CAPITULO XI HACIA LO DESCONOCIDO
Fue desarrollándose una completa distribución de tiempo sin ningún tropiezo y sin ningún momento de desánimo. La impresión espiritual que con todas sus improvisaciones dieron aquellos Ejercicios no fue menor que la de los anteriores. Casi en todas se manifestó en todo y por todo aquel mismo esfuerzo por buscar la bondad, lo cual significaba en la mayoría de ellas una lucha fiera con malas inclinaciones inveteradas. Las Misas de cada día en el oratorio calaban tan a lo hondo de nuestro ser, como creo no lograrían impresionarnos aun las ceremonias más imponentes fuera de este lugar. Todo allí personas y cosas había sido penosamente reunido por nosotros, y ello hacía que fuera muy íntima la presencia de Jesús entre nosotros, EL BUEN PASTOR Tuve yo el honor de ayudar a las tres Misas.
El resumen de aquellos Ejercicios está contenido en la presente cita que tomo del acta de la junta siguiente:
"Los Ejercicios han sido un gran éxito. Nos han animado a seguir adelante; y se sugirió que deberíamos probar el tener unos Ejercicios cada mes."
¡Una vez cada mes... Aquello sería dar una marcha forzada al péndulo. De un estado de cosas en que no podríamos tener Ejercicios, pasábamos a tenerlos.
¡A tanda por mes!... Pero no hay que mirar esto como una exageración histérica de una idea buena. Porque ello significaba la confianza más segura de recoger un puñado de chicas para cada nueva tanda; luego, dirigirlas y colocarlas, para conservar después el contacto con todas las que hubieran pasado por nuestras manos.
Y ahora, queridos lectores, ¿me permitís filosofar un poco sobre todo esto? Hasta ahora me lo habéis permitido. Y así espero que no os molestará sentaros por unos momentos y escucharme pacientemente. ¿Habéis llegado a considerar como la cosa más natural, según habéis leído, que aquellas chicas pudieran ser reunidas así en gran número, sacándolas de su mala vida? Recordáis también que todas bebían profusamente. Precisamente a estos últimos Ejercicios vinieron dos completamente borrachas. Y al oír esto no pongáis en absoluto cara avinagrada. Se necesita valor para obligar al propio yo a rechazar su personal modo de vivir y aceptar una real abnegación. Así que mirad con ojos compasivos a aquellas que, aun irresolutas, han de sacar del fondo de una botella tales ánimos. Los nervios de todas ellas están en cruel tensión. Sin embargo se lanzan de corazón a unos Ejercicios de tres días, sujetándose a condiciones tan poco ventajosas, como os he dicho. Tan extrañas ejercitantes pasan aquellos días entre el pequeño oratorio tan lleno que se ahogan en él-, sus dormitorios y una ancha sala que les sirve de comedor, de lugar de reunión y de campo. ¿No sería esto una verdadera prueba aun para personas piadosas y resueltas? Y a pesar de eso no se experimenta dificultad mayor en llevarlas y los resultados espirituales son de primer orden.
La mayoría de cuantos me vais leyendo conocéis cuánta es la miseria de la naturaleza humana. Y conociéndola, apreciaréis que aquellas cosas, que comenzaron en julio de 1922 y van siguiendo por febrero de 1923, no son naturales, sino sobrenaturales y manifiestamente milagrosas. Milagro tan prolongado ha pasado a ser cosa rutinaria, normal, por un catolicismo sencillamente creído y practicado. "Sancta Maria" fue un sistema que trataba de volver la gracia a aquellas almas, y que, en primero y segundo lugar y siempre, contaba únicamente con la ayuda de la gracia. Los resultados fueron un triunfo del sistema del catolicismo. No fueron producto de una organización demasiado refinada, ni de ningún proceso de elevación psicológica. Y aun a riesgo de parecer pesado en notar la cosa, vuelvo a repetir que, al aspecto religioso de la obra, hay que darle todo el crédito por ser la base de sus éxitos.
