Los católicos son ahora los judíos auténticos
Por el Siervo de Dios Frank Duff, fundador de la Legión de María

Siervo de Dios Frank Duff.El título de este artículo les parecerá extraño. En primer lugar, los judíos no gozan de popularidad en muchos ambientes; de ahí que parezca sorprendente que nos pongamos en línea con ellos y que redamemos una herencia en su nombre. Una actitud así por nuestra parte debe demostrar un profundo interés hacia ellos, interés que ha de llegar a la categoría de afecto. Rara palabra ésta; pero tales deberán ser nuestros sentimientos, si pensamos que los judíos son de la misma raza y progenie que Jesús, María y José.

En segundo lugar, ¿qué finalidad puede tener el que los católicos reivindiquen para sí un nombre que para la mayoría de las mentes se opone al catolicismo? Según esto, la consideración de la idea apuntada en el título resultará intrigante.

Los judíos son el pueblo más venerable de cuantos conocemos, desde el punto de vista de nuestras prácticas religiosas. En ellos está el principio de nuestras rutas; de ellos parte la religión cristiana. Ahora bien, los judíos son una raza, mientras los cristianos no lo son. El cristianismo abraza todas las razas, como conviene a una religión con miras universales.

Los judíos han tenido de siempre su carácter peculiar. Su primera aparición la hacen ya como raza. Su programa religioso y humano hizo de la raza un principio. Los judíos se desarrollaron como pueblo. Mezclarse con otras razas era para ellos una contaminación, contra la cual reaccionaron fuertemente. Incluso desde sus más primitivos orígenes, en Egipto, donde aparecieron por primera vez como pueblo, mantuvieron su propia identidad. Resulta imposible creer que no hubiera relaciones amistosas entre ellos y los más pobres egipcios con quienes estuvieron en contacto. Sin embargo, no parece que ello haya dado lugar a ninguna mezcla de ambos pueblos. La leyenda dice que algunos egipcios tomaron parte en la ceremonia del rociamiento de las jambas y dinteles de las puertas de sus casas con la sangre del cordero pascual, acto de fe que el ángel del Señor honró respetándolas como si ellos hubiesen pertenecido al pueblo judío. Sin embargo, no se nos dice que algunos de aquellos egipcios acompañasen a los judíos en su éxodo. Y es que entre los dos pueblos había separación.

Cuando los judíos reconocieron su papel de pueblo elegido, esa separación se acentuó aún más. Las prescripciones del Antiguo Testamento en torno a este asunto eran perentorias. Durante las grandes cautividades en que la nación judía, toda o en su mayor parte, fue transportada a otros países, una de las preocupaciones fue la de salvar a sus miembros de ser absorbidos por otros pueblos. Esto puede verse muy bien en el Libro de Tobías. Precisamente él hizo uso de su posición privilegiada, que le permitía viajar por Asiria, para impedir que sus compatriotas desapareciesen como pueblo.

No hay nada en el Antiguo Testamento que sugiera que los judíos hayan considerado como una de sus finalidades la conversión de los no-judíos. Prácticamente, los convertidos al judaísmo eran aceptados con cierto recelo y como de mala gana; y, al abrazar la religión, adoptaban la raza. En un autor digno de crédito leí que los judíos consiguieron convertir a muchos durante el período de la administración romana; pero, aunque así fuera, ese aspecto no ha sido el típico de su historia general. La posición singular de los judíos como pueblo elegido, en camino hacia su misión providencial de aportar a la historia el Mesías, fue su idea suprema. Los judíos debían mantenerse fieles a sus tradiciones y a las más minuciosas enseñanzas de los libros sagrados; eso era para ellos doctrina fundamental.

Las épocas en que flaquearon respecto a estos principios y tuvieron relaciones con extranjeros y se casaron con ellos o adoptaron sus costumbres y prácticas fueron consideradas como períodos de abominación, que automáticamente atraía el castigo del cielo; castigo que se les infligía para devolverlos al recto sendero.

