CAPITULO X "DEBO ESTAR EN LAS COSAS DE MI PADRE"

-Lc. II, 49.

En un punto distante de la costa de Nueva Inglaterra, un submarino se halla hundido y averiado en el fondo del océano, impotente para ascender a la superficie. En su interior cinco hombres aguardan estoicamente a que les sobrevenga la muerte; sus voces dan a entender que están serenos y que no sienten miedo alguno. Su conversación resuena a través del casco metálico que les tiene aprisionados.


Teniente: ¿Qué hora es ahora, patrón?
Patrón: Las 4:15 de la mañana. Teniente, hace exactamente seis minutos que me hizo usted la misma pregunta.
Teniente: ¿Y qué? No hay otra cosa que hacer.
Marinero 1.: ¿Por qué le preocupa la hora? El submarino se halla en sus últimas, no hay nada que hacer sino sentarse y esperar la muerte.
Marinero 2.: Ingresad en la marina y recorred el mundo con dinero abundante para divertiros.
Marinero 3.: (malhumorado): Callad, estilpidos, estáis gastando el aire.
Marinero 2.: ¡Eh! ¿Qué aire? Mi mujer me hizo escoger esta profesión porque decía que los aviones no hacen más que caer. ¡Indudablemente no ha podido dejarme más abajo!
Teniente: Mi cabeza parece que va a estallar.
Patrón: Calma, calma, teniente.
Marinero 2.: A usted le resulta muy fácil hablar así, patrón; usted no tiene que dejar esposa e hijos. Me vuelvo loco al pensar en ella. Me parece estar viendo su cara ahora, al enterarse de la noticia.
Patrón: Fue una suerte que no se apagara la luz cuando el submarino se averío.
Teniente: Sí. Hace tiempo que habría perdido el control de mis nervios en la oscuridad. Aun así los tengo casi del todo sueltos. Mi cabeza va a estallar.
Patrón: Calma, calma, teniente.
Marinero 3.: Ya vendrá el guardacostas.
Marinero 2.: No lo esperes, pimpollo, ¡sus hombres se hallan muy entretenidos en dar caza a las damas!
Marinero 1.: Hacen bien. Ojalá pudiera yo hacer lo mismo ahora.
Marinero 2.: ¡Ya! ¿Y qué dices del cepillazo que recibiste de la última rubia que cortejabas?
Marinero 1.: ¡Oh, aquella niña era una verdadera monada; ni más ni menos que la idea que me había formado de una auténtica dama de clase superior!
Patrón: ¡Mujeres! ¡Mujeres! ¡Mujeres! ¿Habéis pensado alguna vez en otra cosa, mamarrachos? Yo sólo desearía que estuviera aquí Dinny con su voz. Es la única ocasión en que realmente me gustaría oírle cantar.
Marinero 1.: En este momento se halla tocando el arpa en la otra mitad de esta lata de conservas. Era un gran muchacho, siempre dispuesto a tararear una tonadilla incluso cuando nos hallábamos más tristes.
Marinero 3.: Esa partida de salvamento tiene que venir por aquí.
Marinero 2.: ¡Sí! Y la marina entera.

Los tres marineros conversan juntos en voz baja. El patrón y el teniente hacen lo mismo durante un par de segundos, a continuación resalta la voz del teniente.

