LA EUCARISTÍA Y EL LIMBO
Por el Siervo de Dios Frank Duff, fundador de la Legión de María

Siervo de Dios Frank Duff.La llegada del ecumenismo ha creado un problema nuevo. Indudablemente el problema existía antes, pero sin una formulación expresa. Ahora muchos portavoces católicos -uno duda en llamarlos teólogos- están haciendo declaraciones que parecen dar a entender que los no católicos, e incluso los no cristianos, tienen tantas posibilidades de alcanzar la vida eterna como los católicos. La concepción secular cristiana de que Dios nos ha dado una religión verdadera, que es el camino auténtico para el cielo, está, sin duda, pasada de moda para algunos en estos momentos. ¡Uno es estúpido, de miras estrechas e intolerante, si la cree! La idea de que la posesión de un conjunto de creencias da cierto título para salvarse es rechazada como absurda.

Lo que cuenta -se nos dice- es una vida "buena". Pero en qué consiste es otro asunto. Esos partidarios de la salvación fácil y universal permitirían cosas que el catolicismo normal consideraría como malas; por ejemplo, el amor libre, la anticoncepción, el aborto, la homosexualidad y todas las demás anormalidades que ciertas personas concilian con sus conciencias.

Parecería que algunos cristianos corrientes han sido afectados por esta falsa interpretación del ecumenismo y que no tienen una valoración más alta de la Iglesia que la de ser una entre tantas; la mejor quizá, pero no más que eso.

En una de nuestras recientes reuniones un católico afirmó con aparente sinceridad que consideraba que los protestantes que él conocía tenían mayor posibilidad de salvarse que los católicos que conocía. Razón: Aunque algunos de ellos no estaban bautizados, consideraba que llevan una vida mejor. Ya veis: la fe católica no cuenta para nada. Es la superficie exterior lo que cuenta. Yo pregunto: ¿Qué porcentaje de católicos han sido captados por esa idea que reduce el lugar de la fe y de la doctrina a la nada y que hace que la salvación dependa de una "vida buena", que no se puede definir y que podría ser lo que nosotros consideraríamos como una vida mala? Como un generoso pero infundado adorno, esa misma escuela del pensamiento ha suprimido el infierno, de forma que la bondad de la vida no importa tampoco.

Esta actitud insostenible no parte de los católicos normales. Ellos son solamente las víctimas de imprudentes escritos y conferenciantes; es lo menos que podemos decir. Para haceros ver cómo esto está sucediendo hasta en el más alto nivel, os cito un documento publicado por la Oficina de Información Religiosa de una de las diócesis más importantes del mundo. Dice así: "Según algunas personas, el mensaje de Dios se transmite con más claridad por medio de la comunidad conocida como Iglesia Católica; según otras, por alguna confesión protestante; para otras, al fin, por una comunidad de culto no cristiana."

Se observará que dice expresamente que para algunos el mensaje de Dios se transmite con más claridad a través de una de las confesiones protestantes o incluso por un grupo no cristiano. Eso es lo que se ha escrito en términos inequívocos. No comprendo qué explicación convincente se le puede dar. Pero, aunque fuese susceptible de una explicación hábil, ¿qué efecto va a producir en los católicos que lo oigan? No se apartarán fácilmente de su idea por ningún juego de palabras que trate de presentar esto como algo que está al borde de la herejía. A quienes están por encima de ellos les han oído decir que una religión es tan buena como otra, que es la política de Dios dar doctrinas contrarias a personas distintas; y que para un gran número de gentes el protestantismo, el Islam, el hinduismo, el budismo, por no mencionar a los mormones y a los testigos de Jehová, proporcionan revelaciones más claras de la verdad divina que la Iglesia Católica.

Se hace este regalo a esas otras iglesias, a pesar de que algunas de ellas permiten a sus miembros creer lo que quieran y hacer lo que les agrade. Esa sugerencia de igualdad es una negación total de la Iglesia. Si esto se aceptase, convertiría en irracional todo sacrificio o esfuerzo considerable hacia la conversión, ya que podría conducir a una persona a una confesión equivocada, en la que recibiría el mensaje menos claramente.

Añado que una protesta dirigida a esa especial Oficina de Religión obtuvo la respuesta de que la declaración representaba una interpretación precisa del decreto sobre ecumenismo. Si así fuese, querría decir que el citado había quitado el fundamento de la Iglesia Católica.

