|
CAPITULO XVI
"TUS HIJOS COMO RENUEVOS DE OLIVO"
Así ciertamente será bendecido el varón que teme a Yavé.
-Salmo 127
Voy a deciros algo acerca de los hijos, y especialmente acerca de vuestros hijos. ¡Vaya un atrevimiento!, diréis para vuestros adentros. Vuestro primer pensamiento será: "¿Acaso no sabemos bien todo lo que respecta a nuestros hijos?" No, no lo sabéis. Por muy extraño que ello pueda sonar en vuestros oídos, debo decir que muy a menudo los padres saben muy poco acerca de sus propios hijos. Pues con mucha frecuencia en los primeros días de la vida de un niño se establecen falsas relaciones entre éste y sus padres, que después no se rectifican ya nunca. Es fácil que eso ocurra. La misma debilidad natural de los niños en el primer periodo de su vida da pie para ello. Dependen tan por completo de su madre; tienen tanto parecido con los animalitos que existe la tendencia a considerarlos no más que un poco superiores a éstos. Posteriormente ese retraso inicial nunca llega a subsanarse conforme el niño se desarrolla. Los padres tratan a sus hijos como a bebés cuando ya no son bebés, y como niños cuando casi se han convertido en hombres o mujeres, siempre intentando ser considerados como lo que son, si bien nunca lo consiguen.
Esto es lo que entiendo por relaciones falsas. La situación a lo largo de todo esto es que los padres no se adaptan con la suficiente rapidez al desarrollo progresivo de su hijo y nunca conceden al hijo crédito por cuanto hay en él. El resultado es que padre e hijo no se conocen el uno al otro, y de ahí que el hijo no confía en sus padres. No existe verdadera comprensión, verdadera intimidad, de modo que en muchísimos casos los hijos tienen que dejar el hogar paterno contraer matrimonio antes de lograr esa comprensión e intimidad. Ciertamente esto constituye una gran tragedia. Porque, ¿dónde hallarán los hijos toda esa comprensión, simpatía y confianza (de que tanto necesitan) si no es en sus propios padres que les trajeron al mundo y observaron sus comienzos, y en quienes la naturaleza ha puesto el más asombroso amor hacia esos niños? Sin embargo, debido a haberse empezado mal, a haber continuado a la deriva y a una absoluta falta de idealismo, puede llegarse a un estado de cosas en el que padres e hijos tienen muy poco que ver los unos con los otros fuera del aspecto mecánico de la existencia. Espiritualmente, es decir, en los aspectos importantes de la vida, hay frecuentemente muy poco trato entre padres e hijos. ¡Y peor que eso! ¡qué alegres abandonan muchas veces los hijos el hogar de sus padres! Todavía es peor la relativa indiferencia con que algunas personas ven partir a sus padres de esta vida. ¿Qué mayor dolor que el de la pérdida del padre o de la madre? No obstante repetidas veces he visto presenciar tan luctuoso acontecimiento con absoluta indiferencia. Ese triste final no será el vuestro. Pues pertenecéis a una clase de padres que se hallan por encima de lo común, y cuyos hijos son personas dignas. Pero muchas cosas de las que digo pueden aplicarse a vosotros. Si creéis que así es, vigilad cuidadosamente vuestra conducta. El camino que se sigue equivocadamente acaba desastrosamente, y una vez emprendido es casi imposible retroceder un solo paso.
CONCEPTO MATERIALISTA ACERCA DE LOS HIJOS
¿Qué concepto tienen ordinariamente los padres acerca de los hijos? Virtualmente un concepto materialista, en el cual lo terreno figura en primer plano. La idea dominante es conseguir empleos para los hijos; o si en vez de hijos se trata de hijas, lograr casarlas ventajosamente. Observando bien a esos padres, uno pensaría realmente que no tenía un elevado concepto acerca de sus hijos. Y esto es aplicable aun a personas buenas, incluso religiosas, pero cuyos ideales con respecto a sus hijos desgraciadamente son como los de los paganos. El desarrollo de los talentos y cualidades de sus hijos es considerado por ellos desde el punto de vista del mero beneficio material que irá en aumento; no desde ese trascendental punto de vista del desarrollo de un ser humano, y por consiguiente de un alma que ha de vivir eternamente según el grado de ese desarrollo.
Enseñadles esto; enseñadles lo otro. ¿Por qué? Porque ello les servirá para ganar mas dinero, o para poder casarse mejor. Esto es puro materialismo aunque vosotros quizás lo llaméis amor. Es puro paganismo, aunque lo adornéis con vestiduras cristianas. No digo que no haya que tener en cuenta la prosperidad y bienestar futuros de los hijos. Por supuesto hay que tenerlos en cuenta, pero de ningún modo deben constituir el principal objetivo. Mas ordinariamente lo son. Qué pocos son los padres que piensan en algo superior al lucro y al aspecto agradable de las cosas para sus hijos!
