CAPITULO VI TRASTORNOS NERVIOSOS

Comienzo citándoos del Manual algo que constituye la clave del tema de que os voy a hablar. Se trata de ese par de frases que aparecen con el nombre del escritor francés, Duhamel, y que dicen lo siguiente: "La mayoría de las personas sufren a causa del olvido en que parece que se les tiene. Se sienten desdichadas porque nadie se ocupa de ellas, porque nadie se presta a escuchar sus confidencias."
Estas palabras son ciertas. Hasta se podría decir que son trágicamente ciertas; porque expresan la dolencia que aqueja a todo el género humano; falta de simpatía, falta de comprensión. Por lo mismo, constituye un gran acto de caridad el responder a esa imperativa necesidad del corazón humano. Así es como aplicaréis un bálsamo refrescante, como el de Cristo, y puede ser que curéis mas de lo que teníais intención de curar. Pues esa clase de aislamiento, en que tantas personas viven, produce de por sí un gran numero de dolencias, muchas de ellas graves.

¿QUE ES LA CARIDAD?

¿Qué es la caridad? Me parece que hemos llegado a un punto en que, por extraño que parezca, es preciso decir que no entendemos qué significa realmente la caridad. Por ejemplo, la caridad para con nuestro prójimo se cree universalmente que consiste en aliviar los males materiales. Es una cosa curiosa el que hasta en las biografías de los santos se insista excesivamente en este aspecto de la caridad. Habréis observado que cuando alguien se convierte a Dios, va en seguida en busca de los pobres y les prodiga toda clase de cuidados y afecto. Fácilmente podríais recibir la impresión de que eso es lo que más vale. Y por supuesto que el mundo moderno va más allá y enaltece este estrecho concepto de la caridad hasta el punto de que excluye cualquier otro. Por lo tanto es una buena cosa que la Legión siga otras direcciones y se ocupe de la caridad espiritual como de algo que se halla de un modo muy especial dentro de su campo de acción. Al hacer esto -recordaréis- la Legión tiene mucho cuidado de no abandonar la otra forma de hacer caridad. Constituye en verdad para cualquiera un error y una temeridad el descuidar la ayuda material al prójimo. Pero al mismo tiempo es preciso insistir en un determinado campo de la caridad, por si existiera el peligro de que fuese olvidado. Por esta razón, suponiendo que no haya otra, está dentro de los intereses de la Legión el desplazar su mirada del campo del alivio material y concentraría en el campo del socorro espiritual. Pues la verdadera caridad ha tendido a ser ensombrecida por su mero satélite, como si, lo que resultaría terriblemente extraño, la luna pudiera deslumbrar al sol. La caridad, el grado supremo de la caridad, consiste en realidad en cuidar del alma de nuestro prójimo. Además, ésta es la forma de caridad que se requiere principalmente en el mundo de hoy. Sólo un pequeño porcentaje de la humanidad necesita de alivio material, en tanto que TODOS tienen necesidad de asistencia en el orden moral. Ahí está la misión del legionario. Con nuestra visión, y luego con nuestro trabajo, debemos abarcar la totalidad de las comunidades de que formamos parte, y finalmente con gran valentía tratar de ponernos en contacto con todo el mundo. Debemos ver en cada persona un problema de amor, algo sobre lo cual, mediante nuestra pobre cooperación, irradia Dios su amor.

