CAPITULO VIII LOS SEGUNDOS EJERCICIOS


Algo que merece especial mención fue el primer matrimonio; Su arreglo comenzó en los mismos días de Ejercicios y en el jardín de las monjas. Habló Winnie de uno con quien había tratado mucho; pero que con frecuencia le había dicho que no se casaría con ella si no llegaba a convencerse de su enmienda. Apenas terminados los Ejercicios, nos buscó él para preguntarnos si creíamos nosotros que la enmienda de la chica seria duradera. Se le informó que Winnie era la chica que parecía tener más firmes propósitos. Más tarde vino a decirnos que estaba resuelto a casarse. Aquel matrimonio se celebró en la calle Francis el 3 de agosto. Una de las chicas fue la madrina y yo el padrino; papel que después he desempeñado en multitud de ocasiones. El almuerzo de bodas se tuvo en la casa de uno de los miembros de la "Legión"; y la luna de miel se pasó en... ¡ Dublín! Ahora que han transcurrido dieciséis años (1938), creo que es tiempo de juzgar de éste y de cualquier otro matrimonio. Y el juicio es que difícilmente podremos dar testimonio de otro matrimonio más feliz. Ni en un solo día de este tiempo Winnie dejó de edificar; y eso que los tuvo muy duros... la mayoría, señalados por una extrema pobreza.
La primera abjuración fue otro hecho notable. Recordará el lector las dos chicas protestantes que insistieron en acudir a las pláticas, cuando el P. Felipe les indicó que, durante las mismas, ellas podían quedarse fuera. Luego pidieron que se les instruyera, y así se hizo. El 27 de agosto fue recibida en la Iglesia la primera de ellas (que había sido la primera en hablar) El período de su instrucción fue intenso y piadoso; nadie mejor preparada que ella. Tuvo lugar la ceremonia en la capillita cercana a la sacristía en la calle Francis. Ofició el P. Creedon y estuvimos presente seis o siete de nosotros. Aquel acontecimiento está en la memoria de los que fuimos privilegiados como algo único a causa de la felicidad y de la evidencia de la gracia. Al terminar la ceremonia hubo una ligera pausa. La recién nacida para la Santa Madre Iglesia, estaba arrodillada aún, y nosotros esperábamos de pie, cuando el P. Creedon puso de manifiesto nuestros unánimes sentimientos:

"Eva, nos has hecho muy felices. Te damos la bienvenida en nuestra Iglesia."

A veces leemos que la gente suele llorar de gozo. No es cosa que se vea todos los días. Hay que pasar por ello para comprenderlo bien. Nosotros vimos entonces... el prolongado e incontenido llanto del gozo más puro. No era cosa fácil el contenerse y no llorar, aunque uno lo quisiera. Creo que cada uno dijo lo mismo. Algunos lloraron sin tratar de ocultarlo. He asistido después a otras muchas abjuraciones, dos veces mas en el mismo oratorio, con las mismas circunstancias... y también ¡cosa rara!, con chicas de "Sancta Maria", y siempre he visto que el gozo perfecto se derrama en torrentes de lágrimas. Fue algo admirable en verdad, cada una de estas tres ocasiones; pero el caso de Eva fue, tal vez por ser el primero, el mayor de todos. Lloraban ellas como debió de haber llorado María Magdalena cuando su Amado la miró arrepentida y le dijo:
"Amaste mucho... tus pecados te son perdonados."

De entonces a ahora Eva ha vivido en una comunidad de la Magdalena, donde se ha distinguido por su santidad. No hace mucho que recibió la Extremaunción.

Su compañera protestante en los mismos Ejercicios fue recibida en la Iglesia en la tarde del 4 de septiembre de 1922. Se casó dos años más tarde. Después de años de vida matrimonial muy feliz, ha quedado ahora viuda con tres preciosos niños.

