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CAPITULO VIII "PESAD EL PENSAMIENTO QUE FLUYE DEL CORAZON HUMANO..." ("La Reina de las Hadas", de Edmond Spencer) El mal más grave que puede amenazar a cualquiera en la vida es el hacer que lo natural haga zozobrar a lo sobrenatural. Esto no constituye meramente un peligro; sino que es algo casi inevitable. Ya con el despertar de la razón, lo visible, lo sensible (que es lo natural) desciende sobre nuestra alma a manera de un gran diluvio. Esto sitúa a la mayoría de los hijos de Adán ante un serio peligro. Pero suponed que superamos felizmente la totalidad de ese peligro, ¿qué sucederá entonces? Habiendo salido a flote de la marea destructora del pensamiento irreligioso e impío, y quedando colocados sobre un derrotero con rumbo al Ararat celestial, ¿acaso entonces navegará el alma sin desviarse de esa ruta? ¡Desgraciadamente no! La travesía espiritual (lo mismo que la del verdadero amor) no se lleva a cabo ni en línea recta ni con facilidad. Felizmente, nos hemos librado de la catástrofe. Hemos hecho de lo espiritual nuestra estrella guía. Navegamos a gran velocidad. Por lo mismo todo debería ir bien. Pero, sea por un capricho estrambótico que reside dentro de estos nuestros pobres cuerpos, sea por lo que fuera, el caso es que parecemos ser incapaces de hacer nada completamente bien. Huimos de una exageración y caemos en la contraria. Habiendo apartado nuestra vista de Escila, nos hallamos en el abrazo mortal de Caribdis. Como el péndulo, oscilamos de un extremo a otro, como si realmente no tuviéramos otra idea que la de mantenernos alejados del punto central, del dorado punto medio. Pero entre nosotros y ese péndulo existe una diferencia: con esas oscilaciones el péndulo cumple su finalidad; en tanto que nosotros tendemos a frustrar la nuestra. Ese diablillo del extremismo hace de toda circunstancia de nuestra vida un juguete para sí, de modo que nuestro avance no tiene lugar en línea recta, sino en excéntrico zigzag. ¿Cuál es el extremo opuesto al que podemos tender cuando hemos librado a nuestra alma de lis garras de lo puramente natural y nos proponemos objetivos sobrenaturales? LO NATURAL Y LO SOBRENATURAL El extremo opuesto a esto es descuidar lo natural. Obramos como si lo único que importase fuera tener fe, orar, cumplir con los deberes religiosos, evitar el pecado. Naturalmente, cuanto más hagamos esto, tanto mejor; porque estas cosas son básicas. Lo que pasa es que una vez echados esos cimientos, cualquier clase de superestructura nos satisface. No sentimos la necesidad de discurrir, de tomarnos las molestias que los hijos del mundo se tomarían por sus empresas. Nos conducimos como si la religión fuera no s6lo una excusa Sino una justificación de semejantes defectos. Mientras realizamos el viaje de la vida, estamos dispuestos a actuar como si lo natural y lo sobrenatural fueran dos caminos que van uno junto al otro, como ocurre, por ejemplo, con una línea de ferrocarril y una carretera ordinaria. Si viajamos por uno de los caminos, nos apartamos mentalmente del otro. De vez en cuando puede ser que, impulsados por el aburrimiento o por la curiosidad, echamos a este una ojeada, pero como si no tuviera nada que ver con nosotros. ¡Oh, mas esto es tener una idea lamentablemente errónea del viaje del alma a través de la vida! Lo natural y lo sobrenatural no son rutas alternativas de una de las cuales tenemos necesariamente que apartarnos cuando emprendemos la otra. Por el contrario, se trata de dos trayectos complementarios el uno del otro y esenciales el uno para el otro. Una imagen más exacta (en realidad la auténtica imagen) es el caso del cuerpo y el alma. Ambos se hallan, por decirlo así', fundidos el uno con la otra; cada uno de ellos actúa únicamente mediante el otro. ¡Eliminad el uno o la otra, y...! LA NATURALEZA Y LA GRACIA EN LA OBRA DE LA LEGION Lo mismo sucede con la
