PROLOGO
Acepto con gozo y gratitud el honroso encargo de prologar la edición en lengua española de este libro, escrito en inglés por Mr. Frank Duff, que relata los orígenes de "La Legión de María". Mi gozo brota de la lectura de sus páginas, que me envuelven y acarician con un ambiente familiar. La cuna de la "Legión" aparece en una sala de las Conferencias de San Vicente de Paúl, y la brizan las manos de la Virgen de la Medalla Milagrosa. Mi gratitud nace de ofrecérseme la oportunidad de servir, en esta coyuntura, como "heraldo", "cabo de gastadores" o cornetín" de una historia apasionante.
Empleo estas metáforas militares para calificar el carácter de mi cometido y ponerme a tono con el espíritu y nomenclatura de esta Asociación mariana, movida por un aire marcial y castrense. Gusta usar vocablos épicos: "Legión", "Pretorianos", "Tribunos", "Legionarios", y escalonar su organización con improntas romanas: "Praesidium", "Curia", "Senatus", "Concilium", y denominar a su insignia "Vexillum" y a su consigna "Téssera". Tales nombres no son cartelas de museo arqueológico ni evocaciones románticas, porque no rotulan epitafios ni en laudas ni en nubes. Pretenden despertar sugerencias y estímulos, traer a la imaginación y a la memoria los ecos de marchas imperiales a lo largo y a lo ancho del mundo, animadas de parches y trompetas. Y, al son de las palabras, quiere quieren infiltrar el aliento heroico que impulsaba esas músicas y hazañas belicosas: las virtudes de la "Legio" Romana, su obediencia y lealtad, su constancia y abnegación, intrepidez y heroísmo. A imitación de aquellos valientes, no recluta sus miembros para cómodos puestos de vigía en retaguardia. Los alistas como milites de avanzadilla, como fuerzas de choque para la lid en campo abierto. Resistentes, pero, más que nada, impetuosos y agresivos, audaces y conquistadores, zarandeados en clima de epopeya.
Selecciona y decanta estos valores humanos para superarles en el orden sobrenatural. Aquellos combatían por dilatar dominios terrestres. El "legionario de María" ambiciona más, vuela más alto. Lucha por extender el reino de Dios por las almas. Así lo pregona su estandarte, que supera a su modelo material de Roma. No le corona el águila pagana del Imperio, sino la Mística Paloma, símbolo del Espíritu Santo. Su lema no publica un servicio por el "Senado y el pueblo romano". Es mucho más noble: "Legio Mariae". Bajo este lema y en óvalo, resalta la efigie de su Capitana, la Virgen de la Medalla Milagrosa. Más abajo, el asta se clava en una esfera, que representa el mundo. Aquí están plasmados sus ideales.
"La Legión de María" es una Asociación de católicos, que tiene por fin la santificación personal de sus propios miembros, mediante la oración y la colaboración activa, bajo la dirección de la Jerarquía, a la obra de la Iglesia y de María en aplastar la cabeza de la serpiente infernal, y ensanchar las fronteras del reinado de Cristo". Tal es el perfil escueto del "legionario" con su entereza, gallardía y universalidad. Su tipo no es confundible con el de otra Asociación piadosa. Ante todo y sobre todo intenta ser "bonus miles Christi", buen soldado de Cristo. La oración le sirve de adiestramiento y recuperación de energías para sus batallas. Su santificación depende de su actividad, no de su "activismo", y no es activismo, porque la nutre, la aguija, la frena, la dirige con la plegaria y la obediencia a la Jerarquía. Tiene ante sí las palabras de Pío Xl a un prelado: "Oración, sí, mucha oración; pero también acción, mucha acción", y las de Pío Xli: "No es hora de lamentarse, sino de obrar."
