Las Religiones de Oriente
Por el Siervo de Dios Frank Duff, fundador de la Legión de
María
A CUANTO parece, las religiones de la India están ejerciendo un encanto particular; y es que muchas veces no sabemos apreciar el valor de nuestras cosas, y nos volcamos hacia lo desconocido, inconscientes y antojadizos. El cristianismo, a pesar de su espiritualidad y programa sublimes, de su sólida y compacta filosofía, de su historia totalmente documentada, y de sus dos mil años de lucha victoriosa contra toda una serie de corrientes intelectuales nuevas y de religiones que a modo de olas están constantemente irrumpiendo contra él, se halla virtualmente menospreciado, y las multitudes, llenas de ciego entusiasmo, dirigen su mirada hacia Oriente en busca de sensaciones exóticas y de contacto con religiones de las que poco o nada saben.
La prensa de las masas es la responsable de esto. Aparecen artículos que nos hablan de "gurus" (preceptores espirituales indios) y nos los presentan como seres superiores, poseedores de virtudes especiales e impartidores de tesoros espirituales maravillosos. Ahora bien, si se analiza el decir y obrar de esos "gurus", se advertirá al momento algo extraño. Aquello que nos describen los medios informativos no es religión auténtica en el sentido en que nosotros la entendemos; en la mayoría de los casos es puro sensacionalismo.
Ese hinduismo que nos exponen tiene todas las apariencias de ser algo distinto de la verdadera religión. Es una filosofía de autodestrucción; un complicado sistema de control de alma y de cuerpo que no parece estar encauzado a la gloria de Dios, sino a otros fines, que no son lo suficientemente evidentes para nosotros.
Cuando yo era joven, se hicieron ciertas tentativas en orden a introducir el hinduismo en los países de Occidente. La señora Annie Besant fue la primera promotora de esta empresa, y se le asociaron personalidades destacadas, tales como W. B. Yeats, George Russell y otros. Resulta ahora impresionante echar una mirada retrospectiva y constatar lo poco receptivas que fueron aquellas mentes claras respecto al catolicismo, y cuánto les preocupó, en cambio, ser engañadas por una patraña indigna de aplauso. La señora Besant halló en una aldea de la India un joven llamado Krishnamurti, al cual declaró morada de la revelación divina. Se erigió en su protectora, le dio una formación avanzada, y luego lo introdujo en los círculos selectos, donde su mensaje encontró aceptación. Apoyado en la categoría de las recomendaciones de su protectora y en la ilimitada insensatez de los hombres, su fama creció a pasos agigantados, y se fue introduciendo de manera triunfal en los ambientes de la época. La peculiaridad de la personalidad de Krishnamurti puede deducirse por las numerosas, aunque menos espectaculares, imitaciones de que todavía hablan los medios informativos. La pérdida de religiosidad en el protestantismo ha dejado en las multitudes hambre de experiencia religiosa. Al no querer hallarlas en el catolicismo, abren un amplio campo de acción a aventureros de todas clases, que en sucesiones regulares se pasean por el escenario del mundo, causando cada uno de ellos cierta sensación e impacto para luego extinguirse y caer en el olvido.
Krishnamurti llegó a estar de moda entre la gente sin religión de habla inglesa. Como un profeta, iba de un lugar a otro. Sus palabras eran aceptadas como proclamas divinas. La naturaleza de tales proclamas sirvió de modelo a ese lenguaje hermano que hoy prevalece en los círculos "gurus". Eran frases sin sentido para una inteligencia normal. Su finalidad no era ser entendidas, sino causar impacto; y las multitudes que escuchaban quedaban asombradas y atemorizadas. Parecía como si una nueva fuerza cósmica se hubiese introducido y le hubiese sido inyectada a la religión.
Pero he aquí que, en medio de su popularidad, Krishnamurti se quitó la máscara y declaró que no era ningún maestro inspirado. Negó que él tuviese dones divinos, e insistió en que era un simple joven que quería llevar una vida ordinaria, pasarlo bien y vivir tranquilo. Este acto de sinceridad causó una desilusión profunda. Desapareció como un meteoro que atraviesa el cielo. Sin embargo, no hace mucho, pude comprobar, en un artículo de la revista Time, que todavía sigue enseñando en los Estados Unidos.
