CAPITULO VIII "PESAD EL PENSAMIENTO QUE FLUYE DEL CORAZON HUMANO..."

("La Reina de las Hadas", de Edmond Spencer)

El mal más grave que puede amenazar a cualquiera en la vida es el hacer que lo natural haga zozobrar a lo sobrenatural. Esto no constituye meramente un peligro; sino que es algo casi inevitable. Ya con el despertar de la razón, lo visible, lo sensible (que es lo natural) desciende sobre nuestra alma a manera de un gran diluvio. Esto sitúa a la mayoría de los hijos de Adán ante un serio peligro.

Pero suponed que superamos felizmente la totalidad de ese peligro, ¿qué sucederá entonces? Habiendo salido a flote de la marea destructora del pensamiento irreligioso e impío, y quedando colocados sobre un derrotero con rumbo al Ararat celestial, ¿acaso entonces navegará el alma sin desviarse de esa ruta?

¡Desgraciadamente no! La travesía espiritual (lo mismo que la del verdadero amor) no se lleva a cabo ni en línea recta ni con facilidad. Felizmente, nos hemos librado de la catástrofe. Hemos hecho de lo espiritual nuestra estrella guía. Navegamos a gran velocidad. Por lo mismo todo debería ir bien. Pero, sea por un capricho estrambótico que reside dentro de estos nuestros pobres cuerpos, sea por lo que fuera, el caso es que parecemos ser incapaces de hacer nada completamente bien. Huimos de una exageración y caemos en la contraria. Habiendo apartado nuestra vista de Escila, nos hallamos en el abrazo mortal de Caribdis. Como el péndulo, oscilamos de un extremo a otro, como si realmente no tuviéramos otra idea que la de mantenernos alejados del punto central, del dorado punto medio. Pero entre nosotros y ese péndulo existe una diferencia: con esas oscilaciones el péndulo cumple su finalidad; en tanto que nosotros tendemos a frustrar la nuestra. Ese diablillo del extremismo hace de toda circunstancia de nuestra vida un juguete para sí, de modo que nuestro avance no tiene lugar en línea recta, sino en excéntrico zigzag. ¿Cuál es el extremo opuesto al que podemos tender cuando hemos librado a nuestra alma de lis garras de lo puramente natural y nos proponemos objetivos sobrenaturales?

LO NATURAL Y LO SOBRENATURAL

El extremo opuesto a esto es descuidar lo natural. Obramos como si lo único que importase fuera tener fe, orar, cumplir con los deberes religiosos, evitar el pecado. Naturalmente, cuanto más hagamos esto, tanto mejor; porque estas cosas son básicas.

Lo que pasa es que una vez echados esos cimientos, cualquier clase de superestructura nos satisface. No sentimos la necesidad de discurrir, de tomarnos las molestias que los hijos del mundo se tomarían por sus empresas. Nos conducimos como si la religión fuera no s6lo una excusa Sino una justificación de semejantes defectos. Mientras realizamos el viaje de la vida, estamos dispuestos a actuar como si lo natural y lo sobrenatural fueran dos caminos que van uno junto al otro, como ocurre, por ejemplo, con una línea de ferrocarril y una carretera ordinaria. Si viajamos por uno de los caminos, nos apartamos mentalmente del otro. De vez en cuando puede ser que, impulsados por el aburrimiento o por la curiosidad, echamos a este una ojeada, pero como si no tuviera nada que ver con nosotros.

¡Oh, mas esto es tener una idea lamentablemente errónea del viaje del alma a través de la vida! Lo natural y lo sobrenatural no son rutas alternativas de una de las cuales tenemos necesariamente que apartarnos cuando emprendemos la otra. Por el contrario, se trata de dos trayectos complementarios el uno del otro y esenciales el uno para el otro. Una imagen más exacta (en realidad la auténtica imagen) es el caso del cuerpo y el alma. Ambos se hallan, por decirlo así', fundidos el uno con la otra; cada uno de ellos actúa únicamente mediante el otro. ¡Eliminad el uno o la otra, y...!