PREPARAD A VUESTROS HIJOS PARA SU MISION EN LA VIDA
Examinemos la cuestión mas de cerca. Dirigid una mirada hacia el interior de vuestros corazones, y analizad imparcialmente vuestra ambición con respecto a vuestros hijos. ¿Es dicha ambición la ordinaria; o esa otra menos común acerca de una misión en la vida? ¿Qué entiendo por una misión? Entiendo un cargo de fideicomisario para con el mundo, un deber de hacer a otros mejores, de ayudar a la nación, de hacer algo por la Iglesia de Dios. Realmente es de sentido común que todo padre cristiano piense acerca de su hijo que tiene tanta responsabilidad. Pero semejante misión no proporciona dinero. A veces puede proporcionarlo, pero sólo accidentadamente; y ordinariamente no resulta provechoso según el sentir del mundo cumplir con semejante misión. Generalmente ello llevará consigo muchas cruces, penalidades y desalientos. Se expone uno a quedar mutilado. Hasta es posible que ese hijo tenga que dar su vida por salvar la de otro. ¿Qué le sucedió al Padre Damián que en cumplimiento de su misión particular en la vida contrajo la lepra? ¿Qué aconteció a los descubridores de los rayos X a quienes llegó a desprendérseles las carnes de sus huesos porque no supieron entonces cómo protegerse contra el penetrante influjo de dichos rayos? Hasta tales extremos puede llevar una misión, pero, ¿vamos por eso a retroceder ante ella?
Frecuentemente hallamos que, cuanto mejores son los padres, tanto más ansiosos están de que sus hijos liben la parte dulce de la vida. Pero si queréis que vuestros hijos cumplan el propósito para el que Dios les envía en su momentánea peregrinación a través de este mundo, entonces ese aspecto muelle y egoísta debe quedar subordinado. No sugiero que haya que abandonarlo por completo. Eso no sería justo; además, ello iría más allá de la naturaleza de la generalidad de los hombres. Pero al menos debe ser considerado como menos importante que lo espiritual. Debéis hacer todo lo posible para que vuestros hijos cumplan esa misión en la vida, y por consiguiente debéis estar ahora preparados para hacer en vuestro corazón el sacrificio que después tendrán que hacer ellos en su carne.
Es obvio que al dirigir a vuestros hijos hacia elevados ideales obtendréis ventajas incluso para vosotros mismos. Si favorecéis cuanto hay de bueno en ellos, todo eso redundará en vuestro propio interés. Pues si inculcáis a vuestros hijos el egoísmo y les imbuís la idea de que deben procurar medrar en el mundo a cualquier precio, vosotros mismos seréis las primeras victimas de su frío y calculador modo de obrar. Puede ser que lleguen a ejercer esa mas o menos brillante carrera en la que pusisteis vuestro corazón. Pero tened cuidado no sea que "Cual fruto del Mar Muerto que seduce a la vista, se convierta en cenizas sobre los labios", como dice poéticamente Tomás Moro.
LA LEGION DE MARIA Y LOS HIJOS
Por lo mismo, desde cualquier punto de vista es esencial que el desarrollo de vuestros hijos sea proporcionado a su destino espiritual. Con ese fin debéis prodigar amor y solicitud sobre ellos, y cultivar toda cualidad encanto que pueda haber en ellos. La Legión de María aspira a ayudaros en esa tarea. Su programa y el vuestro son, o deberían ser, idénticos.
Dicho programa trata de facilitar el desarrollo de las cualidades de sus miembros, entre los que se hallan vuestros hijos, y de ésta así como de cualquier otra forma habilitarlos para que consigan su objetivo cristiano. Por tanto, la Legión y vosotros debéis actuar juntos como una yunta. Mi actual propósito es haceros ver esto y lograr que os pongáis las necesarias guarniciones.
Comienzo diciendo que la Legión, o cualquier sociedad como ella, no es ningún lujo espiritual. Hay más personas de las que uno podría imaginarse que piensan que todo cuanto se espera del cristiano es que vaya a Misa los domingos y que reciba los Sacramentos de vez en cuando; y que por consiguiente la Legión es mero idealismo en el sentido de que es digna de admiración, pero no necesaria. Esto es un error que merece llamarse una catástrofe. Con toda verdad, una sociedad como la Legión de María es esencial. Forma parte de lo que uno podría llamar el pan y la mantequilla de la vida cristiana. ¿Y por qué? Porque la vida cristiana exige de toda persona apostolado. Cuando uno es hecho cristiano mediante el bautismo, en ese mismo acto es llamado al apostolado, de manera que si no responde estará viviendo solamente una mitad de la vida cristiana. Durante todo su pontificado, el Papa Pío XI estuvo denunciando a ese cristiano a medias. Dicho Papa insiste en que el apostolado es carne y uña con la vida cristiana. Pero acentúa también otro principio vital, a saber, que el deseo de ser apóstol, si no va acompañado de los medios prácticos para lograr serlo, en la mayoría de las circunstancias permanecerá estéril. Por lo mismo, una sociedad como la Legión, que casi automáticamente habilita a las personas para el cumplimiento de ese deber, no es un lujo, sino una urgente necesidad.
