Los monjes de occidente
Por el Siervo de Dios Frank Duff, fundador de la Legión de María

Siervo de Dios Frank Duff.He oído a los legionarios expresar su sensación de tremenda zozobra cuando tienen que acometer una tarea difícil. Lo que habían visto que valía la pena hacer y, llenos de entusiasmo, se habían comprometido a realizar, se les presentaba como algo peligroso e insensato. Y sentían la tentación de buscar una excusa para abandonar. En casos así, el pánico se enseñorea de uno, y hasta es capaz de convertirlo en un ser irracional. Por nuestra parte hemos de procurar evitar que se produzca en nosotros tal situación. No es tan difícil; basta un poco de lógica para volver a traer a mandamiento a nuestro cerebro.

Un razonamiento sencillo es el siguiente: "¿Qué clase de soldado soy, que en el momento de iniciar la batalla me quiero dar a la fuga?"

En segundo lugar, deberíamos hacernos esta pregunta: "¿De qué tengo miedo?" Muchas veces esta simple pregunta desbarata nuestros temores. Así resultó en el caso de una legionaria que estaba aterrada a la hora de ir a Rusia. Se hizo a sí misma esa pregunta, y todos sus temores desaparecieron. En efecto, ella comprendió que lo peor que podía sucederle era que la enviasen de vuelta a casa.

En tercer lugar, en vísperas de una empresa importante y cuidadosamente planeada, suelen invadirnos recelos que nos hacen tenerla por locura. Donde todo parecía tan claro, domina el caos. La empresa peligra. Ante una situación de esta índole, Hindenburg, el antiguo Canciller alemán, decía que no se debe nunca cambiar de plan en el último minuto; que la historia, el gran compendio de la experiencia, nos da el lema: "Mantente firme".

Finalmente (y aquí me vuelvo más positivo, más en línea con el pensamiento legionario y con el idealismo de la Peregrinatio), ¿quieres emprender algo que no encierre ni peligros ni contrariedades? Una P.P.C. ofrece emoción, grata compañía, experiencias nuevas, cierto encanto. Si no significara para ti nada más que esto, seria un programa de poca monta.

Es importante pensar que el atractivo de la Peregrinatio de los antiguos misioneros lo constituían unos rasgos de carácter intimidante. Aquella Peregrinatio no era una empresa puramente misionera. Iban en busca de almas, pero hallaban algo más. Para aquellos monjes, tenaces e inflexibles, la búsqueda de almas no era, para usar una expresión de Edel Quinn, un simple "picnic" o gira campestre. Lo que ellos pretendían con su Peregrinatio era no sólo responder de manera incondicional al mandato que nuestro Señor diera en el Monte de los Olivos, sino también a aquel otro de tomar diariamente la cruz y de seguirlo, así como a los requerimientos de una fe heroica.

Ya hablé en otra ocasión de los maravillosos momentos de la Ascensión. Aquel que los apóstoles saben que es Dios, les da ese mandato de ir por todo el mundo a conquistar almas. Luego, mientras lo contemplan estupefactos, se eleva; finalmente una nube lo cubre y ya no lo ven más. Sería absurdo suponer que se pusieron en seguida a calcular el alcance de aquella aventura supranacional a que Él les había ligado. Se habrían quedado aturdidos. Sin embargo, entre aquel instante y el momento de partir a realizar el mandato va a tener lugar algo tan impresionante, que absorberá todos sus pensamientos. Se trata de la promesa del Paráclito que va a venir y va a realizar en ellos cosas extraordinarias, capaces de habilitarlos para enfrentarse a todo lo que les espera.

Aquella expectación del Paráclito, como un tupido velo que todo lo oscurece, aplazó para más tarde las ideas de conquista del mundo. Pero, en el momento en que el acontecimiento transformador llegó a cumplirse, emprendieron su tarea por el vasto mundo, del que tan poco se conocía. Semejante idea debió parecerles formidable a unas personas que nunca habían viajado más allá de las fronteras de su pequeño país.

Lo mismo debió parecerles a aquellos monjes irlandeses 500 años más tarde. Pero había diferencias. La fe había sido anunciada en gran parte al mundo conocido y la habían abrazado multitudes. Muchos incluso habían dado sus vidas por ella en las persecuciones que se levantaron contra la joven Iglesia. Sin embargo, algo increíble había ocurrido. El enemigo número uno, la Roma perseguidora, se había convertido y había pasado a ser la principal protectora. Todo su aparato de poder había sido dirigido hacia la tarea de la propagación del cristianismo por todo el Imperio. El triunfo fue más rápido de lo que uno hubiese podido imaginar. Parecía que el mundo entero se había convertido.

