La Nueva Eva
Por el Siervo de Dios Frank Duff, fundador de la Legión de María

Siervo de Dios Frank Duff.Es doctrina católica que María fue parte de la Santísima Trinidad para crear la humanidad, siendo objeto de las divinas miradas junto con Jesucristo. Desde la eternidad los dos destinos estuvieron entrelazados. Así lo pedía la naturaleza misma del plan de la Redención.

Dios que previó la caída preparó la rehabilitación. Esta rehabilitación seguiría el mismo proceso de la caída. Empezaría, pues, por la mujer. La mujer sería quien pusiese en el mundo al Redentor. Si se pensó en el Redentor debió también pensarse en su madre, y en primer plano, si quisiésemos hablar humanamente, porque la madre es antes que el hijo. A la hora de la realización, las cosas fueron mucho más lejos. Hubiera bastado que una mujer diese a luz a Nuestro Señor, sin mayor participación que la de la gestación, nacimiento y crianza. Esta participación puramente material es la que la asignan a María los protestantes en su afán de disminuirla, aduciendo que la Escritura no dice de ella sino que es simplemente madre.

Y aunque la cooperación de María no rebasase los límites de la simple maternidad, ya sería muchísima dignidad la de ser madre de Uno que es Dios y Redentor. Pero una apreciación semejante no sería completa. La Santísima Trinidad trazó para ella un destino particular. La Encarnación estaría condicionada a su decisión y encargada a sus cuidados. Habría primero que preguntarla si quisiera recibir al Salvador de la humanidad. En caso de rehusar la Redención ya no se realizaría. Es un pensamiento que da vértigos el aceptarlo.

Pero aún antes de este decisivo momento se mostraría Nuestra Señora vitalmente activa. Su oración por la venida del Mesías fue una de las cosas que más le movió al Señor a descender a nosotros. Ninguna oración fue más escuchada que la de María, por lo mismo que era la única sin pecado, y la criatura más querida de Dios entre toda la humanidad. Era ella la Inmaculada Concepción. Y por eso todo lo que Dios podía darla, se la dio. Y ella recibió todo cuanto pudo recibir. Estaba perfectamente unida a Dios. Como le dijo el ángel en su mensaje, era ella "la llena del Espíritu Santo". Su voluntad era la misma de Dios; su oración era irresistible, y desde sus más tiernos años esa su oración era tan sólo la petición por la venida del Redentor. Su alma se mantenía constantemente en la presencia de Dios abogando por la salvación del mundo.

Y su oración unida a tantas otras que por miles llegaban hasta Dios fue el potentísimo imán que atrajo la Redención.

Según el gran fundador de San Sulpicio, el Venerable Olier, fue tanta la eficacia de la oración de la Virgen que Dios se obligó amorosamente a adelantar el tiempo del Salvador hasta hacer que su aparición sucediese antes del tiempo prefijado.

En la plenitud de los tiempos el Arcángel San Gabriel se presentó a María en orden a pedirle su consentimiento para ser madre del Redentor. ¡La Encarnación no se realizaría sin su consentimiento! Es una cosa estupenda: ¿Es posible que Dios haya condicionado la salvación de la humanidad, desde Adán hasta el fin de los tiempos, a la decisión de una joven? Hay gente que no soporta una idea semejante. Los eternos dudosos, nuestros hermanos separados, son los que viven rechazando esta idea, pero lo hacen sin ton ni son. Con sólo reflexionar un poquito la cosa no se hace increíble.

La salvación por estar condicionada al consentimiento de María no se ponía de ningún modo en peligro. No era Nuestra Señora para hacer fracasar el plan redentor. Antes al contrario, Dios iba a acrecentar los méritos de María contando completamente con ella, porque al oír la más grande de las propuestas, no sabría tener otro pensamiento que el de hacer la divina voluntad. La aceptación fiel es un hecho por encima de las más costosas consecuencias.

Mas no hay que creer que Dios violentara en lo mínimo la voluntad de María. Iría contra sus divinos designios. El esquema salvador fue trazado sobre la base de la cooperación de los mismos a quienes se trataba de redimir. Al tener que iniciarse este proceso alcanzó su más alta expresión en la cooperación de María, lo que no se hubiera logrado si su decisión hubiese sido afectada por una falta de libertad. Si la ruina vino por una libre determinación del hombre, su restauración no podía efectuarse, sino por una igualmente libre cooperación del hombre.

