CAPITULO XXI LOS PATRICIOS

Los católicos nunca hablan de religión a quienes se hallan fuera de la Iglesia, y rara vez a quienes se hallan dentro de la misma. En Francia se ha ideado un término para designar esta desorientaci6n de los cristianos: Mutismo. En su libro acerca de la Iglesia, Mons. Suenens expresa este pensamiento mordaz: "Se dice que aquellos que se hallan fuera de la Iglesia no quieren escuchar. Pero la realidad es que los católicos no quieren hablar." Dos enviados nuestros que marcharon el año pasado al Brasil eran las únicas personas del gran trasatlántico en que viajaban que hablaban a los demás sobre religión. Dos de los miembros de la tripulación, que eran católicos, les dijeron que durante sus travesías se les dirigía constantemente una serie de preguntas y objeciones para contestar a las cuales no se hallaban debidamente preparados. Esto es terriblemente trágico. Debemos suponer caritativamente que esa serie de preguntas procedía de personas que iban en busca de la verdad. ¡Mas no pudieron apren­derla de aquellos católicos!

Recientemente algunos de nosotros estuvieron en una ciudad pequeña cuya población en una tercera parte era católica. Se nos informó de que en la única hostería que allí había unos protestantes habían estado hacía poco tiempo formulando preguntas acerca de la religión católica. Intentamos saber si obtuvieron respuestas satisfactorias. No las tuvieron. ¡De nuevo debemos lamentarnos!

Y los lectores recordarán el caso descrito en un "Camafeo" de este periódico (Maria Legionis) hace algunos años, acerca de una anciana y distinguida señora que había pasado toda su vida entre "buenos católicos", y que a! cumplir sus 96 años declaró que ninguno de ellos había intentado jamás convertirle. Consideraba esto como algo sumamente extraño en personas que parecían tener fe. Pero, ¿puede aplicarse con propiedad la palabra "extraño" a lo que es universal?

EL "MUTISMO" ES EL MAL DOMINANTE

Parece ser un hecho que espanta el que los católicos generalmente no ayudan a otros a adquirir conocimientos sobre religión. El "mutismo" es el mal dominante.
"¿Es que no tenemos fe? Sí, la tenemos, y la tenemos en abundancia. ¿Es que somos indiferentes respecto al alma de nuestro prójimo? No, porque realmente nos compadecemos de el y oramos por el. ¿Es que repudiamos la idea de conversión? No, porque nuestros corazones se llenan de gozo en nuestro interior en cuanto oímos decir que alguien entra en la Iglesia.
Entonces, ¿qué explicación tiene esta anomalía? Hela aquí en boca de alguien que acababa de asistir a su primera reunión de patricios; se hallaba entusiasmado por cuanto había visto; y estaba declarando su modo de pensar acerca del asunto al Padre Aedan McGrath: "¿Por qué no estará esto extendido por todas partes? He recibido una buena educación y he aprendido el catecismo tan bien como el mejor. Pero no podría haber respondido ni a una sola de las preguntas cuya discusión he presenciado. Y sin embargo estoy convencido de que todas las preguntas eran sencillas. Me doy cuenta de que no sé decir nada."

Parece como si la mayor parte de los católicos no estuvieran habituados a sostener discusiones, o ni siquiera a pensar coherentemente acerca de religión, o a explicar algún punto menos sencillo en relación con la misma. Muchos podrán repetir esas palabras: "No sé decir nada." Es obvio que tales personas ocultarán su ignorancia bajo un silencio nada apostólico, y que se acobardarán ante cualquier asalto.