A la actividad la impelen y urgen los emblemas que escogió como expresión y paradigmas de su temple, uno divino y otro sublime: el Espíritu Santo, que se movía sobre las aguas infecundas, en los días de la Creación, para vivificarías; el que, como viento huracanado, sembrador de llamas, conmovía en Jerusalén a los representantes de toda la tierra, y creaba otro mundo sobrenatural fecundado Él, "agua que salta hasta la vida eterna", y María, la Inmaculada, no la extática, sino la conculcadora de la cabeza de la serpiente, la "terrible como ejército dispuesto a la batalla", la operante, la Mediadora que distribuye las gracias en forma de rayos luminosos sobre todo el orbe.
Tales son los modelos de su actividad. Actuación intensa, pero serena, ordenada, silenciosa, individual dentro de su universalidad. Este trabajo individual es la nota más característica del verdadero "legionario". Su táctica no es la acción genérica y masiva. No se conforma con el proyecto, el plan cargado de lógicas y brillantes perspectivas, resuelto fácilmente en la fantasía y en el entendimiento y rebosante de esperanzas. El "legionario" va directo al hecho concreto, al dato, a la anécdota. Busca la lucha cuerpo a cuerpo, alma a alma, la captación personal. Utiliza la conversación en vez de la perorata, el acoso pertinaz, sin miedo a la aventura, al cansancio, al desdén, al ridículo, a la calumnia, al vapuleo. No desdeña el apostolado sobre las masas, y en alguna ocasión echa mano de él, como preparación artillera, para el ataque de su infantería. Sabe que les multitudes son versátiles y que hoy vitorean "Hosannas" y pocos días después gritan "Crucifige". Los Nicodemus, convertidos en recatados coloquios, son más fieles y constantes en los trances arriesgados y decisivos. Operan como sus modelos, el Espíritu Santo y Mana, que -fuera de casos extraordinarios y excepcionales- actúan en silencio sobre cada alma en particular con inspiraciones y mociones. A pesar del estruendo aparente de sus nombres bélicos, los "legionarios" trabajan en un secreto prudente y sumiso.
Las figuras simbólicas de su estandarte -Espíritu Santo, María, la Tierra- no expresan sólo los ejemplares de su actividad. Son además la revelación gráfica de la profunda teología de su apostolado. De una teología que tiene su "credo" en la "Promesa legionaria", por la que cada miembro se consagra a su labor. No la vamos a desarrollar ahora. Mons. León José Suenens, Obispo Auxiliar de Malinas, la ha glosado con tal competencia, que mereció los plácemes de la Santa Sede. (Teología del Apostolado de la Legión de María. Traducción del francés por Fr. Feliciano de Ventosa, O.M.FCap. Ediciones Desclée de Brouwer. Bilbao). Condensaremos sus líneas generales.
Para el "legionario", el Espíritu Santo y María no constituyen simplemente el blanco de una devoción piadosa y afectiva. Son eso, pero, sobre todo, enraíza en ambos la nutrición, la directriz y el desarrollo de su apostolado. Su devoción, así enfocada, tiene un carácter dogmático en el que injerta su eficacia. El fin de sus actividades es santificar las almas, engendrar en ellas a Cristo. Los medios para conseguir este objetivo son el Espíritu Santo y Maria. A la Tercera Persona de la Trinidad se "apropia" la santificación de las almas. La "propiedad" del Espíritu Santo en el seno de la Trinidad y textos del Evangelio autorizan esta "apropiación" de un efecto común a las Tres Divinas Personas, que "moran juntas en el alma santificada". Por eso el "legionario", dentro de la más exigente ortodoxia y en conformidad con la Liturgia, invoca al Espíritu Santo para el logro de su empeño.
La santificación del alma se opera mediante la 'incorporación" a Jesucristo. El cuerpo físico de Jesucristo se debió a la acción unánime del Espíritu Santo y de María Virgen, según declara nuestra Fe: "...et incarnatus est (Jesus-Christi) de Spiritu Sancto ex Maria Virgine et homo factus est". Desde ese instante la Madre de Dios es también Madre de los hombres. La que engendró el cuerpo físico de Cristo en su seno virginal, por eso mismo engendró el Cuerpo Místico de Cristo, del cual son miembros los cristianos. Sería monstruoso engendrar una cabeza sin miembros. Por María y por el Espíritu Santo pertenecemos al "Cristo total". He aquí la razón por la que el "legionario" trae a María en su corazón y en sus labios para impetrar el auxilio materno en sus empresas.
