Muchas personas reconocen en Jesús sólo a un profeta inspirado, y como a tal le honran y le toman por modelo. Le honrarían mucho más si le viesen como más que un profeta. Entonces, ¿cuál no habrá de ser el homenaje que le debemos nosotros, que profesamos la verdadera fe? ¡Qué poca disculpa tienen los católicos que creen, pero no practican! El Jesús que otros admiran, lo poseemos nosotros vivo siempre en la Eucaristía, se pone a nuestra libre disposición, se nos da como alimento espiritual. Vayamos, pues, a Él, y sea Él nuestro pan de cada día. (Manual 51-52)
da pena ver la indiferencia con que se mira tan gran bien: personas que creen en la Eucaristía, se privan por el pecado y el abandono de este alimento vital, que Jesús quiso darles ya desde el primer instante de su existencia terrena. (Manual 52)

a) La Eucaristía es el más sublime don que Jesús nos dejó
En ella, el amor de Cristo por nosotros, supera toda la imaginación. En la Encarnación, escondió su divinidad y se tornó uno de nosotros, igual a nosotros en todo, menos en el pecado (Heb 4,15). En la Eucaristía, esconde hasta su humanidad bajo las especies de pan divino, para ser nuestro alimento. Es con razón que San Juan afirmaba que Jesús, "habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin" (Jn 13,34). Y San Pablo nos recuerda que la institución de la Eucaristía, prueba suprema de su amor, se realizó "en la noche en que fue entregado" (1Cor 11,23).

Después dialogar con Jesús y María y preguntarse:

¿Qué es lo que Dios me esta diciendo?

¿Qué es lo que Dios esta deseando de mí?

¿Aquí es importante recordar lo que dice San Agustín "Vuestro siervo más fiel, Señor, es aquel que se dispone a desear antes, lo que oye de Vos, que lo que el mismo desea oír" - (Confesiones)

¿Qué resoluciones debo tomar? 

Continuar. . .