CAPITULO VII DESPUES DE LA TEMPESTAD VIENE...


Comienzo por avisar a los lectores que, en este capítulo, las cosas llevarán un paso muy moderado...

Lo contado hasta aquí lleva el sello de la tremolina que causa un bombardeo con sus consecuencias de acometidas fieras. Después de un ataque victorioso, vienen las importantes gestiones de la consolidación para edificar sobre las ruinas de lo que allí había sido destruido. Es éste un período que no destroza demasiado los nervios de los que toman parte. Ni tampoco da ocasión a grandes quebraderos de cabeza, ni al penoso batir del corazón, ni a la bulliciosa excitación que causa el momento del ataque. Y así, como dije al principio puede ahora el lector descansar... siquiera por algún tiempo. Pues aquel período de agitados sucesos que duraron quince días, se cerró con la noche del 17 de julio.

En el capitulo anterior, os habéis enterado de cómo aquella noche, ya bien avanzada, íbamos calle abajo, dejando detrás de nosotros la primera Sancta María, amueblada, rebosante y feliz. Pero lo que no pudimos dejar a nuestra espalda era el fantasma de una duda angustiosa. Nos acechaba muy de cerca susurrándonos Cosas inquietantes para el día siguiente y con aire ceñudo para borrar el recuerdo de la admirable escena en que habíamos tomado parte. Pero, al menos, teníamos por delante una noche de descanso, sin necesidad de madrugar, ni hora fija (tan temida) ni compromiso preciso. ¡Descansad, soldados, que vuestro bregar ha terminado!
Y henos aquí en la mañana siguiente, 13 de julio. Aún no había teléfono en Sancta Maria. Así que hubimos de pasar por allí, para ver cómo iban las cosas. La expresión militar que dice: "¡Sin novedad!", traduce el grato informe que se nos dio; aunque las señoritas Plunkett y Scratton no nos lo dieron así precisamente, ni con tan pocas palabras. Bueno, bueno; allí no hubo ni huidas, ni camorras, ni tan siquiera el mal humor del despertar. ¡Qué gozo aquel! Tal vez se quedarían con nosotros nuestras señoritas alojadas, o por lo menos, la mayoría de ellas. Parecía que nuestra Sancta María era cosa hecha y duradera.
Recorrimos la casa, notando en especial el aspecto de estabilidad que allí era evidente. Cada paso significaba un nuevo pensamiento. Saltaba a la vista, como extrañamente providencial, un rasgo. De ordinario espera uno encontrar el piso bajo dividido convenientemente por los cuartos del frente y de atrás. Pero aquí no era así, para dicha nuestra. La mayor parte del espacio lo ocupaba la sala posterior, que por cierto era buena; mientras que la sala anterior era una pequeña habitación. Uno se pregunta qué se propondría el constructor; pues la mayoría de las familias se verían incómodas con tal disposición. Pero satisfacía nuestras necesidades con misteriosa exactitud. Necesitábamos -y la habíamos logrado- una sala general, lo más grande que fuera posible, y además un cuartito que sirviera como de oficina, salita de descanso y comedorcito, y para las juntas o reuniones de los "legionarios". Por añadidura encontraron allí las señoritas, al poner en la salita su Cuartel General, un lavabo con agua caliente y fría y una gran alacena. Sumemos estas dos coincidencias, tan oportunas, a las muchas que ya llevamos contadas y hay más que de sobra para meditar... y agradecer.

En el Centro de una de las paredes del salón grande, había una alcoba espaciosa, que excitó nuestra curiosidad. Las borrosas palabras de la consagración, que rodeaban el óvalo y serpenteaban en lo alto, indicaban que en tiempos pasados allí hubo un altar. Pero no conocíamos la historia.

Y subimos a lo más alto, al quinto piso, para inspeccionar los dormitorios altos. Diré de paso, que el elevadísimo tragaluz de arriba, que ilumina todo lo hondo de la escalera, era el mismo por donde, un año o dos antes, Miguel Collins hizo una increíble escapada al tejado, cuando se descubrió su presencia en la casa y quedó Cercado, de improviso.