LA NATURALEZA Y LA GRACIA EN LA OBRA DE LA LEGION

Lo mismo sucede con la naturaleza y la Gracia. Debemos obrar sobrenaturalmente, pero al obrar debemos servirnos de la naturaleza, esto es, de nuestras facultades, y por tanto de las personas y circunstancias que nos rodean. Como sabéis ya por propia experiencia, el sistema de la Legión se ha atenido a ese principio de la interdependencia de la naturaleza y la Gracia, y ha basado en él esa insistencia suya acerca de la perfección en el método. Hace acerca de esto algo así como lo que el perro lleva a cabo con el hueso que durante tanto rato mordisquea antes de engullirlo. Os encontráis dicho principio ante vosotros en toda ocasión, hasta que finalmente empieza a hacer ver al novato más despreocupado e irreflexivo que algo hay en él, que es precisamente la idea que todo ese acosar e insistir quería inculcar.
A través de las páginas del Manual se trasluce esta cuestión -tomada de los santos- de que en todos nuestros esfuerzos los legionarios debemos depender de lo sobrenatural como si no existiera lo natural; y luego debemos contar con lo natural -esto es, con nuestros propios esfuerzos- como si no existiera nada de lo sobrenatural. Nuestro plan de vida debe comprender ambas cosas a un mismo tiempo, no separadamente, como la persona que, según hemos dicho antes, puede hoy viajar por ferrocarril y mañana por la carretera paralela a él. Ningún acto natural tiene valor alguno si no está vivificado por lo sobrenatural; y no podemos llevar a cabo ningún acto sobrenatural si no es mediante procedimientos naturales. Por lo tanto ambas cosas deben ser tenidas en cuenta, y cada una de ellas debe actuar con la máxima intensidad.
Juzgo que los legionarios se han aferrado bien a ese principio de acción recíproca. Generalmente, tratan de revestir el espíritu sobrenatural con un cuerpo de buenos métodos y duro trabajar, y creo que en cierto modo no habéis obtenido un balance demasiado desfavorable. La verdad es que dedicáis mucho tiempo a todas vuestras asambleas, congresos y juntas, con objeto de perfeccionar vuestros instrumentos y métodos de acción. Realmente imagino que una organización tan espontánea como la vuestra no podría intentar en sea dirección mucho mas de cuanto estáis llevando a cabo.
Pero además de nuestros métodos y técnicas, existe otro instrumento de nuestra acción, instrumento al que no damos importancia. No obstante es el instrumento principal, aquél del que dependen todos los demás. Pero puesto que es algo tan íntimo en nosotros como parte que es de nuestras operaciones internas, no lo situamos en modo alguno dentro de la categoría de instrumentos. Como consecuencia no ponemos en él la atención que prodigamos a los instrumentos externos, si bien es la fuerza que pone en acción a todos ellos. Me refiero al ENTENDIMIENTO.

EL PUESTO DEL ENTENDIMIENTO

Damos por supuesta la existencia del entendimiento porque éste constituye parte de nosotros. Pero si tuviéramos que establecer distinciones en nuestras operaciones intelectuales, y considerar el entendimiento como, si no fuera más que el instrumento de facultades aún más nobles, todavía quedaría en pie la siguiente dificultad práctica: ¿Qué debemos hacer respecto a él? Incluso quienes se dedican al estudio del entendimiento saben muy poco acerca de él, y para todos los demás es tierra incógnita, terreno desconocido, que no consta en mapa alguno. Entendemos lo que acontece inmediatamente después de las operaciones de nuestros sentidos. Pero más allá de ellas, ¿qué idea tenemos acerca de cuanto continua sucediendo dentro del cráneo? ¡La misma poco más o menos que tiene la mayoría de las personas acerca de cuanto tiene lugar en el interior de un aparato de radio! Pero si el entendimiento es un instrumento y por lo mismo controlable, ¿no constituiría una ventaja, y por cierto una ventaja inmensa, el que pudiéramos hacernos alguna idea sencilla pero expresiva acerca de su funcionamiento? Pues entender esto último necesariamente supone poseer un control eficaz. Es provechoso aprender a modificar la velocidad a que funciona una máquina ordinaria. Evidentemente, toda inspección acerca del funcionamiento del entendimiento, por ligera que ella sea, nos colocaría en mejor situación para ejercer influencia sobre las acciones que siguen a las operaciones mentales. La mayoría de los actos humanos son ingobernables. Incluso la conducta de los mejores inclinados no responde evidentemente a sus intenciones. Considerad lo que nos ocurre a nosotros mismos, a la Legión. ¡Qué inmenso bien se seguiría para las almas si pudiéramos convertirnos en engranajes tan sólo un poco más responsables dentro de nuestro audaz programa apostólico, con el fin de que éste pudiera operar «conforme a un plan"!

