LA MENTE HUMANA
Por el Siervo de Dios Frank Duff, fundador de la Legión de María

En una época en que se están haciendo tantas investigaciones científicas sobre las operaciones de la mente humana, el autor presenta unas ideas nuevas sobre el papel de María en nuestro propio desarrollo intelectual.

Voy a exponer ese misterio que es la mente humana. Es el tema del día. Los psiquiatras pululan como moscas, y, al parecer, cada persona es un caso a atender. A juzgar por la atención que se está prestando a la mente desde hace mucho tiempo, se podría pensar que debería haber entregado sus secretos y que para ahora habría llegado a un estado de gran perfección. Con todo, no creo que haya justificación para la creencia común de que el cerebro ha llegado a ser un instrumento más sutil de lo que solía ser y de que los antiguos eran pensadores menos capaces que los modernos. Leed a los mismos clásicos más antiguos y os convenceréis de que la esencial facultad de pensar que tuvieron -en cuanto distinta del brillo que los conocimientos más avanzados hubieran añadido- es exactamente tan intensa como lo sería hoy. 

Se ha dado, desde luego, un desarrollo constante a través de los tiempos. Sabemos mucho más que los antiguos en virtud de que el hombre se asienta sobre los hombros de los que le precedieron. Puede acrecentar lo que recibe, pero depende de sus predecesores. Igualmente la educación está ampliamente extendida; la gente lee, y, en general, los cerebros están más ocupados de lo que estarían en condiciones menos evolucionadas. Pero esto es distinto de un real perfeccionamiento en la calidad del cerebro mismo. Debemos distinguir entre calidad esencial y actividad. 

Además no debemos dejar que la brillante exhibición actual de los descubrimientos científicos nos haga creer que los antiguos eran ignorantes, comparados con nosotros. Teniendo en cuenta su equipo material, que, según nuestros criterios, era nulo, consiguieron resultados sensacionales. Partiendo de cero, profundizaron asombrosamente en las leyes y secretos de la naturaleza. Mil años antes de Copérnico habían llegado tan lejos corno llegó él después. Tuvieron conocimiento del átomo. Hablamos de nuestros plásticos: ellos inventaron el cristal, que es el plástico más importante de todos. Muchas de las cosas que están en la base de las matemáticas y de la ciencia fueron inventadas por esos mismos antiguos. Por eso creo que sería imposible comparar las respectivas realizaciones y luego concluir que la calidad del cerebro ha mejorado o empeorado con el paso del tiempo.

Supongo que el hecho es que permanece igual a pesar de la apariencia de desarrollo. El conocimiento no es calidad. Por ejemplo, cualquier persona de hoy sabe sobre el funcionamiento de la electricidad más que Miguel Faraday, que sentó las bases de esa ciencia. Mas esa persona no tiene las dotes intelectuales de Faraday.

¡Quién puede valorar las maravillas del entendimiento, que penetra en las más complicadas operaciones de la naturaleza para ponerlas al servicio de la humanidad, que puede conducir a los hombres a la luna, dejarlos allí y traerlos a casa con un cargamento que han recogido allí, y puede distinguir y utilizar los innumerables rayos y cuerpos que escapan al alcance del microscopio! Y así sucesivamente tantísimas proezas, como normalmente se dice. Y aún estamos en camino de descubrimientos que nadie sabe dónde terminarán.

Pero la cuestión vital es: ¿Por qué este maravilloso instrumento actúa tan débilmente en la persona corriente? Es verdad que muchos son verdaderas máquinas de pensar. Sus cerebros siempre están despertando y fermentando ideas. Mas ¿no deberíamos esperar que ése fuese el estado normal de la mente, y no lo contrario? ¿Cuál es la naturaleza del cerebro para que sea tan torpe? Esa calidad parecería ponerlo en una categoría distinta a la de los otros órganos del cuerpo que parecen anhelar la actividad.

Esta es una afirmación muy seria y convendría someterla a un cuidadoso análisis. Me temo que lo que ocurre es que la facultad de pensar, como contrapuesta a la mera acción de los sentidos, parece estar inactiva en muchísima gente, casi como en una especie de sueño. Se dedican a sus distracciones, viendo, oyendo, palpando, etc.; no obstante, la mayor parte de lo que entra en el cerebro a través de los sentidos es recibido pasivamente y no se sigue ninguna actividad mental. 

Hay que preguntarse si no es ésta la condición del animal, cuyos sentidos son más agudos que los nuestros y que posee una especie de inteligencia primitiva. Algunos de esos impulsos de los sentidos producen una reacción en las personas que se traduce en hacer algo. Pero ésa no es necesariamente una operación de la inteligencia; el animal reacciona de la misma manera, más o menos. Es cierto que nuestra reacción podría darse en un nivel más alto que el del animal. Las reacciones de éste son las elementales de buscar, escapar o alimentarse. Nuestras reacciones podrían elevarse más alto, pero son todavía un mero reflejo, una respuesta, un rebote como el de la pelota lanzada contra una pared, o el tañido de una campana cuando es golpeada. 

