La personalidad y las toxicomanías
Por el Sievo de Dios Frank Duff, fundador
de la Legión de María
"Sé dueño de ti mismo", es una frase que se aplica normalmente a la búsqueda de la independencia en el sentido de obrar por cuenta propia, evitando todo papel de sumisión, siendo responsable de sí mismo. Por supuesto que esta idea es fundamentalmente buena. No deberíamos ser mera hiedra que se agarra a las paredes de la vida y que se viene abajo si se retira el soporte.
Pero hay una forma más alta en que debemos ser dueños de nosotros mismos, a saber, interiormente. El dominio de sí mismo en sus diversas formas no es un rasgo destacado. Al examinar nuestra sociedad, casi podría parecer que nadie ejercita el dominio de sí mismo. Da la impresión de que las personas ceden totalmente a sus deseos, algunos de los cuales son legítimos. Pero lo importante es que el que sean legítimos es una feliz coincidencia, pues en la mayoría de los casos cederíamos a ellos, fuesen buenos o malos. No se resiste a los deseos, a los impulsos. Nos dejamos arrastrar por ellos. La mayor parte de las personas son, desgraciadamente, como barco a merced de los elementos. Si poseen la virtud del dominio de sí, no la hacen actuar.
Y, con todo, puede que una persona de esa pobre categoría desempeñe un gran papel en la vida. Cuántos, que son aclamados como grandes por razón de su importante función o de su alta posición, no tienen freno ni carácter en su vida personal. Muy a menudo, cuando uno ahonda, se encuentra en la vida de los grandes algo que no está bien. Mirad en particular a los genios reconocidos como tales, para demostración de esto.
Pero no quiero que esta consideración mía se convierta en un examen general de los defectos de la humanidad, sino que pretendo hacer una aplicación particular a lo que se considera pequeños vicios, aunque ciertamente éstos pueden llevar a uno lejos, incluso al desastre.
Voy a tratar de los hábitos viciosos, en particular de la bebida, del tabaco, de las drogas, etc. El "et caetera" podría llevarnos a un terreno difícil; por eso me contento con la enumeración dada. Perdonad que pase de uno a otro indistintamente.
Se ha perdido totalmente el control de estas cosas. Los gobiernos han llegado a considerarlas como una amenaza para la salud y el orden publico. Después de haberlas mirado benignamente durante mucho tiempo como concesiones legítimas y haberlas utilizado para aumentar la renta publica, esos gobiernos ahora las condenan publicando el testimonio de los médicos respecto a su nocividad y prohibiendo hacer propaganda de las mismas. Peto creo que se puede decir que estas medidas de intimidación están teniendo el mismo afecto que la escoba del rey Canuto para contener la marea ascendente. Explicaré para los no familiarizados con este incidente que el rey en cuestión estaba en su total juicio y usó la escoba para inculcar una enseñanza.
Me pregunto hasta qué punto la gente disminuye su consumo de bebida o tabaco como resultado de estos consejos; sin duda algún principiante que otro se impresiona y tiene el suficiente dominio para echar el freno. La mayoría no disminuye el uso de estos artículos. Parece como si hubiesen traspasado el punto hasta donde ejercen control. Estos no son en verdad dueños de sí mismos.
Se ha de reconocer el hecho de que en determinada etapa del uso de estos productos se ha creado un vicio. Existe una especie de necesidad de los mismos. Parar requiere un grado de resolución que la mayoría no posee. Prefieren sobrellevar los diversos inconvenientes, es decir, el actual de un gasto considerable y el futuro de un quebranto de salud, a sufrir la incomodidad de luchar con el vicio. Esas personas han dejado, en un cierto grado de mandar en sí mismos. En los casos extremos se resignan a ese estado de servidumbre, que es realmente peor que el del esclavo cuya condición puede que esté impedida sólo externamente. Este puede ser un hombre libre en su alma.
Pero el toxicómano no es libre. Su pensamiento está condicionado por su necesidad. Su forma normal de vida ha llegado a depender de aquélla. Si no puede satisfacerla en los intervalos normales se altera hasta el punto de no saber comportarse.
Alguien dirá: "Sí, pero se aplicaría lo mismo a la comida. Tiene que llegarnos a intervalos regulares y no podemos pasar sin ella". Es verdad. Pero existe la diferencia de que la comida es una exigencia natural, mientras que estas otras cosas no lo son. Su deseo es artificial. Fue implantado por el uso de esas poderosas drogas que en cierto momento se insertaron en el funcionamiento normal del organismo de tal manera que se equiparan con los deseos fuertes naturales y tienen que ser satisfechas.