Pero permitidme una pausa a fin de tranquilizaros respecto a mis intenciones. No pretendo llevar a cabo ninguna disertación sobre Psicología; no me encuentro capacitado para ello. Si esta razón no valiese por todas, una segunda sería el que con cuanto mas sencillez pueda expresarme, tanto mayor probabilidades tengo de ser eficaz. Importantes conclusiones pueden resultar oscuras como consecuencia de una disquisición excesiva.

Ni es mi intención naturalizar la religión, sino más bien, en conformidad con el estilo adoptado por la Legión, tratar de sobrenaturalizar lo natural. Voy a sugerir unas pocas ideas sencillas acerca de cómo ejercer influencia sobre el entendimiento, por supuesto teniendo en cuenta de modo especial vuestra actuación y vuestros problemas. Necesariamente, semejante influencia será limitada, será verdaderamente un caso de control a distancia del que tanto habla el mundo científico. Pues como ya he dicho, las operaciones mentales son a la vez oscuras y complejas. En el entendimiento tiene lugar una inescrutable fermentación en conexión con el pensamiento más simple.
Ahora bien, si pudiéramos avanzar aunque no fuera más que un solo paso hacia la regulación de ese fermentar, entonces ese solo paso sería en verdad como el que se practicase con aquellas botas de siete leguas de que nos hablan los cuentos que leíamos en los días de nuestra infancia.

IDEANDO UNA BRUJULA MENTAL

Nuestras decisiones son muchas veces erróneas o al menos débiles, debido a que existe una gran mezcolanza en ellas. Incluso cuando logramos que sean acertadas, ¡por que tortuosos y torturados senderos han sido conseguidas, con cuántos peligros en el camino y con cuanta pérdida de tiempo y energía a lo largo de todo él! ¡Oh, si al menos pudiéramos idear una especie de brújula mental que nos señalase la verdadera dirección en medio de esos desiertos y tinieblas, de esos espejismos y tempestades cerebrales!
Un primer paso hacia semejante proyecto consiste en acentuar el carácter mecánico de cuanto me veo obligado a llamar, en gracia de la sencillez, el entendimiento. Pues el entendimiento posee muchas de las cualidades de una máquina. Y entre las máquinas, ¿a qué clase de ellas se puede asemejar? A una báscula; mejor aún, a una balanza de platillo, pues la comparación que voy a proponeros es la de dos platillos colocados uno frente a otro con un indicador que se incline hacia el lado en que haya más peso.

Aplicad esta imagen al entendimiento. Según los objetos acumulados sobre esos platillos por los sentidos, y sujetos a las operaciones del raciocinio, prejuicio o pasión, el indicador registrará un resultado u otro. Para nuestros propósitos ese indicador significa acción, porque normalmente la acción será el resultado de las decisiones del cerebro. Según sea la oscilación de esa aguja indicadora actuamos en su sentido o en el contrario, o quizás no actuamos en ningún sentido, si la aguja, por no haberse llegado a ninguna conclusión, señala neutralidad, indicando que los platillos se hallan equilibrados.

