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CAPITULO XIV
EL LEGIONARIO Y LA SANTISIMA TRINIDAD
Es significativo que el primer acto de la Legión como corporación fuera el de dirigirse al Espíritu Santo mediante la invocación y oración al mismo, continuando luego con el Rosario a María y a su Hijo.
Igualmente significativo es el hecho de que, cuando algunos años mas tarde se diseñó el Vexillum, ocurriera impremeditadamente algo parecido. El Espíritu Santo resultó ser la figura predominante de aquel emblema. Esto era extraño, ya que aquel diseño fue el producto de una idea artística y no teológica. Un emblema no religioso, esto es, el estandarte de la Legión Romana, fue aceptado y adaptado por la Legión de María para sus fines. La paloma figuró en sustitución del águila; y la imagen de Nuestra Señora se hallaba en sustitución de la imagen del emperador o del cónsul. No obstante el resultado final representaba al Espíritu Santo usando de María como de un canal por donde derramar sobre el mundo sus vivificadoras influencias y en señal de haber tomado posesión de la Legión.
Y más tarde, cuando se ejecutó el motivo de la Téssera, éste ilustraba el mismo aspecto devoto: el Espíritu Santo cobijando a la Legión. Gracias a su poder se sigue llevando a cabo la sempiterna lucha: la Santísima Virgen aplasta la cabeza de la serpiente; los batallones avanzan hacia su profetizada victoria sobre las fuerzas adversas.
EL COLOR DE LA LEGION ES EL ROJO
Constituye otra circunstancia curiosa el que el color de la Legión sea el rojo y no el azul, como podría esperarse. Esto se determino con ocasión de fijar cierto detalle menor, a saber, el color de la aureola de Nuestra Señora en el Vexillum y en el motivo de la Téssera. Se estuvo de acuerdo respecto a que el simbolismo de la Legión requería que Nuestra Señora apareciera como llena del Espíritu Santo, y que ello debería representarse haciendo la aureola de Nuestra Señora del color adoptado para el Espíritu Santo. Esto llevó a que posteriormente se pensase en que el color de la Legión fuera el rojo. La misma característica aparece en el motivo de la Téssera que representa a Nuestra Señora como la columna de fuego de la Biblia, toda luminosa e inflamada del Espíritu Santo.
Por lo mismo, cuando se compuso la Promesa de la Legión, era lógico -aunque al principio causo cierta sorpresa- que dicha promesa debía ser dirigida al Espíritu Santo y no a la Reina de la Legión. Con ello se acentúa de nuevo esa nota esencial: es siempre el Espíritu Santo el que regenera al mundo, incluso cuando confiere la más pequeña gracia individual; y su instrumento es siempre María. Mediante la obra del Espíritu Santo en María, el Hijo Eterno se hace Hombre. De este modo la humanidad queda unida a la Santísima Trinidad, y la misma María adquiere una relación distinta y única con respecto a cada Divina Persona, hasta el punto de que sin ella nosotros no conoceríamos ni nos aproximaríamos a esa Persona. Esta triple relación de María debe ser puesta a nuestra consideración aunque sólo sea someramente, ya que una inteligencia de las divinas disposiciones es la más exquisita de las gracias, lo que no quiere decir por otra parte que ello esté fuera de nuestro alcance.
DEVOCION A CADA UNA DE LAS DIVINAS PERSONAS
Los santos insisten en la necesidad de hacer la adecuada distinción entre las Tres Divinas Personas así como de tributar a cada una de ellas un culto apropiado. El Símbolo Atanasiano tiene carácter preceptivo y extrañamente amenazador respecto a esta exigencia que se basa en el hecho de que el fin último de la Creación y de la Encarnación es la glorificación de la Trinidad.
¿Pero cómo puede ahondarse, aunque sólo sea someramente, en un misterio tan incomprensible? Únicamente ayudados por luz divina, pero esta gracia puede solicitarse confiadamente de Aquélla a quien por primera vez en el mundo fue dada a conocer la doctrina de la Trinidad. Esa ocasión fue el momento histórico de la Anunciación. Mediante un ángel como emisario la Santísima Trinidad se manifestó así a María: "El Espíritu Santo descenderá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por cuya causa el santo que de ti nacerá será llamado Hijo de Dios" (Lc. 1, 35).
En esta revelación las Tres Divinas Personas se hallan claramente especificadas: la primera, el Espíritu Santo, el Ejecutor de la Encarnación; la segunda, el Altísimo, el Padre de Aquél que ha de nacer; la tercera, aquel Niño que "será grande y será llamado Hijo del Altísimo" (Lc. 1, 32).
La consideración de las diferentes relaciones de María respecto a las Divinas Personas sirve para establecer una distinción entre ellas, y nos habilita para tributar a cada una en particular un culto característico.