En otras palabras: "El Cuerpo Místico de Cristo es su Iglesia". A él pertenecen "los que renacen por el agua bautismal y el Espíritu Santo". Esta Divina Persona manifiesta ostensible y aparatosamente su intervención directa en el nacimiento de la Iglesia, bajando sobre los Apóstoles reunidos en el Cenáculo y entregados a la oración. "María, la Madre de Jesús" -nota San Lucas-, estaba con ellos. La presencia de María es reveladora. De nuevo el Espíritu Santo desciende sobre ella en el momento solemne del nacimiento del Cuerpo Místico, para hacerla su Madre y la Reina de los Apóstoles. Por eso el "legionario", que se afana en dilatar el reinado de Cristo, junta en su piedad al Divino Espíritu y a María, para fecundizar su apostolado.
No otro es el secreto de su fecundidad y de su espíritu universal. Con universalidad geográfica, pues la "Legión de María" fue admitida con entusiasmo en cerca de mil diócesis, entre ellas dieciséis españolas; con universalidad étnica y social, pues recibe en su organización a individuos de cualquier raza, carrera, profesión y oficio, con tal de que posean esas primarias y básicas virtudes de caridad y de pureza, simbolizadas en la rosa y en la azucena de su estandarte, y por las que unen las efigies de la Paloma Mística y de la Virgen de la Medalla Milagrosa.
Su universalidad significa "catolicidad" en el pleno sentido religioso. Aspira a restaurar en su integridad al hombre católico, desfigurado por el hombre mundano y egoísta. No quiere "beatos" rezadores y caseros. Quiere reavivar la responsabilidad del bautizado, sabiendo que "a cada uno Dios le pedirá cuenta de su hermano", convenciendo a cada uno de que debe ser una chispa de la hoguera de amor en que Cristo anhela abrasar al mundo, de que cada uno debe ser un apóstol en la medida de sus posibilidades y en el campo de su influencia. Por eso la "Legión" es un apostolado de seglares "católicos". Es modernísima no por su espíritu que cuenta los siglos de la Iglesia ni por su reciente fundación, que no llega al medio siglo, sino por entrar de lleno en los planes de los actuales Pontífices, que mondan practicar el apostolado del obrero por el obrero, del patrono por el patrono, de la mujer por la mujer. Así les hace sentirse miembros de la Iglesia "militante", uno de cuyos cuerpos de ejército, situado en primera línea, jura ser la "Legión".
Toda esta grandeza, velada por su sencillez, encierra esta Asociación de católicos, que no obstaculiza la acción de las demás. No reza -se dijo de ella- en capillas laterales, sino en la nave central de la Iglesia. Bajo sus lábaros imperiales pueden agruparse los católicos sin perder nada de sus particulares devociones, de otros compromisos asociativos. El Espíritu Santo, la Virgen Milagrosa y la Iglesia forman y ensanchan la amplitud de su caritativo apostolado. Sus horizontes infinitos quedan marcados por las alas desplegadas de la Paloma Mística y por el cielo del manto de la Inmaculada Mediadora.
Ahora, lector, ya tienes una idea de quién es esta doncella y amazona, la "Legión de Maria". Esto te revela la causa de que apenas nacida camine con pasos de titán. Mr. Frank Duff deja adivinarlo en su escueta narración. Una atmósfera providencial y sobrenatural flota sobre aparentes coincidencias fortuitas, sobre acontecimientos extraños, sobre desenlaces imprevistos, sobre amenazantes fracasos terminados en éxitos rotundos. Tales anomalías repetidas constantemente descubren la mano de Dios en esta obra. Los protagonistas casi no atinan al principio con su finalidad y, sin embargo, allí encuentran ya preparados impulsos y directrices. Todo parece hijo de la casualidad, de la oportunidad transitoria, pero tan bien trabado, tan lleno de vida, que más que el azar es Dios quien interviene en este nacimiento. Los fundadores de la "Legión" confiesan como la madre de los macabeos su ignorancia sobre la gestación del propio fruto de sus entrañas. Porque puede llamársele así, ya que de entrañas de caridad procede. La regla de San Agustín para determinar el actor de una obra buena es que cuando éste no se puede señalar hay que atribuirla a Dios. Tal sucede con la "Legión de Maria".
