|
CAPITULO XIII SU ULTIMA
VOLUNTAD
La solemnidad es la
característica de las últimas palabras que uno pronuncia en esta vida,
aunque las profiera precipitadamente o con voz débil. ¿Que pensaremos,
pues, del postrer mandato de Nuestro Señor a los Apóstoles: de lo que
ha sido llamado su última voluntad y testamento, entregado en una ocasión
más solemne que la del Sinaí; mandato que es como un acabamiento de
toda su legislación terrena, e inmediatamente antes de su Ascensión?
Al hablar así, el Señor se halla revestido de la misma majestad de la
Trinidad: “Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a todas las
criaturas" (Mc. XVI, 15). EL EVANGELIO ES PARA TODOS Cuando Cristo dijo todos, quiso decir absolutamente TODOS. Realmente tenía ante sus ojos a cada individuo (por el cual había llevado la corona y había sufrido la cruz, los clavos, la lanza, la mirada ignominiosa del populacho, penas sin cuento, dolores sin medida, desfallecimientos y angustias de muerte y la misma muerte sobre el Calvario"). Tan grandes sufrimientos no deben ser despreciados. Esa Sangre Preciosa debe ahora llegar a todos aquellos por quienes fue tan pródigamente derramada. Esa misión del cristiano nos urge para que vayamos en busca de todos los hombres a todas las partes, a los más miserables, a los más excelentes, a los cercanos, a los lejanos, a las personas ordinarias, a los hombres más perversos, a la choza más distanciada, a todas las criaturas que sufren, a los tipos diabólicos, al faro más solitario, a las Magdalenas, a los leprosos, a los abandonados, a las víctimas de la bebida y del vicio, a los peligrosos, a los moradores de cuevas, a las caravanas, a los que se ocultan, a los lugares considerados como vitandos, a los mas corrompidos, al antro más recóndito, al abrasado desierto, a la selva más tupida, al funesto pantano, a la isla más apartada, a las tribus sin civilizar, a lo absolutamente desconocido para ver si hay allí algún ser viviente, ¡hasta los confines de la tierra donde el arco iris se apoya! Nadie debe escapar a nuestra búsqueda a fin de que el manso Jesús no se enoje contra nosotros. LA LEGION DEBE ACERCARSE A TODOS La Legión debe hallarse, por decirlo así, obsesionada por ese “mandato global". Como primer principio debe tratar de establecer de algún modo contacto con todas las almas de su alrededor. Si se hace esto, y puede hacerse, y si la Legión logra implantarse en todos los lugares, lo que pronto ocurrirá, entonces el mandato del Señor se hallará en vías de su cumplimiento. Nuestro Señor, nótese bien, no ordena que todas las criaturas sean convertidas, sino solamente que se lleve a cabo una aproximación a todas ellas. Lo primero puede estar más allá de lo humanamente posible. Pero llevar a cabo ese acercamiento no es imposible. Y si se lleva a cabo ese contacto indiscriminador y que comprenda a todos, ¿que ocurrirá? Seguramente habrá una segunda cosecha. Pues Nuestro Señor no ordena que se den pasos sin sentido e innecesarios. Cuando se haya efectuado ese acercamiento a todos los hombres, al menos se habrá obedecido el divino mandato; y ésta es la circunstancia que importa. Lo que después sucederá bien podría ser una renovación de las lenguas de fuego del primer Pentecostés. MOVILIZAD, ORGANIZAD Muchos operarios llenos de celo creen que trabajando hasta los límites de sus fuerzas, han hecho todo cuanto Dios espera de ellos. ¡Ay!, ese esfuerzo aislado no les llevará lejos; ni el Señor quedará satisfecho con esa labor solitaria; ni suplirá lo que hayan dejado por hacer. Pues la labor de la religión debe llevarse a cabo como cualquier otra labor que exceda las fuerzas individuales, esto es, movilizando y organizando hasta que los colaboradores sean suficientes. Este principio de la movilización, este esfuerzo por atraer a otros para que se unan a nuestros esfuerzos, es una parte del deber común. Ese deber incumbe no solamente a las altas jerarquías de la Iglesia, no solamente a los sacerdotes, sino a todos los legionarios y a todos los católicos. Cuando de cada uno de los creyentes broten gotas de apostolado, éstas se sumarán hasta dar lugar a un diluvio universal. “Hallaréis que vuestras fuerzas de acción serán siempre iguales a vuestros deseos y a vuestro progreso en la fe. Pues con los favores celestiales no ocurre lo mismo que con los terrenales; no estáis sujetos a ninguna clase de medida ni a coto alguno en la recepción de los dones de Dios. La Divina Gracia esta siempre fluyendo, no se sujeta a ninguna limitación estricta, no tiene canales fijos por los que restringir las aguas de la vida. Excitemos en nosotros una sed ardiente por esas aguas y abramos nuestros corazones para recibirlas, y en tanta mayor cantidad penetrarán dentro de nosotros en cuanto más nos capacite nuestra fe para recibirlas" (San Cipriano de Cartago).
|