naturaleza y la Gracia. Debemos obrar sobrenaturalmente, pero al obrar
debemos servirnos de la naturaleza, esto es, de nuestras facultades,
y por tanto de las personas y circunstancias que nos rodean. Como sabéis
ya por propia experiencia, el sistema de la Legión se ha atenido
a ese principio de la interdependencia de la naturaleza y la Gracia,
y ha basado en él esa insistencia suya acerca de la perfección
en el método. Hace acerca de esto algo así como lo que
el perro lleva a cabo con el hueso que durante tanto rato mordisquea
antes de engullirlo. Os encontráis dicho principio ante vosotros
en toda ocasión, hasta que finalmente empieza a hacer ver al
novato más despreocupado e irreflexivo que algo hay en él,
que es precisamente la idea que todo ese acosar e insistir quería
inculcar. EL PUESTO DEL ENTENDIMIENTO Damos por supuesta la existencia del entendimiento porque éste constituye parte de nosotros. Pero si tuviéramos que establecer distinciones en nuestras operaciones intelectuales, y considerar el entendimiento como, si no fuera más que el instrumento de facultades aún más nobles, todavía quedaría en pie la siguiente dificultad práctica: ¿Qué debemos hacer respecto a él? Incluso quienes se dedican al estudio del entendimiento saben muy poco acerca de él, y para todos los demás es tierra incógnita, terreno desconocido, que no consta en mapa alguno. Entendemos lo que acontece inmediatamente después de las operaciones de nuestros sentidos. Pero más allá de ellas, ¿qué idea tenemos acerca de cuanto continua sucediendo dentro del cráneo? ¡La misma poco más o menos que tiene la mayoría de las personas acerca de cuanto tiene lugar en el interior de un aparato de radio! Pero si el entendimiento es un instrumento y por lo mismo controlable, ¿no constituiría una ventaja, y por cierto una ventaja inmensa, el que pudiéramos hacernos alguna idea sencilla pero expresiva acerca de su funcionamiento? Pues entender esto último necesariamente supone poseer un control eficaz. Es provechoso aprender a modificar la velocidad a que funciona una máquina ordinaria. Evidentemente, toda inspección acerca del funcionamiento del entendimiento, por ligera que ella sea, nos colocaría en mejor situación para ejercer influencia sobre las acciones que siguen a las operaciones mentales. La mayoría de los actos humanos son ingobernables. Incluso la conducta de los mejores inclinados no responde evidentemente a sus intenciones. Considerad lo que nos ocurre a nosotros mismos, a la Legión. ¡Qué inmenso bien se seguiría para las almas si pudiéramos convertirnos en engranajes tan sólo un poco más responsables dentro de nuestro audaz programa apostólico, con el fin de que éste pudiera operar «conforme a un plan"! Pero permitidme una pausa a fin de tranquilizaros respecto a mis intenciones. No pretendo llevar a cabo ninguna disertación sobre Psicología; no me encuentro capacitado para ello. Si esta razón no valiese por todas, una segunda sería el que con cuanto mas sencillez pueda expresarme, tanto mayor probabilidades tengo de ser eficaz. Importantes conclusiones pueden resultar oscuras como consecuencia de una disquisición excesiva. Ni es mi intención
naturalizar la religión, sino más bien, en conformidad
con el estilo adoptado por la Legión, tratar de sobrenaturalizar
lo natural. Voy a sugerir unas pocas ideas sencillas acerca de cómo
ejercer influencia sobre el entendimiento, por supuesto teniendo en
cuenta de modo especial vuestra actuación y vuestros problemas.