LA MISION PRINCIPAL DE LA LEGION NO ES PONER REMEDIO A LA INDIFERENCIA RELIGIOSA

En la Legión se os dice, hasta que casi os cansáis de oírlo, que se os supone siempre de servicio por las almas. Esta misma lección hay que sacar de la categórica definición del Padre Plus acerca de que un cristiano es uno a quien Dios ha confiado su prójimo. Debéis tratar de que esto llegue a ser una realidad con respecto a todas las personas sin excepción. Sería un gran error que pensaseis que vuestra labor consiste sobre todo en poner remedio a la indiferencia religiosa. Con un abrazo universal debéis acoger los latidos del corazón de todos los hombres y -lo subrayo- también las angustias de ese mismo corazón humano. Por algo la primera rama de la Legión llevaba el nombre de Nuestra Señora de la Misericordia. Como muchas otras cosas de la Legión, ese nombre fue sin duda inspirado de lo alto; quienes pensaban que habían sido ellos los que habían elegido ese título no estaban ni mucho menos en lo cierto. Ese título debía expresar la actitud de la Legión con respecto al mundo, y debía ser considerado como algo que tiene especial relación con los males del alma y de la mente, de cualquier clase que sean.
Los legionarios hallarán en todas partes materia para semejante misión de misericordia. La encontraran en medio de sus compañeros de Legión. La hallarán en medio de aquéllos a quienes la Legión les envía; pero, extraño es decirlo, menos entre los pobres que entre los de mejor posición social; casi parece que, como si esto fuese una especie de compensación por sus privaciones, los pobres se ahorran sufrimientos que son realmente peores que la misma nobleza. Pero sobre todo los legionarios se encontraran con estos casos en los que estoy tentado a llamar horas no legionarias, mas por supuesto que no existen tales horas.

ESPIRITUS ATORMENTADOS

Aseguraría que todo legionario conoce a alguien cuya alma o cuya mente se hallan atormentadas. Por eso te digo: "Ahí está tu responsabilidad, legionario." Si un legionario dijera que esto no le concierne porque la persona en cuestión no constituye un "caso" para la Legión, da a entender que está mal instruido, pues en su "primer libro" de la Legión se halla escrito que el mundo entero es asunto e incumbencia del legionario.
Por supuesto que esas enfermedades del alma y de la mente son infinitas tanto en cuanto al número como en cuanto a sus variedades. La Legión se dirigirá a todos y a cada uno con católica simpatía. Pero ahora me propongo destacar un tipo de enfermedad especialmente grave conocido científicamente con el nombre de "neurosis" y por vosotros y por mí con el de "trastornos nerviosos". Este mal es un resultado de nuestra compleja época, con su excesiva sed de placeres, con su excesivo fumar, con su excesivo beber y con sus excesos de toda clase -sin excluir la cuestión del desenfreno sexual, que es quizás el mayor de todos los peligros. De todo este conglomerado de cosas surge una terrible mezcolanza -ese problema de los trastornos nerviosos. Ese problema requiere un profundo y detenido estudio. Representa una especie de mundo dentro de nuestro propio mundo. Ese sub-mundo está habitado por personas que no pueden controlar sus nervios; por personas que se hallan sometidas a aversiones morbosas de una u otra clase; que son presa de extraños y malos hábitos; que se hallan atormentadas por temores y escrúpulos, por horribles tentaciones, por odios fieros, antipatías y terribles injusticias. Tanto es así que, a pesar de mi limitado contacto con esa clase de personas, tengo fundamento para creer que compone una gran parte de la población. Las almas de semejantes víctimas son verdaderos campos de batalla o cámaras de tortura. Tan atormentadas se hallan algunas de ellas que se consideran a sí mismas como locas perdidas, o próximas a la locura, e incluso como poseídas por el demonio.

LAS PENAS SE MITIGAN DECLARANDOLAS A OTROS

Comprenderéis que a una persona que se halle de tal modo afligida, le es dificilísimo ser fiel a sus deberes religiosos. Por lo mismo, generalmente, rechaza lo que le serviría de enorme alivio. ¡Cuanto más haga eso, peor! Pero esto mismo queda doblemente complicado y agravado por el hecho de que esta clase de enfermos tienden a guardar todo en sus corazones. Las consecuencias son inevitables. Si encerráis pus en el cuerpo, se extenderá por el interior del mismo, y propagará la infección, pudiendo incluso causar la muerte. Si encerráis pensamientos emponzoñados en vuestra mente, harán a ésta dar vueltas con tal fatalidad que podrán llegar a acabar con vuestra vida. Por lo mismo es absolutamente necesario que los que sufran encuentren a alguien a quien puedan hablar con entera confianza. Si consiguen esto, el resultado es a veces sorprendente aun cuando no haya nada de extraordinario en ello; porque constituye un principio elemental de sicología el que las penas disminuyen al confiarlas a otros. En verdad -puesto que algunos de esos males tienen mucho de irreales- pueden desaparecer por completo cuando se habla de ellos a los demás.