Me atrevería a decir que el episodio de Krishnamurti fue una lección saludable para aquel sector intelectual que se ocupó de él. Hoy día la clientela que se deja atraer por los "gurus" es menos erudita. No hace mucho me presentaron a dos chicas inglesas de unos veinte años. Un "guru" les impartía enseñanza; luego serían enviadas a la India a completar su instrucción. Eran católicas; pero me dijeron que habían abandonado la práctica de la religión porque no encontraban en ella nada emotivo o edificante. Les aburría la misa; no hallaban en ella ningún estímulo ni nada que las conmoviese. Me di cuenta de ello, y les hablé un poco sobre lo que realmente es la misa. Me esforcé en explicarles cuán desacertado sería introducir en ella modificaciones a cada paso. Manifestaron gran sorpresa ante mis palabras y dijeron que recapacitarían sobre el tema. Una semana más tarde volvieron y expresaron que habían decidido volver a las prácticas religiosas; una había desistido de ir a la India. La otra fue, y ya ha regresado; veremos qué nos cuenta.
Ahora bien, ¿qué iban a aprender en la India? Eso dependería del "guru" encargado de atenderlas. Si se mostraban capaces de caminar por los senderos más excelsos, se les podría enseñar toda la doctrina; algo así como lo siguiente. Escuchen. Voy a exponerles su esencia, recogida de los libros de texto reconocidos. En primer lugar, según dichos libros, no hay objetos, ni pensamientos, ni memoria. Lo único que existe es la conciencia; los objetos cuya presencia surge en la conciencia son sólo una ilusión. Fuera de nosotros no existe nada; todo está dentro. Los pensamientos no pueden relacionarse entre sí. Un pensamiento que ha pasado, ha dejado también de existir. En la acción no se da el pensamiento ni en el pensamiento se da la acción. Y así sucesivamente, con el mismo tono y estilo imaginario.
Supongo que no es necesario insistir en la posibilidad de vivir una vida real que se base en ideas de este tipo. Naturalmente es posible que unos individuos se reúnan y charlen en un lenguaje ritual inteligible que ellos mismos han urdido y logren entender el uso inteligente que cada uno de ellos hace de todo este asunto. Pero conste que no tiene ninguna relación con la vida ordinaria. Imaginen, por ejemplo, a un técnico ocupado en el montaje de esos mecanismos tan tremendamente complicados. Debe comprobar que hasta las piezas más diminutas estén en su lugar; asimismo deberá tener presentes las instrucciones que indiquen la manera de colocarlas. Deberá coordinar sus pensamientos con sus acciones; de otro modo se armará un lío tremendo a la hora de realizar la tarea. Pues dependerá de su inteligencia, memoria y acción y de la relación recíproca entre ellas. Y todo eso con cosas muy reales.
Está bien que esos "gurus" impartan ante auditorios asombrados las enseñanzas sobre la no-existencia y doctrinas parecidas; pero, a la postre, no les quedará más remedio que volver a la vida de cada día, donde son objetos reales los alimentos, la vivienda y el dinero, y donde no puede prescindirse del pensamiento, de la acción ni de la memoria.
Por eso podemos estar seguros de que, si se les habla a estas dos muchachas en esa jerigonza, sólo servirá para confundirlas y hacerlas volver a sus puestos.
No creo tampoco que se dejen, sin más, introducir en el culto a los múltiples dioses indios, como Vishnu, Brahma, Siva, Krishna, con sus respectivas deidades femeninas agregadas. Y esto si que representaría la auténtica religión de la India con proyección e influjo sobre la masa del pueblo.
Las estatuas, las representaciones pictóricas y la literatura popular sobre esas divinidades son manifestaciones de carácter repulsivo; nos las muestran sedientas de sangre, crueles, desacreditadas y con cualidades antidivinas. Nada de lo que se les atribuye puede considerarse iluminativo ni enaltecedor; no se ve en ellas rasgo alguno paternal ni nada capaz de suscitar sentimientos de amor que se parezcan a los que Jesús engendra en sus seguidores. La impresión que uno saca es que son consideradas como espíritus poderosos a los que hay que tener propicios, para así conseguir sus favores.
