CAPÍTULO XXIII
EL SECRETO DE UNA IRRADIACIÓN
Secreto del rey, bueno es callarlo; mas las obras de Dios, bueno es revelarlas.
TOBIAS 12.
La actividad misionera de Edel está inscrita para siempre dentro de los anales de la fe. Todo el mundo fue tocado por este milagro de una voluntad luchando con un cuerpo desfallecido. Todos también adivinaban bajo la acción exterior una profunda unión con Dios. Ella jamás habló espontáneamente de sí misma ni de su vida espiritual o de su espiritualidad teórica en general. Sólo para Dios guardaba el secreto del Rey. A ejemplo de Cristo, que no descubrió a los hombre el gozo de la visión beatífica que lo animaba; de María, que no dejó adivinar el fervor de su continua adoración; de José, que no traicionó jamás el éxtasis interior que fue para él previa beatitud; de tantos santos de los que Dios recibió y guarda con celoso cuidado la confidencia única. La misión de Edel no es decir a los hombres los avances internos y los experimentos de la gracia. El fuego interno no exterioriza chispazos. Su irradiación es la del perfume oculto que embalsama el ambiente.
Un sacerdote de Nairobi escribía a este particular el 4 de mayo de 1945:
"Siempre estuve intrigado por no ver esa manifestación directa del fuego que ardía en ella. Ni por sus palabras ni por sus modales dejaba jamás escapar el menor indicio de su vida interior. Santa Teresita, a la que por lo demás tanto se parecía, hacía lo contrario. Edel se comportaba siempre perfectamente natural y perfectamente sobrenatural. Su humildad me impresionaba tanto como su ánimo. Mons. Leen dijo que había observado esto atentamente, como todo el mundo, creo yo. El bien que hacía emanaba en gran parte de su irradiación personal. Ejercía gran influencia con sólo su presencia. Tengo la impresión de que expandía algo de perfume celeste de la Virgen Santísima".
Igualmente añadía que él nunca logró convencer a Edel para que ésta escribiese la "Historia de un Alma".
A esto replicó el corresponsal de Dublín: "Es interesante saber que usted intentó con frecuencia persuadir a Edel que escribiese su autobiografía. No hay duda de que este documento hubiera tenido un valor inmenso; pero no me la imagino decidiéndose a poner manos a la obra. Tenía la tendencia contraria. Sentía una repugnancia bien manifiesta a escribir para el público. Casi siempre nos impuso guardar secreto sobre cuestiones corrientes, sin que hayamos llegado a comprender la razón de esta restricción. Así, pues, físicamente hubiese estado incapacitada para escribir su autobiografía. Indudablemente que el mundo sufrirá sus consecuencias.
Añade usted después que ella tampoco daba nunca ninguna manifestación de su vida interior. Esto va de completo acuerdo con lo que decía anteriormente. Me parece que podían aplicársele las palabras de las Escrituras. "Toda la belleza de la Hija del Rey está en el interior".
Añadamos que si Edel no exteriorizaba sus sentimientos, nos es posible adivinar parte de ellos. No lo suficiente para satisfacer curiosidades indiscretas; pero lo bastante, sin embargo, para descubrir el lazo esencial que vivifica la acción por la oración; lo bastante para decirnos que la acción nada es sin la gracia y que, para ganarse a los hombres, el camino más directo y seguro es unirse a Dios. Por todas las fibras de su ser Edel está entregada a la gloria de Dios. A través de sus más ajetreados viajes guarda en el fondo de su alma una nostalgia de silencio y perfeccionamiento tal, que apenas si sospechamos su vehemencia. La enfermedad puso fin a su deseo de llegar a ser monja clarisa; pero su aspiración a una donación total no desapareció.
"Hacer la prueba de vivir al máximo -escribe ella- es mi obligación de Enviado y pretoriano. Dejar el resto a los demás".
Su primera vocación contemplativa armonizaba admirablemente con su gran vocación misionera.
