quienes cariñosamente creíamos estarían en aquel momento en Baldoyle, tal vez sentadas a la mesa.

Ya he indicado que la "legionaria" enviada para detenerlas no había llegado a tiempo. El grupo había salido en el momento señalado y vino derecho a la casa, cuya puerta vieron con susto que estaba cerrada de una forma nada acogedora. Veinticinco personas no podían esperar en la acera. Era preciso hallar un sitio donde entretenerlas. El lugar conveniente más cercano era el Museo de Arte, que estaba un poco más abajo, al otro lado de la calle. Y allí se fueron y esperaron. Las señoritas casi enfermaron de angustia. No podían creer sino que el préstamo de la casa había sido un fracaso. Y aquí tenemos otra circunstancia maravillosa, y fue que encontrándose el número 25 de Blank Street, que por tanto tiempo había sido su casa, a poco más de una milla desde aquel punto, las chicas soportaron pacientemente aquella larga espera de dos horas. Ni una de ellas abandonó el rebaño. Ni una de ellas refunfuñó. Y esto suena tanto como a milagro! Pero al fin acabó aquel período de tirantez y de peligro real. Dos personas pasaban por la otra acera y abrieron la puerta en la que sus ojos estaban clavados con tanta ansiedad. Volando cruzaron la calle y entraron las veinticinco. Y tuvo lugar en ese momento algo admirable, un acontecimiento histórico. Una casa vino a convertirse repentinamente en la primera "Sancta Maria".

Cuando me explicaron lo sucedido me pareció como si mi corazón quisiera paralizarse al saber el peligro en que habíamos estado. Luego nos desparramamos por la casa en un recorrido misterioso. Teníamos que darnos cuenta de lo que era, de cuántas habitaciones tenía y habíamos de determinar el uso que a cada una daríamos. Ya dijimos algo sobre la suciedad. Aquello era una insignificancia de que pronto darían buena cuenta cincuenta brazos. Descorazonador fue por unos momentos el descubrir que los bajos estaban completamente inundados con varios centímetros de agua, por haberse reventado una tubería. Una de las chicas descubrió dónde estaba el siniestro y le facilitó un remedio urgente y radical. Lo más importante era que en toda la casa no había más que un objeto que pudiera ser considerado como mueble. Era un viejo mostrador que no mereció el honor de ser trasladado a Merrion Street. Y se le dio destino tan pronto como fue hallado. Sirvió de cama improvisada donde acostamos a una chica basta que pudimos procurarle asistencia médica. Se le había reventado una vena o algo así en una pierna y no podía tenerse en pie.

No teníamos, es claro, ni carbón ni comida. Esta, por lo menos, podía comprarse pronto y sin mucho gasto. Pero, ¿cómo arreglarnos para el moblaje? En aquellos momentos las camas y ropas habían salido ya de Baldoyle, según lo convenido. Pero las camas y ropas solas, por importantes que sean, no amueblan una casa. No teníamos dinero para permitirnos un recorrido por las tiendas ni siquiera de segunda categoría. ¡Y algo había que hacer... y sin pérdida de tiempo!

Unas cuantas palabras entre el señor Gabbett y yo determinaron qué habría de ser ese algo. Pensamos dónde lograríamos un préstamo para los muebles en forma de asalto. Y dejando a las señoritas con instrucciones de que compraran provisiones, etc., nos fuimos a Great Longford Street, que no estaba lejos, donde tenía su negocio de alquiler un viajante llamado Connolly. Alquilamos una "galera" y la encaminamos a Myra House. El viaje lo hicimos por Golden Lane, al final de Blank Street... que era el mismo camino que tres días antes tomaron las chicas y la multitud apiñada que las acompañó. A todo lo largo del Parque de San Patricio y atravesando Hannover Lane -que era de ancha lo justo para que el carretón pasara- continuamos hasta Francis Street. ¡Y otra vez Myra House! Abrimos la puerta. Una vez más el Sagrado Corazón nos mira serenamente y, qué bien lo sabíamos, con aprobación, puesto que habíamos vivido días bien duros por Él y aún nos aguardaban más, una serie interminable de días semejantes si la obra seguía prosperando. Y el descanso a costa del fracaso de la obra es un pensamiento aún más horrible. Claro que este pensamiento sólo fue al entrar. Y al penetrar no pude contener la risa. El Sagrado Corazón parecía sonreír de la problemática hazaña que nos traíamos entre manos. El encargado de la Casa tenía un carácter muy especial, un ex oficial de la Marina, un veterano de los días de la guerra, cuyos músculos de cuello paralizados y un hablar a trompicones eran señales de que se distinguió en campana. Era un hombre alto, como un gigante, y mandón de primera. Su idea del deber consistía en pedir a todo el mundo permisos por escrito, aun para cosillas insignificantes y rutinarias. Siendo, como éramos, miembros, no necesitábamos permiso para entrar en la Casa. Pero en verdad que lo necesitábamos para el nuevo paso que íbamos a dar. Y no le pedimos una autorización que no conseguiríamos de él. No pensamos sino en las chicas que teníamos en la otra casa, desprovista de todo, excepto de un viejo mostrador. Cuando nos pusimos a alzar y sacar fuera los muebles encomendados a su custodia, el horror del señor Healy subió de punto... Un horror que nadie, salvo los que le conocíamos, podría valorar. Al acercarnos los dos a la puerta llevando un largo y pesado sillón, nos cerró el paso, amenazador, y nos pidió explicación de aquellas maniobras. Le respondí que no estábamos para discutir sobre el caso, ni tampoco queríamos que nos estorbara.