MOTIVOS DE PESO

Los pesos mayores que se colocan sobre los platillos constituyen nuestros motivos, buenos o malos. ¡Sabéis por los relatos acerca de detectives cómo tratan estos de averiguar siempre los motivos de la muerte de una persona que ha sido hallada sin vida! Los motivos pueden definirse como los principios fundamentales de la acción. Pero están lejos de constituir algo fijo. Todavía menos pronosticables son los pesos más pequeños, esto es, motivos menos considerados, las emociones e ideas fluidas de todas clases. Estas se hallan, todo lo más, medio controladas. Lo mismo que el viento, pueden a veces moverse con tal rapidez e imparcialidad que dan la impresión de que soplan de todas las direcciones a la vez. Basados en todos esos factores tan variables e inciertos, las operaciones mentales resultan infinitamente complicadas. Sondear sus profundidades es algo que se halla más allá del poder del hombre mortal. Pero esa imposibilidad no impide a las personas intentarlo. El número de libros que se han escrito con ese fin -si no tan grande como el de las arenas del mar- son al menos muchos. ¿Pero que han enseñado realmente? Los hombres siguen todavía luchando con el problema del pensamiento. Sin embargo, después de tantos siglos de pensar acerca de cómo pensar, ¿no es evidente que nunca estuvieron haciendo eso menos científicamente y que sus juicios nunca fueron menos dignos de confianza? Han echado a un lado los antiguos motivos cristianos y las normas para pensar que en otro tiempo aceptó todo el mundo civilizado, y que son realmente científicas en cuanto que eran consistentes e implicaban la ley, el raciocinio y un construir con método. A este excelente código le ha sustituido una enmarañada ley mental, una conglomeración a modo de la que tiene lugar en las pesadillas, de antojos regionales, raciales y personales que no pueden ser justos, y que tienen que conducir por el camino opuesto a la civilización. Pero esto no deja de ser una digresión inútil. Volvamos a nuestra máquina de pesar.

Un platillo de la balanza desciende como resultado natural de pesar dos series contrarias de pensamientos, y tiene lugar una decisión. Mas, ¿ha prevalecido el lado conveniente? Sabemos muy bien que con mucha frecuencia (desde el punto de vista ideal o más noble) ha prevalecido el lado menos adecuado. Además, si la balanza se halla en equilibrio, ¿prueba ello que un lado es esencialmente tan bueno como el otro? No, ello significa que en platillos opuestos se han colocado partidas que atraen igualmente al entendimiento, pero que pueden estar muy lejos de tener el mismo valor. Por ejemplo, si en uno de los platillos de una balanza ordinaria se coloca material de oro y en el otro, material de hierro de igual peso, los platillos nos asegurarán que son idénticos. Si dejamos que el entendimiento actúe por sí solo, errará de una manera igualmente estúpida.

Pero objetaréis: es exagerado comparar los toscos movimientos de los brazos de una balanza con las operaciones intelectuales. Sin embargo no me retracto. En realidad voy más allá. Es más seguro aceptar esa decisión del hierro frente al oro, de los platillos, que aceptar los juicios incontrolados de la mente. Pues la parte emocional y la sensual pesan en los platillos mentales más de lo que les corresponde. Ofuscan las consideraciones intelectuales y espirituales, de modo que según sea el platillo en que descansen, así es la decisión que tienden a determinar. A menudo la dictaminan antes de que se pregunte sí o no, y ordinariamente a favor de las cosas mas bajas. Aun cuando se hallen en el lado conveniente o ideal, ello no constituye más que una casualidad feliz.

Pero nuestro destino no puede estar a merced de la casualidad ni siquiera de una casualidad feliz. Por lo tanto veamos si podemos establecer alguna ley y poner algún orden dentro de la maraña intelectual.