En cierto sentido, su vida de plena actividad exterior fue una larga soledad. Lejos de los suyos, entre extraños cuyo idioma frecuentemente no comprendía, sin posibilidad de verdadero descanso. Edel vivía en toda la jornada de su comunión matinal y su unión con Dios. Desligada de todo, va hacia delante como una nómada, incierta del mañana, pero saciada de esa gloria divina que la deslumbra y que quiere extender, exteriorizar.
Vive también con rara intensidad la unión con María. Desde hacía mucho tiempo se había consagrado a ella según el espíritu de San Luis María de Montfort. Vivía ese compromiso, no como simple promesa, sino como voto sagrado a Nuestra Señora. Como niño que se deja llevar por su madre, vive y respira en ella, Edel se abandona a la Virgen Santísima con los ojos cerrados y de una vez para siempre.
"Renunciemos a nuestras miras humanas -escribe- para adoptar el punto de vista de María a fin de dejarnos conducir en todas las cosas por su espíritu. Adoptemos su modo de ver, sus pensamientos en todo. No dejemos que en nosotros se insinúen nuestras inclinaciones naturales".
A su santa predilecta, Santa Teresita de Lisieux, implora la gracia de "enseñarle su amor filial para con la Virgen Santísima".
Releía incesantemente el "Secreto de María" de San Luis-María, saciando su sed en él como fuente eterna, fresca y resplandeciente.
Encontraba con gozo el mismo espíritu en las fuertes páginas del Manual de la Legión: era como si la fuente se convirtiera en río que, irresistible, arrastraba las almas al mar. Pues el Manual, era ante todo, a sus ojos, la Mediación de María convertida en hechos, dinamismo, instrumento de conquista. De Edel se ha dicho que era la encarnación del Manual; y es verdad: este libro es la expresión total de su completa adhesión a María y su espiritual Maternidad. Quien pretenda penetrar en el secreto de su vida interior no necesita más que leer esas páginas tan densas: de ellas hizo el meollo de su alma antes de convertirse en el secreto de sus éxitos apostólicos.
"Para Edel -nos decía un misionero de Nairobi- la Legión era su vida, pues María lo era: ambas eran una misma cosa". El mismo testigo nos ha conservado de ella algunas hojas muy interesantes, especie de examen de conciencia, de ayuda de la memoria, escritas a la salida del retiro. Las frases, a veces, quedan entrecortadas; no se preocupa de la forma literaria. Tal como están, sin embargo, permiten ser sondeadas bien: "Vuestro acento os traiciona -le dijeron a San Pedro- ¡tú también estabas con ese hombre!". El acento de estas rápidas notas vertidas sobre el papel sin ligazón ni concierto traiciona su diálogo con Dios. Quien las comunica escribe estos renglones que constituyen el mejor prólogo:
"Las notas adjuntas dan alguna luz sobre la vida interior de Edel; pero no se puede saber hasta dónde profundizan, pues a mi parecer no hacen comprender la estructura de su alma, ni la importancia y fuerza de ciertas ideas por referencia a otras. Pero puedo equivocarme. Su vida interior me parecía misteriosa, oculta tanto para sí misma como para los demás. Su interior era un jardín cerrado, una fuente de potentísima vida, sellada para sí misma y para los demás. Ciertos principios tenían un ascendiente muy fuerte en su vida, pero a sus ojos eran tan naturales que jamás pensó en mencionarlos.
¿Daba la sensación de vivir continuamente en estado de oración? No. En su presencia yo no sentía aroma de oración, si es que puedo hablar así, no parecía emerger de la oración para entrar en conversación. Pero sentí muy vivamente y con frecuencia que estaba envuelta en una protectora muralla de gracia. Algo muy robusto había en su espíritu; los actos de virtud -y por esto comprendo los actos ayudados por la gracia, actos sobrenaturales- eran para ella una segunda naturaleza: tan llanamente los efectuaba sin esfuerzo deliberado. Por instinto cumplía lo que era necesario desde el punto de vista sobrenatural. Instinto me parece ser el vocablo más apropiado; creo que en su vida jugaba un papel muy grande un poderoso instinto divino por el cual era conducida y guiada. Ella lo seguía, se conformaba, sin ser nunca capaz de dar una explicación teológica.
