La Misa
Acontecimiento impresionante
Por el Siervo de Dios Frank Duff
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Voy a hablarles de la Misa. Se trata de un tema que no he tocado anteriormente en congresos, reuniones ni en otras ocasiones. Por eso mismo es ya hora de hacerla, y con razón, puesto que raramente se lo ha tratado con sencillez. Incluso a los entendidos parecen haberles intimidado las dificultades inherentes a su teología, y lo han evitado. Sin embargo, el milagro de la Misa debería estar constantemente en nuestros labios. Yo de todos modos, vaya osar entrar de rondón a donde los mismos ángeles tienen miedo de poner el pie.
Mi modo de tratar el tema podrá parecer un tanto indirecto; pero no será así. Vaya abordado de lleno y sin alterar el orden. La Misa es la culminación o última evolución de cosas bien determinadas. Esta premisa ha de presentarse de manera bien clara si se quiere entender ese misterio.
La Misa reproduce sacramentalmente la Pasión y Muerte de Nuestro Salvador. Nos encontramos, pues, ante un misterio profundo: Mysterium Fidei. Si bien es cierto que, al hablar de la Misa, no pensamos en la renovación de la muerte de Cristo en sentido físico, tampoco pensamos que se trate de un puro simbolismo a la manera que la inmolación del cordero pascual constituyó la Figura o Tipo del futuro sacrificio de Cristo. El Calvario y la Misa son un mismo Sacrificio (1 Cor 11, 26).
El sublime relato del Nuevo Testamento se acerca a su punto culminante aquel Jueves Santo de la Ultima Cena. Nos describen la Cena los cuatro evangelistas; el discurso de despedida, en cambio, sólo lo reproduce san Juan. Todos los relatos comienzan con la traición de Judas. No cabe la menor duda que le atribuyen gran importancia. Ello nos induce a maravillamos. De acuerdo que está en su sitio, por ser lo que produjo el chispazo que puso en marcha los trágicos acontecimientos; sin embargo, bien parece que se trata de algo más. Darle tanta importancia al papel del apóstol traidor es señal de que tiene un alto significado místico y de que Judas y su pecado entran en el asunto como algo estrictamente necesario.
Alguien podría pensar: ¿Por qué? Pues, humanamente hablando, no era necesario que ocurriese tal traición. La hostilidad de los sacerdotes y de los escribas hacia Nuestro Señor había estado en ebullición creciente. En tales circunstancias, bien podía cualquier acontecimiento haber dado motivo a una explosión. ¿Por qué no había de entrar la traición de Judas dentro de esta categoría de hechos accidentales? La realidad es que no es así: los cuatro Evangelistas le dan un relieve singular como para reducirla a eso. A menudo hay importantes párrafos que sólo los narra un Evangelista, es cierto; ahora bien, el caso de Judas lo destacan todos como una circunstancia de primer orden.
En primer lugar, a Judas lo presentan como a uno que trama conspiraciones con los sacerdotes y escribas, cosa que afirman de él con la tremenda aseveración de que Satanás se había introducido en su alma. Por otra parte, en la Ultima Cena misma se recalca la acción de Judas como si perteneciese a la esencia del misterio. Jesús turba a sus discípulos al anunciarles que no todos están limpios; que uno de ellos va a traicionarle. Y prosigue diciéndole a Juan que el traidor será aquel a quien él -Jesús- le dé el pan. Y enseguida se lo dio a Judas; a continuación se nos vuelve a decir que Satanás entró en Judas. Esta frase la repiten los cuatro evangelistas. Y santo Tomás de Aquino la interpreta en el sentido de que Judas se había entregado ya definitivamente a los poderes de Satán.
Judas le dijo a Jesús: "¿Soy, acaso, yo, Rabbí?" Y Jesús le replicó: "Tú lo has dicho". Estas palabras entre Jesús y el discípulo infiel fueron privadas, de modo que los demás no se dieron cuenta. Sin embargo, el relato sigue diciendo que Judas salió rápidamente fuera y que era de noche.