LEY EN LA MARAÑA INTELECTUAL

Comienzo con unas pocas consideraciones importantes: Primera: La regulación del entendimiento sólo puede ejercerse indirectamente. No podéis manejar el entendimiento del mismo modo que moveríais el mango de una calandria, ni como conduciríais a un caballo por sus bridas. El control sobre el entendimiento es mucho menos directo, pues posee una independencia peculiar, propia de él. Este no es la misma cosa que VOSOTROS. El procedimiento debe tener lugar influyendo sobre el entendimiento y no empujándole. Esa influencia debe llevarse a cabo mediante la movilización o el manejo planeado de los motivos. Segunda: Esa influencia debe ejercerse dentro del proceso de la formación de un juicio, y no a continuación de él como si se tratase de una apelación a un tribunal de mayor categoría. Pues cuando las circunstancias de un caso han sido sopesadas en el entendimiento y se ha llegado a una decisión, a menudo es difícil intervenir eficazmente. A esas alturas el entendimiento se halla más bien en la situación de un caballo desbocado o de una avalancha. Por lo tanto hay que anticiparse
a ese estado de cosas.
Ahora bien, tomemos ciertas precauciones con respecto a lo que yo llamaría un carácter negativo. Las consideraciones emocionales deben ser controladas o neutralizadas hasta cierto punto. No digo que sean "desatendidas". Eso constituiría el viejo juego de precipitarse de un extremo al opuesto. Nuestras emociones juegan un papel provechoso e incluso necesario. Por lo tanto, se les debe permitir que ejerzan una influencia adecuada, y no más.
Otra consideración "negativa" es el hecho de que cualquier cosa sobre la que uno se reconcentra resulta agrandada. Cuanto más la examinemos, tanto mayor impresión nos causará. Por lo tanto, no os detengáis en la consideración de lo desagradable o de la dificultad de una situación. Si lo hacéis, ese pensamiento dominará los platillos de la balanza, hasta el punto de que no podrá llevarse a cabo una valoración exacta.

PENSAD POSITIVAMENTE

Para nosotros legionarios, que tratamos ordinariamente de llevar a cabo empresas difíciles, y casi siempre desagradables, constituye un principio fundamental pensar positivamente. Debemos estar más interesados acerca del objetivo que hay que alcanzar que de los obstáculos del camino; y más preocupados acerca de la causa a la cual servimos que de las fuerzas -exteriores e interiores- que se alzan contra nosotros. Entre estas últimas no será la menor nuestro antiguo adversario, el miedo. Este es uno de los mayores enemigos en la vida. Se halla al acecho en toda situación. Muchas veces se manifiesta sin disfraz alguno, cuando somos presas de un miedo cruel y violento. Fuera de esas ocasiones se esconde bajo formas más sutiles y menos identificables. Entre éstas tomad nota especial del respeto humano, de la hipersensibilidad acerca de la reputación, del temor al fracaso, de la falsa prudencia y de otras formas. Todas éstas son miedo disfrazado, y con frecuencia el más peligroso, debido a ese encubrimiento. Conocéis, por ejemplo, el daño incalculable que ha llevado a cabo en el mundo esa palabra "prudencia", que tal como se aplica ordinariamente significa que no debéis intentar nada a no ser que estéis seguros del éxito, regla diabólica de acción que proscribiría todo viaje en busca de descubrimientos, toda gran empresa, toda operación arriesgada, la mayor parte de los nobles esfuerzos a realizar en la vida.

También en el aspecto negativo, contra el que hay que precaverse, existen prejuicios de una clase u otra. Se hallan tan a tono con nuestra pobre naturaleza humana que pesarán mucho en cualquiera de los platillos de la balanza en que se hallen y lo inclinarán hacia un resultado incorrecto. Pues, ¿qué es un prejuicio sino una palabra que significa opinión falsa? Si tenemos prejuicios en favor de una persona, ello quiere decir que tendremos una opinión falsamente favorable respecto a ella; y, aunque eso constituye una actitud más caritativa que su contraria, no es más exacta.

Al lado del peligro de decisiones incorrectas se halla otro que posiblemente podría considerarse todavía peor. "Irresolución", dice un antiguo proverbio, "es el grave pecado original del entendimiento humano." Al menos, las ideas o pesas de metal más ordinario originan en nosotros decisiones, a veces respecto a lo mejor. Debemos tener cuidado de que, al disminuir su influencia sobre los platillos, no perdamos por completo la capacidad de tomar decisiones, hasta el punto de que la balanza no haga más que temblar, de que nuestro entendimiento sea todo confusión y de que vacilemos sin remedio entre dos caminos.

