CAPÍTULO XXII
LLEGA EL SEÑOR
LLEGA EL SEÑOR
¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús! Apoc. 22, 20.
Cuando Edel volvió al convento de las Hermanas de la Preciosísima Sangre en Nairobi no pudo ocultar su total agotamiento. Apenas tuvo fuerzas para arrastrarse hasta el lecho: en sus ojos se leía la muerte.
De manera visible se aproximaba el fin.
Edel no teme la muerte: lo único que desea es que sea rápida y discreta. En una carta de pésame a una de sus amigas escribió en cierta ocasión. "Una cosa hay, Winnie, por la que estoy contenta, y es que cuando vuestra madre hubo de dejar este mundo, su fin fue rápido. Eso es cuanto desearía para mí misma". En espíritu de fe, sin embargo, añadía: "En todas las cosas sabe Dios lo que se hace, ¡hágase su voluntad!".
Bien pronto al pie de la letra, le otorgaría Dios ese deseo. No es el temor a sufrir lo que le hace hablar así: Edel piensa en los demás, no querría causarles extorsión, ni estorbarles con su agonía. Lo demás no le inquieta ni por un segundo.
Los sentimientos de sumisión y confiado abandono no han hecho más que creer en su alma. ¿Por qué iba a turbarse? ¿No es la muerte el nacimiento a la vida, la aproximación al Señor?
Un misionero de Nairobi que tuvo conocimiento de su inesperado regreso, la visita aquella misma tarde, y siguió haciéndolo en días sucesivos. Anota sus sucesivas impresiones: "Estaba postrada en la cama, dolorida. Evidentemente, el fin ya no era cosa sino de poco tiempo...
Cuatro días más tarde me asediaba con sus bromas llenas de la más contagiosa alegría; pero yo no podía reír, ya que su estado me desolaba. Aún confiaba volver a la palestra dentro de unas semanas. Se levantó y se dirigió al jardín, a respirar aire fresco; pero andaba muy lentamente y con gran dificultad. Una semana después, a los once días de su regreso a Kisumu, parecía mucho mejor, algo aliviada de su resfriado. Pasó varias noches en blanco o poco menos. Ocurría esto el 28 de abril, fiesta de San Luis-María de Montfort.
Volví a verla el 30 de abril y el 1 de mayo. Situación estacionaria; mas me confesó que últimamente había sentido dolores de estómago y que, si éstos continuaban así, acudiría al médico. Le propuse traérselo; no quiso. El motivo de esta denegación, creo yo, fue no alarmar a las encantadoras Hermanas con las que residía. Estas y otras personas sugirieron más de una vez llamar al médico; pero ella se hacía la desentendida. No quería -manifestaba- "nada de cuentos". Meses antes, tras una noche muy mala en la que creyó morir, alguien le preguntó si había pedido socorro. "No -respondió- por nada del mundo hubiera querido molestar a nadie".
Esta réplica la pinta tal como es, fiel a esa abnegación constante que una vez le hizo pasar la noche en la puerta antes que llamar y despertar a las religiosas de Kilema, y que no desmentirá ni en el dintel de la muerte.
Demasiado débil para poder dirigirse a la iglesia, se asocia desde su habitación a las Misas allí celebradas, ya que no la separa del altar más que un tabique. Esta proximidad es para ella motivo de gran felicidad. "¡Qué bello es morar bajo el mismo techo que Nuestro Señor!" Le queda también la alegría de comulgar a diario en la cama. Sí, aun en los últimos momentos se olvida de sí misma y espera servir hasta el último extremo. Tranquilamente, con escritura normal, envía en 4 de mayo a Dublín un informe que no llegará sino después de su muerte.