Además, y esto es fundamental, el alimento no requiere cantidades crecientes conforme uno avanza en la vida; posiblemente es al revés. Pero las drogas, sí; y éste es su peligro especial. Progresivamente dejan de producir el estímulo que se ha hecho necesario, y por eso se debe Incrementar la dosis. El grado de toxicomanía crece.
De nuevo puede alguien objetar que uno no se da principalmente a la comida, a la bebida, al tabaco, porque son deseos fuertes, sino porque proporcionan un gran placer. Así es. Pero repito lo que ya he dicho: La comida normal es una necesidad natural. Esas otras cosas son artificiales. Se les ha dado en el sistema nervioso un lugar que en un principio y naturalmente no tenían y que ahora reclaman. Si no se satisface el deseo, molesta sobre manera. Es un alivio el ceder. Pero representa en verdad una mala política crear esa molesta situación, que sería casi lo mismo que producir un dolor que luego sólo se puede aliviar con narcóticos. El origen de ese dolor es puro lujo, pero ¿habría alguien tan loco que produjese primero ese dolor para darse luego ese lujo?
Hacer eso adrede sería como llevar a casa un cachorro de tigre que no se va a poder controlar cuando crezca. Pero hay esta diferencia entre el tigre y la droga; y es que, si se tiene la suerte de ver los primeros signos de salvajismo del tigre, se puede deshacer de él enviándolo al zoo. En el caso de la toxicomanía no se la puede arrancar.
Hasta aquí me he estado refiriendo a casos en que ha sido posible mantener el uso de estas cosas dentro de unos límites, pero eso no es tan fácil, ni tan corriente. Hay personas que son desde luego moderadas, pero aún en esos casos se plantea la pregunta: ¿por que someterse a tal grado, aunque sea pequeño, de coacción y peligro? En el caso de la mayoría de la gente hay una tendencia al exceso que va fortaleciéndose hasta que, por fin, toma posesión del individuo. Están siempre pensando en beber o fumar. Gastan el dinero que es necesario para otros fines vitales; por ejemplo, para sus familias. Sin duda han echado sobre sí una esclavitud. El testimonio médico proporciona innumerables casos en que bebedores aparentemente controlados entraron en un violento delirium tremens, cuando su habitual suministro se corto.
Además existen los casos de falta total de dominio de personas que han deshecho sus vidas bebiendo y a la vez han arruinado la vida de otros. En mis tiempos he conocido un gran número de personas de extraordinaria capacidad, espiritual y de otra índole, que se han convertido en una ruina. En alguno de ellos ha sido realmente un problema de santidad que se frustró. Representó una tragedia para el mundo que contrajeran el vicio.
Por supuesto, la reacción de siempre frente a esto es la afirmación confiada: "Eso no me va a pasar a mí". Nadie que se lance a beber o a un vicio pequeño piensa que perderá su control. ¡El no lo permitirá! Examinad; sin embargo, el número de los que pudieron desembarazarse de él cuando quisieron, y veréis que son relativamente pocos El exceso tiende a introducirse por la fuerza. Los hábitos nerviosos tienden a crecer.
A aquellos que piensan que no tienen peligro porque saben dominar uno de estos hábitos les refiero lo siguiente. En una reciente reunión de cierta Asociación de Médicos un informe afirmaba que las mujeres pueden airosamente jugar con el exceso de bebida hasta la edad de 47 años, en que se hacen drogadictas. Esto es una declaración general y alarmante. Hace distinción entre el hecho de que sean los hombres o las mujeres las que beben, de lo que protestaría el Movimiento de Liberación de la Mujer, pero esto representa probablemente un cumplido. Cuanto más delicado es el sistema nervioso de una persona, más peligro tiene en las drogas. Además, puesto que muchos hombres tienen delicado el sistema nervioso, ¿no podemos suponer que éstos pueden verse esclavizados a cierta edad?
El argumento especial que se usa para fomentar la bebida es que ayuda a la vida social; en otras palabras, que las personas no pueden disfrutar de la compañía de los demás, si no están animados por la bebida. Eso representaría una triste situación, si fuera verdad. E imagino que las personas que se han acostumbrado a la bebida en sociedad no pueden disfrutar sin beber. No hay nadie tan apesadumbrado y con los nervios tan excitados como el hombre que quiere un trago y no lo tiene.
Desde luego la alegría puede parecer firme y frenética mientras corre la bebida. En esas circunstancias la gente se cree ingeniosa y brillante, pero las grabaciones magnetofónicas de tales efusiones han demostrado que no tienen altura y que bien pueden llamarse necedades.