También se nos ocurre preguntarnos por qué fue un acto meritorio el consentimiento de María para ser madre? Preguntando así, nos hemos planteado realmente un problema, por lo mismo que en el fondo de toda muchacha judía existía un gran deseo de ser la elegida para madre del Mesías. La primera profecía de la Redención está incluida en aquellas palabras citadas por el Manual de la Legión en la oración de la Tessera: "Pondré enemistades entre ti y la mujer, entre tu prole y su prole. Ella quebrantará tu cabeza". Son las palabras del Todopoderoso a Satanás, y que nos trae el Sagrado Libro del Génesis, Cap. 3, 15. Es aquella mujer la que dará un Hijo que redimirá al mundo. La tradición constante de Israel que iba transmitiéndose de generación en generación era de que el Redentor nacería de una mujer de su raza. Toda muchacha judía oraba con verdadero deseo de ser la escogida para tal maternidad. Por lo mismo, ¿por qué lado aparece el heroísmo de la Virgen en semejante aceptación, si era precisamente eso lo que ansiaba intensamente como cualquier joven judía?

Hay que afirmar que su acción de aceptar fue grande y doblemente meritoria. Primero, toda joven corriente del pueblo judío creía que el Redentor se aparecería en la forma ordinaria: por medio de un padre y de una madre. Pero la realidad fue distinta. Su entrada la hizo sin un padre humano, y no hubo otra intervención que la divina del Espíritu Santo. Tal cosa supone un acto de fe sin igual. Segundo, y esto es lo vital, la Virgen muy bien sabía que lo que daría a luz sería no sólo el Hijo Eterno sino también el Redentor. O sea que comprendía que su Hijo no sólo sería la ocasión de su gozo y de su gloria, sino también de una tortura inaudita de su espíritu como lo diría el santo anciano Simeón: "una espada atravesará tu alma", cuando vaticinaba las tribulaciones de Jesús. Tan grande tenía que ser su dolor que la Iglesia le aplica a María la exclamación de la Escritura: "Venid y ved si hay dolor semejante a mi dolor... Su grandeza es la de la mar". María sabía que su Hijo no sería un rey terrenal como lo imagina la mayoría de los judíos, sino un Redentor tal como ahora lo sabemos, y tal como los judíos más iluminados habían podido deducir de las profecías del Antiguo Testamento.

Al estudiar atentamente el Antiguo Testamento, se podrá ver que lo que se anunciaba no era una figura meramente triunfante, sino un hombre de dolores, el más abyecto de los hombres; hecho por nuestras iniquidades y quebrantado por nuestros pecados; un leproso; un golpeado por Dios y afligido (Isaías 53, 3-5); un gusano y no un hombre; el baldón de los hombres y el desecho del pueblo (Ps. 21, 7); rechazado, crucificado. Es todo esto lo que se lee en las Santas Escrituras.

Era esto lo que los judíos leían y los más reflexivos de ellos sabían muy bien lo que se hallaba en juego. Y es absolutamente claro que María veía esto mucho mejor que aquellos. Sabía que tenía que entregar a su Hijo a tan tremendo destino para ser sacrificado y destruido. Y todo a causa de una raza indiferente e ingrata.

Si aún viéndolo nosotros todo esto con nuestra natural dureza nos estremece por su grandeza. ¿Qué pasaría por el espíritu de la Virgen poseyendo como ella poseía un talento tan claro y un alma tan delicada, que se adentraba al fondo mismo de las cosas? Con sólo lo que la Iglesia y la razón nos dice, nos quedamos estupefactos al ver (que la respuesta de María o la invitación del Ángel fue un supremo acto de fe, de heroísmo y de sacrificio, sin igual en la tierra.