Todavía entregada por entero a sus asuntos, comunica la dirección de la Delegación apostólica en El Cairo, en vista de la expansión allí, y termina con estas palabras:
"La señorita Dickson llega mañana después de haber terminado su parte de trabajo para la Curia de Kisumu. Suplicaré que ella misma les envíe todos los detalles del viaje, así como los formularios de filiación. Esto la iniciará. Las primeras semanas en Kisumu fueron demasiado pesadas para mí. El clima era cálido y húmedo, y hubo que acabar con una buena parte del trabajo durante los diez días que precedieron a la formación de la curia de Rangala. He vuelto pues a Nairobi. Estoy aquí en descanso completo que, si Dios quiere, prolongaré todavía durante unas semanas. Luego volveré a ocuparme de la correspondencia: éste será todo mi trabajo. Hoy por hoy sólo hago un poco cada día... ".
Todavía una carta el 9 de mayo al señor Duff:
"Sí, por el momento no soy precisamente un peso pesado. Uno de estos días mandaré hacerme la foto que Ud. me pide.
He estado a punto de pagar caro mi viaje a Kisumu: fue demasiado esfuerzo para mí. Era el único sitio que había reservado para visitar después del vicariato de Kilimanjaro, con el fin de completar la fundación de los "praesidia" comenzados allá por el año 1937. Mas a mi regreso me estoy tomando un buen descanso en Nairobi: no me meneo, paso casi todo el tiempo en la cama o cerca de un kiosco en el jardín".
¿Cómo no ser víctima de este tono que presenta su agotamiento como un hecho sin importancia, pasajero, anodino?
El 8 de mayo, un misionero que fue a verla, saca la Impresión de que Edel ha dado un gran bajón; pero como siempre, está sonriente y alegre. Su exquisita amabilidad, y su dulzura acusan aún más el duelo que se libra entre el alma viva y el cuerpo en ruinas. Imposible dudar: los dolores de estómago que menciona son fallos del corazón que anuncian su fin. A diario, su amiga, señorita Gannon, la denodada presidenta de la curia, acude a informarse y a arreglarla por la noche. Misioneros y legionarios se relevan a su cabecera.
El 10 de mayo, tras el desayuno, tiene una terrible crisis que atribuye todavía a su estómago. Parece más delgada y débil; su piel amarillea, sus ojos están ligeramente inyectados de sangre. Pero pasa la crisis, y la enferma vuelve otra vez por sí misma a estar alegre, graciosa, jovial. Una tras otra se repiten las crisis; la sonrisa, apenas velada unos momentos y segura. Pide perdón por lo que les molesta. Su corazón sigue latiendo aceleradamente, pero la jornada, como las anteriores, se acaba sin el desenlace fatal.
Sin novedad el día 11 de mayo: la misma sucesión de crisis invariablemente dominadas por la sonrisa. En los intervalos en que recobra el aliento se inclina a los visitantes y les habla de la Legión y del porvenir religioso en África. La muerte puede rozarla con sus alas; pero no se inmuta. ¿No ha encomendado, de una vez para siempre, su alma a la Virgen Santísima? ¿No ha implorado una y mil veces "ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte?". En el instante en que "ahora" y "esta hora" coinciden, ¿no corresponde a María contestar a la llamada y envolverla en su ternura maternal?
Un día Edel escribió estas líneas que ahora vive en toda su magnificencia:
"Con respecto a María, adoptar la actitud de un niño hacia su madre.
Confianza total".
El viernes 12 de mayo, pasa la mañana sin incidentes. Su agenda lleva todavía en esta fecha, y escritas con trazo firme, indicaciones de asuntos a arreglar. Hasta se propone salir al día siguiente para pasar unas semanas de reposo en el convento de las Hermanas irlandesas. Ya están listos los preparativos para el viaje. Si hubiera sospechado una muerte próxima nunca hubiera obrado así. Pasa las primeras horas de la tarde descansando, tumbada en una silla en el jardín.
Hacia las 4, la Madre Arsenia, la Superiora, le trae una nueva bata que se prueba gustosa y que agradece jovialmente. Poco después llega a visitarla el Padre Butler, quien la abandona hacia las seis menos cuarto. A él le parece que no ha cambiado desde la semana anterior.
Después de su marcha, un joven la trae refrescos, a quien como agradecimiento Edel contesta: "Están deliciosos".
A las seis y cuarto llega la señorita Gannun.
