XXXIII

Deberes básicos de los legionarios 




1. Asistir regularmente y con puntualidad a las juntas del praesidium, Pág. 224.
2. Cumplimiento de la obligación del trabajo legionario, Pág. 225.
3. Informar de viva voz en la junta sobre el trabajo de la semana, Pág. 227.
4. Guardar secreto inviolable, Pág. 227.
5. Cada socio debe tener un cuaderno, Pág. 228.
6. Todos los legionarios deben recitar cada día la Catena Legionis, Pág. 228.
7. Relaciones entre los socios, Pág. 229.
8. Relaciones con el compañero de visitas, Pág. 231.
9. Reclutamiento de nuevos miembros, Pág. 232.
10. El estudio del Manual, Pág. 233.
11. Estar, en cierto modo, siempre de servicio, Pág. 236.
12. El legionario debe unir la oración al trabajo, Pág. 238.
13. Vida interior de los legionarios, Pág. 239.
14. El legionario y la vocación cristiana, Pág. 243.

 

1. Asistir regularmente y con puntualidad a las juntas semanales del praesidium


     (Véase el capítulo 11, Organización interna de la Legión.)

     a) El cumplir con esa obligación cuesta más, naturalmente, estando cansado, cuando hace mal tiempo, y al sentirse tentado de irse a otra parte. Pero ¿dónde está la prueba, sino en la dificultad?, y ¿dónde el mérito sino en vencerla?
     b) Más fácil es apreciar el valor de un trabajo, que el de una junta donde se informa sobre ese trabajo; y, sin embargo, la junta es el deber principal. Es, con relación al trabajo, lo que la raíz respecto de la flor: no pueden vivir uno sin el otro.
     c) La fidelidad en asistir a la junta, aunque sea a costa de largas idas y venidas, es prueba de elevadas miras sobrenaturales; pues, si nos guiásemos sólo por la razón, juzgaríamos que la pérdida de tiempo -ocasionada en esas circunstancias para ir a la junta- anula todo su valor. No, no es tiempo perdido; es una parte -y sumamente meritoria- del trabajo total. ¿Acaso fue pérdida de tiempo el largo viaje de María en la Visitación?

    
"A tantas otras virtudes unió Santa Teresa un ánimo firme y resuelto. Tenía por máxima inviolable que debemos apurar nuestras fuerzas antes de quejamos. ¡Cuántas veces acudía ella a maitines sufriendo vértigos y violentos dolores de cabeza! Aún me quedan fuerzas para andar -solía decir-, así que debo estar en mi puesto. Gracias a esta intrépida energía, hizo actos heroicos" (Santa Teresa de Lisieux).
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2. Cumplimiento de la obligación del trabajo semanal

     a) Debe ser un trabajo serio y sólido, que tenga bien ocupado al legionario durante dos horas cada semana. Pero no hay que guiarse por cifras. Muchísimos socios superan generosamente este mínimo ofreciéndose varios días a la semana. Hay muchos que trabajan legionariamente todos los días. En todo caso, el trabajo realizado ha de ser el desempeño del deber activo semanal justamente como lo concretó y señaló el praesidium, no el capricho del propio legionario. Las oraciones u otros ejercicios de piedad, por valiosos que sean, no satisfacen esta obligación, ni siquiera suplen en parte la falta de trabajo activo.
     b) El trabajo activo no es sino una forma de oración, y hay que aplicarle las reglas de la oración. Ningún trabajo durará mucho si no está encuadrado en este marco sobrenatural, porque, una de dos: o es fácil, y en este caso se hará cansino y monótono; o es interesante, y entonces la mayoría de las veces resultará difícil y estará marcado por las contradicciones y el fracaso aparente. En ambas hipótesis sobrarán razonamientos humanos, aconsejando que se desista de la obra comenzada. En lugar de esto, el legionario tiene que aprender a penetrar con la mirada más allá de la niebla de los sentimientos naturales, y mirará las cosas en su verdadera perspectiva sobrenatural. Cuanto más se parezca su trabajo a una cruz y al sufrimiento, tanto más lo debe apreciar.
     c) El legionario es un soldado. El deber no ha de ser para él cosa de menos valor que para un soldado de la tierra. Todo lo noble, sacrificado, caballeresco y enérgico del carácter militar ha de tener en el legionario de María su más alta representación. Esas cualidades han de reflejarse en su trabajo legionario.

     La muerte, el monótono rondar del centinela, fregar los suelos del cuartel: todo eso entra en el oficio de un soldado; pero no se mira la parte material del deber impuesto, sino el deber como tal, y se procura cumplirlo todo con igual fidelidad. Que salga uno victorioso o derrotado, ¿qué importa? El deber es siempre el deber. Aprenda de aquí el legionario de María: no menos firme ha de ser el concepto que tenga del deber, ni menos rigurosa la aplicación que haga de este concepto a cada obra, tanto a la más insignificante como a la más difícil.

     d) La unión íntima con María es fundamental en todo trabajo legionario. Pero también es esencial que esa obra tenga por fin el infundir -en aquellos por quienes se trabaja- un conocimiento y amor a María tales, que les muevan a emprender algo en su servicio. Sin este conocimiento y amor a María no se puede gozar de buena salud espiritual ni robustecería. La Virgen santísima "está asociada a los divinos misterios, y bien puede llamarse la Guardiana de los mismos, pues sobre Ella, como sobre el más excelso fundamento después de Jesucristo, descansa la fe de todas las generaciones" (San Pío X, AD, 3). Invitamos a los legionarios a meditar sobre estas sugestivas palabras del mismo Papa: "El que trabaja por las almas no las verá fructificar en obras de virtud y santidad, a medida de sus sudores, hasta tanto que la devoción a la augusta Madre de Dios llegue a echar en ellas hondas raíces".