Todo esto era inevitable para un pueblo que a sí mismo se consideraba "elegido" y guardián de una esperanza divina. Separarse de los demás pueblos era para ellos algo primordial. Los elementos provenientes del exterior se miraban con recelo y se juzgaban como perjudiciales.

Todo ello entró a formar parte de una tradición que demostró ser inquebrantable, incluso cuando las circunstancias que la produjeron habían variado por completo. La emigración hacia otros países no cambió para nada su actitud. En cada nuevo lugar de residencia en que (a diferencia de los antiguos cautiverios) se establecían y se hacían ciudadanos, los judíos siguieron siempre interesadísimos en preservar su individualidad. En muchos lugares, el desprecio con que fueron tratados contribuyó a hacer eso más factible.

Incluso en los Estados Unidos de América de hoy, donde constituyen un estrato influyente y no existe hostilidad hacia ellos y donde la práctica de su religión ha venido tan a menos, no han perdido por ello su identidad judía. No han sido absorbidos en la nación en el mismo grado que otras razas. Y lo mismo vale para otros países.

La reciente fundación y restablecimiento de Israel ha sido un suceso capital para su historia. Mientras que han ido a menos en el aspecto religioso, han recuperado en teoría la tierra de sus antepasados, su patria física. Durante casi 2,000 años han sobrevivido como pueblo sin tierra propia. Y ahora han vuelto de nuevo a poseer esa tierra. Pero con una notable diferencia de actitud: acabaron cambiando de religión a raza, de pueblo elegido a simple nación. Pues Israel ya no se manifiesta, en modo alguno, como religión. Es un Estado; el hecho de que sus habitantes sean todos judíos no altera para nada la situación. Tampoco se ha manifestado contra esta actitud el conjunto de judíos del mundo, como lo habría hecho si se hubiesen considerado a sí mismos como componentes de una religión, y, por tanto, hubiesen visto en Israel un traidor a su fe. No. Al contrario; parece que en lo principal están de acuerdo y como si Israel reflejase el sentir de todos ellos.

Presumiblemente los judíos exiliados después de la destrucción de Jerusalén, el año 70 después de Cristo, sólo habrían visto en ese acontecimiento otra expulsión más de Judea, que el futuro no tardaría en remediar. Pero en la actualidad ha sucedido algo sin precedentes, y es desconcertante que los judíos no hayan sido capaces de verlo así a lo largo de diecinueve siglos.

En todo ese tiempo ya no han tenido ningún otro profeta. Pensemos, en cambio, en la lista brillante que tuvieron durante los 1,500 años que median entre Moisés y Juan Bautista, y cómo cada uno de ellos iba añadiendo una nueva faceta a la figura del futuro Mesías. Ciertamente que esa línea de profetas no tenía por qué haberse interrumpido, si el pueblo elegido tuviese aún que estar a la espera. Tampoco se ha añadido ningún Libro más al Antiguo Testamento. Acabó también para siempre aquel gran sacrificio del templo de Jerusalén.

Después de los cautiverios anteriores a Cristo, los autores sagrados continuaron escribiendo libros del Antiguo Testamento; y precisamente tomaban como tema aquellos desafortunados intervalos, describiéndolos como medios necesarios para el destino reservado al pueblo judío. Reanudaban la transmisión auténtica del mensaje divino, apuntando con detalles cada vez más significativos a la culminación de aquel destino en el Mesías, aquel que llevaría a cumplimiento todas las profecías e introduciría un nuevo orden concerniente a todos los hombres y capaz de superar y anular las divisiones nacionales.

Pocos judíos de hoy serían capaces de deducir todo el alcance de este programa. Pero seguramente que algunos conocedores inteligentes de la Escritura estarían en grado de discernir ese aspecto universalista, y, hasta cierto punto, quedarían confundidos al confrontarlo con sus ideas sobre un pueblo elegido y la consiguiente segregación nacional. Como se han hecho, durante tanto tiempo, al concepto de una raza ligada íntimamente a una religión, la idea de un pueblo acogedor de todas las naciones les resultaría francamente difícil.

