CAPITULO XI "EL APOSTOL LA TUVO CONSIGO EN SU CASA"

-Juan, XIX, 27

En el Manual se ha insistido en que no podemos escoger ni elegir de Cristo lo que nos parece; que no podemos recibir al Cristo glorioso sin introducir dentro de nuestras vidas al Cristo del dolor y de la persecución; porque no hay más que un Cristo que no puede dividirse. Tenemos que tomarlo como es. Si vamos a Él en busca de paz y felicidad, podemos encontrarnos con que nos hemos clavado a la cruz. Los extremos se tocan y no pueden separarse; no hay triunfo sin pena; no hay trono sin espinas; no hay gloria sin amargura; no hay corona sin cruz. Vamos tras uno de ellos y hallamos que hemos tomado también su opuesto.

Y, naturalmente, la misma ley se aplica a la Santísima Virgen. Tampoco Ella puede ser dividida en compartimentos de modo que podamos escoger y elegir lo que parece nos conviene. No podemos unirnos a Ella en sus alegrías sin hallar que luego nuestros corazones quedan traspasados por sus sufrimientos.

LA VERDADERA DEVOCION SIGNIFICA UNION

Si, como San Juan el discípulo amado, queremos tenerla en nuestra casa (Jn. XIX, 27), tiene que ser por entero. Si sólo queremos aceptar una fase de su ser, difícilmente la tendremos a Ella por entero. Es claro que la devoción a la Santísima Virgen debe abarcar y tratar de reproducir todos los aspectos de su personalidad y de su misión. No debe comprender especialmente lo que no es lo más importante. Por ejemplo, está bien que consideremos a la Santísima Virgen como nuestro excelente modelo cuyas virtudes debemos reproducir en nuestro interior. Pero hacer eso y no hacer nada más seria tener por Ella una devoción parcial y realmente mezquina. Ni es suficiente rezarle, aunque sea en cantidad considerable. Ni es suficiente reconocer, alegrándose de ello, los innumerables y maravillosos modos como las Tres Divinas Personas le han circundado y han edificado sobre Ella, y le han hecho reflejar los divinos atributos. Todas estas muestras de respeto le son debidas a Ella y se le deben otorgar, pero no constituyen más que parte del todo. La verdadera devoción hacia Ella sólo se consigue mediante la unión con Ella. La unión lleva consigo necesariamente comunidad de vida con Ella; y su vida no consiste principalmente en provocar la admiración sino en comunicar gracia.

LA MATERNIDAD, PRERROGATIVA DE MARIA

Su vida entera y su destino han sido la maternidad, primeramente con relación a Cristo y luego con relación a los hombres. Para esto fue dispuesta y traída a la existencia por la Santísima Trinidad después de haberlo deliberado por toda la eternidad (como observa San Agustín). El día de la Anunciación la Santísima Virgen dio comienzo a su obra maravillosa, y a partir de entonces Ella ha sido la madre solícita ocupada en los quehaceres domésticos. Por algún tiempo estos fueron llevados a cabo en Nazaret, pero pronto el pequeño hogar se convirtió en el mundo entero y su Hijo en toda la humanidad. Y así ha continuado ocurriendo; constantemente sus quehaceres domésticos siguen llevándose a cabo y nada puede hacerse sin Ella en ese Nazaret en grande. Todo cuanto se haga por el Cuerpo Místico del Señor no es mas que el suplemento de los cuidados que Ella le presta; el apóstol no hace mas sumarse a la maternal solicitud de María; y en ese sentido Nuestra Señora podría afirmar:
«Yo soy el Apostolado", casi como cuando dijo: «Yo soy la Inmaculada Concepción."
Siendo esa maternidad con respecto a las almas la función esencial y la verdadera vida de María, se sigue que sin participar de esa vida no puede haber unión real con la Santísima Virgen. Por tanto, determinemos una vez más la posición: la verdadera devoción a María debe comprender el servicio a las almas. María sin maternidad y cristiano sin apostolado, serían ideas análogas. Tanto la una como la otra serían incompletas, irreales, inconsistentes, falsas según la Mente Divina.

LA DEVOCION A MARIA CONDUCE AL APOSTOLADO

Por lo mismo, la Legión no está edificada, como algunos suponen, sobre dos principios, esto es, María y el Apostolado, sino sobre el único principio de María, el cual principio abarca al apostolado y (bien entendida) a toda la vida cristiana.
Contentarse con los buenos deseos es proverbialmente un vano subterfugio. Un ofrecimiento meramente verbal de nuestros servicios a María puede resultar igualmente vano. No hay que pensar que esos deberes del apostolado descenderán del Cielo sobre quienes se contenten con esperar pasivamente a que ello ocurra. Más bien hay que temer que esos holgazanes continuaran en su estado de inacción. El único método eficaz para ofrecernos como apóstoles es hacer apostolado. Una vez dado ese paso, María se hace inmediatamente cargo de nuestra actividad y la incorpora a su maternidad.
Además, María no puede actuar sin esa ayuda. Pero, ¿acaso va esta observación demasiado lejos? ¿Cómo puede ser que la Santísima Virgen, que es tan poderosa, tenga que depender de la ayuda de personas tan débiles? Mas la verdad es que ese es el caso. Ello forma parte de las divinas disposiciones y requiere nuestra cooperación, por lo que el hombre no se salva más que mediante el hombre. Es verdad que el tesoro de gracias de María es sobreabundante, pero no puede echar mano de él sin nuestra colaboración. Si pudiera hacer uso de su poder siguiendo únicamente los impulsos de su corazón, el mundo se convertiría en un abrir y cerrar de ojos. Pero tiene que esperar a que los agentes humanos se pongan a su disposición. Privada de ellos, no puede desempeñar su maternidad, y las almas se debilitan y mueren. De ahí que Ella acoge calurosamente a cualquiera que realmente quiere ponerse a su servicio, y hará uso de todos y cada uno de cuantos se le presenten; no sólo de los santos y aptos, sino asimismo de los enfermos e ineptos. Tanto necesita de todos ellos que ninguno será rechazado. Aun el más inútil puede transmitir gran parte del poder de María; en tanto que mediante los que son mejores Ella puede ejercerlo con mayor amplitud. Fijaos bien cómo la luz solar fluye deslumbradora a través de unos cristales limpios y por el contrario cuánto le cuesta pasar a través de otros sucios.