Teniente: ... en la fiesta de los jardineros en Nueva Londres, patrón. Usted tiene que recordarla, llevaba vestido blanco con adornos de color rojo.
Patrón: ¡Oh! Ahora la recuerdo. Tenía un hermano allí, ¿no es cierto? ¿Aquel tunante que observaba tan bien los contratos?
Teniente: El mismo. La última vez que la vi fue la noche antes de marcharme. Respecto a aquella chica hay algo que me hace duro el tener que morir ahora.
Patrón: Es muy guapa, pero creo que es demasiado vieja para usted.
Teniente: Le parecerá así por el modo como lleva el cabello. Es curioso, pero me hallaba leyendo una carta suya cuando tuvo lugar el siniestro. Es tan bella, patrón. ¡Ah, en mala hora tenía que ocurrirme esto!
Marinero 2.: ¿Queda algo de ron, patrón? Mi garganta está terriblemente reseca.
Marinero 1.: Lo único que me apetece es un buen vaso de cerveza. ¡Qué magnífica noche aquella que pasamos antes de hacernos a la mar! La bebida corría como el Niágara. Y acordaos de las canciones. ¿No es verdad que Dinny se hartó de cantar? -No nos imaginábamos que ya no volveríamos a pisar tierra.
Marinero 2.: Me gustaría que el mar rompiera este casco que nos aprisiona y se me llevase este dolor de cabeza. No hace más que atormentarme. (Habla entre dientes.)
Teniente: También mi cabeza se me parte de dolor. ¿Qué hora es ahora, patrón?
Patrón: Y media (tose repetidas veces), y media, y...
Teniente: Es curioso. Siempre me imaginé que llegaría a ser padre de familia cuando ascendiera (tose). ¡De qué extraña manera acaban al fin todas las cosas!
Patrón: Para algunos muy bien. Mas yo jamás tuve suerte. Este aire apesta.
Marinero 1.: ¡Mire, patrón, ya está entrando el agua! ¡Fuese en aquella grieta de allí!
Marinero 2.: Quizás lave el aire (ríe histéricamente).
Patrón: ¡Formalidad, muchachos!
Marinero 3.: ¡Economizad el aire! ¡Economizad el aire! ¡Economizad el aire! ¡ECONOMIZAD EL AIRE! (levantando cada vez más la voz de ana manera histérica).
Patrón: No grites, hijito, pues eso es indiferente.
Teniente: Sí, patrón, mi intención era que el hijo que tuviera sirviera al Tío Sam en la marina. Me habría gustado verlo de marinero.
Marinero 1.: ¿Y el ron, patrón?
Marinero 2.: Te va a hacer mal.
Marinero 3.: - Esa partida de salvamento tiene que venir. Estoy seguro de que vendrá, ¿oís?! ! ! (con cierto pánico).
Marinero 2.: ¡Sí! Y la marina entera.
Patrón: Nada se pierde esperando.
Teniente: ¡Patrón! (Entre dientes), mi cabeza me duele horriblemente (levanta la voz). No puedo soportarlo.
Patrón: ¡Aguante, hijo, aguante!
Teniente: Está bien, ahora me encuentro mejor.
Marinero 2.: ¿Qué día es hoy?
Marinero 3.: Domingo, estás aletargado.
Marinero 2.: Mi mujer y el niño van siempre al Central Park los domingos. ¡Ah! Espero que ella no permitirá a mi hijo que ingrese en la marina. El muchacho es muy simpático. Desearía saber si me echará mucho de menos. (Habla entre dientes.) La muerte ya no puede tardar.
Patrón: Bien, yo no tendré a nadie que me llore. A mi padre ni siquiera puedo recordarle. Mi madre hace años que murió ¿Por qué habré sido tan entusiasta del mar? Pero no me arrepiento, fue una buena vida aunque dura en algunos aspectos. En cuanto a las mujeres nunca me hicieron gracia desde que una chica a quien quise con pasión me despreció.
Marinero 1.: El agua está subiendo, patrón.
Teniente: oíd, muchachos. ¿Qué os parece si cuando el agua suba nos metemos de una vez dentro de ella?
Patrón: No seré yo quien lo haga; mientras hay vida hay esperanza. Para mí la vida es una serie de sensaciones, algunas buenas y agradables, otras malas, mas no me preocupo de si son buenas o malas. Simplemente deseo experimentarlas; incluso este dolor de cabeza, todo el tiempo que me sea posible; y por lo mismo prefiero tener una muerte lenta antes que morir en un instante.
Marinero 2.: ¡Caramba, qué apego tiene usted a la vida, patrón! Por lo que a mí respecta, no deseo vivir si no hay algo bueno que comer.
Marinero 1.: ¡Sí, por cierto! La vida sólo vale la pena vivirla si hay abundancia de mujeres y dinero.
Marinero 3.: Bien, aquí no hay mujeres (tose).
Teniente: ¿Qué hora es, patrón?
Patrón: ¡Vaya, teniente, jamás volveremos a saber la hora, mi reloj está parado! Parado en las. . . (tose).