Sería imposible exponer detalladamente todo lo que esto significa para la gente. Además varía de un lugar a otro, y parece abarcar todas las fases posibles del pensamiento y de las prácticas religiosas. Su exposición comprendería una gama que iría desde las filosofías más abstrusas hasta las puras supersticiones e idolatrías, peculiarmente ligadas a una inmoralidad sistemática.
Aunque el término hinduismo incluye todo esto, no puede describirse como una religión única. Ya he expresado en otra parte la opinión de que es imposible imaginar que semejante conglomerado de ideas tan vastas e indefinidas pueda resistir ante una mentalidad declarada moderna y civilizada, y caracterizada por su vana brillantez, su cinismo y su materialismo. Exponed el hinduismo a los efectos directos de esa atmósfera, y no tardaréis en contemplar su colapso. La rápida difusión de la instrucción en la India no le dejará sobrevivir más de 50 años. Y si no hay nada que lo sustituya, se originará un caos tremendo. El único que podrá asumir este papel de sustitución será el catolicismo. Y estas dos chicas cómo iban a hacer que así fuese si ellas mismas lo desconocían por completo.
Creo que lo único en que podrían ser iniciadas esas dos muchachas sería en la así llamada "meditación" y en el yoga.
Meditación es una palabra que se emplea constantemente al hablar de esas religiones de la India. Y hemos de reparar forzosamente en ella, pues suele emplearse en un sentido equívoco. De todas formas, no es la meditación tomada en el sentido de nuestra acepción corriente. Por meditación entendemos nosotros la consideración de las doctrinas de nuestra fe, y con la ayuda del Espíritu Santo llegamos a una comprensión más profunda de esas doctrinas; no podemos entender la meditación desligada de los actos básicos de la oración, de la adoración, de la acción de gracias, de la reparación y de la súplica.
Sin embargo, nada de esto puede hallarse en la "meditación" que prescribe el misticismo hindú. ¿De qué o sobre qué se va a meditar en una religión de esa índole si sus ideas y sus doctrinas son todo lo contrario que constructivas? Esa meditación de que ellos hablar: Es el concepto opuesto de nuestra meditación; no es, ni mucho menos, meditación. En esa "meditación", de lo que se trata es de vaciar la mente, de esforzarse en reducirla a la inactividad, al quietismo, a una especie de no-existencia.
Debe quedar bien claro que la meta final difiere radicalmente de la nuestra. Según nuestra concepción religiosa, nosotros empezamos a vivir vida de plenitud sólo en el mundo futuro; la vida presente es sólo una prueba y una especie de noviciado y aprendizaje de la verdadera vida con Dios; el cielo será una experiencia sumamente dichosa y feliz, un estado de vida vivida intensamente y en un grado imposible de imaginar. En cambio, entre los hindúes, aun entre aquellos que llevan una vida santa y mortificada, y son muchos, no existe ninguna expectación que se parezca a la nuestra. Lo único que su religión les promete es algo que, a nuestro modo de entender, es una auténtica desilusión; les promete inmortalidad, pero en un estado parecido al del sueño, en el que las facultades del espíritu no desempeñan ningún papel y en el que no es fácil discernir nada que pueda semejarse a lo que llamamos felicidad eterna. La mortificación y los ejercicios piadosos son un repudio del cuerpo, pero sólo para prepararlo para el estado final de olvido y de muerte virtual. Arthur Koestler, brillante investigador del hinduismo, lo resume así: En el cielo hindú no existe ni le espera a nadie un Padre amoroso, ni un Salvador bienhechor, ni una Virgen sonriente.
Ante la concepción del cielo cristiano todo esto es una imperfección, es algo desequilibrado, negativo, imposible de aceptar. La negación del propio ser es lo más opuesto a una glorificación. Y a negación se reduce lo que el hinduismo nos presenta como recompensa máxima a una vida pura, devota y llena de sacrificios. No borra ni aniquila al hombre, pero lo reduce a una condición en la que es como si no existiera. Su ideal parece semejarse al del estado de coma en que viven las personas que han sufrido una lesión cerebral, con la diferencia de que es para siempre. Para la mentalidad cristiana, ésa seria una contemplación horrible. No podemos concebir que un estado que parece de pura rebelión mental pueda considerarse premio a una vida de pruebas, recompensa a una vida santa, expectación ideal, esperanza suprema o interpretación del destino del alma.