    
"Como nuestro Señor sobre el Calvario, tened en cuenta que estáis luchando con certeza de victoria. No temáis valeros de las armas que Él mismo utilizó, ni compartir sus llagas. Que venga la victoria en esta generación o en la próxima, ¿qué importa? Seguid con la constancia de una labor paciente; de lo demás se ocupará el Señor; no nos toca a nosotros saber ni la hora ni el momento que el Padre ha señalado a su poder. ¡Ánimo, pues! Llevad la carga de vuestra heroica empresa con la intrepidez de aquellos valientes caballeros que os han precedido" (T. Gavan Duffy, El precio del naciente día).
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3. Informar de viva voz en la junta sobre el trabajo de la semana

     Este deber es muy importante, y es además uno de los ejercicios que más contribuyen a mantener el interés en la obra de la Legión. Para esto, y para la formación de los socios, exige la Legión que se dé un informe de viva voz. Se conoce la eficacia de un buen legionario en el cuidado que pone en preparar sus informes y en el modo de presentarlos. Cada informe es un sillar en el edificio de la junta, y la solidez de ésta depende de la perfección de los informes. Cada informe no hecho o mal hecho es una injuria a la junta, que es el centro de la vida legionaria.
     La formación de los socios depende en gran parte de ver cómo actúan los demás, y esto es lo que se manifiesta en los informes; y depende también de saber escuchar los comentarios de los demás a su propio informe. Un informe sin contenido no aprovecha ni a quien lo da ni a quienes lo reciben.
     Para más detalles sobre el informe, y sobre el modo de redactarlo, véase el párrafo 9 del capítulo 18, Orden de la junta del praesidium.

    
"Recordad con qué insistencia exhorta San Pablo a los cristianos a socorrer y tener presentes en sus oraciones a todos los hombres; porque Dios quiere que todos los hombres se salven..., porque Cristo se dio a sí, mismo en rescate por todos (1 Tim 2, 6). Y este principio de la universalidad de nuestro deber y de su objeto aparece también en estas sublimes palabras de San Juan Crisóstomo: "Cristianos, daréis cuenta no sólo de vosotros mismos, sino del mundo entero"" (Gratry, Las fuentes).
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4. Guardar secreto inviolable

     Los legionarios deben guardar secreto absoluto sobre todo lo que conozcan en las juntas o en el ejercicio de su trabajo. Este conocimiento les viene porque son legionarios, y, si lo divulgasen, sería una traición intolerable a la Legión. Hay que informar en la junta, ciertamente; pero aun aquí es menester prudencia. Se trata esta cuestión más ampliamente en el número 20 del capítulo 19, La junta y el socio.
     Guarda lo que se te ha entregado en depósito (1 Tim 6, 20).
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5. Cada socio debe tener un cuaderno

     En él apuntará una breve relación de los diversos casos, por estas razones: a) es un deber para con la Legión el llevar cada obra con la precisión y el esmero con que se lleva un negocio; b) así no se olvidarán casos anteriores o que estén sin terminar; c) será un arsenal de detalles indispensables para dar buenos informes; d) será un medio de habituarse a hacer las cosas con orden; y e) como constancia escrita de un trabajo realizado, servirá para disipar el desaliento en los momentos de alguna inevitable crisis, en que todo lo pasado se presenta envuelto en la oscuridad del fracaso presente.
     Es necesario llevar estos apuntes con secreto -inventando, a ser posible, una especie de clave, para no descubrir a personas extrañas cosas delicadas. Y nunca se deben tomar notas delante de las personas interesadas.
     Hágase todo con dignidad y con orden (1 Cor. 14, 40).
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6. Todos los legionarios deben recitar cada día la Catena Legionis

     Está compuesta principalmente del Magníficat. Salido de los labios de María misma, es ahora el himno vespertino de la Iglesia; es "el más henchido de humildad y agradecimiento, el más sublime y excelso de todos los cánticos" (San Luis María de Montfort).

     Como ya lo indica el nombre, esta cadena es el vínculo que une a la Legión con la vida diaria de todos sus miembros activos y auxiliares, y a los miembros entre sí y con su bendita Madre. El nombre sugiere también la obligación de rezarla cada día. Para que una cadena sea perfecta no ha de faltar ningún eslabón: un solo legionario que falte a su obligación en este punto es un eslabón roto en la cadena de la devoción legionaria. Y que sirva esto de aviso a todos.
     Los legionarios que, por fuerza de las circunstancias, se hayan visto obligados a dejar las filas legionarias -y aun aquellos que hayan salido por cualquier motivo- deberían continuar con el rezo diario de la catena, conservando durante toda su vida siquiera esta unión con la Legión.

    
"Cuando quiera conversar familiarmente con Jesús, lo haré siempre en nombre de María, y, hasta cierto punto, en su persona. Por mi medio quiere Ella volver a vivir esas horas de dulce intimidad y de inefable ternura que pasó en Nazaret con su amado Hijo. Con mi ayuda quiere deleitarse de nuevo en tratar con Él; gracias a mí le abrazará y le estrechará contra su corazón, como entonces en Nazaret" (De Jaegher, La virtud de la confianza).
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7. Relaciones entre los socios

