María, nuestro complemento
Por el Siervo de Dios Frank Duff
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Siervo de Dios Frank Duff en 1936.El título: "Oh, María, Madre mía" es atractivo y fascinador. Pero a veces pierde su fuerza expresiva, por repetirlo mecánicamente. No hemos de permitir que ocurra eso con un título de María que Dios nos ha propuesto y que, por tanto, debe realmente significar todo lo que conceptualmente expresa. Por eso, cuando meditemos, debemos cerciorarnos de no infravalorar el contenido de la intención divina. María nos ama en extremo, pero en un sentido que va más allá de lo emocional -que en sí significaría, bien poco. Su amor es vivificante y práctico. Da acogida a todos los aspectos de nuestra vida. Es tan vital para nosotros como el de una madre para sus pequeñuelos. Sin embargo, es de una amplitud y profundidad mucho mayor. El niño puede después de su nacimiento seguir viviendo sin su madre; el alma, en cambió, es incapaz de arreglárselas sin María. De ello da fe la enseñanza ordinaria de la Iglesia. María ha sido creada por Dios como parte integrante de la salvación.

Su parte no es insignificante. La Inmaculada Concepción elevó su capacidad de amor a unas alturas muy por encima del nivel normal de las madres, de tal forma que puede decirse que su amor supera al de todas las madres humanas juntas. Así es la descripción que se hace de las grandezas de María. Llegan a un punto que nuestras mentes no logran alcanzar. No obstante, todo eso se queda dentro de las categorías humanas.

Su título de Madre asciende casi infinitamente más allá ya que ha sido incorporado al Plan secreto de Dios (Ef 1,9) como expresión del mismo amor divino.

De todos modos, la maternidad de María excede en mucho a la natural, que tan a menudo se queda corta y sin alcanzar sus objetivos.

Y puesto que su misión es ser Madre, primero de Cristo y luego de los hombres, Dios la ha formado de tal modo para esa función, que, al desempeñarla, produce necesariamente efectos de perfección.

Tampoco deberíamos hacer una distinción radical entre el amor que expresa a Jesús y el que nos manifiesta a los demás hijos. Pues ella ve a Jesús y a sus miembros dentro de una misma unidad, los ve prácticamente identificados; por eso los ama a todos con la misma clase de amor. Su amor es único, insuperable, inagotable. No puede ser alterado ni verse privado de sus prerrogativas. Es de probada fortaleza frente al peor comportamiento. Triunfa contra la ignorancia y contra el odio. María ama con un amor fiel que nunca varía.

Como todo esto es algo que todos los hombres anhelan en su corazón, pero que no lo experimentan nunca sobre la tierra, la mera sugestión de poder alcanzarlo a través de María ejercerá un atractivo. Es indiscutible que los hombres se sienten conmovidos al exponerles esta consideración. Luego, el pensar sobre María desde este ángulo abre en las almas humanas la puerta a su influjo.
Pero, además de ofrecerles esa reflexión, hemos de tratar de María con todos. Hemos de decirles que es su madre y que deben conocerla. Que deben aceptar su calidad de madre como algo vital. Como ya os lo ha estado proclamando la Legión, el germen de amor hacía ella ha sido plantado, independientemente incluso del mismo Bautismo, en el corazón de cada hombre. Por eso responderá instintivamente de forma favorable.

Respecto a la maternidad de María hay una cualidad peculiar que debe ser examinada atentamente. Y es que, en la medida que le permitimos ejercer esa función sobre nosotros (y tenemos la potestad de impedirlo). Dios nos, identifica con ella. Ve nuestro comportamiento a través de ella, o, por así decir, en su luz. Esa luz, como la de la naturaleza, transforma todo lo que ilumina. Este aspecto es importante, pues la luz que María difunde es suave y compasiva, manifiesta cualidades, aumenta el atractivo, hace verdaderamente que todo aparezca diferente. Sin embargo, el influjo de María es aún mucho más poderoso que todo eso; hace que el simple cobre no sólo parezca oro, sino que lo sea.

Este modo de actuar de María nos lo pinta un poco diferente San Luis María de Montfort. El dice que María es nuestro "Complemento". Que ella completa lo que falta a nuestras acciones y a nuestro modo de ser, elevándolo todo a un plano más alto, y hasta podemos decir celestial. San Luis María de Montfort insiste en que, si recurrimos debidamente a ella, nuestra oración se transforma y hace suyas las cualidades de la oración de María, y, por tanto, es ella la que reza en nosotros. Naturalmente, esto también es aplicable a nuestras acciones; la virtud de María pasa a ellas y las sublima. Nuestras intenciones se llenan de su pureza, que las sobrenaturaliza, y nuestras timideces y debilidades desaparecen eliminadas por su fortaleza.

