HEMOS GUARDADO LA
FE PARA NOSOTROS
Por el
Siervo de Dios Frank Duff, fundador de la Legión de María
Se dijo una vez que el mundo, consternado, se había despertado arriano de la noche para la mañana; era ésta la herejía que negaba la divinidad de Cristo. Hoy podríamos aplicar la misma figura retórica y decir que estamos impresionados de que entre las sociedades de laicos la Legión se encuentre trabajando sola en la búsqueda de conversiones a la fe católica. ¿Hemos de suponer que este apartarse del trabajo de conversión equivale a un tácito reconocimiento de que todas las religiones son igualmente buenas? De ser así, incluiría un conglomerado de herejías, es decir, todas las herejías que ha habido desde el principio.
Si un católico rebaja así a la Iglesia en su pensamiento, quiere decir que ha destronado todas nuestras venerables doctrinas, la misa, la eucaristía, los sacramentos, María. Estas se reducen a lo que equivalen los códigos y prácticas en otras religiones. ¡Nosotros tenemos nuestro sistema que nos salva! ¡Otros tienen su sistema que los salva a ellos y que quizá les va mejor! No hay más que un paso para pensar que ninguna importa mucho. La historia nos dice lo que ocurre entonces. La indiferencia, falta de práctica y pérdida completa de la fe se suceden de modo inevitable. Ya muchos han puesto sus pies en ese deslizadero.
Por eso la Legión se halla con sentimientos confusos como principal exponente de la postura correcta, la cual es que sólo la Iglesia Católica contiene la plenitud de la verdad y que todas las demás religiones son falsas o parcialmente verdaderas.
Esto no quiere decir que la Legión, aun teniendo el criterio debido, lo aplica con entusiasmo. Dista mucho de ser así la realidad. Ya sabéis lo que se desprende del examen del orden de prioridad de nuestras actividades: conversión, conservación, ayuda. Tenemos que admitir que en la práctica actual ese orden ha sido invertido. Las energías de la Legión, que podrían convertir multitudes, se han desperdiciado en cosas innecesarias y aun tontas. Y esto en un mundo que ha abandonado la ley moral y en el que la misma civilización está en peligro.
El año pasado un gran número de legionarios participaron en la peregrinatio. Muchos países tomaron parte y muchos lugares fueron el escenario de sus audaces actividades. Sería exacto decir que no encontraron ninguna noción de conversión. Se entregaron a ella. Invariablemente se les unieron los legionarios locales con gran decisión. Lo hicieron gustosos: Se vieron competentes, pero no habían pensado antes en este trabajo. Evidentemente es un fallo por parte de los jefes; pero el hecho de que podamos señalar la causa no rectifica esa casi negación de la Iglesia.
Uno pensaría, al ver este abandono de nuestra misión, que se levantaba una muralla de hierro en el camino de la conversión. No es ésa la realidad. El mundo está más maduro para la conversión que nunca. La razón especial es el desarrollo de los medios de comunicación, que, por así decir, ha presentado una visible contraposición de todas las religiones. Creo que habría que admitir que todo el mundo ha llegado más o menos conscientemente a la conclusión de que la única que emerge como una proposición razonable es la Iglesia Católica. Este juicio alcanzará mayor solidez conforme avance la educación y las otras religiones se desintegren progresivamente.
En relación con esto, os he referido antes el caso del Japón. No voy a repetir los detalles más llamativos. Me contento con decir que, cuando en los años 30 aquella nación se dio cuenta de la futilidad de sus religiones y se enfrentó con la necesidad de llenar el vacío, sin vacilar escogió el catolicismo. Viniendo de un enemigo tradicional, este paso representa una dramática recomendación.
Posteriormente, en los años 50, la China Comunista, sintiendo la necesidad de adoptar religión, dejó despectivamente sus religiones a un lado y asignó al catolicismo el papel de religión de China. Pero, por desgracia, quiso hacerla una criatura suya, una Iglesia del Estado, lo cual echó todo a perder.
Creo que las cosas han progresado hasta ese grado en el que, si un país cultivado y sin prejuicios hubiese de buscar una religión para su pueblo, tendría que decidirse por el catolicismo. Pudiera ser que no por eso lo reconociera como revelación divina, sino como el más santo, sabio y benéfico código del mundo. Pero observo que esto último es precisamente lo que esperaríamos que tuviese la verdadera religión.
No veo cómo se podría elegir ninguna otra, si realmente se busca la mejor. Todas las demás representan palpablemente la invención humana y la locura humana en diversos grados.
