Los textos marianos se definen mutuamente
Por el Siervo de Dios Frank Duff
Cuando el gran cardenal Newman comenzaba a acercarse a la Iglesia Católica, una de las dificultades que se le presentaron fue el lugar destacado de María en el pensamiento y en el culto de la Iglesia. Por aquel tiempo se hallaba bajo la influencia de la opinión protestante de que tal devoción era un brote relativamente moderno e injustificado. Esa opinión sostenía, además, que no se daba ninguna señal de devoción a María en la primitiva Iglesia y que los primeros indicios habían de descubrirse solamente después del concilio de Efeso en el año 431.
Obsérvese aquí que el año 431 es una fecha bastante temprana en la vida de la Iglesia. En esa etapa la Iglesia estaba comenzando a conocerse a sí misma. Hacía sólo cien años que había salido de las catacumbas. Antes de Constantino la Iglesia estaba prohibida por la ley. Los brotes de persecución eran frecuentes. No se podía construir iglesias. El culto era en gran parte secreto, y la liturgia estaba necesariamente sin desarrollar, reducida a su forma esquemática. No se pensaba en aspectos de la devoción que con el tiempo figurarían en lugar destacado. Era el caso de una flor que se abría gradualmente. Pero esto afectaba tanto al modo de enfocar las cuestiones referentes a nuestro Señor como las relativas a nuestra Señora.
Newman describió aquella situación de una forma oportuna. El examen detallado del pasado le convenció de que todo lo que había en la Iglesia posterior tenía que hallarse en la primitiva Iglesia, al menos en germen o a escala reducida. Sugirió que era como mirar un paisaje a través de una lente de disminución; todo quedaba reducido al extremo de no verse casi; pero todo estaba allí. Luego, empleando el proceso inverso del aumento, resulta evidente el hecho de la fiel proporción entre la infancia y la madurez.
Cuando Newman comenzó a investigar los años más tempranos en busca de vestigios de devoción a María, no tuvo dificultad en encontrados. Lo que había allí era significativo; era el reconocimiento de María como la nueva Eva. Sería imposible asignarle un grado más alto que aquél; pues la hace algo intrínseco al cristianismo. Recalco que ésta es la misma expresión aplicada a Ella en el último documento del papa "Marialis Cultus". "Intrínseco" es una palabra muy especial. Profundiza más que "importante" o "esencial", que podrían referirse a lo accesorio solamente. Intrínseco significa que algo pertenece a la esencia íntima, de forma que, si quita el carácter de la cosa, ya no es el mismo.
Esa es la misma idea que se nos ofrece al presentar a María como la nueva Eva; la hace intrínseca a la salvación. El papel que Eva representó en la caída y en la posterior economía doméstica de Adán fue totalmente intrínseco, si es que se puede aplicar la palabra "totalmente" a lo que ya es superlativo. Si María tuvo un papel proporcionalmente igual al de Eva, entonces María es sin género de dudas intrínseca al cristianismo; de modo que lo que el Papa dice hoy no es más de lo que el paralelo de Adán y Eva afirmaba en la primera edad de la Iglesia.
Se ha intentado disminuir la fuerza de éste apuntando al hecho de que san Pablo, cuando se refiere a Jesús como el nuevo Adán, se abstuvo cuidadosamente de llamar a María la nueva Eva. Se infiere que no la vio como una nueva Eva. Si fuese así, fue más que imprudente al llamar a nuestro Señor el nuevo Adán; pues, con lógica, las mentes no se detendrían donde él lo había hecho, sino que seguirían adelante. Esto sería inevitable. Adán y Eva estaban tan estrechamente unidos, que eran casi una única expresión. No se puede pensar en ellos por separado. San Pablo no era deficiente mental; por eso tenía que haber razón poderosa para su silencio acerca de la nueva Eva. Cualquiera que conozca las circunstancias especiales de aquella época sabría aquella razón. Y era que en la primera presentación del cristianismo al mundo pagano no debería haber nada que diese la impresión de que María era una mujer diosa junto a su hijo, Hombre-Dios. Todas las religiones paganas poseían ese rasgo de una deidad femenina junto a la deidad masculina. Eso tenía que evitarse, y por el momento María tenía que retirarse a un segundo plano.