Necesariamente, semejante influencia será limitada, será
verdaderamente un caso de control a distancia del que tanto habla el
mundo científico. Pues como ya he dicho, las operaciones mentales
son a la vez oscuras y complejas. En el entendimiento tiene lugar una
inescrutable fermentación en conexión con el pensamiento
más simple. IDEANDO UNA BRUJULA MENTAL Nuestras decisiones son
muchas veces erróneas o al menos débiles, debido a que
existe una gran mezcolanza en ellas. Incluso cuando logramos que sean
acertadas, ¡por que tortuosos y torturados senderos han sido conseguidas,
con cuántos peligros en el camino y con cuanta pérdida
de tiempo y energía a lo largo de todo él! ¡Oh,
si al menos pudiéramos idear una especie de brújula mental
que nos señalase la verdadera dirección en medio de esos
desiertos y tinieblas, de esos espejismos y tempestades cerebrales! Aplicad esta imagen al entendimiento. Según los objetos acumulados sobre esos platillos por los sentidos, y sujetos a las operaciones del raciocinio, prejuicio o pasión, el indicador registrará un resultado u otro. Para nuestros propósitos ese indicador significa acción, porque normalmente la acción será el resultado de las decisiones del cerebro. Según sea la oscilación de esa aguja indicadora actuamos en su sentido o en el contrario, o quizás no actuamos en ningún sentido, si la aguja, por no haberse llegado a ninguna conclusión, señala neutralidad, indicando que los platillos se hallan equilibrados. MOTIVOS DE PESO Los pesos mayores que se colocan sobre los platillos constituyen nuestros motivos, buenos o malos. ¡Sabéis por los relatos acerca de detectives cómo tratan estos de averiguar siempre los motivos de la muerte de una persona que ha sido hallada sin vida! Los motivos pueden definirse como los principios fundamentales de la acción. Pero están lejos de constituir algo fijo. Todavía menos pronosticables son los pesos más pequeños, esto es, motivos menos considerados, las emociones e ideas fluidas de todas clases. Estas se hallan, todo lo más, medio controladas. Lo mismo que el viento, pueden a veces moverse con tal rapidez e imparcialidad que dan la impresión de que soplan de todas las direcciones a la vez. Basados en todos esos factores tan variables e inciertos, las operaciones mentales resultan infinitamente complicadas. Sondear sus profundidades es algo que se halla más allá del poder del hombre mortal. Pero esa imposibilidad no impide a las personas intentarlo. El número de libros que se han escrito con ese fin -si no tan grande como el de las arenas del mar- son al menos muchos. ¿Pero que han enseñado realmente? Los hombres siguen todavía luchando con el problema del pensamiento. Sin embargo, después de tantos siglos de pensar acerca de cómo pensar, ¿no es evidente que nunca estuvieron haciendo eso menos científicamente y que sus juicios nunca fueron menos dignos de confianza? Han echado a un lado los antiguos motivos cristianos y las normas para pensar que en otro tiempo aceptó todo el mundo civilizado, y que son realmente científicas en cuanto que eran consistentes e implicaban la ley, el raciocinio y un construir con método. A este excelente código le ha sustituido una enmarañada ley mental, una conglomeración a modo de la que tiene lugar en las pesadillas, de antojos regionales, raciales y personales que no pueden ser justos, y que tienen que conducir por el camino opuesto a la civilización. Pero esto no deja de ser una digresión inútil. Volvamos a nuestra máquina de pesar. Un platillo de la balanza desciende como resultado natural de pesar dos series contrarias de pensamientos, y tiene lugar una decisión. Mas, ¿ha prevalecido el lado conveniente? Sabemos muy bien que con mucha frecuencia (desde el punto de vista ideal o más noble) ha prevalecido el lado menos adecuado. Además, si la balanza se halla en equilibrio, ¿prueba ello que un lado es esencialmente tan bueno como el otro? No, ello significa que en platillos opuestos se han