El futuro corregirá esa falsa interpretación; mas por ahora nos encontramos en una difícil situación. En tal clima resulta más que difícil presentar el catolicismo a los no católicos. No importa cuál es la fuerza de nuestros argumentos; quedan neutralizados por la idea de que el catolicismo ha otorgado una posición igual a los no católicos, en lo que se refiere a la salvación. ¿Por qué habíamos, en tal caso, de esforzarnos por convertirlos? ¿Por qué habíamos de someterlos a la dolorosa operación de desarraigarlos para hacerles entrar en la Iglesia Católica, proceso que acarrea ciertas cargas y privaciones?

No parece que haya ninguna política de conversiones y, por lo tanto, ningún aliciente para ello. Escuchad los cincuenta mil misioneros católicos, hombres y mudo" (N. 3 de 1973): "El Superior General de la Sociedad de Misiones Extranjeras de París declara que, de los cincuenta mil misioneros católicos, hombres y mujeres, que trabajan por todo el mundo, sólo una pequeña parte está comprometida en un apostolado directo." Tenemos que clamar con dolor: ¿y el mandato del Monte de los Olivos? ¿Se halla la Legión sola en su deseo de convertir directamente?

A los legionarios se les ha urgido siempre a evitar los argumentos complicados y a concentrarse en la exposición sencilla de los puntos. Como el principal de éstos hemos colocado la eucaristía. Esa cumbre de todas las cosas es propiedad de la Iglesia Católica. Continúa entre los hombres el sacrificio y la presencia de Jesucristo. Es una posición tan inmensa como para empequeñecer cualquier otra cosa. Es la perla preciosa de que habla el evangelio, para cuya consecución hay que viajar lejos y pagar cualquier precio (Mt. 13, 46). Ninguna religión tiene a su dios, dice santo Tomás, tan cerca como ésta.

La eucaristía tiene una exigencia tan radical, tan imponente, que reduce todas las demás consideraciones a una relativa pequeñez. Las personas se ven obligadas a escuchar y a pensar después. Plantea el problema de separar a la Iglesia Católica de ese conjunto de religiones de que hemos estado hablando, por ser tan irresistible y exclusiva. Si es verdad, sitúa a la Iglesia como aquella ciudad a la que se refiere san Mateo (5, 14), colocada sobre la montaña, que no puede ocultarse y a la que todos los hombres deben reconocer.

Pero no quiero volver a tratar el aspecto más conocido de la eucaristía. Ha sido amplia y vigorosamente desarrollado en el Manual y en otros muchos lugares. Mi objetivo actual es roturar un terreno nuevo, presentar un aspecto poco conocido, que llamará la atención de los que no pertenecen a la Iglesia, aunque su primera reacción sea de irritación.

Ya he citado a santo Tomás, que dice que la eucaristía hace a Dios presente en la Iglesia Católica de una manera que no se puede comparar en modo alguno con su relación con cualquier otro cuerpo de hombres. Coloca a la eucaristía como el ápice del sistema católico e insiste en que su recepción es necesaria para salvarse. Esta fuerte afirmación equivaldría, ni más ni menos, a lo que nuestro Señor mismo puso como condición en la célebre disputa de Cafarnaún (Jn 6), y que Él resumió así: "El que no coma mi carne y beba mi sangre no tendrá vida en sí mismo".

Santo Tomás lleva su afirmación hasta un punto más sutil. Explica que todos los demás sacramentos derivan su eficacia de la eucaristía, algo así como los órganos del cuerpo extraen su alimento del corazón; y que si se rechazase recibir la eucaristía, se anularía el efecto de los otros sacramentos. Continúa diciendo que el bautismo, primer sacramento de regeneración, que libra al alma del pecado original haciéndola hija de Dios, posee únicamente ese poder porque encierra la promesa de que se recibirá la eucaristía a su debido tiempo. Si esta promesa hecha por el bautizado o en nombre de él no se cumple después culpablemente, entonces los efectos salvíficos del sacramento quedan anulados.

Seamos un poco más precisos en este punto. Si una persona muere en la niñez, antes de que se plantee problema alguno sobre la comunión, ese niño va al cielo. En el caso de que una persona haya pasado de la niñez, pero por alguna causa involuntaria no ha recibido la comunión, el bautismo conserva su eficacia. Mas, cuando se da algo que equivale a un rechazo formal y culpable de la eucaristía de forma que el individuo no la recibe en ningún momento, entonces se produce la anulación de los efectos del bautismo.

¿Qué decir de la persona que está fuera de la Iglesia y recibe el bautismo no católico? Según sabemos, ese bautismo, si está debidamente administrado, es válido. Hasta que su carácter católico no sea repudiado con cierto grado de formalidad, confiere al que lo recibe lo mismo que le daría el bautismo católico. En otras palabras, esa persona está, hablando de una manera práctica, bautizada en la Iglesia Católica, aunque se haya utilizado un instrumento no católico.

