CAPITULO X LA CENICIENTA ENTRE LAS CASAS DE EJERCICIOS
La solución de casos iba de prisa. Disminuía en la Casa el número de chicas. Esto traía, como cosa natural, el pensar en nuevos Ejercicios. Pero esta vez nos hallamos frente a una dificultad. Poco después de los segundos Ejercicios se nos dio a entender que no podrían prestarnos ya la escuela de Baldoyle, en razón del peligro que había de que las dos obras vinieran a embrollarse. Esto no nos desanimó, como podría haber ocurrido. Porque, a decir verdad, ya nos teníamos tragado que así habría de ser cuando el caso lo requiriese. Y pronto vino a ser necesario. Entonces renovamos la petición... pero sin éxito. Y fue un golpe. La cosa llegó a un punto crítico hacia noviembre. En Casa no teníamos más que un puñado de chicas. Estábamos más que a punto para dar otro paso adelante. Y no podíamos darlo, pues entonces aún estábamos agarrados al principio de: "No admisiones sin Ejercicios previos". Nótese, sin embargo, que nosotros ya íbamos cediendo algo por nuestra parte, por el hecho de que en dos ocasiones justificamos la excepción a nuestra regla obrando de manera distinta.
Seguían sin parar por todo este tiempo nuestras visitas a las fonduchas. La Hospedería iba siendo conocida. Las chicas llamaban a sus puertas. Recordaréis nuestro método de tratar a las futuras internas, enviándolas a alguna institución, donde esperaran hasta el tiempo de Ejercicios. Y ahora teníamos ya muchas chicas que esperaban en calidad de "tales asiladas". La prolongada espera produjo desasosiego entre ellas, y algunas perdieron la paciencia y lo dejaron todo. La señorita Whyte, que era la matrona del Hospital Lock (que por algún tiempo había estado sujeto a nuestras visitas) estaba ansiosa de encomendarnos algunas de ellas. Y dicho sea de paso, la señorita Whyte nos sirvió de gran ayuda. En ella se unían la capacidad profesional con miras de apostolado. Nunca perdió de vista los intereses espirituales de las que estaban a su cargo.
Una de las asiladas merece "mención honorífica". Era ella Ellie Cusack. Se la encontró en circunstancias doblemente interesantes, teniendo en cuenta el hecho que las relaciona con un segundo y muy importante campo de operaciones "legionarias". No lejos de la Hospedería (y para ser más preciso, detrás de la iglesia de los Carmelitas) había una institución conocida por el Seis y Medio de la calle de los Frailes Blancos. Era un anillo de un indigno y raro sistema, conocido por el pueblo con el nombre de "Proselitismo". Poseyendo grandes recursos financieros, recaudados por contribución entre personas que con toda calma miran el casi total descreimiento patente dentro de su secta y que arden en celo monomaníaco por la conversión de los romanistas, sea como sea, el Seis y Medio llevaba adelante su obra desde 1878, tiempo en que hubo un hombre no muy notable. Esta obra no servía más que para explotar las necesidades de los más pobres y de los más ignorantes. Les daban los domingos un desayuno gratuito, pero entreverado éste con un servicio religioso y un sermón, basado siempre en la idea de destruir la fe católica.
Era la obra aquella un crimen contra el Cielo y contra la sociedad. Era también la única esperanza, para renovar aquellos elementos decaídos, volverlos al nervio religioso que el Seis y Medio se empeñaba en destruir, fuera cuales fueran sus intenciones.
Admitió la persona que atendía a los destinos de aquel lugar el hecho de que ningún católico salía de allí ganancioso, y esto lo amplío con esta sencilla comparación: El católico, que sentía el influjo de esta obra, quedaba agostado como por el aliento de una bruja. Quedaban envenenadas su fe y su hombría de bien. Acabaron locos muchos de ellos.