¡Todos tosen y hablan entre dientes, a continuación sucede el silencio.]

¿Cuál es la idea del extraño diálogo que precede y que tanto desentona de cuanto estáis acostumbrados a leer en María Legionis? Presenta a cinco hombres dentro de un submarino hundido en el fondo del océano, esperando a que les venga la muerte bajo uno de sus aspectos más espantosos. Esta se encuentra cerca: en realidad se halla con ellos dentro de esa agujereada e inficionada “lata de conserva". Ya les palpa con sus dedos y busca los puntos vitales de sus victimas.
La escena está adaptada de un episodio mucho más largo de una novela corriente en el cual intervienen cuarenta personas en vez de cinco. Al tener que darle aquí una extensión mucho más reducida se ha prescindido de la mayor parte de dichos personajes así como de una buena dosis del colorido y efectividad del original.
En dicha novela cada uno de los cuarenta personajes dijo algo. Cada cual reaccionó de diferente manera, pero todos reprodujeron la misma nota general que aparece en nuestra menos viva descripción, esto es, ni uno solo de ellos habló de Dios, y por lo que se deduce de la narración, ni uno solo estaba pensando en Dios o en la otra vida.

Se preparan de un modo extraño para la muerte pensando apasionadamente en las mujeres, en el dinero y en la bebida.

Diréis: "¡Es sólo un cuento!" No, más que un cuento. Es la proyección sobre el papel del pensamiento del autor que describe a los hombres tal como los ha visto, oído y conocido. Así es como se figura que los hombres de su mundo ocuparían sus últimos breves instantes en la tierra. Admitimos, al menos así desearíamos que fuera, que su descripción resulta exagerada. No refleja nuestro mundo. Pero representa su mundo. Así como el autor representa hasta cierto punto lo típico de una clase de escritores y de hombres, del mismo modo su narración es hasta cierto punto lo típico del mundo real. (No vamos a insistir en esto, pues todos sabemos cómo están las cosas.) Por lo mismo es esa una manera muy extraña de esperar la muerte. Pues si hubiera un leve destello de fe, ésta se inflamaría en aquellos momentos decisivos. Si hubiera en el alma algún temor o amor de Dios, se revelaría entonces. No hay duda de que así ocurriría con la inmensa mayoría de los católicos. Pero he conocido unos pocos que acabaron su vida del mismo modo que la tripulación de ese submarino ¡y aún peor!

ALMAS EN PELIGRO

Trasladad ahora esa manera de pensar al mundo en general. Pasead los ojos de vuestro entendimiento por las grandes ciudades. En cada una de ellas existen multitudes que viven ESA VIDA; en la cual Dios no tiene parte alguna; a la cual no ilumina rayo alguno de fe ni de esperanza ni de caridad. Han nacido a la gran aventura de la vida y continúan su peregrinación hacia la eternidad. Pero, ¿conforme a qué principios? Conforme a principios que no son nada mejores ni diferentes de los de la polilla frente a una serie de luces encendidas. Las mujeres, el dinero y la bebida es todo cuanto conocen y les preocupa. Luego viene la muerte y llegados aquí debemos abstenernos por caridad de añadir un quinto eslabón más terrible que la misma muerte.

¿Realmente no tendrá alguien la culpa? ¿No es verdad que estamos determinados a hacer de espectadores en ese caos espiritual sin intentar poner remedio, del mismo modo que contemplaríamos las furiosas embestidas del océano? Esas multitudes se hallan representadas por las cinco pobres almas que los párrafos anteriores han puesto en escena ante nosotros. Sus tinieblas espirituales son mas intensas que las del fondo del océano en que aquel submarino yacía hundido. O no se les ha enseñado nunca a conocer a Cristo, o si alguna vez se les enseñó, no se les ha vuelto a hablar de Él ni se han reavivado sus enseñanzas. Si se fuese en su busca, serian completamente diferentes; pues el más ligero toque de la Gracia obra en secreto maravillas, y puede significar la diferencia que hay entre la pérdida de un alma y su salvación. Pero no se les ha buscado con el designio de llevar a cabo esas cosas. Se les ha abandonado, como si no tuvieran remedio, al proceso de acciones, interacciones y reacciones en presencia de otras víctimas o agentes del mal como ellas. ¡Y cuán a fondo actúa ese proceso!