La enseñanza de santo Tomás reconoce, pues, el bautismo no católico mientras no aparezca claro que es algo distinto del sacramento instituido por Cristo y dado a la Iglesia para su administración. Pero, objetivamente, el deseo de recibir la eucaristía es parte necesaria del sacramento del bautismo. En el caso de los niños lo suple la Iglesia. De todo esto se puede deducir cuán deseable es que otras confesiones cristianas reciban la eucaristía con todos los inmensos beneficios que lleva consigo.

La consideración de este lazo vital entre la eucaristía y el bautismo podría desempeñar un papel muy importante para disipar la interpretación confusa del ecumenismo, que da la impresión de que la Iglesia Católica reconoce que los no católicos están perfectamente donde están.

El resultado de esta interpretación equivocada del ecumenismo es que los no católicos comienzan a estar convencidos de que, cualesquiera que sean los méritos de las otras iglesias, disfrutan de todos los beneficios de la economía de la salvación.

Lo lamentable es que el verdadero ecumenismo, tal como lo enseña el Concilio y lo explican muchos directorios, presenta amplias posibilidades de unión, y, como expresamente se declara en el Decreto, marcha al lado del trabajo de conversión y en plena armonía con él. No lo suprime.

Mas la falsa interpretación del ecumenismo descrita brevemente arriba es de lo más erróneo. Equivale a decir que la doctrina y los sacramentos no importan para la salvación, y además encubre la posibilidad, siempre actual, de negligencia, por parte de los no católicos en buscar la fe verdadera, y tiende, por la parte católica, a conducir a un desprecio de la evangelización tan solemnemente impuesta por nuestro Señor. No es preciso añadir que esto sería un completo sabotaje del cristianismo. Dejaría a los que están fuera de la Iglesia con una cómoda pero falsa idea de su situación, de la cual hay que despertarlos. La enseñanza de santo Tomás consigue este doble objetivo con relación a nosotros y a los no católicos.

Examinemos las consecuencias. Nadie puede entrar en el cielo, salvo que haya sido bautizado, lo cual incluye el bautismo de deseo o el martirio. Pero en este contexto podríamos preguntarnos cuántos no católicos, que han sido bautizados, han perdido o al menos han disminuido los beneficios del sacramento por un censurable desprecio posterior de la eucaristía.

La mera sugerencia de tal cosa será considerada escandalosa no sólo por los protestantes, sino también por aquellos católicos que tienden a minimizar la doctrina católica con la esperanza vana de hacer avanzar el ecumenismo. Todos éstos protestarán contra ello como un insulto que proviene de mentes crueles e intolerantes.

Así puede parecerles. Pero debemos tener cuidado de no poner la doctrina al servicio del sentimentalismo y de no hacer que. Dios se amolde a nuestras nociones necias de bondad y misericordia. El amor de Dios es infinitamente más profundo de lo que nuestros insignificantes sondeos pueden alcanzar. Por supuesto que sería mucho más amable por nuestra parte proclamar una filosofía que repartiese indiscriminadamente la salvación a todo el que viene a este mundo. Pero esto sería solamente temeridad y ese sentimentalismo contra el que debemos estar prevenidos. El sentimentalismo es una cualidad perturbadora que influye indebidamente en nuestros juicios. Se puede decir que rige el mundo actual, ya que nadie actúa según la ley y la razón. Hace que el mal aparezca como bueno y el bien como una desgracia. Cuando nos sentimos felices, derramamos beneficios a nuestro alrededor, y al día siguiente, en un acceso de ira, somos capaces de devastar un país y matar a millones. Por eso no debemos dejarnos llevar por los dictados de la simple emoción cuando tratamos el problema más importante de la salvación de las almas.

El hecho es que la Biblia dice con claridad meridiana que algunos se salvarán y otros no. Nuestro Señor dijo: "Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que crea y se bautice se salvará, pero el que no crea se condenará" (Mc. 16, 15).

Y los Hechos de los Apóstoles (2, 47) dicen que "día a día el Señor incorporaba a la compañía de los discípulos a los que se habían de salvar".