Apenas ésta ha dado unos pasos cuando percibe una especie de grito prolongado y quejumbroso y advierte estupefacta que Edel no saluda con su habitual y alegre bienvenida. Se aproxima. Edel, hundida en su hamaca, parece dormida como víctima de una pesadilla.
Inclinada sobre ella, la señorita Gannon le habla suavemente; mas no obtiene respuesta alguna.
Trata entonces de levantarla, pero no lo consigue.
Una mano de Edel está crispada sobre el corazón. La otra pende inerte.
Impotente para ayudarla, pide auxilio. Acude la Madre Arsenia. Se le aplica un paño frío sobre el corazón: inútilmente se intenta que tome unas gotas de licor. Sus pies y sus manos están helados; pero continúa guardando calor la parte alta del brazo. Se le aplica una botella de agua caliente.
La señorita Gannon sale disparada en coche en busca del sacerdote y del médico.
Tras unos instantes se reanima Edel, estrecha fuertemente las manos de la Madre Arsenia, repitiendo varias veces seguidas con voz plañidera:
"¡Madre, Madre! ¿Qué me ocurre?, Madre, ¿estoy muy enferma?".
"Sí, hija mía, lo estáis".
"¿Qué me sucede? Jesús viene... ", murmura Edel.
"¿Me reconoce todavía?", interroga la Superiora.
"M... M... Madre", dice Edel, con algún esfuerzo. Su mirada se dirige hacia los cirios que alumbran el lugar. Sonríe. Acaba de llegar el sacerdote. Imposible transportar a la moribunda: decide administrarle la Extremaunción en este pequeño kiosco del jardín donde la agonía la sorprende. Inicia el sacerdote las oraciones y las santas unciones. Edel sigue consciente y continúa con su mirada el desarrollo de los ritos sagrados. Escucha invocar sobre ella el poder de la Santísima Trinidad, la dulce intercesión de la Virgen Santísima, de San José, de los ángeles y arcángeles, patriarcas, profetas, apóstoles, mártires, confesores, vírgenes...
Degustación anticipada de la Comunión de los santos y del Paraíso que se entreabre... Como una madre, la Iglesia se inclina ahora sobre ella, purificando para el gran viaje sus ojos, manos, pies, su pobre cuerpo desgastado antes de tiempo por un amor devorador.
Momento de sosiego para su alma y para su cuerpo.
De repente, el ataque se reproduce.
Con infinitas precauciones es transportada a su habitación y depositada en el lecho: inmóvil se hunde en los almohadones.
Adivinando el sacerdote lo que su acto significa para la moribunda le acerca la imagen legionaria de María, Mediatriz de todas las gracias.
¡Momento culminante, supremo encuentro aquí abajo entre la Reina de la Legión y aquella que tan noblemente le ha servido! Dentro de unos instantes esos brazos de madre van a abrirse para estrecharla entre ellos; estos rayos de gracias que emergen de esas manos la inundarán de luz venida de la Faz de Dios...
Se le presenta un crucifijo.
Edel nació el día de la Exaltación de la Cruz; su vida ha sido una larga comunión con el Crucificado para acabar en ella lo que faltaba todavía en Su Pasión redentora. Esta cruz fue su vida, su gozo, su esperanza. Besa repetidas veces el crucifijo que se le tiende y murmura con voz casi imperceptible: "Jesús".
Aún vuelve la cabeza ligeramente y estrecha con todas sus fuerzas la mano de la Superiora, que está a su lado. La respiración es cada vez más débil. Por última vez inclina su rostro repitiendo en un hálito: "Jesús, Jesús".
Este fue su supremo adiós a la tierra: el Maestro ha oído su llamada, la ha recogido.
Mientras Edel moría, un pequeño grupo impetraba a su cabecera las oraciones del agonizante:
"Proficiscere, anima christiana, de hoc mundo, in nomine Patris... ".
"Alma cristiana, abandona este mundo en nombre del Padre Todopoderoso que te creó;
en nombre de Jesús, Hijo de Dios vivo, que murió por ti;
en nombre del Espíritu Santo que llena tu alma.
