EL HERALDO DE LA REINA
Por el P. James O'Flynn
El propósito del presente artículo es hacer un estudio penetrante de la vida del Santo, basándose en el libro de E. Desmarchelier. El autor es el Padre Espiritual en el College Maynooth. Su condición legionaria, así como su artículo, son de primera clase.
Supongo que hoy en día resulta trivial decir que a Verdadera Devoción a María, de San Luis María de Montfort, es el alma de la Legión. Por esta razón, y no por otra, "El Heraldo de la Reina" de Eugenio Desmarchelier, una nueva obra acerca de la vida del santo, será de sumo interés para los legionarios. La Verdadera Devoción tiene sus raíces en textos de Mística y Teología Ascética, pero para la familia espiritual del santo será una grata y saludable experiencia examinar más estrechamente la vida ejemplar de quien brotó esa gran doctrina.
A primera vista el libro parece ser una crónica de privaciones y desgracias, combinadas con conquistas y victorias espirituales hasta culminar en la santidad.
El libro es eso, naturalmente, pero es mucho más. Es tan interesante que logra el efecto de una emocionante película en la cual el héroe lucha varonilmente y consigue triunfar sobre el jansenismo y el calvinismo por el alma católica de Francia. El científico historiador habría podido presentar la historia religiosa del siglo diecisiete en Francia, en términos de blanco y negro. Pero hay conflictos en la historia y en la vida, cuando los problemas son tan vitales, que no sólo se debe pensar en blanco y negro, sino en que el bien puede estar sumergido en el mal. La vida de San Luis María de Montfort transcurrió precisamente en un tiempo semejante.
En el siglo diecisiete ya había sido condenado el jansenismo y se había logrado suprimirlo en gran parte, pero sin embargo continuaba siendo una amenaza. Verdaderamente eran pocos los herejes o cismáticos que se manifestaban abiertamente pero eran más peligrosos porque eran incontables los que se ocultaban y porque entre sus partidarios y defensores estaban muchos sacerdotes y obispos, incluyendo el mismo Cardenal Arzobispo de Paris. Esto, por otra parte, nos hace entrever la vida dramática de nuestro santo.
E. Desmarchelier comienza mostrándonos a San Luis María caminando alegremente por un pantanoso camino que conducía a Paris, una mañana de invierno de 1,693. Está en camino, como cientos de otros, al famoso seminario de San Sulpicio. Para entonces, ya avanzaba en santidad. Ningún otro joven, aún entre aquellos que aspiraban al sacerdocio, se sintió impulsado como él a arrodillarse en el suelo mojado, bajo un cielo invernal, para hacer un voto de absoluta pobreza para toda su vida.
Y esto es lo que hizo Luis, demostrando ya esa virtud especial del Poverello, que más tarde le haría tan difícil su vida en San Sulpicio.
Fue afortunado en su primer director espiritual Padre de la Barmondiére, santo fundador del albergue para estudiantes pobres, adjunto al propio seminario, quien, apreciando que su nuevo discípulo no era planta de invernadero, le impuso o permitió una muy difícil regla de vida. Tan pronto lo encontramos durante tres o cuatro días por semana vigilando los dormitorios, como asistiendo a sus clases en la Sorbona durante el día. Desde mucho antes se había destacado como uno de los mejores estudiantes en la Universidad. El estaba, en efecto, en camino de convertirse en un gran hombre en un siglo y en un país que fue pródigo en grandes hombres.
Entretanto, su amigo, el Padre de la Barmondiére había muerto después de una grave enfermedad y gracias a la bondad de algunos buenos amigos, Luis pasó a ser pensionista del propio seminario. El medio sulpiciano de fines del siglo diecisiete podría tener otros Domingos u otros Ignacios de Loyola, pero le sería extremadamente difícil compendiar otro Francisco de Asís. Era motivo de orgullo para San Sulpicio que a él se encaminaran hombres devotos. La Iglesia en esa época, más que en ninguna otra, necesitaba sacerdotes que pudieran cumplir los deberes ordinarios de su ministerio con caridad y con celo, pero al mismo tiempo con altura. Era la Época de la Razón. El entusiasmo era sospechoso; la fe contaba menos que el sentido común. Y, sobre todo, la oscura nube del jansenismo cubría la brillantez de la fe aún en los lugares más santos y su siniestra presencia se sentía también en los claustros de San Sulpicio.
Es necesario decir todo esto para explicar el por qué de los maltratos que, en designios de la Providencia, debió recibir el Santo durante su vida de estudiante. El no estuvo cortado en el molde sulpiciano, y a pesar de ello estuvo más cerca del ideal sulpiciano que sus contemporáneos. La Verdadera Devoción deriva de la obra acerca de M. Olier, el santo fundador de San Sulpicio, y fue bajo la dirección del Padre Baüyn, un célebre guía espiritual del colegio, que el Santo escogió el "Santo Esclavo de la Madre de Dios", del Padre Boudon, libro ahora tan olvidado pero cuyo mensaje aún perdura. Este libro seria transformado y cambiado por el propio genio de Montfort y por la gracia de Dios, en la "Verdadera Devoción a la Santísima Virgen".