El que Jesús se ajustase a los lineamientos y rasgos mesiánicos claramente predichos, y el colapso que siguió del sistema que lo rechazó, constituyeron evidencia suficiente para los que luego se hicieron cristianos; lo constituyeron también para gran parte del género humano desde entonces, pero no para la mayoría de los judíos, que han permanecido tales aun a la vista de un cristianismo que ha demostrado su potencia frente a cualquier otro credo.

Permítanme extenderme un poco en recalcar esa nota de superioridad. El cristianismo dirige su mensaje tanto a los sencillos como a los intelectuales. A través de los siglos, el cristianismo ha demostrado su capacidad y aptitud, no sólo para mantenerse a la altura de los tiempos, en los diversos sectores de filosofía, arte y ciencia, sino también para actuar de instructor y moderador de cada nueva ola de ideas revolucionarias. La doctrina del Mesías ha ido constantemente moldeando a las más diversas generaciones. Aunque no se percate de ello, el mundo moderno le debe al cristianismo todas las instituciones dignas que tiene.

La única, entre las demás religiones, que parece rivalizar en dinamismo, es el Islam. En África, el Islam es la religión de más rápido crecimiento; pero nada podría hacer ante un cristianismo enteramente dispuesto a hacerle la competencia. El cristianismo puede esperar convertir al Islam, pero éste no podría contar con convertir al cristianismo. Nuestro trabajo en ese continente nos demuestra que los cristianos podemos convertir a muchos de ellos sin perder a nadie de los nuestros.

Quizá suene a poco moderno y a poco ecuménico, pero voy a decirlo: todas las demás religiones son esencialmente primitivas. Surgieron en condiciones de poco adelanto; se desarrollaron entre pueblos religiosamente ingenuos y supersticiosos, y no pueden tener esperanza de sobrevivir, y menos aún de prevalecer en este mundo moderno sofisticado, manifiestamente civilizado y materialista.

Alguien acaso diga que también el cristianismo hizo su aparición entre gentes sencillas, y que, por tanto, también para él valdría la misma sentencia. Sin embargo, conviene advertir que el cristianismo ha tenido que luchar a lo largo de su dilatada vida con las ideas progresivas y ultramodernas desde los días del imperio romano hasta el imperio actual del intelectualismo confuso, y que ha demostrado estar en posesión de una filosofía magistral y de un noble sistema capaz de oponerse y resistir al más avanzado juicio crítico. Lo cual no podría aplicarse, sin más, a ninguna otra religión.

Y ¿qué pensar de las siguientes concepciones surgidas en sectores no-cristianos?

En otra ocasión ya les hablé de la encuesta que, en los años de 1930, hizo el gobierno japonés en torno a la religión ideal, y de que, a consecuencia de ello, decidió cristianizar el país, por el motivo manifiesto de que, de todas las formas de religión del mundo, el cristianismo tiene y ejerce el mayor influjo en la mente humana y porque, en conjunto, dicha influencia ha sido siempre beneficiosa. Se advertirá que en este juicio los japoneses no declaran que el cristianismo es la verdadera religión; sin embargo, afirman que posee resortes de la máxima valía. Y eso es lo que cabe esperar de una religión de ascendencia divina Aquella decisión japonesa puso de manifiesto que las demás religiones numéricamente grandes, como, por ejemplo, el budismo, el hinduismo, el Islam, etc., cuidadosamente analizadas por ellos, no poseían la sustancia ni el fundamento filosófico capaz de enfrentarse con los problemas y materialismo actuales, y, en consecuencia, fueron puestas fuera de consideración.

Cuando los comunistas chinos llegaron al poder, trataron al cristianismo con respeto, pero no mostraron ninguna consideración hacia las religiones nativas; antes bien, las atropellaron. Los esfuerzos que luego hicieron por adoptar el cristianismo, si bien con la intención de someterlo al sistema del estado, forman ya parte de la historia de la Legión.

Cuando Kemal Ataturk se propuso convertir a Turquía en una nación de primera clase, consideró que el Islam era una rémora para sus propósitos; que sus dogmas eran incompatibles con las ideas progresivas y con el adelanto nacional.