Todos parecían Contentos; y más que nadie, las señoritas Plunkett y Scratton que estaban radiantes de satisfacción. Habían logrado lo que por mucho tiempo buscaban. Aquí tenían lo que hambreaban sus corazones: ocupar todos los minutos con almas necesitadas. Hablaron de los nuevos pasos que habrían de dar, y mi pensamiento voló a aquella primera conversación que tuve con ellas hacía unas semanas en la que decían puras fantasías y yo las escuchaba con lástima... y he aquí que su locura y mi confianza quedaron justificadas al mismo tiempo. El agua se había solidificado bajo sus pies. Al salir de la Casa, mis pensamientos se convirtieron en profunda meditación. Creo que si estuvieran los otros miembros de nuestra tropa, reaccionarían del mismo modo que yo.

Aquí tengo que retrasar un poco el relato pues aún hay materia importante.

Recordarán mis lectores que fue incorrecta mi petición de licencias al Vicario General, Mons. Fitzpatrick, para la reconciliación con la Iglesia de una de las ejercitantes de Baldoyle. Cuando el día anterior los Padres Creedon y Toher volvieron de Baldoyle y hallaron que no sólo había llegado a casa todo el grupo, sino que parecía que aquello era duradero, fueron inmediatamente a entrevistarse con Monseñor, y volvieron a contarle la historia que yo le había esbozado en la noche del domingo. Era él un anciano de mucho aplomo. Escuchó toda aquella serie de acontecimientos singulares, que para otros hubieran sido objeto de admiración, poco más o menos como si hubiera que darlos por descontados. Y esto lo digo, porque Monseñor que había sido muchos anos de su vida Capellán de la Prisión de Mountjoy, tenía mucha experiencia de esa clase de chichas de que tratábamos.

"¿Cuántas esperan ustedes conservar? -fue una de sus primeras preguntas.

"Monseñor, a todas" -replicamos con aire de seguridad.

"Es usted un joven lleno de esperanzas" -fue su respuesta.

"Espero que usted estará en lo cierto. Conozco muy bien la debilidad de esas gentes con quienes ustedes tratan; y lo que puedo decirles es que, si logran conservar aunque no sea más que un pequeño porcentaje, habrán conseguido mucho. Dios bendiga los esfuerzos que hacen"

Y con esto dio al P. Creedon todas las facultades para confesar y para cuantos problemas de orden espiritual surgieran en relación con la hospedería. Así, animados, los dos sacerdotes se despidieron de él y volvieron a la hospedería para la ceremonia de la Entronización que ya he descrito.

Provista de todos los medios esenciales, espirituales y temporales, entró la obra en el periodo de construcción del sistema de hospedaje que, en el pleno sentido de la palabra, sería un día mundial. En aquellos días tuvimos muchas más juntas que la ordinaria semanal del Praesidium. De hecho resultó que tuvimos, por algún tiempo, juntas formales todas las tardes. Leer hoy las actas de aquellas juntas es algo sumamente interesante. Cuántas cosas fueron entonces causa de temores infundados; y por otra parte, cuántos y qué grandes esfuerzos no han dejado huella y nos cogieron en una falsa seguridad. Cuando repasamos las páginas en que trabajaron uno tras otro los secretarios, se nos ocurre la idea de que debieran estar escritas con nuestra sangre; ¡tanto nos costaron las cosas allí escritas! Aquellas páginas son hoy tan viejas que su tinta está descolorida, desvaída, como nosotros, cuyos actos y palabras reflejan hoy muchos nombres de los valientes trabajadores que han recibido ya merecida recompensa.

