CAPITULO XII LA VISPERA DE NUESTRA FORMIDABLE EXCURSION HACIA EL MISTERIO
Ya hemos visto como Juan Ross comenzó valerosamente y fracasó. Mejor será decir que se paró en sus comienzos. Así procedió toda acción en el caso, a compás del péndulo, de un extremo a otro, de la represión radical sin las contemplaciones de la persuasión moral, al abandono más completo y a la vuelta a la vieja teoría de que aquello no tenía remedio... ¿No era acaso prueba suficiente el hecho de haber permanecido así durante más de cien años? Los hombres eran eso precisamente, hombres, y había que prevenirlos. Es uña locura exponerse a que el contagio se propague. Y no había más que ver en qué había parado la experiencia de Juan Ross.
Esta última frase era el muro infranqueable en que se amparaba la filosofía de la desesperación... La única perspectiva era que aquella zona permanecería invulnerable a toda táctica de asalto. De ahí que el sistema siguiera su curso invariable, constituyendo para los hombres una tentación permanente y de muchas posibilidades, tal y como lo vamos describiendo. Tenía el lugar su propio modo de vivir y cierta especie de encanto. Acababa uno conociendo y simpatizando con aquella gente; y esto significaba mayor fuerza de atracción. Lo que allí convenía saber era la manera de acercarse y apartarse; y nunca faltaban una docena de entradas.
Una vez dentro, a condición, desde luego, de guardar las antedichas reglas de conducta, se encontraba uno convenientemente seguro y era difícil ser descubierto. Después de todo, cuando un visitante se juntaba con otro, se juntaba el hambre con las ganas de comer; ninguno tenía nada que decir del otro.
Ahora bien, éste era el escenario general tal y como se nos presentaba a principios de 1923. Otros detalles del sistema irán apareciendo a medida que se desarrolle nuestra aventura, que vale tanto como decir a medida de como fuimos conociéndolo nosotros.
¿Y qué frutos podría uno esperar de una situación como aquella histórica, firmemente arraigada, aceptada por todos, preñada de peligros? Nuestra capacidad de reflexión nada nos sugería y nuestros corazones se encogían al solo pensamiento de intentarlo. Pero, en este asunto, no éramos completamente libres para hacer o no hacer. Circunstancias muy diversas nos hacían pensar, conmovían nuestros corazones y aun movían nuestros pasos. El habernos interesado por Bentley Place, el conocer que las cosas iban mal, fue consecuencia de nuestras conversaciones sobre aquello y de preguntarnos qué podríamos hacer. Vino luego el momento de llenarnos de esperanzas, cuando tratamos de medir nuestros miedos, y de poner en la balanza las dificultades que suponíamos insuperables, con los créditos que ya teníamos a nuestro favor. El primero de estos créditos era cl hecho de que ya habíamos penetrado en todas las guaridas de esas chicas del arroyo, a excepción de Bentley Place... Y resultaba irritante vernos ahora parados, aunque sólo fuera porque lo creíamos imposible. Habíamos vencido de manera sorprendente. De buenas a primeras, nosotros mismos habíamos comenzado con la íntima persuasión de que una chica del arroyo, casi por necesidad, tenía que ser un caso desesperado; y para dicha nuestra, hubimos de desechar esa ilusión. Habíamos comprobado que incluso casas enteras de tales muchachas podían ser conquistadas. Nuestras experiencias parecían indicar que, muy lejos de ser aquella pobre clase de gente la más difícil e incurable, la realidad era muy distinta. Entonces, ¿por qué?... ¿por qué habríamos de dejarnos hipnotizar por el estribillo de que Bentley Place era un hueso duro de roer, aun cuando el estribillo anduviera de boca en boca?
Las chicas de Bentley Place eran, ni más ni menos, como aquellas que habían sido nuestra preciada caza. No cabía duda de que de la misma manera ejerceríamos nuestra influencia con tal que se nos permitiera acercarnos a ellas, y aplicarles el método ordinario de nuestro apostolado. Pero, ¿nos lo permitirían? No había boca que no dijera: NO. La opinión común era que tal aproximación nos sería negada; y que, si persistíamos en nuestra terquedad, nos arrojarían con una violencia proporcionada a nuestra obstinación. Y no faltaban detalles como para dejarnos sin sangre... en las venas. Nos darían patadas, nos golpearían bárbaramente, las dos opuestas técnicas de asalto se agrandaban como cristales de aumento: la del saco y la de la porra nudosa; y se insistía en hacernos notar que no era plato de gusto el que una botella rota viniera a estrellársenos en la cara por su parte mellada. Y lo que, sobre todo, habíamos de marcar a fuego en nosotros -por terminar ello en una horrible interrogante- era una vivísima película imaginaria: dos "legionarias" que son llamadas a un zaguán; detrás de ellas, una puerta que se cierra furtiva pero seguramente; luego, ¡nunca más vuelve a oírse cosa alguna acerca de aquella pareja temeraria! ¿Cómo?, bien les está por haber sido tan locas.
