MI CITA CON EDEL QUINN
Por Dom Maurus Deegan, OSB

El Padre Maurus, OSB, asistió a su primera reunión de la Legión en 1936. Dice que todavía considera ese acontecimiento como una de las mayores gracias de su vida, aunque fue mas el azar que el deseo lo que le llevó a esa reunión.

Sus obligaciones semanales alimentaban su oración y le condujeron a su actual vida de oración y obediencia, pues considera que estas dos cosas son los manantiales de la vida apostólica. El legionario en el claustro es plenamente legionario. Después de 30 años en la Regla de san Benito, declara que el "Manual de la Legión" está lleno de principios benedictinos. Fue prior y maestro de novicios en la abadía de Pluscarden (Elgin), Escocia.


Yo tuve una cita con Edel Quinn. A la vista de su actual culto y... para ser sincero... de todas las otras cosas piadosas que se escriben sobre ella, eso parece bastante irreverente. Si lo llamaseis inoportuno estaríais más cerca de la verdad. Edel Quinn no era una chica que tenía citas con ningún hombre; pero no es irreverente. Era un tipo de chica que parecía muy tratable; y de todas formas es un hecho que tuve una cita con Edel Quinn.

Sería mejor que me explicase. Todos los jueves solía yo visitar a Susan Maguire, una enfermera víctima de la polio, que conocí en Lourdes. Volvemos ahora al año 1934. Susan hablaba a menudo de su amiga Edel Quinn. Decía que Edel era entusiasta de algo que se llamaba la Legión de María. Yo no tenía el mínimo interés. De vez en cuando sacaba a Susan en una silla. Era toda una maniobra. No era ligera que digamos y no había ascensor en la Casa de Nazaret. Recorría lentamente algún parque local durante una hora empujando su silla y luego volvía al convento para el té.

En el año 1936, Susan habló de su amiga, que venía a Liverpool. Estaba preparando un viaje a África. Más tarde se dijo que Edel visitaría a Susan. Esta había suspirado muchas veces que seria estupendo que yo conociese a su amiga..., una chica tan encantadora. En esta ocasión fue más adelante. Edel había afirmado que sacaría a Susan por la tarde. Susan se preocupaba de que Edel no tuviera que vérselas sola para levantar y empujar la silla. Edel Quinn no era una persona fornida. ¿Iría yo con ella para ser el camillero?

Así fue como tuve una cita con Edel Quinn. No acudí a ella. No creo que tenía ninguna excusa verdadera. Simplemente no me presenté. A pesar de que Susan hablaba constantemente de Edel, y de las cartas que me enseñaba, no se me había dado ninguna indicación sobre su carácter real. Ese hecho es una de las razones por las que consigno mi accidental mal comportamiento. Veo que la capacidad que tenía para ocultarse de sus mejores amigos, aun cuando estuviera haciendo enormes sacrificios por ellos, es insondable. La verdadera humildad siempre lo es.

El jueves siguiente vi a Susan como de costumbre. Estaba tan satisfecha de la tarde que pasó con su amiga, que no me reprendió. Y esta vez su charla sobre Edel Quinn me impresionó. En realidad estaba asombrado. He mencionado que solía pasear por el parque local empujando la silla de Susan. Nunca se me pasó por la imaginación hacer más; pero esta joven amazona de Dublín tenía otras ideas. Yo había supuesto que, al faltar el camillero, la salida no podría tener lugar. Al parecer, Edel se había puesto inmediatamente a trabajar. Una mirada retrospectiva me dice que habría encandilado a las enfermeras religiosas para que abandonasen todas las demás obligaciones para mover a Susan. No obstante, parece que fue Edel la que estaba detrás de la silla al bajar las escaleras. Conforme el relato iba avanzando, mi asombro crecía. Nada de paseos suaves para esta joven. Dijo que iban a ir a la ciudad a ver las tiendas.

Hasta la ciudad había siete millas. Quiero decir una marcha de 14 millas (22 Km y medio), ya que volvieron también. Podía haber llevado a la inválida al famoso santuario de Nuestra Señora de Bishop Eton..., luego al convento de la Adoración a mitad de camino de la ciudad... y a uno o dos lugares edificantes más. Lo que hizo fue olvidarlos todos. Fueron directamente a la ciudad y luego a las tiendas de modas para ver los vestidos y sombreros y las novedades femeninas en general. Si leéis el libro sobre Edel, veréis que debía estar preparando su viaje. Supongo que lo hizo, pero no aquel día. Me pregunto cuántos años hacía que Susan no veía escaparates. Dudo que volviese a verlos hasta el día de su muerte. Hablad sobre "Gracias por el recuerdo". Edel también la llevó a una cafetería, donde hubo un gran lío con el asunto de la silla de ruedas; pero con Edel no pareció tal problema. Y por fin la vuelta a la Gasa de Nazaret empujando la silla.

Creo que quedé boquiabierto para el final del relato. Os cuento sólo lo principal. Si Susan me hubiese preparado otra cita con Edel Quinn, yo habría andado las siete millas para saludar a esta "frágil" joven... y pienso en mi orgullo, si hubiese entrado en la Legión por tal encuentro. Si Edel hubiese querido hablar de la Legión, no estoy seguro que lo hubiera hecho ella. Ciertamente la conversación por la ciudad no fue acerca de la Legión de María y sus posibilidades en África. No hubo ninguna charla dirigida a las religiosas o inválidos... Solamente un ruidoso y animadísimo día para una inválida, metida discretamente en unas horas de agitación.

¿Por qué traigo a la memoria este recuerdo lejano? Con la vaga esperanza de ahuyentar la beatería del culto de Edel Quinn. Ella no mostró a los que la trataron un tipo de piedad anémica. Siempre me divierte la falta de reliquias por Dublín. Nunca se les ocurrió a sus compañeros legionarios atesorar sus sombreros o sus zapatos viejos, cuando le dijeron adiós. ¡Si al menos hubiesen guardado los confetis que echó a dos desgraciados, que fingió que eran una pareja de recién casados, cuando estaban haciendo su despedida definitiva! Quizá aquella escena está deteniendo su causa en el tribunal eclesiástico, donde se supone que no se puede mezclar la contemplación y el alboroto. Viajó con unos sacerdotes de Mill Hill que conozco. Posiblemente ellos lo consideran ahora como un recuerdo santo. Entonces contaban que a bordo iba una chica que era "muy divertida", aunque un poco chiflada por algo que se llamaba la Legión de María.

Hace algunos años di una historia de su vida a un soldado que había pasado los años de la guerra en la jungla tras las líneas japonesas. Dijo que encontraba los viajes de Edel por África "increíbles". Ella les dio tan poca importancia, que sólo los que los conocen por experiencia saben apreciarlos. Durante su vida no se le concedió a ello importancia. Repito que su capacidad para no convertirse en una persona distinguida ha sido raramente igualada aún por los santos. Nos recuerda a una joven llamada María. Es un don que se podría suponer que es el sello de cualquier Legión reclutada por aquella Mujer. Conservémoslo.