Seguro que los adalides más inteligentes de las naciones están en grado de razonar de forma semejante. Pronto estarán sometidos todos los pueblos del mundo al juego del pensamiento puramente materialista, que destruirá cualquier religión que carezca de consistencia, y dejará a sus adictos sin defensa alguna contra la debilidad y malicia humana. Pero, si desean hallar lo que es sustancial, sólo lo encontrarán en el cristianismo. La elección será: materialismo o religión; cristianismo o agnosticismo.

La realidad es que, a pesar de todo tipo de criticismo y de toda clase de impedimentos imaginables, el cristianismo ha progresado desde sus inicios y está destinado a tener una exuberante cosecha en el nuevo mundo que surgirá de la actual agitación.

¿Qué puesto ocupan los judíos dentro de este panorama religioso? Ya he sugerido que podrían haber reparado que el acontecimiento que cambió el calendario e hizo girar el tiempo en torno a Cristo (antes de Cristo, después de Cristo) correspondía al inicio de sus mayores calamidades. Más tarde o más temprano tenia que resultar evidente a los más discretos que había una diferencia muy grande; que con la aparición de la persona de Cristo arrancaba una línea divisoria dentro del mismo judaísmo, una bifurcación del camino.

Toda la idea del Antiguo Testamento consistía en la convergencia hacia una grandiosa culminación: vendría alguien y expiaría los pecados de su pueblo muriendo por él; aquella persona, que lógicamente tendría que ser más que un simple hombre, inauguraría una era gloriosa, una era que superaría todo lo pasado. Cualquier disminución de esta idea central vendría a significar un desencanto, una decepción, una lúgubre desilusión. Privaría al Antiguo Testamento de su más genuina alma.

Si el Antiguo Testamento no hubiese continuado en el Nuevo, se habría convertido en seguida en el patético libro de historia de un pueblo que había perdido su patria y había sido desparramado por la haz de la tierra. Habría dejado de ser la doctrina del pueblo elegido que tenía que ser transformado en la luz de todo el mundo. El espíritu habría desaparecido del Libro, que habría pasado a ser poco más que una colección de tradiciones y costumbres nacionales. El Antiguo Testamento se habría convertido en una analogía judía del Libro de Confucio.

El rechazo de Jesús significaría que el Mesías no había venido en el tiempo especificado por los profetas. No se habría cumplido el plan. El programa prometido de exaltación religiosa y nacional no se habría llevado a cabo "aún". ¡En alguna parte tenía que haber un error!

Algunos, en efecto, debieron pensar que no se trataba más que de un error en el cálculo del tiempo; quizá de un siglo o así. Y efectivamente vemos que, el año 132 después de Cristo, gran número de judíos aclamaron como mesías a Bar Cochba, y, con él a la cabeza, se lanzaron a otra desastrosa guerra contra los romanos. Bar Cochba no era el Mesías. Los judíos habían rechazado al Verdadero, así es que fueron víctima del Falso.

Cuando pasó el tiempo y aparecieron las incongruencias, la conclusión correcta debería haberse impuesto en los más aventajados, y luego, de forma gradual e indistinta, en todos. El programa religioso del Antiguo Testamento no se había realizado, según ellos, como esperaban. No eran el pueblo elegido en sentido real, sino sólo uno entre muchos, un pueblo que había tenido su día y ahora estaba eclipsándose.

Los judíos subsisten de manera muy clara como raza. El paso de 2,000 años y su aclimatación en muchos países no les ha afectado. La raza judía es un auténtico fenómeno, único en los anales del género humano, y explicable, a mi juicio, sólo a la luz de aquella creencia cristiana según la cual se convertirán como pueblo antes del fin del mundo.

Actualmente su posición religiosa es anómala. Entendidos en la materia afirman que la actitud de los judíos hacia Dios resulta dudosa. Sólo una minoría cree y cumple con las leyes del Antiguo Testamento, y una buena parte de ellos consideraría esa observancia como mera fidelidad a las costumbres de su raza.