Pero ¿por qué este poner la salvación de parte de Dios en las manos de la Virgen? ¿Qué es lo que con ello se pretende? Es que no podía el Señor bajar sencillamente a la tierra y pagar el precio de la Redención sin necesidad de incorporar al plan redentor este grado de dependencia de María? ¿Cuál es la idea al introducirla en este santuario de la intimidad? La respuesta está en la voluntad de Dios, que quiso que la humanidad cooperara en su propia salvación. Dios no trata al hombre como a un niño a quien hay que darle de comer en la boca. Dios acostumbra tratar al hombre como a persona responsable; hace que pague el mismo cuanto puede su propio rescate; que participe como la totalidad de su ser en el negocio entero de su salvación. Son precisamente estas maneras divinas las que nos hacen actuar como Legionarios. Nuestra, lucha no es tan sólo en torno a nuestra propia salvación, sino también en torno a la salvación de los demás. Sólo así conseguimos, a la manera de San Pablo, introducir nuestra terrenal existencia en lo más alto de la gloria de los cielos. No somos criaturillas de pecho, sino personas maduras, cristianos a hacha y martillo, luchadores con Cristo. Hemos participado en los combate de Cristo y con Él hemos sido heridos. No nos queda, en verdad, más que esperar el cumplimiento de las promesas de Cristo: sentarnos a su diestra y reinar con Él.

Esta responsabilidad y cooperación es una idea fundamental. Fue esta idea la que Dios debió plantarla en la Bienaventurada Virgen y hacerla florecer.

Si la Redención estaba prevista de acuerdo a este esquema, cabe preguntarse: ¿dónde hallar una mujer que se adaptara a plenitud a este esquema? Dios la halló en la Virgen María. Y por eso la enriquecería con todo aquello que la hiciese la más idónea posible a la realización de este esquema. Si un miembro de la raza caída pudiera desempeñar este papel, bastaría para hacer la redención más provechosa para ella y para la humanidad por ella representada. Pero nótese que esta relación de representante tomó una forma mucho más alta. Su fiat la hizo Madre del Cuerpo Místico. En el sentido más real Ella se hizo la Madre de todos aquellos que fueron redimidos por Jesucristo, hasta tal punto que también es obra de ellos lo hecho por María.

Los protestantes creen que este lugar céntrico de María es una moderna invención de la Iglesia, diciendo triunfalmente que tal idea no asoma en épocas anteriores del cristianismo.

Pero entonces tendríamos también que decirles a estos nuestros hermanos separados, que la lectura popular, de la Biblia, en la que ellos basan su religión, también es en definitiva una práctica moderna. Pues duramente catorce siglos de cristianismo, la generalidad de los hombres no sabían leer, y lo mismo hay que decir de la mayor parte de la población actual.

Yerran al mirar como una innovación de la Iglesia la doctrina sobre este papel vital de María. No hay duda que ciertas formas actuales de oración y veneración de María no las había en los comienzos del cristianismo. Entonces no existían las devociones organizadas dé hoy día. Respecto al mismo Jesús se ha observado este fenómeno. Muchas devociones del Señor son producciones recientes. Al principio no había ni las letanías lauretanas, ni las letanías del Santísimo Nombre de Jesús, ni las del Sagrado Corazón. Todo esto es de nuevo cuño. Lo ha acuñado el amor que siempre busca nuevas formas de expresión.

Lo que tampoco quiere decir que al cristianismo primitivo le faltara algo en sus relaciones con Jesús y con la Virgen. Porque al dirigirse a Ellos lo hacían los primitivos cristianos en una forma que fuera la total expresión de su ser. No hay ninguna elaboración en las últimas devociones. Pero hay que decir que el cristiano ha venido abriéndose al conocimiento de que María es esencial a la Redención, y trata en consecuencia de expresarle su gratitud y amor.

No hay nada más sencillo que probar esta realidad. Fue la admirable figura del Cardenal Newman la que investigando la antigüedad para hallar cuál era el puesto que ocupaba la Virgen en la enseñanza de la primitiva Iglesia, descubrió que la creencia en su papel estaba representada por la doctrina de la Nueva Eva. Esta analogía es la más antigua. Esta enseñanza no ha sido el producto del siglo X, ni VIII, ni V ni III; ha sido en absoluto de la edad primera. Esta descripción de Nuestra Señora como la Nueva o Segunda Eva se halla por primera vez en las enseñanzas de San Justino, discípulo de San Juan Evangelista. Es indiscutible que el discípulo aprendió la idea de su Maestro, lo mismo que ni discípulo ni maestro la inventaron por su cuenta. De modo que la idea de Nuestra Señora como la Nueva Eva fue parte de las raíces de la Iglesia. Ya se encontraba en las entrañas mismas de la fe cristiana.