"Señor Healy, si usted piensa que algo no está bien, ya sabe usted cuál es el remedio. Coja usted un cuaderno y anote cada objeto que nos llevamos e informe a la Junta de la Casa; ella se encargará de ajustarnos las cuentas. De momento, quítese usted de delante y no estorbe. Tenemos que llevarnos estos cachivaches"

Era evidente que hablábamos en serio. No creo que mi aspecto produjera un efecto atemorizador; pero... el de Gabbet, con sus seis pies de altura y su fiero talante sí que lo hizo. El camino quedó despejado y los dos "salteadores" nos pusimos a trabajar aprisa y en silencio. Ya antes hablé del mobiliario de primera clase que había en la sala de juntas de la Casa. Respetamos éste, pero pusimos nuestras manos en todo lo que vimos de clase inferior y... todo ello al "carretón" de Connolly. Bancos, sillas, mesas, loza y cubiertos, estatutos y cuadernos; todo fue pronto a formar parte de aquel alto y revuelto rimero que se hizo en el carretón. Su capacidad no admitía más. Cerramos cuidadosamente la puerta de Myra House, por no estar a la vista el encargado de hacerlo. Éste se había evaporado y no sabíamos adónde se fue. Sentimos el cosquilleo del miedo al pensar si habría ido en busca de la Policía, lo cual nos habría puesto en situación embarazosa. Sin embargo, al arrancar, quedó claro el misterio. Le vimos sacando medio cuerpo fuera de la ventana en el segundo piso de su habitación y escribiendo en un largo papel el inventario de las cosas, según iban saliendo.

Alegres a lo largo de la adoquinada calle nos dirigimos a la nueva hospedería; la solución del problema del inmediato futuro ahuyentó de nuestras almas todo recuerdo de ex oficialillos y el inevitable día de rendir cuentas.

Mas aquí debo hacer una digresión para dar a conocer el resultado del rendimiento de cuentas. En la reunión inmediata de la Junta de la Casa, el señor Healy presentó personalmente serias quejas contra dos de sus miembros. Les pareció muy justa la actitud amenazadora de ambos; y es cierto que nada se omitió en la realmente formidable lista de cosas que se decía habían llevado. Ya se entiende que dicha Junta vio mucho de comedia donde Healy no vio más que tragedia. Cuando éste salió de la sala, los miembros de la Junta se miraron unos a los otros y se rieron un rato. Luego se pusieron serios al considerar otros aspectos de aquel negocio. Parecía como si nada les importaran las pérdidas de la Casa... Antes, al contrario, lo miraban como si la Casa saliera ganando. Compusieron una carta para nosotros, que aún dura para eterna honra suya. La carta no tenía ni una palabra de protesta. Nos regalaban las cosas que habíamos cogido. Tenía dentro un cheque de cinco libras para ayudarnos en otras cosas que necesitáramos. Decía finalmente que sus corazones estaban con nosotros en nuestra formidable empresa, y decía también que rogarían por nuestro éxito.

Interesa recordar que el Presidente de aquella Junta era el difunto Jaime José Nagle, tío del actual Secretario del "Concilium Legionis".

Tenemos de nuevo el hilo de los acontecimientos. Distaba Sancta Maria de Myra House como una media milla. Al llegar allí nos encontramos con que el fruto de Goveran ya había llegado. Ya algunas de las chicas estaban ayudando a trasladar la carga. Otras vinieron a ayudarnos a Gabbett y a mí en lo que traíamos. En poco tiempo quedaron vacíos los dos carros.