PREPARAD A LOS HIJOS PARA EL APOSTOLADO
Hay muchos que admiten todo esto. Pero replican que se ocuparán de ello más tarde, cuando los hijos hayan logrado situarse bien en la vida; pues al presente deben dedicar su tiempo a prepararse para conseguir un medio de vida. Esto parece plausible. Pero, ¿qué implica? Qué va a implicar sino que el apostolado es considerado como un mero adorno, algo que puede diferirse para el futuro cuando haya tiempo para lo que se juzga no esencial. ¿Qué significa esto sino que en los anos impresionables de la vida de vuestros hijos se están poniendo ante ellos principios erróneos sobre religión? Y lo que es peor, estáis fijando esos principios de un modo indeleble en sus mentes. Sabéis cuanto se dice acerca de los días de la infancia, que son cera para recibir y mármol para retener. Esto no es más que otra forma de exponer lo que dije poco antes: que no podéis desandar los pasos que día tras día dais con respecto a vuestros hijos. Por lo mismo es imperioso que se coloquen ideales adecuados ante los hijos en sus primeros anos cuando son fácilmente manejables y fáciles asimismo de educar. Es entonces cuando se les debe mostrar con las palabras y CON LOS HECHOS todos los deberes del cristiano y cuando se les debe contratar como aprendices para servir a la Iglesia.
Convencida de estas cosas, la Legión se dirige incesantemente a las escuelas y colegios con la súplica de que comiencen a organizar Praesidia entre los estudiantes. Por lo general se excusan alegando lo recargado de sus horarios. A veces dicen que les agradaría hacer sitio a la Legión pero que los padres harían todos objeciones a cualquier cosa, por insignificante que fuera, que distrajera a sus hijos de ese inflexible ir tras la preparación para un EMPLEO. Por lo mismo entre ambos -escuelas y padres- recae la responsabilidad. Bien, he aquí lo que Pío XI ha dicho a esas escuelas y mediante ellas a esos padres:
"Los religiosos de ambos sexos harán un señalado servicio a la Acción Católica procurando ganar para ella desde su tierna edad a los niños y niñas a ellos encomendados en las escuelas y colegios. En un principio, los jovencitos deben ser traídos con suavidad a interesarse por la obra del apostolado, y después inducidos mediante un esfuerzo constante y afanoso a hacerse miembros de las organizaciones de Acción Católica. Donde todavía éstas no existan, esos religiosos deberían implantarlas ellos mismos."
Estas palabras son lo suficientemente fuertes. Es difícil hacer caso omiso de ellas. No obstante serán desoídas. Se alegará que las circunstancias locales son "especiales". Los superiores están constantemente cometiendo este error de emanciparse de esas disposiciones generales del Papa, diciendo que no son aplicables a "estos niños", "esta escuela", a "esta ciudad".
MEDIOS DE QUE SE SIRVE LA LEGION
He aquí ahora las directrices que sigue la Legión. No son complicadas. En primer lugar, hay una reunión semanal que se celebra en torno a un altarcito como el que tenéis delante de vosotros esta tarde. Los socios recitan las preces que hemos recitado también nosotros esta tarde; luego discuten la empresa que están llevando a cabo. El segundo deber consiste en que cada día los socios practican una forma de devoción singularmente eficaz llamada Catena, que consiste sobre todo en el rezo del Magníficat. El tercer requisito consiste en hacer cada semana alguna obra de apostolado. Esta varía según las secciones y lugares, pero debe representar cierta tarea concreta encomendada al socio. Esta tarea tiene que ser realizada por ese socio durante la semana y tiene que dar cuenta de ella en la reunión siguiente.
Esas son las normas principales. Pero las normas vacías de espíritu contentémonos con decir que son ineficaces". Es el espíritu lo que importa. ¿Cuál es el espíritu de la Legión? Es el siguiente: El legionario debe ver en todos a nuestro adorable Salvador, y servirle mediante el cumplimiento de todos sus deberes. Después está otra nota esencial referente a que debe hacerse todo en estrechísima unión con la Santísima Virgen; de modo que en todo cuanto el legionario realiza éste trata de manifestar la solicitud maternal de María para con Jesús.
Lo que precede no representa mera fantasía -pintoresca y estimulante, pero irreal. No, ya no puede ser mas real- nada menos que es la aplicación de las doctrinas gemelas del Cuerpo Místico y de María, Medianera de todas las Gracias. En esencia, la idea del Cuerpo Místico consiste en que toda persona bautizada, y en menor medida en los no bautizados, Nuestro Salvador está viviendo una vida propia; de modo que cuanto de bueno o de malo hacemos a esa persona lo hacemos a Nuestro Señor; y en este sentido somos responsables de todo acto que realicemos a lo largo del día así como durante la vida.
Ponderad esta doctrina. ¡En las demás personas y en toda ocupación humana os halláis frente a Nuestro Señor y tratáis con Él! Y Él con vosotros. Y conforme a ello seréis juzgados. Además, como María es la Medianera de todas las gracias, se sigue de ello que no se hace en la vida ningún acto sin su auxilio, auxilio que el legionario debe reconocer en sus pensamientos y actos con tal constancia que esta idea de la Maternidad de María se convierte para él en una segunda naturaleza.
Esas santas realidades forman el espíritu del legionario. Una semana tras otra, mediante las palabras y el trabajo, son inculcadas a los miembros de la Legión de modo que éstos por muy cortos de inteligencia y faltos de memoria que sean no puedan al fin dejar de tener una elemental comprensión de esas doctrinas. Os convenceréis de la profunda impresión que esto causara en vuestros hijos, en todos los niños en sus años de receptividad. En la medida en que esto se consiga ello les dará una nueva mentalidad. Y si la mente es el hombre, entonces tendréis un nuevo hombre; y conseguido suficiente número de hombres, tenéis la posibilidad de edificar un nuevo mundo.
