Ser Testigos de Cristo (Hech 1, 8)
Por el Siervo de Dios Frank Duff
En los contactos con personas de otras religiones hemos de tener en cuenta nuestros motivos, pues de éstos depende el valor de nuestras acciones y sus consecuencias. Motivaciones distintas implican diferentes puntos de partida y direcciones muy diversas. Por eso, yo quisiera distinguir. Asociarse con los no-católicos por razones sociales, puede ser indiferente e inocuo. De eso no se trata aquí. Y es que eso no nos compromete. Conviene que nos relacionemos con los no-católicos con vistas a un auténtico ecumenismo, con la firme idea de influir en ellos y de atraerlos hacia el catolicismo.
Ahora bien, si, al relacionamos con los no-católicos, lo hacemos para beneficiamos mutuamente en el aspecto religioso y doctrinal, creo que estamos equivocados y que nos puede ser perjudicial. Con esta forma de proceder admitiríamos implícitamente que unos y otros tenemos parte de verdad y parte de error. Esto sería pecaminoso del lado de los católicos. Si nos comportásemos así, habríamos traicionado a la Iglesia, pues su doctrina no es errónea.
Hoy se suele argumentar alegando que las otras religiones tienen algo que enseñamos y que es preciso que las escuchemos para así aprender de ellas. No cabe duda que hay una miaja de verdad en eso de que, si deseamos discutir sobre religión con los que se encuentran fuera de la Iglesia, debemos primero escucharlos para que luego nos escuchen. Asimismo hemos de saber lo que piensan, para poder luego comentarlo e interpretarlo. Pero eso no tiene nada que ver con el escucharles para aprender doctrinalmente de ellos. Pues ¿qué verdad tienen que no tengamos? Bien puede ser que se hallen en posesión de cosas ciertas y recomendables. Pero ¿es que no pueden encontrarse esas mismas cosas en la Iglesia? Recuérdese la sugerencia que nos hace el Manual al decimos que la relación que hay entre las Iglesias Protestantes y la Iglesia Católica es análoga a la de la luna respecto al sol: la luz con la que nos ilumina la luna es un reflejo de la del sol. La verdad que nos ofrecen las Iglesias Protestantes la han recibido de la Iglesia Católica, y no tienen otra. La idea de que hayan elaborado un cristianismo con características propias, capaz de enseñarle doctrinalmente algo a la Iglesia Católica, no tiene justificación alguna, a mi modo de ver. Tal vez alguien se incline a pensar que sí, por el hecho de que dichas Iglesias han tenido hombres eruditos y a la vez ansiosos de perfección. Cabría imaginar que de los trabajos de tales personalidades habrían surgido, por lo menos, aspectos y procedimientos nuevos capaces de ser elaborados a modo de sistema paralelo al de la Iglesia Católica y del cual ésta podría aprender. Esto valdría principalmente en lo referente al hecho de que las Iglesias Protestantes han realizado un inteligente estudio de las Escrituras, ofreciéndonos así una modalidad nueva de acercamiento a la palabra de Dios. Alguien argumentará que en esa forma de acercarse a los Textos Sagrados, los Protestantes podrían iluminarnos. Pero razonemos un poco; ¿qué han conseguido con esa su actitud? Caso de darse entre ellos auténticos logros, deberían poder demostrarse positivamente. Esas ideas nuevas que se dice existir en el Protestantismo, deberían haber ya operado sobre su propio cuerpo como una levadura, elevándolo. Decidme: ¿ha ocurrido tal cosa? No veo la menor huella de ello.