Nuestra idea del Mesías, es decir, de una Persona que vendría, al modo de Jesús, para expiar el pecado y crear un nuevo orden espiritual, tal y como había de hallarse en el cristianismo, parece haberse extinguido entre ellos. Sus aspiraciones parecen haberse limitado a una restauración territorial de su nación. Han vuelto a conseguir su patria en Israel; pero son pocos los que desean retornar allí. Su plan último se halla circunscrito; no puede haber ante él un futuro lleno de sentido.

Aun suponiendo que tuviesen la intención de reasumir el destino del pueblo elegido desde su interrupción hace diecinueve siglos, no han dado ningún paso respecto a la restauración del punto clave de su antigua observancia religiosa: el sacrificio diario en el templo. Toda su religión gravitaba en torno a ese centro. Sin embargo no han intentado reanudar aquel sacrificio ni reconstruir el templo en que se realizaba a pesar de que ahora se hallan en posesión de toda Jerusalén. Es evidente, según creo, que no tienen la intención de restaurar el templo ni el sacrificio. Con relación a esto, aún tienen grabado en su mente el maravilloso acontecimiento histórico del año 363 después de Cristo, es decir, el intento del emperador romano, Juliano, de reconstruir el templo en su emplazamiento original. Juliano quiso hacer eso en señal de proclamación enérgica contra los cristianos; pero fracasó en sus designios.

Más aún; hay quien dice que el nuevo Israel es un estado ateo y materialista, y que ya no tiene de sí ninguna otra concepción más alta. Esto suena extraño, y, si fuese cierto tan sólo parcialmente, indicaría que habían abandonado todo lo que nosotros, los católicos, pensamos sobre el pueblo elegido y su historia.

Significaría que se habían desentendido de su destino y que lo habíamos asumido nosotros; que nosotros leemos y comprendemos sus Libros Sagrados mientras a ellos les están velados, y que sus patriarcas y profetas, a quienes veneramos como antecesores espirituales nuestros, son para ellos sólo figuras históricas.

Pero, naturalmente, a nosotros nos resulta fácil saber las cosas después de los hechos por haber aceptado el Nuevo Testamento como continuación y clave del Antiguo; y esto nos lleva al tema anticipado en nuestro título.

El pueblo elegido era dos cosas a la vez. Era una nación y una religión. Ambas cosas se hallaban divinamente entretejidas, y el pueblo no las distinguía; constituían una auténtica imagen nacional de cuerpo y alma. El pueblo consideraba a la nación de modo parecido a como nosotros consideramos el cuerpo místico. Conocían muy bien su religión y su historia a través de las enseñanzas de sus rabinos. Cada localidad tenía su sinagoga con su culto sabático. Sólo en Jerusalén estaba el templo con su sacrificio diario, que se realizaba en consideración a su deber primitivo de ofrecer sacrificios a Dios y al mismo tiempo como anticipación de la muerte expiatoria del cordero de Dios, el Mesías. Ese sacrificio introdujo el Calvario en la vida del pueblo, como la misa, en forma más elevada, introduce el Calvario en nuestra vida.

La lectura del Antiguo Testamento nos muestra cómo cualquier acontecimiento era referido a Dios en una forma directa. Si la nación o la persona hacían el bien, recibían por ello una recompensa terrena; y castigo, si obraban el mal. Dios estaba allí animándolos y moderándolos de forma visible, igual que un padre humano. La nación iba siendo configurada hacia una exaltación última de carácter especial, algo no del todo conforme a una liberación nacional ordinaria de esas que el pueblo elegido había experimentado en repetidas ocasiones. Dios se había valido de calamidades para preparar al pueblo hacia ese desarrollo supremo, y cada tanto surgía un profeta que daba explicaciones ulteriores. Por eso el Mesías, el autor de la nueva era, no había de pertenecer a la serie ordinaria de liberadores nacionales. Debía estar por encima de ellos, y su misión no debía confundirse con la de aquellos. Debía ser único. Naturalmente, muchos judíos tenían una idea demasiado baja del Mesías, y no pasaba por su imagin3ción que debiera ser más que un superhombre nacional. Pero lo mismo hacemos muchos con nuestras rudas ideas respecto a Dios. Podemos estar seguros que los judíos de más espiritualidad sentirían con más exactitud y con toda su fuerza que al Mesías debía corresponderle una categoría singular, muy superior a la de aquellos héroes como Moisés, David, Judas Macabeo, que libraron a Israel de terribles aprietos. ¿Por qué iban a estar estos personajes esperando ansiosamente a un Mesías que iba a tener las mismas aptitudes que ellos? Repárese en aquel versículo profético de David: "El Señor dijo a mi Señor: Siéntate a mi diestra" (Salmo 109), que corresponderían a las palabras que el eterno Padre dirige a su propio Hijo.