Insisto en que existe significado profundo en este modo de proceder de Judas, que se entrega al demonio y así entra a formar parte de la serie de acontecimientos que llevaron a cumplimiento el plan de la Redención. ¿No vemos en esto una repetición de lo que tuvo lugar en el Paraíso terrenal con motivo de la primera caída, y que el Mesías está a punto de reparar? También entonces, de modo parecido, Satanás puso asechanzas a Adán y a Eva y consiguió ganárselos para hacer caer con ellos al linaje humano entero. Aquella misma parte que el demonio tomó entonces, volvió a tomarla apoderándose de Judas; pero con la diferencia de que la parte de Judas entra en la constitución del modo de proceder de la divina misericordia con que el nuevo Adán y la nueva Eva realizan la operación inversa de la efectuada con aquella caída. En aquella ocasión fue Satán el que inició los acontecimientos. Y lo mismo hizo en el caso de Judas. Así como entonces fue parte esencial de la tragedia, también lo fue en el caso de la restauración. Eso es lo que yo me aventuraría a leer dentro de esa insistencia con que las Escrituras aluden a Judas como instrumento de Satán. Resulta así claro que Satán, que fue instrumento del pecado original, pasa a ser por su propia malicia el autor de su propia ruina; pues, sin quererlo, inicia la Redención; y Judas es el desventurado instrumento de que para ello se vale.
Y después de todo esto, Jesús tomó pan y vino y los bendijo, usando las palabras que se pronuncian sobre los mismos elementos en la Santa Misa. Con esas palabras sagradas instituye Él la Misa y con ella el Sacerdocio católico con poder para perpetuar el mismo acto.
Después de esta Cena, Jesús, acompañado de los 11 discípulos, se dirigió hacia el Monte de los Olivos, donde les anunció su inminente arresto; luego fue al Huerto de Getsemaní y llevó a Pedro, a Santiago y a Juan para que fuesen testigos de lo que iba a suceder. Y, apartándose de ellos como a distancia de un tiro de piedra, entró en agonía, una agonía tal, que Él, el hombre fuerte y perfecto, el más paciente, el modelo más acabado de los mártires, se ve obligado a clamar a su eterno Padre con estas angustiosas palabras: "Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz. Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya". Y sudó como gruesas gotas de sangre, que iban corriendo hasta la tierra. La explicación que de esta suprema prueba nos da la Iglesia es que Jesús, el solo inocente, había tomado sobre sí los pecados de todo el mundo, y que el efecto que le produjo su contemplación fue tal que parecían que iban a abandonarle las fuerzas, de ahí que tuviera que venir el ángel a su lado para infundirle valor.
Pasados estos momentos, se levantó de la oración y fue a despertar a sus discípulos, de los cuales se dice en las Escrituras que, vencidos por la tristeza, se habían dormido. Entonces se presenta aquel colmo de traición bajo la forma de sumos sacerdotes y prefectos del Templo y ancianos capitaneados por Satanás en la persona de Judas. Y, por último, el horror de aquel beso, que era la señal convenida de la vil entrega y que ha pasado a ser proverbial para designar la más abyecta traición, y cuyo eco se ha hecho percibir a través de todos los tiempos como símbolo de infamia incalificable.
Prendieron a Jesús y lo condujeron a la casa del sumo sacerdote, y allí se mofaron de Él y le golpearon. El Evangelio dice que continuaron pegándole en la cara y ultrajándole. ¿Durante cuánto tiempo? Al parecer, este trato, inspirado por el mismo demonio, debió durar toda la noche, pues el relato dice que, cuando se hizo de día, llevaron a Jesús ante el Sanedrín y que comenzaron allí a hacerle el terrible interrogatorio sobre quién era.
Y, tomándole la palabra de que admitía ser Él el Hijo de Dios, lo condujeron a Pilato y lo acusaron como reo de muerte, pues el poder de condenar a la pena capital estaba reservado a la autoridad romana.
Luego sigue la confrontación entre Pilato y Jesús; d gobernador, perplejo, se propone no hacer concesiones. Intenta salvar a Jesús, primero remitiéndolo a Herodes, y después tratando de satisfacer el odio de los acusadores mediante la espantosa flagelación de la Víctima, seguida de la coronación de espinas, y finalmente haciendo ataviar a Jesús con los símbolos de una monarquía de burla.
Al final, Pilato ofrece al pueblo, sin resultado alguno, la gracia de liberar a Jesús de acuerdo al privilegio de la Pascua. Pero, como dice san Lucas, el populacho continuaba gritando que Jesús fuese crucificado. Como el griterío aumentaba, Pilato abandonó al arbitrio de ellos a Jesús, que fue conducido fuera para ser ejecutado. Y cuando llegaron al lugar llamado Gólgota, es decir, Calvario, lo crucificaron allí con los otros dos malhechores.
¡Qué pena da leer esa expresión de las Escrituras: "Otros dos malhechores"! Pero así estaban las cosas. Como Isaías predijera ya setecientos años antes: "Jesús fue entregado a la muerte y contado entre los pecadores, llevando sobre sí los pecados de muchos" (53, 12).