     Aunque muy dispuestos a cumplir el deber de la caridad para con sus compañeros de un modo general, olvidan los legionarios a veces que ese deber incluye el sobrellevar sus defectos. Si fallan en esto, serán causa de que el praesidium se vea privado de la gracia, y hasta puede ser que, desgraciadamente, den motivo a otros socios para marcharse.
     Por otra parte, todos deberán tener bastante juicio como para darse cuenta de que su fidelidad a la Legión no ha de depender de si este presidente es simpático o aquel compañero poco tratable; ni de una desatención real o imaginaria, que pueda cometerse contra ellos; ni de faltas de aprecio, desavenencias, reproches u otras contrariedades análogas.
     El olvido de sí mismo debe ser la base de toda obra solidaria; sin él, hasta los apóstoles más comprometidos pueden ser un peligro para la organización. Los socios más valiosos de la Legión son aquellos que, controlando sus reacciones instintivas, se adaptan mejor y más fácilmente al reglamento. Todo aquel que diga o haga cualquier cosa en contra de la dulzura que debe caracterizar a la Legión, le da una puñalada, tal vez en el corazón mismo. Cuiden, pues, todos, de construir, no de destruir.
     Al tratar de las relaciones de los legionarios entre sí, hay que hacer particular mención de lo que con tanta ligereza como incorrección se llaman pequeñas envidiejas. La envidia, de suyo, raras veces es cosa pequeña: es indicio de un corazón amargado; envenena las relaciones humanas donde quiera que penetra. En el malicioso se convierte en una fuerza destructiva, capaz de llegar a los mayores excesos. Pero también tienta al corazón generoso y limpio, precisamente en lo que éste tiene de más sensible y afectuoso. ¡Qué duro, tener que dejar el puesto a otros, verse aventajado en virtud y en capacidad, arrinconado y reemplazado por los jóvenes! ¡Cómo amarga el sentimiento de verse eclipsado! Hasta las personas más espirituales han sentido este secreto tormento, y han aprendido por ahí cuán débiles y miserables eran. En realidad, esa amargura no es sino el incipiente humear del odio, próximo a estallar en llama destructora.
     El olvidar las causas de la envidia proporcionará algún alivio; pero el legionario tiene que aspirar a más: no contento con recobrar la calma, tiene que lograr el laurel de la victoria, triunfando sobre los instintos naturales siempre rebeldes, cambiando el semiodio de la envidia en un amor medularmente cristiano. Pero ¿cómo conseguir este triunfo? Cumpliendo estrictamente la ordenanza legionaria de ver y reverenciar en cada uno de sus compañeros -y en todos cuantos le rodean- a su Señor Jesucristo; oponiendo a cada impulso de la envidia esta reflexión: "Esa persona que me duele ver ensalzada es mi Señor; luego he de sentir como el Bautista: Mi gozo ha llegado a su colmo porque Jesús está ensalzado, aunque sea a costa mía. A él le toca crecer; a mí, menguar".
     Ideales como éstos son verdaderamente santos; son las primicias de un glorioso destino, y dan ocasión a María para que Ella libre de todo rastro de vanidad a un legionario suyo, de quien se quiere servir para llegar a muchos (Jn. 1, 7), para formar en él a un precursor desinteresado que prepare el camino a la venida del Señor (Mc. 1, 2).
     Un precursor debe desear siempre quedar eclipsado por aquel a quien anuncia. El verdadero apóstol verá siempre con agrado el adelantamiento de los que le rodean; jamás se le ocurrirá interpretar el crecimiento ajeno como menoscabo propio. Por consiguiente, no tiene nada de apóstol quien quiere que suban los demás sólo a condición de que no le hagan sombra a él. Semejante ruindad demostraría que el yo está muy vivo para salirse con la suya, cuando, en el apóstol, el yo debe estar relegado al último puesto. Es de todo punto imposible que haya verdadero apostolado donde ande suelto el espíritu de la envidia.

    
"Al proferir sus primeras palabras de respeto y cariño, da María el primer impulso santificador en esas dos almas, purificándolas, regenerando al Bautista y ennobleciendo a Santa Isabel.
Si tan grandes cosas obraron aquellas primeras palabras, ¿qué diremos de los días, semanas y meses que siguieron después? Durante todo este tiempo María está dando, Isabel recibiendo, y -¿por qué no decirlo sin rodeos?- recibiendo sin envidia. Esa santa, a quien Dios concedió milagrosamente el don de la maternidad, se inclina delante de su prima sin la más leve sombra de amargura por no haber sido ella la escogida del Señor. Ni tuvo Santa Isabel envidia de María, ni María misma será capaz de tener envidia del amor que mostrará su divino Hijo hacia sus apóstoles. Lo mismo San Juan Bautista: cuando sus discípulos le dejan a él para irse con Jesús, sin asomo de envidia los ve marcharse, y su único comentario es: Quien viene de arriba está más alto que nadie. A Él le toca crecer, a mí menguar (Jn. 3, 30-31)" (Perroy, La humilde Virgen María).

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8. Relaciones con el compañero de visitas


     Los legionarios tienen deberes esenciales que cumplir para con los que les acompañan en las visitas. Los envió delante de Él de dos en dos (Lc. 10, 1). Aquí el número dos tiene una significación mística: el amor, la caridad; del amor depende toda fecundidad; es decir, "dos" no significa simplemente que hay dos personas trabajando juntas por casualidad, significa la unidad de dos, como la de David y Jonatan: dos corazones fundidos en uno solo, amando el uno al otro como a su propia alma (1 Sam. 18, 1).
     Los que entren a segar la mies con este espíritu, verán llover sobre ellos las bendiciones de lo alto, y, al volver de sus faenas, volverán cantando, trayendo sus gavillas (Sal. 126, 6).
     En los pequeños detalles es donde se manifestará y se estrechará más la unión entre los dos compañeros de visita. Porque hay detalles que levantan una barrera entre los dos: promesas no cumplidas, infidelidad en guardar un compromiso, la falta de puntualidad, fallos contra la caridad por pensamiento y de obra, pequeñas descortesías, el darse tono... Si suceden estas cosas, la unión es imposible.