Repasemos el tema de las Escrituras, de tan trascendental importancia. A fin de cuentas, ¿qué han conseguido sus escuelas en este campo? Yo diría que destrucción, al menos en cuanto han socavado los Textos Sagrados. Porque ¿de qué sirve hablar docta y entusiásticamente de las Escrituras, cuando no se cree en ellas? Muchos Protestantes no creen en la total infalibilidad de la Biblia ni en su inspiración divina, y los de la gran masa ya no la usan como antes. Por eso, la suposición de que en el seno del Protestantismo podría haberse producido una especie de vida auténtica y característica, paralela a la de la Iglesia, capaz de enriquecernos doctrinalmente en algo, no tiene ningún sentido. En cambio, es cierto lo contrario. El Protestantismo, con el andar del tiempo, se ha mostrado propenso a perder aquel cúmulo de verdades inicialmente heredadas. Doctrina tras doctrina, originariamente pensamiento vital del Cristianismo, ha sido descartada o aminorada en su significado -y esto vale incluso para las doctrinas referentes al Bautismo y a la Santísima Eucaristía. Y ha avanzado tanto en este proceso de eliminaciones que ya no se sabe qué es lo que ha permanecido en pie. ¿Dónde está su núcleo de doctrinas vitales?
Aquí estamos centrando la cuestión en el aspecto doctrinal. Y es que no hemos de confundir con religión el simple hecho de que unos Comunistas, o Paganos, lo mismo que Protestantes, lleven una vida honrada y se atengan al código de la mera filantropía. Quizá el que haya habido individuos o grupos de personas de espiritualidad distinguida pretenda aducirse corno argumento demostrativo de que en el Protestantismo también se da la santidad. ¿Qué decir de Newman, de Manning, de Delgairns, de Faber, de Hope y de otros muchos que crecieron y se desarrollaron dentro del Protestantismo? Ellos mismos nos dan la respuesta: pasaron a la Iglesia Católica. Pero de nuevo surge la cuestión: "¿Qué opinar de aquellas otras personalidades que no ingresaron en las filas del Catolicismo?" Mi respuesta es que debieron haberlo hecho, que no fueron consecuentes, que fallaron por no ir hasta el fin.
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Cardenal Juan Enrique Newman. En el presente artículo es mencionado como líder del movimiento de retorno de la Iglesia Anglicana al Catolicismo, movimiento que tantas conversiones produjo. El Cardenal Newman fue un prodigio de doctrina, ciencia, santidad y fe. Sus escritos son eminentes dentro de la historia y del Catolicismo y merecen leerse. El Manual lo cita con frecuencia. |
¿Qué decir de los demás? He encontrado en la vida muchos Protestantes cultos y buenos, pero nunca he visto que su ciencia y conocimientos religiosos fuesen superiores a lo que ofrece la Iglesia Católica. No cabe la menor duda de que, si poseían algo, era lo que por infiltración les había pasado de nuestra Iglesia, bien sea porque afluía a ellos como parte de la herencia primitiva, o porque lo recogían directamente del magisterio ordinario ejercido por la Iglesia. Siendo así las cosas, sería muy grave que, apoyándonos en falsos supuestos, no nos dirigiésemos a los ignorantes, a los envueltos en la duda, a los de actitud negativa y a los ateos; además la experiencia nos ha demostrado que esas personas están más que dispuestas a escuchar, y que nos agradecen lo que les digamos.
Antes se solía decir que no debíamos dirigimos a los Protestantes, dada nuestra falta de formación y de conocimientos. Habiéndose demostrado, a través de la P.P.C. y de la Legión entera, que tal razonamiento era infundado, se ha vuelto a argumentar con nuevas motivaciones: se nos asegura que los no-católicos están muy bien como están, que también a ellos los ilumina el cielo y que están en grado de enseñar. Según eso, no debemos entrometernos con ellos.