Pero no. Las cosas estaban lejos de ir tan bien como parecían. Aquella defensora tan importante se derrumbó, cayó el Imperio Romano, y la Iglesia se vino abajo con él. Quizás yacía allí una advertencia del cielo: que Dios construye su Iglesia con ladrillos sobrenaturales. Estos son los únicos que la hacen duradera. Los apoyos humanos sirven sólo temporalmente; los constructores deberían verlos bajo esta luz, y no depositar en ellos una confianza total. Seguir edificando mientras estén bien firmes los andamios, sin remolonear, no sea que se nos quiten esos apoyos antes de que acabemos.

El imperio Romano desempeñó el papel de defensor de la Iglesia en una época en que era necesario.

Pero supongamos que Dios hubiera fijado un plazo de un siglo para que los constructores de la Iglesia edificaran una construcción firme, para que transformaran en auténticas células cristianas todo aquel material a medio hacer que se volcaba dentro por el simple hecho del apoyo del Estado. ¿Vamos a imaginar que los constructores fueron descuidados? ¿Que se fiaron en la permanencia del Imperio Romano, y que no dieron solidez a las células individuales?

Si estas ideas tienen o no fundamento, en ellas hay un razonamiento justo. Se halla de acuerdo al método divino, según vemos en las cosas que acontecen a nuestro alrededor con motivo de manifestaciones menores. De todos modos, parece darse una lección drástica en aquella caída del Imperio. Y es que las autoridades de la Iglesia deberían hacer suyo el sabio pensamiento de Shakespeare, eco del Salmo 145: "No depositéis vuestra confianza en los príncipes ni en la fe de los hombres".

Desgraciadamente esa misma lección hubo de ser repetida después muchas veces. La Iglesia puso su confianza en las políticas humanas, pero a la postre siempre fracasaron estas cosas. Mientras duraron estos breves períodos de confianza, se hicieron aparatosas edificaciones. Ahora bien, la verdadera construcción es aquella que imbuye a los individuos auténtica fe. Si se dan circunstancias que ayudan a la Iglesia, tales como un gobierno favorable a sus instituciones u otra fuerza exterior, no hace al caso el emplearlos como excusa para dejar de lado los propios esfuerzos. Antes al contrario, es necesario valerse de este clima favorable para trabajar con mayor fuerza y para hacerse una edificación mejor. No deberíamos nunca dejar de esforzarnos en lo que respecta a las almas, pues también éstas cederían en sus esfuerzos a una con nosotros. Pero además de esto, hay que tener siempre en mente que una vez el gobierno amigo cambiará de tono, con lo que también cambiarán todas las demás circunstancias propias. Se nos retirarán las ayudas, y el favor de que hoy gozamos se trocará en hostilidad para la próxima generación.

Como quiera que sea, la caída del Imperio Romano devastó el mundo. El estado, el estilo, el noble edificio de la Roma imperial con su vasto poderío, sus espléndidas instituciones y cultura, su orden y su dignidad su Pax Romana, y su oficio de educadora de pueblos, todo se disolvió en el caos y se redujo a polvo. Nunca antes había sucedido cosa semejante, y ojalá no llegue a ocurrir otra vez más sobre la tierra. Podríamos comparar aquella situación con la del diluvio, en el que pereció todo lo del mundo antiguo, salvándose únicamente el arca.

La imagen que la Europa post-romana ofrecía era desoladora. Dejaron de practicarse las artes y los oficios. Se desatendió la agricultura; pues ¡cómo iba uno a sembrar para luego no tener posibilidad de cosechar! Europa retrocedió a su primitivo estado selvático, en cuyos rasos vivían comunidades. En líneas generales, había dos posibilidades de supervivencia: Someterse a algún gran barón o permanecer independiente de manera salvaje y practicando el bandidaje.

El Papa Pío XI, sintetizando este panorama, decía que, humanamente hablando, el cristianismo llegó a tener el cariz de una causa perdida. Era como el restablecimiento de otro Viernes Santo, evocación de aquél en que Cristo pareció causa perdida.

Pero el gran Papa proseguía diciendo que Dios había previsto el remedio restaurador del cristianismo. Eran los monjes de Occidente. Estos se desparramaron desde su pequeña isla por las vastas superficies del continente. Invadieron casi todos sus rincones. Reconstruyeron la fe perdida, y le dieron una construcción mejor que antes, pues otra vez se apoyaba en la convicción y no en la ayuda del estado. Puede decirse que aquellos monjes fueron los iniciadores de un nuevo catolicismo. Su trabajo fue ni más ni menos que una peregrinatio pro Cristo.