    
"Después de la disciplina religiosa, la más rica prenda de bendiciones y de fecundidad para una congregación religiosa es la caridad fraterna, la armonía de la unión. Como hijos privilegiados y escogidos de María que somos, hemos de amar a todos nuestros hermanos, sin exceptuar a ninguno. Lo que hiciéramos a cualquiera de ellos, lo mirará María como hecho a Ella misma, o como si se lo hubiésemos hecho a su Hijo Jesús: todos nuestros hermanos están llamados por su vocación a ser, con Jesús y en Jesús, verdaderos hijos de María" (Breve tratado de Mariología).
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9. Reclutamiento de nuevos miembros

     Todo legionario deberá procurar nuevos miembros. Si está convencido de que la Legión es una bendición para él, ¿puede no esforzarse para que también otros disfruten esa bendición? Si ve el mucho bien que la Legión hace dondequiera que funciona, ¿cómo no trabajar para extenderla?
     Y, si reflexiona en lo mucho que la Legión ayudará a los demás a progresar en el amor y servicio de Jesús y María, ¿podrá permanecer inactivo? Piénselo bien: después de Jesús, no hay gracia mejor ni mayor que María. Dios la ha hecho -dependiente de Cristo e inseparable de Él- raíz, desarrollo y florecimiento de la vida sobrenatural.
     Si no se acerca uno a los demás para animarles, serán muchos los que jamás pensarán en entrar por este camino real, que interiormente anhelan, y que les conducirá a la posesión de tan grandes gracias. Luego, éstos las difundirán entre otros.
          A todos los mortales ábrense
          una vía -y muchas- y una vía;
          y el alma noble sube a la Alta Vía,
          y el alma vil rastrea por la Baja,
          y en medio, en las llanuras anubladas,
          fluctúan las demás.
          A todos los mortales ábrense
          una alta vía y una baja vía,
          y cada ser humano determina
          por cuál el alma ira.
                                              (John Oxenham)
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10. El estudio del Manual

     Cada socio tiene el estricto deber de estudiar este Manual a conciencia, y el de compenetrarse con él en cuanto pueda. Es el texto oficial de la Legión. Contiene en resumen -lo más brevemente posible- todo cuanto debe saber el legionario sobre los principios, leyes, métodos y espíritu de la Legión de María, para cumplir bien su misión. Aquellos socios -sobre todo los oficiales- que no conozcan bien el Manual, no podrán hacer funcionar la organización como es debido; por el contrario, cuanto más lo conozcan, mejor marchará; y se verificará un fenómeno extraño: el interés irá aumentando día a día, y la calidad con la cantidad.
     ¡Demasiado largo!, exclaman algunos, y -por absurdo que parezca- precisamente los que no tienen reparo en dedicar al periódico todos los días un tiempo que bastaría para leer la mayor parte de este Manual.
     ¡Demasiado extenso!, ¡demasiados detalles!... ¿Diría esto un buen estudiante de leyes o de medicina, o un cadete militar, si le presentásemos un libro de texto tan reducido como éste, en el que estuviera condensado cuanto le importa saber para salir airoso en su profesión? Lejos de decir o pensar así, en una o dos semanas se lo habría aprendido de memoria, hasta la más pequeña idea y hasta la última letra de todo el tratado. Ciertamente que los hijos de este mundo son más astutos para sus cosas que los hijos de la luz (Lc. 16, 8).
     Y se pone la objeción de que "el manual está lleno de conceptos difíciles y de temas de grado superior", de forma que muchos de nuestros miembros más jóvenes y menos preparados apenas lo pueden entender. Entonces, ¿por qué no contar con un manual simplificado para tales personas? Ni que decir tiene que tal sugerencia es contraria a las leyes básicas de la educación, las cuales exigen que al estudiante se le vaya adentrando gradualmente en territorio desconocido. No existe en absoluto educación si una persona entiende del todo una cosa desde el principio; y cuando ya no se propone algo nuevo a la mente, el proceso de educación ha cesado. ¿Por qué ha de esperar un legionario entender el manual perfectamente, de manera distinta y mejor que un estudiante su primer libro de texto? Es función de la escuela y del sentido general de la educación el aclarar lo que no está claro e implantarlo en el alumno como conocimiento adquirido.
     Pero ¡las palabras mismas son difíciles! ¿Y acaso no se pueden aprender? El vocabulario del Manual no es de especializados, y se podrá dominar haciendo preguntas o consultando un diccionario. Son palabras necesarias para exponer plenamente los principios espirituales y otras normas básicas de la Legión, y todo legionario necesita conocer bien sus deberes para consigo mismo y para con su fe católica. De hecho, es el vocabulario del diario que todo el mundo lee. ¿Quién oye decir que los periódicos deberían simplificarse?
     Lo dicho respecto del vocabulario del Manual se aplica igualmente a las ideas en él contenidas. "No puede haber en la doctrina de la Iglesia un cuerpo esotérico de enseñanzas, sólo al alcance de los pocos" (Mons. McQuaid, arzobispo de Dublín). Es un hecho que innumerables legionarios, personas corrientes y aun incultas, han comprendido perfectamente estas ideas y las han convertido en el meollo y sostén de sus vidas. Ni hay que considerar estas ideas como un mero acervo cultural: comprenderlas bien -al menos en cierto grado- es del todo necesario, si se quiere ejercer el apostolado como es debido, pues no son más que principios comunes, que contribuyen a la vida misma del apostolado. Si no se comprenden estos principios suficientemente, el apostolado se vería privado de su verdadero sentido, de sus raíces espirituales, y tales apóstoles ni siquiera tendrían derecho a llamarse cristianos. Tanto dista el apostolado cristiano de una campaña indefinida "para hacer el bien" como el cielo de la tierra.

     Por lo tanto, las ideas de este Manual sobre el apostolado han de ser bien asimiladas, y el praesidium tiene que hacer las veces de maestro. Esto se conseguirá mediante la lectura espiritual y la allocutio, y estimulando a los legionarios a que lean metódicamente el Manual y lo estudien. El conocimiento no ha de quedar en el terreno de la teoría. Cada trabajo activo debe estar inspirado en su correspondiente principio doctrinal, para que adquiera así un sentido espiritual.