En estos nuestros ultra científicos días, cuando todo tiene que ser explicado, pudiera haber entre nosotros alguna tendencia a blasonar de nuestro proceso de reforma. Pero a mí no me cabe en la cabeza que el éxito de "Sancta Maria" venga por ahí. Nadie podrá negar que una institución, que trabaje a base de tales procesos psicológicos, pueda obtener algún resultado. Pero me atrevo a negar, y esto de la manera más absoluta, que tal institución pueda recoger tal número de chicas que llevan una vida tan aterradora, alcoholizada y casi sin voluntad para salir de su miseria, y hacer con ellas cuanto se logró en estos siete meses, y lo que es más, que estos resultados sean firmes, y lo que aún es mucho más, que perseveren y vayan mejorando en los largos años que siguieron.
No sé cómo un método puramente psicológico puede reformar, a no ser en casos raros. Porque el alma humana buscará siempre lo que le parece que es mejor. Si allí no está la religión para indicarle el verdadero camino, entonces cosas tales como la holganza, la excitación, el placer, el dinero y las comodidades que consigo lleva el dinero, vendrán a serle necesariamente la atracción suprema. Se buscarán, aun a pesar de ciertas dificultades, y de hecho no les impedirá hacerlo ni el peligro del castigo, ni la enfermedad, ni tan siquiera la muerte. Es, pues, consecuencia lógica que la reforma no se puede esperar sino de la religión, como medio universal, es decir, en la mayoría de los casos, pues no cuento los excepcionales.
De hecho, esto es lo que a nosotros nos ocurría. No teníamos ni experiencia ni títulos para tal obra. No pensábamos nosotros con ideas propias de sicología o psiquiatría. Lo metíamos todo dentro de la atracción religiosa y de la dinámica de la gracia. Las casas de huéspedes, mejor, fonduchas, que visitábamos, no eran escogidas, sino como nos salían al paso; y las ocupantes de las mismas venían con nosotros. Obsérvese bien que el material para nuestra obra era corriente y de ningún modo selecto. No puede decirse que las pocas que nos fallaron fueran más duras de pelar que las logradas, no. Y esto era importante. Era señal de un éxito real y verdadero. Parecía demostrar que podía reducirse a la práctica, como la solución sistemática de un mal que ordinariamente se cree sin solución posible.
Y ya que he sacado la moraleja, que me parecía necesaria, digamos adiós al camino florido de la teoría, y volvamos al espinoso de la acción. En la Hospedería la obra sigue bien y constante.
Ya he contado la primera abjuración, el primer matrimonio y nuestra Primera Comunión general. En este capítulo va incluido otro suceso de este género.
Fue el primer bautismo de párvulos. El pequeño en cuestión era el recién nacido de una de las chicas de la primera abjuración. La unión de este miembro adicional del Cuerpo Místico tuvo lugar en San Nicolás de Myra, calle Francis. El chiquillo recibió casi una letanía de nombres; casi tantos como si fuera un mozuelo de sangre real.
La mención del suceso anterior, por relación con una de nuestras dos conversas, nos recuerda otra cosita de la segunda. El registro consigna curiosamente que Eva tuvo que extraerse algunos dientes, y que mientras se hallaba anestesiada ¡decía oraciones preciosísimas!
En aquellas páginas amarillentas hay una nota de lo más interesante, aunque cuando se hizo ni lo sospechamos siquiera. Una sola frase dice que Lizzie Manley y Catalina Deegan salieron de la Hospedería y se fueron a vivir a Bentley Place. Tal como se dice la cosa, no exige más que un suspiro. Señala que perdimos dos a quienes habíamos rescatado y dedicado un paciente trabajo. Bien, pero ¿no podremos aquí -con el poeta- mezclar una sonrisa con un suspiro? Porque ir con el pensamiento a Bentley Place es un detalle por demás importante, la señal que nos dirige a una mayor obra; algo así como el puerto de salida para un viaje como el de Colón por un intrincado y desconocido océano de aventuras espirituales. Al menos, Colón veía el elemento que mediaba entre el punto de partida y el fin de la jornada de sus ensueños, aquella lejanía a donde puso proa aquella su fuerte y pequeña "Santa Maria". Pero aquella nota tan sencilla sobre las dos chicas estaba destinada a poner el timón de nuestra barca pesquera de almas en dirección de lo absolutamente desconocido, de la alta mar de grandes terrores y peligros, de las espesas nieblas y cerrazones de las mentiras y malas inteligencias, en dirección de las demoníacas tormentas.