El saber que María actúa como Complemento de nuestras deficiencias puede ser verdaderamente iluminador. Neutralizará esa sensación de insuficiencia que de mil maneras limita nuestras potencias. Nos hará mucho bien, especialmente en el orden sobrenatural, donde la fe es la fuerza motriz, y donde las consideraciones humanas tienden a ensombrecer y dominar a ésta.

Si conseguimos caer en la cuenta de que realmente tenemos a nuestro alcance tal Complemento, anhelante además de perfeccionar nuestras vidas, el efecto puede ser sorprendente. Con María, nuestra fe se ve libre de cortapisas y es capaz de obrar intrépidamente. Es como un pájaro cautivo puesto en libertad. Sabiendo que María remedia nuestras insuficiencias, ¡de cuán diversa manera nos acercaríamos a ella, y, con ella, a las Tres Divinas Personas! ¡Cuánto cambiará para nosotros la Misa y la Santa Comunión, donde ordinariamente nos sentimos tan abrumados por nuestra debilidad y por la inutilidad de todo lo que estamos en condición de ofrecer! ¡Qué transformación experimentarán esos momentos de aridez y de desolación que paralizan el alma! ¡Imaginaos la fuerza alentadora que nos proporcionará sentirnos suplidos por María y el saber que nuestras insuficiencias e imperfecciones van a quedar ahogadas en el enorme océano de su fe y de su amor! Repito: Al estar asociados a María, Dios ya no repara en nuestras imperfecciones, se fija más bien en ella. Recordaréis seguramente aquella queja de Santa Teresa, referida en el Manual: "¡Recibir tanto, tanto; y devolver tan poco! ¡Ay, ése es mi martirio!"

El remedio a esa sensación teresiana, que también se puede apoderar de nosotros, nos lo da el pensamiento de San Luis María de Montfort. Una vez de que nos aferramos a la idea de que María tiene la misión de complementarnos, en todos los aspectos de nuestra vida, no tenemos por qué sentimos agobiados por el sentimiento de nuestra ineptitud de amar y de corresponder debidamente, María, efectivamente, completa lo que nosotros somos incapaces de suplir. Apoyarse en este pensamiento es sobremanera alentador.

Pero, es también esencial que no reduzcamos al nivel de lo puramente psicológico esta función espléndida de complemento que adopta María al impartimos su ayuda maternal. Repercute, naturalmente, sobre nuestros ánimos, pero, eso es, casual. El favor que María nos hace es, ni más ni menos, la gracia de la intervención de Dios. Al decir esto no fantaseamos: nos referimos a algo que transciende infinitamente a la naturaleza.

Quede además claro que ese favor lo concede María al que se lo pide. La maternidad de María es tal y tan sublime que se ve obligada a responder la llamada del hijo. María es incapaz de faltar. No puede resistirse a una invocación filial. Por tanto, ningún ruego dirigido a ella queda sin ser contestado. Pero no sin más, pues requiere como condición que depositemos en ella nuestra confianza. Ha de haber fe en su papel, y cooperación con él: tal es la ley. María está constituida por Dios en Madre de todos los hombres. Y así como Jesús murió por los que no le conocían, también María es madre de los que no la conocen. Pero, para hacerse acreedores a la gracia de la maternidad, los hombres deben dirigir a ella sus miradas y reconocerla como Madre. Hecho esto, tu maternidad santa de María alcanza su objetivo y los acepta como hijos.

De ahí la necesidad absoluta de hacer que María sea conocida por todos sus hijos, Ahora bien, si ni siquiera la conocen, o la conocen mal, los que profesan el cristianismo, ¡cómo la van a conocer los que se hallan fuera de la Iglesia! Peor aún; el desconocimiento o la mala información que tienen sobre la Virgen llega a crearles prejuicios y a despertar hostilidades contra ella.