     En cierta ocasión le preguntaron a Santo Tomás de Aquino cómo se podría llegar a ser sabio, y contestó: "Lee un libro, uno. Todo lo que leas u oigas, procura entenderlo bien. Alcanza la certeza en lo dudoso". El maestro de la sabiduría no señalaba ningún libro en particular, estaba pensando en cualquier libro digno que tratara de comunicar conocimientos. Por consiguiente, los legionarios podrán tomar sus palabras como un estímulo para hacer un estudio completo de este Manual.

     Asimismo, el Manual es útil como medio de catequesis, pues presenta la fe de forma sencilla y asequible, siguiendo así la norma dada por el Concilio Vaticano.


    
"Aunque consideraba la ciencia como resultado de una ilustración interior, San Buenaventura se daba cuenta de la labor que implica el estudio. Y, citando a San Gregorio, aducía como ejemplo el milagro de las bodas de Caná: Cristo no sacó el vino de la nada, mandó a los sirvientes que llenasen primero las ánforas de agua. De igual modo, el Espíritu Santo no concede inteligencia y ciencia sobrenatural al hombre que no llene primero su ánfora -es decir, su mente- con las ideas sacadas del estudio. Sin esfuerzo no puede haber iluminación del entendimiento. La inteligencia de las eternas verdades es recompensa de un laborioso estudio, del cual nadie puede quedar exento" (Gemelli, Mensaje franciscano al mundo).
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11. Estar, en cierto modo, siempre de servicio

     En cuanto se lo permita la prudencia, el legionario debe intentar animar con el espíritu de la Legión todos los quehaceres comunes de su vida; y estar bien atento para promover en toda ocasión los fines generales de la misma: destruir el imperio del mal hasta en sus cimientos, y, sobre las ruinas, implantar el estandarte de Cristo Rey.
     "Un hombre te encontrará por la calle y te pedirá un fósforo. Ponte a hablar con él, y a los diez minutos te estará preguntando sobre Dios" (Duhamel). Pero ¿por qué no asegurarse de ese contacto vital adelantándose a pedirle el fósforo?
     Se entiende y se practica el cristianismo en un sentido incompleto: como una religión individualista dirigida exclusivamente al provecho de la propia alma, sin preocuparse, en lo más mínimo, del prójimo; y esto se ha hecho tan común que ha cristalizado en costumbre. Éste es el "cristiano de semicírculo", tan reprobado por el Papa Pío XI. Claramente se ve que el precepto de amar a Dios con todo nuestro corazón y con toda nuestra alma y con toda nuestra mente, y al prójimo como a nosotros mismos (Mt. 22, 37-39), ha sonado en oídos que se obstinan en permanecer sordos.
     Prueba de este concepto gravemente erróneo sería el mirar las normas legionarias como cosas de santos, siendo así que no pasan de normas cristianas ordinarias. No se puede estar a tan bajo nivel, y al mismo tiempo pretender que se ama al prójimo con ese amor activo que impone el Gran Precepto; además, el amor al prójimo es uno con el amor de Dios, y, si faltare, la idea cristiana de Dios quedaría mutilada. "Hemos de salvarnos juntos. Juntos hemos de ir a Dios. ¿Qué nos diría Dios si fuéramos algunos a Él sin los demás?" (Péguy).
     Hay que prodigar ese amor a todos los hombres, sin distinciones, como individuos y colectivamente, y no por sentimentalismo, sino como servicio y sacrificio personal. El legionario ha de ser la personificación atrayente de este cristianismo verdadero. Si no brilla la Verdadera Luz ante los hombres por medio de ejemplos prácticos del vivir cristiano auténtico, no sólo hay peligro, sino certeza, de que esa Luz no se reflejará en las costumbres del común de los católicos. Estas costumbres podrán descender a un nivel tal, que, aunque librándose de la condena eterna, presentarían al mundo un cristianismo despojado de su carácter noble y generoso: este cristianismo estaría irrisoriamente en el extremo opuesto de lo que debería ser, y sería incapaz de atraer ni de retener a nadie.
     Servicio significa disciplina. Estar siempre de servicio equivale a mantener la disciplina sin bajar la guardia en ningún momento. Así, pues, en su modo de hablar, vestir, andar, en todo su porte, puede mostrar el legionario suma sencillez, pero nunca la menor falta al decoro. Los que trabajan activamente son observados por los demás con rigurosidad, y lo que en otros apenas llamaría la atención, en un legionario de María será tenido como una bajeza, y malogrará gran parte de su trabajo apostólico. Es muy natural exigir a quien predica que vaya delante con el ejemplo.
     Pero aquí, como en todas las cosas, ha de prevalecer el buen juicio. Los bien intencionados no deben retraerse del apostolado por sentir su propia flaqueza: seria acabar con toda labor apostólica. Tampoco teman que les tilden de hipócritas cuando aconsejen una perfección que ellos mismos no posean. Dice San Francisco de Sales: "No es ser hipócrita hablar uno mejor que obra. Si así fuera, ¡Dios mío!, ¿dónde estaríamos? Tendríamos que callarnos".