Pero, ¿qué era Bentley Place para figurar así como una región de misterio y de imaginación? Y ¿qué ocurrió cuando, según nuestro método ordinario de actuar, inmediatamente seguimos la pista de Lizzie Manley y de Catalina Deegan hacia Bentley Place? ¡Pero aquí estribaba nuestra pena! De momento no fuimos tras ellas. Quedamos desconcertados y perplejos. No podíamos seguirlas. Se nos decía que... sencillamente no podíamos ni intentarlo. La fuga de las dos chicas a Bentley Place valía tanto como si hubieran cruzado los mares. Aún más era aquello pues si se hubieran ido a otro país, no podíamos dudar de que, al fin, hallaríamos allí quien por nosotros cuidara de ellas. Pero el hecho de hallarse en Bentley Place -aunque era corta la distancia que nos separaba-, significaba que se habían alejado de nosotros y de toda probabilidad de influencia. Visitar Bentley Place por personas como nosotros no habría que pensarlo ni en sueños.
Es claro que no era ésta la primera vez que oíamos hablar de aquel sitio. Todo el mundo había oído algo de aquel lugar, y aun había muchos que decían saberlo y conocerlo bien. Cuando la realidad era que, fuera de la vaga idea de su emplazamiento, nada o casi nada se conocía del mismo. Fuera de aquella vaga generalidad, todo lo demás era una espesa y revuelta cortina de humo de fábulas e historietas, chismes, anécdotas malsonantes y alusiones a cosas las más terroríficas que imaginarse pueden. Cuando nuestra atención trató de concentrarse en aquel lugar y cuando comenzamos a merodear por los alrededores a la caza de los hechos, poco recogimos que valiera la pena. Los poquísimos, en comparación, que frecuentaban el lugar y que podían ponernos al corriente con claridad se callaban, como es natural. También la gente que vivía cerca del lugar y otros que estaban deseosos de ayudarnos, no nos facilitaban más información que vaguedades supinas, algo así como las que arrancamos a nuestras chicas. Éstas, aunque sumamente dispuestas a orientarnos en lo posible, nos sirvieron de poca ayuda por lo que se refiere a estadísticas y pormenores concretos, que es lo que buscábamos. El misterio de Bentley Place resistía a toda clase de pruebas.
Lo que sigue es una muestra de lo que, en nuestra búsqueda de detalles, encontramos, preguntando a chicas que habían vivido allí:
-Molly, ¿cuántas muchachas hay en aquel lugar?
-Pues mire usted, no sé decirle.
-¿Serán cincuenta?
-Oh, creo que siempre hubo muchas más.
-¿Vendrán a ser como cien?
-No sé. Creo que son muchas más.
-¿Serán quinientas?
-No tengo idea. Nunca traté de contarlas.
-¿Oíste alguna vez que alguien dijera un número?
-No.
¡Y eso era todo! Salvo que existía aquel sitio y que estaba dedicado al vicio, muy poco más era lo que lográbamos conocer. El barrio era compacto, claramente diferenciado y separado del excesivamente poblado territorio que le rodeaba; y que era de gente pobre. Se parecía mucho a lo que leemos en los cuentos de hadas... Corría por allí una línea divisora o lindero; al otro lado existía aquel coto, todo él saturado de aquella fantástica y maligna cualidad de misterio. Así lo entendía todo el mundo. Merece la pena aducir aquí el resumen que hacía un admirable y buen operario (mencionado ya antes en esta historia). Era éste Tom Fallon, quien durante muchos y largos años había trabajado por los alrededores sin entrar jamás en aquel lugar. "El diablo -decía él- ha envuelto todo el terreno con una espesa niebla que desfigura todo lo que no puede ocultar". Era imposible separar lo real de lo imaginario. La corrupción que campeaba dentro del perímetro era, al parecer, tan extensa, tan irrespirable, las historias que corrían por allí eran tan aterradoras, que aun los más santos y valientes estaban convencidos de que nada que no fuera daño se sacaría con intentar poner remedio a tanto mal.