A través de este "instinto divino" comprendo evidentemente la acción del Espíritu Santo en su alma. Ella le correspondía con extrema fidelidad, con generosidad ilimitada. No permitía jamás a su "yo" poner obstáculos. Para ella, querer era obrar; tomar una resolución equivalía a ejecutarla. Nada de reparos, nada de lucha con fluctuaciones de la naturaleza, nada de largos razonamientos para imponer su voluntad al tono de la acción, para hacer frente a un sufrimiento. Gracias a su habitual generosidad, en seguida veía lo que era necesario hacer, y lo cumplía inmediatamente, con resolución. En consecuencia, esta acción del Espíritu Santo se hacía más poderosa bajo su influencia; veía claramente su deber. Con una tranquila seguridad hacía lo que sabía estaba bien De ello le venía una gran paz, una radiación del alma. La luz y fuerza de esta acción del Espíritu Santo le otorgaban amplio auxilio para su orientación personal. Sin duda, ella no hubiera podido discutir como un moralista el "pro y el contra" de su conducta ni establecer la influencia de diversos principios.
En ella estaban tan bien fundidos lo natural y lo sobrenatural que cooperaban en completa armonía. Parecía tener un perfecto dominio de sus emociones. Quien la conociere, aunque fuese poco, no podía dudar de que todos sus actos eran inspirados por los más nobles y puros motivos.
Recuerdo haberle preguntado en ciertas circunstancias las razones de su manera de obrar; y lo hice porque ignoraba que hubiese un motivo sobrenatural. Su contestación fue: "Efectivamente, la Virgen Santísima". Me replicó estas palabras rauda, con un tono convencido que significaba: "Ya es raro que me haga usted esa pregunta, ¿es que no resulta evidente?
Si no se ha encontrado a nadie para criticaría, la explicación me parece bien sencilla. Su acogida era siempre la acogida amistosa de la Legión, y su conducta prudente e impecable.
Esta carta ayuda a entrever el clima espiritual de Edel; puntualiza las notas, de las cuales insertamos aquí algunos personajes agrupados en títulos generales.
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"Vivir en Cristo por el Espíritu y por María".
"En Cristo" y conducidos por Su Espíritu, podemos ofrecer por María al Padre Eterno los infinitos méritos y satisfacciones de Cristo para reparar nuestros pecados y los del mundo, para dar gracia y gloria a Dios. Tratemos de realizar esto.
Nos mezcla a su Vida y, así, lo mismo que El se ha cargado con nuestros pecados, nos hace "partícipes" de sus méritos. En Él tenemos todas las cosas y cualquier cosa. ¡Qué fuerzas nos da esto para obtener gracia para las almas y para nosotros mismos! No podemos pedir más.
Por María, imploremos la gracia de vivir realizando nuestra vida en Cristo, adorando a la Santísima Trinidad. Si nuestra fe en esta verdad fuese más vigorosa, no la olvidaríamos jamás, no nos dejaríamos absorber por los hechos externos cotidianos.
En Cristo Jesús tenemos todo. Haced esto. Ofrecedlo con frecuencia a la Trinidad presente en el alma, rindiendo a lo largo de la jornada: honor, reparación y gloria.
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Nuestros pensamientos y deseos de santidad, nuestra sed de amor a Dios no proceden de nosotros sino del Espíritu Santo.
Por tanto, si Él los sitúa en nuestros espíritus, es porque tiene la intención de enseñarnos a cumplirlos.
Nuestras perversas inclinaciones, nuestras debilidades no hacen más que glorificar su gracia en lo que Él cumple en nosotros.
Para "reducir como el Bautista" dejémosle que obre en nosotros su voluntad.
Parece que Dios pide una vida más completamente para Él.
Menos molicie.
Más en su compañía en el Santo Sacramento.
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Unirse a Cristo presente en el Santo Sacramento adorando a su Padre, rogar a Nuestra Señora que pida y adore para mí. Lograr que yo sea templo de Dios, morada de la Trinidad. Pedir a María que nos ayude a "revestir a Cristo".
El ejemplo de Cristo: vida oculta en la obediencia a María, haciendo la voluntad del Padre.
