Vayamos, pues, a María con nuestros pobres panes y pececillos; pongámoslos en sus manos, para que Jesús y Ella los multipliquen, y alimenten con ellos a tantos millones de almas como pasan hambre en el desierto de este mundo. (Manual P. 41)

a) El hambre del mundo
Millones de personas diariamente están muriéndose de hambre corporal en el mundo entero. Cuando éste es mostrado en la televisión, nos llenamos de justa indignación, pues no hay falta de alimento para saciar su hambre: lo que falta es generosidad. Es porque los gobiernos y las sociedades no renuncian a su egoísmo y apatía y no se dan las manos en un encuentro de solidaridad.
Pero casi nadie se preocupa con los millones que padecen de un hambre mucho más peligroso: el hambre de Dios y del Evangelio que les dé el sentido a la vida y les asegura la felicidad que tanto aspiran. Y esos necesitados viven, muchas veces, a nuestro lado y son, frecuentemente, personas que ya recibieron el don de la fe y oyeron el mensaje de la salvación. A veces - y hasta con cierta frecuencia - no les faltan los bienes materiales. Pero caminan en una anemia espiritual que los lleva a la muerte.

Después dialogar con Jesús y María y preguntarse:

¿Qué es lo que Dios me esta diciendo?

¿Qué es lo que Dios esta deseando de mí?

¿Aquí es importante recordar lo que dice San Agustín "Vuestro siervo más fiel, Señor, es aquel que se dispone a desear antes, lo que oye de Vos, que lo que el mismo desea oír" - (Confesiones)

¿Qué resoluciones debo tomar? 

Continuar. . .