El ser empujado por impulsos externos a dar una mera respuesta no es el acto del puro pensar al que me estoy refiriendo. Pienso en algo superior, una verdadera operación del pensamiento que engendra una concepción, la examina, la desarrolla y construye sobre ella produciendo un nuevo parto del cerebro. Seguramente el cerebro medio está destinado a funcionar así. ¿Por qué, pues, está subordinado a ser empujado de fuera? 

Ciertamente lo más importante de la vida del hombre debería estar en su cerebro, que ha de desempeñar una función parecida a la del motor de un automóvil, que puede funcionar solo, independientemente del coche, o que se puede conectar con él cuando se necesita. ¿No debería ser el cerebro medio algo más que un mecanismo reflejo que únicamente actúa cuando recibe impulsos del exterior? ¿No es esto inquietantemente semejante a la conducta del animal? ¿No debe el cerebro actuar mejor que todo eso? 

El cerebro es un instrumento demasiado complejo para entregar su vida íntima a cualquiera. Mas constantemente se está realizando un ingenioso esfuerzo para explorarlo. Uno de los resultados de esta investigación es la afirmación de que sólo una fracción del cerebro se halla en actividad práctica. Se exponen diversas conjeturas sobre la cantidad de esa fracción. Creo que esos cálculos se resumirían en la sugerencia de que se emplea sólo un tercio del cerebro. Esta cifra no representa el promedio de los pensadores y no pensadores, ya que eso podría dar a entender que muchas personas están sacando a su cerebro un rendimiento del 100 %. No, no es ésa la idea que aparece tras esas investigaciones. Se insiste que en que la humanidad no utiliza en absoluto esa gran parte del cerebro. Eso equivale a sugerir que en cada hombre existe oculto un superhombre del pensamiento, un hombre semejante al hombre antes de la Caída; pero ese superhombre está bloqueado totalmente, incapaz incluso de comunicarse por señas con nosotros.

Si esto tiene algún valor, y cabe presumir que si, nos enfrenta a consideraciones abrumadoras.
Aludamos a algunas de ellas:

PRIMERO. ¿Se supone que vamos avanzando en este aspecto? Esos investigadores sostienen que, según el hombre progresa, va penetrando los pliegues más recónditos del cerebro y los va dominando, y que está en marcha un proceso similar a la conquista material del mundo, donde se están abriendo más espacios, desenterrando nuevos tesoros y revelando otros secretos de la naturaleza. Si así fuera, querría esto decir que, así como la tierra será totalmente explotada dentro de algún tiempo y todos sus recursos movilizados, así también la capacidad del cerebro del hombre será puesta en actividad al 100 % en vez del 33 %. Ciertamente sería una perspectiva de vértigo.

SEGUNDO. Si se está consiguiendo que el cerebro sea más fecundo -se supone que por el ejercicio- ¿cómo es que, después de un período tan considerable de educación universal, bibliotecas y todo lo demás, puede persistir esa postura de la inteligencia meramente reactiva que he expuesto? Si los métodos de educación no están consiguiendo ahora ese nivel más alto de actividad del cerebro, ¿qué va a conseguirlo en el futuro? Me temo que el normal proceso de enseñanza se reduzca a poco más que una gran cantidad de información suministrada al cerebro que éste es capaz de dar cuando se le aplique el estímulo necesario, un poco como lo que hace una computadora.

Pero ¿no nos hace esto volver al punto de partida, a una postura de reacción más que de creación? ¿Vamos utilizando o explotando el cerebro progresivamente? A decir verdad, en un terreno podemos estar retrocediendo. Me refiero a la facultad de la memoria, que se debilita en la medida en que dependemos de libros y notas que reemplazan a nuestra memoria. Una facultad puede morir por falta de ejercicio.

TERCERO. Todos los cuerpos humanos (sin contar, por supuesto, los anormales) están constituidos aproximadamente con parecidas capacidades. Ciertas personas descuellan como plusmarquistas y figuras prodigiosas, pero podemos pensar que una parte muy grande de la humanidad es capaz de llegar al mismo grado teniendo oportunidad y debida preparación. ¿En qué grado se aplica esto al cerebro? Seguramente todos los cerebros son creados con las mismas posibilidades, más o menos. ¿Cómo es que podemos prever que la humanidad se vaya desarrollando hasta su capacidad física total, mientras al mismo tiempo se nos dice que sólo un tercio de nuestro cerebro se está utilizando? Esto parecería indicar una desigualdad anómala entre el cerebro y el cuerpo. ¿Indica esto que sabemos cómo se ha de tratar el físico y llevarlo a la perfección, mientras no tenemos idea de cómo hemos de hacer lo mismo con la inteligencia? ¿Así que no hacemos más que perder el tiempo, por así decir, con nuestro actual sistema de educación? 