Nuestro Señor muy amado se unió de tal manera a nosotros y se impregnó tanto de nuestros pecados, que se hizo pecado. El Cordero de Dios asumió sobre sí esa carga; el Cordero de Dios se inmola para quitar los pecados del mundo.
Siguen luego las tres horas del suplicio de la cruz, durante las cuales Jesús expresa sus sentimientos en aquellas que nosotros llamamos las Siete Palabras. Quizá la más significativa sea la que dirige a su Madre, que se hallaba de pie junto a la Cruz: "Mujer, he ahí -en el discípulo- a tu hijo", frase que enlaza con aquellas otras palabras que muchísimos siglos antes dirigiera el Dios Todopoderoso a la serpiente: "Pondré perpetua enemistad entre ti y la Mujer y entre tu linaje y el suyo; ella te aplastará la cabeza" (Gén 3, 15).
Finalmente llegó el cumplimiento de aquella promesa. María es la Mujer de la profecía. Su linaje es el Mesías que habla desde la Cruz y que está para morir, queriendo con su muerte aplastar a la serpiente y transformar la tristeza del mundo en gozo. San Juan, proclamado al pie de la Cruz hijo de María, lo es por su unión al Cuerpo Místico.
Dicho esto, como Jesús sabía que todo estaba cumplido, exclamó: "Todo está consumado"; e, inclinando la cabeza, expiró(Jn 19, 30).
La Misa es el memorial vivo de todo esto. ¡Pero cuántas veces lo pasamos por alto! ¡Cuántas veces se habla de ella simplemente como de un precepto que se debe cumplir en domingo! E incluso, cuando se le presta atención, no se repara en sus maravillas como es debido. A veces se convierten en el centro de la conversación las vestiduras y los vasos sagrados como si tales cosas fueran algo trascendental. Importan, pues son los aderezos que convienen para esta gran ceremonia; pero no pasan de ser simples aderezos, del estilo más o menos de las ropas que nos ponemos cada día. No es éste el objeto de mis consideraciones; yo apunto a la idea central, a la esencia de la Misa.
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El Sacrificio de la Misa comenzó en la Última Cena. |
Hoy día algunos tratan de quitarle importancia a la Eucaristía, de la cual depende la Misa. La idea que les mueve es acercarse a los protestantes, hallar una fórmula que encuentre en éstos aceptación; lo cual significa que, para llegar a un acuerdo mutuo, deberíamos renunciar a determinadas creencias. Pero ¿cómo podemos hacer concesiones en lo que a la Eucaristía se refiere? O hay presencia real de Cristo o no la hay.
Lutero fue uno de los que se ocupó de la doctrina de la Eucaristía. Su definición sustituía la palabra
transubstanciación por la de consubstanciación. Ahora bien, el prefijo "trans" denota un cambio de sustancia. "Con" significa, por el contrario, que no ha habido cambio alguno de sustancia y que Nuestro Señor viene, por así decir, con el pan y con el vino, cuya sustancia no varía. Por otra parte, la venida del Señor depende de la fe del que lo recibe en el momento de la Comunión. Al no estar presente en los elementos, no se los puede adorar y queda excluida la Reserva eucarística. Se trata de una real ausencia de Jesucristo. No se da igualdad ni aproximación a la doctrina católica de la Eucaristía.
Las fórmulas encaminadas a echar un puente sobre este abismo o a pasar por alto su existencia no son más que artificios para engañar a una de las dos partes, o a ambas. Es pedir imposibles.
Consubstanciación es lo que nosotros llamamos Comunión Espiritual; sin embargo, la Consubstanciación está muy lejos de la auténtica Eucaristía.
El Concilio de Trento fue tajante en su condena de la fórmula de Lutero. No representaba la Eucaristía. La tendencia moderna respecto a este error nos privaría de la Eucaristía y de la Misa, que constituyen nuestra más preciosa herencia.
La Misa es el recurso divino que pasa por alto la distancia y los dos mil años que nos separan del acontecimiento de la Crucifixión. La Misa coloca al Calvario en medio de nosotros; o, si prefieren, nos transporta al momento y al lugar del auténtico Sacrificio de Nuestro Señor. A través de la Misa tomamos parte en la realidad; nos hallamos presentes, al lado de su Madre, de San Juan y de los demás. No se trata de un simbolismo ni tampoco de la idea piadosa que nos puede ofrecer el concepto de Consubstanciación.
Todas las Misas se encuentran en el Calvario de la misma manera que los rayos solares hallan su centro en el sol radiante; los ojos de Nuestro Señor pendiente de la Cruz se posaron también y contemplaron desde allí a todos los que asistirían a las Misas que se celebrarían con el correr de los tiempos.