¿Qué decir de las consecuencias de esas alegres reuniones donde normalmente se bebe demasiado? Pues bien, la mortandad de las carreteras se atribuye en gran parte a los conductores excitados. Pero, aunque todos se las arreglen para llegar a casa sin novedad, queda el problema real de que esa excitación desaparece y va seguida de una reacción. De alguna manera se ha de pagar todo aquel regocijo, quizá con mal humor y serios altercados.
Hago este otro comentario a la afirmación de que la bebida es necesaria para hacer que giren las ruedas de la vida social. El personal de los autocares de una empresa de transporte de viajeros, que son contratados a menudo por la Legión para sus salidas, han dicho que los legionarios son las únicas personas que pasan los días alegres sin tener que parar en todos los bares de la carretera.
Semejante a la ilusión de que el alcohol hace a uno ingenioso es esta otra: "Pienso mejor, cuando fumo". Sin duda, puesto que el fumador no puede pensar en absoluto cuando no fuma. Por otra parte, pensándolo bien, ¿no hay un grado de atención que se presta al tabaco y que disminuye, por tanto, la intensidad del pensamiento? Sí a cada momento uno se ve forzado a parar para fumar, ello demuestra que algo ajeno a la concentración anda por la mente.
Otra de las más graves tergiversaciones que sirve para inducir a la gente a beber y fumar es que es una señal de hombría hacerlo; que el hombre verdadero lo hace. ¡Si uno no lo hace es un afeminado! Esto puede tener una fuerza imperiosa en los caracteres más débiles. No sólo en ellos, en todos. Pues, si aquellos a quienes miramos con respeto repiten algo frecuentemente, es natural que nos dejemos guiar por ello.
De esta manera la juventud ha llegado a adoptar la bebida y el tabaco, y el mundo está peor por ello.
Pero hay más. Si el muchacho bebe y luma para imitar a los hombres, las mujeres lo hacen ahora para imitar al sexo masculino. Esta imitación es indigna de ellas y equivale a una esclavitud. El hecho de que sean las debilidades lo que imitan empeora la situación.
He dicho que, cuando el hábito se ha formado, es mas que difícil desarraigarlo. No obstante, una enfermera me dijo una vez que ella fue una gran fumadora hasta que vio por primera vez los pulmones de un fumador fuera de serie. Evidentemente tenía ideas vagas sobre su propio cuerpo, pues la vista de los pulmones sucios y amarillos fue una fuerte impresión y nunca volvió a fumar.
Queda por decir que no se hace caso de las advertencias que los Servicios de Sanidad de las diferentes naciones publican; no hay ningún informe de crisis en la industria de bebidas y tabaco. El consejo médico más reciente que procede del más alto nivel de autoridad gubernamental dice que es un error suponer que el fumar amenaza sólo a los pulmones, es un perjuicio para todo el funcionamiento físico y probablemente juega un papel perjudicial en toda enfermedad y es por eso una maldición para la humanidad.
Me vienen a la memoria muchos casos en que los drogadictos tenían que enfrentarse con la elección: "Dejar el vicio o morir". Y ellos escogieron lo segundo. El presente tormento de la necesidad era peor que la probabilidad más lejana de morir.
Un hombre, por cierto de nobles sentimientos por naturaleza, estaba sufriendo terribles deseos de beber. La única cantidad disponible era la que estaba destinada a su hermana moribunda, que se mantenía viva con repetidas cucharaditas. El se tomó todo dando esta explicación: "Mis necesidades son mayores que las de ella". Fue un acto del que habría sido incapaz, si hubiese sido un hombre libre.
Podría citaros cientos, mejor dicho, miles de casos como éste, en que personas buenas y amables han sido arrastradas por la bebida a realizar actos atroces, completamente ajenos a su carácter.
Aparte de estos casos lamentables digo que beber aún moderadamente podría ser un innecesario riesgo para vuestra realización como personas, ya que es una influencia externa, que en el mejor de los casos puede solamente ejercer un dulce engaño y en el peor puede convertir a una persona en demonio.
Os pongo un ejemplo de lo primero. Un amigo me dijo que su madre, una persona encantadora y abstemia, siempre tomaba medio vaso de whisky antes de ir a confesar todos los sábados por la tarde. Ella decía que le daba una perfecta contrición. Pero se comprenderá que las lágrimas brotaban de la botella.