EXCUSAS PARA LA INACCION

Si el público tuviera noticia de la situación apurada de ese submarino, qué frenéticos esfuerzos se harían por socorrerle. En un instante el mundo entero habría tenido conocimiento de la tragedia y seguiría angustiado el desarrollo de la misma. Se movilizaría toda clase de ayuda material e incalculable número de hombres estarían deseando exponer sus propias vidas en desesperados intentos de rescate. Pero cuando son las almas las que se hallan en peligro, ¡de qué diferente manera se piensa! La mayoría, aun tratándose de buenos cristianos, no parecen experimentar en general ningún sentimiento de la más mínima responsabilidad. O si admiten alguna responsabilidad, proceden entonces a restarle importancia alegando dificultades y circunstancias especiales hasta el extremo de que dicha responsabilidad deja de ser absolutamente real. Naturalmente, la responsabilidad no debe significar nada que sea lo opuesto a la responsabilidad. Ni debe terminar en meros sentimientos, estudios, escritos, lecturas, emisiones de radio, ni en esa especie de "preparación" que nunca llega al eficaz cumplimiento de un cometido. El acercamiento a las almas no debe convertirse en una técnica tan científica que llegue a ser para la generalidad impracticable, ni ser tan indirecto que pase por alto su objetivo, ni tan gradual que nunca llegue a alcanzarlo. Ese acercamiento debe ser nada menos que un ir directamente y en gran escala hacia las almas tal como lo vemos en las páginas del Evangelio. Pues, a pesar de lo que puedan parecer en la superficie, las circunstancias de hoy día puede decirse que son las mismas que las de los tiempos evangélicos, y el Evangelio por otra parte no se halla anticuado.

¿Tiene esto algo que ver con nosotros? Con palabras que os son muy conocidas, San Juan Crisóstomo afirma que todo esto tiene relación con nosotros: "Cristianos, daréis cuenta no sólo de vuestra propia alma, sino de las almas del mundo entero." ¡Qué sobresalto para nosotros si tuviéramos que tomar esas palabras en serio! Pues quizás el santo tuvo intención de decir que había que tomarlas en serio, en cuanto que reflejan la mente del Señor y constituyen un eco de sus palabras. Pues eso es precisamente lo que el Evangelio parece decir: que sobre todos y cada uno de los hombres gravita la responsabilidad por cada una de esas casi infinitamente numerosas y pobres almas que, como aquellas 5 -o aquellas 40-, pasan ahora su vida sin preocuparse lo mas mínimo de Dios y que a su debido tiempo traspasarán los umbrales de la muerte con el espíritu reinante en aquella "lata de conserva”.
Esos marineros están lejos de ser los peores en esas grandes poblaciones. (Aunque posiblemente uno o dos de los del submarino son tan malos como se desprende del relato, ¡realmente malos!) Pero sus pecados son principalmente los de la ignorancia y la pasión, cosa que, sin embargo, no altera el hecho de que esos pecados, cual diluvio que todo lo inunda, cubren la faz de la tierra. Y esa especie de maleficencia encubre acciones peores. Hay multitudes cuyo móvil es la malicia; se trata de los perpetradores de atrocidades; de los que practican la magia y de los nigromantes; de los malvados que viven de su villanía; de aquellos que cometerían un asesinato por una modesta suma de dinero; de los ejecutores de crueldades e injusticias al por mayor que hacen derramar torrentes de sangre y lágrimas.
Después está el número incontable de aquellos que son personas respetables pero que no tienen fe, por lo que son mucho peores que el mayor criminal que posee algún destello de lo sobrenatural.
Luego están los otros que tienen algo de fe, pero no la Fe; no oyen misa, no reciben los sacramentos. Comparadas con esas clases de hombres mas temibles, estas personas parecen buenas e incluso estamos tentados a aplicarles el calificativo de santas a muchas de ellas. Pero no olvidéis aquella «dura doctrina" de Nuestro Señor que atañe a tales personas: «En verdad, en verdad os digo, que si no comiereis la carne del Hijo del hombre, y no bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros." (Jn. VI, 54.)
En muchos lugares del mundo las precedentes categorías comprenderán hasta el 95 por ciento de la población.
Incluso a nosotros, que tenemos la sensibilidad embotada, nos resulta doloroso tener que contemplar esto.