INSPIREMOS CONFIANZA

Pero eso es lo difícil ¡lograr que esos pobres atormentados confíen en alguien! Las circunstancias que rodean su caso pueden ser muy peculiares, muy vergonzosas (así pueden ellos pensarlo), increíbles y hasta ridículas; y por lo mismo pueden experimentar vergüenza en manifestar su secreto. Ciertamente, no lo descubrirán a nadie a no ser que estén convencidos de que la persona a quien se dirigen sea especialmente atenta, sumamente simpática, muy compresiva y muy digna de confianza. Siéntense repelidos por cualquier tinte de superioridad o acritud, o por cualquier tendencia a un tono de crítica. Por lo mismo, si alguno de vosotros aspira a recibir estas ultra confidencias de otros, debéis dar a entender con vuestra corriente actitud que sois las personas en cuyos oídos pueden ellos volcarse sin peligro ni dificultad alguna. Debéis poseer un corazón como el de San Vicente de Paúl, pero si al mismo tiempo conserváis cierto aire de severidad, esas personas no se fijarán en vuestro interior. Debido a su supersensibilidad, se apartarán de vosotros que poseéis realmente el remedio del que tanto necesitan. Pocos hay que inspiren una verdadera confianza, y por lo mismo esos pobres afligidos caminan por la vida guardándose para sí esos pensamientos torturadores; o bien, por pura desesperación, recurren a charlatanes que han aparecido al mismo tiempo que esa clase de personas que no pueden controlar sus nervios. Esa plaga de vividores obtiene una verdadera cosecha de oro, recibiendo dinero de sus «clientes" a cambio de extraños y con frecuencia desastrosos consejos. Sé de cierta persona que no hace mucho pagó 46 libras esterlinas a uno de esos tunantes por un consejo que no puede menos de ser considerado como diabólico.

PELIGROS DEL PSICOANALISIS

El psicoanálisis es el último pretendido descubri­miento para remediar estos males. Ha magnetizado al mundo con su jerga de misteriosas palabras aparentemente eruditas. Multitud de seguidores de este sistema se hallan ahora ocupados en atender a verdaderas masas de personas que acuden a ellos. Hasta ahora dicho sistema ha hecho más mal que bien. Si ha resultado beneficioso para algunos individuos, en general ha sido pernicioso para el conjunto, convenciendo a los más ingenuos de que todos esos desórdenes nerviosos obedecen a inhibiciones" y represiones", palabras que generalmente se entiende significan disciplina moral y restricción de todas clases. De este modo el psicoanálisis ha tendido a trastornar los valores morales. Por lo mismo causa en una gran escala indisciplina y excesos que a su vez hacen germinar los verdaderos desórdenes nerviosos que este sistema profesa tratar de curar.

CAMPO DE ACCION PARA LA LEGION

Tan amplio y "calamitoso" parece ser este campo de los trastornos nerviosos que se ha sugerido que deberíamos aplicar el mecanismo ordinario de la Legión -por ejemplo, un Praesidium- para tratar tales casos. Ese Praesidium incluiría en sus filas a Sacerdotes, Médicos y legionarios de experiencia, todos los cuales en colaboración llevarían a cabo un estudio acerca de cada caso particular y tratarían de proporcionar el oportuno remedio. Semejante Praesidium vendría a ser una especie de telaraña espiritual en la que caerían por si mismas las moscas, una vez hubiera circulado por su sub-mundo el rumor de que aquella telaraña se hallaba "interesada" por ellas, y de que era "comprensiva" y "atenta". Luego, su poder de captación iría en aumento tras una serie de éxitos. He aquí ahora algunas preguntas:

PREGUNTA N. 1: "¿DE QUE MODO SE TRATARIAN SEMEJANTES CASOS?"