La gravedad de este asunto ha de ser calificada por la siguiente declaración del Concilio, tomada de la Constitución sobre la Iglesia en el mundo actual: "Como consecuencia de la caída, toda vida humana, individual o colectiva, se nos presenta como una lucha, por añadidura dramática, entre el mal y el bien, entre las tinieblas y la luz". Esto no es más que un eco del texto fundamental del tercer capítulo del Génesis, que desde lejos delinea la futura Redención: "Pondré enemistades entre ti y la Mujer, entre tu descendencia y la suya". Ese horrible enfrentamiento de principios convulsiona al mundo y continuará haciéndolo estremecer hasta el último día. Todos los hombres están implicados en una parte o en otra. Naturalmente la Mujer triunfará a través de su Hijo. La importancia de su misión respecto a los hombres, y por ende de la postura que éstos tomen hacia ella, es verdaderamente decisiva. Por eso, ¡qué catástrofe para el que se aparte de su lado en esa guerra que decide la suerte eterna de cada uno!

Los que no se alinean con María nos replicarán, tal vez, que ya están de la parte de su Hijo. Eso no basta. El texto une a la Mujer y a su descendencia, y los describe ejerciendo una misión indivisible; excluir a la Mujer acarrea la supresión de su Hijo, ¿Es este "lenguaje duro e insoportable al oído"? Los que introducen tales limitaciones en su fe deberán recordar que eso mismo dijeron aquellos incrédulos que no admitieron las palabras de Cristo sobre la Eucaristía (Jn 6, 61).

¿Por qué tiene María una misión tan importante? Porque estaba en los planes de Dios el hacerla todo lo grande que podía. Y como no interpuso obstáculo al designio divino, sino que, por el contrario, le ofreció una cooperación y una acogida sin reservas. Dios cumplió en ella su voluntad. Esa es la razón de que María haya alcanzado alturas de todo punto incomprensibles a los humanos. Tanto es así que el Padre Faber dice que Dios no podría revelar de una sola vez todas las excelencias de la Virgen, porque eso no haría más que abrumar y confundir a los hombres, y que Él nos imparte nuevos conocimientos sólo gradualmente, es decir, a medida que vamos asimilando los ya recibidos. Las declaraciones del último Concilio vienen a ser las luces más recientes sobre ese proceso de la revelación. Sería interesante saber cuál va a ser la próxima verdad que se ha de esclarecer. Es probable que sea la clarificación o formal definición de la doctrina sobre la mediación de Nuestra Señora -aunque esos teólogos de la nueva ola nos aseguren de forma tan tajante que este aspecto de María carece de consistencia doctrinal. El siguiente punto sobre el que la Iglesia podría ilustramos, pudiera ser, a mi modo de entender, el de María como Esposa Inmaculada del Espíritu Santo, pues actualmente nuestra inteligencia sólo llega a tener debilísimos atisbos de este misterio.

¿Qué vendrá después de todo eso? Nuestra imaginación claudica, pero estamos seguros de que se han de dar otro paso y después nuevamente otros. A Dios un podemos ponerle límites. Es importante tener presente el principio de que Dios ha querido hacerla tan grande cuanto convenga a su condición humana. Santo Tomás dice que, por la grandeza de su divina maternidad: María roza lo infinito. Sin ir más lejos, la Iglesia acaba de ofrecemos algo portentoso. El Concilio ha declarado que María es nuestra abogada, compañera del Nuevo Adán, su cooperadora y mediadora. Al leer estas expresiones no debemos aplicarles un sentido simplemente piadoso y, por así decir, irreal; debemos tornadas literalmente como verdad absoluta. María no debe ser imaginada como un simple canal a través del cual fluye la gracia hasta nosotros. Si el papel de María se redujese sólo a eso, su misión no significaría nada. No la dignificaría el parangonarla con un cable a través del cual pasa la corriente para realizar sus diferentes cometidos.

Por otra parte, tampoco hay que concluir sin más que esos diferentes papeles que el Concilio le ha atribuido son sólo variantes y sinónimos unos de otros. Eso no es cierto. Cada uno tiene su particular riqueza de significado. Omitir un dato en una fórmula de medicina o de matemáticas puede estropearlo todo. Pues igual ocurriría si intentásemos reducir las maravillas de María englobándolas en un solo concepto. Exactamente lo mismo que un director de orquesta percibe cada instrumento, también nosotros hemos de tratar de advertir y constatar las diferencias. Por tanto, cada uno de los muy variados términos que la Constitución de la Iglesia le aplica ha de ser considerado separadamente desde este punto de vista. Pues cada uno tiene su significado profundo y propio, y añade algo distintivo.

Valdría la pena desarrollar esta idea. Considerando que cada expresión descubre una nueva nota, deberíamos analizar la multitud de las que la Iglesia, los Santos y los Doctores le han aplicado. Cada nuevo atributo mariano que conozcamos nos hará comprender mejor los métodos diferentes que Dios emplea al amarnos. Conocer a María es en parte conocer a Dios.