En nombre también de la gloriosa y bienaventurada Virgen María, Madre de Dios...".
En la inmovilidad de la muerte, Edel recibe estos adioses de la Iglesia como prenda de reposo y beatitud. En la capilla todos los cirios han sido encendidos ante la imagen de la Santísima Virgen. Después de dichas las oraciones por el Padre Byrne, quien la asistió en su muerte, con ayuda de los Padres Fullen y Maher, su confesor; por la Madre Arsenia, Hermana Servita y señorita Gannon, se procede a amortajaría. Como una delicada atención, las Hermanas adornan a Edel para su último sueño con el albo hábito de religiosa de la Preciosa Sangre.
Así, simbólicamente, después de su muerte, se realiza su sueño de vocación religiosa. Como si el Maestro quisiese mostrar que había accedido a su deseo secreto. Él le reservó la corona. Este hábito evoca también esta Preciosa Sangre tantas veces adorada en Misa y que fue el culto y alimento de su vida.
Ahora sus trazos faciales se han distendido, el rostro irradia una dulce claridad: "La expresión de su fisonomía -escribe un testigo- era celestial. Me vino al pensamiento que esta expresión serena que parecía de otro mundo que no sé descubrir, era un reflejo de la visión beatífica".
Ramos de rosas y otras flores blancas son esparcidas con profusión sobre su lecho. Ellas dicen a su modo que la muerte es misterio de luz y gozo. Intra in gaudium Domini: entra en la alegría de Dios, en la alegría que es Dios, dice la Iglesia a sus hijos que mueren en sus brazos.
Pétalos de rosa, como homenaje a aquella que reemprendió el camino de los apóstoles y fue mártir de su celo de fuego.
Cubierta de flores blancas, símbolo de pureza en homenaje a aquella que guardó para Dios, sólo para Él, el frescor virginal de un único amor.
En ese lecho, no es la muerte la que aparece en son de triunfo, sino la Vida. Termina una larga peregrinación: Edel, al fin, conoce el reposo de Dios. Por Él caminó, a través de inmensas llanuras, y sucumbió agotada y lejos de los suyos en tierra extraña. La Providencia no permitió que fuera a morir en casa de sus amigas, las Hermanas irlandesas, con quienes contaba reunirse al día siguiente. Separada de todo, murió como vivió: en la sencillez y en el abandono total.
Los que se arrodillan en esta habitación mortuoria para rezar no pueden bisbisar más que la única oración que corresponde a esta vida: el Magníficat.
Hacia las ocho del mismo día, el cuerpo de Edel es depositado en el féretro y llevado procesionalmente a la iglesia de San Agustín. Allí tendrán lugar los funerales fijados para el próximo domingo: último encuentro prolongado entre Edel y el Dios de la Eucaristía, velada suprema que alarga hasta el Más Allá esta oración del Maestro, que fue la aspiración de su alma.
* * *
El domingo, 14 de mayo, a las cuatro, tuvo lugar el entierro. Su Exc. Mons. Heffernan presidió el duelo rodeado de más de veinte sacerdotes y de una numerosa multitud en la que aparecían mezcladas todas las clases sociales.
La absolución toma aspecto de apoteosis: jamás en Nairobi se vieron funerales tan emotivos.
El cielo está pesado, amenaza lluvia; mas no descargará basta terminada la ceremonia.
Los legionarios han reivindicado el honor de transportar sobre sus hombros hasta el cementerio los restos de Edel.
Por el camino, la multitud desgrana con recogimiento cl rosario. Una vez más, Edel hace remontar hacia su Reina esos "¡Ave!" que tanto amó e hizo se amaran en este mundo.
El cortejo fúnebre se detiene en el pequeño cementerio reservado a los misioneros. Allí, por privilegio especial, será enterrada: este puesto de honor es el que corresponde a la mensajera de Nuestra Señora.