EL REMEDIO SE HALLA EN LOS PATRICIOS

¿Cuál es el remedio? De nuevo cito aquí al Padre Aedan McGrath: "Los sacerdotes se hallan entusiasmados ante las posibilidades que ofrecen los patricios." Por lo mismo os hablaré de los patricios.
Se trata de sociedad controlada por la Legión de María. Cada sección debe ser dirigida por un Praesidium, y el presidente debe ser un legionario activo. Un Praesidium podría estar encargado de más de una sección de patricios. Este nombre está tomado de la tradición latina de la Legión. Se deriva del nombre de aquella clase de la sociedad que era la más noble de las tres clases sociales de la antigua Roma, a saber: los patricios, los plebeyos y los esclavos. Nuestros patricios aspiran a fundir todas las clases sociales en una única nobleza espiritual. Pero hablemos algo más acerca del significado de este nombre. Todo patricio de los antiguos tiempos tenía como clientes suyos algunas familias de quienes debía ser guía, protector y consejero. A nuestros patricios se les pide que aspiren a hacer lo mismo con respecto a la generalidad de las personas.
Además, se suponía que los patricios se hallaban especialmente llenos de amor hacia su pueblo así como de responsabilidad con relación al bienestar del mismo. Y por tanto, nuestros patricios deben ser los defensores de su patria, la Iglesia. Los católicos que no pueden encajar bien dentro de esa categoría, no pueden ser miembros de nuestros patricios. Semejantemente, los no católicos no pueden asistir a sus reuniones, aunque pueden simpatizar con la Iglesia e incluso estar caminando hacia ella.

La principal aspiración de los patricios es la movilización en masa de los católicos. Para esto no sería suficiente un solo grupo en cada parroquia. Cada clase de persona necesitaría poseer el suyo.

LA FORMACION DE LOS CATOLICOS

El objeto inmediato es la formación de aquellos que se hallan en situación parecida a la de los dos marineros del trasatlántico mencionado, así como a los encogidos católicos de la citada fonda de pueblo, o a los millares de personas que nunca intentaron la conversión de aquella señora de 96 años. Se pretende dar las respuestas convenientes: enseñar a los católicos a explicarse como es debido; curar del mutismo; proporcionar una base razonable a la fe que hay en nosotros.

Pero quizás objete la escuela de los cautelosos: "¿Es justo suscitar dudas en las mentes del pueblo?" Las dudas están ya en las mentes, mas sin resolver. En ellas se encuentra toda clase de objeciones acerca de la religión que o bien han surgido espontáneamente o bien han sido sugeridas desde fuera. Y aunque dichas objeciones no se hallaran en las mentes, podría hacerse necesario el inocularías como un medio para resolverlas. ¡Los tiempos actuales no son para los católicos muelles o infantiles!

LA JUNTA DE LOS PATRICIOS

Los estatutos de los patricios prescriben una reunión mensual. Cada reunión o junta comienza con la recitación de preces * La Oración de los Patricios se halla a continuación de este capitulo.
A continuación sigue una disertación a cargo de una persona seglar que no debe durar más de 15 minutos, y luego una discusión general. Luego, una hora después de iniciada la sesión, se suspende la discusión por 15 minutos, durante los cuales se sirve una taza de te u otro ligero refrigerio. Luego sigue una alocución de 15 minutos de duración a cargo de un sacerdote. No es preciso que trate el mismo tema desarrollado por el primer conferenciante, pero debe acomodarse a los objetivos perseguidos por los patricios, expuestos anteriormente. Después sigue una nueva discusión que dura media hora, esto es, hasta cinco minutos antes del cierre de la sesión. A continuación se dan avisos y se reza la oración final, que es la oración de la Legión: "Señor, concédenos..." La reunión termina con la bendición del sacerdote.
La duración total de la reunión debe ser de dos horas. Es esencial se observe la distribución de tiempo indicada. Se ha observado que los encargados de desarrollar las conferencias tienden a emplear más tiempo del asignado. Esto constituye un serio inconveniente, ya que debido a ello el tiempo destinado a la discusión tiene que ser abreviado.
No es necesario que un socio asista a todas las reuniones. Puesto que las reuniones son solamente mensuales, será preciso que se recuerde de algún modo a los socios cuándo han de celebrarse. Las reuniones deben poseer elementos que las haga atrayentes, incluso los que se refieren a la iluminación, temperatura, etc. Se permite fumar.
Los gastos se sufragan mediante una colecta llevada a cabo en secreto. Debe leerse en público el estado de cuentas.
El tema de la discusión debe determinar y ser dado a conocer por adelantado.
El número mas apropiado para un grupo de patricios es el de 70 u 80. Un numero mayor de socios es difícilmente manejable, sobre todo por lo que respecta a la distribución del te o de otro refrigerio, lo cual es importante. No se trata ni mucho menos de que dicho refrigerio sirva para saciar el apetito de personas hambrientas. Sólo se pretende llamar la atención sobre la nota social, importante para una reunión como la de patricios. Incidentalmente, con este detalle se da rienda a las lenguas. Se ha sugerido que se omita la taza de té aunque dejando el rato de "descanso". En la práctica sería difícil justificar esa interrupción sin una razón específica. El té, etc., proporciona una razón adecuada, pero éste debe ser sumamente sencillo, debe consistir simplemente un una taza de té con pastas o pan. Esta interrupción para tomar el té es una de las características que dan "personalidad" a la junta de patricios.