Ayúdate y Dios te ayudará, dice el refrán. En este caso ese proverbio se hace eco de un principio religioso. Efectivamente, Dios interviene en el hombre siempre que lo ve dispuesto a colaborar. Lo que el hombre no pueda aportar, lo suple Dios. Eso sí, el hombre deberá hacer todo lo que pueda respecto a su salvación. Ahora bien, el plan salvífico del amor divino se opone diametralmente al plan del pecado: es su polo opuesto. El que más hace restaurarse a sí mismo más coopera con ese plan. Cuanto más completa sea la colaboración del hombre, tanto más operará en él la gracia.

Si el Redentor fuere a dar al hombre lo que éste es capaz de poner de su parte en propio provecho espiritual, ello significaría que la Redención estaba ejerciendo una limitación; estaría, en efecto, privando al hombre de la oportunidad de responsabilidad y de crecimiento en la gracia. Lo cual sería inimaginable, puesto que la finalidad de la Redención ha sido precisamente hacer bien al hombre: salvarlo, santificarlo y desarrollarlo en el modo más completo. Este plan de enriquecimiento se vería restringido si Jesús privase al hombre de la facultad de poner algo de su parte. Es por eso por lo que Dios estableció que los hombres completaran con su cooperación la parte del sacrificio propiciatorio que Jesús no realizó directamente. A esta colaboración se refiere la Escritura cuando habla de lo que falta a los sufrimientos de Cristo (Col 1, 24). El privilegio del hombre de poder contribuir a la obra de la Redención no implica ofensa alguna a la perfección de la propia obra de Nuestro Señor, antes bien proclama su excelsitud.

Este elemento vital de la doctrina católica no ha sido, al parecer, comprendido en absoluto fuera de la Iglesia. Naturalmente Dios podía habernos concedido la salvación y la total perfección sin cooperación alguna por nuestra parte. Ciertos sectores del Protestantismo proponen sólo el Bautismo y un acto de fe como condición para ser salvados, y algunos hasta omiten el Bautismo. En tal caso la cooperación humana desciende, por así decir, a niveles de cero. Una vida reducida a eso reflejaría pobremente la vida de Nuestro Señor, que diariamente tomó su cruz, que rezó incesantemente, que practicó toda clase de virtudes, y del cual nos refieren que creció en edad y sabiduría y gracia (Lc 2, 52).

La vida cristiana debe ser una imitación progresiva y ascendente de Cristo. Tenemos que vivir en Él y participar activamente en los diversos aspectos de su vida. Los Santos consiguieron alturas admirables en este ejercicio. Las cimas más altas las alcanzó María.

María está en la cúspide de ese plan salvífico del amor de Dios. El Concilio la describe como Tipo de la Iglesia, lo cual quiere decir que ella es ya ahora lo que la Iglesia será cuando finalmente se congregue en el cielo completa y sin tacha. Por mi parte, supongo que esto nos autorizará a considerar igualmente a María como Tipo del hombre individual salvado, pues cada uno tomará parte de la cualidad de la Iglesia. María es el Tipo del hombre redimido. La voluntad de Dios de que el hombre tome parte en su Redención encuentra en ella su principal realización. Ella cooperó en la Redención más que las demás simples creaturas juntas.

La oración de los justos de todas las generaciones antes de la venida del Mesías no habría sido suficiente sin la contribución de María; tanto es así que de ella puede decirse que con sus oraciones ha hecho bajar hasta la tierra al Redentor. Su acto supremo de fe alcanzó lo que de otro modo no se hubiera podido conseguir: sirvió de base a la Encarnación. Sola estaba, pero puso en movimiento el plan divino de la salvación del mundo. Luego colaboró de tal modo en todos los demás actos de la Redención que ha sido llamada la Nueva Eva, es decir, la Cooperatix por excelencia.

Aquí se presenta algo muy interesante. La función cooperadora de la Santísima Virgen era de tal magnitud que por sí sola habría podido ser la aportación humana que Nuestro Señor buscaba. Pero, nuevamente, eso no estaba dentro de los designios divinos; por lo tanto, el hombre no fue eximido de dar de sí lo que estaba dentro de sus posibilidades. De lo contrario, su estatura espiritual habría disminuido en el tiempo y, por consiguiente, en la eternidad.