Pero, conforme vamos leyendo, vemos que en todo aquello nada hubo superficial o baladí al tratar los problemas que nos acosaban. A primera vista, ya vimos con claridad cuál era la misión de la Hospedería. Ni imaginamos siquiera que pudiera sustituir al inapreciable e indispensable Convento del Buen Pastor. Vimos que habría de ser como anillo adicional del sistema -y esto quiero subrayarlo bien- ¡el eslabón perdido de la cadena! De tal manera que su falta fuese una lamentable deficiencia en la ciudad donde no hubiera una Sancta María. Esto habría de ser la Hospedería. El proyecto no era únicamente acoger en ella a las chicas. Lo que intentábamos era volver al número 25 de Blank Street y conquistar a aquellas otras chicas que no pudimos cuando los primeros Ejercicios; y además intentábamos, si fuera necesario, seguir siempre en este empeño. Y lo que es más, queríamos ir a todos los otros números 25 de Blank Street que hubiera en la ciudad y seguir visitándolos de igual modo. Y para colmo, en las primeras juntas se combinaron las cosas para visitar todas las semanas el Lock Hospital y ciertos hospitales que caen naturalmente en el ámbito de la obra de la Hospedería. Por descontado que tendríamos pérdidas. El grado de fe que poseíamos no nos quitaba esta certeza. ¿Pérdidas? ¿De qué clase? La negativa en admitir que fueran cosa cierta, era total. En cuanto dependía de nosotros las seguiríamos continuamente hasta lograr juntarlas de nuevo y con seguridad en el aprisco. Ninguna de las chicas, que hubiera sido una de las liberadas milagrosamente del profundo mar del pecado en aquella primera redada, jamás podría ser olvidada de nosotros o abandonada a su propia rebeldía. De igual modo, aquellas que nos dejasen con éxito estarían ya en contact9 con nosotros, no únicamente para asegurar su perseverancia, sino para hacerlas progresar en bondad.
Cada chica habría de ser tratada como un problema separado y distinto, que habría de ser atendido, como si no hubiera ninguna más que cuidar en la Hospedería. Desde luego, lo primero que había que hacer, era lograr que su fatigado sistema nervioso se repusiese hasta restablecer la normalidad. Cosa fácil de decir, mas no de lograr! La dificultad principal estaba en suprimir las bebidas alcohólicas a que estaban habituadas en diversos grados de cantidad y calidad. Algunas habían ingerido a todo pasto alcoholes metílicos con resultados pésimos. La bebida, más que cosa alguna, había sido la maroma que las tuvo amarradas al mar de la desgracia. ¿Podrían alguna vez verse libres de ella?
Venía luego la cuestión del tabaco. Para ellas la vida había sido encender un cigarrillo tras otro. En los comienzos decidimos no prohibirles el fumar. En su vida anterior, las chicas se habían dado tanto a fumar, que pensamos sería una crueldad y una imprudencia forzarlas a abandonar de repente una costumbre que después de todo no era pecado. Además, el temor de perder los cigarrillos podía en muchos casos decidir en las vacilantes que la balanza se inclinara contra la idea de ingresar en la Hospedería. En realidad, se hizo algo más que permitir que las chicas fumaran. A cada fumadora empedernida se le daba una ración diaria de cinco cigarrillos de una marca conocida y económica.

Y como de ordinario suele ocurrir, la realidad de estos problemas nos probó que no es tan fiero el león como le pintan. La mayoría de las chicas se vieron libres de la tiranía de la bebida desde el primer momento; y lo que aún es más extraño, la racioncilla de cigarrillos resultó ser suficiente para sus ansias. Si a esto añadimos la regularidad de sus comidas, el trabajo ligero y la moderada disciplina de la Hospedería, y, por encima de todo, la marcha de la oración y la frecuencia de los sacramentos obraban maravillas visibles de renovación en nuestra gran familia. Tal vez confirme más que nada todo lo dicho, lo siguiente que tomamos de una carta, dirigida a nosotros por aquel entonces. Lleva como encabezamiento:

"Hermanas de la Merced, 

Baldoyle.

Fiesta de San Ignacio, 1922."
y lleva la honorabilísima firma de la Madre Ángela
Walsh:
"Ayer precisamente llegó su carta; ofrece hoy tan poca seguridad el correo. Sus noticias fueron muy bien recibidas y del mayor interés para todas las Hermanas de la Casa; pues todas ofrecen sus oraciones, penitencias y trabajos por la continuación y perseverancia de las chicas. Hemos visitado por dos veces "Sancta Maria" y quedamos pasmados del aire de felicidad que se nota en las caras de las chicas. Lo que allí vimos es clara prueba de la gracia de Dios."

"Si encuentran ustedes todas las puertas cerradas para otros Ejercicios, háganmelo saber, vengan y hablaremos."