Insisto, pues, en que "meditación" es para ellos casi lo contrario de lo que nosotros entendemos con ese término. Es vital que veamos esto, pues el uso constante de esta palabra se presta a muchísimos equívocos. Nos hace pensar que su religión tiene cierto parecido con la nuestra, pero no hay tal.
Y ahora unas palabras sobre el yoga. El yoga es un sistema de prácticas y una disciplina que se supone conduce a la eliminación de sí, o autoeliminación, y al sumergimiento de la mente en un país de ensoñación -pero sin sueños. El yoga es muy antiguo, pero ha sufrido muchas transformaciones; en cada caso, muchos detalles dependerán del "guru" que lo enseñe. El yoga se propone dar a la mente el dominio sobre el cuerpo. Para ello prescribe gran número de ejercicios, que han de ser repetidos indefinidamente; con ellos consigue maravillas en lo que al control de los músculos y de las diferentes funciones del cuerpo se refiere; ahora bien, hasta qué punto tiene esto algo que ver con la religión pura ya es otra cuestión.
Las ocho reglas principales del yoga ortodoxo son:
1) Evitar la compañía humana, el sexo y la violencia.
2) Observar determinadas dietas.
3) Practicar diversas posturas (se especifican 84).
4) Controlar la respiración.
5) Retirarse de sí mismo.
6) Concentración.
7) Meditación.
8) "Samadhi", o suspensión de las actividades del pensamiento.
El yoga comienza con varios procesos purificatorios. Hay que limpiar, por ejemplo, el estómago mediante métodos realmente violentos. Uno de ellos consiste en provocar el vómito por medios artificiales. A este fin, el practicante de Yoga se traga un trozo de tela de unos diez centímetros de ancho y de casi siete metros de largo, y luego se lo saca. Esta práctica es muy recomendada y debe ser realizada durante meses enteros en orden a producir perfección en el que la ejecuta.
Los detalles de algunas prescripciones de este sistema disciplinar son de una naturaleza tan espantosa y extraña que me limito a remitirles a los tratados oficiales. Sencillamente, yo no puedo describirías. Si lo hiciese, ustedes mismos se opondrían. El libro de Arthur Koestler, titulado El loto y el robot, dedica a todo esto muchas páginas y no rehuye la exposición de los pormenores más indignantes, por tratarse de cosas contrarias a la naturaleza. Con la práctica constante del yoga se consigue una habilidad extraordinaria, y puede decirse que la naturaleza se vuelve contra sí misma.
Para poner de relieve la incongruencia de todo esto, imagínense a Santa Teresa de Ávila o a San Francisco de Asís, o a cualquier otro santo, realizando varias horas al día tan brutales ejercicios de acercamiento a Dios.
El yoga se propone el férreo control del pensamiento. Como objetivo general, ese control es digno de encomio; también en el catolicismo lo es. Sin embargo, los métodos del yoga son muy diferentes de los nuestros. El yoga se concentra sobre el cuerpo por el motivo de dominar la mente y luego reducirla al estado deseado de mera conciencia, sin pensamiento ni actividad alguna.
El catolicismo, en cambio, trata de controlar el cuerpo para preservarlo de los excesos y del pecado, mientras que a la vez emplea la mente de manera útil, encaminándola hacia la verdadera meditación. En un sentido, la lógica del yoga coincide con la del catolicismo: ambos se proponen preparar el alma en la tierra para su destino eterno. Pero el futuro anhelado por el yoga es el de un sueño sin sueños. El catolicismo, por el contrario, aspira al cielo cristiano.
A mi juicio, la sicología del yoga es fundamentalmente imperfecta. Seguro que una concentración tan total de la mente sobre el cuerpo no es la táctica adecuada y correcta. Su efecto no puede ser otro que el de hacer que el hombre sea natural en un solo sentido, lo que equivaldría a animalizarlo. Esta condición inferior se esfuerza el Yoga en hacerla permanente al intentar deliberadamente la eliminación de la actividad mental. En razón de la primacía de la mente, esto resulta denigrante. Su enormidad aparece tanto más grande si recordamos los ejercicios antinaturales y degradantes que emplea. Es imposible creer que esto último no contribuya a envilecer y rebajar a la persona humana.