Dejar a Jesús vivir de nuevo en mí su vida para el Padre.
Unido a Él en el amor por el Padre, con María amando en mí a Jesús.
Que derrame su amor en mi corazón que será refugio donde encontrará a Su Madre para amarlo y consolarlo de la ingratitud de las almas.
Por ella impetrar gracias para la Legión, los oficiales y aquellos para quienes se trabaja; ofreciendo sus méritos al Padre Eterno en reparación por los legionarios que no le son fieles, y por las almas a recuperar.
Considerar la "supersantidad" como necesaria.
Los méritos de Cristo para suplir las deficiencias.
Pensar en la humillación y entrega total de Cristo por nosotros en el amor de Dios Padre; para nosotros en su humillación infantil, dependiente totalmente de María. Todo esto para ganar almas, para darles su vida divina, para conquistar su amor. Tratemos con nuestros pobres medios de ganarles almas... Si es imposible por acción directa, que sea por oración, implorando a María el ofrecer al Padre los méritos de Cristo y derramamiento de gracias sobre las almas.
Practicar la caridad interior a diario en nuestra vida con María y Jesús, conducidos por el Espíritu hacia el Padre. Todo lo que Él pide es nuestro amor, una confianza de niño. Somos los hijos del Padre, ¡y cuánta confianza nos debe inspirar esto!
Guiados por el Espíritu de Jesús comprendamos que, por nosotros mismos, no podemos tener un buen pensamiento. Si nuestros buenos deseos emanan del Espíritu, qué confianza podemos tener de que se realicen ofreciendo los méritos de Cristo a Su Padre por mediación de María!
Nuestro objetivo es la santidad: sed perfectos como nuestro Padre. Nuestra santidad es guardar su Vida, aumentarla con una unión siempre más íntima con Aquel que es la fuente".
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A través de estas líneas se advierte el profundo cristocentrismo de su piedad. Incesantemente vuelve a Aquel que sólo tiene acceso al Padre, a Aquel que ofrenda a Dios la única y perfecta adoración del género humano. Pero sabe también que Cristo nació, y continúa naciendo, "del Espíritu Santo y por María". Llama constantemente al Espíritu de Cristo para que Él trace en ella la imagen del Hijo, la inspire y la anime. Se siente una familiaridad con el Espíritu que sólo penetra en las profundidades divinas y conduce el trabajo de santidad y apostolado. Adviértase también cuán próxima se halla siempre la Virgen Santísima, mediadora constante de las gracias de Dios. Edel "respira" a María para mejor "aspirar" al Espíritu Santo, y mejor recibir esta virtud del Altísimo que la cubre con Su sombra.
Hela aquí volviendo a tomar el tema de la unión mariana, bajo sus múltiples aspectos:
"Revistamos a Cristo. Pidamos a María Mediadora que vierta su vida divina en nuestras almas para que Él sea quien viva, y no nosotros. Pidamos a diario a María que nos dé fuerza hoy para cumplir la obra de su Hijo y la suya.
Cuando cometo errores, pedir a María que arregle las cosas. Bien sabe ella cuán estúpida soy y lo poco que puedo; mas ella es mi Madre. Ella sabrá restablecer el equilibrio y la armonía. Se sienten su ayuda e intervención.
María, nuestra Madre, este título es más significativo que el de Nuestra Señora.
Acordémonos frecuentemente de las palabras de Cristo: "¡Hijo, he ahí tu Madre!". Como lo sugiere el Manual, roguemos para que la eficacia total puesta por Cristo en esta palabra se desenvuelva en nosotros.
En Él adoramos a la Trinidad. ¡Sanctus, Sanctus, Sanctus! Intentad adorar a la Trinidad en el alma, incluso en los trastornos y deberes exteriores.
Cuando se piensa en Jesús niño al cuidado de su Madre, se siente imperiosamente que es necesario arrodillarse, adorar al Verbo hecho carne, reverenciar a Dios en su inaudita humillación. ¿Podremos sondear jamás las profundidades incomprensibles del amor de Dios? ¿Qué podríamos negar a este amor? Frente a la ayuda, toda humillación será poca.