Y este relato de sucesos notables va a terminar por ahora. Porque el recuerdo del 4 de septiembre es un toque de rebato a la memoria, que la obliga con toda urgencia a dar de lado a tan agradables pensamientos. Otra vez estamos en pie de guerra... y de repente, pues comenzó en la misma tarde de la mencionada recepción. Conforme iba disminuyendo el número de chicas en la casa, con persistencia nuestra preocupación se volvía hacia los próximos Ejercicios. Teníamos una Hospedería completamente amueblada y con espacio suficiente. A esto añadíamos que en Baldoyle se nos daban las mismas facilidades. Y, no obstante, tardamos un poco. ¿Por qué? Pues parte por el hecho de que no sabíamos dónde dar primero el golpe. O mejor, supongo que era un miedo al fracaso. No podíamos desechar la idea de que los primeros Ejercicios habían sido en un 99 por ciento cosa de milagro; de que tales cosas no se hacen con una palmadita dada a tiempo, y de que no podríamos dar un golpe acertado por segunda vez. Y en parte también creíamos poder contar con lo ocurrido antes; y casi esperábamos una señal. De todos modos, lo que allí pasaba es que dudábamos. Pero no debió de ser una duda por completo indigna de nosotros, pues la señal vino... y vino ex-abrupto. Al punto todos nos pusimos en movimiento, como se ponen los corredores cuando suena el tiro de pistola. Y entonces comenzaron a ocurrir las cosas con la exactitud y en el ambiente que caracterizaron los sucesos de julio.

Era la tarde del 4 de septiembre. El P. Creedon, el P. Toher y yo nos hallábamos sentados en uno de los cuartos del primer piso en la calle Francis. Había pasado un ratito desde la recepción antedicha. Desde luego, el tema de nuestra conversación era ... la "Legión" No estoy muy seguro ahora de si discutimos o no la cuestión de los Ejercicios. Pero creo que sí; porque los Ejercicios eran para nosotros el estribillo del día; apenas teníamos otra idea que no fuera ésta. Entró el ama de llaves y dijo que abajo había una mujer que deseaba ver al P. Creedon para hablarle de una hija que tenía en el número 48 de la calle Cliffton. Esta noticia tan sencilla vino como a electrizarnos... Era esta la señal que esperábamos. Parecía ser así en realidad. Puesto que el número 48 de la calle Cliffton era una casa semejante a la del número 25 de Blank Street; una casa de hospedaje para chicas del arroyo. Hasta entonces aún no había sido visitada, y desconocíamos por completo el número y los nombres de las chicas allí residentes. Bajamos los tres para hablar con aquella mujer. Comprobamos que era una buena mujer de la calle Glurester. Nos contó su historia de una manera vaga y patética. Su hija Queenie, decía ella, había nacido para destrozar el corazón de su madre; y obra tan triste estaba cumpliendo en aquellos días. No faltaron detalles. Pero todo quedaba resumido en esto: que una tal Peg Talkie (el nombre que nos dio era tan estrambótico como este) se había llevado de casa a su Queenie para arrastrarla por los caminos de la desgracia; y ahora vivían las dos en el número 48 y... ¿No podríamos hacer algo para devolverle a su Queenie? No es que su hijita fuera una viciosa, sino que todo era obra de Peg (Dios la juzgaría). Le habían dicho que para arreglar una cosa como ésta, lo mejor era dirigirse a la nueva Hospedería. Y allí fue ella; pero los de la Hospedería la mandaban a nosotros. Y la pobre mujer allí estaba llorosa, mirándonos a los tres, uno después de otro, suplicándonos por la vuelta de su descarriada hija; muy satisfecha de haber logrado saber que si nosotros nos tomábamos esa molestia, podíamos volver a los brazos de su madre aquella hija pródiga.

Le pedimos la dirección y le prometimos hacer cuanto pudiéramos. Cuando se hubo ido la mujer, discutimos brevemente la situación. Convinimos en que lo acaecido era una señal providencial para que comenzáramos por aquella casa en particular, y, al mismo tiempo, una excusa excelente para visitarla. Estábamos con formes en que sería mejor no acercarnos en grupo a la casa, pues queríamos evitar la curiosidad pública, excitada por nuestras visitas a Blank Street. Por la misma razón se juzgó preferible el que fuera yo y no ninguno de los sacerdotes. Así que me puse el sombrero y me fui derecho. La casa se levantaba en una plaza espaciosa. Unas escaleras de piedra conducían al vestíbulo, que aquel día estaba abierto y acogedor. Y en la escalera superior estaban de pie unas chicas, al parecer residentes. Les hablé y pregunté si estaban en casa las chicas cuyos nombres he mencionado. Me aseguraron que no; indiqué que pudieran estar con nombres falsos y que entraría en la casa para buscarlas yo mismo.
No di a entender que yo no tenía ni la más ligera idea de la cara de las chicas que buscaba. Entré en la sala.
Una de las oficiales de la casa salió del recibidor exterior y me cerró el paso. "¿Qué quería yo?" Y repetí mi cuento de Queenie y Peg. Otra vez me dijeron que no estaban allí, y de nuevo indiqué que acaso usaran nombres falsos, y que yo quería buscarlas por mí mismo y ver a todas las chicas. Me dijeron que yo no podía husmear así por la casa. No hice caso, y dije a la mujer con quien hablaba que mi investigación no sería muy intensa; pasé adelante a las salas y a los pisos. Me pareció mejor subir primero a los cuartos superiores. Y pensé que el armarme una camorra les sería más fácil abajo que no arriba, en el tercer piso, pues la ley de la inercia haría que no se movieran y me dejaran en paz. Pero me equivoqué. Estaba ya para llegar a lo alto, cuando oí que unos pesados zapatones golpeaban de modo salvaje las escaleras. Un hombre subía a toda prisa. Aquello no iba bien para mí. Significaba o una pelea o ser lanzado con ignominia. Sin embargo, me di más prisa y ya estaba hablando con las chicas que ocupaban el cuarto alto de frente, cuando mi perseguidor entró furioso.

