MEDITACION: La mortificación exterior

Vicente Enrique Taracón, Obispo de Solsona

La mortificación exterior.

"EL reino de los cielos padece fuerza y los que se la hacen lo arrebatan" (Mat. 11, 12)

La mortificación interior te es indispensable, pero no basta. Tu cuerpo tiene tendencias e inclinaciones que es necesario reprimir. A más de la mortificaci4n interior, necesitas también la exterior.

I. "Consiste la mortificación exterior - escribe el P. Meschler - en la fuerza que hay que emplear para sujetar y tener a raya los sentidos y potencias corporales, usando de ellas según pide la razón y la conciencia"
El cuerpo es nuestro peor enemigo. Desde que el pecado introdujo el desorden en nuestra naturaleza, el cuerpo tiene aires de independencia. Quiere sobreponerse a la inteligencia y a la voluntad. Tiende hacia el objeto propio con deseos de predominio.
El Apóstol San Pablo considera a nuestro cuerpo como un foco de pecados. El le llama "cuerpo de pecado", y reconoce que la carne se rebela continua-mente contra el espíritu. Es el corcel indómito que decíamos en otro lugar.
Es necesario frenar esos aires de independencia. Es necesario dominar al cuerpo, para que él no nos domine a nosotros. El medio nos lo propone el mismo Apóstol: "Yo castigo mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre". Este es el fin de la mortificación exterior.

El hombre es un compuesto de materia y espíritu, de barro y de ángel, de cuerpo y de alma. El alma es la parte más noble, creada a imagen y semejanza de Dios. No es digno que el barro domine al ángel, que la materia domine al espíritu. Es la razón la que debe guiar y la voluntad la que debe imponerse. Otra cosa seda una aberración.
El cuerpo está hecho para servir, no para mandar; es él esclavo, no el rey. Y como no es posible reducirle a servidumbre sin castigo, por eso se impone como una necesidad la mortificación exterior, la mortificación del cuerpo.
Es verdad que la mortificación interior puede suplir algunas veces a, la mortificación exterior. Pero será en casos excepcionales. Normalmente, la mortificación interior ha de ir unida a la mortificación del cuerpo 'para que no se rebele. De lo contrario, aquella resultaría prácticamente ineficaz.

2. Los sentidos del cuerpo son los vehículos por los que llegan a nuestra alma las impresiones de fuera. La mayor parte de tentaciones llegan al alma por los sentidos. Ellos son, al propio tiempo, las ventanas por las que salimos al exterior.
Si las ventanas de una habitación están siempre abiertas de par en par, entra demasiada luz y por efecto de la misma llegan a perder su color los objetos y muebles que hay en ella, y la habitación, además, se llena de polvo. Conviene tener las ventanas entornadas para que, entrando la luz necesaria, se puedan evitar esos inconvenientes.
Si los sentidos externos están demasiado abiertos, penetrarán por ellos toda clase de sensaciones que nos quitarán necesariamente la paz, cuando no nos inducirán positivamente a pecado.
Tienes, pues, necesidad de mortificar tus sentido, joven.

Has de mortificar tu vista. No tienes derecho a verlo todo, a mirarlo todo. ¡Cuántas tentaciones entran por los ojos! En el ambiente en que vivimos, encuentra a cada paso la vista motivos de tentación.
No es necesario para ello que vayas con la vista baja. Basta que pongas moderación en tu mirar, para que no fijes tu atención en cosas que puedan impresionarte peligrosamente.
Has de mortificar tu oído huyendo no sólo de las conversaciones malas, sino también de las inútiles y frívolas.
Has de mortificar tu gusto para no traspasar nunca los límites de la sobriedad en la comida yen la bebida. Has de mortificar el tacto, moderándote en el sueño, aceptando las cosas que te molestan y buscando positivamente cosas que te hagan sufrir.
Todos los santos han practicado la mortificación exterior. Y han dado gran importancia a la mortificación de los sentidos. Tú no eres de mejor condición que ellos. Si ellos necesitaron de la mortificación exterior para practicar la virtud y permanecer en el bien, también la necesitas tú.

La falta de mortificación exterior es para muchos jóvenes causa de lamentables caídas. Tienen buena voluntad, pero son imprudentes. Quieren verlo todo, oírlo todo, gustarlo todo. No saben aceptar ninguna cosa que les moleste. Dan gusto a su cuerpo en todas las cosas. Y cuando se presenta la tentación y ante una cosa ilícita quisieran frenar en seco, su cuerpo se rebela, les hace traición. Casi sin darse cuenta se encuentran en las mallas del pecado.
Si tú no te mortificas, caerás. Si das rienda suelta a tus sentimientos, ellos te perderán. Si no sabes privarte de muchos gustos y no pones freno a la sensualidad, esto es, al deseo de goces sensibles que siente tu cuerpo, te verás pronto en el abismo del pecado mortal.
No olvides, joven, las palabras de Cristo: "El reino de los cielos padece fuerza y tan sólo los que se la hacen la arrebatan".

3. Tu cuerpo es de barro. Se inclina naturalmente hacia las cosas de barro. El barro es pesado y los cuerpos pesados son arrastrados por la ley de la gravedad hacia la tierra.
EI reino de los cielos está en las alturas. Para conseguirlo has de subir continuamente hasta llegar a Dios. El barro de tu cuerpo es un peso muerto que dificulta tu ascensión.
Por eso encuentras dificultad para todas las cosas buenas. Por eso la virtud es costosa para tu cuerpo. Por eso tu cuerpo es pesado y perezoso para obrar el bien.
La mortificación no sólo ha de conseguir frenar sus aires de independencia. Ha de quitarle esa pesadez y ha de sacudir su pereza.
Para eso no hay más que un medio: acostumbrarlo. Acostumbrarlo a cosas difíciles, a cosas que le resulten costosas. La costumbre facilita la acción.
Y éste ha de ser también uno de los fines de tu Mortificación exterior. La mortificación no consiste en privarte de cosas malas. No consiste tan sólo en quitar el desorden de tus operaciones. Ha de ir más allá. La mortificación tiene por objeto facilitarte la práctica de la virtud.
Para ello has de aceptar las cosas que resulten desagradables para tu cuerpo y aun las has de buscar, aunque él se resista. Su resistencia será cada ves menor, si tu voluntad sabe imponerse.
Acostumbra a tu cuerpo a dormir poco, a contentarse con poco, al liso de cosas ásperas, a todo aquello que, contradiciendo tu inclinación natural, te lo prepare y disponga para aceptar el sacrificio sin grandes resistencias, cuando tu deber te lo imponga. Entonces la práctica de la vida te será fácil. Tu enemigo se habrá convertido en tu aliado. La tentación no te sorprenderá. Tienes mucho camino recorrido para evitar el pecado.
No olvides, joven, las palabras de Cristo: "El reino de los cielos padece fuerza y tan sólo los que se la hacen lo arrebatan".

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