Ese es el quid del Antiguo Testamento, al que todo lo demás está supeditado. Eso es lo que los doctores de la Ley enseñaban. A través de los sacerdotes y de los rabinos, esa doctrina era transmitida al pueblo, de tal forma que a todos les resultaba familiar y todos la aceptaban como el idealismo de la nación. Constituiría parte de la estructura de la vida; el pueblo hablaría familiarmente sobre el asunto y haría sus consideraciones.

Imaginémonos ahora cuál sería la sorpresa de los más adelantados al percatarse de que la destrucción ocasionada por los romanos y la dispersión del pueblo judío no eran simples períodos de castigo, sino una catástrofe irremediable. Esto ha debido inducir a muchos a pensar que los cristianos tal vez tenían razón: que el Mesías había venido conforme lo prometido y había cumplido las profecías; que realmente era el cordero de Dios prefigurado por el cordero pascual y por el sacrificio del templo, y que ellos, como pueblo, lo habían rechazado. Se habían hundido en el abismo, y el Redentor se había dirigido a los de fuera del redil en busca de fe y de gratitud. En los gentiles había encontrado a sus verdaderos hermanos, y éstos habían pasado a ser los herederos de la promesa; en ellos continuaría su vida el pueblo elegido. Algunos judíos se percataron de todo esto con fuerza, según lo atestigua el hecho de que muchos pasaron luego a ser cristianos.

Los cristianos, el nuevo pueblo de Dios, son los verdaderos judíos. Ellos perpetúan la línea y son los genuinos continuadores. Los cristianos saben que son los hijos de la mujer del Génesis, los hermanos de su Hijo amado, que los redimió. El libro del Antiguo Testamento les pertenece en grado más alto aún que a los mismos judíos, pues lo entienden mejor incluso que los antiguos judíos, que no pudieron percibir cuán minuciosamente delineaba el futuro. Los judíos actuales no pueden tener una comprensión sobrenatural del Antiguo Testamento. Esta sólo podría venirles a través del Nuevo, que es la elaboración y prolongación del Antiguo. Si se rechaza el Nuevo, el Antiguo Testamento permanece un misterio. ¿Qué hace con el Antiguo Testamento el judío devoto actual?

El cristiano no ve ningún misterio, sino únicamente el plan divino de salvación que va cumpliéndose en sucesión ordenada desde el momento que fue precisa la redención, esto es, desde la caída. Para aquel que está dispuesto a creer, todos los detalles han encontrado cumplimiento; el acercamiento gradual a la cúspide de la redención se halla señalado razonablemente con los hitos de la lógica y de la profecía, como lo pueda estar una carretera cualquiera. Llevada a cabo la redención, ese camino vuelve a reanudarse para los cristianos, pero no para los judíos, para quienes se acaba de una manera abrupta y va a parar en una nada ilógica y sin sentido. Es como una narración en serie a la que le falta el último capítulo.

La nueva Ley no implica una repudiación de la antigua, del mismo modo que el cumplimiento no desdeña la preparación, ni una casa desecha sus fundamentos. El Nuevo Testamento es la prolongación y la clave del Antiguo, se mantiene sobre él y lo necesita. La Iglesia católica lo enaltece como palabra de Dios y se atribuye el derecho a interpretarlo. Y ¿qué otra autoridad, fuera de la Iglesia, lo tiene como palabra de Dios?