UNIDA CON DIOS HIJO
La relación de María con respecto a la Segunda Divina Persona es para nosotros la más fácil de comprender, a saber, la de Madre. Pero su maternidad entraña una unión tal, es de tal permanencia y posee tales cualidades que sobrepasa infinitamente la ordinaria relación humana. En el caso de Jesús y María la unión de almas era lo primario, y la de carne lo secundario; de modo que aun cuando al tiempo del alumbramiento tuvo lugar la separación de la carne, la unión de ambos no se interrumpió. sino que continuó hasta llegar a grados incomprensibles de intensidad y de asociación, hasta tal punto que María puede ser declarada por la Iglesia no sólo «auxiliar" de esa Segunda Divina Persona, Corredentora en la obra de la salvación, Mediadora de las gracias, sino realmente «semejante a El".
COLABORADORA DEL ESPIRITU SANTO
Con respecto al Espíritu Santo María es comúnmente llamada su templo o santuario, pero estos términos no son lo suficientemente explicativos de la realidad, la cual consiste en que el Espíritu Santo tenía a María unida a Sí hasta el extremo de hacerla el objeto más próximo a El en dignidad. María ha sido elevada de tal manera por el Espíritu Santo, de tal forma ha sido hecha una misma cosa con Él, de tal modo está animada por Él, que Él es como la verdadera alma de María. Esta no es un mero instrumento o canal de su actividad; es una cooperadora inteligente y consciente de Él en tal grado que cuando Ella obra, es El también quien obra; y si la intervención de María no es aceptada, tampoco el Espíritu Santo lo es.
El Espíritu Santo es Amor, Hermosura, Poder, Sabiduría, Pureza, y todo cuanto es propio de Dios. Si desciende en abundancia puede hacerse frente a cualquier necesidad, y el problema más grave puede ser resuelto en conformidad con la Voluntad Divina. El hombre que de este modo convierte al Espíritu Santo en su auxiliar (Ps. 77) entra dentro de la corriente de su omnipotencia. Si una de las condiciones para atraerlo en esta forma es la inteligencia de la relación ¿de Nuestra Señora con respecto a El, otra condición esencial es considerar al Espíritu Santo mismo como una Divina Persona real y distinta, con su misión característica con respecto a nosotros. Esta consideración respecto a El no se llevará a cabo con la debida constancia si nuestra mente no se ocupa de Él con razonable frecuencia. Basta con que incluya esa consideración respecto a Él, para que toda devoción a la Santísima Virgen pueda convertirse en un camino sin obstáculos para el Espíritu Santo. Los legionarios pueden servirse especialmente del Rosario. No sólo el Rosario constituye una devoción de primera clase al Espíritu Santo por razón de tratarse de la plegaria por excelencia en honra de la Santísima Virgen, sino también por razón de que su contenido, los cinco misterios, conmemoran las principales intervenciones del Espíritu Santo en el drama de la Redención.
HIJA DE DIOS PADRE
La relación de María con respecto al Padre Eterno se define generalmente como la de Hija. Este título pretende designar: a) su posición como «la primera de todas las criaturas, la más aceptable a los ojos de Dios, la más cercana y amada de Él" (Newman); b) la plenitud de la unión de María con Jesucristo que la hace entrar en nuevas relaciones con respecto al Padre, lo que le da derecho a ser llamada místicamente la Hija del Padre: c) el preeminente parecido que tiene con respecto al Padre, lo que le ha habilitado para derramar sobre el mundo la eterna Luz que fluye de ese Padre amante.
Pero el título de «Hija" quizás no nos proporciona una idea exacta acerca de la influencia que su unión con el Padre ejerce sobre nosotros que somos los hijos de Él y de Ella. “Él le ha comunicado su fecundidad en la medida en que una mera criatura era capaz de ella, a fin de que Él pudiera darle el poder de engendrar a su Hijo y a todos los miembros de su Cuerpo Místico" (San Luis María de Montfort). Su relación con respecto al Padre es fundamental, elemento siempre presente en la comunicación de vida a toda alma. Es exigencia de Dios que cuanto Él da al hombre debe repercutir en estima y cooperación. Por tanto esa vivificadora unión debe convertirse en objeto de nuestros pensamientos, y por lo mismo se sugiere que el Padrenuestro, que está a menudo en los labios de los legionarios, debería tener particularmente en cuenta esa intención. Esta oración fue compuesta por Jesucristo Nuestro Señor, y por tanto pide de un modo ideal lo que se debe pedir. Si se reza con la debida advertencia y con el espíritu de la Iglesia Católica, tiene que cumplir perfectamente su finalidad de glorificar al Padre Eterno y de darle gracias por los dones que continuamente nos esta otorgando mediante María.
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