Esa misma doctrina que nos enseña que Jesús dejó algo que el hombre debía poner de su parte podemos adaptarla y aplicarla a María. Tampoco María se encarga de hacerle al hombre lo que éste puede ofrecer. No le priva en lo más mínimo de ningún derecho correspondiente al privilegio de cooperar en su salvación con Ella y en Jesús. El hombre, por tanto, podrá presentarse a juicio como cristiano responsable y oír las palabras que le asegurarán para toda la eternidad de que el asumir responsabilidad le mereció aquel grado más profundo de intimidad.

Entre aquel día glorioso y el presente está el tiempo de la peregrinación. En este valle de lágrimas, nosotros participamos en la expiación de Jesús y en la cooperación de María con Jesús.

Jesús es nuestro Redentor. María nuestra Madre. Ambos nos son necesarios en sus respectivos órdenes. Conforme a esta disposición de las cosas, nosotros no podemos amar a uno y dejar de lado al otro. Tenemos que servir al uno y al otro con un amor indiviso.

Después de haber dicho todas estas cosas justificables, creo razonable añadir que la misión de María respecto a la salvación es tan grandiosa que si no percibimos su trascendencia erraremos de tal forma que se podrá decir que no hemos captado la idea de Dios.

Además de todo esto, Dios ha querido que María nos refleje otros aspectos relacionados con la universalidad de Dios, que de otro modo no nos llegarían, o que, seguramente, no alcanzarían a los menos eruditos. Voy a daros un ejemplo curioso y significativo.

En uno de sus libros, el ilustre convertido, Doctor Orchard, insinúa este detalle peculiar, cuya importancia resulta obvia para todo aquel que repare en él: dice que sin María tal vez adoraríamos y amaríamos a Dios considerando sus atributos como los de una Deidad puramente masculina; siendo así que Dios en Sí mismo no es ni masculino ni femenino. Se argüirá correctamente que Jesucristo, aunque verdaderamente hombre, debe, no obstante, estar revestido de todos los atributos de la naturaleza humana perfecta, femenina tanto como masculina. Pero se verá que los menos perspicaces de entre nosotros, que constituyen la masa de la humanidad, consideran a Jesús como hombre perfecto en el sentido masculino. El Dr. Orchard sostiene que María ha sido puesta por Dios como suplemento o contrapeso y equilibrio de este modo de sentir; que ella manifiesta luminosa e inequívocamente la feminidad de los atributos divinos.

Se trata de un aspecto que difícilmente se les hubiera ocurrido a muchas mentes, pero que indudablemente nos muestra un principio mariano más. De una forma simple y efectiva, esta Mujer de pocas palabras pone las cosas en orden con su sola presencia. Pues su misión es intervenir. La encontramos haciendo eso en todos los momentos fundamentales del Nuevo Testamento y fuera de ellos.

María se preocupa de su divino Hijo como lo hizo durante su estancia terrena. Una gran autoridad dice que María nos preserva de un Cristo puramente abstracto. Tomás Merton expresa esto mismo más sencillamente, cuando dice que "sin ella el conocimiento de Cristo es sólo especulación". Para explicar el origen y la naturaleza de Jesús es tan necesario que la veamos a su lado, que si la separásemos no sabríamos qué hacer de Él. Lo consideraríamos como simple personaje humano, o ni siquiera como persona real.

Mientras nos refleja a Dios de modo tan brillante, se nos manifiesta a la vez bajo otro título, el de "Exaltatrix Mulierum", o Ensalzadora de las mujeres.

Santo Tomás de Aquino la describe como "el Libro de Oro, que ha sido escrito por el dedo de la mano derecha de Dios y que ilumina las tinieblas del mundo". María constituye el recurso especial del Espíritu Santo para enseñarnos las verdades eternas, para definirnos a Jesucristo, para destruir las herejías.

Jesús no es sólo el Hijo de su Padre, sino también el verdadero Hijo de su Madre. Por tanto, es indudable que, si miramos y percibimos bien las cosas, iremos viendo la imagen de María en todo lo que Él ha hecho.

La importancia y el alcance de la maternidad de María son tales, según el plan divino, que, con el ilustre y venerable San Alfonso de Liborio, debemos sacar la conclusión de que "la salvación del mundo depende del conocimiento que le ofrezcamos de María y de la confianza en su intercesión que promovamos en las almas". A ver, pues, si no la desacreditamos ni la dejamos de lado nunca ni por nada del mundo.
Maria Legionis, Vol. 19, 4 de 1971.