Damos a María, y ella acepta nuestros actos que tienen valor espiritual, y se sirve de ellos para modelar en nosotros a Cristo.
El Inmaculado Corazón de María, símbolo del amor de Dios.
Ser de Ella, para ser más de Él...
María, Madre de la vida de nuestras almas. Volverse hacia ella en todas las circunstancias para aprender a amar a Jesús, a servir al Padre, a adoptar la actitud infantil. Confianza total, sin ninguna duda y con una amorosa ternura atestiguada hasta en las más insignificantes cosas.
Nuestra Señora, morada de la Trinidad.
Puesto que Dios nos dio a su Hijo por ella, ir a Él por ella.
Imitar a María adorando silenciosamente al Verbo hecho carne en su seno.
Adorar al Verbo en nuestras almas.
Desear, frecuentemente y con amor, a Nuestro Señor.
Si Nuestro Señor, haciendo la voluntad de su Padre, pasó treinta años en la obediencia y dependencia de su Madre, ¿qué mejor ejemplo podemos tener? Unirnos a Él, pedir a María que nos enseñe cómo amar con perfección y cumplir diariamente en todo la voluntad divina. "Como el Padre me ha amado, morad en mi amor". "Soy la Viña". Ayudado por María, adorar con Él a la Trinidad.
Adoptar la posición de un niño con María y Dios Padre. Intentar realizar lo que implica esta actitud, como deberíamos depender en todo momento, y no ir nunca demasiado lejos sin nuestra Madre. "Ser como Él bajo su guarda"... instruidos en todo por ella.
Entre otras cosas, suplicad la gracia de apreciar cuán Madre es para nosotros María; la gracia de realizar de continuo con nosotros la vida divina, nuestra unión con Dios.
Si queremos ser más henchidos de la vida de Dios, esto no puede obtenerse -fuera de los sacramentos- sino por la oración. Unámonos a Él por la fe y la plegaria, pasando largos ratos arrodillados mañana y tarde, aparte de la visita al Santo Sacramento. Demos nuestra parte para obtener Su gracia; el Espíritu Santo y la Virgen Santísima nos ayudarán".
Fiel eco de San Luis-María, Edel tiene un sentido mariano muy acusado. Su devoción hacia María no es un acto transitorio, sino una actitud fundamental, una profunda devoción, siempre obrando. Según la promesa de San Luis-María de Montfort, "María le concedió todo cerca de Cristo. Enciende su espíritu por su fe pura. Ahonda en su corazón por su humildad. Ella lo acoge y abraza por su caridad. Lo purifica por su pureza. Lo ennoblece y lo agranda por su maternidad". Todo el "Secreto de María" puede leerse entrelazado en el alma y la vida de Edel. De esta unión saca ella fuerza para contemplar la cruz cara a cara, para mantenerse en pie en el Calvario.
Durante la Semana Santa de 1943, veámosla meditando uno de sus motivos predilectos: la Pasión.
"He realizado lo que significa este hecho: "Cristo se ha librado a sí mismo". Se ha entregado completamente en manos de los demás, dejándoles cumplir su voluntad sobre Él. Esta su inmensa sumisión: Su silencio al ser cubierto de insultos y de salivazos, y ¡Él es Dios!
Esta es la razón por la que los santos aprecian tanto los malos tratos, que para ellos no dejan de ser justicia.
Quien ha pecado debería alegrarse cuando se ve desechado a un lado y tratado como se merece. Si los demás nos conocieran verdaderamente tal como somos... ¡cómo se admirarían, y cómo cambiaría su actitud frente a nosotros!
Cristo se "santificó a Sí mismo" para nosotros. ¡Qué ricos somos! Todos sus excesivos dolores son para nosotros, para reparación de nuestros pecados y para merecernos la gracia.
Ofrendemos al Padre Eterno estos sufrimientos en pago de nuestros pecados. ¡Oh! cuánta confianza podemos tener a pesar de nuestras faltas pasadas.
Por su gracia y los méritos de sus sufrimientos, hagamos firme propósito de no recaer en el pecado.
Imposible para nosotros, posible para Él. Tomémosle por la palabra.