Respondo con una sola frase: Mediante una combinación del sistema religioso de la Iglesia, de la ciencia médica, del sistema de la Legión, y del sistema general del sentido común.

PREGUNTA N. 2: "¿QUE TIENEN QUE VER LOS MEDICOS CON TODO ESTO?"

En primer lugar hay que diagnosticar si un caso determinado es meramente "neurótico" y no precisamente "mental". En segundo lugar, he conocido cierto número de estos casos cuyos trastornos desaparecieron bajo la influencia del calcio o de alguna otra droga, o como con­secuencia de otras clases de tratamientos. Los males que parecían tener su raíz en el alma o en la mente eran en realidad el resultado de algún desajuste físico. En verdad esta palabra "desajuste" (ya sea del alma, de la mente o dcl cuerpo) podría afirmarse que es nuestra clave, la cual indica la raison d'étre de nuestro grupo. Desequilibrado de algún modo la relativamente delicada balanza del cuerpo humano, y de ello resultarán automáticamente complicaciones mas o menos graves. Pero con volver simplemente a restaurar el equilibrio de dicha balanza, con toda seguridad esos trastornos quedarán corregidos.

PREGUNTA N. 3: "¿NO ES REALMENTE EN SI COMPLICADISIMO EL PROCESO PARA REMEDIAR TALES COMPLICACIONES, Y NO REQUIERE UN PROFUNDO CONOCIMIENTO DE ESA PSEUDOCIENCIA DEL PSICOANALISIS, O AL MENOS DE LA PSICOLOGíA?"

No lo creo así. Es más, respondería que "No", teniendo en cuenta el experimento que tengo en proyecto. Desde un principio estoy considerando algo, mucho menos intrincado y más sencillo que lo que esta pregunta deja prever. Los métodos de la Legión pondrían en práctica las fórmulas de la caridad antes que las teorías y normas de la ciencia; aunque no excluyo la posibilidad de que nuestro grupo adquiera muchos conocimientos nuevos y aún esenciales conforme pasa el tiempo, y de que incluso desarrolle una técnica característica propia. Pero esto no debe significar más que un complemento o aditamento, incluso sin el cual cuento con que puede hacerse inmenso bien en todos los casos mediante la aplicación de ideas sumamente sencillas en sí. Tened presente que siempre que por razón de conveniencia digo "sicología" no entiendo otra cosa que "ideas fundamentalmente sencillas".

PREGUNTA N. 4: "¿QUE SE ENTIENDE POR FUNDAMENTALMENTE SENCILLAS?"

Por éstas entiendo determinadas normas elementales de salud (espiritual, mental y física) que tienden en general a restaurar el justo equilibrio en vidas que lo han perdido lastimosamente. El procedimiento consistiría en actuar rápidamente desde cualquier posición posible, aun cuando desde un principio se advirtiese que se trataba de un determinado defecto. Este defecto recibiría por supues­to la principal atenci6n, pero se haría lo posible por poner en juego también todos los demás medios, obedeciendo al principio de que un número de cosas pequeñas tomadas en conjunto representan a menudo algo porten­toso; esto es, más bien multiplican que suman fuerzas. En verdad, nuestro principio fundamental puede enunciarse así: Un ataque general basado en el proceso "multiplicador" o acumulativo antes mencionado más bien que en la virtud de un remedio drástico o de una brillante diagnosis.

ALGUNOS PRINCIPIOS BASICOS

He aquí ahora algunas de las "ideas fundamentales sencillas" sobre las que "a manera de principios" el grupo hallaría su modo de actuar:

1. COMPARTIENDO SECRETOS

En principio he hecho alusión a que, psicológicamente, el compartir secretos supone una aportación valiosa.
Añadid a esto los efectos tónicos de la simpatía y del deseo de ayudar.

