San José
Por el Siervo de Dios Frank Duff
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Siervo de Dios Frank Duff en 1936.SAN BERNARDO aclama a San José como "el siervo íntegro y prudente a quien Dios destinó para ser consuelo y apoyo de su Madre, padre adoptivo de su propia carne, y único fiel colaborador de los designios eternos". ¡Magnífico encomio!

Como Jesús es el nuevo Adán, no prestamos atención al hecho de que el papel de San José respecto a la Salvación es paralelo, en cierto sentido, al de Adán en la Caída. Es cierto que San José no aparece en lo que podríamos llamar primer plano de la Redención. No lo incluye el Protoevangelio al especificar que una Mujer y su descendencia aplastarán la cabeza de la Serpiente. El hombre recupera su dignidad en Cristo con la cooperación de María, la Nueva Eva.

Pero hemos de ver que a San José se le asignó un puesto relevante al hacerlo colaborador de María, y que su presencia en el misterio de la Encarnación debe ser considerada como necesaria. Sin embargo, es fácil que no logremos discernir todo su alcance.

He aquí algunas de las razones alegadas por los Santos para justificar que San José estuviese al lado de María. San Jerónimo dice que así convenía: (1) porque en la genealogía de Jesús debía aparecer el linaje de María; (2) porque los judíos la habrían apedreado, en caso contrario, como adúltera; (3) porque las pruebas y contrariedades primeras exigían que San José la protegiese y consolase; (4) porque Satán no debía saber que Jesús había nacido de una Virgen. Esta última razón ya la había mencionado San Ignacio Mártir.

San Gregorio Magno y San Bernardo opinan que José era necesario para testimoniar que Jesús había nacido de una virgen.

San Efrén subraya que José evidencia el título de Jesús como hijo de David, demostrando su linaje real.

Santo Tomás de Aquino observa que José aseguró la condición jurídica de Nuestro Señor, ya que la reputación y los derechos procedían del padre.

Razones de suma conveniencia motivaron la entrada de José en el núcleo del misterio de la Encarnación. Suárez (cuyas palabras hicieron eco en las de Pío XI) decía que San José forma parte del orden de la Unión Hipostática (es decir, de la Encarnación); no del mismo modo que María, de quien el Verbo asumió la carne, sino en cuanto se vio implicado en sus aspectos más íntimos. José estaba en el pensamiento de la Trinidad, que antes de los siglos decretó la Redención.

Consideremos la razón alegada por San Jerónimo y por San Ignacio, según los cuales era necesario que la Encarnación tuviese lugar bajo el velo del matrimonio, para así preservar a María de la infamia. De hecho, hay algo más que la conveniencia suma de este aspecto. El matrimonio, aun excluidos los derechos conyugales, fue matrimonio verdadero. Cumplió todos los requisitos. De ahí que Jesús tuviera un padre terreno, investido de autoridad sobre Él e indiscutiblemente dotado por el Cielo de un grado de amor hacia Él propio de un padre verdadero y análogo al que María le profesó como auténtica Madre. De ello se infiere que el amor que San José tuvo a Jesús debió ser el amor paterno más grande que jamás existiera en el mundo, superado únicamente por el de María.

Otro aspecto de esta situación sería que José fue destinado a ocupar, respecto al Cuerpo Místico, la misma relación que tuvo hacia Jesús. Por tanto, su amor hacia Cristo hubo de tener un carácter semidivino, capaz de abarcar a todos los hombres. Debió ser genuinamente paralelo al amor materno que María tuvo al Jesús Místico. Lo cual aparece perfectamente lógico y en consonancia con el modo divino de proceder.

He dicho que José fue destinado a representar al Eterno Padre en todos los designios terrenos de Éste sobre Jesús. Cuán perfecta debió ser esa representación lo vemos en aquella sensacional escena en que Jesús, obligado por motivos superiores de obediencia, parece abandonar la actitud ordinaria de sumisión a sus padres. Me refiero al misterioso episodio del Niño perdido y hallado en el Templo (Lc 2), en que Jesús afirmó rotundamente que su deber era estar en las cosas de su Padre. Después de este hecho aislado, volvió a la relación habitual. Vivió en completa sumisión a sus padres, dice el Nuevo Testamento. Y ya no volvemos a oír que Jesús abandonase su actitud primera.