No es lo mejor emplear más tiempo del debido en tomar una resolución. Es probable que ello constituya una ocasión de que ese estado de indecisión acabe mal. Y aunque acabe bien, ha habido incalculable pérdida de energía. Pues, cuando las circunstancias nos han obligado a seguir con vacilaciones uno de los caminos, ¿qué poder mostramos en ello? No existe poder alguno, porque no existe convicción alguna. Automáticamente, la acción resultante será vacilante, descolorida, débil.

CUATRO IDEAS PARA UNA ACCION POSITIVA

Veamos ahora los elementos positivos en esa movilización de motivos. Son tan simples que nada podría ser más simple. No comprenden más que cuatro ideas. Os sugiero que siempre que os halléis en una situación de temor, de disgusto o de inacción, dediquéis unos pocos segundos a reflexionar (¡no se trata ni mucho menos una meditación formal!) sobre cada uno de los puntos de esa lista de cuatro. Si así lo hacéis, me atrevería a aseguraros que casi automáticamente el entendimiento dictará el justo veredicto y dará lugar a una acción firme.
Los distintos puntos de esta lista no son precisamente pesas colocadas entre las demás pesas (esto es, entre los motivos y los sentimientos) sobre uno u otro de los platillos de ese aparato de pesar que hemos estado imaginando. Esa lista es más bien un mecanismo de ajuste. Cuando se incorpora a la operación de pesar del entendimiento, tiene la propiedad de reducir todas esas otras pesas increíblemente diversas y numerosas a su valor real. Las más valiosas son estimadas en su justo precio; las menos valiosas reciben el trato que les corresponde; las más abyectas son rechazadas.
Esta declaración deja a uno intrigado. Suena a algo maravilloso: algo lleno de misterio. Experimentáis curiosidad. Pero, ¿no os habré intrigado demasiado, hasta tal punto que os sentiréis desilusionados en presencia de las cosas tan simples que os tengo que manifestar? Alguien creería que los Reyes Magos se desilusionarían cuando, tras un largo viaje, durante el que fueron testigos de tantos milagros, llegaron a Belén y descubrieron tanta sencillez. Pero ellos no experimentaron desengaño alguno; ahora bien, aquellas mismas cosas santas, vitales, sencillas que vieron, y en las cuales se complacieron, son las que ahora pongo ante vosotros.

DIOS - MARIA - IGLESIA - LEGION

La primera consiste en pensar en Dios. Pero, ¿no constituye otro caso de irse por los extremos el proponer que debemos pensar tan específicamente en Dios durante toda una obra que fue comenzada y que se está llevando a cabo por Él? ¿Es seguro que Dios se halla efectivamente presente en nosotros en todo tiempo? ¡Indudablemente que sí! Pero muy a menudo está presente tan sólo como uno de los motivos, como una de esas pesas del platillo de la balanza -naturalmente, como una pesa de oro entre las grandes pesas de latón o hierro, en ejercer más presión hacia a bajo- quizás ejerciendo menos presión que las diversas ideas mundanas y hasta abyectas que forman la parte dinámica de la pesada. Si durante esa pesada dejamos a Dios en la oscuridad, en la indeterminación, en un segundo plano, ¿no es algo que carece de fundamento suponer que su causa prevalecerá entre esos impulsos vocingleros y perentorios que arrastran al entendimiento hacia una vorágine con sus exigencias?