¡Cuánta más pena no le habrá causado a nuestro amable Salvador -que lo vio todo y lo experimentó plenamente- cuando permitió que esa terrible visión le abrumara en el Huerto de los Olivos! “Transcurrió un espacio de tiempo muy apreciable antes de que pudiera dominar aquel instinto de santo horror y someterse El mismo a la voluntad de su Padre. Toda la tragedia de su agonía queda reducida a esta batalla desesperada. El pecado estaba a punto de cerrar con Él. Jesús previo esta espantosa lucha cuerpo a cuerpo, y sintió miedo. Luego, tan pronto como el abominable contacto sea llevado a cabo, la refriega será tan cruel y el esfuerzo para resistir al abrazo del mal tan terrible que sudará gotas de sangre. Después, abatido, rebasado, invadido, empapado hasta la misma medula en el ignominioso torrente, inclinará su cabeza bajo el peso del bochorno y del insoportable tedio por su situación." (Bolo: Tragedia del Calvario.)

¿SOY YO EL GUARDIAN DE MI HERMANO?

¡Suponed ahora que San Juan Crisóstomo -y el Evangelio- tienen razón! Y que nosotros, llegados al tribunal de la Eterna justicia, somos acusados de culpabilidad con relación a la manera desdichada en que esos pobres marineros, y los millones de personas a quienes ellos representan, hicieron uso de sus últimos instantes.

¿Qué vamos a responder a ese aterrador interrogatorio? ¿Nos atreveríamos a eludirlo, diciendo: “Soy yo el guardián de mi hermano?" Este alegato vino bien durante la vida, y cuantos tenían el corazón endurecido hicieron uso de él y lo pusieron en práctica. Pero si nosotros hacemos lo mismo, de nada nos servirá. Pues la respuesta será simplemente, “Sí", privándonos de todo pretexto y defensa y dejándonos sin decir palabra. Sabíamos que nuestro Salvador dependía de nosotros, que le poseíamos para llevarle a aquellos que no le poseían. Sin el ministerio de un hombre, El no se da a otro. Por lo mismo esta indiferencia e inactividad por parte nuestra terminan inevitablemente en esa escena del submarino y en otras parecidas.

Pero quizás podamos dar una cuenta más honrosa de nosotros mismos: "Esas cosas constituyen una situación imposible. Lo deploro. ¿Pero qué más puedo hacer acerca de ello? ¡Estoy trabajando por las almas en el lugar que me corresponde, y de este modo gracias al mecanismo del Cuerpo Místico llego hasta las almas que me son inaccesibles!"

Esto suena mejor. Se admite responsabilidad y se manifiesta la buena voluntad de asumirla. ¿Pero es suficiente ese grado de cargar con la responsabilidad? ¿Cómo puede serlo? Pues si lo fuera, sancionaría la localización de la y del esfuerzo cristiano en sitios que ya poseen esas cosas. Ello significaría abandonar los lugares más necesitados en el estado en que se encuentran.

LA ORACION - PRELUDIO DE LA ACCION

Después está esa otra respuesta: "¿Qué puedo hacer si no es rezar por esos desdichados lugares y personas, cosa que ya hago?" Pretendéis que semejante oración os exima completamente de vuestra responsabilidad a causa de la dificultad o, como vosotros diríais, de la imposibilidad de llegar más lejos. Pero os aseguro que no podéis excusaros por dos razones: una práctica y de menor importancia; la otra fundamental. La primera es: ¿Cuanto rezáis? Pues no habléis en absoluto de oración a este respecto a menos que no habléis en serio. Ordinariamente la oración se considera como un medio de eludir un deber. «Oremos" o no, es más que una mera fórmula piadosa, que no significa en modo alguno que en realidad se ore; o bien se trata de una contribución desproporcionada e insignificante. Mas aunque ésta sea valiosa, ¿os exime de vuestra responsabilidad? De no ser que estéis especialmente consagrados a la vida de oración, no creo que os exima.