Modo de asistir a la reunión. Hay que procurar no dar la impresión de que está teniendo lugar algo así como una sesión de teatro, esto es, de que hay actores y espectadores. Preparad la sala de modo que los asistentes se hallen más bien uno junto al otro, no uno detrás de otro. Detrás de la mesa tened dispuestas dos filas de sillas. En primera fila se hallan sentados, entre otros, los más dig­nos, como son el sacerdote y el presidente. Enfrente de la mesa colocad el resto de las sillas en filas semicirculares. Esto dará a entender que los que en ellas se hallan sentados no lo hacen para contemplar a un grupo de personas colocadas sobre un simple estrado, sino para alternar con los asistentes a un círculo familiar; deben hallarse como en familia.

Sobre la mesa se halla el altar de la Legión sin el Vexillum.

SISTEMA PARLAMENTARIO

El cargo de presidente es semejante al del "speaker" del parlamento inglés, a saber, de una intervención mínima. La discusión sigue las directrices de un parlamento, esto es, tiene lugar a base de comentario sucesivos llevados a cabo por diferentes personas. No debe desarrollarse como si tuviera lugar en un aula de clase. Las personas que usan de discursos suelen conseguir poco. En una descripción de la junta de patricios he visto la frase "discusión controlada". Esto parece ser una observación falsa, en cuanto que sugiere la idea de que los asistentes son hábilmente conducidos por un camino dispuesto de antemano. Se echaría por tierra la finalidad que los patricios se proponen, si dicha sugerencia se llevara a la práctica. Por lo mismo dejemos que haya un ambiente de naturalidad y libertad, aunque por supuesto sea necesaria alguna reglamentación. El presidente no debe preocuparse si se cometen desatinos, a no ser que estos tomen orientaciones peligrosas. Evitad el descender a increpar, corregir o llamar la atención a los asistentes, con lo cual lo único que se conseguiría sería hacer callar a aquellos cuya intervención es la más de desear. El silencio seria el veneno de las juntas de patricios. A los particulares no se les debe inquietar por "herejía".
Las intervenciones deben ser breves, y el presidente debe procurar que lo sean. Pero a los asistentes no se les debe prohibir que intervengan más de una vez. No se deben agradecer las intervenciones.
A lo largo de toda la serie de reuniones debe insistirse con suavidad en la obligación de los católicos de hacer apostolado, pero no debe hacerse presión sobre los asistentes para que se hagan miembros de asociaciones católicas. Asimismo debe evitarse el extremo opuesto, esto es, refrenar los esfuerzos por llevar a cabo reclutamientos en conversaciones incidentales.
No hay obligación de ejecutar trabajo alguno.

NO SE TRATA DE DAR LECCIONES

Deben tratarse problemas reales, no asuntos académicos. Debe tenerse en cuenta el verdadero objetivo. Un programa sometido recientemente a estudio mostró que puede llegarse a perder de vista dicho objetivo. Toda la serie de reuniones se ocupaba de la familia. En sesiones sucesivas, un médico, una enfermera, un abogado, un policía, etc., trataban el asunto desde el punto de vista profesional de cada uno de ellos. Tanto sus conferencias como las discusiones que les siguieran resultarían útiles, pero no se habría conseguido el objetivo que persiguen las juntas de patricios, como se vera por la lectura de este artículo.

El prop6sito de los patricios no es multiplicar los métodos ordinarios de proporcionar instrucción religiosa, como son los sermones, las conferencias, las clases de catecismo. Todo esto supone una persona competente que realice la mayor parte del trabajo. Todo ello suministra soluciones admirablemente preparadas de antemano que son aceptadas y asimiladas en diferentes grados.