colocado partidas que atraen igualmente al entendimiento, pero que pueden estar muy lejos de tener el mismo valor. Por ejemplo, si en uno de los platillos de una balanza ordinaria se coloca material de oro y en el otro, material de hierro de igual peso, los platillos nos asegurarán que son idénticos. Si dejamos que el entendimiento actúe por sí solo, errará de una manera igualmente estúpida. Pero objetaréis: es exagerado comparar los toscos movimientos de los brazos de una balanza con las operaciones intelectuales. Sin embargo no me retracto. En realidad voy más allá. Es más seguro aceptar esa decisión del hierro frente al oro, de los platillos, que aceptar los juicios incontrolados de la mente. Pues la parte emocional y la sensual pesan en los platillos mentales más de lo que les corresponde. Ofuscan las consideraciones intelectuales y espirituales, de modo que según sea el platillo en que descansen, así es la decisión que tienden a determinar. A menudo la dictaminan antes de que se pregunte sí o no, y ordinariamente a favor de las cosas mas bajas. Aun cuando se hallen en el lado conveniente o ideal, ello no constituye más que una casualidad feliz. Pero nuestro destino no puede estar a merced de la casualidad ni siquiera de una casualidad feliz. Por lo tanto veamos si podemos establecer alguna ley y poner algún orden dentro de la maraña intelectual. LEY EN LA MARAÑA INTELECTUAL Comienzo con unas pocas
consideraciones importantes: Primera: La regulación del entendimiento
sólo puede ejercerse indirectamente. No podéis manejar
el entendimiento del mismo modo que moveríais el mango de una
calandria, ni como conduciríais a un caballo por sus bridas.
El control sobre el entendimiento es mucho menos directo, pues posee
una independencia peculiar, propia de él. Este no es la misma
cosa que VOSOTROS. El procedimiento debe tener lugar influyendo sobre
el entendimiento y no empujándole. Esa influencia debe llevarse
a cabo mediante la movilización o el manejo planeado de los motivos.
Segunda: Esa influencia debe ejercerse dentro del proceso de la formación
de un juicio, y no a continuación de él como si se tratase
de una apelación a un tribunal de mayor categoría. Pues
cuando las circunstancias de un caso han sido sopesadas en el entendimiento
y se ha llegado a una decisión, a menudo es difícil intervenir
eficazmente. A esas alturas el entendimiento se halla más bien
en la situación de un caballo desbocado o de una avalancha. Por
lo tanto hay que anticiparse PENSAD POSITIVAMENTE Para nosotros legionarios, que tratamos ordinariamente de llevar a cabo empresas difíciles, y casi siempre desagradables, constituye un principio fundamental pensar positivamente. Debemos estar más interesados acerca del objetivo que hay que alcanzar que de los obstáculos del camino; y más preocupados acerca de la causa a la cual servimos que de las fuerzas -exteriores e interiores- que se alzan contra nosotros. Entre estas últimas no será la menor nuestro antiguo adversario, el miedo. Este es uno de los mayores enemigos en la vida. Se halla al acecho en toda situación. Muchas veces se manifiesta sin disfraz alguno, cuando somos presas de un miedo cruel y violento. Fuera de esas ocasiones se esconde bajo formas más sutiles y menos identificables. Entre éstas tomad nota especial del respeto humano, de la hipersensibilidad acerca de la reputación, del temor al fracaso, de la falsa prudencia y de otras formas. Todas éstas son miedo disfrazado, y con frecuencia el más peligroso, debido a ese encubrimiento. Conocéis, por ejemplo, el daño incalculable que ha llevado a cabo en el mundo esa palabra "prudencia", que tal como se aplica ordinariamente significa que no debéis intentar nada a no ser que estéis seguros del éxito, regla diabólica de acción que proscribiría todo viaje en busca de descubrimientos, toda gran empresa, toda operación arriesgada, la mayor parte de los nobles esfuerzos a realizar en la vida. También en el aspecto negativo, contra el