Pero sigamos reflexionando. Los de la Alta Iglesia alegan poseer la Misa y los Sacramentos, y practican la mayor parte del Catolicismo. Algunos incluso demuestran una actitud hacia el Papa que no se distingue de la nuestra. ¿Acaso no indica esto que el Protestantismo también es capaz de evolucionar y de llegar por sí mismo a las cosas más sublimes? Yo no diría eso. Tales evoluciones no se han realizado dentro de los cauces del propio Protestantismo, sino en clara oposición a él. Han sido opuestas a la tendencia tradicional, que rechazaba la autoridad del Papa y excluía la Misa y el sistema sacramental. Por tanto, esa mentalidad a que aludimos es un movimiento hacia el Catolicismo, movimiento que se aparta del Protestantismo.
Tal evolución no ha surgido de fuente verdadera y típicamente Protestante. Si se han experimentado cambios dentro del Protestantismo, eso significa que han penetrado en él las ideas católicas, que fueron introducidas por eruditos Protestantes que acudieron a los orígenes cristianos y tuvieron la gracia de ver que el Protestantismo no era consecuente con dichos orígenes. No se inspiraron en la Iglesia Protestante; sino fuera. La inspiración les vino del Espíritu Santo, que vive en la Iglesia Católica, pero que se llega hasta las almas de todos los que tienen anhelos e inquietudes, para salvarlas. Como dice S. Pablo: "Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al pleno conocimiento de la verdad" (1 Tim 2, 4). Esos impulsos no son protestantes, ni judíos, ni budistas, ni musulmanes, ni hinduistas; son católicos, procedentes del Espíritu Santo, que vive en la Iglesia Católica.
El iniciador de la idea de la Alta Iglesia fue Newman. Sus investigaciones sobre el Cristianismo le convencieron de que el antagonismo de los Protestantes hacia el Papado había llegado a verdaderos extremos, resultando de ello un naufragio de la esencia doctrinal. Pretendiendo encontrar una pia media. Newman pensó que la Iglesia Ortodoxa sería la clave, y sobre eso elaboró su concepción de la Iglesia Cristiana. En su Teoría Subdivisionista sostenía que la Iglesia Católica debía existir sobre bases nacionales o territoriales y que cada sector debía estar bajo la jurisdicción de un Patriarca. Por norma de fe se consideraría verdadero lo que todos creían; la solución de los puntos dudosos y el gobierno supremo serían de la competencia de un Concilio de Patriarcas reunidos periódicamente. Newman consideró que la Iglesia Católica Romana caía dentro de este sistema, pero limitada en su jurisdicción a Italia. El Papa asumiría allí el puesto de Patriarca, con primacía de honor sobre los demás.
El problema de acomodación de aquel sistema semicatólico -que admitía Obispos, Sacerdotes, Misa y Sacramentos- a la Iglesia de Inglaterra -que no reconocía el Sacerdocio ni la Misa- lo resolvió declarando que la Iglesia de Inglaterra no había perdido nunca esos poderes; que permanecían en ella en un estado de suspensión, y que sólo era necesario volver a hacer uso de ellos para revivirlos. Más tarde comprendió la falacia de aquella solución, y pasó a la Iglesia Católica.
Su teoría Subdivisionista fue adoptada por un determinado sector de Inglaterra y dio origen a la así llamada Alta Iglesia. Algunos Obispos decidieron ordenar sacerdotes, y éstos empezaron a celebrar la Misa. El asunto indujo a la controversia referente a la validez de las Ordenes Anglicanas. León XIII zanjó la cuestión estableciendo que la sucesión episcopal había sido interrumpida en Inglaterra por la Reforma, y que las Ordenes Anglicanos eran inválidas.