Era el hijo de la propietaria. Yo le conocía tan sólo de nombre. Pero, en su esfera, era un individuo muy conocido. No era hombre para meterse con él. Acalorado, me preguntó qué quería yo con meterme dentro de la casa. ¿No se me había dicho abajo que no debía yo recorrer así la casa? Le traté con suavidad y una vez más volví a contar mi historieta. Dije que no pretendía yo estorbar; que pensé que la mujer de abajo no quería complacerme; y que sabía que los propietarios nunca querrían estorbármelo, de conocer ellos la naturaleza de mi gestión. Escuchó él malhumorado; pero mi mansedumbre ganó la batalla. Pensó un poco y me miró con los ojos medio cerrados. De mala gana dijo que podía seguir adelante, pero que él me acompañaría. Sólo se me ocurrió más tarde que aquella actitud de cerrarle a uno el paso era ni más ni menos que guardarse ellos las espaldas. La presencia de un hombre en una casa como aquélla podía, en ciertas circunstancias, crear al propietario una situación difícil con la Policía. Y recorrimos toda la casa juntos... aquel hombre y yo. No pretendió ni siquiera acelerar nuestra visita, y eso que yo andaba a paso de tortuga. Aún más; colaboró conmigo de modo positivo, introduciéndome y explicando el porqué de mi presencia. Es claro que en cada cuarto ya tenía que hablar de Peg y de Queenie y de la apenada madre de ésta. Luego vendría la invariable seguridad de mis oyentes de que la pareja no estaba en casa. Pero alguien había oído algo de ellas e iban surgiendo indicaciones de gran ayuda acerca de cuándo y dónde habían sido vistas la última vez y de quién podía al presente localizarlas. Luego la conversación venía a girar invariablemente sobre la "Sancta Maria" y el 25 de Blank Street. Desde luego que todas habían oído hablar de lo ocurrido, aunque del caso tenían algunas ideas muy extrañas y equivocadas. Y vino una verdadera lluvia de preguntas. ¿No se había escapado de la Hospedería Josie, de tal y cuál? ¿Y no era la casa un poco mejor que Mountjoy? (Cárcel nacional).

A esto último, la réplica era cosa fácil, pues si la "Sancta Maria" era una prisión... ¿cómo pudo escaparse con tanta facilidad Josie? Además de que si el que una o dos se fueron de la hospedería fuese una razón en contra, el que se quedaran otras veinte chicas eran tantas razones a favor. Al llegar a este punto pedí ayuda efectiva a mi acompañante, que era asiduo asistente a las carreras de caballos, para que confirmara él que esos casos aislados daban una proporción de diez por uno en favor de la Hospedería. Su asentimiento, un poco dudoso, causó risa entre las chicas, que yo aproveché para recalcar que el caso daba una proporción de veinte por uno, pues se había dicho que Josie estaba casi resuelta a volver. El razonamiento y las críticas crecían con buen humor. Apenas resuelta una dificultad venía otra: "¿No estaban las chicas en "Sancta Maria" medio locas por falta de tabaco y de bebidas?" "No; no lo estaban. Tenían cigarrillos como para enterrarlas con ellos. Y no parecía se acordaran mucho de la bebida". Mas esto último no parecía convencerlas, y en cada cuarto se repetía la canción de mi incredulidad. ¡Caramba! ¡Si la sola mención de la bebida ponía ya sedientas de una copita a la mitad de las chicas que me rodeaban! Y argüían según su propio sentir. Estaban acostumbradas a muchas copas por día... y algunas, por hora. Las copas eran una necesidad para ellas. ¿Cómo podrían vivir todo el día de Dios sin una sola copa? Esta era la objeción más dura. Se podía leer en las caras de los oyentes. Y lo único que yo podía argüirles era: "Lo que han hecho vuestras compañeras... ¿no podéis hacerlo vosotras? ¡Probadlo!"