Y lo que he dicho de la nación vale igualmente del individuo. La Iglesia hoy es la ciudad edificada sobre el monte para que todos la vean. Todos la reconocen en su corazón como algo diferente en una categoría propia. Dirigios a cualquiera del mundo; encontraréis en él ese extraño reconocimiento de la unicidad de la Iglesia. Eso no quiere decir que crea en ella, la acepte o le guste. Hay cosas que se oponen a ello. En primer lugar, no le han explicado plena y correctamente el sentido de la Iglesia. En segundo lugar, el mundo, la carne y el demonio le dicen que la Iglesia es "palabra dura", demasiado dura para la naturaleza humana.
Y si nos acercamos a él, ¿qué sucede? He escuchado relatos de muchos peregrini, que habían vuelto de sus campos respectivos, podemos decir que de todo el mundo. Ha sido una experiencia como la de actualizar los Hechos de los Apóstoles, volver a revivir las personas y sus voces. A causa de la riqueza de datos, los peregrini tenían que limitarse a un episodio cada uno. No puedo transcribiros tanto. Sólo os ofrezco unos fragmentos. Mas al menos mostrarán lo que le espera al apóstol:
1. "No tengo religión, pero me interesa lo que tienes que decirme".
2. De la directora de un burdel: "Querría ser católica, pero ¿cómo puedo serlo teniendo en cuenta mi profesión?"
3. "Ninguno de nosotros nos preocupamos por las iglesias".
4. "Nunca he oído hablar a nadie como a vosotros".
5. "Nos habéis dicho cosas que nunca habíamos oído antes y todo el mundo debería oírlas".
6. "Nos habéis dado mucho en que pensar y personalmente creo que hay gran parte de verdad en ello".
7. "Si estuvieseis una semana más aquí, me tendríais en vuestra Iglesia".
8. "Habéis revivido la idea de Cristo, que está muerta en mí hace 60 años".
9. "No creo, pero me gustaría hablar con vuestro sacerdote".
10. "Tengo que diferir mi promesa de bautizarme. Tengo dos amigos que están casi dispuestos a bautizarse conmigo".
Esto procede de uno que había profesado el ateísmo.
11. "Me gustaría seguir esta charla. Comienzo a creer".
12. "Proponéis vuestra religión muy agradablemente. Os estoy agradecido por no echarme sermones".
13. "Llevo 62 años aquí y vosotros sois los primeros católicos que me visitáis".
14. "He tenido que enviar mis hijos a la escuela protestante para que se instruyan acerca de Dios".
15. "Me han hablado miembros de todas las religiones habidas y por haber. Esta es la primera vez que lo hacen católicos".
16. Un judío dijo: "Siento no volveros a ver nunca. Me habéis enseñado mucho. Me habéis dado valor para enfrentarme con el futuro, que parece tan horrible para nosotros, los judíos".
17. "Hoy por vez primera en mi vida he entrado en una iglesia. Ahora vosotros me paráis y me habláis de vuestra religión. Estoy tremendamente impresionado".
18. "Toda mi vida he querido ser católico. Eres el primero que me ha invitado a serlo".
19. "Soy atea, pero me gustaría traer a mi novio a oír hablar de tu religión".
Ya veis, una buena acogida os espera. Ningún problema, aun en los países oficialmente ateos. Se hace el bien en todas las ocasiones. Se corrigen falsas ideas. La gente se entusiasma. Se hacen progresos hacia la fe en casi todos los casos. Nadie muestra resentimientos por ser abordado por católicos; todo lo contrario. Este proceso se inicia a partir de una corta peregrinatio y un breve contacto con cada individuo. ¿Qué no se podría conseguir si los legionarios locales atendiesen a este trabajo constantemente? ¿No queda claro qué grandes posibilidades habría si toda la Iglesia se movilizara ante esta tarea? Tengo que añadir que lo que me ha producido una impresión más desagradable en todos estos relatos es la frecuencia con que se repetía esta frase: "Sois las primeras personas que me pedís que me haga católico". Que el católico medio esté tan muerto hacia la Iglesia y hacia su prójimo es casi inconcebible. Pero ahí está el hecho.
No sólo está preparado el mundo para escuchar, sino que ya veis también qué actitud más extrañamente receptiva es la suya. Esto confirma la doctrina de la Legión de que Jesús y María a la vez que nos ayudan están actuando en las almas de aquellos a quienes nos dirigimos. Estos nunca son contradictores; son agradecidos. Aceptan lo que decimos. Quieren oír más. Consideran una atención el que queramos que entren en la Iglesia.
