Los sabios y el Niño
P. P.M. Iraolagoitia, S.J.
(Evangelio de San Lucas 2, 46)

... y es que el Niño sabe que también los sabios a veces perdidos en el mundo... les ciega su arrogancia, su soberbia...


A los tres días lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros.

A este episodio evangélico solemos denominarlo, popularmente hablando, el evangelio del "Niño perdido". 

Pero el niño no estaba perdido.
El Niño estaba donde menos perdido podía estar: estaba en el templo. Estaba, nada menos que en la Casa de su Padre, como nos lo insinúa él mismo poco después.

Perdidos andábamos todos los hombres, y él había empezado a buscarnos. Aquella vez comenzó por buscar a los sabios y maestros de Israel, que también ellos andaban algo perdidos desde hacía varios siglos.

No sabemos cómo, pero el Niño los ha reunido en torno a él, en uno de los atrios del templo. Y es que el Niño sabe muy bien que también los sabios andan tantas veces perdidos en el mundo "como ovejas sin pastor", y él ha venido a todas las ovejas perdidas de la casa de Israel.

Esta escena del templo es de un profundo simbolismo y de una encantadora belleza: el Niño, que se supone perdido, busca a los sabios, que se supone han hallado la verdad.

El autor del relato ha captado una escena de belleza y de bondad.

La paradoja en la que se cambian los papeles respectivos de los sabios y el Niño, no se resuelve en confrontación, sino en simpatía mutua. Estos rabinos de Israel no son los que, más tarde, chocarán dramáticamente con la persona de Jesús y con su doctrina.

Estos doctores de Israel son más abiertos, más dóciles. Son más puros porque están abiertos a la admiración. Tienen esa humildad imprescindible en toda auténtica sabiduría que es la capacidad de asombro. Aquí hay un alumno y varios maestros. Vuelven a estar las cosas al revés, como lo están tantas veces en el Evangelio.

Como lo están las bienaventuranzas, como esos "últimos que serán los primeros".

Cuando hay un maestro y varios discípulos, suele tratarse de una clase normal. Pero cuando hay un discípulo y varios maestros, entonces puede tratarse de un examen.

Y aquí se trata, efectivamente, de un examen. Los doctores de Israel sin saberlo, están examinando a Dios. El Niño responde y, a su vez, pregunta. Los examinadores son, a su vez, examinados, los doctores aceptan ser adoctrinados.

El relato es una bellísima añoranza de lo que debía haber sido el contacto de Jesús con Israel y con toda la humanidad. Una aceptación asombrosa, por nuestra parte, de la Buena Nueva, de la gracia y del misterio de Dios.

Evidentemente que estos doctores no comprendieron, muchas veces, las respuestas y las preguntas del Niño. Pero no se sintieron heridos en su orgullo, siguieron preguntando: eran sabios.

Tenían esa sabiduría del que sabe que no puede saberlo todo, del que sabe que hay cosas que nunca podrá saber.

Los sabios de esta escena se "estaban haciendo como niños" ante el Niño y estaban, indudablemente, entrando en el reino de Dios.

Uno se figura que allá, en el templo, perdiendo estatura y sentándose en el suelo en torno al Niño, su mente sintonizada con la humildad que es tan precisa para afrontar el misterio.

Para cuando llegaron María y José, el Niño había dicho muchas cosas y los sabios habían comprendido pocas. Sin embargo, habían aprendido a asombrarse, a convencerse de que no lo sabían todo y de que no podían comprenderlo todo, sobre todo en las cosas de Dios.

Cuando llegaron María y José, también ellos se enfrentaron a otro asombro, le preguntaron al Niño por qué les había dejado, y él les contestó que tenía que "estar en las cosas de su Padre".

María y José tampoco lo comprendieron. Pero ellos hace tiempo que habían aprendido a no comprender, a aceptar confiadamente y a "guardar todas estas cosas en su corazón"

Tener la humildad es imprescindible en toda auténtica sabiduría que nos hace capaces de "asombrarnos" de admirar...