MEDITACION: La mortificación interior. Moritificación del entendimiento

Vicente Enrique Taracón, Obispo de Solsona

Mortificación interior.
Mortificación del entendimiento

"El reino de los cielos padece fuerza y los que se la hacen la arrebatan" (Mat. 11, 12.)

La mortificación es necesaria para tu vida cristiana. Es indispensable para tu vida de apóstol. Pero hay varias clases de mortificación que tú debes practicar. La mortificación interior, que ataca la raíz de tus desórdenes. La mortificación exterior, que impide la manifestación de este desorden en tu vida.

I. La mortificación interior consiste "en regir y enderezar las potencias interiores del alma para alejarlas del mal, conservarlas en el bien y hacerlas aptas para toda perfección".
La bondad o malicia de nuestras acciones procede del interior, como afirmó Jesucristo: "Del corazón proceden los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias". Mortificar las potencias interiores es, por lo tanto, atacar el mal en su raíz.
Por esto tienen ventaja las mortificaciones interiores sobre las exteriores. La mortificación interior puede suplir muchas veces a la exterior; nunca la mortificación exterior podrá suplir a la interior.

Tú has de practicar la mortificación interior, joven. La necesitas para tu vida cristiana. Sin ella es imposible que adelantes en el camino de la perfección. Te es indispensable para tu vida de apóstol. Sin ella no podrás ejercer el apostolado con fruto. 
Si no te mortificas, caerás. No tendrás el dominio de tu cuerpo. Te arrastrará a cosas ilícitas si no has sabido enderezar la raíz de todos tus actos.

2. Tú estás en la época de tu formación. Tienes obligación de procurar tu formación intelectual. El Señor no te ha dado la inteligencias para que la tengas inactiva... Pero también cabe en esto el desorden y la desviación.
Hay una curiosidad insana que te impulsa a leer cosas que pueden serte nocivas o al menos que no son de ninguna utilidad para tu vida. Ello puede estorbar tu verdadera formación, haciéndote perder un tiempo precioso, y puede ser un peligro, a veces grave, para tu vida espiritual.
Has de mortificar, pues, tu entendimiento para poner orden en tus conocimientos y en tus estudios.
Ante todo, has de estudiar ]as cosas que necesitas para tu carrera o para el ejercicio de tu profesión y para conseguir la perfección intelectual. Después, podrás dedicarte a las cosas que, sin ser necesarias, pueden ser útiles para completar tu formación. Tan sólo cuando cumplas perfectamente con este deber, podrás dedicarte a las cosas agradables, esto es, al estudio o a la lectura de aquellas cosas que sirven más de esparcimiento que de formación.
Los jóvenes tienen muchas veces un afán inmoderado de saber, que les induce a leer libros frívolos o peligrosos, en perjuicio de su formación seria y de su vida piadosa. La mortificación ha de poner orden en tus lecturas para que, lejos de encontrar en ellas un estorbo, te puedan servir de medio para tu propia formación y para tu vida cristiana.
Los libros, que son los mejores amigos cuando son buenos, pueden ser un veneno sutil, pero peligrosísimo, cuando son frívolos o positivamente malos. Tú no puedes leerlo todo. No tienes derecho a enterarte de todo. No debes leer libros que ataquen tu religión, que ridiculicen tus prácticas piadosas, que fomenten tu sensualidad. Si alguna vez dudas sobre la conveniencia de leer un libro, no te decidas por tu propio criterio. Consúltalo antes con un director experto que te conozca. Si él te lo permite, léelo sin ningún temor. Si su consejo no es favorable, no hagas caso de tus amigos; aunque digan que eso no es de hombres. Aquella lectura podría hacerte un grave perjuicio, que tú serias el primero en lamentar.

3. Tú empiezas a ser hombre. Crees que ser hombre es ser independiente. Y la independencia que más estimas es la independencia de criterio. Crees que ella es la manifestación de tu madurez.
Esa independencia que tú fomentas te hace ser rígido e inflexible en tus juicios y opiniones. Y crees que esto es señal de que ya has dejado de ser niño.
Esta independencia, dentro de sus justos limites, es una cosa buena; pero cabe en ella fácilmente el desorden, que has de evitar.
Porque esta independencia te hará juzgar con severidad del criterio de los demás, aunque sean superiores. Te impulsará a criticar sus disposiciones, a querer investigar la razón de todos sus mandatos. Quitará sencillez a tu vida y te hará difícil la obediencia. Y esto es un defecto que has de evitar y por eso necesitas también mortificar tu entendimiento.
Bien está que tengas criterio propio y que no estés siempre a merced de la opinión de los demás. Pero sabiendo ceder siempre que convenga. Obedeciendo siempre a tus superiores. Sujetándote a su criterio, aunque no lo aciertes a comprender.

Esta independencia y rigidez de juicio en los jóvenes es casi siempre manifestación de orgullo y causa de desviaciones doctrinales y morales. Los Jóvenes ni tienen una formación completa en el orden especulativo, ni pueden tener larga experiencia de la vida y de los hombres. Por eso difícilmente pueden tener un criterio definitivo. No se ven las cosas de la misma manera a los veinticinco años que a los cincuenta. Ni se discurre lo mismo cuando se empieza el estudio de una ciencia que cuando uno se ha especializado en ella. Tú no ves ordinariamente las cuestiones más que por un lado. Y por eso, ordinariamente, te equivocas al querer formar una opinión de conjunto.

La mortificación disciplinará tu inteligencia. Aprenderás a desconfiar de tus propias opiniones y de tus propios criterios. Sabrás sujetarte al parecer de personas más experimentadas y mejor formadas. Y esta sujeción será un bien para tu formación intelectual y para tu vida cristiana.
¿Te has fijado en un detalle? Los años y la ciencia nos van haciendo desconfiar cada día más de nosotros mismos. Los hombres más sabios son, ordinariamente, los más dóciles. Los que respetan más los criterios ajenos. Los hombres de edad avanzada son también más comprensivos. Por el contrario, los jóvenes son más intransigentes. La ignorancia es más atrevida. Y es que los años y el estudio nos enseñan a conocernos a nosotros mismos y el conocimiento propio - como escribe un autor - es el mejor preservativo contra la dureza de juicio. El nos hace humildes y razonables".

No te dejes guiar, joven, por ese prurito de independencia, que te hará antipático al mismo tiempo que entorpecerá tu formación y tu progreso en la perfección. No te dejes guiar por el afán de novedades, que puede serte perjudicial. Mortifica tu entendimiento y habrás dado un paso muy importante para tu vida espiritual y para conseguir el cielo.

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