Ya se echa de ver que la labor de persuasión era muy distinta de la de Blank Street el 13 de julio. Aquí ya no eran las chicas que luchaban violentamente entre el pánico y la confianza, dispuestas a dar crédito al más infundado rumor de una conjura para encarcelarías. Este era un caso de la lucha natural entre las buenas intenciones y los bajos instintos o una mortal inercia.

Por fin se acabó la visita. Cada uno de los cuartos fue registrado y a cada una de las chicas se le había hecho una invitación. Eran entre todas unas quince, incluidas tres de dieciocho años de edad. Todas quedaron muy interesadas. A pesar de la presencia de la directiva, que ejercía cierta presión, algunas de las chicas me dijeron allí mismo que vendrían. Ya se ve que era mucho lo logrado. Pero tal vez se precisara otra visita u otras, para asegurar los SI y cambiar los NO y fijar la resolución de aquellas que aún no se habían decidido ni por lo uno ni por lo otro. ¡Y qué doloroso presentimiento el mío! ¿Se nos permitiría volver a hacerlo?

Aun en posesión de una excusa plausible, estuve yo entonces inclinado a creer que no. Pues con toda seguridad la propietaria se resistiría a que así como así se le vaciara la casa. Me dirigí a mi acompañante:

"¿Puedo volver mañana a continuar mi charla con las chicas?" Y tal es la virtud innata de la pobre naturaleza, que la respuesta no se hizo esperar: "¿Cómo no?"

Agradeciéndoselo de corazón salí y me apresuré a volver a la casa parroquial, donde pude alegrar a oyentes muy interesados con el relato de lo ocurrido.

Al día siguiente me acompañó el P. Creedon y volvimos al número 48. Empleamos varias horas en recorrer la casa. Casi todas las chicas se mostraron ávidas de aprovechar la ocasión y enderezar sus vidas. Dos se quedaron en duda. Sólo una se negó rotundamente. Y dio dos razones: primera, que era protestante, y segunda, que no podría vivir sin una constante provisión de bebida. Se emborrachaba esta chica muy de madrugada; y así permanecía hasta dormirse. En el curso de nuestras visitas se puso especial atención en esta tan inteligente y hermosa muchacha. Era una pena pensar que no atraparíamos un pez tan gordo. Su vida era algo sorprendente. Nacida de matrimonio mixto en otra ciudad, había sido educada en católico, aunque por negligencia su afirmación contraria era falsa. Muy joven rodó por las calles, siendo luego su vida una carrera de escándalo desenfrenado. Su historia podía ser la historia de las tres ciudades. Porque tres ciudades sufrieron su presencia. Una acción radical de la Policía en las dos primeras la obligó por fin a emigrar a Dublín, donde por algunos años había sido una figura muy notable. De su carácter turbulento -y extraordinaria fuerza- puede darse una idea por su graciosa jactancia de que para arrestaría nunca se necesitaron menos de tres policías. Pero, no obstante, habían logrado arrestaría muchas veces; ¡¡Alrededor de unas ciento!! Tal era Daisy Warner.

Una de las chicas, de dieciocho años, era protestante. Otra era apóstata. Cada caso tenía mil circunstancias interesantes; pero es obvio que el interés nacía de sus locas vidas.

Cuando aquel día salimos del número 48, inmediatamente nos pusimos a hacer los preparativos para los segundos Ejercicios. De nuevo Baldoyle sería el sitio. Y ¿quién daría los Ejercicios? ¿Qué otro mejor que el Padre Felipe, que dirigió aquellos memorables anteriores? Y, a Dios gracias el P. Felipe podía darlos. Quedó todo fijado para el siguiente lunes, 11 de septiembre de 1922. Los Ejercicios se harían según el plan de los primeros.

En los días anteriores al 11, los legionarios visitaron todos los días el número 48. Y para sofocar de una vez todas las dudas que aún tenían sobre "Sancta Maria", se juzgó conveniente llevar en una ocasión un par de chicas de la Hospedería. Su evidente satisfacción, su presencia notablemente mejorada y su testimonio fueron de gran fuerza.