Seguramente que ellos vieron su misión de una manera muy distinta de como vieron los apóstoles la suya. Del mundo se sabía mucho más que el año 33. El cristianismo por otra parte, había echado raíces. Por devastado que estuviese el mundo, aquellos monjes no veían en ello más que una simple calamidad temporal que debía ser reparada. De todos modos, la fe de Irlanda no estaba sufriendo menoscabo alguno, sino todo lo contrario: cada día era mayor el fervor. Aquellos monjes se hallaban providencialmente dispuestos a acometer una empresa de esta índole.

En cierto sentido, las cosas se les presentaban peor que a los apóstoles. Para éstos el mundo era más o menos Roma El mundo conocido se hallaba bajo la mano de Roma, cuya expansión hizo prevalecer en él su civilización, su derecho y su orden. Uno podía viajar.

Pero la Europa de San Columbano y sus discípulos estaba desmoronada. No había leyes. La fuerza era la razón de más peso. Los que, como los monjes, no llevaban armas serían rechazados en lugar de obtener protección por motivo de sus hábitos religiosos. En sus misiones aquellos monjes tendrían que adentrarse por extensas zonas de bosques poblados de animales salvajes. De ahí que su aventura fuese tan arriesgada como la de los apóstoles.

Tomaban en serio y al pie de la letra las palabras que Cristo pronunció en su Ascensión. Iban a cumplir la orden de Jesús. No les importaban nada los obstáculos que podrían presentárseles en el camino. Efectivamente en su comportamiento se observa un elemento extraordinario. No se trata de que hubiesen visto una estrella y la hubiesen seguido sin considerar las penas que ello suponía. No. Por sus anales vemos que aquellos sufrimientos eran el blanco de sus deseos. Estaban ansiosos tanto de cargar con la cruz de Cristo como de predicarlo.

Otro distintivo lo constituía lo que bien pudiera calificarse de fe atrevida. Y en efecto, lo era tanto que alguien la tacharía de defecto. Pues nadie va a suponer que vayamos a dejar de lado las precauciones comunes; la prudencia también cuenta; no es un vicio. Pero aquellos monjes singulares no daban margen en su empresa a medidas intermedias. Veían su misión dentro de la fe y estaban decididos a ponerla en práctica en cualquier circunstancia. Una fe tan incondicional y firme tiende a no hacer caso de los dictámenes de la prudencia, y los considera como una debilidad. Efectivamente, ellos parecían desafiar todo lo que hoy se nos propone como norma de prudencia. Sin embargo, quizá estas reglas de hoy se propasan en la otra dirección y estorban a la fe. Muchas de las cosas que hoy se prescriben les parecerían a aquellos destructoras de la fe. De todos modos, el método de los monjes surtió efecto y levantó por todas partes el edificio de la religión; en cambio las nuevas tácticas escépticas lo están destruyendo delante de nuestras narices. Tanto es así que hoy se está proponiendo sustituir la religión por el humanismo y las ciencias sociales.

San Brendan y sus compañeros no emplearon velas en las travesías de aquel entonces, sino remos, lo cual servía a otra faceta de su fe, al deseo de penitencia. Ellos veían la Peregrinatio como ejercicio de penitencia. Elemento muy considerable de esta penitencia lo constituía el hecho de que ellos se exiliaban voluntariamente y para siempre de la propia patria.

San Columbano, viendo que su grupo no tenía un lugar donde fundar un monasterio, oyó de una cueva inmensa capaz de darles cobijo. Pero la ocupaba un oso feroz. El santo se llegó a la cueva y encontró al propietario que se hallaba amenazadoramente preparado para recibirlo. Columbano le habló como si de un ser humano se tratara; le puso al corriente de la necesidad en que se veían, y le hizo comprender que como a oso le sería más fácil que a ellos encontrar alojamiento; y finalmente le pidió que les diese su propiedad. El oso, como si tuviera inteligencia, escuchaba las súplicas del santo. Cuando acabó de hablarle, se marchó, sin más.

Tampoco estaba en las técnicas de trabajo de los monjes el hacer esfuerzos especiales por granjearse la voluntad de los grandes; más bien al contrario. Los más encumbrados eran tratados como miembros de la grey y se les recordaban los deberes así como se les echaba en cara los defectos. Naturalmente a éstos no les gustaba aquello, ya que los grandes raramente son humildes. Con frecuencia los monjes tenían que cargar con las consecuencias de su flaqueza. A san Columbano eso le acarreó la expulsión de Francia. Sin embargo, también aquí hemos de ver los planes de la Providencia, puesto que esta expulsión hizo que Columbano se dirigiera a Suiza e Italia. En estos dos países continuaron su carrera de conquistas.