La Misa es la plenitud del Sacrificio de Cristo. La única diferencia es que no vemos la realidad que se oculta. Si pudiésemos verla, nos invadiría una tristeza mortal. La fe sustituye hoy nuestros ojos y nuestros oídos, pero tanto mayor es el mérito que de ello resulta.
Para ayudar a comprender este misterio de la Misa, voy a valerme del ejemplo de la televisión. Esta es una débil imagen de aquél; la televisión sólo proyecta en nuestros hogares una copia de lo que está ocurriendo en el lugar de origen. No nos presenta a las personas en carne y hueso. Por el contrario, la Misa alcanza alturas celestiales al ponemos delante el drama mismo de la Pasión en toda su plenitud, si bien no visual ni acústicamente, ya que una idea esencial de la Misa es que constituya un ejercicio de fe. Entre nosotros y la Misa hay como un velo que nuestros sentidos son incapaces de penetrar. Sin embargo, no dejemos nunca que la rutina nos impida traspasar ese velo con nuestro entendimiento.
Parece inaudito, pero lo cierto es que las venerables oraciones de la Misa nos distraen a veces un poco de esa realidad latente. Si durante la Misa pudiésemos concentrar la mente en esa realidad, no estaría mal que pusiéramos de lado los devocionarios y nos dejásemos absorber totalmente por ese drama sagrado. Pensando en este sentido, no cabe la menor duda que cabría una justificación para la práctica antigua del rezo del Rosario durante la Misa, ya que ello capacita a la mente a dedicarse a los acontecimientos que están viviendo Jesús y María en aquellos momentos; y ése es cabalmente el punto central de la Misa.
Posiblemente por razón de la devoción popular de las Tres Horas de la Agonía de Viernes Santo, suele pensarse que la Misa comprende desde que clavan a Cristo en la Cruz hasta el momento de su muerte. Sin embargo, en el Sacrificio de Jesús hay algo más que su muerte. Ese Sacrificio fue efectuado según el ritual de la Antigua Ley. De aquel ritual, Nuestro Señor tuvo que cumplir los detalles, pues el sacrificio de la Antigua Alianza anticipaba y era figura del de Cristo. Cristo dijo que había venido a cumplido. Por eso su cumplimiento sería perfecto y se atendría a los más pequeños detalles.
La eficacia de aquel sacrificio de la Antigua Alianza reside en el hecho de que un día el Redentor lo incorporaría en su propio Sacrificio. Cristo reproduciría cada detalle de aquél y lo asociaría a Sí y a su propio Sacrificio. De este modo, el Antiguo participó en el mérito del Nuevo a favor de todos aquellos judíos que pusieron su fe en el sacrificio de Abraham, el cual prefiguraba y era anticipación del Sacrificio Redentor de Jesucristo.
Sorprende el hecho de que la liturgia de la Misa esté sacada principalmente de la Ultima Cena, pero es preciso que entendamos el porqué. Una explicación es que la Ultima Cena es una anticipación o pre-representación del Calvario, como la Misa es una prolongación o post-representación. Esta idea nos sugiere la imagen de una casa de tres pisos: uno, el de la Ultima Cena; otro, el del Calvario; y finalmente otro, el de la Misa. La casa es la misma, y estaremos en ella tanto si asistimos a la Ultima Cena, como si acudimos al Calvario o presenciamos la Misa.
Un gran autor jesuita, el P. Maurice de la Taille, divulgó una idea diferente, que proponía como ejemplo la casa de dos pisos; el primero correspondía al Sacrificio de Cristo, y comprendía desde el Cenáculo hasta la Cruz; el segundo era el de la Misa. Teoría, por cierto, maravillosa. En su obra,
Mysterium Fidei, el P. de la Taille nos ofrece citas abundantes de tiempos pasados que sostuvieron esta misma idea. Pero más que todo esto ha de valer el hecho de que fue el Concilio de Trento el que propuso la identidad de la Misa con el Sacrificio de Cristo.
Examinando el ritual que Jesús siguió en su Sacrificio, el P. de la Taille sostiene que no lo realizó únicamente en el Calvario y que debemos retroceder a las escenas precedentes si queremos contar con todos los ingredientes que un sacrificio debía tener según la Antigua Ley, y que es el sacrificio precisamente que Nuestro Señor se proponía llevar a cabo. Lo que falta del ritual habitual judío es la oblación u oferta formal de la Víctima a Dios por parte del Sacerdote. Ahora bien, está claro que en un acontecimiento tan capital y que pone fin al Antiguo Testamento e introduce el Nuevo Sacrificio no iba Cristo a dejar de cumplir los requisitos estipulados de una manera definitivamente perfecta.