Es norma divina otorgar a cada vocación todas las gracias que su ejercicio requiera. Tanto más, al tratarse de la delegación de autoridad sobre su Unigénito Hijo con fiada a San José por el Padre celestial. Tal transacción de facultades fue de todo punto verdadera. La paternidad de José debió ser tan real como la que más. Ser constituido por Dios sobre la Persona más grande del mundo en un asunto de trascendencia tal, implica que José debió recibir gracias en grado sumo. Su virtud consistiría en ser fiel a dicha vocación.

Debía dar ejemplo paterno al Niño Jesús, análogo al materno de María. Jesús debía considerarlo padre ideal en todos los aspectos. En él debía Jesús ver reflejadas las cualidades del Padre eterno. Debemos recordar que Jesús precisaba una formación humana, y, en este sentido, el papel de José fue tan importante como el de María.

En José la Santísima Virgen halló un consorte virgen, a su entero disposición, digno de ello, con un corazón henchido de amor celestial hacia ella. Tal para cual. Algunos escritores afirman que José había hecho voto de castidad. Probablemente no fue así; las costumbres e ideología de la época sugieren otra cosa. Pero es cierto que él manifestó su conformidad cuando María se lo propuso como algo constitutivo de su enlace. El lirio que con tanta frecuencia han puesto los artistas en manos de José, demuestra el pensar que el mundo devoto tuvo sobre este particular.

Algunos, en su afán por glorificarlo, han afirmado incluso que fue concebido inmaculadamente. Pero tal supuesto no ha sido nunca admitido por la Autoridad; ni parece tampoco justificable. Era necesario que María fuese concebida inmaculada, ya que el cuerpo de Jesús debía ser formado de su sustancia, y, por tanto, ésta no debía tener mancha. Lo cual no es aplicable a José, ya que Dios, sin necesidad, no pone de manifiesto su potencia. Pero es más que probable que José fuese liberado del Pecado Original desde el vientre de su madre. Ello explicaría las características únicas de que él dio muestras. Según la Sagrada Escritura, ese privilegio fue conocido al profeta Jeremías y a San Juan Bautista, cuyas misiones fueron menos necesarias que las de San José.

Todo lo cual enaltecería al Esposo de María. Pero ¿acaso no alcanza cumbres más altas? ¿Qué podría haber en él más sublime?

La participación de José en la Encarnación ¿podría considerarse equivalente a la de Adán en la caída? Indudablemente tuvo una parte clave. Adán cayó por creer en Eva. La incitación de ésta fue la causa inmediata de la Caída: si bien no fue por el pecado de Eva, sino por el de Adán, por el que cayó el género humano. Sin embargo, sin Eva no habría caído Adán.

¿Puede en esa catástrofe de catástrofes haber algo que guarde relación con la unión existente entre José y la Encarnación? Veámoslo.

En primer lugar, tanto entre Adán y Eva como entre José y María se dio el matrimonio no consumado, que, en el caso de José y María, fue permanente. Durante ese período inicial el ángel de las tinieblas se apareció a Eva, y el de la luz, a María. La mujer consintió en ambos casos; la consecuencia del primero fue la Caída, y la del segundo la Encarnación.

El hombre cedió en las dos ocasiones ante el influjo de la mujer. Adán se rindió a Eva. Ratificó y completó su pecado, causando así la Ruina de todo el género humano. En el caso de José, su triunfo, consistió en oponerse a la naturaleza y en creer que el Niño concebido por su esposa era dc Dios. Como antes que él María, también José hizo un acto de fe en la palabra del Ángel, y eso lo calificó y lo hizo apto para su gran destino.

Aquel incomparable acto de fe lo proporcionó la paternidad espiritual de Jesús. Ello le dotó de todos los privilegios y gracias necesarias para el ejercicio de un ministerio tal, y le habilitó para cumplido con absoluta perfección.