Si; todo esto será para reírse hoy; pero entonces sonaba a algo muy cierto y espantoso. Si nosotros hubiéramos sido sólo un grupo de individuos sin organización alguna, no me cabe duda de que toda aquella insinuante letanía de argumentos, que iba de la A a la Z, que pasaba del orden público al riesgo personal, y desde la inutilidad de meternos en camisa de once varas hasta el colmo de la locura... hubiera echado por tierra nuestro afán de ayudar a aquellas chicas y nos hubiera paralizado en aquella enorme confusión de no acertar con el camino verdadero. Mas nosotros no éramos sólo individuos y aislados. Éramos la "¡Legión de María!", y aquello ya era cosa muy distinta y que proporciona a la sicología un estudio muy interesante. De paso nos enseña también cómo la clase humilde del pueblo es capaz de hacer cualquier cosa, si sus decisiones se suceden una tras otra, como los eslabones de una cadena, y si los brotes de un espiritual idealismo algún tanto espasmódicos, encuentran el suplemento y firmeza de la disciplina.
¿Cómo obró todo esto en relación con el enigma de Bentley Place? En primer lugar, el problema fue extendiéndose metódicamente y todas las deliberaciones eran precedidas y seguidas de la oración. Todo aquello se hacía alrededor de nuestro altarcito de María Inmaculada, que suscitó en nuestras almas santos y elevados pensamientos, como nos decía Pío XI de grata memoria. Considerábamos a María como a nuestra Capitana, y a nosotros, como a su Ejército; el sistema exigía ejemplos de valor y sacrificio no menos viriles que los que requieren los ejércitos del mundo, los cuales pueden decir confiados a sus hombres: "Es tu deber y quizá tu muerte".
¿Significaba esto la "Legión"? ¿De verdad? De ser así, no estará de más considerar estas preguntas comparándolas con lo que el mando de un ejército haría a la vista de una posición que juzgase importante tomar. Con toda calma pondera el valor de lo que ha de capturar y el número de vidas que ha de costarle. Si las ventajas superan a las pérdidas, entonces se da la orden de asalto y la acción comienza inmediatamente. ¿A qué viene esta analogía aplicada a Bentley Place?
Como hemos visto, el análisis final de nuestro caso, se reducía a lo siguiente. Estábamos convencidos de que, si lográbamos entrar en la zona, conquistaríamos a las chicas. En contra de esto, cuantos creían que lo conocían mejor, nos advertían que no nos dejarían entrar y que solo el intentarlo significaba un desastre. Habiendo ponderado a estilo militar estas dos alternativas, había que ponerlas en práctica. Porque, si el pecado es el mayor mal, y si las almas son eternas, hay que exponerse por ellas; y parecía que éramos nosotros los que debíamos hacerlo; parecía que habíamos sido designados providencialmente para resolver el problema. Pero, si ahora nos acoquinábamos frente a Bentley Place, sería un sueño y una ilusión y desdeciría de nosotros describirnos como un ejército, aquel nuestro usar términos guerreros, puesto que dudábamos en ponernos en acción, sólo porque había peligro. Esta idea de ejército fue dinámica. Nos hizo caer en la cuenta de aquella verdad sumamente importante, y que de otro modo no hubiéramos apreciado debidamente que la religión, si no va respaldada en la realidad, es como una marmita o puchero agujereado... que, por mucho que hierva y se agite, jamás desarrollará fuerza alguna.
Si alguna vez habéis asistido a una junta de la "Legión", observado sus métodos, respirado siquiera un poquito de su atmósfera y espíritu, habréis adivinado cuál fue el resultado de nuestras deliberaciones. La decisión fue: que teníamos que visitar Bentley Place. Pero, ¿cuántas veces ocurre que las resoluciones más firmes nada significan? Lo que por la noche se resolvió, se descarta como una locura a la fresca luz de la mañana siguiente. Y así... cuando inmediatamente después se nos echó encima la inevitable persona bien informada, que aportaba nuevos hechos y unos cuantos informes de muy buena fuente, a cuenta de nuestra locura... ¿no nos volvimos al camino trillado, al plan prudentísimo de no hacer nada sencillamente? No. Porque teníamos nuestro sistema firme, con su tiempo para decidir, y con su tiempo para actuar; y ya el segundo tiempo era para nosotros mera historia. La decisión de entrar en Bentley Place ya había superado el período de preparación.
¿Quiénes habrían de ser los visitadores? Una revisión general acabó señalando a dos. Y dicho sea de paso, nada hubo allí que oliera a alistamiento previo. Los dos escogidos tenían ansias locas de que se les permitiera salir. Uno de ellos fue Josefina Plunkett. La señorita Plunkett murió antes de que llegaran los días de mayor expansión de la "Legión"; y pocos de los actuales "legionarios" llegaron a conocerla. Es una lástima; porque conocerla era educarse en "Legión". Poseía una fe al rojo vivo. Su mansedumbre y amabilidad eran absolutas. No había cosa que pudiera asustarla y para mejor decir, no había miedo que la hiciera echar pie atrás. Era persona que iba derecha al objetivo. Si un alma estaba en peligro, allí acudía ella sin más consideraciones. Sólo eso le importaba. Casi debiera decir que se cegaba y no veía más. A Dios gracias, hoy tenemos muchísimos como ella.