Llegados aquí, quisiera señalar que también puede considerarse como otra demostración palpable de la filtración del Catolicismo en el Protestantismo el hecho de que entre un sector muy religioso de Protestantes esté apareciendo hoy una tendencia hacia María, tendencia que ha hecho crecer en muchos de ellos una alta estima a la Virgen. Y helos participando en Congresos marianos y escribiendo admirables artículos de mariología, equiparables a los de las revistas Católicas. Sin embargo, apreciamos en ellos ciertas diferencias. Se ve que están aprendiendo; que no son guías. Sus ideas y su devoción se han acercado en unos pocos a las de los pensadores católicos; pero nada más, No se advierte entre ellos pensamientos ni ideas originales, y mucho menos inspiración. De uno u otro modo, notamos siempre ciertas limitaciones. En medio de algún artículo de nivel considerable sale a relucir un despropósito o una nota discordante. Lo que saben lo han aprendido del Catolicismo, pero no se han familiarizado con ello, Les resulta incompatible con su propio estado. En sus mentes, vuelven sobre las ideas del Protestantismo, que los hace sentirse incomodados. Y no se sentirán liberados mientras no se suelten de él y acudan como verdaderos Católicos al auténtico venero de todos los conocimientos marianos. Quede bien claro que no los podrían adquirir de fuentes protestantes. Quizá piensen que sí; pero lo que hacen es volver a lo que aprendieron, inspirándose en lo católico.
La idea de la Alta Iglesia arraigó, y la Iglesia de Inglaterra la acoge con las mismas condiciones que a su Baja Iglesia; las diversas sectas no se respetan mutuamente. A nosotros nos resulta extraño el que, oponiéndose virtualmente, puedan ser miembros de una misma Iglesia: pero no así para la Iglesia de Inglaterra. Su concepto de Iglesia tiene muy poco que ver con el nuestro. Es más: las supremas autoridades de Inglaterra han declarado que el clero de la Iglesia Anglicana puede enseñar lo que crea oportuno y que las doctrinas de esta Iglesia son un compendio de toda la experiencia humana. Recientemente el Obispo Anglicano de Woolwich, Robinson, ha enseñado que Dios no es Persona; que es sólo la suma total de todas las fuerzas naturales; y, de acuerdo a esto, que es erróneo decir que Dios es amor: que es insensato rezar, y que no deberíamos usar la palabra Dios", que implica la existencia de una persona que nos escucha y se interesa por nosotros. Este mismo Obispo Anglicano insistió en que no era el único que pensaba así; que algunos Obispos Anglicanos pensaban lo mismo. Sólo repetía las mismas ideas que Bonhoeffer y otros habían propuesto en Alemania, cuya mentalidad se condensó en aquella conocida frase: "Dios está muerto". En tales circunstancias resulta incongruente leer lo siguiente en un artículo de la revista Time: "Los Protestantes no canonizan a sus héroes religiosos. Si lo hicieran, sus listas de santos incluirían seguramente al brillante teólogo luterano Dietrich Bonhoeffer".
Si es posible una ideología tan monstruosa dentro de la Iglesia Anglicana, poseedora de una especie de tradición y de régimen, ¿qué no se permitirá en otras sectas? La Alta Iglesia ha perdurado hasta hoy, sí; pero no puede decirse que sea la misma. Está tambaleándose sobre sus propias bases; no se siente segura de poseer la sucesión episcopal de la Iglesia Católica ni de que las Ordenes sagradas sean válidas. Esta desconfianza en los principios de su misma esencia aparece manifiesta en el hecho de que muchos clérigos no han creído en sus propias Ordenes y se han hecho ordenar por Obispos Ortodoxos. De ahí que -independientemente de la decisión de León XIII- toda la cuestión en torno a la validez de las Ordenes Anglicanas sea ahora sólo académica.
Y por eso repito: si tal es la situación de la Iglesia de Inglaterra, ¿cómo será la de otros cuerpos menores del Protestantismo? ¿Y cuál será la de aquellos que no pertenecen a ninguna Iglesia y cuya fe es nebulosa? Es una vergüenza y un escándalo el dejarlos como están. Pero aún es peor justificar esta actitud con alegatos piadosos. La consigna de antes era que no debemos entrometernos con los que actúan de buena fe y que nuestro único deber consiste en darles buen ejemplo. Pero no hicimos ni lo uno ni lo otro. Demostraríamos que tenemos fe si intentásemos ganar a la gente para ella.