Pero esa razón ya no existía cuando la predicación cristiana se había extendido y los convertidos instruidos eran suficientes en número para explicar la enseñanza cristiana. Vemos que los sucesores inmediatos de los apóstoles dieron el paso adelante que se deducía de la enseñanza de san Pablo y no dudaron en propagar el paralelo pleno de Adán y Eva. Todo eso se desprendía del análisis de Newman sobre los comienzos del cristianismo y fue definitivo para que él colocara el papel de María en el más alto relieve posible.
No vaya tratar las interesantes implicaciones ulteriores de esa analogía de Adán y Eva. Me contento con repetir que en los tiempos más primitivos del cristianismo María aparece en la misma posición principal que el más reciente documento papal le atribuye, ni más ni menos.
Esa analogía de Adán y Eva tan perentoriamente describe el lugar central de María en la doctrina cristiana, que parecería imposible avanzar más. Con todo, me atrevo a pensar que es posible alcanzar mayores alturas tanto de antigüedad como de grandeza con relación a Ella; que incluso tenemos a nuestra disposición una declaración más portentosa, dada en palabras del mismo Padre Eterno.
Inmediatamente después de la caída de Adán y Eva, Dios habló palabras que, aunque dirigidas a Satanás, tenían por destino las generaciones venideras de hombres para que les sirviesen de apoyo principal. Este sería necesario. La humanidad se sabía reducida a la privación más extrema. Yacía en la oscuridad y en la sombra de la muerte. Si no se había de rendir a su miseria, tenía que dársele una esperanza. Debía darse cuenta de que su situación actual no era definitiva, sino un túnel, que por largo que pudiera ser, tenía salida a la felicidad. Esa profecía apuntaba a una futura restauración. Era como un punto de luz en la lejanía, pero suficiente para mantener la luz viva.
Esa profecía, la primera de todas, se contenía en una frase breve: "El Señor Dios dijo a la Serpiente: Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu descendencia y la suya. Ella aplastará tu cabeza". (Gén 3-15). Esta frase ha sido denominada el Protoevangelio, que es un término griego que significa "el primer evangelio". Es una descripción colosal para atribuirla a una frase, pero no excesiva teniendo en cuenta su infinita importancia. En su breve extensión logra reducir la sustancia y calidad de todo un evangelio. Trataré de mostrar su alcance casi increíble y su sentido mariano.
Es una promesa de redención. El elemento que primero menciona es la mujer que reparará lo que una mujer destruyó. Subraya que Ella no va a realizar la restauración por sí misma en mayor grado del que Eva hizo el daño sola. Tendrá un niño, y entre ellos, en una especie de asociación, quebrantarán la cabeza de la Serpiente que había aplastado a Adán y Eva.
Ahí tenemos, inmediatamente después de la caída, con contorno definido, la misma imagen del nuevo Adán y Eva que la Iglesia comenzará a emplear miles de años después. Ambas figuras muestran que la redención representaba lo que se ha llamado una divina venganza.
En otras palabras, por un proceso misericordioso, tomó cada uno de los aspectos de la caída y los transformó en la finalidad contraria.
He hablado de una asociación entre la mujer y su descendencia. Pero no quiere decir una asociación de igualdad. Jesús es Dios. Su madre no lo es. Es la virtud de Jesús la que realiza la redención; no obstante, la cooperación de Ella se ha hecho necesaria en la misma medida en que la acción de Eva contribuyó a la caída, aunque fue en Adán en quien cayó el género humano.