CUARTO. No queda inmediatamente claro por qué el cerebro ha de permanecer inculto en dos tercios. Normalmente la naturaleza se realiza a sí misma, como he apuntado más arriba en relación al desarrollo físico. Parecería ser la actuación de dos leyes distintas, una para el cuerpo y otra para el cerebro. Y ahí es donde pienso que podemos encontrar la solución. ¿No podemos creer que serían las facultades superiores del hombre las que recibirían los mayores efectos del Pecado Original, como fueron esas facultades superiores las que lo produjeron? El catecismo habla del debilitamiento de nuestra voluntad y el oscurecimiento de nuestro entendimiento. Pues bien, hay científicos que nos dicen algo que equivale a lo mismo. A lo que hemos recibido por la fe y conocido siempre, sólo ahora están llegando ellos a través de una profunda investigación.

Mas esto nos introduce en otro problema. ¿En qué medida va a ser recuperada la pérdida de dos tercios de nuestra capacidad intelectual según avance el tiempo? ¿Estamos llamados a progresar en ese terreno? Si la explicación del Pecado Original no es la razón verdadera, hay que suponer que la mejora en la educación y la formación psicológica desarrollará más la inteligencia, incluso hasta el punto de abrirla hasta su completa capacidad al 100 %; pero, sí ese subdesarrollo de la inteligencia es la consecuencia del Pecado Original, como yo me inclino a creer sin duda alguna, entonces no sería superado en este mundo con las tretas de la ciencia.

Al hombre se le va a dejar sufrir ese defecto toda su vida, así como debe sufrir la enfermedad y la privación, por más descubrimientos maravillosos que surjan para aliviar los achaques. Podemos continuar haciendo progresos en todos esos aspectos y para prolongar la vida, pero todos los milagros de la vida no impedirán a los hombres sufrir y morir. Hasta el final mismo permanecerán con nosotros las consecuencias del Pecado Original. Yo argüiría que la misma ley se aplicaría de forma más elevada a la mente de modo que continuará en su condición medio paralizada durante esta vida. 

En la vida futura del cielo será compensado todo ese trabajo, dolor y defecto. Nuestros pobres cuerpos se alzarán triunfantes de su condición caída y entrarán en la plenitud de la gloria preparada para ellos. Entonces también la inteligencia humana, cegada en la tierra hasta el citado grado de un 66 %, participará en la transformación de nuestra resurrección y contribuirá a nuestra gloria con el 100 % de su capacidad.

La obra colosal de Milton, "El Paraíso Perdido", describe la caída y degradación de los ángeles rebeldes. Los imagina resentidos, vengativos y en busca de más conflictos. Les llega la voz de que Dios ha hecho una nueva creación de seres compuestos de cuerpo y espíritu y que quiere darles la herencia que ellos, los ángeles, habían perdido. Deciden crear dificultades y recorren el universo en busca de más información. Es interesante ver qué bien entendió Milton lo ilimitado del universo; pinta a esos tristes espíritus pasando mucho tiempo en sus indagaciones por el espacio, aunque se mueven a la velocidad de la luz.

Descubren a Adán y Eva, y vislumbran el plan de Dios para con ellos. Traman un plan para desbaratarlo y se envía a Satanás al Jardín del Edén para intentar arruinarlos. Entonces Dios envía al ángel Rafael a Adán y Eva para avisarles sobre la conjura que ha sido preparada contra ellos. El artista Gustavo Doré tiene un hermoso cuadro del Ángel hablando con nuestros primeros padres en el Edén y poniéndoles en guardia. Podemos creer que la advertencia era bastante explícita en cuanto a la naturaleza del peligro. Adán y Eva fueron avisados ampliamente quizá hasta el punto de repetirles el Mandamiento original.

He aquí lo que Dios les había dicho: "De todos los árboles del Paraíso comeréis, pero del árbol de la ciencia del bien y del mal no comeréis. Pues el día en que comiereis moriréis " (Gen 2, 15).

Mas, desafiando aquel solemnísimo mandamiento, contra el aviso renovado del ángel y a pesar de su intimidad con Dios y de su brillante inteligencia, nuestros primeros padres siguieron adelante deliberadamente. Como consecuencia, entró en acción la ley normal de la naturaleza; su descendencia heredó la situación.