Se fijó después un día para la salida. Habría de ser el jueves, 22 de marzo, y a la hora del mediodía. Las dos víctimas tomaron la cosa muy en serio. Recitaron mas oraciones de las acostumbradas, y se prepararon con más cuidadosa limpieza espiritual. Supongo que con esto se quiere decir que se prepararon por lo que podía tronar. Obrar de otro modo no hubiera sido razonable, habida dienta de las horrendas cosas que se habían profetizado. No es que por ello estuvieran abrumados de pesar, ni que sus camaradas les hubieran hecho objeto de lástima y conmiseración, no; porque todos hubieran querido para sí el mismo empleo.
Pero intranquilizaba pensar que nuestros camaradas tuvieran que meterse en esa zona sin garantía alguna y siendo absolutamente desconocidos allí. Las dos chicas, cuya escapada a aquel lugar, atrajo allí nuestra atención al mismo, ya habían salido de allí en busca de nuevos pastos. Entonces, sólo conocíamos el nombre de una sola que residía en aquel lugar; esto solo podía servirnos de algo positivo. Si de buenas a primeras, al entrar nosotros en aquel lugar, algún bruto nos saliese al paso y nos preguntase violentamente -de dientes afuera, como es costumbre en esta clase de gente-, qué se nos había perdido por allí, siempre sería poco menos que nada poder siquiera mencionar un nombre. Pero daría apariencias de verdad. El nombre de la chica era María Weber. Poco antes nos habían hablado de ella. Guardamos su nombre y dirección en nuestra memoria, incrustándolo en ella, como el estribillo de una copla:
"María Weber, la del nueve, María Weber, la del nueve"
Pero es el caso, que ni conocíamos a la Weber, ni esta nos conocía. Ni podría, ni querría garantizarnos; ni en el lugar podría hacerlo nadie más, de no ser ella. Ello significaba precisamente que en los momentos iniciales y decisivos, nos hallaríamos expuestos a una hostilidad declarada. ¿Quiénes éramos? ¿Qué buscábamos allí? ¿No éramos clientes? ¿Éramos espías policíacos o qué? Tendríamos que pensar en la multitud de explicaciones que habríamos de dar, para probar nuestra personalidad; y en un ambiente de terribles sospechas, no nos darían tiempo para explicar todas y cada una de las cosas. Ya la más ligera suposición de quiénes éramos, podría hacer que cerrasen el puño... ¿y en aquel corto espacio de tiempo, lograríamos que se nos tolerara, aunque fuera a regañadientes? Debo mencionar que la señorita Plunkett tenía una admirable y encantadora presencia. Por lo que se refiere a la oportunidad de ejercer influencia sobre las chicas, juzgamos de capital importancia que ni por asomo se viniera a sospechar de nuestra bona fide. A fuego nos lo marcaron las experiencias que hicimos en las casas de huéspedes del distrito sur. Se recordará que, conociéndonos allí todas las chicas, era sumamente difícil penetrar. Comprendíamos también que, si ninguna de ellas nos hubiera conocido, nada hubiéramos logrado. Por consiguiente, en cualquier circunstancia, era esencial el que dispusiéramos de algunos medios de conocer e introducirnos para nuestro cometido en Bentley Place.
Así pues, nos dirigimos al señor Russell, un caballero eminente y respetable que residía en la parroquia, fuera de la zona infecta, pero no muy lejos de ella. Le comunicamos nuestra intención de visitar aquella zona. El pensaba desde luego que debía hacerse algo; aunque creía que aquella situación era desesperada; y nos puso en guardia contra cualquier armadijo que nos hicieran. Le dijimos también qué pensábamos con relación a nuestra identidad personal y aun le invitamos a pasear con nosotros por aquellas calles que comprenden la zona, ya que esto sería en plena luz del día y sin entrar en ninguna casa, ni tan siquiera desaprovecharíamos el tiempo en la excursión. A nosotros nos hubiera gustado se nos viera acompañados de esta guisa por un hombre tan conocido y que hubiera bastado para identificamos y aun para inclinar algo a nuestro favor a aquellos habitantes.
Su respuesta fue un rudo golpe:
"De ningún modo puedo acceder a su petición. Si yo intentara tan sólo entrar en aquellos lugares, creo que mis rodillas vendrían como a quebrarse. Sin embargo, veo que ustedes hacen la cosa más apropiada. Mucho quisiera yo ir con ustedes y ayudarles como un hombre; pero mi posición me impide enfrentarme con las con secuencias que de ello pudieran seguirse."
Estas palabras no eran de un pobre encanijado sino de un hombre que en muchas ocasiones había dado pruebas positivas de valor y de grandeza de ánimo. No muestran ellas otra cosa sino cuán bien atrincherado se hallaba Bentley Place.