Resulta intrigante el hecho de que san Columbano haya jugado con la idea de dirigirse a Rusia en vez de ir a Italia. No fue a Rusia; si hubiese ido, habría hecho dar un giro a la historia del mundo. Indudablemente habría causado en Rusia el mismo impacto que en los demás sitios donde estuvo. Esto hubiese tenido como consecuencia el comienzo de su evangelización 400 años antes de que la iniciaran los santos Cirilo y Metodio. Esta ventaja de 400 años pudiera tal vez haber salvado a Rusia del Gran Cisma de 1054, al par que podría haber sido decisiva en otros aspectos.

Así fue la Peregrinatio de los monjes de Occidente. Fue tan grande como gesta histórica que sólo encuentra parangón con la de los doce y sus sucesores. Cubrió casi la misma extensión territorial, y tuvo el mismo feliz resultado. Aquella Peregrinatio de los monjes fue la repetición de la proeza de los apóstoles.

Entre esa Peregrinatio y la nuestra hay un abismo. Pero las líneas generales son las mismas. Vosotros, legionarios, ofrecéis el regalo de vuestras vacaciones y de vuestros ahorros; ellos ofrecían sus vidas enteras. Vosotros viajáis con velocidad y lujo; ellos se contentaban con cobijarse en el antro de un oso. El terror formaba parte del ambiente que ellos respiraban: vosotros, en cambio, lo más que podéis temer es que os traten con desdén en una puerta. Vosotros volvéis a gozar de la estima de los vuestros; ellos no regresaban nunca a casa, y de algunos no llegaba a saberse más nada.

Sin embargo, el parecido existe. En una época propensa a las comodidades y al egoísmo, vuestro ofrecimiento resulta generoso. Para hacer lo que hacéis son necesarias grandes reservas de fe y de buena disposición a dar lo que sea preciso. Como tal, vuestra Peregrinatio será tomada en el mismo sentido que la de aquellos monjes y valdrá para cumplir los designios eternos.

Cada una de tales aventuras apostólicas participa del carácter de aquel primer Pentecostés y se halla íntimamente ligada a él. También ahora hay lenguas de fuego para quienes las desean. Estáis no sólo en compañía de María, sino que también sois sus hijos muy devotos; tanto es así que en muchas ocasiones habéis dejado que se burlen de vosotros en honor a su nombre. El Paráclito no se os negará. Mientras os preparáis a ir a hacer la Peregrinatio, imitáis el tiempo de preparación que los discípulos pasaron en el cenáculo, después de recibir el mandato de ir por el mundo a predicar a toda criatura, esperando el cumplimiento de la promesa de la venida del Espíritu Santo que les daría las fuerzas necesarias para llevar a cabo aquella misión. Él vendrá también a vosotros a través de María y os colmará de su abundancia; en realidad El no viene sino a través de ella. No veréis las lenguas de fuego ni oiréis el ruido de un viento impetuoso; sin embargo, el don que recibáis no será por eso menos eficaz. Y así partiréis bien pertrechados espiritualmente a cumplir con las tareas que os aguardan.

Vuestra ambición especial debería ser el realizar un trabajo de una peculiar dificultad; una de esas cosas importantes a que nos hemos referido al hablar de la Peregrinatio. Alimentad una ambición así, pensando en aquellos monjes tan sobrehumanamente desinteresados. Ellos se privaban de todo lo que los humanos tanto valoran: estima, confort, hogar. El sacrificio más duro era el de no regresar nunca más a Irlanda. Ellos se desprendían de todo con el fin de aceptar y seguir la palabra de Cristo y llevarlo a todos los hombres. Qué duda cabe que también vosotros podéis imitar ciertos aspectos de semejante nobleza.