¡Ejercicios! Ya veis que la palabra se nos viene como si fuera idea fija. Apenas habíamos entrado en la Hospedería, cuando ya se volvía a hablar de Ejercicios por segunda Vez; casi al mismo tiempo acudimos a la Madre Ángela, para que otra vez nos prestara su casa. En aquellos primeros días y durante algún tiempo después dábamos una importancia capital, y tal vez desproporcionada, a la idea de comenzar Ejercicios. El primer grupo comenzó una tanda; y fue un éxito extraordinario; tanto, que no podíamos por menos de mirarlo como inspirado por Dios y como la norma de lo que en lo futuro habíamos de hacer. De allí que, al segundo día de vivir en la Hospedería, se presentó un problema atormentador, cuando Maggie Perrin llamó a la puerta diciendo que quería dejar su mala vida y pedía ser admitida. Problema difícil para las señoritas encargadas de la casa. Era bien claro que no debían dejarla marchar, ni podían admitirla; porque era cosa determinada que los Ejercicios fueran la puerta de entrada y no había entonces a la vista Ejercicios. He aquí una nueva crisis que exigía otro consejo de guerra. Sin más, las señoritas Plunkett y Scratton se arreglaron y con Maggie se fueron a Myra House.

Y allí llamaron a algunos de nosotros que estábamos en junta, y se nos expuso el caso. Todos los cuartos de la casa estaban ocupados. De pie en el teatro, hablamos y tratamos. Para Maggie la cosa era sencillísima, ella no pedía ni quería más que ser buena. Eso era todo. No le cabía en la cabeza que por eso solo nos alborotáramos nosotros. Intrigada, escuchaba nuestras preguntas y respuestas. Y comenzó a hablar: 

¿Por qué no se la admitía? ¿No habría acomodo para ella? En aquella casa grande, de seguro que una más no crearía ningún problema.

Le preguntamos si querría ir a alguno de los conventos del Buen Pastor.

No; no quería. Lo que quería era entrar en la Hospedería y ser buena...

-¿Ejercicios? Los haría... y con gusto... porque... vaya... ¡los necesito...!

Pero aquí estaba lo difícil del caso. No había por entonces Ejercicios; y nosotros nos agarrábamos, más que con tesón, a lo que mirábamos como nuestro sistema. Estábamos persuadidos de que a nadie debíamos recibir, si no era por la puerta de los Ejercicios. Nosotros atribuimos a esto, en gran parte, el espíritu de buena intención y de constancia que allí podía notarse. Nos parecía, por consiguiente, que la llegada de esta chica de buena presencia y cara ovalada no era más que una amenaza al sistema de la Hospedería; porque todo dependía de la solidez de tal sistema. No, no podíamos admitirla, si no era pasando por los Ejercicios. Esperábamos, sí, tener otros Ejercicios pronto, tan pronto como camináramos con pie firme y nos arregláramos con algunas de las que teníamos en la Hospedería. Pero, ¿ cuánto tiempo tardaríamos? No lo sabíamos. Y entretanto, ¿qué hacíamos con Maggie?

Angustiados nos miramos unos a otros y a la chica. Peligraba el principio fundamental que mira al futuro de la Obra y, por consiguiente, de muchas almas. De igual modo, teníamos delante de nosotros un alma que peligraba. El problema nos parecía tan grande como los enrevesados de las semanas anteriores. Por fin, fue la misma chica quien dio la solución:

"Si me prometen admitirme para los próximos Ejercicios, me voy derecha al Asilo de la Magdalena y esperaré allí hasta que ustedes estén dispuestos"

Era una solución ideal; y respiramos de nuevo con toda libertad. Solucionaba todos los puntos en cuestión y dejaba intacto nuestro sistema. Así, pues, nos fuimos la señorita Plunkett y yo con Maggie, para asegurarnos de que ningún estorbo en el camino al convento hiciera naufragar el piadoso propósito de la chica. Y así pusimos en salvo en el asilo a Maggie Perrin fue ya era el número 1 del grupo segundo-, que esperó a que fuera tiempo para los Ejercicios. Pero era natural que esta solución no pudiera en sí misma agradar a las monjas, que no admiten a sus penitentes en un plazo de duración limitada.

Ya tengo dicho que en la Hospedería cada chica era objeto de atención individual e intensa. La primera junta de que se conserva acta, manifiesta ya este sistema esmerado puesto en práctica:

Procurar a una tratamiento en el hospital.
Otra, enviada a casa con los suyos.