Con frecuencia el argumento de que nos valemos para no proponer nuestra fe a otros pretende basarse en razones de delicadeza, de respeto hacia lo que imaginamos que poseen. Pero a los de fuera de la Iglesia no les convence esa delicadeza. Atribuyen nuestra retirada a la falta de Fe. Confieso lo mucho que me extrañó lo que me dijeron dos personas, la una alemana y la otra irlandesa, a quienes yo invité a hacerse Católicas: me manifestaron que jamás habían encontrado a ningún Católico que les hubiese dado la impresión de ser creyente de verdad. He aquí la explicación del poco efecto que causa en otros nuestra actitud pasiva de no querer intervenir en su conversión.
Pero en este asunto todavía hay algo más grave e inadmisible. No podemos aprobar esa concepción actual que concede a los no-Católicos una justificación de su propio estado, como si estuviesen en posesión del mandato y de la misión divina de proseguir enseñando y sosteniendo su propia doctrina de salvación. ¿Dónde hallan el fundamento de tal supuesto, que viene a constituir una negación auténtica de las prerrogativas de la Iglesia Católica?
La realidad es que la situación religiosa fuera de la Iglesia Católica deja muchísimo que desear. Los mejores de entre ellos, basándose en la Biblia, forjan una religión muy sui generis. De la mayor parte, ni siquiera puede decirse que tengan una religión. No van a la Iglesia; el Bautismo no cuenta para ellos; a Cristo le atribuyen tan sólo una importancia humana, y muchísimos serían capaces de poner en duda su misma existencia. Si analizásemos su actitud respecto a Dios, resultaría indefinida. Sería cuestión dudosa decir si creen en Él o no. De hecho, hoy se estila el no admitirlo. Frente a toda esta avalancha de confusionismo e incredulidad, ¿qué excusa puede haber para poner limitaciones al mandato del Señor de ir a predicar a todo el mundo? Aun en el caso de que algunos tengan fe, si se acercan a ellos los legionarios, no harán más que avivarla. Si la fe muere es porque no se la practica. Se arroja a Dios al silenciarlo. Lo que ha minado la importancia a Cristo es el no-reconocimiento de su Divinidad. Y lo que ha matado a las Iglesias es el haber estado respirando vaguedades y compromisos en lugar de verdadera doctrina, el no haber ofrecido ningún mensaje. Yendo al polo opuesto de esta actitud, hay esperanza de mejorar las cosas.
Nuestro Señor enseñó por medio de parábolas. Los ejemplos y las comparaciones hacen resaltar más la consecuencia moral que se pretende inculcar. Esto viene al caso para las circunstancias actuales, en que resulta necesario hacer ver el grado de miseria espiritual que nos rodea. A modo de ejemplo, voy a presentar ahora unos cuantos hechos.
Hace unos años, un grupo de legionarios, durante las vacaciones, solíamos hacer nuestras excursiones en bicicleta por Irlanda. Seguíamos las rutas de los turistas; sólo que ellos viajaban mucho más rápido que nosotros. La mayor parte eran ingleses y norteamericanos; pero también venían entonces alemanes y franceses. A veces una parada en un bello paisaje nos ofrecía la oportunidad de entablar una conversación. Pero donde realmente podíamos hablar con ellos era en los mismos lugares donde nos hospedábamos. La gente que tropezamos en aquellas ocasiones puede ser un buen ejemplo de cómo puede hacerse apostolado. Nosotros tratábamos de introducir en la conversación el tema de la religión, y, a decir verdad, no hallábamos mayor dificultad en ello. Creo que no se nos puede tachar de haber hecho mal. Como no íbamos a lugares de lujo, es de suponer que entramos en contacto con gente media, representativa del pueblo. Nuestras insinuaciones nunca fueron rechazadas como algo ofensivo: al contrario, las recibían con todo interés. Naturalmente, nosotros procuramos ser corteses y tratamos de serles serviciales poniéndoles al corriente de las rutas y puntos de interés turístico. Generalmente nos lo agradecían mucho.