Conforme iban entrando los artículos, eran llevados con toda ligereza arriba y abajo. Todas atendían las indicaciones de las señoritas Plunkett y Scratton, que estaban en su dominio y a pie firme, dirigiendo cada cosa a su propio lugar. Antes de marcharse el carretón de Connolly, las dos señoritas, que tenían guardado algún mobiliario suyo propio, le encargaron fuera a recogerlo. Así, en un par de horas, se obró un no pequeño milagro. La lámpara mágica de Aladino no habría podido hacer más. De repente se convirtió en una hospedería, equipada con todo lo necesario. La familia ya estaba aposentada en casa. Sin tener más contacto con la "Legión" que unas cuantas semanas, allí habían de vivir y dirigir la casa las señoritas Plunkett y Scratton. La hospedería tenía su capellán y su Praesidium -providencialmente fundado no hacía más de quince días para dirigirla. Sólo faltaba una cosa allí... la primera comida. Entre las chicas apareció una experta cocinera. Pero fue Gabbett quien preparó la comida. En un apuro era él un perfecto hostelero. Se quitó la chaqueta, hizo fuego en el suelo y se dio a la faena de cocinar. Luego, todas sentadas, hicieron la primera comida en su nueva casa. Mientras se preparaba la comida, se compraron escobas y quedó toda la casa limpia como un espejo.

Cómo! ¡Pero si ya es de noche! Nos hizo caer en la cuenta de esto el hecho de ver los grupitos que se juntaban para hacer la Entronización del Sagrado Corazón. Este acto era como para sellar nuestra ocupación de la casa. Acababa de llegar el P. Felipe. Manifiesta gran sorpresa, a pesar de su natural imperturbable. Haría una o dos horas que las chicas comenzaron a dejar el Convento para tomar posesión de una casa vacía. ¡Cielos! Pero, ¿ésta es la casa vacía? ¿Y estas chicas mansas son las palomas esquivas cuyo revuelo nos tuvo en ascuas durante varios días?

Y aquí están los PP. Creedon y Toher, de vuelta de su inútil caminata a Baldoyle y muy aliviados al hallar que todo está bien, no obstante la marcha prematura de las chicas. Viene el P. Robinson. No podía dar crédito a sus ojos, pues él se halló presente a las diversas conferencias que hubo en Myra House. Allí todo había sido neblina, indecisión, sueños. Pero, ¡el sueño se hizo realidad!

Todos teníamos que lavarnos. Nuestro duro bregar nos había puesto mugrientos de pies a cabeza. Y así nos fuimos en busca de agua y jabón. Y nos dimos cuenta de que necesitábamos abundante jabón y agua bien caliente.

Por fin, todos limpios y lustrosos, nos reunimos en el salón grande. Un gran semicírculo humano se formó delante del cuadro del Sagrado Corazón, colocado ahora encima de la repisa. Este cuadro ya tenía entonces su historia. Formaba parte del botín traído de Myra House; pero años antes había presidido un importante taller, dirigido por Gabbett. Cuando el taller se cerró, regaló el cuadro a Myra House; y ahora volvió a cogerlo para que ocupara su puesto en otro lugar.

Comienza luego el P. Creedon: "En el nombre del Padre... ", y siguen la invocación al Espíritu Santo y el rosario. Después, la ceremonia de la Entronización. Ponemos el corazón en las palabras de la consagración. No es cosa difícil estar fervorosos en estos momentos. Advertimos plenamente que la obra requiere sobreabundantes gracias. Hablando humanamente no tenemos ni la menor probabilidad de éxito. Pero, a medida que recitábamos las preces, una especie de confianza crecía en nosotros. Con toda seguridad, aquella gracia especial se nos daría. No era posible que toda aquella lucha fuera pura bambolla y nuestra obra algo pasajero destinado a perecer ruidosamente al día siguiente.

Acabadas las preces, hay un silencio de espera. Piden que se digan algunas palabras que señalen el momento. Y se pronuncian una media docena de sinceros, sencillos y brevísimos discursitos. Cada uno desarrolla un punto distinto; y el resultado es que todo queda fijado: desde la piedad hasta las reglas de conducta. Aquello nos emociona hasta el extremo. Charlamos un rato más y nos vamos, dejando a las señoritas Plunkett y Scratton con sus chicas. El día de mañana... ¿qué les reservará? Nosotros vamos rumiando calle abajo aquel pensamiento torturante.