El yoga afirma que su sistema fomenta la salud y que imparte poderes sobrenaturales. Un investigador occidental, que ha dedicado gran parte de su vida a un estudio benévolo e intenso del Yoga, emite este juicio definitivo sobre tal reivindicación:
De milagros, ninguno ha trascendido.
Lo sobrenatural tampoco se ha manifestado.
Pero, aun en el caso de que hubiese manifestaciones sobrenaturales, difícilmente las creería buenas. El método mismo parece una aberración, tanto por los objetivos como por la teoría y por la práctica; además deja margen a la intervención de los espíritus malignos. Y creo que será a éstos a los que haya que atribuir cualquier manifestación extraordinaria que ocurra.
De todos modos, ¿hasta dónde o en qué medida entra la religión en el ritual del yoga? Muchos occidentales que lo han practicado lo consideran tan sólo un avanzado sistema de cultura física. En mis años jóvenes llegué a familiarizarme con el método denominado de "control muscular", que producía su efecto mediante una concentración intensa sobre el músculo en cuestión; naturalmente, al practicarlo, no se me ocurría relacionarlo ni siquiera remotamente con la religión. En sí, el yoga, privado de su ropaje místico oriental, tiene, desde luego, una base racional; si bien sus características antinaturales no tienen por qué hacer de él fuente de salud corporal, sino de todo lo contrario. Porque ¿cómo va uno a imaginar que, de una violación de las funciones naturales y de las leyes ordinarias según las cuales se rige el cuerpo, vaya a originarse salud y fortaleza?
Resumo lo expuesto. Primero: Muchos rechazan desdeñosamente el catolicismo, y, sin embargo, corren inconscientes tras el misticismo oriental. Vemos confirmado una vez más que quien desprecia la verdad, cae forzosamente víctima de la falsedad.
Segundo: Ese misticismo de que tanto hablan es un manojo de anomalías y de contradicciones. Suponen que es una preparación perfecta para la inmortalidad, pero resulta que esa inmortalidad se reduce a poco más que a un profundo sueño.
Tercero: Dicha preparación no ejercita el alma, sino el cuerpo. Naturalmente nos aclaran que el objetivo verdadero que se pretende alcanzar es el del pensamiento, y luego el alma a través del pensamiento. Sin embargo, esa actividad mental que es el pensamiento queda reducida deliberadamente a un estado defectuoso y manco, carente de vida y movimiento; y el mismo destino, pero eterno, se reserva al alma.
Cuarto: Como glorificación de ésa parálisis de la mente emplean ilusoriamente la palabra "meditación", que, como ya hemos dicho, tiene un sentido distinto y opuesto al que le damos nosotros; pues meditación supone actividad, no autoaniquilamiento.
Quinto: Me atrevería a sostener que todo el sistema es antisicológico. Sus divinidades no inspiran amor ni dan buen ejemplo. La meta propuesta no vale la pena. Se puede practicar el programa sin ver en él religión alguna. La misma puesta en práctica tiene una orientación errónea.
Sexto: Los métodos son, a todo más, un ejercicio disciplinar; pero son desagradables.
Séptimo: Todo este asunto se presta a tantas objeciones y tiene argumentos a su favor tan endebles, que difícilmente podrá resistir los embates modernistas, una vez que éstos se dejen sentir en la India con toda su fuerza, cosa que, a mi juicio, no tardará más de 50 años en suceder. El catolicismo será el único capaz de hacer frente a este influjo destructor de los tiempos actuales; pero ¿tendrá la oportunidad de hacerlo? Por lo menos deberíamos aprovechar estos 50 años y dedicarlos a la conversión de la India. Creo estar en lo cierto si afirmo que las autoridades gubernamentales de aquel país, que son personas ilustradas, no verán en nuestro empeño un presagio de mal agüero ni opondrán resistencia al esfuerzo que hagamos por cristianizar su patria.