Una vez descrito el escenario, voy a situar en él a los actores. Los episodios que refiero no están sacados de nuestro "Libro de Apuntes" sobre Casos Ejemplares, ya que no hemos vuelto a encontrar a las personas de que hablamos, y tampoco podemos decir hasta qué punto han dado muestras de haber evolucionado. Pero lo que aquí importa no es averiguar qué ha podido suceder, sino demostrar lo fácil que es entrar en contacto con la gente, y percatamos del grado de su necesidad espiritual.
Primer episodio. En un lugar de bellas panorámicas entablamos conversación con una señora que se apeó de un coche de lujo. En menos de cinco minutos ya estábamos tocando el tema de la religión. Nos aseguró que no creía en nada. Por casualidad, uno de nosotros conocía el lugar de Inglaterra de donde procedía aquella señora, y pudo hablarle con cierta familiaridad. Nos atreveríamos a decir que aquello suscitó en ella profunda inquietud, de lo que posiblemente recabase algún provecho espiritual.
Episodio Segundo. En otra ocasión nos paramos junto a un desembarcadero para merendar. Media docena de pescadores se hallaban pescando. Al cabo de un rato vinieron todos menos uno. Cuando llegó éste, nos pidió que le ayudásemos a sacar su barca. Luego nos ofreció pescado, que no quisimos aceptar. Dos de nosotros comenzamos a charlar con él. Y nos contó algo singular. Nos dijo que era el único Protestante de la península; que había comprobado que este particular lo ponía en una situación de aislamiento, y que, sin embargo, no había pensado hacerse Católico; pero que ahora lo consideraría. Tenía un Rosario que había adquirido en unas circunstancias un tanto extrañas. Un día estaba pescando y tuvo que acudir en ayuda de una bañista que se estaba ahogando. La sacó, le hizo volver en sí, y la condujo a tierra. Y ella le dijo: "Si no fuera por Ud., me habría ahogado. Quizá le resulte interesante el saber que soy una monja. Le aseguro que rezaré por Ud. todos los días de mi vida. Tenga este Rosario como recuerdo". Hacía años que guardaba aquel Rosario. Nos dijo que le habría gustado rezarlo, si hubiese sabido cómo hacerlo. Y nosotros le enviamos después un libro ilustrado para que lo aprendiese. Tenemos intención de proseguir con este caso que más tarde tal vez merezca figurar entre los Ejemplos Edificantes.
Episodio tercero. Al dejar las bicicletas para entrar a nuestro hotel, un hombre de Manchester salía de su coche. Pasamos allí dos noches, lo mismo que él. Cuando nos disponíamos a marchar, él también montó en su coche -¡qué coincidencia!- y nos pusimos a charlar con él. Sin andarse por las ramas nos declaró que su secta Protestante no significaba nada para él y que otras sectas le dejaban igualmente frío. A nuestra pregunta sobre si había pensado en la Iglesia Católica, nos dio la peculiar respuesta de que tomaría en cuenta lo que le proponíamos. Digo peculiar, porque dio a entender que en su mente había una clara diferencia entre Catolicismo e Iglesias Protestantes. Nos prometió que, cuando llegase a casa, se pondría a examinar el Catolicismo.
Episodio cuarto. Una pareja que hacía su primera visita a Irlanda se hospedó en la misma casa que nosotros. Estaban indecisos sobre qué ruta tomar, pues no querían perderse las bellezas turísticas. Nosotros les ayudamos de una manera muy eficaz, dado que conocíamos aquella región palmo a palmo; asimismo pudimos decirles dónde podrían tener pensión buena y barata. Al parecer, no esperaban tal cortesía, pues quedaron entusiasmados. Luego hablamos de religión; era gente encantadora, pero no tenían ninguna. A las dos de la mañana nos fuimos todos a dormir; la sesión se había prolongado sobremanera. También ellos prometieron seguir con el asunto en sus casas.