2. EL PODER DE MOTIVOS NUEVOS

Ordinariamente, el desorden interior ha provenido de motivos falsos, o de una manera equivocada de con­siderar un contratiempo que no tiene nada de extraordinario. Esto produce un estado de rebelión, irritación, etc. -cosas que se superponen como las diferentes capas de una cebolla- de modo que el producto final no guarda proporción alguna con el "núcleo" original. Si por ejemplo, en semejante caso la víctima pudiera ser inducida razonablemente a aceptar el punto de vista de que lo que parece ser una calamidad tan grande o una injus­ticia insoportable, es una parte necesaria de la unión con Cristo, esa parte del que sufre perteneciente a la Cruz de Cristo, entonces se habría cambiado inmediata y radicalmente el modo de ver las cosas (¡o de verse a sí misma!) de esa persona. Se ha suministrado un nuevo motivo que opera interiormente pero de modo infalible, como cuando a una mezcla de productos químicos se le añade un nuevo reactivo.
Bajo el encabezamiento de "motivos" incluiría cualquier consideración, natural o sobrenatural, grande o pequeña, que apelase a la razón y le hiciera oponerse al desorden. Aún cuando ese nuevo motivo no fuera de los que podrían definirse como "dinámicos", juega no obstante algún papel; y nuestro principio fundamental se mantiene firme, esto es, la creación de una tendencia hacia ci equilibrio o ajuste. Como se insistió arriba, esta tendencia se vería acrecentada por cada nuevo "motivo" o influencia, por ligera que fuera en sí misma.

3. CONTROL DEL PANICO

En estos casos especiales gran parte de la desazón proviene simplemente del pánico o de la desesperación.
Nótese que éstos no constituyen en modo alguno parte del sedimento central de la desazón, pero representan una excrecencia a modo de hongo que resulta fatal. En gran parte esa desazón podría haber sido por sí misma capaz de control, pero el pánico hizo su aparición y la razón se ausentó. He aquí un ejemplo de todos los días: es una prueba bastante dura tratar de dominar un coche que acelera su marcha al patinar sobre una superficie resbaladiza, pero ello resulta imposible si a causa de la tensión se le desatan a uno los nervios. La víctima juzga sin reflexión que la cosa no tiene remedio y no hace esfuerzo alguno por controlarlos. Entonces puede suceder cualquier cosa. Aun los males menores pueden enseñorearse de uno si no se lucha contra ellos.

4. AHUYENTAD EL TEMOR A LA LOCURA

La tortura característica de muchos neuróticos es que temen estar locos. Es muy natural que la mente, viendo que algunas de sus operaciones son inexplicables o que se hallan fuera de control, encuentre una explicación fácil en la locura. Entonces el pánico hace su entrada junto con otros ingredientes de perturbación mental en su séquito, produciendo un estado que puede parecer locura, si bien corresponde tan sólo al estado de un nadador sorprendido y desmoralizado por un fuerte oleaje. Entonces, la única esperanza está en depositar la confianza en alguien más, y luego en procurar observar una serie de reglas. De este modo el principal perturbador, el pánico, quedaría reprimido, y el paciente estimulado y sostenido en su tentativa de hacer frente a esas olas emocionales.
Abandonados a nosotros mismos en el momento de la perturbación, no somos más que unos pobres jueces en lo que respecta a nuestra situación mental. ¿De que normas nos servimos, por tanto, para juzgar? Suponed, por ejemplo, que a una persona en semejante estado se le asegura autorizadamente que tiene el cincuenta por ciento de anormal. Sin duda que esta declaración le sumiría en la desesperaci6n. Pues parece certificar que dicha persona está medio loca". Sin embargo de ningún modo esto. Simplemente la compara infructuosamente con un tipo ideal, sin decirle al mismo tiempo cuánto dista el común de las personas de ese ideal. Si la integridad mental ordinaria estuviera representada por la cifra 100, entonces el descender a 50 (en cuanto que esto supone que se está medio loco) sería grave en extremo. Pero si en realidad una persona ordinaria tuviera el 25 por ciento de anormal (y por cierto todos tenemos algo de anormales) entonces nuestra víctima no se halla en la escala más que un 25 por ciento más baja que los más normales. En otras palabras, sólo dista un 25 por ciento de las personas ordinarias de la normalidad práctica. Ahora bien este problema es para él muy diferente del que tendría que afrontar de estar "medio loco". El hecho de darse uno cuenta de esto produce en seguida un efecto saludable, perdiendo el pánico y la desesperación su fuerza estranguladora. Además, es probable que si semejante persona se sometiera de buen grado a una disciplina en el pensar y obrar, incluso ese vacío existente de un 25 por ciento sería superado, y posiblemente acabaría proporcionando a su vida un entrenamiento tal que le convertiría en un miembro más útil a la sociedad que aquél que originariamente había gozado de mayor estabilidad y que por lo mismo se conformó con ella sin preocuparse de acrecentaría.