Los deberes esenciales de la Legión no ocupan mas de un par de horas a la semana, pero la Legión insiste en que esas horas tienen solamente la finalidad de formar a sus miembros. Constituyen un tiempo de instrucción durante el que sus miembros se forman en un sistema de idealismo, y en el que aprenden el modo como deben poner dicho sistema en práctica. Si confinan ese idealismo dentro de ese período de formación, la Legión les consideraría como un fracaso suyo. Así como el fuego no tiene ninguna utilidad para el hornillo que le sostiene, sino que sirve para dar calor a toda una habitación, del mismo modo la finalidad de todas esas horas de formación en la Legión es la de que sirvan para influir en el resto del tiempo.
Ahora suponed que la Legión logra encender semejante fuego en los corazones de vuestros hijos. ¿Adónde será irradiado ese calor? Perdonadme si para hablar acerca de esto me sirvo de las letras A, B y C, pero debo procurar que mis ideas resulten claras y las vuestras también. A, representa el tiempo de formación; B, es el tiempo de recreo; C, representa el hogar.
LA LEGION Y EL TIEMPO DE FORMACION
En primer lugar hablemos de A, del tiempo de formación, tan esencial para el niño de hoy que si logra eludir la educación que se le ofrece, vendrá a ser algo así como un lisiado en años posteriores. Los niños deben formarse; deben beber en la ciencia. Y sólo pueden beber de ella en la medida en que se acerquen a ella. Si ese acercamiento a los procedimientos de educación es remiso, hostil, no receptivo, el niño no obtendrá mucho provecho de ella, ni siquiera después de muchos años. Considerando los billones de palabras que han sido pronunciadas y los campos de la ciencia realmente extensos y variados que se han abarcado, constituye un misterio lo poco que de todo ello ha quedado en la mente del niño. Recientemente algunas investigaciones gubernamentales han descubierto el hecho desconcertante de que una gran proporción de niños pueden pasar por todos esos años de escuela y salir de ellos sin saber casi nada. ¿Quién es el responsable de este espantoso fracaso? ¡El sudor del trabajo de naciones enteras está siendo recogido bajo la forma de impuestos, y luego, por decirlo así, volcado en el mar sin fondo de la educación! Y todavía más desastroso es el hecho de que permanezca inculta la inteligencia de tantos hombres. La tendencia de la generalidad de las personas es la de hacer responsables de este parcial fracaso a los maestros. Pero creo que debemos reprender a los alumnos, o más bien decir que algo falla en el acceso de éstos a la educación. En general no desean aprender. Puede ser que vayan a gusto a la escuela, pero no con, el propósito de aprender. Esto no puede terminar mas que de un modo, a saber, asimilando solamente una pequeñísima fracción de la educación que se les ofrece.
¿Qué tiene esto que ver con la Legión y con vuestros hijos? Lo siguiente: que el pequeño legionario que ha asimilado hasta cierto punto el ideal de la Legión vera necesariamente las escuelas, los maestros, los libros, las clases y el estudio bajo un aspecto diferente, y por consiguiente obtendrá de la escuela frutos que los demás muchachos no obtendrán. Por tanto aun en el caso en que la Legión representase un tiempo sustraído al estudio" (éste es la convencional y cacareada objeción), el saldo final no será negativo sino positivo, no habrá pérdida sino ganancia sin paralelo. En realidad sería el mismo caso que el del que se sirve de una sardina para pescar un salmón.
LA LEGION Y EL TIEMPO DE RECREO
El tiempo de recreo es la segunda consideración. También es éste tiempo apto para el aprendizaje, tanto como las horas dedicadas exprofeso para la formación. Constituye la vida social del niño que se sumerge en el mundo propio de los de su edad, en ese mundo en que adquiere las amistades más íntimas que duran toda la vida. Es el tiempo en que el niño generalmente escapa de la vigilancia de los mayores, y en esto esta el peligro. El niño de carácter débil puede caer bajo influencias que pueden hacer mucha mella en él. Y el niño de carácter más fuerte (que supone pasiones fuertes) no se halla en menor peligro. Ya esté vuestro hijo entre los que son objeto de influencias, ya entre los que ejercen influencia, se halla igualmente en la necesidad de poseer una fuerza motriz propia. Si ésta se halla ausente, esos niños irán a la deriva arrastrados por cualquier corriente o remolino, ¿y hacia dónde?
Incuestionablemente la Legión puede suministrar esa fuerza motriz. La Legión proporciona a sus jóvenes miembros una visión de la vida y de las personas, un código de conducta, principios de acción; y con ello segrega al pequeño legionario de esa especie de madera humana de deriva. Además, hará que ese niño de carácter dominador haga uso de éste para bien y no para el mal como con tanta frecuencia sucede.