Por eso repito que esta actitud moderna de asumir la función de Dios y abrir el cielo a todos es únicamente provocar la ruina del cristianismo. El cristianismo, como enseña la Iglesia Católica, obliga a aceptar un conjunto de doctrinas. Algunas de estas pueden parecer duras a la inteligencia humana. En toda generación y con relación a muchas doctrinas se repetirá esta vieja protesta: "Duras son estas palabras. ¿Quién puede creerlas?" (Jn. 6, 62). El catolicismo es la aceptación de la doctrina cristiana en su totalidad. No se pueden recibir unas doctrinas que nos agradan y rechazar otras que despiertan sentimientos contrarios. Es el caso de una revelación comunicada a través de un canal instituido por Dios, "la Iglesia del Dios viviente, columna y fundamento de la verdad" (1 Tim. 3, 15). A los hombres se les ha mandado escuchar a esta Iglesia como si fuera el mismo Jesucristo el que habla.

Por supuesto que Dios salvará a muchos que en esta vida figuran en otras religiones que no son la Iglesia Católica. Pero esto es porque por algún motivo El los ve como parte del Cuerpo Místico del Redentor. Según dice Ronald Knox con originalidad, sus chapas de identidad, por las que serán admitidos en el cielo, llevarán todas la señal R.C.

En el momento en que la Iglesia Católica se desvaloriza a nuestros ojos, todas nuestras pautas se aflojan. No solamente desaparece el incentivo para convertir a los de fuera, sino que se debilita probablemente también en nosotros el motivo de una buena conducta.

El alma es inmortal, es decir, no puede morir, aunque se desease fuertemente esto. No puede suicidarse, común el cuerpo. Por eso cuando sale del cuerpo a la muerte de éste, debe ir a alguna parte. Hay sólo cuatro lugares: cielo, purgatorio, infierno y limbo.

Los dos primeros conciernen al alma que se salva. El tercero es para los condenados. El cuarto, el limbo, es para los no bautizados que no reúnen los requisitos para salvarse o condenarse.

Se piensa muy poco en el limbo. Si se plantea la cuestión, la respuesta superficial es que es un lugar al que van las almas de los niños no bautizados. Se tiene la impresión general de que es un lugar más o menos desdichado, una situación de frustración. Esto no estaría bien, pues los que entran allí no tienen pecados actuales. No se trata de castigarlos. Recibirán el amor de Dios según su capacidad y esto supondrá un grado sumo de felicidad, pero de carácter limitado.

¿Hay en el limbo muchos además de los niños no bautizados? ¿Está abierto también a los adultos no bautizados que no han merecido el infierno, hasta el punto de superar probablemente éstos con mucho el número de los niños?

No hay ningún elemento de castigo en el limbo. Es un estado de completa felicidad humana, pero no proporciona la visión beatífica. En otras palabras, Dios no está presente allí de la forma en que está en el cielo. El limbo dista mucho del cielo. Contiene el último límite de la felicidad natural, no el éxtasis sobrenatural.

¿Es esto crueldad para las almas que están allí? No, pues no son capaces del cielo. Si intentamos explicarlo de una forma comprensible, diríamos que sería como si a una persona sorda se le obsequiase con los acordes musicales más finos, o a un ciego con el más encantador panorama. Pero estas imágenes se quedan ciertamente cortas, ya que la persona ciega o sorda podría comprobar su pérdida y sufrir por ello, mientras que el alma que no ha alcanzado el plano sobrenatural no siente la pérdida del cielo. Le falta capacidad de apreciar. No hay ningún defecto, ni culpa, solamente incapacidad.

Pero ¿no va contra la bondad de Dios tal estado de cosas en que las almas se ven así privadas? De nuevo uno se ve obligado a pedir que no nos erijamos en jueces de Dios, imputándole defecto al estilo humano. Abstengámonos también de la locura de medir el plan divino con una escala de valores humanos que llevaría a la conclusión de que Dios es cruel, si no conduce absolutamente a todos al cielo.

Aceptemos de buen grado el primer principio del cristianismo de que Dios ha amado tanto al mundo que le envió a su Hijo unigénito a vivir entre nosotros y a redimimos por medio de una epopeya de sufrimientos. Dios es la bondad absoluta. No puede realizar un acto imperfecto. Lo que hace está bien. Hasta el punto de que nos diferenciamos de Él en que nosotros estamos en el error. Por lo que aquí respecta, esto se aplica al cielo, purgatorio, infierno y limbo. Cada uno es la solución perfecta para la persona concreta que va allí. No podemos comprender cómo puede ser así, pero lo es. El catolicismo debe aceptarlo. Indudablemente un gran número irá al limbo, y ése será su destino eterno. No se les quitará nada. En realidad recibirán, según la ley de misericordia, más de lo que han merecido. El alma en el limbo recibe mucho más de lo que la mayoría de nosotros atribuiríamos al cielo. Pues la realidad es que nuestra mente no puede ni de lejos imaginar cómo es el cielo.