5. POCOS CASOS SON UNICOS

Otros aspectos de la aplicación de normas falsas se halla en la idea de que nuestro caso es único y de que nuestros sufrimientos son especiales, cuando en realidad puede ser que nos hallemos poco distantes de las categorías normales de excitabilidad nerviosa. Sospecho que la línea general de conducta adoptada en el tratamiento de semejantes casos consiste en confirmar a tales personas en su opinión de que son completamente especiales. Pero yo afirmaría que esto representa una sicología equivocada. Por una razón, como acabo de decir, no es eso generalmente cierto. Otra razón es que se cuenta con desarrollar en tales sujetos un perverso sentimiento de vanidad que luego cerrará el paso a todo progreso.
La rutina convencional en semejantes casos es son­dear el pasado hasta que se desentierra algún suceso o circunstancia que pueda relacionarse plausiblemente con el trastorno presente. Resultado: El paciente se reafirmará en su idea de que es "único". Un caso único tendrá la impresión de que es reacio a todo, excepto a un remedio único. Esto es lógico, me parece a mí. Luego, como los remedios únicos son pocos y difíciles de conseguir, del mismo modo las curaciones serán raras. Pues la mente de tales personas, fundada en la convicción de que su caso es completamente excepcional, adoptará automáticamente una actitud de desprecio y por lo mismo de resistencia a los medios sencillos de tratar su caso, medios que en último término son los que tienen probabilidad de ser eficaces.
De hecho, pocos de estos casos que abrigan la creencia de ser "únicos" lo son realmente. Quizá sean anormales, pero dentro siempre de clases de anormalidad suficientemente amplias, lo suficiente para excluirlos del título de únicos. Una vez se hayan convencido de esto, se encuentran en un estado de receptividad apto para el tratamiento con medios ordinarios; y con ello se habrá ganado la mitad de la batalla.

6. INSISTID EN MOTIVOS RAZONABLES DE ESPERANZA

Es evidente que al tratar con personas cuyas desgracias se ven gravadas por la desesperación, debe tocarse en consecuencia la tecla de la esperanza. Por tanto, hay que descubrir motivos de esperanza y proponerlos al paciente. Pero al mismo tiempo esos motivos de esperanza no deben exagerarse hasta convertirlos en irreales. Este es un error que se comete frecuentemente en tales casos. En verdad, una manera de tratarlos consiste precisamente en esa especie de exageración como sucede, por ejemplo, con diferentes métodos de autosugestión. Mediante éstos se procura convencer a muchas personas de que no tienen nada de particular, siendo así que en realidad les puede estar sucediendo algo muy serio. Me parece que métodos exagerados de esta clase son incorrectos en principio. En primer lugar, existe la probabilidad de que el "paciente" pierda confianza en un guía que recurre al procedimiento de negar la existencia de defectos reales. En segundo lugar, no se puede engañar al entendimiento de esta manera. Con toda seguridad la mente rechazará instintivamente esta especie de broza verbal, a despecho de su profusión, y aceptará solamente aquellas seguridades o autosugestiones que comprenda se aproximan razonablemente a la verdad. Siendo la finalidad de esos «motivos de esperanza" llevar la convicción a la mente, deben ser por lo mismo esencialmente razonables y no forzados. Pues la mente armoniza con la verdad y se ajusta naturalmente a ella cuando ésta es expuesta. "Grande es la verdad y ella prevalecerá."