Su tumba ha sido cavada justamente al lado de otra reciente: la de Monseñor Shanahan, el inolvidable misionero de Nigeria del Sur. El encuentro que el Señor no permitió aquí abajo entre esos dos héroes del apostolado misional se realiza en el misterio de la muerte. La misma tierra africana cubre a estos pioneros de Cristo. Edel Quinn y Monseñor Shanahan: dos glorias de Irlanda, dos fervientes fieles hasta la muerte en la expansión del Reino de Dios. Edel, la frágil joven que sacrificó a Dios su salud y su vida; el Obispo fundador de cristiandades, que fue a morir en su querido suelo africano: comunión del apostolado sacerdotal y del apostolado seglar unidos por la misma causa.
Lentamente, el cuerpo de Edel desaparece en la fosa, mientras la última bendición de la Iglesia desciende sobre ella: "¡Descanse en paz por la misericordia de Dios!".
Parece que todo ha terminado, mas he aquí que los legionarios, esos hijos adoptivos de Edel por los que ella vino a morir allí después de haberles dado su corazón y sus penas, le reservan un póstumo homenaje de despedida.
Primero en inglés, luego en kiswahili, suben al Cielo unas plegarias que debieron de hacer estremecerse de alegría a aquella que partió para la gloria. En el silencio se elevan fuertes, con un acento triunfal: "¿Quién es la que se adelanta como la aurora, bella como la luna, resplandeciente como el sol, terrible como un ejército en formación de batalla?". A esta invitación, la multitud responde con el Magníficat que irrumpe como un canto de victoria.
"Mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu se estremece dc alegría en Dios mi Salvador...
... Y he aquí que en su día todas las generaciones me llamarán dichosa.
... El ha elevado a los humildes... y ha colmado de bien a los que tenían hambre".
Este cántico de Nuestra Señora está cargado de un nuevo sentido, de una emoción que conmueve a todos los corazones.
Edel ha muerto, lejos de su país y de los suyos, para que sus hijos espirituales en tierra africana puedan a su vez cumplir la profecía de Nuestra Señora. Ha conquistado para Su Reina nuevas generaciones que cantarán su gloria.
Edel ha muerto, desconocida por el mundo que en este año 1944, tiembla temeroso ante los poderosos de hoy día, esos poderosos que la derrota hará desaparecer, Deposuit potentes de sede et exaltavit humiles. La promesa hecha a los humildes va a cumplirse para Edel; su nombre no hará más que crecer en la gratitud de los hombres...
Este Magníficat salmodiado sobre su tumba es el adiós mariano de sus hijos de África.
Terminado aquél, una voz se alza para invocar a los patronos de la Legión, comenzando por San Miguel Arcángel. La multitud responde, y después, bruscamente, todas las voces se funden en una última plegaria que cae sobre el féretro desaparecido como un rocío del cielo sobre tierra recientemente labrada.
Oración que Edel, miles y miles de veces, tuvo en sus labios.
Oración que le prestó fuerzas para andar hasta el fin del mundo.
Oración que es una llamada al heroísmo y que su vida realizó con magnificencia:
"Concédenos, Señor, a nosotros que servimos bajo el estandarte de María esa plenitud de fe en Vos, y de confianza en ella, seguros de vencer en el mundo. Danos una fe viva y animada por la caridad, que nos haga capaces de cumplir todas nuestras acciones por un motivo de puro amor por Dios, y de siempre veros y serviros en nuestro prójimo; una fe firme e inquebrantable como roca, por la que permanezcamos tranquilos y constantes en medio de las cruces, de los trabajos y decepciones de la vida; una fe valiente que nos inspire emprender y cumplir sin vacilaciones grandes cosas para Dios y para la salvación de las almas; una fe que constituya la columna de fuego de nuestra Legión para conducirnos unidos en nuestra marcha hacia adelante, para encender por doquier los fuegos del amor divino, para alumbrar a quienes yacen en las tinieblas y en la sombra de la muerte, para inflamar a los tibios, para volver a la vida a los sumergidos en la muerte del pecado; una fe que guíe nuestros pasos por la senda de la paz a fin de que tras las luchas terrenales, y sin deplorar la pérdida de un solo miembro, pueda nuestra Legión reunirse en el reino de Vuestro amor y Vuestra gloria. Amén".