Episodio quinto. Escenario: Un paraíso de flores a orillas de un río. Los dueños eran una pareja inglesa venida a Irlanda hace unos años. Atraídos por las flores, nos quedamos, como abejas, para tratar de hacer acopio de miel celestial. Los dos eran incrédulos por completo, ajenos y casi agresivos a Dios: pero estaban muy dispuestos a dialogar sobre el tema. Tuvimos que dejarlo sin concluir, dado que teníamos por delante otro programa; pero luego les enviamos el material de lectura que creímos conveniente. De todos modos, advertid que no fue difícil entrar en contacto con ellos, y que agradecieron nuestro interés. La mujer no estaba bautizada.
Episodio Sexto. Escenario: nuestra pensión. Habíamos salido para asistir a una Misa vespertina. Este hecho, y el haber charlado un rato con el sacerdote, que había trabajado con la Legión en África, hizo que volviésemos tarde, lo cual resultó providencial. Cuando llegamos a la pensión, nos ofrecieron un té, y eso mismo nos presentó la oportunidad de entablar diálogo con dos señoritas escocesas, una Católica y la otra protestante. Eran íntimas amigas, que trabajaban y pasaban las vacaciones juntas. Uno de nuestro grupo había hecho Peregrinatio en Escocia, y se puso a hablarles de su trabajo en las Tierras altas del Norte de aquel país. El tema mismo de la conversación nos llevó a preguntarle a la no-católica: "¿A qué secta pertenece Ud.?" Ella respondió: "Debo de ser metodista, o algo así". Al oírle aquella respuesta, le manifestamos que no parecía tener mucho entusiasmo. Prosiguiendo cortésmente nuestro diálogo, se puso de manifiesto que no poseía una concepción positiva en materia religiosa. Por su parte, la compañera católica advirtió que no había hecho nunca el mínimo esfuerzo por atraerla hacia la Iglesia católica. Como la situación parecía oportuna, uno de nosotros le habló así: "Mire, Ud. vive en un marco espiritual muy pobre. Debe hacerse católica. Será algo trascendental para su vida. No tarde en hacerlo". Después de una ligera pausa, volviéndose a su amiga, aquella señorita le dijo: "Sería estupendo que comenzases tú a enseñarme". Luego se vio que aquella propuesta era la mejor solución.
Episodio séptimo. Esta vez buscábamos una senda para bajar hasta el mar. Una señora joven nos dijo que pasásemos por su campo, y nos enseñó dónde había una fuente de aguas cristalinas y un buen sitio para hacer nuestra comida. Le insistimos a quedarse con nosotros y a compartir lo que traíamos. Conversando con ella, resultó que era una de las pocas Protestantes que había en aquella región. Nos dijo que se llamaba como la Santísima Virgen, pero que nunca había oído que ésta fuese su madre. Sabía que los católicos tenemos a la Virgen como Madre. Aceptó con interés una Medalla Milagrosa, y nos pidió que la instruyésemos sobre el modo de rezar a María. En el rato que pasó con nosotros, exteriorizó sus sentimientos y nos manifestó que tendría asuntos tristes y muchas otras cosas que contar. Más tarde nos escribió diciéndonos que había perdido la Medalla, y nos pedía que le enviásemos otra. Cumplimos su deseo, y le mandamos además libros y revistas para su instrucción.
Adviértase que en dos de estos casos las personas con quienes establecimos contacto eran irlandesas, lo que demuestra que no sólo nos fijamos en los turistas y extranjeros.
Estos episodios los he narrado como ejemplo. Mi intención ha sido demostrar cuán fácil es entablar contacto con la gente, y lo mucho que puede hacerse con un simple diálogo.