No debemos conceder a Dios, en cuanto idea, menos beligerancia que la que consentimos a esas otras vehementes ideas. Por lo mismo, en esos difíciles momentos en que experimentáis que no podéis seguir adelante o en que no sabéis hacia dónde inclinaros, fijad vuestra atención en el punto número 1 de vuestra lista y pensad específicamente en Dios en relación con vuestra crisis. De un modo que debe ser experimentado para que se le pueda apreciar, ese caos quedará reducido a la obediencia, como sí -citando a Milton- «la confusión oyera Su voz, y la salvaje gritería permaneciera ahogada, las tinieblas huyeran, brillara la luz, y el orden brotara del desorden."
El segundo punto de la lista consiste en pensar en la Santísima Virgen. Su causa es la causa de Dios; sin embargo Maria constituye un nuevo motivo, especialmente para vosotros, legionarios, cuya consagración a Ella se supone que constituye una verdadera cláusula que estipula una unión de corazones y de acción.
Pensando en Dios rectificamos los motivos en un sentido. Pensando en la Santísima Virgen los rectificamos en un sentido suplementario y necesario, habiéndolo dispuesto Dios así. Además María pulsa una serie diferente de cuerdas mentales. Introduciéndola dentro de nuestros pensamientos pone a éstos en orden mediante una luz sobrenatural que -como los rayos X- presenta a modo de sombras cosas que parecían sólidas y deja que resalten vigorosamente las esenciales.
Pasemos al punto número 3. Se trata de la idea del Cuerpo Místico: Dios hecho parte de su Creación: Nuestro Señor en las almas de cuantos nos rodean debe ser visto por nosotros con los ojos de la fe y servido de un modo que no profane esa sublime idea. ¡Pensamiento verdaderamente alentador frente a la situación que se presente como terrible y contra la que nuestros instintos se revuelven con todas sus fuerzas!
El cuarto punto lo constituye la Legión misma. Colocada deliberadamente en el platillo de la balanza, llevará a acción efectiva nuestra cualidad de soldados de Cristo. Somos soldados; y todo cuanto esa palabra significa en su mejor sentido bullirá en nosotros. Debemos elevarnos a las alturas a las que la Legión nos llama. Debemos ser fieles a los principios que nos propone. De entre éstos no debemos descartar los más naturales. Son éstos -como ya se ha insistido- parte de un todo, los cimientos de las cualidades sobrenaturales. Recordad aquellas palabras de la Promesa del legionario:

"Que me liga a mis hermanos legionarios
Y hace de nosotros un ejército,
Y guarda nuestra alineación en nuestro avance con María"
Esa unión con nuestro jefe y nuestros camaradas posee un expresivo término que la describe: esprit de corps; esto es, lealtad al regimiento. Podemos echar a perder cuanto otros han llevado a cabo. Por lo mismo, no permitáis que ninguno de vuestros actos o pensamientos tiendan a adulterar los principios, a aguar la calidad, a minar el espíritu, a romper la disciplina de la tropa.
Estos son los puntos de la lista; la breve letanía ha sido dicha con rapidez. Esos puntos representan, como veis, ciertos principios espirituales y fundamentales que, aplicados a ideas, las reduciría a la perspectiva apropiada. Todos ellos van a favor de una sola cosa, de Dios; pero ninguno es por eso superfluo. Porque cada uno se refiere a un área diferente de la inteligencia. Cada cual, como las diversas facetas de un diamante, se halla orientado en una dirección diferente; refleja y responde a una serie distinta de impresiones. Cada cual absorbe la luz que recibe; de modo que la piedra preciosa resplandece y centellea en sus profundidades con todos esos diversos rayos que ha recogido; pero únicamente con el fin de difundirlos de nuevo una vez combinados bajo la forma de ese brillo que le caracteriza. Ese resplandor que sale de la piedra es una imagen del flujo de pensamientos perfectos y equilibrados procedente del entendimiento.
Hasta ahora no he hablado de la Gracia más que en términos meramente psicológicos esto es, de las reacciones del entendimiento ante el impacto de ideas. Pero, por supuesto, el ingrediente de la Gracia no se ha hallado ausente. Se ha apoderado de esos actos naturales. De hecho necesita de ellos como de un apoyo, y por decirlo así, para sus propios movimientos divinos. Si halla en ellos un apoyo firme -esto es, una absoluta cooperación humana- los elevará al más alto plano sobrenatural y los convertirá en metal adecuado -como reza la Promesa del legionario antes citada:
"Para ejecutar Tu voluntad, para obrar Tus milagros de gracia,
Que renovarán la faz de la tierra,
Y establecerán Tu reino, Santísimo Espíritu, sobre los seres todos."