¿Quién contribuyó jamás, después de Jesucristo, a la gloria de Dios tanto y de modo tan sublime como María? Y, sin embargo, todos sus pensamientos los encauzaba Ella con deliberación plena a su propio aniquilamiento. Su humildad parecía poner trabas a los designios de Dios sobre Ella; pero no, todo lo contrario: fue esa humildad, precisamente, la que facilitó la ejecución de sus designios de misericordia" (Grou, El interior de Jesús y María). (Manual P. 29, nota)

a) Nadie contribuyó más a la gloria de Dios que María
- Porque Ella es la obra inefable de Dios, en que el Padre, después de Jesús, tiene todas sus complacencias. En que Él ve su imagen sin sobra ni arruga, sin la mancha del pecado y revestida de las más excelsas virtudes. Ella es la mujer "vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza" (Apoc 12,1). Ella es aquella que va "subiendo como aurora naciente, brillante como el sol" (Catena)
- Porque siempre procuró hacer la voluntad de Dios.
Su "Hágase en mí según tu palabra" no fue un episodio transitorio, sino el sentido de toda su existencia. En Belén "no había lugar para ellos en las posadas (Lc 2,7), como en la fuga a Egipto, en la pobreza de Nazaret, en la despedida del Hijo que se separó de Ella para cumplir su misión evangelizadora y principalmente al pie de la cruz, donde Ella "estaba de pié" (Jn 19,25) En todas las circunstancias y en todo momento: ¡Hágase!

Después dialogar con Jesús y María y preguntarse:

¿Qué es lo que Dios me esta diciendo?

¿Qué es lo que Dios esta deseando de mí?

¿Aquí es importante recordar lo que dice San Agustín "Vuestro siervo más fiel, Señor, es aquel que se dispone a desear antes, lo que oye de Vos, que lo que el mismo desea oír" - (Confesiones)

¿Qué resoluciones debo tomar? 

Continuar. . .