En cierta manera, todas esas personas son como niños comparados con vosotros. Son espiritualmente inmaduros. En sus corazones anhelan las cosas que podéis darles. Reaccionan sorprendentemente ante vuestro empeño y afecto, pues la mayoría de la gente no ve en los demás ningún interés real por ellos. Si mostráis una profunda preocupación, tiene extraños efectos. Esto vale aun cuando la apariencia sea poco prometedora. Muchos tienen un exterior duro y son interiormente delicados.
Unos contactos recientes lo han demostrado. Un noble, que tenía aire de ser un fanático, escribió una carta de enhorabuena a su hija cuando ésta entró en la Iglesia. Posteriormente le preguntó por los artículos de la fe y luego manifestó su deseo de ser católico.
Otro noble, a quien un amigo le preguntó si había pensado alguna vez en la Iglesia, contestó que recientemente había estado dándole vueltas en su mente. Y otros en cartas actuales a la prensa muestran qué poco significa para ellos su protestantismo de nombre.
Otros católicos, que sufren una gran preocupación, han aceptado con ansiedad la medalla de Nuestra Señora de la Paz de Espíritu y han conseguido esa paz.
Es extraordinario ver cómo actos tan pequeños pueden convertirse en instrumentos de la Providencia. Un legionario dijo a un protestante, con quien había estado en contacto mucho tiempo: "Al parecer, nunca vas a hacer el signo de la cruz, que es símbolo reconocido de nuestra Redención". El otro no contestó, pero en su próximo encuentro hizo muy solemnemente la señal de la cruz y añadió: "Llamaste mi atención en este punto y me hiciste pensar. Quiero que me conduzcas a la Iglesia".
Otros, a quienes se les dirige nuestra pequeña fórmula -¿por casualidad le vino alguna vez la idea de hacerse católico?-, responden: "Sí, siempre he querido serlo". Cuando se les pregunta por qué no han hecho nada antes, la respuesta invariable es que es la primera vez que les hacen esa proposición.
De esa respuesta universal parecería justificado concluir que millones esperan igualmente la primera palabra de invitación. Pero la invitación no llega por esa repugnancia de los católicos a hablar de nuestra fe. ¿De dónde procede ese silencio? No se da en personas de otras religiones. Es digno de notarse que los legionarios no sufren esa repugnancia y no obstante son católicos normales, excepto en su pertenencia a la Legión. Evidentemente se les han proporcionado motivos que venzan esa natural indecisión.
No se han de plantear cuestiones difíciles. En la práctica no se hará ninguna pregunta que el católico normal no pueda responder, recordando que es humanamente imposible explicar cosas totalmente sobrenaturales: como la Santísima Trinidad o la Eucaristía. Sólo necesitamos exponer nuestra fe. Ninguna persona cuerda esperaría que explicásemos cómo.
Son días éstos en que la perversidad parece ser el ambiente dominante. Demasiados de entre nosotros están empeñados en desestimar a la Iglesia y en probar que los no católicos están bien donde están. Yo sé de muchos casos en que no católicos interesados buscaron información sobre la Iglesia Católica y fueron disuadidos por los católicos a quienes se dirigieron. ¿Qué hemos de pensar de tales católicos? Corporalmente puede que estén en la Iglesia, pero su espíritu está en cualquier otra parte.
Se han acuñado frases ingeniosas con el objeto de que los católicos no impongan sus creencias a los demás: ¡La religión es un asunto demasiado personal y sagrado para entrometerse en él! ¡Es falta de delicadeza inmiscuirse en otra alma! ¡Es un abuso contra la libertad humana! Y así, una demoledora letanía.
Quizá la idea que pesa más para un católico sea que, así como a él no le gustaría que un protestante tratara de convertirle, igualmente él debería respetar los sentimientos del otro. Pero las circunstancias son totalmente distintas. Tenemos la convicción de que el Señor a través de la Iglesia ha enseñado la verdad absoluta, según la cual debemos vivir y que debemos comunicar a los demás. Eso no tiene semejanza alguna con el no católico normal que encontramos. Tienen poco de lo que pudiera llamarse fe. La mayoría consideran su religión como algo que les permite creer lo que les agrada y hacer lo que les place. No conceden ninguna certeza a las doctrinas. Están prontos a modificarlas, según reciben nuevas ideas o caen bajo nuevas influencias. Reciben con agrado esos influjos y gustosamente sentirían la atracción del catolicismo, si éste se los ofreciese.