Otra de las características de su alta procedencia es lo que llamaríamos la naturalidad de lo sobrenatural vivida en sus comienzos. Cuando vayas avanzando en la lectura de este libro te convencerás de mi afirmación. "Entre los pucheros anda el Señor", decía Santa Teresa de Jesús. Aquí podríamos parodiar: Entre el aroma de unas tazas de dorado té vuela el Espíritu Santo. Ya te enterarás. Verás cómo del fracaso de unos desayunos a niños pobres brota la ocasión de una obra magna y universal. Veras como en los momentos mas indecisos o peligrosos surge el impensado actor que les resuelve. Veras como los débiles sienten una insospechada fortaleza para lanzarse a temerarias aventuras: cómo delicadas y pudorosas mujeres ganan batallas en un infierno de proxenetas, borrachos y matones; cómo convierten los gusanos en mariposas y los demonios en penitentes. Y todo con una naturalidad asombrosa, con la fe que traslada montañas, con la convicción de que, tras durísimas luchas, la victoria les sonreirá. Casos insolubles humanamente, embrolladísimos, resueltos por los medios más simples e incongruentes, demuestran la familiaridad con Dios de aquellas almas de apóstol, que, como dice San Pablo, "lo podían todo en Aquel que las confortaba". Llevaban el auxilio del Espíritu Santo y de María Mediadora, a cuya protección encomendaban sus actos.
A esta manifiesta protección del Cielo hay que atribuir la buena fortuna en las hazañas de la "Legión". Su método de apostolado en apariencia es tan natural, que tal vez achacaran sus resultados al conocimiento de la sicología aplicada oportunamente, o a la sugestión de la psiquiatría actuando sobre aquellas vidas rotas y degradadas. Nada más lejos de esto. Mr. Duff sale al paso de tales suposiciones -insostenibles si se lee bien esta historia-, declarando que nada deben a tales procedimientos sino a la fuerza del catolicismo y de la caridad.
Los procedimientos de apostolado adquieren un relieve impresionante en este libro de Mr. Frank Duff. Sólo él podía escribirlo. Es el principal protagonista, el fundador, el alma y el motor de la "Legión de María". Su figura es popular y venerada en Dublín. Su carácter, prototipo del irlandés, mezcla la serenidad, el apasionamiento y el humor, clarificados y dosificados por su catolicismo práctico y genial. Esta narración -como toda la que es sincera- transparenta sus cualidades. Carece de literatura, porque le estorba. La literatura es como las hombreras y rellenos en un vestido que disimulan deformidades. Los atletas no necesitan tales aderezos para lucir su esbeltez. Son tan interesantes los episodios aquí relatados que la retórica resultaría incómoda y contraproducente. Redacto en estilo directo, con periodística concisión; va derecho al suceso. Aunque se esfuerza en ocultar su actuación, por modestia, los detalles acusan su intervención. El libro tiene algo de diario íntimo, de memoria, de noticiario. La acumulación de pormenores habla de un testigo presencial, de un actor de los acontecimientos. Es una garantía de veracidad, de realismo.
Con este realismo pudiera escribirse una novela cruda y tremenda pero Mr. Duff posee la elegancia de la discreción y de la caridad. Escenario, personajes, asunto dramático y cómico darían materia para obras teatrales y películas neorrealistas. Pero la lectura de estas páginas a nadie escandalizará. Tiene la delicadeza de sustituir por otros los nombres verdaderos, cuya autenticidad pudiera avergonzar a sus poseedores. Algunos serán acaso identificables en los lugares donde se sitúan los hechos.