Todos los domingos, por la mañana, y por espacio de tres horas, nuestros "legionarios" se estacionaban a la salida de aquel lugar, haciendo llamamientos a los mejores instintos de los que entraban y encaminándolos a una institución católica, donde también se daba comida gratuita. Cierta mañana se acercó allá una mujer, cuyo porte sobresalía aun en medio de aquella fantástica corriente de humanidad abyecta. Borracha y hecha una lástima, parecía como si enteramente vestida se hubiera revolcado en el barro. El barro se había solidificado y resecado sobre ella. Sus pasos inseguros le acercaron a un "legionario". Llegó a un paso de distancia, y cuando se le habló, luego volvió aquella carucha, que revelaba su vida sucia. Lo que parecía haber sido un sombrero se le cayó de adelante atrás, y quedó como colgando de una sola trenza de pelo. Escuchó ella primero con ira; luego, más dócil. Sí, sabía ella que no debía entrar en un tan vil lugar. Se alejaría de allí. ¡Ah, sí, hacía mucho tiempo que no se acercaba a los sacramentos. Sí, mucho tiempo hacía que llevaba esa vida tan arrastrada. No quería vivir así. ¡Pero es tan difícil salir!... Sí, había oído hablar de la Hospedería; tal vez probaría algún día... Después de un rato logró mantenerla de pie y guiarla hacia la calle Francis, siendo la pareja objeto de interés y regocijo para las multitudes endomingadas. Cuando hubieron llegado se entrevistó con el P. Creedon, que ya estaba revestido para decir Misa. Y, habiéndole ganado por completo la voluntad, fue llevada en un taxi a uno de los Asilos de la Magdalena. La idea era que allí esperara hasta los próximos Ejercicios de la Hospedería. Pero para mayor contento nuestro, quiso quedarse en el Convento de por vida, ganándose este juicio de las monjas: "Es la mejor penitente que jamás hemos tenido". Algunos años más tarde, una pasión arrebatadora la sacó fuera. Y arrastrándose así por una pendiente fatal, vino al fin a caer en las redes de la Hospedería. Para desde allí, después de algún tiempo, volver al Convento, donde aún está (194O), y es un modelo de santidad y hermoso ejemplo para todos. Hallándome precisamente escribiendo estas líneas, me llega una carta suya. Dice así:
"Unas líneas nada más, para desearle santas y felices Pascuas de Resurrección. Espero se encuentre usted bien y que no se olvidará de rogar por mí. Yo nunca me olvido de usted. Que Dios le bendiga, es la oración de su fiel servidora... Ellie Cusack."
Fui yo quien la ayudó aquella mañana por la calle Francis arriba, y su corazón agradecido conserva el recuerdo. No pasa ni una sola de las grandes fiestas sin que yo reciba una de estas esquelas.
Esta mención honorífica es ejemplo de casos innumerables en que se manifiesta una grata y esencial colaboración de los Asilos de la Magdalena y nuestra "Sancta Maria" en bien de las almas. ¡Y aún son tan contadas las ciudades en que existe una "Sancta Maria"!
A principios de noviembre el P. Creedon y yo visitamos al P. Flanagan, un sacerdote distinguido de Dublín, administrador entonces de la Pro-Catedral; y en varias ocasiones discutimos con él nuestros planes para el futuro (que en parte concernían a su parroquia) y también nuestras dificultades, de las cuales era la principal el cese de operaciones. El P. Flanagan no era más que un mero simpatizante nuestro. Hizo un especial esfuerzo por conseguirnos de nuevo a Baldoyle, pero fue en vano. Había que descartar de nuestra baraja esta carta de triunfo. Siguió una temporadilla de descorazonamiento, en que no sólo no hubo Ejercicios, pero ni tan siquiera apariencia de poderlos tener. En este período acudimos suplicantes a muchos sitios; en todas partes encontrábamos impedimentos para el nuevo tipo de Ejercicios nuestros, por ejemplo, temores por las obras ya existentes, otra suerte de miedos, estaban los nuestros fuera de lugar, etc., etc. Y el caso es que teníamos que tragarnos lo razonable de tales negativas. Y en esto nos encontrábamos sin casa de Ejercicios y, por consiguiente, sin Ejercicios y... parados en seco. El declinar de cada esperanza era como el declinar del sol. "Con él se fue la luz de nuestra vida", que diría el poeta. Pero... resulta que el sol vuelve a salir cada día.