Arreglar el matrimonio de otra.
Buscar el paradero del marido de otra.
A dos más, trabajos apropiados.
Otra, puesta bajo instrucción.

Mientras que otra -con gran pena nuestra- había vuelto a su anterior modo de vivir. Siendo al punto designados dos "legionarios" para seguirle los pasos.
Y así una semana después de otra seguimos incansables, hasta que aquellas semanas se sucedieron todos los años.

En estos años aquella primera "Sancta Maria" se ha convertido en cuatro (Belfast, Glasgow y Londres); en tanto que otras muchas han salido poco a poco de la noche ideal del ensueño a la luz de la discusión y preparación.

Bueno, pero esto es avanzar demasiado... Y no hay que olvidar que aún estamos en 1922. Y todavía muy lejos de la seguridad de tener una existencia continuada. Un documento escrito de aquel tiempo declara:

"Hasta el presente hay que conceder que el experimento es un éxito. Sin embargo, es sabido que se edifica sobre arena movediza y que lo edificado larga y pacíficamente, puede desaparecer en un solo día"

Concedido; pero la última cláusula, aunque parece sutil y juiciosa, iba demasiado lejos. Porque mucho de lo que se había logrado no se perdería, aun cuando hubiera habido que cerrar entonces la Hospedería.

Las cifras siguientes representan la estadística del grupo a fines de 1922. Las estadísticas podrán ser algo frías, y que no ofrece interés -cuestión de signos fatídicos-, como dijo un célebre estadista nada amigo de cifras. Pero, lector, si estuvieras inclinado a pensar así, recuerda que no son los números, sino los hechos, aquí conservados como reliquias, los que enfervorizaron nuestros esfuerzos y en los que gravita el interés de esta historia:

Casadas con hombres mucho antes conocidos 3
Matrimonios arreglados 1
Hospitalizadas convenientemente 2
Devueltas a sus Casas 2
Empleadas 5 
Malogradas 2 
En la Hospedería 8

Y aún podrá preguntarse: ¿Y con toda seguridad esos números revelan algo estable? Y según pasaba el tiempo, ¿cuál fue su desgaste? Pues tengo delante de mí el registro, llevado al día hasta hoy, con un verdadero fichero sobre cada una. Este registro dice que no hemos retrocedido y que siempre avanzamos. Las que entonces ganamos, siguen; y hemos recuperado las que entonces fallaron. De todas las que tenemos en lista no se encuentra más que un solo caso penoso. Es un caso muy triste. En resumen, fue así:

"Volvió a su vida anterior. Fue admitida en la Hospedería varias veces; pero hizo poco o ningún esfuerzo. En enero de 1933 perdió la vida en circunstancias trágicas, en un período en que estaba fuera de la Hospedería"

De las restantes del grupo, una sola ha dc catalogarse entre las malas del registro; y ésta apenas puede ser catalogada en la categoría de chica del arroyo.

¡Qué demostración tan gozosa del hecho de que, amparados con la palabra de Dios, no hay cosa imposible! Pues, ¿podrá negarse que lo que se juzgaba imposible se ha logrado, o que los resultados de 1938 son digna secuela de los providenciales sucesos de 1922? La historia de la regeneración de esta clase de gente ¿ofrece paralelo semejante? Lo dudo.

Me he hecho violencia a mí mismo para adentrarme, contra mi inclinación, en tales números y pretensiones. Pero tal como han sido consignados, conviene también declarar que el honor de la "Legión" responde de su exactitud. Tal vez, en retorno, esos hechos y números son garantía de la "Legión", del mismo modo que le ocurre a un pájaro él sostiene a sus alas y éstas le sostienen a él. Y habiendo hecho brevemente esta salvedad (para que en especial la recojan las ciudades que aún no tienen "Sancta Maria", o, tal vez ni siquiera la "Legión"), paso adelante dejando ahí esos signos. O mejor aún, pretendo tomar algunos de esos números, que vienen a ser algo así como esbozos de vidas humanas, y volverlos de nuevo a su ser de carne y sangre.

El primer matrimonio fue a modo de un luto. Pero tal vez este acontecimiento interesante quedará mejor enmarcado en otro capítulo.