Es bastante doloroso contemplar al bebedor. Parece incapaz de hacer nada sin un trago previo. Todo se convierte en excusas para echar uno. ¿Cómo puede decir que su voluntad es libre? Si estuviésemos comprometidos en un trabajo sensato e importante, no desearíamos tener a alguien al lado dándonos codazos. Pues en la medida en que estamos sujetos a una necesidad así, tenemos, no al lado, sino en nosotros una fuerza perturbadora. No es un caso de meros golpes con el codo, sino de interferencias en nuestra personalidad. Ya no somos hombres libres. Hemos introducido en nosotros un intruso que está reclamando siempre la atención, que insiste en sus derechos y que se esfuerza por dominarnos. No tenemos el control de nuestra propia casa.
Esto nos lleva a algo de la mayor importancia. Hay una palabra médica que encuentro duro pronunciar, pero que debo intentar decir: Esquizofrenia. Su verdadero significado es el de un estado mental en que las ideas y los actos aparecen disociados los unos de los otros. Se emplea para designar una personalidad desdoblada, casi equivalente a otra persona que se introduce a veces v se hace con el mando, una especie de caso del Dr. Jekyll y del Sr. Hyde. Aquí debo remitiros a la novela de ese título de Robert Louis Stevenson. Con bastante propiedad se produce en el libro por medio de drogas el cambio de una personalidad por otra, la de un bondadoso y culto médico por la de un maníaco criminal, un demonio humano. Es desde luego una historia aplicable en buena parte a lo que estamos diciendo.
La personalidad representa el principio que gobierna en nosotros, y como tal una lógica, una capacidad de concentración, una visión firme. Pero estas cosas no armonizan con un grado incluso moderado de vicio, que irrumpe frecuentemente y exige ser servido. La misma Sagrada Escritura dice que no podemos servir a dos señores.
¿No ha impedido de esta manera el drogadicto el desarrollo de su personalidad?
Y en tal caso, ¿no se ha hecho un daño que podríamos calificar de importante?
Hay, con todo, otro aspecto que tiene aplicación al individuo moderado y que se controla. Es que se da en esos hábitos cierta ofensa a la delicadeza. ¿Podría uno imaginarse a Santa Teresa de Ávila, por mencionar a una de las santas, o a Edel Quinn fumando cigarrillos? Aún menos concebiríamos lo mismo de nuestra Señora.
Estas eran mujeres. ¿Pero podríamos imaginar a San Francisco de Asís o a San Bernardo como unos bebedores moderados? Estaréis de acuerdo en que la idea no encaja. Es una nota que desentona en la armonía de la santidad. No digo que un bebedor o fumador comedido no pueda llegar a ser santo. Me imagino que podríamos encontrar uno en la lista de los santos. Pero sí digo que las dos ideas requieren algún pequeño ajuste entre sí.
Pues la santidad es un asunto de búsqueda decidida. ¿Puede una persona que se ve acosada por fuertes deseos que ella misma ha creado y que es incapaz de resistir, poseer esa resolución? Es una cuestión interesante. Claro que se podría argüir con razón que luchar contra un obstáculo, aunque sea causado por uno y que se ha convertido en una debilidad natural, es fuente de mérito. Mas de nuevo esto se reduce a lo esencial de la discusión: ¿Por qué someternos a algo que puede degenerar en una flaqueza, posible obstáculo para la santidad? Ya que la santidad requiere hacerse violencia de muchas formas. En otras palabras, no os lancéis a ese tipo de entretenimientos. Y si ya lo habéis hecho y sois capaces de liberaros de ellos, hacedlo sin vacilar.
Aquí se puede aducir el argumento de que el organismo requiere algún pequeño estimulo y que antes de que se usase el té o el café, las bebidas correspondientes eran el vino y la cerveza floja. Incluso se prescribían en las reglas de las órdenes religiosas. Así se mantuvieron con cuidado en su justo lugar. Hoy en día el té y el café cumplen ese objetivo de estímulo moderado.
No analizo este asunto desde el ángulo de la virtud que supone dejar del todo de fumar y beber. Sería, por supuesto, un acto de valor renunciar por puro sacrificio y no sólo por cuidar la salud y ahorrar dinero. No es ningún acto de virtud abstenerse de estas cosas, si uno no las desea.
Pero existe esta razón fundamental. ¿Por qué agitar el mal que hierve en lo profundo de cada hijo de Adán y Eva como el fuego violento que se agita debajo de la costra de la tierra y que brota frecuentemente en forma de volcán o terremoto? Nadie se pondría intencionadamente a producir ese efecto en la naturaleza. ¿Por qué hacerlo en plano humano, despertando impulsos prestos a desencadenarse? No obstante, es precisamente lo que hacen las drogas. Tienden a debilitar las barreras que con razón ha levantado la educación para reprimir el mal elemental que hay dentro de nosotros. Es un auténtico caso de jugar con fuego, y no deberíamos ni a distancia calentarnos en ese fuego.