Aquella misma forma de pensar que rechaza poner la nueva Eva junto al nuevo Adán no reconocerá probablemente en María a fa mujer del Génesis. ¿Quién suponen que es aquella mujer? Seguramente es de forma inequívoca la madre del Mesías, el cual es designado como la descendencia. Uno así lo cree; pero ellos no quieren reconocerlo.
Pretenden que la palabra "mujer" no se refiere a una persona, sino significa el pueblo escogido, del que saldrá el Mesías, Por supuesto que hay innumerables ejemplos en la Escritura donde se emplea semejante simbolismo. ¿Puede ser éste uno de ellos? Si lo es, es un simbolismo mixto, el caso de un grupo que da a luz a una persona. Un interesante comentario sobre esto nos lo proporciona el hecho de que los judíos modernos se han refugiado en la idea de una restauración nacional de su pueblo llevada a cabo por medios políticos o militares. ¿Mas no sería esto, echar por tierra la otra interpretación, ya que las dos juntas vendrían a decir que la raza judía daría a luz a la raza judía?
Profundicemos en la Escritura y veamos qué justificación puede haber para excluir a la mujer como persona real.
1. El cuarto capítulo del Génesis (5, 1) dice que Eva concibió y engendró a Caín y dijo: "He recibido un hombre del Señor". Algunos escritores han afirmado que esta forma de expresión mostraba cómo Eva creía que su hijo era el Redentor prometido y ella la mujer mencionada. Puede que esto sea sólo una leyenda, pero al menos indicaría que Adán y Eva, los herederos inmediatos de la Promesa, creían que una mujer real había de dar a luz al Mesías. Además, ¿Existe la menor probabilidad de que las generaciones sencillas y primitivas, a quienes se dirigía aquella profecía, no viesen en ella sino el sentido directo de que una mujer real daría a luz a un, hijo real?
En aquel momento, antes de que hubiese nacido un niño para formar una familia, y cuando la idea de nación era algo totalmente fuera de tiempo e inconcebible, ¿Por qué había de proponer Dios un simbolismo que carecería de sentido en aquellas circunstancias? Sólo digo que no es verosímil. Por otra parte, si Dios había hablado en términos simbólicos, no fue de esa forma como el pueblo lo entendió. En su espera el pueblo pensaba con ilusión en un Mesías personal y en una mujer que lo trajese. Llegó a ser la ambición de la doncella judía poder ser esa persona.
2. Tampoco las primeras razas de hombres leyeron la profecía con ese sentido simbólico. Cuando la humanidad se dispersó sobre la faz de la tierra, llevaron consigo esa profecía. Aunque fue desfigurada de distintas maneras, formó el núcleo de todas sus antiguas religiones o mitologías. Junto a su deidad masculina había otra femenina. Estas imágenes tenían su origen sin duda en aquella mujer prometida y en su descendencia, a quienes aquellos pueblos imaginaron como personas reales.
3. El profeta Isaías, unos 700 años antes de Cristo, declara (7, 7): "El Señor mismo te dará una señal. He aquí que una virgen concebirá y dará a luz a un hijo, y su nombre será Emmanuel", es decir, Dios con nosotros. Por tanto es una virgen la que dará a luz, y su hijo no será otro que Dios mismo. San Mateo incluye ese texto en su evangelio (1, 23).
4. San Mateo (1, 20) nos dice que, cuando san José se entristeció al hallar que su mujer, aun no desposada, estaba encinta, el ángel del Señor le instruyó: "No temas, hijo de David, en tomar contigo a María, pues lo que ha sido concebido en ella es del Espíritu Santo". Por lo tanto, no pudo haber sido intención de Dios excluida de su primera promesa de aquel auténtico acontecimiento.
5. San Lucas (1, 42-43): "Isabel gritó con gran voz diciendo: Bienaventurada eres tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. ¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?" La expresión de que una persona hablaba en voz alta se usa en la Escritura para indicar que son palabras del Espíritu Santo. No hay duda de que Isabel tiene presente en su mente la mujer del Génesis y ve al Mesías prometido en el niño que lleva dentro.