LA LEGION Y LA CONDUCTA DEL NIÑO EN EL HOGAR
La tercera consideración es la más importante para vosotros, al menos os atañe muy directamente. Se trata del niño cuando se halla en casa. La Legión inculca con insistencia a sus jóvenes socios la actitud que deben observar en sus casas, en las relaciones con sus padres, hermanos y hermanas, con respecto a todos los objetos del hogar. Se les dice que el recuerdo de que son legionarios debe informar su conducta en casa, de lo contrario el espíritu de legionario no se halla en ellos y la aparente manifestación del mismo en otras partes no es algo real sino una simple pintura. En este aspecto la Legión ha obtenido mucho éxito. Una gran proporción de padres y maestros han venido a nosotros para hablarnos del cambio de conducta operado en sus hijos o alumnos; de su servicialidad con respecto a cuantos se hallan en su derredor, conducta que no habían observado antes. Es razonable suponer que antes de que un mejoramiento de conducta llame la atención, ha tenido que operarse interiormente un cambio significativo; y que ese cambio radical anterior a ese mejoramiento será el tema de constantes comentarios. Por tanto, puede decirse que se están produciendo ya efectos del tipo que la Legión había asegurado que se derivarían de sus métodos.
Y en este punto tengo que llamar la atención sobre la advertencia ya anteriormente llevada a cabo. Esos pequeños legionarios, habiéndoseles enseñado a ver a Cristo en su prójimo (que es todo aquél que se halla en su alrededor), han oído hasta la saciedad que los primeros en experimentar los beneficios de ese ideal serán sus hogares y familiares. De ahí que deben ir siempre al encuentro de las tareas en vez de eludirlas, ¡y aun al encuentro de las tareas desagradables! Deben procurar ser serviciales para con los demás en vez de serlo solamente cuando se lo suplican o les amenazan. Deben ayudar a sus madres que se hallan tan sobrecargadas de trabajo. Deben tratar a los otros niños como conviene que lo haga un legionario, ayudar en el cuidado de los más pequeños, pero sin dejar de tomarse interés por todos y de servir a todos. ¿No constituye todo eso una ventaja para vosotros?
"¡Magnífico!" dice el cínico, "pero...
"Pero no hay peros que valgan", replica la Legión de María. "Esto es factible. Se está realizando, y en una escala lo suficientemente grande ya para probar que puede aplicarse universalmente."
Creo que todos, incluso quienes se hallan en medio de las mejores circunstancias, admitirán que la penetración de ese espíritu transformaría todos los hogares. No obstante hasta ahora hemos estado hablando teniendo en cuenta solamente lo ventajoso de este proceder, que realmente es mayor de lo que se ha dicho. Existe la consideración más elevada de que el niño está obrando por amor de Dios y con la expresa intención de servir a Dios. Conforme es esa intención así es la gracia que se confiere: si no existe esa intención, tampoco se da la gracia; si esa intención es pobre, pobre será la gracia; si la intención es pura, la gracia será grande. Y por tanto la transformación del hogar no es más un pálido reflejo de la transformación operada simultáneamente en el alma de ese niño.
Pero a nuestro cínico le podemos disculpar de haber dudado de la verdad de culto hemos dicho. Pues la realidad es que en esa descripción no se retrata a la generalidad de los hogares. ¡Cuán fuertes son las quejas de los padres que dicen que sus hijos son egoístas, indóciles, poco serviciales, pendencieros, y que rehuyen el trabajo común de la casa! Con mucha frecuencia se oye de boca del hijo ese grito de protesta: "Siempre me mandas a mí. ¿Por qué no mandas a Tomás?" El ambiente se carga con discusiones interminables tratando de obligar a los hijos a hacer algo que deberían estar deseosos de hacer por amor natural y sobrenatural; pero no lo hacen ni lo quieren hacer. Se profieren palabras insultantes y se vierten lágrimas; se excitan los nervios; y a menudo las relaciones entre padres e hijos se ponen sumamente tensas. Por supuesto los padres echan toda la culpa a los hijos; a juzgar por lo que dicen, uno creería que han traído al mundo unos monstruos. Olvidan que en sus primeros anos manifestaron para con sus padres el mismo espíritu de que ahora se quejan. Pero permitidme que os diga que en la mayoría de los casos la falta se originó en los padres y no en el hijo. Si a los hijos se les toma desde el principio, se les puede educar con mucha facilidad. No hallaréis muchos hijos de padres ideales que observen mala conducta.
LOS PADRES DEBEN DAR PRUEBAS DE SU AMOR
Los padres manifiestan sorpresa al ver que sus hijos se portan tan mal y que son tan desagradecidos. Exclaman: "Les rodeamos de toda clase de cuidados. Les hemos enseñado siempre cuál es su deber." Por supuesto que hay un gran porcentaje de verdad en todo eso. Se han hecho incontables sacrificios por esos hijos; muchos tienen que hacerse hoy día para mantener a una familia. Pero seguramente que no esperaréis que los hijos estén agradecidos por haberles dado alojamiento, vestido, alimento, y por haberlos enviado a un colegio. Todo esto lo dan por supuesto. Al cabo de los anos volverán su vista atrás y dirán con lágrimas en los ojos: "Mi padre y mi madre eran muy buenos. Dieron innumerables muestras de abnegación al educar a sus hijos." Pero eso no lo ven hoy. Poseen una escala diferente de valores. Sus corazones se hallan puestos sobre cosas que muy a menudo les son negadas, sin razón, piensan ellos. ¡El amor, por ejemplo! "¡Cómo!" dirán esos padres con espanto. "Nosotros amamos a nuestros hijos." Y estoy seguro de que todos los padres, casi hasta el más desnaturalizado, sienten amor por sus hijos. Pero, ¿de qué modo lo manifiestan? A menudo de maneras que el niño no comprende. Eso no basta. Vuestro amor debe revestir formas que atraigan su atención y le convenzan que es tiernamente amado y altamente considerado. ¿Acaso me refiero a los dulces, juguetes, y cosas semejantes? De ningún modo. Esas cosas son todo lo más unos símbolos, y en el peor de los casos pueden no significar nada en absoluto. Me refiero a pruebas auténticas de amor. Por tales entiendo cosas fundamentales: simpatía, interés, y el halagüeño tributo de respeto. Hay que manifestar interés con relación a las aspiraciones de los hijos, por su idealismo, sus planes para el futuro. El niño no propondrá sus teorías y problemas a nadie a no ser que esté convencido de que se le va a escuchar. Si presiente el aire frío de observaciones despectivas como la de "no seas loco", no manifestará sus ideales ni sus pequeños proyectos que parecían excelentes y que de repente resultan más bien estúpidos Cuando un niño o niña tiene grandes proyectos y planes, por supuesto experimenta cierto reparo en darlos a conocer. No obstante, puede haber en ellos algo digno de atención que una actitud impropia puede ahogar en germen.