En un sentido, vuestra tarea será, si queréis, más difícil que la de ellos. Ellos tenían que habérselas con caracteres más violentos, pero también más sencillos que aquellos con quienes tenéis que enfrentaros vosotros. Vosotros probablemente no encontraréis peligros físicos. Vuestro problema será el muro de la incredulidad y del escepticismo que se presentará con todas las características de la impenetrabilidad. Los apóstoles y los monjes no tenían que enfrentarse con dificultades de esta índole; su mundo se hallaba más dispuesto a creer. Por eso vuestro esfuerzo ha de ir encaminado al logro de una fe profunda. Nos han dicho autoridades acreditadas que a vosotros, los legionarios, os ha dado María esa fe especial. Valeos de ella como de un ariete contra ese muro, y veréis cómo se tambalea. No es tan sólido ni se siente tan seguro de sí mismo como pretende. Parte de ese muro lo componen nuestros propios emigrantes o sus descendientes y la afectación de falta de religión no es del todo genuina. Los otros son en su mayoría descendientes de la reforma y en ellos pervive en grados diversos la tradición católica. El catolicismo difícilmente muere. Como a la brasa bajo la ceniza, es posible darle nueva vida con sólo soplarle.

La fe es una cualidad divina, casi manejable. Puede usarse como el dinero para comprar cosas. Pero, a diferencia del dinero, puede acrecentarse en nosotros según la vamos dando a otros. Se supone que ha de ser comunicada de unos a otros uno da, otro escucha. Así se transmite. No es algo remoto e impersonal que pueda impartirse a través de los medios de comunicación. La historia de la Iglesia está llena de ejemplos de incrédulos que llegaron a la fe por medio de otros que se les acercaron con ánimo de dársela.

Vosotros tenéis la suerte de ver signos de esta especie cuando hacéis uso de la Medalla Milagrosa. Es innegable la eficacia de esta medalla. No hay nadie entre nosotros que no haya sido testigo de sus poderes de atemperar y de producir efectos. La única explicación válida de su eficacia es que se trata de fe reducida a su forma visible, que es el significado de los sacramentales. El sacramental se vale de nuestra fe de manera tangible para el logro de un fin particular. Y de nuevo aprovecho la analogía del dinero de que nos servimos para las adquisiciones. Lo que nos proponemos conseguir es algo de orden superior o espiritual; si distribuimos la medalla, lo hacemos para adquirir estos bienes superiores. La fe se propaga a través de la medalla, y nuestros deseos se ven cumplidos. La medalla casi nos capacita a manejar la gracia, a disponer de ella, y repito que esto es la idea de los sacramentales. Regaladle la medalla a una persona y habréis puesto vuestra fe en contacto estrechísimo con ella.

Alguno de vosotros habrá oído la historia de la muchacha india ahogada en el río Cowichan. La tribu entera había buscado su cuerpo durante semanas sin resultado. De repente subió a la superficie en el mismo lugar en que había sido echada una Medalla Milagrosa, en el momento de dar por finalizada la búsqueda. Un día les conté esta historia a un grupo de legionarios. Una hora después de mi narración, alguien perdió un reloj en la maleza de la ladera de un monte, donde diez mil hombres no hubiesen sido capaces de encontrarlo. Recordando la historia, echaron una medalla en medio de aquella enmarañada vegetación: y cayó precisamente encima del reloj. La medalla fue capaz de hacer subir a un cuerpo, pudo dar con un reloj perdido. Pero más importante aún es que pueda suscitar la vida en una alma muerta. Ahora bien, sólo es un canal que puede dar paso a la fe; por eso no deis nunca la medalla de manera mecánica. Hacedlo deliberadamente para que sea una portadora de vuestra fe y la confidente de esa alma ante su Madre, cuya imagen está en la medalla.

Lleváis el tesoro de vuestra fe. Pero aunque es vuestro, no es sólo una posesión exclusivamente personal. Dios está en vosotros. Él quiere ensanchar el puesto que ocupa en vosotros y alcanzar a otros por vuestro medio. Estas dos cosas van unidas la una a la otra. Si no tratamos de hacer partícipes de nuestra fe a los demás, corremos peligro de que se nos extinga. Si nos decidimos a hacer pleno uso de ella, puede convertirse en una fuerza más poderosa que cualquier otra de la naturaleza, más potente que la bomba atómica, de mayor alcance que los viajes espaciales.

Pongamos esa fuerza en marcha y apliquémosla a la causa más arrinconada de hoy: la conversión. Pues he aquí que la conversión es idea central de la Iglesia, y, al estar tan abandonada, los esfuerzos que le dediquemos harán descender de lo alto manifestaciones de la omnipotencia divina.

Escuchad; habla nuestro Señor: "Tened fe en Dios. Si alguno dice a este monte: 'Quítate y tírate al mar', y, sin dudar en su corazón, cree que ha de suceder lo que dice, yo os aseguro que eso sucederá" (Marcos 11, 22-23). Y nuestro Señor añade: "Y nada os será imposible" (Mateo 17, 20).

Aceptemos y sigamos su palabra.