¡Desagradable historia... mejor sería no contarla!, dirá alguno. Pero, ¿por qué no? ¿Acaso no puede hacerse verdadera historia? Y Bentley Place, visto de cualquier forma, es historia. Y además esta historia -tomada en su conjunto- no es una historia ruin. ¿Fue acaso ruin la Redención porque le precedió la vileza del pecado? Cuando consideramos todos los hechos en su justa medida, y ahondamos hasta el sorprendente fin nos encontramos con el extrañamente feliz remate de que todos y cada uno, así como suena, salen airosos del largo y penoso drama. Por eso diremos con el rabí Ezra: "Mirad todos... no temáis!" A mí me parece que los anales de la Iglesia tendrán páginas brillantes como estos últimos episodios de Bentley Place. Nos revelan ese asalto irresistible de la Gracia a las más escondidas y, al parecer invulnerables trincheras del propio demonio. Manifiestan un cristianismo milagroso... tan poderoso como lo fue en cualquier época, para derretir en masa corazones de piedra... para hacer conversiones de multitudes... para ganarse no solamente a una endurecida Magdalena, sino también gran número de ellas, y ver que ya no pecan más; y no serán ya las "chicas" solas, sino sus "cabecillas" y rufianes. Estos acontecimientos muestran a la fe en todo su espléndido poder, al ritmo de nuestros días, de nuestras calles, de nuestra "Legión". Vaya si es una historia la que habremos de contar!
Aunque Bentley Place sólo era el nombre de una calle, siempre se lo dimos a toda la zona infectada. Pues cl nombre significaba algo más que una zona. Representaba un sistema y una anomalía. El sistema no era otro sino el tremendo del vicio organizado y tolerado. Era la anomalía, el tener en una ciudad, muy buena en general, zona densa y entregada al vicio. No había ningún otro distrito como éste en la ciudad, ni en ninguna otra ciudad de Irlanda o de Inglaterra o de Escocia. Desde luego, todo aquel negocio era ilegal. Representaba una violación consentida de la ley común, que prohibía con penas severas no sólo una zona como aquélla, sino más aun, una sola casa dedicada al tráfico, que constituía la base que sostenía a aquel territorio. El negocio era la trata de blancas. Bueno, ¿pero de qué otra cosa va usted tratando en toda su narración?, se me preguntará. No, lo que llevo tratado es la triste convivencia que las chicas tienen en las casas de huéspedes. Muchas de estas fondillas no eran lugares amenos; sólo eran fondas. En ellas no se consentía que el pecado se cometiera bajo el mismo techo. Para eso la chica se iba afuera. Pero en Bentley Place las casas desempeñaban su papel; y no sólo para las chicas que allí vivían, sino para cualquier chica que allí fuera con su compañero y tratara de acomodarse.
Un artículo, en la Enciclopedia Británica, edición décima, Vol. XXXII, habla como sigue de esta zona:
"Dublín ofrece una excepción a la costumbre corriente del Reino Unido. En aquella ciudad la Policía permite casas públicas, libres, aunque confinadas a una calle; pero toleradas aun con mas descaro que en Argel o en el Sur de Europa."
Tal era la triste reputación que había alcanzado nuestra ciudad, tan buena como es. Y a decir verdad, por lo que conocemos, no había en el mundo un punto que se asemejara a Bentley Place, un lugar que fuera más traído y llevado de boca en boca, una incitación más deslumbrante para cualquier hombre, donde el vicio fascinaba de manera insólita, libre de toda publicidad, y fácil siempre que se obrara conforme a las normas locales-, y donde, por añadidura a la tentación fundamental, y como suplemento de la misma, se servían a todas horas bebidas, sin restringido permiso.
Esto último complicaba la cosa aún más, porque atraía a Bentley Place a muchísimos que de otro modo no hubieran ido. Después de las horas acostumbradas para el cierre de casas públicas y tabernas y teatros, los hombres se dejaban caer por allí, con el único fin de seguir bebiendo. Seguían luego otros malos pasos, y ya los teníamos en la categoría de asiduos clientes.