Pues ello, repito, conduce lógicamente a mantenerse lejos del contacto físico con esos lugares y problemas, actitud muy diferente de la del Evangelio, que es esencialmente una actitud de ir y hacer. Nuestra tendencia casi irresistible- es huir de ese contacto físico porque puede ser tan dificultoso, o como decimos, tan imposible.
La oración no debe representarse jamás una escapatoria. No debe pensarse que la oración constituya una excusa, o algo en que descansemos. Ella es el preludio y el necesario acompañamiento de la acción. Es el dinamismo mediante la acción. Si se pone en práctica como es debido, conducirá a la acción y llevará la acción a la fecundidad. Se asemeja a la corriente eléctrica que se hace operativa mediante un mecanismo. La acción es ese mecanismo. La acción en los negocios humanos puede compararse al papel imprescindible que desempeña el agua en el Bautismo o el pan en la Eucaristía. Por lo mismo, la acción no menos que la oración es necesaria para la resolución de todos esos problemas. Somos seres humanos, compuestos de alma y cuerpo; y tanto el alma como el cuerpo deben hacer cuanto esté de su parte por esas almas pecadoras y necesitadas. La oración es la operación de una parte de nuestro ser. El resto de nuestro ser debe cooperar apropiadamente. Debe haber algún acto tangible o contacto que pueda llamarse físico, entre nosotros y esas anémicas almas de cristianos. Naturalmente, esa acción debe llevarse a cabo con el máximo de intensidad y desplegarse de modo eficaz. Pero en el caso de que esa acción eficaz no parezca ser posible, entonces hay que tratar de llevar a cabo alguna acción; como último recurso incluso un leve ademán, hasta un esfuerzo físico inconexo o en sí fútil, o un acto simbólico semejante al de San Francisco predicando a los pájaros y peces.

ACCION SIMBOLICA

¿Acaso parece esto completamente ridículo? Posiblemente si. Pero no tanto como parece. Porque nos librará de lo que de otro modo ocurriría en casi todos los casos, esto es, de una inacción total y altamente inexcusable. Pues, habiendo establecido como primer principio que debemos hacer algo, nuestro sentido de la prudencia y de la economía dará a nuestra acción formas eficaces; de modo que no tendremos que continuar durante mucho tiempo esa clase de acción a la que doy el calificativo de “simbólica"
No es suficiente que los confesonarios y comulgatorios se hallen abiertos a todos los católicos, y que delincuentes de entre ellos tengan ocasión de ser atendidos en prisiones y hospitales. Eso no es más que pensar según el punto de vista de los católicos. Además, ello no supone más que un mínimo de aproximación hacia los mismos, y más bien implica que ellos se acercan a nosotros. Para hallarnos tienen que venir a nuestro territorio; en tanto que la esencia del acercamiento consiste en que nosotros vayamos al suyo y que en el busquemos a todos y a cada uno de ellos; dentro de las profundidades y cavernas mas peligrosas, incluso dentro de sus mas inaccesibles lugares, tales como sus palacios.
¡Oh, pero todo esto es absolutamente imposible en este mundo moderno!
¡Imposible! Al decir esto, os olvidáis de hablar y quizás de pensar como cristianos. Nuestra actitud ante lo 'imposible" debe estar condicionada por lo siguiente:
Primeramente, por lo espiritual, que nos dice que “para Dios nada será imposible", y que mediante la fe y el esfuerzo podemos deshacer la imposibilidad natural. En segundo lugar, por lo psicológico, que nos enseñará que al dar a algo el calificativo de imposible, virtualmente lo hacemos imposible. La tercera consideración es que el divino mandato de ir en busca de todas las almas no quedó limitado por ninguna cláusula acerca de si nos recibirían o no bien, o de si serían o no dóciles.
Por lo mismo la idea es acercamiento a cualquier precio, a toda costa. Si dejamos cualquier abertura, aunque sea mucho más pequeña que el proverbial ojo de una aguja, nuestra ingeniosa debilidad nos hará capaces de escaparnos a través de ella. Por tanto, no debe haber ningún resquicio, lo que quiere decir que incluso frente a situaciones que parezcan genuinamente desesperadas, esa acción que llamo «simbólica" debe ser llevada a cabo. Cuando se ha dado ese paso que tan fútil parece, éste dará lugar a otro más eficaz dentro de nuestras posibilidades. Y luego a otro. Del mismo modo que cada nuevo pico que escala el alpinista permite a éste divisar otro más alto; hasta que el último de todos se presenta ante él listo para ser conquistado.