    
"La Legión de María trata sencillamente de vivir un catolicismo normal. Decimos normal; no decimos común. Hoy se tiende a pensar que el católico normal es el que practica su religión exclusivamente para su propio provecho, sin tomar ningún interés práctico en la salvación de sus hermanos. El juzgar así sería hacer una caricatura del católico de verdad, y aun del mismo catolicismo. El catolicismo corriente no es un catolicismo normal. Parece que ha llegado el momento de someter a riguroso examen, a un proceso revisador, esta noción prevaleciente de buen católico o católico que practica. No es uno católico si no alcanza un cierto mínimo apostólico, y este indispensable mínimo, del cual dependerá el Último Juicio, no lo alcanzan en la actualidad la mayoría de los que se dicen católicos prácticos. En esto hay una situación trágica; en esto hay una falta de comprensión fundamental" (Cardenal Suenens, La teología del apostolado).
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12. El legionario debe unir la oración al trabajo

     Aunque los miembros activos de la Legión no están obligados más que al rezo diario de la Catena Legionis, les exhortamos apremiantemente a incluir en su programa diario todas las oraciones contenidas en la téssera. Porque, si los socios auxiliares lo tienen por obligación, sería un reproche para los activos que ellos no hicieran lo que otros están haciendo. Cierto que los auxiliares no trabajan activamente, pero también es verdad que mejor sirve a la Reina de la Legión un auxiliar que ora, aunque no trabaje, que un activo que trabaja pero no ora. Este último obra contra todas las intenciones de la Legión, la cual concibe a los legionarios activos como la punta de la lanza, y a los auxiliares sólo como el asta.
     Es más: el fervor y la perseverancia de los auxiliares estriba grandemente en la convicción de ser ellos el complemento de un servicio sacrificado y heroico, muy superior al suyo. Por eso mismo el socio activo debería servir de ejemplo al auxiliar; pero si el activo no cumple siquiera con el deber de piedad exigido al auxiliar, y si, además, le deja en dudas de quién está sirviendo mejor a la Legión, poco inspirador será su ejemplo.
     Todo legionario, activo o auxiliar, debería inscribirse en la Cofradía del Santísimo Rosario. Los beneficios serían muy grandes (véase el apéndice 7).

      
"En todas nuestras peticiones invocamos -por lo menos implícitamente- el santo nombre de Jesús, aunque no digamos expresamente las palabras por nuestro Señor Jesucristo; porque Él es el mediador necesario a quien hemos de presentar todas nuestras demandas. Además, cuando el suplicante se dirige a Dios Padre directamente, o cuando confía su petición a un ángel o un santo sin invocar el santo nombre de María, hay que decir respecto de la santísima Virgen lo que decimos de su divino Hijo: así como su nombre es invocado implícitamente siempre, por ser Él nuestro único Mediador necesario, así también es invocado implícitamente en todas nuestras oraciones el nombre de su benditísima Madre, que está asociada con Él. Siempre que pidamos a Dios, pedimos virtualmente a María. Siempre que dirijamos nuestras peticiones a Cristo como hombre, por el mismo hecho le suplicamos a Ella. Siempre que pidamos a un santo, le pedimos a Ella" (Canisio Bourke, OFM - Cap., María).
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13. Vida interior de los legionarios

     "Ya no soy yo quien vive -dice el apóstol-, sino Cristo es quien vive en mi" (Gál. 2, 20). La vida interior significa que nuestros pensamientos, deseos y sentimientos convergen en nuestro Señor. El modelo para conseguir este estado de vida es María. Ella, que avanzó constantemente en el camino de la santidad en busca de un progreso espiritual, es fundamentalmente progreso de caridad y de amor, y la caridad fue creciendo en María durante toda su vida.
     "Todo cristiano, en cualquier estado o momento de su vida, está llamado al cumplimiento de una vida cristiana y a la perfección en el amor. A todos los fieles se nos invita y obliga a buscar la santidad y la perfección en nuestro propio estado de vida" (LG, 40, 42). La santidad es un objetivo práctico. "Todo, en la santidad, consiste en amar a Dios, y todo el amor a Dios consiste en hacer su voluntad" (San Alfonso María de Ligorio).
     "Para poder descubrir la verdadera voluntad del Señor en nuestras vidas hay que tener presente lo siguiente: hay que saber escuchar y recibir la palabra de Dios y de la Iglesia, ser un ferviente y constante orante, recurrir a una prudente dirección espiritual, y hacer un fiel balance de los dones que Dios nos ha dado, así como de las distintas situaciones sociales e históricas que, como cristianos, tenemos que vivir (CL, 58).
     La formación espiritual de los legionarios, a nivel de praesidium contribuye notablemente al desarrollo espiritual del legionario; pero ha de señalarse que esta ayuda espiritual es colectiva. Teniendo en cuenta que cada miembro es una persona única, con sus necesidades personales, es de desear que la ayuda colectiva sea complementada con la ayuda individual y, consecuentemente, que cada uno de los miembros de nuestra comunidad cristiana sepa aprovecharse de "una dirección espiritual prudente y desinteresada" (obra citada).
     Existen tres requisitos necesarios para llevar una vida cristiana, que son: la oración, la mortificación y los sacramentos, y estos tres requisitos están conectados entre sí.

     a) La oración

     Ésta ha de darse tanto a nivel personal como público, porque nuestra naturaleza posee tanto la condición individual como la social. El deber para con el culto nos obliga fundamentalmente como individuos, pero la comunidad, unida por lazos sociales, también está unida por ese culto a Dios. La liturgia, como la misa y el Oficio Divino, son el culto público de la Iglesia. Sin embargo, el Concilio Vaticano II comenta: "El cristiano está llamado a rezar con otros, pero también debe entrar en su habitación a rezar al Padre en secreto; es más, de acuerdo con las enseñanzas del apóstol, debe rezar sin descanso" (SC, 12). En las formas privadas de oración se incluyen "meditación u oración mental, examen de conciencia, retiros, visitas al Santísimo, y devociones especiales a la Virgen María, sobre todo, el rosario" (MD, 186). "Alimentando la vida espiritual del cristiano, se conseguirá que este tome parte con gran aprovechamiento en todas las funciones públicas, y evitará que las oraciones litúrgicas degeneren en una ceremonia vacía de contenido" (ibíd., 187).
     La lectura espiritual en privado, así como el desarrollo de las convicciones cristianas, ayuda a una vida de oración. Es preferible leer el Nuevo Testamento, con adecuados comentarios católicos (cf. DV, 12) y místicos clásicos, elegidos de acuerdo con las necesidades y condiciones de cada uno.
     Aquí es donde una "prudente" dirección es especialmente importante. Una buena introducción en la vida espiritual la pueden proporcionar las vidas bien escritas de santos. Proporcionan una directriz que podría conducimos a la santidad y el heroísmo. Los santos son las doctrinas y prácticas de santidad hechas visibles. Si frecuentamos su compañía, pronto llegaremos a imitar sus cualidades.
     Cada legionario debería, a ser posible, hacer un retiro en régimen de internado una vez al año. El fruto de esos retiros y recogimientos es una visión más clara de nuestra vocación en la vida y un deseo más vehemente de seguirla fielmente.