La vida de Edel está encerrada por entero en el contenido de esas palabras.
* * *
Al día siguiente, un servicio solemne de "requiem" celebrado en presencia de Mons. Heffernan, por el pro vicario, Padre Finnigan, reunió una multitud considerable de sacerdotes y fieles llegados de todas direcciones para rendir un póstumo homenaje de gratitud a Edel. En los restantes vicariatos de África, hasta en la Isla Mauricio, se celebraron exequias, uniéndose en una misma oración por el descanso de su alma, obispos, misioneros y legionarios.
Su recuerdo no se ha esfumado.
El África indígena conserva piadosamente su memoria. "Mucho tiempo después de que hayamos desaparecido todos -declaraba un misionero de Nairobi a un cofrade- el nombre de Edel Quinn será pronunciado con veneración en tierra africana."
Como todas las almas sencillas, los africanos tienen una penetrante intuición. Ellos, que olfatean un peligro mucho antes que el blanco se ponga en guardia, adivinaron mejor que los europeos el heroísmo de la mensajera de Nuestra Señora. La comprendieron desde el primer encuentro y le entregaron su corazón. Edel, la siempre sonriente e infatigable Enviada, se ha convertido para ellos, a quienes amó tan maternalmente, en una figura de leyenda.
* * *
Mientras Nairobi está de luto Dublín se entera con una sorpresa infinitamente dolorosa del fallecimiento de Edel; pues ni ella ni nadie previno a las autoridades de que su decaimiento iba en aumento. Acababa de llegar una carta suya fechada en 26 de abril. Terminaba con está agotada, que ya no puede andar, es que va a morir", que ahora descanso".
Leyendo esos renglones, el señor Duff, destinatario de los mismos, tuvo un presentimiento: "Si Edel confiesa que está agotada, que ya no puede andar, es que va a morir". En esta confesión de la fatiga él lee claramente que su labor ha terminado y que el reposo eterno va a comenzar. Apesadumbrado, vuelve a leer la carta. En ese mismo momento le entregan un cablegrama que confirma todos sus temores. Por mediación de la señorita Dikson, el Comitium de Nairobi le anuncia el óbito. Antes de expandir la noticia se impone un deber: se presenta rápidamente en Monkstown Road para prevenir a la familia.
En cuanto franquea el dintel de la casa, la señora Quinn, al distinguirlo desde el piso, lanzó un angustioso grito, y bañada en lágrimas entra en su habitación. No ha sido pronunciada ni una palabra; pero la madre de Edel ha adivinado inmediatamente el motivo de esta imprevista visita. Para ella y todos los suyos es la hora de total sacrificio: la valiente aceptación de la voluntad divina acaba el fiat pronunciado ocho años antes al partir para la gran aventura. Ese "fiat" es repetido hoy en las lágrimas; no es retractado.
En estas afligidas horas, un telegrama llegó aportando a toda la familia legionaria un gran consuelo. La Santa Sede, conocedora del fallecimiento de Edel Quinn, y temerosa de que Dublín, por causa de la guerra, no sea advertido -era el mes de mayo de 1944- tuvo la delicadeza de transmitir y anunciar por sí misma la muerte. En nombre del Papa Pío XII el Cardenal Secretario de Estado, telegrafía al Nuncio de Dublín: "Rogamos informe Presidente Legión de María muerte feliz de la Enviada, Nairobi, 12 de mayo. Padre Mac Carthy hace gran elogio labores misionales de la difunta en África desde 1936". Firmado: Cardenal Maglioni.
Este telegrama del Vaticano expresaba la gratitud de la Santa Sede a consecuencia del informe del Delegado apostólico, el Padre Mac Carthy, actual obispo de Zanzíbar. Con este gesto, Roma ratificaba y sancionaba una vida cuyo puesto queda señalado en la historia contemporánea de la Iglesia misionera.