6. San Mateo (2, 11) dice que, cuando los magos de Oriente llegaron a Belén, encontraron al niño con María, su madre. E inmediatamente después el ángel se apareció a san José, y le dijo que tomara al Niño y a su madre y huyera a Egipto. ¡De nuevo esta concreta referencia a la madre y al Mesías!
7. San Lucas describe maravillosamente (1, 35): "El ángel le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Y por eso el Santo que de ti nacerá será llamado el Hijo de Dios". ¿Dónde aparece aquí la más ligera intención divina de pasar por alto o disminuir la maternidad de María? ¿Podría elevarse más el lenguaje o hablar con más claridad? Este pasaje de san Lucas muestra el cumplimiento en el tiempo de la promesa del Génesis. Juntad ambos pasajes y veréis cómo es imposible suponer que María no es la Mujer del Génesis. Dios es el autor de estos dos textos, del que contiene la promesa y del que describe el cumplimiento de la promesa.
8. San Lucas (2, 29. 30. 34. 35) nos refiere: "Simeón dijo: Ahora puedes, Señor, dejar marchar a tu siervo en paz; porque mis ojos han visto tu salvación. Y dijo a María, su Madre: He ahí que este niño está puesto para ruina y salvación de muchos en Israel, y como señal de contradicción. Y una espada atravesará tu alma".
Mientras dice estas palabras proféticas, los ojos del santo Simeón penetran el futuro y ven la realización de la redención por la mujer y su hijo. El pende de la cruz y, ella es crucificada en su alma.
9. El Apocalipsis (12, 1) dice: "Una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida con el sol y la luna bajo sus pies, y en su cabeza una corona de 12 estrellas". Esto apunta a la glorificación de María. Como enseña el Concilio, Ella anuncia en su persona la plenitud de la redención. Ella es ahora lo que al final será la humanidad salvada.
Se podría continuar esta serie de textos; pero quizá se ha dicho ya bastante para probar cómo sería forzada e imposible cualquier interpretación del texto del Génesis que convirtiese a la mujer en un símbolo que significase el pueblo escogido. Este último procedimiento sólo es posible si uno separa aquel texto de estos otros que he citado; y no se puede pensar en tal separación. Me extenderé en esto por su extrema importancia.
Dios es el origen de aquella primera profecía, igual que lo es de los varios textos que he explicado. No es como un escritor que a lo largo de los años puede contradecirse a sí mismo o dar distintos sentidos a la misma cosa.
Para Dios, mil años no son más que un momento; todos esos textos diferentes son un solo pensamiento suyo. Esta será la llave maestra para comprender este problema. Debemos juntar todos los textos y miradas como facetas de la profecía de Dios a Satanás. Cada uno, tomado por separado, puede presentar problema. Reunidos, cada uno explica los otros y todos forman un conjunto armonioso. Así mirado el Protoevangelio, no podría ser más claro acerca del futuro: la bienaventurada Virgen María, sin mancha de pecado original, dará a luz al hijo de Dios y, con Él, invertirá la caída y restaurará la humanidad.
Solamente el contumaz rechazaría ver el papel trascendental que el Protoevangelio atribuye así a María. La Iglesia siempre lo ha reflejado fielmente. La tradición católica le asignó el oficio de aplastar a la serpiente. La traducción del Antiguo Testamento al latín dice: Ella aplastará tu cabeza, versión que debe haber recibido la influencia del común sentir del momento.
Pero se podría también traducir "él" o "ellos" o "ello", siendo la causa de estas posibles variantes la ausencia de pronombres personales en hebreo. La tendencia moderna es la de adoptar "él", atribuyendo la derrota de la serpiente a la acción directa de Jesús. El protestantismo tiene sus razones para leerlo así. Hoy por hacer una Biblia uniforme, la Iglesia va adoptando esa versión. Sea la que sea la palabra empleada, el sentido último es el mismo. Jesús, no María, es el Redentor. Si María aplasta a la serpiente, es por el poder de su hijo; pero su lugar esencial en el plan global es evidente según el Protoevangelio. Está en segundo lugar, después de Jesús. Es algo intrínseco al cristianismo.