ACCION MARIANA

Pero existe un elemento de acción que no debo presuponer hasta el punto de que omita el mencionarlo. Pues es esencial; se trata del elemento mariano. Sin éste, es posible actuar devota y enérgicamente, y no obstante no hacer nada de valor. Pues Nuestra Señora es parte del principio de fecundidad. Nuestro Señor no quiso ser fecundo por sí solo. No vino a la tierra sin María. Igualmente insiste en la acción de María como condición para su revolucionaria entrada en las almas. Por consiguiente, sin María los mayores esfuerzos no acabarán más que en la esterilidad. Por otra parte, con Ella, todo esfuerzo producirá el debido fruto; al mismo tiempo que los actos heroicos llevan a cabo algo milagroso y por tanto pueden llegar hasta esas cosas dignas de compasión tales como las ocurridas en aquel submarino, y ponerles remedio.

La precedente exposición de áridos principios requiere el refrigerante oasis de un ejemplo real. Por lo mismo os describo una acción, no de tipo simbólico que normalmente no se suele tener tan a mano; y que fue utilizado por la Providencia para implantar la Legión en el nuevo continente.

EJEMPLO DE ACCION SIMBOLICA

En noviembre de 1930, dos legionarios marcharon a París en un primer intento de conseguir la por tanto tiempo deseada implantación de la Legión en esa influyente ciudad. Llegados en vísperas de la festividad -concretamente del centenario- de la Medalla Milagrosa, como es natural, fueron derechos al Convento de la Aparición en Rue du Bac. Aquella noche, y en otras varias ocasiones durante su estancia, conversaron con Ma Soeur Reeves, religiosa americana, y discutieron con ella acerca de la Legión.
Algunos meses después de su partida, llegó a Francia para asistir al capítulo de su congregación, el Rvdo. Dr. Jose P. Donovan, C.M., del Seminario Kenrick, en Webster Groves, Missouri, U.S.A. Terminado el capítulo pasó unas vacaciones en Inglaterra e Irlanda durante las cuales -parecerá extraño- no oyó mencionar el nombre de la Legión. Luego, una semana antes de la fecha en que tenía que embarcarse para América en un buque francés, regresó a París. Ya el primer día de su llegada a esta capital, fue a visitar a su compatriota, Ma Souer Reeves, que le habló acerca de la Legión proporcionándole un ejemplar del Manual.
Preguntémonos a nosotros mismos: ¿Qué sucedería ordinariamente en semejantes casos? Creo que (a lo más) el Manual sería cuidadosamente guardado entre el equipaje "a usar durante la travesía", y luego leído atentamente mientras el barco seguía su marcha hacia el oeste a través de las aguas del Atlántico.
Pero no. ¡El Dr. Donovan lo leyó inmediatamente! Nos refiere sus impresiones: ¿Es esto una organización real? ¿O es meramente un esplendente ideal puesto sobre el papel? El hecho de que el público había guardado tanto silencio acerca de ello parecía reflejar lo segundo. Pero si fuera real, ¿entonces que? Nada menos, se decía a si mismo, que habría llegado la asociación que durante tanto tiempo se había esperado en la Iglesia.