Esto no quiere decir que estemos ante una seca información de prensa. Palpito mucha vida en esta historia. Toda ella es movimiento y peripecia. Pero no es una sucesión de acontecimientos exteriores. El autor caía en la psique de los personajes y su caridad encuentra una muy humana explicación en los extraviados. A veces destilo unas leves gotas de humor para endulzar con una sonrisa el agrio gesto de lo trágico. Aun en los antros de corrupción percibe su fino olfato secretas fuentes de espiritualidad, que aprovecha para las almas sedientas. La presencia de lo sobrenatural es constante, pero sin apelar a milagrerías, como la cosa más natural para el alma que obra con rectas intenciones, por amor al prójimo y por la gloria de Dios. Sin que estas observaciones deriven en sermoneos. En cuanto a su arte narrativo, hay que notar su habilidad, que deja en suspenso el resultado de unas gestiones, el desenlace de un episodio, al fin de un capítulo, con lo que es polea e intriga el interés impaciente.
Tal es el libro que tienen tus manos y que devorarán tus ojos. Es los "Hechos de los Apóstoles de la Legión de María", si es lícita la comparación en un ámbito restringido y humano con aquellos otros de San Lucas, revelados y divinos. Ellos te demostrarán que contemplas una obra de Dios, como lo indican su origen impremeditado, su espíritu sobrenatural y sus obstáculos ladinos o patentes, que ha de vencer en constante lucha, esta lucha que son los aires natales y vivificadores de la "Legión de María".
Antes de terminar, deseo presentarte al traductor de este libro, Rvdo. P. Manuel A. Gracia, Misionero de San Vicente de Paúl. Es un aragonés en cuerpo y alma y, por ello, español total hasta la médula. Residente hace veintisiete años en Filipinas, vive esa edad de madurez en que fructifica el hombre. Ha explicado con brillante aplauso varias disciplinas eclesiásticas, publicó numerosos artículos y compuso en lengua inglesa un tratado teológico sobre la realeza de María.
Es un propagandista tenaz y celoso de la "Legión de María", de la que mereció por sus trabajos el preciado y raro galardón de ser su "miembro laureado". Conoce con intimidad al autor de este libro y en su ultimo visita a Dublín los dos han decidido, como el tiempo más oportuno, la actual publicación de la traducción que te presentamos. Durante su última permanencia en España pronunció conferencias sobre la "Legión" en distintos puntos de la Península, y especialmente en los seminarios de Teruel, Pamplona y Solsona. Sus charlas documentadas y amenas fueron una sorpresa reveladora para sus auditorios.
Huye de que por su traducción le sea aplicado el conocido "traduttore" "tradittore". No traiciona al original. Diríamos más bien que se esclaviza a la letra por el afán escrupuloso de fidelidad a la palabra y a los giros. La redacción es suelta, a pesar de las trabas, y en la misma textura del dinámico texto.
Su versión se imprime después de la hecha en alemán. Con ella rinde un señalado servicio no sólo a la "Legión de María", sino a nuestra nación. Porque llega en un momento de indiscutible oportunidad. Ahora mismo las linotipias andan fatigadas con artículos y folletos que discuten sobre "tolerancia legal" y "abolicionismo" de la prostitución. El libro de Mr. Frank Duff, traducido por el P. Manuel A. Gracia, puede servir de pauta para la solución de este problema enojoso, para la curación de esta vergonzosa lacra social, vergüenza doble en una sociedad cristiana. La "Legión de Maria" le acometió de cara y valientemente, sin miedo al coco de los escándalos, de la extensión del mal, de la oposición secular, de autoridades demasiado prudentes, y le solucionó sin ayuda oficial, con los ardides de la caridad y con la tozudez de la perseverancia. Dios quiera que este libro sirva no sólo de admiración por una espléndida labor realizada, sino también de ejemplo y de estímulo para imitar a los valerosos "Legionarios".
Vicente Franco, C.M.