Los patriarcas de la Ley Antigua son nuestros predecesores espirituales; sus héroes son héroes nuestros. Los salmos constituyen la oración cotidiana de la Iglesia. El breviario usa indistintamente el Antiguo y el Nuevo Testamento. Y lo mismo hace el misal, que da relieve al acontecimiento central de la renovación del sacrificio del Calvario con lecturas de ambos. Como ya dije, la misa parte del Calvario y es el medio divino para difundir ese Sacrificio entre todos los que han vivido desde entonces; precisamente como el sacrificio de la antigua Ley fue el modo de hacer repercutir la gracia del Calvario en las almas de aquellos que existieron antes.

Como cristianos, nosotros incorporamos y completamos la antigua Ley y su idealismo. En la mente de Dios, los verdaderos judíos antiguamente eran los que vivían en la expectación de la venida de Cristo. Los verdaderos judíos ahora son los que han transformado aquella esperanza en aceptación. Los simples lazos de la carne y de la raza ya no importan. El pueblo católico de Dios, el cuerpo místico, continúa la marcha del antiguo pueblo elegido hacia la tierra prometida del cielo. Nosotros somos hoy los verdaderos judíos.

Como empecé haciendo mención de la mujer del Génesis, quizá debiera acabar, al estilo legionario, valiéndome del mismo apunte. Antes de la venida de nuestro Señor, la secreta ambición de toda muchacha judía era poder llegar a ser la madre del Mesías. Pues la antigua profecía afirmaba que quien había de anular la caída nacería de una mujer. Ahora bien, ¿qué valor puede tener hoy aquella idea en la mente de una joven judía? Ninguno, ya que los judíos hace mucho que han abandonado la esperanza en la venida de una persona que redima a su pueblo de los efectos de aquella caída. Mucho menos aún, por tanto, tomarán en consideración a su madre. Si el judío actual pensase en esa profecía y en esa esperanza, sólo lo haría en virtud de algún simbolismo concreto.

Voy a recapitular. El mundo dio un giro completo para el judaísmo al morir su hijo más grande, Jesús. Después de aquel día de cumplimiento de las profecías, la verdadera religión judía se vació en el cristianismo. Los cristianos aceptaron con entusiasmo el Antiguo Testamento y los demás tesoros del judaísmo. Creyeron en el hombre Jesús, Mesías y Redentor, y en la mujer que lo engendró. Pero ¿qué piensan los actuales judíos cumplidores? ¿Qué consideran como destino? ¿A qué meta aspiran? ¿Cuáles son sus esperanzas? Cuando leen el Antiguo Testamento, ¿qué autoridad le atribuyen? ¿Cómo interpretan su contenido?

¿Qué sentido tiene hoy el judaísmo? ¿Cuál es su mensaje, cuáles son sus miras? No parece ofrecer mensaje que nosotros podamos reconocer; y en ese caso es difícil comprender sus fines. Difícilmente puede decirse que viva apoyándose en su pasado, ya que éste, privado de la culminación de Cristo, aparecería sin significado religioso -no seria más que la historia de un pueblo que tuvo sus momentos de grandeza, hace mucho tiempo, y que luego desapareció como nación.

Sin embargo hay una diferencia entre él y los demás pueblos que tuvieron un gran pasado. Hasta hace poco, los judíos no tenían tierra propia; así es que ni siquiera parecían poseer una base como nación. Pero han sobrevivido como pueblo y han ejercido amplia influencia y han legado grandes figuras. A pesar de ello, ahí está, como pueblo, sin una finalidad ulterior. Nosotros podemos darle esa finalidad atrayéndolo a la Iglesia. Al pueblo judío le debemos los cristianos la herencia que él recibió de Dios y nos entregó. Y podemos agradecérselo volviendo a introducirlo a esa misma herencia. Tendencias recientes aparecidas en América han dado a entender que ésta no es de ningún modo la propuesta fantástica que a primera vista podría parecer.