Allí era bien recibido quienquiera que estuviera dispuesto a gastar dinero y se conformara con las normas establecidas. Así también habría de resultarle caro. Todo iría suavemente, mientras uno se conformara con la rutina del lugar, pagando cada cosa y portándose en general conforme al punto de vista local. Tal hombre no sólo saldría de allí sano y salvo, sino que llegaría a ser una figura popular. Sin embargo, debería estar dispuesto a pasar por ciertas cosas. Se le habría de importunar para que bebiera, y pagaría las bebidas a un precio de 500 por cien sobre el precio ordinario en tabernas y otros lugares. Las instrucciones que tenían las chicas eran emborrachar primero a un hombre en lo posible, para despojarle luego hasta del último céntimo. Este robo organizado y metódico era parte integrante del sistema; y por confesión de los jefes de la zona, era la fuente más lucrativa del negocio local. El visitante que fuera tan imprudente como para llevar consigo una grande suma (hubo muchísimos imprudentes; corrían rumores de haberse dado golpes de mando maestro de 100, 500 y hasta de 1,000 libras esterlinas) debía darla por perdida y sin resollar. Mientras se contentara con patalear de rabia, se lo tolerarían -después de todo, ¿no era un parroquiano ofendido? Qué cosa más natural que pataleara-. Pero si lo tomaba tan a pecho como para armar camorra, ya se podía preparar, pues el peligro le esperaba a la puerta... Se veía rodeado de unos cuantos brutos y... podría ocurrirle cualquier cosa desagradable.
El sistema de casas fichadas por la Policía que se usa en el Continente nada tenía que ver con Bentley Place. Aquí se manejaban como querían; sin otras normas ni reglas que las que ellos mismos se imponían y siempre en beneficio de su propio interés. Cualquiera podía mantener una casa; eso, si podía lograrla... y ¡ése era el único obstáculo! Cualquiera podía vender bebidas a todas las horas del día y de la noche. Allí todo el mundo podía prestar a interés fijo que oscilara entre el 1,300 al 2,000 por cien al año. Tenía el lugar sus propios cabecillas, ley propia y propio sistema financiero. No era éste un código escrito; pero la cosa marchaba a pedir de boca. Su fuerza motriz era la pura violencia, que obraba con toda rapidez. Allí no se discutía. Se mandaba y al punto venía el golpe (que en español decimos "garrotazo y tente tieso"). Los agentes de aquella fuerza eran los matones, para usar su expresión. Los matones protegían a las chicas y a las casas; por lo general guardaban el orden, y, también en general, hacían guardar el reglamento tanto a visitantes como a vecinos del lugar. Un visitante pendenciero, un frenético en su borrachera, uno demasiado furioso porque le habían robado, o una chica a quien se la hubiera encontrado tratando de guardarse más del dividendo del botín, todos éstos tendrían que vérselas con el matón, o, si fuera preciso, con un grupo de matones. Y el arreglo de la cuestión era una cosa terrible, que difícilmente la olvidarían de por vida. Hay insistentes rumores de que el lugar tiene su secuela de asesinatos ocultos, y según es el ambiente del lugar, no hay dificultad en creerlo, ya que no es fácil pasarse a tiempo cuando se trata de crueles castigos. Todo el que haya estado allí puede describir la escena: ya son los gritos que parten de una lucha desaforada; ya un bulto que yace en el suelo y no se levanta; cuchicheos medrosos y poco después el cuerpo que es llevado a enterrar en un hoyo abierto en el corral; luego, un silencio sepulcral de mutuo acuerdo.
Era cosa corriente ver llegar a coches llenos de marineros, directamente desde sus barcos, que procedían de todos los climas.
Las causas profundas de esta situación hay que buscarlas muy hondo en el pasado. Con toda probabilidad existía ya esta zona hace más de un siglo. En el curso de su historia variaron algún tanto sus límites y los nombres de sus calles cambiaron varias veces. En nuestros días, las calles, que en un principio eran el núcleo de la zona, se habían convertido de lodazales en barrios bajos. Algún tiempo anterior a "Sancta Maria" la corrompida zona abarcaba Bentley Place y dos calles más. Dispuestas las tres como formando una gran F invertida ocupando Bentley Place como el trazo medio de la letra.