7. ANTIDOTO PARA LA INTROVERSION

Siendo la introversión -y la enorme cantidad de tiempo empleado en ella- un elemento prominente de las perturbaciones nerviosas, se sigue que el esfuerzo encaminado a dirigir la mente hacia el exterior, y preferentemente a objetivos de un carácter "neutralizador", constituiría un antídoto contra tales indisposiciones. Con esto quiero decir que si a estos pacientes se les pudiera inducir a asistir a otras clases de enfermos (como los que se hallarían en un hospital para cancerosos, o en un albergue de la Legión, o en otros sitios donde se encontrará el dolor en su aspecto más terrible), ello tiene que ejercer una influencia de contrapeso a veces incluso una influencia decisiva. En otras palabras, si pudierais atraer a vuestros neuróticos a la asociación de la Legión o a una organización similar, les habríais hecho recorrer no pequeña parte del camino hacia su mejoramiento.

8. ORDENANDO EL DIA

Parte del mismo procedimiento sería la metodización de un día sin ocupación determinada a base de obras buenas o de la oración. La práctica de algún ejercicio piadoso tendría una fuerza no sólo espiritual sino también psicológica. Muchos laicos podrían recitar con poca dificultad al menos parte del Oficio Divino. La sensación de futilidad puede producir un efecto disgregador sobre un día o una vida. Psicológicamente no sería fútil un día en el que se haya realizado algún acto espiritual de primer orden (tal como la Misa, la Sagrada Comunión o el Oficio Divino en la forma indicada), aun cuando ese día constituya en otro aspecto una pérdida, un desastre, una desgracia, un motivo de desesperación.

9. ACENTUANDO LO ESPIRITUAL

Este lugar donde he estado sugiriendo la posibilidad de desarrollar una especie de ciencia, es asimismo el sitio apropiado para hacer advertencia y para insistir en los primeros principios del legionario. La Legión se esfuerza por obtener resultados que son supranormales. Estima que éstos son un don de Dios logrado mediante la intercesión de la Santísima Virgen. Trata de conseguirlos poniendo en cada tarea tanto esfuerzo, destreza y perfección como le es posible aplicar. De esta combinación e interdependencia entre las fuerzas espirituales y humanas es de donde brotarán buenos y abundantes frutos, incluyendo el agradable fruto de la salud, paz y equilibrio interiores. Pero en todo caso hay que acentuar lo espiritual. Toda obra de legionario debe guiarse por este principio. No menos que cualesquiera otros operarios de la Legión, deben conducirse así aquellos que quieran navegar por ese mar tempestuoso de los nervios que no consta en mapa alguno. Por lo mismo, si los legionarios ponen en práctica una técnica que es buena y de la que se sienten con razón orgullosos, tienen necesidad de ponerse en guardia contra la tendencia natural a apoyarse en esa técnica como si ella fuera el verdadero manantial de su confianza. Es verdad que cuanto mejor sea el sistema, más excelente será la obligación que éste disponga para Dios, y por lo tanto mas podrán esperar los legionarios de Él mediante dicho sistema. Mas si se apoyan en éste indebidamente, se verán abandonados por completo al mismo al tratar de conseguir resultados, y entonces sólo obtendrían los puramente humanos.