Roguemos a María que pida esas gracias para nosotros. Esperar grandes cosas, un amor abrasador. Es el Espíritu Santo quien inspira estos deseos".
* * *
Este gran amor a la Cruz alimenta su culto a la Misa, que es su característica.
Escribe Edel: "La Misa: unirme por las manos de María a Cristo víctima, a la gloria de la Trinidad, en acción de gracias por todo y en nombre de las almas. Tener siempre en la Misa la intención especial de ofrecerlo, y de hacerlo en nombre de esas almas que no pueden a causa de la enfermedad, de la distancia, del trabajo o de la guerra. Poner esa intención en manos de María".
La Cruz estimula también su generosidad personal. "¡Qué pálido es nuestro amor por Cristo! ¡Cuán poco prestos estamos a obrar y a sacrificarnos por Él, hasta en las pequeñeces que exigen un mínimo esfuerzo! Intentar vencer esto por la práctica de pequeños sacrificios. Qué pocos son los corazones que Le dan plena cabida! Querría expandirse entre las almas, ¡y éstas no quieren! Hasta sus sacerdotes tienen otros intereses. Son raros los que Le pertenecen por entero. ¿No podríamos tender a vaciar completamente nuestros corazones para que Él pudiera llenarlos íntegramente vertiendo en ellos su amor, su misericordioso amor? En el pensamiento de Cristo instruidos por María, trabajando para el Padre, y conducidos por el Espíritu del amor. Suprimir lo demás. Qué difícil es suprimirlo todo; pero ¿qué menos podemos darle a Él?
¡Realmente es tan poco como reparación y gratitud!
Estoy casi asustada de esta felicidad, y de esta dulzura en Nuestro Señor. Pedir ser... igualmente fiel cuando todo se ve negro. Ahora, alégrate de que el Esposo esté ahí.
Cuando Él permite está bien".
Edel no se limita a aspiraciones, a veleidades. Sus resoluciones prácticas traducen la voluntad de ponerlo todo en práctica para responder al ideal previsto.
He aquí, sin orden, algunas indicaciones que, como llamamiento, vierte en el papel:
-Resolución de permanecer en la capilla, por lo menos, diez o quince minutos antes de la Misa.
-Meditación matinal diaria. Si tengo fuerza, hasta una hora.
-Portarnos con nuestro prójimo como Jesús y María lo hicieron, acordándonos que son los templos de Dios y que no podemos conocer los motivos de sus actos. Adoptar el punto de vista de María, su paciencia, su amor comprensivo que admite el menor esfuerzo por imperfecto que sea. Recordar mis propias flaquezas.
-No atormentarse por las acciones ajenas. Esto no nos incumbe y da mucha paz. Amaremos a nuestro prójimo si en cada uno vemos a Cristo. ¿Cómo, pues, criticar y murmurar? "Noli judicare": silencio en la lengua, obrad como lo haría María.
-Caridad: una nueva orden: "Amaos los unos a los otros como yo os he amado". El aspecto práctico de esto: Miraos y servios en nuestro prójimo, estar presto al servicio de los legionarios, a contestar a las cartas, a los informes, etc.
-Caridad para sí mismo: probar el amor por la fidelidad a la oración.
-Al servicio de la Legión, hacer cuanto se pueda.
Estas notas fragmentarias aclaran la vida interior de Edel; ayudan a penetrar en su vida de oración y la muestran completamente firme en este mundo espiritual. Por ello no se asombra uno al oír cuán apreciada y amada fue por las almas contemplativas que cruzó en su camino.
Terminemos este capítulo con un testimonio que proviene de la Superiora de un convento de religiosas contemplativas en África. Expresa el homenaje de las almas consagradas al silencio a aquella que luchó al frente de la Iglesia militante a fin de que sus sacrificios y plegarias fructificasen visiblemente:
"Alguien que la conocía bien ha dicho sobre la Madre Janet Stuart, algunos años antes de su muerte, que ésta hacia ya mucho tiempo acabó con ella misma. Quienes tuvieron el privilegio de conocer a Edel Quinn durante los años que pasó en África Oriental, dicen de ella lo mismo: Vivía para Dios, por Nuestra Señora y por la Legión.