     b) Mortificación o auto-negación

     Significa liberarse de uno mismo para seguir a Cristo y vivir su vida en nosotros y compartir esa vida más plenamente. Es autodisciplina, con el fin de amar a Dios y a los demás a través de Dios. Esta necesidad surge porque, por el pecado original, se oscurece nuestro entendimiento, se debilita nuestra voluntad, y nuestras pasiones nos llevan fácilmente a pecar.
     El primer requisito es el desear cumplir con lo que establece la Iglesia con respecto a los días y tiempos de penitencia, y cómo han de observarse estos días y tiempos. El sistema de la Legión, seguido adecuadamente, nos proporciona un valioso entrenamiento en cuanto a mortificación se refiere.
     Después de eso viene la perfecta aceptación -porque viene de las manos de Dios- de las cruces, fatigas y sinsabores de la vida. Por supuesto, está el problema de controlar nuestros sentidos, especialmente con respecto a lo que podemos permitirnos ver, oír o decir. Todo esto ayuda a controlar los sentidos internos de memoria e imaginación. La mortificación lleva también consigo la lucha contra la pereza, estados de ánimo y actitudes egoístas. Una persona mortificada será cortés y agradable para aquellos que conviven con ella, tanto en casa como en el trabajo. El apostolado personal, que es la amistad llevada a su conclusión lógica, lleva consigo la mortificación, porque significa preocuparse por mantener el afecto de nuestros amigos con amabilidad y delicadeza. Me he convertido en todo para todos -dice San Pablo-, para poder salvar aunque sólo fuera uno solo (1 Cor. 9, 22). Los esfuerzos que se necesitan para descubrir peligrosas tendencias y cultivar buenos hábitos, sirven también como expiación por nuestros pecados y los pecados de los demás en el Cuerpo místico. Si Cristo sufrió por nuestros pecados, es justo que seamos solidarios con él; si Cristo, siendo inocente, pagó por nuestras culpas, por supuesto que nosotros, como culpables, tenemos que hacer algo por nosotros. Cada manifestación clara de pecado debe inspirar al cristiano a llevar a cabo acciones de reparación.

     c) Sacramentos

     La unión con Cristo tiene su origen en el Bautismo, su desarrollo posterior en la Confirmación y su realización y alimentación en la Eucaristía.
     Como quiera que estos sacramentos han sido tratados en otra parte del Manual, aquí haremos mención del sacramento en el que Cristo continua ejerciendo su infinito perdón a través de aquel que actúa en su nombre: el sacerdote católico. A este sacramento se le conoce con varios nombres: confesión, penitencia, reconciliación. Confesión, porque es un sincero reconocimiento de los pecados cometidos; penitencia, porque denota un cambio; y reconciliación, porque, a través del sacramento, el pecador se reconcilia con Dios, con su Iglesia y con la humanidad. Está estrechamente unido al sacramento de la Eucaristía porque el perdón de Cristo nos llega a través de su muerte, la misma muerte que celebramos en la Eucaristía.
     Que cada legionario aproveche la invitación de Cristo para encontrarse en Él en este sacramento de reconciliación, y que lo haga frecuente y regularmente, "porque por medio de él crecemos en el verdadero conocimiento de nosotros mismos y en humildad cristiana, los malos hábitos quedan desarraigados, se evita la negligencia y apatía espirituales, se purifica la conciencia, se fortalece la voluntad, se consigue una saludable dirección espiritual y se aumenta la gracia por la eficacia del propio sacramento" (MC, 87). Experimentando los beneficios del sacramento de la reconciliación, los legionarios se verán estimulados a compartirlo, invitando a los demás a la confesión.
     En resumen, la salvación de almas y su santificación, al igual que la transformación cristiana del mundo, llegan sólo como consecuencia de la vida de Cristo en las almas. De hecho, éste es realmente el punto vital.
     "La espiritualidad mariana, así como su correspondiente devoción, encuentran una fuente muy rica en la experiencia histórica del individuo y de las diversas comunidades cristianas presentes entre los diferentes pueblos y naciones del mundo. A este respecto, me gustaría llamar la atención, entre los muchos testigos y maestros de esta espiritualidad, sobre la figura de San Luis María Grignion de Montfort, quien propone la consagración a Cristo a través de las manos de María como un medio eficaz para los cristianos de cumplir fielmente con sus compromisos bautismales" (RMat, 48).
     "Existe un lazo viviente entre nuestra vida espiritual y los dogmas de nuestra fe. Los dogmas son luces a lo largo del sendero de nuestra fe. Estas luces lo iluminan para nosotros y nos dan seguridad en nuestro recorrido. Por otra parte, si vivimos tal como deberíamos hacerlo, nuestra mente y nuestro corazón se abrirán para recibir la ley procedente de los dogmas de fe" (CIC, 89).
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14. El legionario y la vocación cristiana