Con relación a la sugerencia de que seria abuso contra la libertad de la persona proponerle el catolicismo, ¿se ha de deducir que el mandato de Nuestro Señor de predicar el evangelio a toda criatura es una violación de los derechos humanos? Y ¿por qué hacer una excepción de la religión en estos días en que la libertad de expresión de las propias ideas se convierte en principio fundamental y se discuten abiertamente todos los temas imaginables?
Resumo diciendo que cualquiera que sea el motivo que retiene a los católicos de presentar su fe a los demás, va a ser mal interpretado.
Por ejemplo:
"Los católicos tienen conocimientos muy limitados de su religión. Son incapaces de explicarla. Corren como un gamo, si creen que vas a hacerles una pregunta sobre ella".
O:
"Esos católicos son las personas más raras. Parece que tienen fe en su religión, pero están decididos a guardarla para sí. Nunca invitan a nadie a entrar en ella. Nunca hablan de ella con los demás. Si hacéis una pregunta a uno de ellos, se cierra como una ostra. Se creería que es una sociedad secreta".
O:
"Por supuesto que la razón de por qué los católicos nunca nos hablan de su Iglesia es que no quieren que entremos en ella. No pueden perdonamos el mal trato que nuestros antepasados les dieron. No olvidan o no perdonan. ¡No es eso muy cristiano! No somos nuestros antepasados".
O:
"Los católicos aquí se sienten socialmente superiores a nosotros. En general somos la gente trabajadora. Por eso no nos invitan a que nos juntemos con ellos".
O:
"Los católicos dicen que no creen en la barrera del color. ¿Por qué, pues, no nos piden a los negros que nos hagamos católicos? Es claro que su motivo es racial".
¿Quedaríamos satisfechos con cualquiera de estas hirientes explicaciones de nuestro silencio? Comprendéis que quedaríamos consternados y humillados hasta lo más hondo de nuestro ser. Pero realmente ¿qué otra cosa ha de pensar la gente de nuestro decidido silencio?
Nuestra fe católica es una joya de gran precio, la respuesta al jeroglífico del mundo, la llave de la vida eterna, el único consuelo verdadero en este valle de lágrimas. Nuestro instinto predominante debería ser explicar sus tesoros. Pero no. Por una u otra razón no abrimos la boca. Es el único tema del que no hablamos.
Cuando Nuestro Señor instruyó a sus discípulos para que fuesen a todas las gentes del mundo con su evangelio, debió parecer algo fuera del alcance humano; pues el mundo para ellos se extendía tanto como el universo para nosotros. Con todo, aquellos discípulos no replicaron una letanía de excusas. Tampoco lo habéis hecho vosotros cuando os han propuesto estas grandes empresas. Habéis mostrado disponibilidad para viajar hasta los confines del mundo para obedecer el mandato divino.
Pero, con relación a lo fundamental del problema, no hay necesidad de viajar, porque nos rodea por todas partes. En particular me refiero al protestantismo de Europa. Macaulay indica que ninguna de las naciones que abandonaron la Iglesia en tiempo de la Reforma han vuelto. Un motivo de ello es que no hemos intentado hacerlos volver. En su caso hay otras circunstancias, además de las de pura religión, que apuntalan su posición. Han sido éstas consideraciones sociales y políticas, que alcanzaron su punto más alto en Gran Bretaña e Irlanda, donde los católicos fueron reducidos a los niveles más bajos a que podían llegar.
Todo eso levantó una enorme barrera, y los derechos de igualdad política no la han disipado. Hemos de comportarnos con ellos de manera cristiana, pero está arraigada en ellos la idea de que la Iglesia los quiere mal y que nuestro buen comportamiento es sólo un subterfugio.
Con relación a Irlanda solían decir que la autonomía equivaldría a la norma de Roma y que el poder político sería empleado para aplastarlos y eliminarlos de la existencia. Esto no ha sucedido, pero en sus corazones aún creen que nos gustaría hacerlo y que en circunstancias favorables lo haríamos.
Siglos de propaganda han presentado a la Iglesia como esencialmente intolerante y cruel. Con una uniformidad que no hacía referencia a la doctrina, a cada protestante se le informaba sobre la Inquisición, la matanza del día de San Bartolomé, la revocación del Edicto de Nantes y otros malos tratos del catolicismo, sin una sola palabra sobre el reverso de la medalla.