En dos ocasiones, Edel pasó algunas semanas en nuestro convento. Agotadas sus fuerzas, necesitaba reposo absoluto, y fue el Obispo mismo quien nos suplicó recibirla. No olvidará tan pronto la comunidad aquellos días. Edel expandía una atmósfera de luz, gracia y alegría difíciles de describir; pero que advertíamos todos perfectamente.
Aun cuando fuese tan delicada, era imposible considerarla como una enferma, pues el espíritu dominaba por completo a la naturaleza. Pero al mismo tiempo aceptaba con gratitud y sencillez cuanto por ella se hacia. Claro está que no se preocupaba en absoluto de su comodidad.
Durante su permanencia entre nosotras tuve dos o tres largas conversaciones íntimas con ella que me han dejado la impresión indeleble de que esta alma vivía muy cerca de Dios en una fe robusta y sencilla. Interesándose por todo cuanto encerrase valor en la literatura religiosa extraía de su misal y del Nuevo Testamento el alimento sustancial de que nutría su vida interior. Leía y releía también las obras de Dom Marmion y algunos libros de Mons. Leen. Consagrada como estaba a los intereses de la Legión, Edel era, no obstante, maravillosamente fiel a su reglamento de vida: Misa y comunión, oración, oficio cotidiano de la Virgen, rosario y lectura espiritual: todo tenía su puesto en su jornada.
Su conducta en todas circunstancias y sus informaciones personales se caracterizaban por la prudencia, tacto exquisito y graciosa amabilidad que jamás quedaban desmentidos; todo ello coronado por el más aguzado sentido del humor. Una buena palabra jamás estaba perdida para ella. Su risa era tan alegre y espontánea como la de un niño. Sin embargo, recordando el pasado, es la energía de Edel, su animosidad lo que se impone en mi espíritu. Siempre estaba dispuesta para emprender cualquier trabajo tratándose de la Virgen Santísima y de la Legión. Largos y penosos viajes, problemas a discutir detalladamente en las reuniones, correspondencia exigida por el trabajo de expansión; se entregaba sucesivamente a cada uno de sus deberes con el más sereno valor y los cumplía hasta el final. La lealtad hacia los principios y las reglas de la Legión se veían hasta en los más pequeños detalles, entregándose a ellos con ardor y decisión que nada tenían de rigidez o dureza.
Liberada ella misma de muchos de los obstáculos de la vida, participaba sinceramente como puede hacerlo una mujer, de las dificultades de los demás, y las comprendía perfectamente. Su exquisito buen sentido la capacitaba para establecer juicios prácticos y advertencias prudentes. No hay que olvidar tampoco que sufría una enfermedad inexorable. Viéndola erguida y graciosa, vestida sencillamente, pero con el mejor gusto -pues lo mismo en esto como en todo lo demás era la perfecta enviada de María; se pensaba inmediatamente en la Santísima Virgen- se olvidaba con facilidad la carga que soporta día tras día. La última vez que la vi, volvía de un largo "safari" por otro vicariato. Había triunfado lanzando la Legión, su último esfuerzo en favor de la Virgen Santísima. Hablaba de poner definitivamente en orden sus asuntos legionarios. "Vea usted -me decía- no se sabe lo que puede ocurrir". Entonces experimenté la certidumbre de que no volvería a verla ya en este mundo. Su obra estaba consumada, pronto nos seria arrebatada. Algunas semanas más tarde supe que había vuelto a Dios la Virgen Santísima vino a recoger a su valiente Legionaria al final de una tarde del mes de mayo.
Santa Teresa de Ávila declara que la perfección, la santidad, consiste en el amor de Dios y del prójimo llevado basta el olvido completo de sí mismo. Quienes conocieron a Edel Quinn durante los últimos años de su vida pudieron ver la radiante encarnación de este ideal.
Sin prejuzgar de manera alguna el veredicto de la Santa Iglesia, puede pensarse con alegría que está ahora muy cerca de la Virgen Santísima y, al mismo tiempo, lo suficientemente próxima de la tierra para que puedan llegarle nuestros menores deseos".