Una de estas desilusiones fue muy penetrante. Vagando errantes, fuimos a parar al Convento de San Juan, en la calle North Brunswick. Allí era Sor Agustina el espíritu animador. Logró meter en el alma de la Superiora el interés por la idea; y todas las monjas sin excepción estaban del todo a nuestro favor. No podíamos dudar de que el Convento de San Juan contribuiría mucho al éxito de nuestros Ejercicios. Los patios eran pequeños; pero ésta era la única desventaja. Recorrimos el Convento y ya fuimos dando destino a cada departamento. El gozo inundaba nuestro campamento cuando dábamos cuenta del resultado feliz de nuestra búsqueda en la junta del 6 de diciembre. Pero, ¡ay!, que las cosas se mostraban lisonjeras para darnos una mayor desilusión. Aún no había llegado la hora del éxito, aún no se había dicho la palabra final. Y esta habría de decirla la autoridad mayor de la Orden; y la decisión lamentable fue un NO. Y la razón dada:
"Que la cosa no tenía razón de ser."
Aquello filé un doloroso golpe. Apagó el último resplandor de toda esperanza, cuyo sol entró en un eclipse permanente de fuera, inundando nuestra obra de una desastrosa y fría penumbra. Bueno, pero... ¿y por qué no ahuyentar aquella oscuridad, encendiendo aunque no fuera más que la luz eléctrica... que es decir, tener los Ejercicios en la Hospedería misma? Mucho antes se había hecho esta proposición, pero había parecido sencillamente absurda, y cuanto más se la consideraba, menos tentadora parecía la idea. Nuestro jardincito, con todo tan a la vista, no podía ser utilizado; y esto significaría que los Ejercicios habían de ser completamente cerrados. Y aun dentro de casa brillaban por su ausencia las facilidades más elementales para el caso. Acostumbradas nuestras almas a las perfectas disposiciones de los Ejercicios tenidos antes, ahora teníamos ante nosotros la perspectiva de unos para los cuales un mismo salón habría de servir de comedor, de sala de reunión y... de campo. ¿Por cuánto tiempo se conformarían con esto aquellos nervios que estuvieron inquietos, aun en aquellos espaciosos y variados campos de Baldoyle? Esto no servía para estar a solas con el pensamiento y para meditar. Una explosión violenta, en una crisis dentro de casa, podría dar al traste con todo. Y al punto revivieron en nosotros los terrores de los primeros Ejercicios.
Unánime fue, sin embargo, la decisión. Resolvimos ir adelante y... no descorazonamos por estas cositas. Y discurrimos así: "No habíamos escatimado nuestros esfuerzos por la obra, no habíamos desconfiado vergonzosamente de Dios y de nuestra Reina celestial... ¿por qué habríamos de dudar de que el cierre de todas las puertas significase que era su Voluntad y nuevo proceder de Dios el que tuviéramos los Ejercicios en la Hospedería? Y si ésta era su Voluntad, ¿por qué emperramos en la nuestra? Y procedimos a aprovisionamos de cuanto necesitáramos.
Lo primero de todo fue llegarnos a Mons. Fitzpatrick, pidiéndole permiso para estos nuevos Ejercicios. Nos recibió, y al despedirnos nos dirigió palabras de aliento como lo hizo siempre con nosotros.