Todo ello tiene todavía fuerza suficiente para dañar sus relaciones con nosotros y en particular para dificultar nuestros esfuerzos para convertirlos. Ellos no creen que este deseo de convertirlos brote de una fe genuina en el catolicismo, sino que es únicamente una forma de desembarazarse del protestantismo como problema.
Puede ser que los protestantes concedan a los católicos una intención sana, pero están convencidos de que el alto gobierno de la Iglesia tiene malas intenciones para con ellos y no se abstendría de perseguirlos si tuviese oportunidad. No es ésa la realidad. En los tiempos modernos la mente de la Iglesia se ha clarificado totalmente en cuanto a su relación con otras religiones. Se reconoce que sería un error perseguir a otros por sus creencias religiosas. Eso queda recogido autoritativamente en la legislación católica, para que nunca más y en ninguna circunstancia la Iglesia se entregue a la persecución.
Un testimonio extraordinario de lo anterior nos viene de una procedencia inesperada. Nada menos que de Winston Churchill con ocasión de un discurso al Parlamento Holandés en La Haya. Viniendo de un hombre de tal posición el juicio tiene demasiado peso para pasarlo por alto. Dijo: "Desde la separación de católicos y protestantes en los siglos XVI y XVII ha surgido al menos un nuevo hecho importante, que todos deberían tener presente. La Iglesia de Roma se ha alineado del lado de los que defienden los derechos y dignidad de la persona, así como la causa de la libertad personal en todo el mundo".
A ese nuevo e importante hecho que cita Winston Churchill yo añadiría uno antiguo. En la Edad Media el Estado había alcanzado tal poder sobre la Iglesia que casi le privó de libertad de acción. Usaba ese control para implicar a la Iglesia en sus actos de mala conducta, pero los protestantes han echado toda la culpa a la Iglesia. Tal era la servidumbre a la que la Iglesia estaba sometida que los historiadores dicen que acontecimientos como la Reforma y la Revolución Francesa, que parecieron desastres para la Iglesia, fueron en realidad bendiciones disfrazadas. Libraron a la Iglesia del dominio del Estado y la capacitaron para ser independiente.
Otro hecho sobre el que debemos llamar suavemente la atención de los protestantes en su propio interés es que ellos mismos representan un papel nada loable en el asunto de la persecución. Persiguieron tan enérgicamente como nunca lo hizo la Iglesia. Pero lo que agrava su situación es que lo hicieron inconsecuentemente. Habían proclamado que la persecución religiosa era intrínsecamente mala y, sin embargo, la practicaron. En segundo lugar, enseñaron a sus pueblos que la persecución era exclusivamente un pecado católico, creando un sentimiento contra la Iglesia Católica que aún perdura.
La revista "Time", que no puede ser acusada de parcialidad hacia la Iglesia, hace el siguiente comentario:
"Como la Iglesia de Inglaterra, dondequiera que florecieron las importantes Iglesias de la Reforma, siguieron el modelo católico de unión Iglesia-Estado y fueron tan brutalmente implacables en perseguir a las minorías religiosas como la Iglesia Romana".
Por si el "Time" no se considera suficientemente convincente, cito historiadores protestantes de primer orden:
"La persecución es el pecado mortal original de las Iglesias Reformadas que enfría el celo de todo hombre honrado a medida que su lectura se hace más extensa".
Esta cita es de la Historia Constitucional de Hallam, obra de primera importancia.
En su obra "Lollardry of the Reformation", Gardner observa: "La teoría de que el protestantismo fue más tolerante que el catolicismo no resiste a la crítica".
En los últimos años ha levantado un gran clamor la afirmación de que el Papa Pío XII no defendió a los judíos suficientemente. Creo que el fallo definitivo mostraría al Papado muy por encima de todas las demás autoridades en su comportamiento histórico con los judíos. En este momento los judíos se sienten oprimidos con la sensación de que todos los hombres están contra ellos, mas yo no creo que deben tener ningún temor con respecto al Papa o a la Iglesia católica.
Ahora una última palabra sobre el tema de la persecución. Cuando la Iglesia de la Edad Media falló en ese aspecto, fue debido a que se aplicó a la religión la idea, que es correcta en el terreno secular, de que el castigo por los delitos ayuda a la buena conducta. Por eso se ejerció una presión equivocada sobre el hereje para hacerle al camino de la salvación.