De la Taille sostiene que en el Calvario no hay propiamente una expresión de Jesús que pueda interpretarse en sentido de una oferta formal de Sí mismo, y afirma que para hallarla es preciso retroceder y recurrir a la Ultima Cena. En aquella ocasión, Cristo Nuestro Señor, siguiendo puntualmente todo lo prescrito en el ritual oficial, realizó efectivamente tal oblación de Sí mismo a Dios. Se ofreció a padecer la Pasión y la Muerte por todos para el perdón de los pecados (Mt 26, 28). El Sacrificio de Cristo comenzó en la Ultima Cena; sin embargo, no tuvo entonces lugar la inmolación de la Víctima.
Después de haberse ofrecido y comprometido al Sacrificio, la gran Víctima llevó a efecto su oblación pasando inmediatamente a su Pasión, que quedó consumada con su muerte. Lo que comenzó en el Cenáculo recibió cumplimiento en el Calvario, o más bien en la mañana de Pascua, en la gloria de la Resurrección.
La Misa contiene el Sacrificio de Cristo en toda su esencia y perfección. Por eso, entendiendo todo lo anteriormente dicho, al asistir a la Misa, presenciamos toda esta tremenda y augusta liturgia. Nos hallamos presentes y participamos en toda esa serie de acontecimientos que he enumerado y citado de las páginas de la Sagrada Escritura. Voy a recapitularlos brevemente: Nos mezclamos y estamos entre los 12 Apóstoles en la Cena y recibimos con ellos el Cuerpo y la Sangre del verdadero Cordero Pascual. Luego vamos con Jesús y los discípulos al Huerto de Getsemaní, donde a Él se le representan los más terribles tormentos, que luego reciben expresión visible en su agonía. En aquellos momentos Cristo contempla los pecados de los hombres que Él, la Víctima propiciatoria, asume sobre Sí (Lev 16, 8-10). Esta prueba acaba con su arresto, hecho más amargo por la parte vilmente detractora de Judas. Luego se desarrolla toda aquella serie de horribles tratos: los tormentos que le infligen los soldados, la flagelación y la coronación de espinas, el juicio y la sentencia, el camino hacia la Cruz (vía crucis), y la Cruz misma. Jesús muere y con su muerte queda pagado el rescate del mundo.
Todo esto entró a formar parte del Sacrificio de Cristo. Por lo tanto, todo ello entra también, por divina omnipotencia, dentro de la Misa. Es, pues, sin duda, un acontecimiento impresionante asistir a la Misa. Entramos dentro de un orden de cosas verdaderamente milagroso. El tiempo y el espacio quedan a un lado, y nosotros volvemos al mundo de Jesús y de María. Precisamente aquel momento eternal que Dios designó cuando dijo a la serpiente que su cabeza sería aplastada por la Mujer y su Linaje. En la Misa es llevado a cabo ese aplastamiento. Jesús muere en la Cruz, y María, la Mujer, asiste allí mismo de pie. ¡Mirad todos los que pasáis y ved si existe un dolor semejante a aquél!
Este impresionante contenido de la Misa no es asunto tan sólo de meditación o de imaginación; es un hecho, es la pura realidad. El Sacrificio de Nuestro Señor no vale más que la Misa, pues ambos son la misma cosa. Dicho de otro modo y forzándoles a Uds. a pensar un poco con imaginación: Si, por un imposible, se separasen las dos cosas y no se le privase a la Misa del poder y virtud que saca del Sacrificio original, entonces la Misa constituiría por sí sola nuestro rescate, y como tal sería suficiente.
Era a la Misa a la que el profeta Malaquías, hablando en nombre de Dios, se refería cuatrocientos años antes de Cristo en estas tremendas palabras: "Desde el orto del sol hasta el ocaso es grande mi nombre entre las gentes, y en todo lugar ha de ofrecerse a mi nombre un sacrificio humeante y una oblación pura, pues grande es mi nombre entre las gentes, dice el Señor de los ejércitos" (Mal 1, 11).
Y fue al mismo santo Sacrificio de la Misa al que el Apóstol san Andrés se refería cuando iba a ser crucificado como su Maestro: "Diariamente inmolo al Dios Todopoderoso, pero no la carne de becerros ni la sangre de carneros, sino el Inmaculado Cordero de Dios mismo, de cuya carne participan todos y cada uno de los que creen; pues el Cordero que fue sacrificado permanece vivo y entero".
Esta maravillosa y sumamente trascendental experiencia de la Misa está ahí invitándonos prácticamente a todas las horas del día y convidándonos a participar.
Tomado de Maria Legionis 3, 1974