Hasta entonces no habíamos tenido oratorio ni lugar especial para las oraciones en la Hospedería. Las oraciones diarias se rezaban en el salón delante del Sagrado Corazón. Y ahora teníamos que procurar un lugar donde se dijera Misa. Quedó convertido en un precioso oratorio el cuarto que está encima de nuestra oficina y que es más amplio que la anchura del salón. Necesitábamos una imagen grande le la Inmaculada Concepción, y nos fuimos al almacén de Bull en busca de una. Y allí, de cara al entrar, estaba el modelo más hermoso que en mi vida vi. Y lo más curioso es que tenía la más curiosa historia. Ya había sido vendida y llevada a un convento de provincia; pero fue devuelta por no estar conforme con el encargo. Y no hacía más que cuestión de unos minutos que había sido colocada en la vitrina, cuando entramos nosotros. Con verla nos bastó; y en seguida pasó a ser propiedad de "Sancta Maria". Por extraña coincidencia la imagen que había sido rechazada vino con nosotros a quienes de tantas puertas se había despedido.
Poco después Myra House (fiel siempre a sus tradiciones de asistencia al prójimo) nos compró una muy valiosa y exquisita imagen del Sagrado Corazón.
Acontece de ordinario que la imaginación va más allá de la realidad. No así en este caso nuestro. Nunca pudimos imaginar la de cosas que lleva consigo la rutina de unos Ejercicios, hasta que nos metimos en ello. ¡Señor, y qué orgía de préstamos fueron sucediéndose uno tras otro! ¡Cuántos sitios se hicieron acreedores a nuestra gratitud en aquellos días de ponernos al corriente! ¡Y qué variedad de plumaje prestado vino a nuestra casa, para que ésta pudiera representar su papel de Casa de Ejercicios! Claro que no todo ello era magnífico; pero, al menos, cada cosa cubría una necesidad urgente.
Desde luego que para salir a escena allí estaban las personas de nuestra confianza. El P. Felipe, el invariable P. Felipe, estaba de nuevo allí para dirigir los Ejercicios. Era entonces presidenta de "Sancta Maria" la señorita May Massey, que aún sigue fiel a su labor "legionaria" (1940). Son obra de la señorita May Woodhead las actas de aquellas juntas que voy escudriñando y que llegan al 21 de noviembre de 1922. Entonces le sucedió como secretaria la señorita Estela Condell, que hoy tiene a su cargo la dirección de la Hospedería. Los registros estuvieron desde el principio a cargo de la señorita María Stallard, una muy galante y espiritual, menudita operaria, destinada a ocupar, no obstante su innata delicadeza, una serie de presidencias y a formar muchos Praesidia. Los peregrinos de la segunda peregrinación de la "Legión" a Lourdes la recordarán siempre como un estuche. Poco después pasó a mejor vida a recibir su galardón.
La apertura de los Ejercicios fue en la tarde del domingo 4 de febrero de 1923. Fue precedida del acostumbrado huracán de alistamiento de ejercitantes. Además de las que quedaban en la Hospedería logramos reunir otras catorce chicas, traídas de las casas de huéspedes del distrito Sur de la ciudad, y de las que en varias instituciones esperaban, con más o menos paciencia, la llegada al acontecimiento. Los Ejercicios durarían hasta el miércoles por la mañana. Cinco "legionarias" vinieron a vivir en la Hospedería, para dejar libres a las chicas el cuidado de la casa, y para ayudar en lo que se presentara durante aquel período crítico. Nuestro sentido de tensión estaba muy en relación con el de los primeros Ejercicios. Otra vez nos hallábamos metidos en lo desconocido.
Ha llegado la primera nueva. No recuerdo quién era; si lo recordara le dedicaría un párrafo, pues bien se lo merece el primer ingreso en nuestra propia casa de Ejercicios. Aumenta nuestra satisfacción a cada nueva chica que se presenta. Al menos, nuestra pobrecita Cenicienta en las Casas de Ejercicios se ha hecho querer no menos que sus hermanas mayores.
Ya están reunidas todas las chicas. Nuestra nueva Capilla se ve llena por primera vez; y con la conferencia de apertura comienza nuestro atrevido experimento.