Pero todo eso pertenece al pasado. Es imposible imaginar a la Iglesia persiguiendo de nuevo o permitiendo que sus miembros lo hagan. Además afirmo que la Iglesia está consiguiendo imprimir en la mente del católico a la misma idea de persecución, en la que se incluirá cualquier forma de presión de categoría inferior a la persecución. Para la mentalidad católica sería detestable traer gente a la Iglesia con alicientes, engaños o cualquier medio indebido. La misma idea de recibir en la Iglesia a alguien que no creyera en ella nos resultaría odioso.
Esta partida de las circunstancias referentes a las tácticas de persecución del pasado es necesaria, a no ser que los católicos se pongan en actitud defensiva dejando a los protestantes en su actitud satisfecha. Aclarado ese punto, volvamos ahora al deber católico de acercarse a todas las almas.
Este acercamiento debe basarse en el amor y manifestarlo. Debemos mostrar amabilidad, sencillez, interés y todo lo demás que lleva consigo el amor. Nunca debe nuestro tono ser el del que trata de conquistar a los demás. Les ofrecemos la fe porque les amamos y queremos darles el don más grande que conocemos.
San Juan Evangelista repetía hasta la saciedad que la última prueba de la religión es el amor. Es discutible si se puede comunicar de una manera distinta que no sea aquel canal. La realidad es que el conocimiento religioso pueden impartirlo personas sin fe o amor, pero hay que dudar si ello lleva consigo la chispa de la auténtica religión. Por eso debemos hablar desde el primer momento palabras que nos anuncien como amigos, no como enemigos. La reacción será la cordialidad.
El Manual hace esta pregunta: ¿Podemos amar inmediatamente según se nos pida? Es decir, ¿podemos amar auténticamente a las personas que llegamos a conocer por vez primera y que pueden sernos desagradables? Y responde afirmativamente explicando que Dios está en nosotros; Dios es Amor y por su misma naturaleza tiene que brillar en nosotros si tenemos cierta transparencia; es decir, si nuestros motivos son puros; si queremos comunicar la fe que tenemos y si el yo no es demasiado fuerte. Casi automáticamente podemos suprimir el yo haciendo un acto de unión con Jesús y María. Pensando en ellos podemos proyectar su brillante personalidad.
La gente es, en cierta manera, consciente de esto y se muestra extrañamente interesada. Cuántas veces hemos oído a legionarios decir que su ofrecimiento de la Medalla Milagrosa producía un cambio inmediato y visible en la gente. Ese efecto se debe al pensamiento y confianza en María que representa la medalla.
La electricidad tiene sus leyes. Se conecta y se desconecta y cumple nuestros objetivos. Pero las leyes de la gracia son infinitamente más seguras. Aun los fallos que tenemos en su manejo no interrumpen el flujo de la gracia.
Es completamente evidente por el éxito que ha acompañado a vuestros esfuerzos que poseéis el arte santo de desplegar vuestra fe provechosamente. Pues todos escuchan y es cierto que vuestro mensaje permanece en sus almas.
Como una operación deliberada, la Legión debe hacer planes para dirigir a todos los que están fuera de la Iglesia una Invitación a entrar. Dicho así, parece una proposición fantástica. Mas tratadlo como un problema parroquial y ¿dónde está la imposibilidad, si la Legión está allí? Si una parroquia no puede o no quiere fundar una rama de la Legión, esto coloca a ese lugar en una categoría dudosa. Asimismo quiere decir que allí no se va a hacer nada por la conversión.
Creo que se puede afirmar que si la Legión existe en un lugar, una sencilla planificación puede entonces asegurar que se hablará a todos los que no pertenecen a la Iglesia. Nada puede dispensarnos de hacer esto.
Un ejemplo de esa letanía de falsas excusas dice que el deseo de entrar en la Iglesia debe venir exclusivamente de la persona interesada. Esto eliminaría la idea del apostolado totalmente. Pero el apostolado no es idea nuestra; es un mandato de Dios. Es su insistencia en que nos ayudemos de todas las maneras y sobre todo en el orden espiritual. Recordaréis la clásica frase de Ozanam, que expresa la doctrina del Cuerpo Místico de Cristo, de que, según las leyes que gobiernan la vida espiritual, se necesita la atracción de un alma para elevar a otra. La demostración primordial de esto es que Nuestro Señor entregó de una manera total a sus discípulos la difusión primera del Evangelio. La Iglesia hereda esta tarea. Sólo puede realizarla a través de sus miembros. El Concilio ha proclamado que todos los católicos deben ser apóstoles y esto asigna a cada uno una parte en la evangelización del mundo. Repítase cada uno el mandato del Monte Olivete y piense que va dirigido a él.