EL HOGAR ORDINARIO
¿Se da a la generalidad de los hijos esas tangibles pruebas de amor? No, lo digo sin rodeos. Los padres no tienen la suficiente paciencia con ellos; no los tratan con seriedad; y continuamente les están censurando sus faltas. Hay madres que nunca cesan de hacer esto. Estas madres están continuamente diciendo a sus hijos cuál es su deber, tal como ellas lo ven. Pero a los hijos esto les resulta torturador, odioso y desmoralizador. Repetidamente he visto que estas reprimendas han tenido también lugar cuando no había falta real, a no ser la de que los niños eran niños y obraban como tales. Observad a algunas madres; continuamente están dando empujones a sus hijos, tirando de ellos, reprimiéndoles, increpándoles, dándoles de bofetadas. Con ello los hijos llegan a irritarse y a adquirir un mal humor que acaba siendo crónico, se hacen desobedientes y se les echa a perder el carácter. Así es como aprenden la ciencia de educar mal a los hijos, de destruir la vida del hogar, ciencia que a su vez (por no saber otra cosa mejor) pondrán ellos en práctica con respecto a sus propios hijos. Todos vosotros conoceréis casos en los cuales ésta es la rutina de cada día; y quizás no podáis ver cosas peores debido a que probablemente se salvan las apariencias ante los extraños. Hay padres que manifiestan favoritismo con respecto a algunos de sus hijos; alientan las desavenencias; a veces llegan a la insensatez de indisponer a un hijo contra otro, sembrando de este modo la semilla de la discordia entre ellos. ¡Ciertamente, esa conducta es peor que la de esos tipos viles de personas que azuzan a un perro contra otro en la calle por darse el placer de verlos pelearse!
Muchos padres tienen la manía de descubrir a los demás los puntos flacos de sus hijos, y por cierto no hay nadie que pueda conocerlos mejor que los padres. Estos sacan a relucir esos defectos cuando alguno de los hijos no se porta a satisfacción, los subrayan, dejan a los hijos en ridículo delante de los demás niños y delante de los adultos.
¿Cómo acabará esto? En primer lugar perdiendo los padres el derecho al amor de los hijos. En segundo lugar, echando a perder el carácter de los mismos. En tercer lugar, creándose en los hijos un complejo de inferioridad que les impedirá vencer las dificultades de la vida. Se dirán a sí mismos, "No soy bueno. Soy un inútil. Soy un estúpido." La iniciativa y el esfuerzo quedan paralizados.
¡Qué negra parece esta acusación en letras de molde! Quizás os veáis tentados a decir que es pura exageración. Sí, es exagerada en el sentido de que no todo eso tendrá aplicación en todos los casos. Y por supuesto es una tergiversación en el sentido de que se omiten otras cosas que amenguarían esa falta de los padres, a saber, el amor, la solicitud y la abnegación que en casi todos los casos se hallarán de por medio, pero que no justifican la presencia de esos elementos deformadores. Además, el niño no sabe obtener promedios del modo que los hacéis vosotros. Su punto de vista es diferente del vuestro. Ya he dicho que da por supuesto -es decir, tasa en menos- el vestido, el alimento, y la educación que le dan. Los padres creen que pueden quedar tranquilos aportando esos beneficios materiales que a costa de tantos sacrificios facilitan a sus hijos, y difícilmente se dan cuenta de ninguno de los defectos antes indicados. Los hijos ven esto de muy distinto modo, con el resultado de que padres que son verdaderamente abnegados, a los ojos de sus hijos pueden parecer en realidad unos tiranos.
RESPETO HACIA LOS HIJOS
Debemos sentir un tierno amor hacia esa porción de la humanidad compuesta por los niños. No bastará decir: "Le profesamos un cariño inmenso, pero también le exigimos disciplina." Pues esto es casi lo mismo que decir que le dais de comer y que luego le hacéis pasar hambre. Creo que el cariño debe manifestarse siempre; pero en todo caso no adornéis con el bonito nombre de disciplina esa clase de trato que he estado censurando. Eso no es disciplina. Eso es falta de disciplina en vosotros y una crueldad para el hijo. El cariño debe hacerse patente en todo momento, de modo que el niño pueda contar siempre con él. Por el contrario, si el ambiente no le es propicio, el niño se encerrará dentro de sí mismo como el caracol dentro de su concha, y entonces sus padres sabrán respecto a él menos que ningún otro. Debería ser una experiencia bien amarga para cualquier clase de padres el que sus hijos salieran en busca de consuelo y se dirigiesen a otros para hablarles de sus esperanzas y problemas y para confiarles sus secretos.