     La Legión propone un camino de vida antes que la realización de un trabajo. Proporciona un adiestramiento que ha de servir para distribuir cada momento de la vida y cada hora de esa vida. El legionario que es sólo legionario durante la duración de la reunión y de la distribución del trabajo no está viviendo el espíritu de la Legión.
     La finalidad de la Legión es ayudar a sus miembros y a todos aquellos que están en contacto con éstos a vivir desarrollando su vocación cristiana para con los demás. Esa vocación tiene su origen en el bautismo. Mediante el bautismo uno se hace otro Cristo. "No sólo nos convertimos en otro Cristo, sino que somos el propio Cristo" (San Agustín).
     Incorporados a Cristo mediante el bautismo, cada miembro de su Iglesia comparte su papel como Sacerdote, Profeta y Rey.
     Nosotros compartimos la misión sacerdotal de Cristo por medio de la adoración privada y pública. La forma más elevada de adoración es el sacrificio: por medio del sacrificio espiritual nos ofrecemos a nosotros mismos y todas nuestras actividades a nuestro Padre. Hablando del seglar, el Concilio Vaticano II dice: 

     "Pues todas sus obras, preces y proyectos apostólicos, la vida conyugal y familiar, el trabajo cotidiano, el descanso del alma y del cuerpo, si se realizan en el Espíritu, incluso las molestias de la vida si se sufren pacientemente, se convierten en hostias espirituales, aceptables a Dios por Jesucristo (1 Pe. 2, 5), que en la celebración de la Eucaristía, con la oblación del Cuerpo del Señor, se ofrecen piadosísimamente al Padre. Así también los laicos, como adoradores en todo lugar y obrando santamente, consagran a Dios el propio mundo" (LG, 34).

     Compartimos la misión profética (aleccionadora) de Cristo. "Él proclamó el Reino del Padre por el testimonio de su vida y el poder de su Palabra" (LG, 35). Como seglares creyentes en la fe de Dios, se nos da la capacidad y responsabilidad para aceptar el Evangelio en la fe y proclamarlo de palabra y de hecho. El mayor servicio que podemos rendir a los demás es hablar sobre las verdades de la fe -decir, por ejemplo, lo que es Dios, lo que es el alma humana, lo que es el llamado propósito de vida y lo que sigue a la muerte-. Sobre todo, hablar sobre Cristo nuestro Señor como poseedor de la verdad. No es necesario poder argumentar y dar pruebas de lo que decimos, sino conocer y vivir estas verdades, y ser conscientes de las diferencias que éstas suponen, y hablar sobre ellas a conciencia, transmitiendo lo más que podamos, para que muevan el interés de los demás y posiblemente hagan que las gentes deseen buscar una más amplia información.
     El ser miembro de la Legión ayuda a mejorar nuestro conocimiento de la fe y a saber cómo ha de vivirse; ayuda también, mediante una fuerte motivación y por la propia experiencia, a hablar de religión a los extraños. Pero quienes pueden necesitar más claramente nuestra caridad apostólica son aquellos que encontramos habitualmente en casa, en la escuela, en la tienda, en el trabajo y en nuestras actividades sociales y de ocio. Éstos normalmente no formarán parte activa en la Legión, pero han sido encomendados a nuestro cuidado.

     Compartimos la misión del Reino de Cristo rechazando en nosotros el reino del pecado y dedicándonos al servicio de nuestros semejantes, porque gobernar es servir. Cristo dijo que había venido para servir (Mt 20, 28). Compartimos sobre todo, esta misión de Cristo haciendo bien nuestro trabajo, sea cual fuere, tanto en el hogar como fuera de él, no sólo por amor a Dios, sino como un servicio a los demás. Mediante el trabajo bien hecho continuamos el trabajo de la creación y contribuimos a que el mundo sea un lugar mejor y más agradable para vivir. Es labor privilegiada del seglar cristiano el cumplir con el orden temporal -es decir, con todos los problemas de la tierra-, y perfeccionarlo con espíritu de apóstol.
     Pedimos en la promesa de la Legión que podamos convertirnos en instrumentos de la voluntad del Espíritu Santo. Por supuesto, nuestras acciones estarán siempre motivadas por una fuerza sobrenatural, pero nuestra naturaleza debe también proporcionar al Espíritu Santo un instrumento lo más perfecto posible.
     Cristo es un Ser divino, pero desarrolló su misión mediante su naturaleza humana: con su inteligencia, con su voz, con sus palabras, y con su estilo de vida. A la gente -incluidos los niños, los más sagaces de todos-, le gustaba estar en su compañía. Era un huésped bienvenido en la mesa de todo el mundo.
     San Francisco de Sales era un hombre cuya conducta y carácter fueron el único medio por el que atrajo muchas almas a Dios. Fue él quien recomendó que todo aquel que quisiera practicar la caridad, debía cultivar lo que él llamaba "las pequeñas virtudes": amistad, cortesía, buenos modales, consideración, paciencia y comprensión, especialmente en las dificultades.

     "La identidad de la sangre implica entre Jesús y María una semejanza de formas de facciones, inclinaciones, gustos y virtudes; no sólo porque dicha identidad es muchas veces causa natural de este parecido, sino porque en el caso de María en virtud de una maternidad del todo sobrenatural, efecto de una gracia desbordante- la gracia divina tomó este principio de la naturaleza -más o menos arraigado en todos los seres humanos-, y lo desarrolló hasta convertirla en imagen viva y perfectísimo retrato de su divino Hijo; de suerte que, viéndola a Ella, se admiraba la más delicada imagen de Jesucristo.
Esta misma relación de Madre e Hijo estableció entre los dos una intimidad, no sólo en un trato mutuo y en la comunión de vida, sino también en el intercambio de corazones y de secretos. María es el espejo que reflejaba todos los pensamientos, sentimientos, aspiraciones, deseos e intenciones de Jesús; y Jesús, a su vez, reflejada -y por modo más excelso todavía, como un tersísimo espejo- el portento de pureza, amor, devoción y caridad sin límites que constituía el alma de su Madre. Así que María pudo afirmar con mayor razón que el Apóstol de los gentiles: Vivo, pero no yo, sino que es Cristo quien vive en mí (Gál. 2, 20)" (De Concilio, El conocimiento de María).
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