Y pensando reunir un nuevo grupo de unas veinticinco se visitaron también otras fonduchas del lado sur de la ciudad. También fue visitado el número 25 de Blank Street, donde había quedado viviendo un pequeño grupo desde la primera limpieza. En relación con las chicas que habían manifestado su intención de dejarlo para los segundos Ejercicios, se tuvo buena cuenta de tomar esto como nuevo motivo. Cada una se había comprometido a no andar callejeando y se había hecho el pago de su hospedaje con esta intención.

Era indudable que, al revés de los días de julio, éstos no tenían aquella calidad de tempestuosos. Pero no nos engañaron con una falsa impresión. No fueron tiempo de placer. Fueron días de ansiedad agotadora, con momentos que significaron para nosotros algo así como ataques de corazón. Comparados unos y otros nos sentimos más seguros de ellas y de todo.

¡Por fin, el lunes, día 11! El día se presenta adornado con todo el primor tradicional para nuestros días de Ejercicios. El vehículo -el mismo de la vez anterior- está listo enfrente de Myra House. Las chicas van presentándose, y se juntan los curiosos aunque no tantos ni tan excitados como la primera vez. Las cosas se van tomando con la tranquilidad que da lo conocido; así es más saludable. Al llegar el momento de la partida, las chicas han llegado a ser tantas como para indicarnos que no fallan los Ejercicios por falta de número. Sentimos gran placer viendo entre ellas a la dudosa Daisy. También estaba allí Queenie, la de la Compañía Peg & Queenie. Había sido descubierta en otra fonducha. No nos damos prisa porque suban al vehículo. Había Corrido el rumor de que algunas personitas, que dábamos por perdidas, estaban en camino. No queríamos perder ni una sola chica por una servil sujeción a la puntualidad. Por fin contamos veintiséis, que eran el resultado de otras veinte nuevas y de seis que aún quedaban en "Sancta Maria"; ésta quedó cerrada durante el tiempo que duraron los Ejercicios. A ellas nos añadimos nosotros. Todos encajonados en el vehículo, se dijeron y gritaron adioses y... en marcha!

Nuestro camino es el mismo de la vez anterior. Estamos seguros del sacerdote, y así no tenemos que parar en el convento de Franciscanos, ni tenemos que mirar al Parlamento, donde al pasar la primera vez todo era animación, multitudes, soldados armados y largas filas de hombres agarrados a cuerdas haciendo un pobre simulacro de guerra con movedizas paredes y pilastras. En dos meses la destrucción de aquel edificio del Estado pasó a la historia. Más adelante, bordeando el río, corríamos hacia otras ruinas de la guerra, la destrozada Aduana. Luego, veinte minutos más tarde, otra vez Baldoyle y el cordial recibimiento de la Madre Ángela y de sus monjas. Han comenzado los segundos Ejercicios.

Parecen muy distintos de los de la otra vez los actuales presagios, algo así como la diferencia que hay entre ir por una carretera asfaltada o abriéndose camino por inexplorada selva. Esta vez tenemos cierto sentimiento de seguridad. Por mucho habíamos pasado ya y mucho habíamos aprendido. Estos Ejercicios son ya para nosotros algo rutinario, sentíamos que podíamos mirar adelante con confianza y dar realidad al fantasma del futuro. Pero, cuando así pensábamos, vino a amenazarnos un rudo golpe. Poco después del té, una de las mujeres -un carácter dominante (¡Señor, y... por qué esta clase de caracteres han de inclinarse al peor lado!)- se vino a nosotros para manifestarnos su intención de marcharse en aquel mismo momento. No tenía ninguna queja; pero quería marcharse. Le suplicamos sin ningún resultado y fue a arreglarse para la marcha. Cuando volvió traía consigo, y vestidas para marcharse, a dos o tres de las que más que hacer nos habían dado para atraerlas: las chicas de dieciocho años. Aquello era aterrador. Las rodeamos, les rogamos, suplicamos, les razonamos. Pero no hicieron caso de cuanto les dijimos. Y las tres se perdieron en la oscuridad de una tarde de otoño para meterse en la trágica lobreguez de la gracia rechazada.

Y nos dejaron, como dice el poeta, en la inmensidad de la desgracia. Por unos momentos sentimos el terror de una escapatoria general. Mas ninguna otra hizo nada por irse. Y los Ejercicios siguieron con las diecisiete nuevas y los seis viejos tesoros, galantes, hermosas y bien dispuestas. Sin embargo, ya no nos dejó en toda la tarde la atmósfera de tristeza. Y así acabó para nosotros aquel día de triunfo.