San Pablo habla de Nuestro Señor como el Nuevo Adán. No menciona a la Nueva Eva, pero este paralelo no pudo estar nunca ausente de su mente. Imposible pensar a Adán sin Eva, ni al nuevo Adán sin la nueva Eva. Esto es absolutamente inevitable por la razón del hecho de que la Primera Profecía (Gen. 3, 15) habló de la mujer que con su Prole repararía la Caída. San Pablo no era menos inteligente que nosotros.

El mismo tema que afirmado siglos más tarde en forma constante. Hasta se convirtió en proverbio. San Jerónimo (en el siglo IV), es quien lo cita: "La muerte nos vino por Eva; la vida por María". San Agustín (en el siglo V), nos dice lo mismo: "La muerte por una mujer; la vida por una mujer".

Se ha objetado que estos escritores primitivos no toman en cuenta esta analogía. Lo que sería hacerles poco favor, pues eran unos grandes talentos. Ellos pensaron siempre en la Nueva Eva. Para ello tenían datos muy ricos y seguros. Nuestras deducciones de una tal comparación no son forzadas. Son inexquibables, precisamente porque la Redención no hace más que invertir los detalles de la Caída, siendo lo mismo la parte de Eva el tipo de la función de María. Lástima que cuando se trata de las cosas divinas seamos siempre muy cortos de vista.

Siendo así de antigua y de clara la doctrina de la Nueva Eva, se impone el saberla comprender. No ignoramos el proceso de la Caída de la humanidad. Nuestros primeros Padres cooperaron para cometer el pecado y para arrastrar consigo a su posteridad. Pero el amor de Dios no podía soportar que esto fuera el final. Y así en el momento en que estaban ingiriendo el veneno, Dios les estaba preparando el remedio, que era la Redención. Esta no sería inmediata, porque habría que esperar el que la Virgen naciera. Pero podríamos decir: ¿y por qué no crearla de inmediato? Así lo hubiera hecho Dios, al estar conveniente con sus designios. Pero de seguro Dios esperaba un proceso de crecimiento y maduración hasta que la humanidad produjera a la Bienaventurada Virgen. Es lo que la Escritura llama la plenitud de los tiempos. Y esta plenitud teníamos que esperarla nosotros y Dios.

Dios modeló la Redención según las líneas de la Caída. Como lo han enseñado los Padres de la Iglesia y los Teólogos, Dios hizo la Redención exactamente al revés de la Caída. Todo cuanto sucedió en la Caída lo tomó Dios y le dio vuelta. Fue como si alguien viniese contra uno con un fusil y uno agarrase el fusil y lo volviese contra el atacante.

Aunque fue Eva la primera en pecar, la humanidad no cayó en Eva sino en Adán. Adán fue la única fuente y la cabeza del género humano. Eva misma fue sacada físicamente de Adán. (Gen. 11, 23). Con la sola caída de Eva, la humanidad no hubiera sufrido consecuencia alguna mala. Pero Adán no pecó sino porque Eva le incitó a ello.

La parte de Eva fue crucial. La serpiente se le acercó y la engañó. Luego Eva hizo pecar a Adán. Los hombres cayeron en Adán. Pero la insistencia de la Escritura en poner de relieve la parte de Eva no puede interpretarse en otra forma que en lo de que Adán no hubiera pecado si Eva no le hubiera empujado a ello. Eva aparece como la mediadora de la Caída y de todas sus fatales consecuencias.

El paralelo entre estas circunstancias y la Redención es tan completo que es evidente que la Redención sigue el mismo proceso que la caída. Así son las divinas venganzas.

En la restauración el Nuevo Adán y la Nueva Eva hacen al revés de lo que Adán y Eva en la tragedia original. María es sacada espiritualmente de Jesús por medio de la Inmaculada Concepción, o sea por la aplicación a ella de sus méritos futuros. El Ángel viene a María como la serpiente a Eva, en el mismo día de la semana, se ha afirmado, y le propone las medidas de remedio. Ella cree el buen anuncio como Eva el mal mensaje. Acepta lo que se le propone. Atrae a Cristo a la tierra y le entrega a su misión que debía consumarse terriblemente en el Calvario. Y allí se está de pie, resuelta, sin desmayarse, ofreciendo a su Prole el sacrificio que aplastó la cabeza de la serpiente, conforme la promesa del Paraíso.