Y no remediaréis nada si, después de tratar al hijo con dureza, os lanzáis al extremo opuesto, propinándole grandes dosis de sentimentalismo. Pues esto último termina al fin en la anterior actitud de falta de respeto. ¡Falta de respeto!, extrañas palabras. No obstante ésta es precisamente la pena; pocos hay que juzguen a los niños objeto de respeto. Y no obstante tienen derecho a él. No debéis clasificar a vuestros hijos dentro de la categoría del mero patrimonio familiar. Desde un principio debéis tratarlos como a personas serias, respetarlos, incluso reverenciarlos.
Desearía que leyeseis un artículo verdaderamente maravilloso que apareció en el Legión Journal de septiembre de 1938. Fue escrito por Ethel Meagher, entonces una activa legionaria y ahora religiosa carmelita. Trataba acerca de los infantes, no respecto al modo conveniente de alimentarlos, de vestirlos y de acostarlos, sino respecto a sus almas. Sostenía que en ellos desde el primer momento alienta un alma plenamente desarrollada que posee una vasta inteligencia y que puede ser influenciada, si bien tiene que ir aprendiendo poco a poco a tratar con el mundo exterior. Una lectura de ese profundo artículo enseñaría a los padres el inmenso respeto que desde el primer momento deben sentir hacia todo recién nacido que es colocado en sus brazos.
Si pudierais comenzar así, y continuar de ese modo, esas falsas relaciones entre padres e hijos de que he hablado antes no echarían raíces. En vez de ellas aparecerían los sublimes cimientos sobre los que se levantaría el hogar perfecto.
Por lo tanto desde el mismo momento de su nacimiento tratad a vuestros hijos como verdaderas personas a quienes se debe respeto, que es la base primordial y esencial de toda sociedad. No os mostréis menos corteses para con él que lo seríais con toda señora en el autobús o con vuestro compañero de oficina. Atended a sus preguntas, fomentad éstas, y tomaros la molestia de responderlas adecuadamente; esto puede constituir la mejor parte de su educación. Tened la atención de razonar con ellos, y no penséis que no vayan a comprender ni a saber apreciar cuanto les digáis. Cuando dirijo una mirada retrospectiva a mi infancia, me es posible recordar todas las ocasiones en que me trataron con autentico respeto y se avinieron a darme explicaciones sobre diversos asuntos.
Un elemento necesario del respeto es la confianza. Tratad alguna vez de depositar vuestra confianza en los hijos. Encomendadles pequeños asuntos de responsabilidad. Pedidles su parecer; y una vez hecho esto eso, seguidlo al pie de la letra si es posible. Con ello contribuís en grado infinito a la formación de ese niño; y lo que es más importante lo unís con vosotros mediante eslabones más preciosos que el oro.
LOS HIJOS SON DIGNOS DE RESPETO
Pero en este punto debo insistir en que este respeto de carácter permanente no puede proceder nunca de un mero acto de prudencia ni de un simple sentimiento. Porque en un determinado momento ese acto de prudencia y ese sentimiento pueden transformarse en otra cosa. Debe representar en vosotros una convicción profunda y no una emoción ni siquiera un razonamiento. Esa convicción no puede fundarse más que sobre la realidad, esto es, en la certeza de que los niños son dignos de respeto y por lo mismo deben recibir muestras del mismo. ¿Cómo adquiriréis esa convicción? Del modo como la Legión de María trata de comunicarla a sus miembros, a saber, mediante la doctrina del Cuerpo Místico. También vosotros debéis daros cuenta de que en cada uno de esos niños vive realmente Nuestro Señor; de que son templos del Espíritu Santo. En los primeros tiempos de la Iglesia vivió un gran hombre llamado Orígenes que acostumbraba a arrodillarse todos los días junto a su hijo y le besaba el pecho por razón de que el Espíritu Santo moraba en él. Si todos los padres obraran con ese espíritu -aunque no lo manifestaran con una acción igual- se hallaría que casi todos los hijos corresponderían a sus padres con el mismo espíritu. Esos padres ideales tendrían hijos ideales. Si apreciáis la dignidad de esos niños porque son templos del Espíritu Santo, en quienes Nuestro Señor habita y esta reproduciendo su propia vida, entonces como consecuencia lógica sentiréis respeto hacia vuestros hijos; y al sentir ese respeto los trataréis con respeto.
Hacéis a los hijos una injusticia al pensar que no se dan cuenta de las distintas posturas que se adoptan en su presencia. Se dan cuenta con todo detalle, y responden en la misma forma. Como los girasoles, así se abren hacia aquellos que les manifiestan la debida atención. La devoción y admiración que todo hijo siente naturalmente por sus padres llegan a su punto culminante. He aquí la instintiva reacción con respecto a los padres buenos: "¡Cuántos quisieran tener un padre y una madre como los míos!" Escuchad cómo se jactan acerca de esto entre los de su edad. Toda palabra que el padre y la madre profieren, todo cuanto hacen, se convierte en modelo y ley para esos hijos.