Reflexionemos un momento sobre las personas de los episodios. Todos tenían su "buena fe". Era buena gente; incapaces de hacer mal a nadie. Todos menos uno estaban bautizados. Pero ninguno poseía la verdadera religión. Desde el punto de vista católico, se hallaban en un estado deplorable; vivían en el último peldaño de la escala espiritual. Es duro pensar que, en la opinión de muchos católicos, esas personas "se encuentran perfectamente bien en su actual estado" y que hay que dejarlas continuar así. Pero ésa es la triste realidad. Y, sin embargo, es necesario que les demos lo que poseemos, pues lo necesitan más que la comida el hambriento o la bebida el sediento y el vestido el desnudo -por citar algunas de las necesidades enumeradas por san Mateo en el capítulo 25 de su Evangelio. ¿Acaso no es mucho peor esta necesidad espiritual que la material a la que todo el mundo se apresura hoy día a remediar?
Creo que es exacto decir que los únicos que dan la sensación de fe concreta son los miembros de esas fantásticas sectas tildadas de locas por su fanatismo. En el Catolicismo entero se observa una corriente que propende a no dedicarse a la conversión de las almas. Lo cual es incomprensible.
Como epílogo voy a dar un esquema de cómo solíamos entablar los diálogos al principio de nuestras tomas de contacto. Según puede deducirse, el resultado es con frecuencia mucho más amplio de lo que se cree a primera vista; la charla solía acabar con la promesa concreta de investigar el Catolicismo.
Pregunta: "Perdone, ¿sería demasiado personal una pregunta sobre cuál es su religión?"
Respuesta: "No. Debo de pertenecer, según creo, a la Iglesia Anglicana" (o a otra Iglesia).
Pregunta: "En la forma de hablar se le nota que no le importa mucho".
Respuesta: "Así es. No puedo decir que sea algo vital para mí".
Pregunta: "Entonces, ¿no le convencen las enseñanzas de su Iglesia?"
Respuesta: "No. De hecho apenas si sé cuáles son".
Pregunta: "¿Ha pensado alguna vez en hacerse católico?".
Respuesta: "Creo que nunca".
Pregunta: "Según nuestro modo de pensar. Ud. está viviendo una vida pobre. ¿No le interesaría informarse un poco de lo que es el Catolicismo? Para nosotros es fundamentalísimo".
Respuesta: Muy a menudo, y nunca como una forma cortés de deshacerse de nosotros, nos respondían: "Puede estar seguro de que lo haré".
El no entablar un diálogo de esta índole, ¿puede acaso justificarse por el motivo de respetar la fe existente en el interlocutor? Ese respeto que se alega viene a ser un abandono de la misión de la Iglesia. Para figurárnoslo en su propio contexto, podemos imaginarnos a san Pedro replicando a Cristo en el Monte de los Olivos: "Pero, Señor, ¿no crees que no debemos entrometernos con la buena fe de las gentes?" ¿No le respondería el Señor de la misma forma que cuando le dijo: "Atrás, Satanás; fuera de aquí. Eres un estorbo en mi camino; porque tus sentimientos no son según Dios, sino puramente humanos"? (Mt 16, 23).
Pero en el Monte de los Olivos nadie alzó la voz para merecer una reprimenda tal. ¡Que tampoco nosotros merezcamos por nuestras objeciones semejante reproche! ¡Adelante, pues, con nuestra campaña legionaria! ¡vayamos en busca de los hombres, para comunicarles la verdad!. Esa es la misión de los legionarios: seguir el mandato divino de ser testigos de Cristo en nuestro propio país, en los países limítrofes, y en todas las partes del mundo (Hech 1, 8).
Testimoniar a Cristo ha significado tradicionalmente predicar el Evangelio en medio de tensiones, de persecuciones y de muerte. Tanto es así, que "testimonio" y "mártir" quieren decir lo mismo. Sólo con el tiempo,
ser mártir vino a tener el sentido especial de morir por la fe.