A su vez, los obispos, directores espirituales y legionarios de Kenya, Tanganika y Uganda se unieron para rendir póstumo homenaje y perpetuar su recuerdo. Hicieron erigir sobre la tumba de Edel una magnífica cruz céltica -en recuerdo de Irlanda- en mármol de Kenya, su patria de adopción. En la base del monumento, el ejército legionario inscribió el ideal que animó aquella vida. Arriba, resumido en inglés, para épocas venideras, la historia de un apostolado heroico:
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EDEL QUINN, * * * |
Esta epopeya debía su origen al llamamiento de Mons. Heffernan, vicario apostólico de Zanzíbar.
El también telegrafió inmediatamente la noticia del fallecimiento. Testigo de la primera hora, y de la última, expresó a los jefes de la Legión su gratitud y su admiración por la heroica Enviada.
Al correr del tiempo sus sentimientos no han hecho sino crecer y avivarse. Quien, según expresión del señor Duff jugó el papel de "Fons et Origo" en esta vida gloriosa, tuvo a bien confiarnos en conversaciones íntimas en Kimmage Manor las impresiones que guarda de Edel Quinn:
"Después de un año de trabajo de la señorita Quinn -nos decía él- la atmósfera de mi diócesis había cambiado. Sin ruido alguno, ella aportó un germen de vida. La Legión llegaba en el momento justo para vivificar lo que ya existía. No había en ella el menor trazo de exaltación o nerviosismo. No discutía; pero salía airosa venciendo todas las resistencias. Sus frases favoritas eran:
"Fundemos la Legión; lo demás vendrá después, la Virgen Santísima hará se comprenda lo que ella desee".
"Dejemos a Nuestra Señora hacer su obra".
"La Legión será la solución de vuestros problemas".
Decía esto con fe, y con sencillez admirable. Creía que la Virgen Santísima es una madre que siempre y por doquier viene a proteger y a ayudar para acoger a todos sus hijos sin distinción alguna.
Estaba identificada a María y a la Legión.
Jamás predicaba; pero todos sentían que vivía en la presencia de Dios. En medio de cualquier conflicto se limitaba a decir:
"¿Por qué no confiarnos a la Virgen Santísima?" Jamás se imponía.
Las religiosas estaban muy afectadas por su ejemplo, y numerosos sacerdotes me han dicho: "Es una gracia el haber tenido en la misión a la señorita Quinn". Esta renovación de la vitalidad católica era sensible entre los legionarios, lentamente transformados. También sin darse cuenta, algunos sacerdotes sufrían a su vez esta metamorfosis espiritual. Casi podía tocarse con el dedo la gracia que pasaba. Lo que ella traía era la Acción Católica en toda su pureza.
Desde el punto de vista del celo apostólico ella ha transformado a algunos colaboradores africanos. Ha conseguido agrupar gentes que ni yo, que soy obispo, ni mis misioneros hubiéramos logrado reunir.
Ante ella, las cuestiones de raza o rango social se esfumaban.
Era imposible hablar con ella sin sentirla profundamente unida a Dios.
Llegó a Zanzíbar en un momento capital. Materialmente muchos asuntos estaban arreglados, pero hacía falta insuflarles espiritualidad. Su llegada a nosotros fue un favor especial y directo de Dios para mi vicariato.
Dios puso visiblemente las manos allí.
Desconocía las lenguas indígenas; pero ello no impedía su acción. Siempre olvidada de sí misma, supo tomar con maestría la dirección de las reuniones: nada la impresionaba ni detenía.
Y en cuanto a lo que ella llamaba el cuartel general, era la docilidad en persona. Quería estar con ellos en constante unión de alma y de directrices. Se comportaba como los discípulos con sus maestros. Era natural, sobrenatural".
Creemos que estas autorizadas palabras no necesitan ningún comentario. Advirtiéndolas a su paso mientras Mons. Heffernan evocaba sus recuerdos y multiplicaba los ejemplos que ilustraban estas afirmaciones o precisaban su pensamiento, veíamos desarrollarse esta existencia, y pensábamos en esas palabras de Lavedan: "Hay almas de lirio y oro que Dios hace a veces pensando en su Hijo -como cuando Él añade una estrella al firmamento- y deja que caigan entre los hombres para probarles su existencia".