En una palabra, en la inteligencia de la generalidad de los católicos no hay ideas claras sobre religión. Poseen abundancia de conocimientos, pero no se hallan lo suficientemente coordinados entre sí. Les sucede en cierto modo como al corral de un maestro de obras en el cual se hallan formando diferentes montones todos los materiales necesarios para la construcción de una casa, pero de hecho no constituyen ninguna casa ni nada que se le parezca. Tales conocimientos no son los de aquél que se halla compenetrado con ellos y convencido de los mismos hasta el punto de que está dispuesto a hablar en público de ellos y a luchar por defenderlos. Este es el problema. Los patricios deben procurar adaptarse a dicho problema. No debe tratarse de resolver éste mediante un sistema a base de conferencias o de algo que se le parezca. En cierto sentido este sistema y el de los patricios se hallan situados en polos opuestos.

El método de los patricios relega a segundo término las soluciones autorizadas y coloca el problema sobre los hombros de personas corrientes. ¿Cómo se lleva esto a cabo?

EL PROCESO CONSTRUCTIVO

Suponed que el que inicia la discusión es una persona relativamente incompetente que no habría pensado jamás en defender su fe de no hacerlo con sus puños. Y supongamos también que sus observaciones son propias de una persona como ella, es decir, inadecuadas desde cualquier punto de vista, tanto desde el punto de vista de la materia que se discute como de la manera de presentarla. Asignémosle una calificación no superior a la del cinco por ciento. Pero ese cinco por ciento excita un fermento en las inteligencias. Cada uno de los presentes piensa con razón que podría hacer lo mismo que esa persona o quizás algo mejor. Porque ese primer cinco por ciento ha enseñado algo a los demás. Colocados a ese nivel del cinco por ciento, ven las cosas con alguna mayor claridad, y en seguida interviene una segunda persona en la discusión aportando otro cinco por ciento. Con ello hace suya la primera aportación y además edifica sobre ella. Un tercer asistente interviene con el mismo espíritu, y un cuarto, y así sucesivamente. Cada uno de ellos se halla en pie, por decirlo así, sobre los hombros de los que le han precedido en la discusión, si bien les concede poco crédito; ¡su aportación ha sido la más significativa! Notad que sicológicamente las cosas se han complicado. No sólo tiene lugar una edificación de ideas, sino que cada paso que se da se lleva a cabo con tal lentitud e incluso tan laboriosamente, mediante sencillos procesos mentales, que a todos resulta fácil seguir dicha edificación, aun a aquellos que no han hablado nada. Si la citada edificación de ideas se lleva a cabo con demasiada precipitación, o se condensa demasiado, muchos se quedarán atrás.

En segundo lugar, en virtud del hecho de que cada uno de los que intervienen en la discusión tiende a conceder menos importancia a la aportación de los demás y a exagerar el valor de la suya propia, sentirá respecto al resultado final "un interés como de algo suyo". Como consecuencia se convertirá en un entusiasta propagandista del mismo.

En tercer lugar, ha habido la preparación ideal para la propagación de cuanto se ha aprendido. Ha tenido lugar una lucha, golpes y contragolpes, sugerencias, críticas, contradicciones, ideas influyendo sobre otras ideas, adición de detalles, hasta que los conocimientos de los asistentes a la reunión han quedado al mismo nivel, y esto necesariamente es una gran conquista. Luego, por haber intervenido en esta batalla, se atreven todos a dejar la junta con el propósito de reproducir dicha batalla en cualquier esquina, en el bar, o en cualquier otra parte. ¡Este es el método que siguen los patricios!
En cuarto lugar, la manera de expresarse la mayoría de los que discuten se halla a tono con las inteligencias de los que escuchan. Es este un factor esencial. ¡Es curioso ver como a medida que uno penetra en una más elevada esfera de la educación se coloca mentalmente fuera del contacto con los que se hallan por debajo de ella! Aun cuando tratamos de hablar de la manera más sencilla, es posible quedar fuera del alcance de alguno. No hice mucho me presentaron una lista de vocablos que no serían entendidos por todo un gran sector del pueblo, ¡y sin embargo creo que la mayoría de nosotros estará haciendo uso de esos vocablos creyendo erróneamente que sirven para comunicar nuestras ideas! Esto apunta hacia la necesidad de una "molienda" o proceso de interpretación que con toda seguridad haga que las ideas y palabras "más sublimes" sean trituradas y hechas inteligibles para todos. En las juntas de patricios nos es posible ya ver en marcha este proceso digestivo. Se proponen ideas difíciles que luego son "molidas" por diversos locutores que las reducen a la sencillez que, se da por supuesto, poseen todas las ideas religiosas más imprescindibles.