Era asunto de la Policía, tomado a ciencia y conciencia, la tolerancia de aquel tráfico. Nadie puede hoy explicarse cómo pudo tan siquiera germinar. Acaso naciera del sistema de acuartelamiento militar. Pero en nuestros tiempos modernos difícilmente lograría ser invulnerable; como subterfugio sutil a un dilema y que el solo pensamiento de arrancarlo de raíz infundía pavor y hacia imposible su admisión. Aquellos que estaban constituidos en dignidad lo deploraban y lo miraban con horror. Pero temían, en gran manera, las consecuencias de tomar una decisión drástica. Cerrar aquella zona ¿no significaría provocar -el contagio? Aquella frase: provocar el contagio, estaba destinada a ser el coco, el horrendo y monstruoso presagio de un desastre, aún más lúgubre que el chillido de la lechuza. ¡No había línea Maginot o Sigfrid, con todas sus profundas fortificaciones e ingeniosas defensas en favor de las naciones que protegían como esta frase que amparaba a Bentley Place! Nada podía hacerse, nada debía hacerse, PORQUE si se tocaba el mal SE PROPAGARIA. ¡Mejor sería mantenerlo donde siempre había estado y donde era conocido en toda su intensidad! A la vista de todos se ofrecía la horrible visión de una avenida de corrupción que lo inundaría todo desde aquella zona, donde por tanto tiempo había sido represada, científicamente, cuidadosamente, que invadiera las zonas respetables de la ciudad, sumiéndolas en su inmundicia. Aquella visión siempre había sido eficaz para detener al agente de Policía que pudiera sentirse inquieto respecto a la teoría de la tolerancia por todos aceptada.
Según la historia, una tentativa de remediar la situación fracasó. Un hombre excelente, don Juan Ross de Bladensburg, fue Jefe de Policía, el primer católico que ocupó aquel puesto. Disgustado por aquella situación, y después de pesar los pros y contras, la emprendió contra aquella zona. Escogió una de sus calles y cerró los prostíbulos que allí había. Cuenta la tradición que fue un fracaso el paso dado por dicho señor... un fracaso no pequeño como se complacen en afirmar muchos que, de entonces acá, cuentan esta historia, narrándola a todos con las mismas palabras, como si fuera una fórmula, y acabando siempre con el estribillo de que, el mal se había propagado.
Cuando nos tocó entrar en escena, haciendo preguntas a todo el mundo, hallamos que aquella tradición suya con su secuela de desesperación, era aceptada por todos, como verdadera. Tal vez se propagase algo, no lo negamos, pues no se hizo ningún esfuerzo por ganar a las chicas y traerlas a buen camino. Pero, si hubiéramos de creer a cuantos hablaban, en cada calle respetable de la ciudad, surgió, como por encanto, una casa de prostitución; y por regla general, se nos pondría carne de gallina al oír los convincentes detalles de consecuencias pésimas. Por lo que yo de propia experiencia conozco, he de tener todo eso por cuentos de miedo. Primero, porque en tiempos posteriores he comprobado de modo positivo, que cuentos tales Cuidadosamente revestidos de detalles y circunstancias y casi afirmados con juramento- y que se me querían hacer pasar sin adulteración alguna, eran lisa y llanamente puras fantasías. En segundo lugar, porque lo que normalmente seguiría a una parcial limpieza, hubiera sido que las chicas se hubieran refugiado en casas aún inmunes; no que se hubieran tomado el trabajo de establecer nuevos prostíbulos en otros lugares donde no tenían esa seguridad y, donde la acción vigilante de la policía, hubiera dado al traste con todo aquello muy pronto y fatalmente.
Sin embargo, Juan Ross, tuvo bastante con lo suyo. Quedó atemorizado con los clamores que levantó su medida. No siguió adelante en su empeño y las cosas volvieron seguramente a su primitivo estado. Esto hizo que la tradición considerara la cosa como impenetrable a cualquier tentativa.