Llegados a este punto hagamos de nuevo la pregunta: ¿Que podríamos esperar que hiciera ahora el Dr. Donovan? En la inmensa mayoría de los casos, el Manual habría sido estudiado durante la travesía, y después de haber llegado al punto de destino, se habría iniciado una correspondencia con vista a plantear el problema: ¿Realidad o sueño? y la cuestión igualmente enojosa acerca de la adaptabilidad de la asociación a las circunstancias de la vida americana.
Esa sería la conducta de la generalidad de las personas; y podemos temer que terminaría (como ordinariamente terminan las gestiones de los hombres) en pequeñas realizaciones, por no decir insignificantes.
El Dr. Donovan se hallaba fatigado a causa del viaje. Sentado sobre una silla en cubierta procuraba descanso tanto para su cuerpo como para su espíritu. Ansiaba llegar al final de su viaje.
¿Pero que hizo? Actuó con dinamismo. Sin retrasarse un solo instante, volvió a hacer su maleta. Tomó el tren y luego el barco y después el tren (volviendo a recorrer aquellas distancias de tantas millas objeto del su reciente viaje) y regresó a Dublín. Y allí permaneció hasta el último momento con el tiempo justo para regresar a Francia a tomar el transatlántico. Durante ese tiempo estuvo dan do vueltas inspeccionando secciones y obras, y formulando innumerables preguntas. Por una "coincidencia" feliz la presidenta de la Legión en Inglaterra, Felipa Szczepanowska, se hallaba en Dublín y fue interrogada por el.
¡A continuación otra vez a recorrer todas esas millas de Dublín a Francia!

LA ACCION SIMBOLICA LLEVO LA LEGION A AMERICA

Cuando el Dr. Donovan estuvo por fin de regreso en Kenrick puso por escrito sus pensamientos y los envió a la American Ecclesiastical Review. Poco después el artículo apareció bajo el título: "¿Es ésta la asociación hace tiempo esperaba en la Iglesia?" Por tercera vez pregunto: "¿Qué acontecería ordinariamente en semejantes casos?" Respondo con otra pregunta: ¿Cuál es el destino que ordinariamente tienen los artículos de revistas? Despertar un poco de interés; ¡y nada más!

¡Os equivocáis de nuevo! El artículo produjo verdadera sensación. Desde muchísimos lugares, muy distantes algunos de ellos (lo que habla en favor de esta revista), llovieron peticiones e información acerca de la Legión. La consecuencia no se hizo esperar; la primera rama de la Legión quedó implantada en el Nuevo Mundo. Tuvo principio en Raton, Nueva Méjico, por obra del Padre Nicolás Schaal. La fecha de aquel importante acontecimiento fue el 27 de noviembre de 1931, festividad de la Medalla Milagrosa, hecho no advertido por aquellos legionarios de Raton. Observad la significativa coincidencia": fue el primer aniversario de la visita de aquellos dos legionarios a Ma Souer Reeves en Rue du Bac; acto que fue simbólico y fútil en el sentido de que debía fracasar en su objetivo que era la implantación de la Legión en Francia; pero no obstante llegó a ser sumamente fecundo. ¿Quién puede dudar de que la "coincidencia" representaba en realidad un delicado cumplido llevado a cabo por la Reina del Cielo para con el Dr. Donovan y los demás miembros de la cadena humana que en conjunto y por separado ACTUARON como debían?

¡Ahora, otra observación respecto a este hecho! Si el Dr. Donovan no hubiera regresado a Dublín y se hubiera contentado con leer y orar en el barco, y luego hubiera escrito aquel mismo artículo para la Ecclesiastical Review, ¿se habría despertado todo aquel gran interés? ¿Habría tenido como consecuencia la implantación de la Legión en Raton y el subsiguiente incremento de la misma en América? Me atrevo a pensar que esas cosas no habrían tenido lugar: en otras palabras, todo ello surgió de la dinámica acción del Dr. Donovan, acción que se había llevado a cabo en contra de un determinado itinerario, a pesar de una fatiga corporal y mental, y contra la tentación de tomar la salida fácil; en otras palabras, contra tal conjunto de naturales repugnancias y fuertes excusas como para constituir lo que los hombres denominarían una imposibilidad.