¿No se le transmitiría a José la cualidad de representar al género humano en modo inferior, pero análogo al de María? La cooperación de María fue única por su carácter, y le hizo ser Corredentora. Su consentimiento en la Encarnación fue en nombre de toda la humanidad. Al darlo, se convirtió en la Nueva Eva y en madre de todos los vivientes.

José no fue el Nuevo Adán en el sentido en que María fue la Nueva Eva. El Nuevo Adán es Cristo. Sin embargo, José también parece desempeñar cierto papel representativo. Como marido, acepta y ratifica lo que acaba de cumplirse en María. Su acto de fe es complementario del de ella. Parece añadir algo vital al consentimiento de la Virgen en nombre de la naturaleza humana. En cierto modo actúa como representante del sexo masculino. Todavía no había nacido el Nuevo Adán, de ahí que Éste no pudiese tampoco representar visiblemente al viejo Adán.

Adán y Eva eran cabeza de la humanidad, hasta que cayeron. Con la Redención, María pasa a ser madre espiritual y física de Jesús. Esta maternidad continúa ejerciéndola la Virgen al par que va alimentando al Cuerpo Místico. José no es padre físico de Jesús; pero, en virtud del acto de fe que él hizo ante el anuncio del Ángel y merced a los cuidados y atenciones que prodigó a Jesús y a María, mereció convertirse en padre espiritual de Jesús y en padre adoptivo del Cuerpo Místico.

Si su ayuda a Jesús y a María fue necesaria en el orden temporal, también lo es para el Cuerpo Místico. El 8 de Diciembre de 1870, Pío IX declaró Patrón de la Iglesia a San José. En 1961, Juan XXIII encomendó las deliberaciones y resultados del Concilio Vaticano II a la atención y solicitud de San José. El 13 de Noviembre de 1963, el mismo Papa Juan XXIII añadió el nombre de San José al antiguo Canon de la Misa.

Ahora bien, no debemos pensar que haya sido la Iglesia la que le confirió esa misión. La declaración de la Iglesia se limitó a confirmar un hecho ya existente.

Con todo, la palabra "patrón" no es lo suficientemente expresiva: la función de San José no se ve exhaustivamente expresada con esta palabra. Su asociamiento a la Encarnación fue inmensamente más sublime en grado y de muy diferente calidad que la cooperación de los Santos. José es padre de la Iglesia en la misma medida en que fue padre adoptivo de Jesús. María lo es en cuanto verdadera madre de Jesús; y esto la coloca en un orden muy superior.

De acuerdo con esto, el instinto católico de nuestros antepasados tuvo su razón teológica al crear ese trinomio sagrado con los nombres de Jesús, José y María. ¡La honra, a quien la merece!

Debemos subrayar el hecho de que, después de la aparición angélica de la Anunciación, los mensajes divinos referentes a la Sagrada Familia no fueron comunicados a María, sino a José. Lo cual confirma que realmente era cabeza de familia. Las "apariciones en sueños", como la Escritura las llama, representaban la especie más sublime de las intervenciones del cielo: la primera fue para pedir el concurso de José al plan divino de la salvación; la segunda, para salvar las vidas de Jesús y María: la tercera, para devolverlos a su país nativo, cumpliendo lo que Dios había hablado a través de su Profeta: "De Egipto he llamado a mi Hijo" (Mt 2,15). Y colocarlos así en el camino directo de la Redención.

San Mateo usa la misma frase en las tres apariciones: "Un ángel del Señor se apareció en sueños a José" (Cap. 2 y 3). Esta misteriosa forma de expresarse no debe producimos la impresión de que se tratase de meros sueños. Sea cual fuere su carácter preciso, eran más que simples sueños. Para José eran absolutamente daros y perentorios, y los obedeció al instante. En el caso de la huida a Egipto, ni siquiera esperó al alba: se levantó en el acto y acometió, sin más, los peligros de aquel viaje a través de sendas escarpadas y en medio de la oscuridad del invierno. Cualquiera que tenga un poco de experiencia podrá imaginarse lo horroroso del caso. La responsabilidad de José era tremenda. Olvidado totalmente de sí, lo único que le interesaba era luchar en favor de los seres que le habían sido encomendados. El plan de Dios se fundaba sabiamente en él y en su firmeza.