En ese ambiente el carácter del niño se desarrolla como la vida de una planta en el invernadero. Obtienen informaciones. Llevan a cabo tentativas. Tejen planes. Se sienten capaces de responsabilidad. Adquirirán esa cualidad tan necesaria del valor. En semejante hogar la batalla de la vida -y de la muerte- ha sido ya ganada.
¡Qué encantadora perspectiva! Pero si no trabajáis para que se convierta en realidad, no pasará de ser un espejismo. No es posible imponerla a los hijos; ni inculcársela a fuerza de predicarles. Debéis imponérsela y predicársela de forma sutil, a saber, con vuestro ejemplo, colaborando con ellos, y contestando a la avalancha de preguntas que vuestra simpática atención hará brotar en sus cabecitas. Observad que esas preguntas representan un deseo de aprender; de modo que las respuestas serán absorbidas con avidez.
LA LEGION DE MARIA INDICA LA ACTITUD QUE DEBE ADOPTARSE
Pero una vez más hago referencia al punto esencial. ¿Quién nos enseñará esa actitud correcta para con el hijo? Muchos son los que pretenden enseñarla, pues vivimos en una época de preocupación por el niño. Los libros que tratan acerca de este asunto son numerosos, y las clínicas para niños abundan como las setas. No hay duda de que se está haciendo mucho bien con todo eso. Pero la mayoría de estos aspirantes a maestros descuidan lo esencial que es el alma, y se ocupan de lo puramente externo. De aquí que nunca engendrarán esa reverencia interior, genuina, intensa por el niño, ni el ardiente esfuerzo en orden a su completo desarrollo, que sólo pueden provenir de la convicción de que estamos tratando con cosas divinas y eternas.
Es ahora cuando la Legión se dispone a ayudar. Tan sencilla en sus ideas y estructura como una polea o una palanca u otro aparato para la multiplicación de las fuerzas, la Legión es capaz de vivificar toda la doctrina católica y de convertirla en fuerza motriz para toda empresa cristiana. La empresa de que ahora se trata es la referente a vuestros hijos. Estos son miembros de la Legión. Esta aspira a transformarlos en lo que San Luis María de Montfort llama "una legión de soldados valientes de Jesús y María, dispuestos a combatir al mundo, la carne y la naturaleza corrompida en esos tiempos más que nunca peligrosos que están para llegar." Pero también se da en la Legión esa comunicación de fuerza. Esta invade actualmente la vida de vuestros hijos. Abarca el tiempo de formación, de recreo, de permanencia en el hogar -todas las horas del día- con idealismo santo y practico. En algunos casos ese espíritu esta reconstruyendo el hogar, en cuyo caso ello supone una reversión del orden de la naturaleza. ¡Qué cosa tan fantástica sería el que la noble empresa de construir el hogar se dejase en manos de los hijos! Eso no debe ser. Esa empresa debe ser llevada a cabo por todos, especialmente por vosotros. Lo cual nos lleva a volver al objeto de esta asamblea, a saber, a la forma en que debéis colaborar con vuestros hijos legionarios.
Seré breve; bastarán unas pocas frases. En primer lugar, debéis empaparos del ideal de la Legión. Esto lo podéis llevar a cabo hasta cierto punto estudiando el Manual de la Legión. Vuestro hijo, como espero, posee una copia. Leedla con atención y tratad de comprender el sistema en el que vuestro hijo se está formando. Luego interesaros por el comportamiento de vuestro hijo como miembro de la Legión. Dadle ánimos.
Pero la mejor manera de animarle es formar parte de la Legión. La verdad es que deberíais haceros miembros auxiliares de ella. Esa causa y visión comunes servirían de poderosa ayuda para vuestro hijo. Después, a ser posible, decidios por fin a haceros miembros activos. En vuestras mentes surgirán las objeciones de costumbre:
"Estoy demasiado ocupado", o "¿Qué bien puedo hacer?" No deis oídos a esas frases, por lo menos a la segunda de ellas. ¿Complejo de inferioridad? ¿Por qué no habéis de poder hacer tanto bien como cualesquiera otros? La Legión tiene sitio y lugar para todos; y si vuestros hijos sirven para la Legión, podéis estar seguros de que vosotros también servís.
Puede haber mucho de verdad en esa objeción acerca de que os halláis demasiado ocupados. Sabemos cuánto tiene que trabajar una madre de familia, pero quizás podáis disponer de alguna tarde. De ser así os recomien do encarecidamente que os hagáis miembros activos de la Legión.
Si os esforzáis por comprender a la Legión y por cooperar con su idealismo, creo que os podéis prometer un hogar feliz, un hogar cuyo ambiente esté determinado por el ideal que la Legión tiene de la vida, por la Doctrina del Cuerpo Místico, y por la fecunda Maternidad de María. En ese hogar reinará la Divina Gracia y actuará de forma maravillosa y extraña; hoy, proporcionándoos plenitud de vida y felicidad doméstica; mañana, cuando vuestros hijos salgan al mundo, facilitándoles el cumplimiento de SU MISION.
|