Otro punto: ¿Por qué usa el Protoevangelio la palabra "descendencia" en vez de la palabra más natural hijo o niño, que aparece en otras partes de la Escritura en que es nombrado junto con María? Puede que se intente dar una enseñanza especial. Veámoslo detenidamente. "Descendencia" hace referencia igualmente a una pluralidad que a un individuo; pero ¿Por qué sugerir eso cuando es a Jesús a quien se refiere la profecía? ¿Puede ser la explicación el que la gran profecía nos enseña también la doctrina del Cuerpo Místico? Para los legionarios esta doctrina es familiar. Quizá, en atención a otros, se me permita dedicarle unas palabras. Quiere decir que por el bautismo se contrae una unión entre Jesús y el alma. A continuación se lleva una especie de vida en común, en la que cada uno contribuye a esa unión. El alma da su fe, sus otras cualidades y energías y quizá sus debilidades. El Señor da su divino poder. La suma total de las almas así comprendidas, junto con Jesús y su madre, forman lo que la Iglesia llama el Cuerpo Místico. Es un cuerpo real y en ningún sentido un símbolo o nueva imagen. Es la Iglesia Católica. En él cada uno realiza un papel particular. Los más importantes son desde luego los de Jesús y María. Siguiendo la imagen del cuerpo humano, nuestro Señor se asemeja a la cabeza, la parte principal; y nuestra Señora al corazón, que distribuye la vida.
Repito: ¿Puede ser que el empleo de la palabra "descendencia" allí donde podíamos esperar una expresión más personal quiere significar aquella plenitud que llamamos Cuerpo Místico? Esto mostraría aún más la riqueza central de esta primera profecía divina. Cito del evangelio de san Juan (19, 26-27): "Jesús, viendo a su madre y al discípulo Juan junto a la cruz, dijo a su madre: Mujer, he ahí a tu hijo. Luego dijo al discípulo: He ahí a tu madre". Por lo tanto la "descendencia" es al mismo tiempo uno y muchos. Representa a Jesús y a sus miembros. Y María es verdadera madre de ambos.
Notad de nuevo el uso de esa expresión de destino, "mujer", con relación a María. He dado cuatro ejemplos, cada uno de los cuales representa un momento distinto de la redención. Los cito juntos: primero, en el Protoevangelio. Segundo, en Caná, donde Jesús comienza su misión. Tercero, en el Calvario, donde nuestro Señor consuma su obra. Al decir "mujer", apunta indudablemente al Protoevangelio, donde se hace la promesa de Jesús y María. Cuarto, en el que María es coronada como el primer fruto de la humanidad redimida.
He insistido tanto en el aspecto mariano del Protoevangelio porque me parece la afirmación más significativa de todas las de la Escritura sobre nuestra Señora. No creo que se le haya prestado la suficiente atención desde este punto de vista. Como he estado recalcando, reduce a pocas palabras la grandiosa épica de la redención. Comienza anunciando a la mujer. Ella precede primero en el tiempo; tiene al menos esa pequeña precedencia sobre su hijo; pero hace mucho más que llegar antes que Él. Lo engendra físicamente y por la fe. Y, después de eso, es su asociada necesaria para la realización del plan divino en su totalidad. No sólo contribuye al logro de la redención, sino también a su aplicación. No sólo es la madre de Jesús, sino de su Cuerpo Místico, y tan necesaria para éste como lo fue para Aquél.
Lo digo una vez más: Como explicación del lugar y grandeza de María la primera profecía sigue siendo un monumento permanente que descuella sobre todo lo demás. María no es el principal elemento del Cristianismo.
Jesús lo es. Pero María es intrínsecamente esencial a él.