Al tiempo de tener la primera de las apariciones, su alma y su fe se debatían en una situación angustiosa, pues había comprobado que María, su prometida, había concebido un Hijo. El relato pasa por alto el indecible tormento espiritual que aquello le produjo, y que debió de ser análogo a aquellos Dolores de María, en tres de los cuales aparece José como asociado. Lo que veía, superaba su entendimiento. Pero allá estaba la realidad. Siendo "hombre justo" y moralmente obligado por la ley, no podía tomarla como mujer. Tampoco podía denunciarla. Por eso ideó aquella vía intermedia prescrita por la ley: un divorcio privado, sin alegato alguno de razones (Dt 24, 1).

Pero, mientras resolvía en su torturada mente estos asuntos, he aquí que el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: "José, hijo de David, no tengas reparo en traer a tu casa a María como esposa, porque lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le llamarás Jesús: porque él salvará a su pueblo de sus pecados" (Mt 1, 18-21).

Analicemos ese mensaje del Ángel, digno de ser calificado como una Segunda Anunciación. ¿Esas sensacionales y tranquilizadoras palabras no son paralelas y análogas a las que Gabriel dirigió a María en la Encarnación? En ambos casos se refieren a la concepción del Niño, y declaran que será Hijo de Dios y engendrado sin el concurso del hombre. En las dos ocasiones el mensaje exige un consentimiento basado en un acto trascendental de fe.

A José le pide que tome a María y a su Hijo en su casa. Como familia suya, y que se responsabilice de ambos. Aquel Niño ha sido concebido por obra y gracia del Espíritu Santo; su nombre será Jesús; salvará a su pueblo de sus pecados.

¡Qué de pensamientos debieron agolparse en la mente de José! Ante él debió pasar, como en una película, toda la historia judía: la Caída, la antigua promesa de la Redención, la Mujer de la profecía, la Virgen con el Hijo, la Madre del Emmanuel, el Salvador. Todo eso está contenido en lo que el Ángel le anuncia. La mujer de la profecía es su prometida esposa, y a él se le pide que la tome consigo. José se percata de la parte que le toca en el plan eterno, y, sin dudarlo un momento, pronuncia su fíat.

Su acto de fe fue de tal magnitud que uno casi piensa si no igualaría al de María. Pues también José creyó las palabras del Ángel, a pesar de que excedían todas las posibilidades humanas.

A primera vista, la fe fue igual en ambos. Pero aquí conviene entrar en detalle. La actitud de María fue única. Se hallaba bajo la Ley Antigua y tenía que decidir sola. Su fe procedía de su propia cualidad esencial. Ella, sin el género humano y para siempre, dio su sí al Plan de la Salvación y de la nueva vida, de la cual era pieza clave. Su fe no titubeó; trajo al mundo al Señor y puso en marcha todo el sagrado mecanismo del amor y de la misericordia. Quedó así implantado el orden sobrenatural. A partir de aquel momento, la gracia estaba al alcance de todos. Los hombres podrían ya acercarse a ella según sus facultades. José se valió de aquel nuevo orden de dispensación y se saturó de la gracia de Cristo, que fluyó a él a través de María. "Sólo a través de María alcanzan los hombres a Jesús, y sólo a través de ella alcanza Jesús a los hombres" (Luis Bouyer).

Nos hemos habituado pensar que San Juan Bautista fue el primer beneficiario de la mediación de María, pero he aquí algo nuevo: ¿No fue San José realmente el primero?

Esa es la razón por la cual la fe de José no fue igual a la de su esposa. José debe su fe a la mediación de María, quien creyó en el más completo sentido de la palabra. Uno de sus títulos es el de "Antorcha de la Fe". Ella brilló, la primera, llena de fuerza e intensidad luminosa, y fue prerrogativa suya el comunicar su llama. Todos los demás que han creído, incluso San José, han sido iluminados por ella.

Conste, sin embargo, que la fe de José fue la que más se acercó a la de María.
Tomado de Maria Legionis 4, 1972.