que hay que precaverse, existen prejuicios de una clase u otra. Se hallan tan a tono con nuestra pobre naturaleza humana que pesarán mucho en cualquiera de los platillos de la balanza en que se hallen y lo inclinarán hacia un resultado incorrecto. Pues, ¿qué es un prejuicio sino una palabra que significa opinión falsa? Si tenemos prejuicios en favor de una persona, ello quiere decir que tendremos una opinión falsamente favorable respecto a ella; y, aunque eso constituye una actitud más caritativa que su contraria, no es más exacta. Al lado del peligro de decisiones incorrectas se halla otro que posiblemente podría considerarse todavía peor. "Irresolución", dice un antiguo proverbio, "es el grave pecado original del entendimiento humano." Al menos, las ideas o pesas de metal más ordinario originan en nosotros decisiones, a veces respecto a lo mejor. Debemos tener cuidado de que, al disminuir su influencia sobre los platillos, no perdamos por completo la capacidad de tomar decisiones, hasta el punto de que la balanza no haga más que temblar, de que nuestro entendimiento sea todo confusión y de que vacilemos sin remedio entre dos caminos. No es lo mejor emplear más tiempo del debido en tomar una resolución. Es probable que ello constituya una ocasión de que ese estado de indecisión acabe mal. Y aunque acabe bien, ha habido incalculable pérdida de energía. Pues, cuando las circunstancias nos han obligado a seguir con vacilaciones uno de los caminos, ¿qué poder mostramos en ello? No existe poder alguno, porque no existe convicción alguna. Automáticamente, la acción resultante será vacilante, descolorida, débil. CUATRO IDEAS PARA UNA ACCION POSITIVA Veamos ahora los elementos
positivos en esa movilización de motivos. Son tan simples que
nada podría ser más simple. No comprenden más que
cuatro ideas. Os sugiero que siempre que os halléis en una situación
de temor, de disgusto o de inacción, dediquéis unos pocos
segundos a reflexionar (¡no se trata ni mucho menos una meditación
formal!) sobre cada uno de los puntos de esa lista de cuatro. Si así
lo hacéis, me atrevería a aseguraros que casi automáticamente
el entendimiento dictará el justo veredicto y dará lugar
a una acción firme. DIOS - MARIA - IGLESIA - LEGION La primera consiste en pensar en Dios. Pero, ¿no constituye otro caso de irse por los extremos el proponer que debemos pensar tan específicamente en Dios durante toda una obra que fue comenzada y que se está llevando a cabo por Él? ¿Es seguro que Dios se halla efectivamente presente en nosotros en todo tiempo? ¡Indudablemente que sí! Pero muy a menudo está presente tan sólo como uno de los motivos, como una de esas pesas del platillo de la balanza -naturalmente, como una pesa de oro entre las grandes pesas de latón o hierro, en ejercer más presión hacia a bajo- quizás ejerciendo menos presión que las diversas ideas mundanas y hasta abyectas que forman la parte dinámica de la pesada. Si durante esa pesada dejamos a Dios en la oscuridad, en la indeterminación, en un segundo plano, ¿no es algo que carece de fundamento suponer que su causa prevalecerá entre esos impulsos vocingleros y perentorios que arrastran al entendimiento hacia una vorágine con sus exigencias? No debemos conceder a Dios,
en cuanto idea, menos beligerancia que la que consentimos a esas otras
vehementes ideas. Por lo mismo, en esos difíciles momentos en
que experimentáis que no podéis seguir adelante o en que
no sabéis hacia dónde inclinaros, fijad vuestra atención
en el punto número 1 de vuestra lista y pensad específicamente
en Dios en relación con vuestra crisis. De un modo que debe ser
experimentado para que se le pueda apreciar, ese caos quedará
reducido a la obediencia, como sí -citando a Milton- «la
confusión oyera Su voz, y la salvaje gritería permaneciera
ahogada, las tinieblas huyeran, brillara la luz, y el orden brotara
del desorden." "Que me liga a mis
hermanos legionarios
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