Como ejemplo especialmente ridículo de esta incapacidad menciono el esquema de inmortalidad de los testigos de Jehová. Habrá dinero y comida en abundancia; se eliminan los mayores sufrimientos y temores de este mundo, pero hay que seguir ganando el sustento. Las ocupaciones diarias nos obligarán a coger la cartera, la caja de las herramientas o la escoba. Existirán las relaciones y el matrimonio y se tendrán hijos; y cuando el mundo esté superpoblado (como ocurriría pronto al no morir nadie) no nacerán más niños. No podemos menos de decir que un paraíso tan triste a causa de su eternidad estaría a un paso de nuestra noción del infierno.

Es evidente, pues, que ningún testigo de Jehová sentiría mucho hallarse en el limbo. Superaría enormemente lo que él se había prometido. Y lo mismo puede decirse de la idea del cielo que tiene el no católico. El limbo representaría para todos éstos un verdadero jardín de delicias en el que encontrarían satisfacción plena. Estaría de forma inconcebible por encima del estado actual terreno, pero no sería el cielo. No les daría a Dios.

El sugerir a los no católicos que ésta podría ser su situación eterna, les proporcionaría una consideración que les dejaría perplejos. Por una parte, podría satisfacer su cómoda convicción de que el infierno no es para ellos; pero, por otra parte, los dejaría profundamente insatisfechos, pues el limbo no es lo que ellos realmente quieren en lo íntimo de sus corazones. El alma anhela íntimamente a Dios; y no puede descansar sino en Él.

Ahí se basa la sicología del limbo. Propone el agudo dilema de que es posible escapar del infierno y no alcanzar a Dios. Es algo que nunca habían pensado antes. Introduce una nueva y desagradable perspectiva en su pensamiento.

Ya que la raíz del problema está en que los no católicos en general están satisfechos, sin importarles lo que digan los teólogos, de no ser tan malos como para ir al infierno. Se aferran a este pensamiento y esperan ir al cielo. Tienen una noción muy simplista de Dios como un ser bueno, una especie de Papá Noel que pasa por alto las debilidades humanas y al final lleva a todos a un cielo sensiblero. Por lo tanto, no se conmoverá por un falso criterio ecumenista que le dice que está bien donde está, pero que estaría un poco mejor en el catolicismo.

Esta forma de hablar vacilante no servirá para mantenerle donde está. Los evangelistas no se equivocan en este punto. Continúan insistiendo fuertemente en la destrucción, la condenación y el infierno, y les llueven los adeptos. Pero ése no es nuestro método. Creemos que, al final, es la verdad y el argumento razonable los que prevalecen. Nos dirigimos a todo un sector que tiene una vaga conciencia de que el catolicismo es distinto de las demás religiones y posiblemente la verdadera. Les gustaría pertenecer a él, si no fuese tan molesto cambiar. Necesitan un impulso decisivo.

¿No podría ser éste la explicación del limbo? Les hemos propuesto el atractivo de la eucaristía y ha impresionado a muchos. ¿Qué decir del aspecto ulterior de la necesidad perentoria que tienen de ella: que sin la eucaristía corren el riesgo real de ir al limbo y no al cielo? Podría resultar decisivo en su ánimo.

Continuamente estamos descubriendo gente que está a la puerta de la Iglesia, esperando solamente una invitación. ¿Cuántos habrá como éstos? Como un caso de tantos os refiero el más reciente. Una legionaria, que desde su ingreso en la Legión jamás en su vida había pensado en trabajar por la conversión de los demás, oyó nuestra breve fórmula ya mencionada: "¿Nunca por casualidad le vino la idea de hacerse católico?" Mientras visitaba a una amiga protestante en el hospital, le vino a la memoria y se la dijo. La enferma miró en torno para ver si alguien le podía oír y dijo en tono muy bajo: "sí". La visitante le preguntó: "¿Quieres decir que te gustaría ser católica?" Volvió a mirar alrededor y luego contestó: "sí".

Creo que una gran parte de no católicos estarán en una situación semejante. Sin ayuda no harán nada en este asunto. Si les buscamos, el Espíritu Santo estará con nosotros, como estuvo con el apóstol san Felipe, cuando se acercó al etíope, del que nos habla el capítulo octavo de los Hechos de los Apóstoles. El etíope le dijo: "¿Cómo puedo entender el mensaje divino si alguien no me guía?" El apóstol se lo explicó, e inmediatamente pidió ser bautizado (Hech. 8, 36).