Para muchos, la Verdadera Devoción ha provenido de un destello, como en la conversión en el camino de Damasco, causando el libro del Padre Boudon, el mismo efecto en Luis. A partir de este descubrimiento, toda su vida es transformada. Luego lo encontramos abandonando su carrera universitaria y con un sólo propósito en su vida: predicar al mundo el amor a Jesús a través de María, y atrayendo a una compañía de sacerdotes para llevar a cabo este trabajo.
Parece que por una casualidad le enviaron después de su ordenación a la región más calvinista, al menos católico oeste de Francia, donde consumió el resto de su vida. Lo que realizó allí, valiéndose de su misión y trabajo caritativo se hizo evidente en 1,793, durante la época del Terror, cuando los campesinos y niños morían alegremente por la fe que el Santo había renovado en ellos.
En 1,706, separado de la diócesis de Poitiers por intrigas, y repudiado por el Obispo, viajó a Roma y llegó hasta los pies del Santo Padre para prometerle obediencia. Por los buenos oficios de un amigo suyo, el Padre Tommasi, más tarde beatificado, consiguió una audiencia con el Papa Clemente Xl, quien había combatido por muchos años el jansenismo, combatiéndolo hasta su muerte. Cuando el Papa supo de su labor en Francia se sorprendió porque no había esperado encontrar un Heraldo de la Reina en la Francia de aquellos días. Hizo cuanto pudo por Luis, protegiéndole y dándole prestigio y autoridad al concederle un título papal en el que le nombraba Misionero Apostólico, al mismo tiempo que le ordenaba obediencia a los obispos, lo cual fue siempre el principal rasgo de su vida.
En 1,711 comenzó la más notable misión de su vida en La Rochelle, centro de fanáticos hugonotes. Aquí le gritan "Anticristo", y a pesar de ello se abre paso por las calles atestadas de gente. Comienza como lo hace muchas veces, con una misión en el hospicio. Apenas se sabe de su llegada los amigos y enemigos acuden en tal cantidad que sólo se ve una mancha negra en el patio del lugar, e igualmente en las calles de los alrededores; parecía un edificio asediado. Una muchedumbre sediciosa se acerca. Abandonando la misión a los pobres, va a predicar a los revoltosos y no desde una ventana, sino desde la misma calle. ¿Qué les predicó? Nadie lo recuerda. Pero E. Desmarchelier advierte: "Luis no era hombre que suavizara el tono al referirse a María, con la vana esperanza de hacer su fe más aceptable a los protestantes. San Luis predicando a los hugonotes repitió la hazaña de Santo Domingo predicando a los albigenses. Como su gran predecesor, Luis se contentaba con predicar acerca de María y su Rosario, y con los mismos resultados. Así como María y su Rosario habían salvado el perdido sur de Francia, así María y su Rosario salvaban ahora el perdido oeste". Es conveniente que tomemos esto como una lección para nuestros días y para todos los lugares.
En el otoño de 1,712, después de una segunda misión en La Rochelle, San Luis conoció que su vida se iba a extinguir. Comenzó entonces a preparar su testamento, sublime legado espiritual para la humanidad. Se retiró a una pequeña casa de campo y comenzó a escribir con más detalle su Devoción a María, la cual ya había esbozado en un capítulo de su "Amor de la Eterna Sabiduría". Luis escribió en 1,712. Murió cuatro años más tarde sin haber hecho ningún esfuerzo por imprimirlo. Sus inmediatos sucesores, los pocos sacerdotes de su pequeña Compañía de María, quienes heredaron su manuscrito, no estuvieron acuñados en su heroico molde. Ellos no fueron hombres que arrojaran la antorcha de la Verdadera Devoción en el polvorín del jansenismo francés. Por muchos años estuvo perdida. Sólo en 1,842, un sacerdote de la Compañía, buscando material para un sermón, lo encontró en una biblioteca. Inmediatamente reconoció el trabajo del Santo Fundador, por una tradición que se había conservado en la Compañía de María, de que su Fundador una vez había escrito tal obra. A pesar de este descubrimiento, pensó que su búsqueda había sido inútil. La historia de la Verdadera Devoción en los últimos tiempos es bien conocida. El Padre Faber la popularizó después del descubrimiento de la obra de San Luis María, y en nuestros días la Legión la ha regado por toda la faz de la tierra.
He aquí la narración que sabiamente argumentada nos ha entregado Eugenio Desmarchelier. Es algo así como una película costumbrista, en la que uno casi puede ver la cámara girando de una escena a otra. La descripción es de singular colorido y tiene considerable encanto.
EL HERALDO DE LA REINA
Una vida de San Luis María de Montfort, escrita por Eugenio Desmarchelier.