La humanidad se levantó en Cristo y no en María. Fue Nuestro Señor el que nos redimió por su vida y su muerte. Pero no hubiera ocurrido esto sin María. Muy despacio deberíamos analizar este tremendo paralelo. Su importancia no puede ser sobreestimada. La Caída fue el primer tipo en el Antiguo Testamento. Estos tipos fueron en el Antiguo Testamento lo que las parábolas en el Nuevo. No se trata de simples imágenes pintorescas. Fueron los esbozos de Jesús y de María futuros, conteniendo cada uno algún fragmento de doctrina, y, reunidos, dan una pintura completa de lo que debía venir después.

El tipo fue sobrepegado por la realidad, permaneciendo las dos cosas en una armoniosa proporción.

Cada paso del triunfo de Satán fue vuelto contra él mismo por la Divina venganza. Lo que quiere decir que cada detalle de la Caída llevaba en sí el de la Restauración. Así como la acción arruinadora de Eva no se acabó en el Edén, tampoco la cooperación salvadora de María se terminó en el Calvario. Después de la catástrofe, Adán y Eva procedieron a engendrar hijos a los que transmitieron su condición de caídos y de pecadores, lo que hacía que Adán dependiese absolutamente de Eva, pues sin ella no había traspaso a su descendencia de su condición pecadora. Cosa igual acontece con el Nuevo Adán y la Nueva Eva. Según la enseñanza de la Iglesia, Jesús no tendría una descendencia espiritual sobre la que transmitiera los beneficios de la Redención sin la cooperación de María. Unida a Jesús a través de toda la vida, unida le permanece para distribuir los tesoros de la Redención.

Esto no quiere decir que su parte fue igual a la de Jesús. Él es Dios; ella es criatura, lo que significa distancia infinita entre las dos condiciones. Pero con ser nada más que parte cooperadora la de María, lleva la marca de la necesidad. Es la verdadera ayuda de Jesús, como quiso Dios que lo fuese Eva de Adán (Gen. 2, 18). En esto estriba la grandeza de María; y la inmensidad de su santidad se mide por su semejanza con Jesús.

Tal es la doctrina de la Nueva Eva, tan antigua, tan vasta, tan magnífica. En ella están fundados los avances de la Mariología actual. La Iglesia no enseña otra cosa que el contenido de esta básica doctrina. El Manual de la Legión no se funda en otra razón. María es la mediadora de todas las Gracias, en dependencia de Jesucristo, el Mediador principal, único, esencial. En otras palabras, María es la Madre del Cuerpo Místico mientras Jesús es la Cabeza. Ella es la Madre de la Divina Gracia mientras Jesús es la Fuente de la Gracia. Ella es la Corredentora en subordinación al Redentor único. Así ha llegado a ser María por obra de la Santísima Trinidad socia de Jesús en la restauración del inundo caído.

Luego de la Anunciación, María fue de hecho la representante de todos los hombres. Dios ya no mira a la humanidad sino a través de María. Ahora es María la verdadera Madre de los hombres. Todos estamos atados a lo que hizo Ella por nosotros. ¿Cómo podríamos recibir el fruto desechando los medios que nos traen el fruto? Adán llamó a su mujer madre de todos los vivientes (Gen. 3, 20). El Nuevo Adán puede conceder este nombre a su Bienamada en un sentido mucho más elevado y amplio. Eva realizó la gran obra de engendrar y nutrir hijos. María excede a su tipo dando la vida espiritual. La familia de María es la humanidad entera. Ella es la que reparte la vida de la gracia a cada individuo nutriéndolo desde la cuna al sepulcro.

En la Legión nos encanta llamar a María de Virgo praedicanda. No está bien traducido este título por Virgen renombrada. Es la Virgen que debe ser predicada. Debemos anunciarla. Al mundo debemos decirle que María es la Virgen más grande, la esencial, la cooperadora de la salvación en la raíz y en los frutos, la Mujer por la cual vino Nuestro Señor a la tierra y sin la cual no hubiera venido - la Nueva Eva al lado del Nuevo Adán.