INTERVENCION MINIMA DE LA PRESIDENCIA

De todo cuanto se ha dicho, se comprenderá, que es esencial que la presidencia no ocasione ningún "cortocircuito". Si personas de autoridad suministran lo que podrían llamar solución "de celofán", serán atacadas todas las raíces de una ulterior discusión; quedará eliminado ese primoroso proceso psicológico; el método propio de los patricios quedará falseado. Asimismo se vera privado de la atracción de todo el procedimiento; nadie querrá asistir a una reunión que funciona de un modo mecánico.
Aun cuando se llegaran a hacer afirmaciones sumamente equivocadas, la presidencia no debe intervenir inmediatamente. Debe dejar que se navegue por el mar de la discusión. Es seguro que antes de concluir la sesión dicho error hallará la suerte que merece en manos del auditorio. Si sobreviviera como auténtico error, el sacerdote puede ocuparse de él con sus avisos dados con toda la suavidad que le sea posible, evitando alusiones personales. Nadie hablará si tiene la convicción de que alguien constituido en autoridad se halla al acecho para denunciarle.

LIBERTAD DE EXPRESION

La característica especial debe ser la libertad de expresión compatible por supuesto con nuestra definición de la palabra "patricios", esto es, defensores de la Iglesia, no elementos hostiles. Si en la vida ordinaria se piensan y se dicen cosas delicadas, éstas deben traerse a colación y ser discutidas. De lo contrario no harán más que enconarse y ocasionar daño.
No hay que preocuparse en absoluto si algún asunto importante quedó sin discutirse satisfactoriamente en una reunión; o si se suscitaron muchos puntos que no fueron tratados. Acordaos de que el método de los patricios consta de toda una serie de juntas: ¡ya tendrá lugar otra reunión! En realidad es una buena cosa que no se agote la discusión en cada sesión, que ésta no sea completa del todo. De este modo crecerá el interés. Quizás sea de desear que se continúe una discusión en la reunión siguiente.

Las juntas de los patricios a que he asistido eran impresionantes. Se obtuvo tanto provecho, se suscito tal interés que cada una de dichas reuniones quedaba justificada por sí misma. Me era posible experimentar su benéfica influencia ejerciéndose y circulando por la comunidad. Peréceme que la fuerza de una serie de semejantes juntas seria irresistible, como la del ariete contra la muralla. Si la población católica pudiera ser manejada a modo de ariete, su energía seria prodigiosa, capaz incluso de convertir al mundo. Pues no es la gracia de Dios lo que falta sino nuestra colaboración.

ORACION DE LOS PATRICIOS

En el nombre del Padre, etc.

Adorado Señor,
Bendice la Sociedad de los Patricios en la cual hemos ingresado para estar mas cerca de Ti y de María, tu Madre, que es también Madre nuestra. Ayúdanos a conocer nuestra Fe Católica, de modo que sus poderosas verdades se hagan principio de actividad en nuestras vidas. Ayúdanos también a entender tu íntima unión con los hombres
por la cual éstos no sólo viven en Ti, sino que dependen también los unos de los otros,
de tal manera que si alguno falla, todos sufren por ello y aun podrían parecer.
Danos capacidad para vislumbrar la dura pero gloriosa responsabilidad
que se nos ha encomendado
y para que sea nuestro anhelo el cumplirla por Ti. Sabemos lo que somos;
nuestra naturaleza se resiste, nos sentimos incapaces para ofrecerte nuestros hombros.
Pero confiamos en que Tú miraras nuestra fe más que nuestra fragilidad, y las necesidades de Tu obra más que la insuficiencia de los instrumentos. Así, pues, uniendo nuestra voz a las plegarias maternales
de Maria,
pedimos a tu Padre Celestial y a Ti
el don del Espíritu Santo que habite con nosotros
para que nos enseñe su doctrina de vida, dándonos todo lo que necesitamos. Concédenos también que, habiendo sido bondadosamente dotados,
podamos dar generosamente, de otra manera, el mundo podría no recibir los frutos
de tu Encarnación y de tu dolorosa Muerte.
Oh, no permitas que una labor y un sufrimiento tan grandes sean vanos.
Amén.