Si el punto de la visita de los ángeles es fundado o no, no hace el caso. Sabemos que Adán y Eva habían sido protegidos suficientemente; así que lo que hicieron no fue lo de unos inocentones que caen neciamente, sino una muestra de transgresión obstinada, sin sombra de excusa. Lo sabemos por las ideas que Dios ha hecho que nos formemos de su naturaleza y de su actitud hacia nosotros.

Sin embargo, el hombre no murió de muerte física; luego Dios estaba refiriéndose a una forma más elevada de muerte, principalmente espiritual, pero también a una decadencia y deterioración en el orden natural, que afectaba particularmente a la misma facultad que se había vuelto contra su Creador, la inteligencia, y probablemente a los aspectos más elevados de esa inteligencia.

Esta idea del efecto destructor del Pecado Original sobre la mente del hombre lleva a una interesante consideración. ¿La inteligencia de María, que estaba inmune de esa desintegración, conservó sus plenos poderes, su eficiencia en un 100 %? La conclusión parece ser que sí la conservó; mas, por supuesto, no podemos ni imaginar la manera como funcionaría aquella parte superior de su inteligencia. ¿Intensificó únicamente en forma extraordinaria la operación del cerebro tal como la conocemos? ¿O puso en juego en Ella todo un conjunto de operaciones, aquellas que los psicólogos dicen que tenemos bloqueadas?

Aún en nosotros hay zonas completas de la mente que son potencialmente productivas, pero sin explotar. Por ejemplo, las personas tienen capacidades de las que no están enteradas y que yacen latentes porque nunca son ejercitadas. En los profundos pliegues de nuestros cerebros, defectuosos como son, hay yacimientos de cosas preciosas, de penetración e inspiración. A veces algunos penetran en esa región y consiguen alzarse con el preciado tesoro, lo que llamamos los vuelos del genio.

Aunque Nuestra Señora poseyese una inteligencia con un 100 % de eficacia, eso no querría decir que Ella la ejercitaría plenamente, mostrando un conocimiento universal. No; pues para que pudiese presentar una amplitud tan grande de conocimientos, hubiera necesitado instrucción. Lo que no se le enseñaba, no podría normalmente conocerlo; en general, vivió según la economía de tener que adquirir el conocimiento; pero con esta diferencia: que su mente extraordinaria aprendería con facilidad. Tendría una comprensión inigualable y una memoria indefectible. Para Ella el aprendizaje de una lengua consistiría sólo la recepción de la suficiente instrucción que abarcase la extensión del tema: no necesitaba de pesadas repeticiones. Asimilaba el conocimiento sin esfuerzo.

En los documentos del Concilio se describe a María como será toda la Iglesia en la vida futura. La referencia que aquí se hace es a la gracia, pero no podríamos restringirla a eso. Se referiría, desde luego, a su inteligencia y a su santidad. Esto nos lleva a la presunción de que cualquiera que sea la parte del cerebro paralizada en toda la humanidad, no tuvo lugar nada semejante en Ella.

Una madre quiere darse a su hijo. Más que ninguna madre natural, anhelaba María darse totalmente a sus hijos, los hombres, no sólo en el orden de la gracia, sino también en el orden de las cualidades y dones naturales. Quiere desarrollar a sus hijos. Y así podemos acudir con confianza a Ella en este problema de mejorar nuestra mente y abrir nuestras capacidades latentes, que podrían ser empleadas para el bien, para dar gloria a Dios.

Los grupos con objetivos culturales o recreacionales más altos, deberían recurrir a este principio de la fructuosa maternidad de María, yendo por el camino del Cuerpo Místico de incorporar la oración a sus reuniones y de incorporar a la acción a cada persona. Los resultados que se han seguido de este criterio han sido sorprendentes y parecerían justificar la teoría.

Todo lo anterior sugiere horizontes atractivos y sin límites. Esta torpe inteligencia nuestra debe enfrentarse de la misma manera y con los mismos medios con que hacemos frente al problema de la restauración espiritual. Así como la inteligencia compartió el languidecimiento del alma, también participará en cualquier elevación de la misma; ambas están íntimamente unidas y María es madre de las dos. Por eso, sí rezamos, esa acción del alma estimula la mente. La misa y la comunión alimentarán a la mente junto con el alma. Si nos ponemos en manos de María, su cuidado vigoroso envuelve alma y mente.

No estoy sugiriendo que con algunos de estos esfuerzos podremos poner en funcionamiento aquellas dos terceras partes inaccesibles del cerebro, sino que sostengo que nos llevarán a una utilización más plena de la tercera parte que tenemos y que no utilizamos para lo que está destinada: como instrumento pensante. Además la consagración de nuestra mente a María sería una garantía de que fuera usado y colocado a disposición total de Dios.